Conferencia Episcopal Argentina

LA FORMACIÓN PARA EL SACERDOCIO MINISTERIAL

 

PRESENTACIÓN

1. La renovación de toda la Iglesia, según la siente el Concilio Vaticano II, lo mismo que la Nueva Evangelización a la que hoy impulsa fuertemente el Espíritu de Dios, dependen en gran medida de la vida y ministerio de los presbíteros configurados a imagen de Jesucristo buen Pastor.

De allí que la formación de éstos es hoy objeto de renovados cuidados por parte de la Iglesia, como lo demuestran los innumerables documentos emanados desde el último Concilio Ecuménico y en particular, la reciente Exhortación Apostólica Pastores Dabo Vobis, sobre la Formación de los sacerdotes, fruto del último Sínodo de los Obispos.

Lo mismo que en todo el mundo, también en nuestra Patria la Iglesia se esmera para que la formación de los futuros sacerdotes sea cada día más conforme al Espíritu del Evangelio y responda mejor a las necesidades de los tiempos. Prueba de ello son las Normas para la formación sacerdotal de los Seminarios de la República Argentina, que oportunamente dimos los obispos argentinos en 1984 y que, después de una experiencia de varios años, hemos juzgado deber perfeccionar para que el Pueblo de Dios, y en particular los responsables de la formación de los futuros sacerdotes y los mismos candidatos tengan un instrumento más adecuado al objetivo que buscamos.

El presente Plan de Formación Sacerdotal es fruto de un amplio diálogo eclesial: primero entre la Comisión Episcopal de Ministerios y los Superiores de los Seminarios de la República, luego entre los Obispos de la Argentina, enriquecido últimamente con las luces aportadas por la mencionada Exhortación Apostólica.

Hoy lo ofrecemos llenos de esperanza a nuestra Iglesia, que ha escuchado el clamor profético del Papa Juan Pablo II: ¡Iglesia Argentina, levántate!1.

No nos cabe duda que el protagonismo evangelizador de los fieles laicos, al que hemos invitado en las Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización2, está exigiendo un vigoroso compromiso de los sacerdotes que renueve sus vidas y su ministerio, y consecuentemente la renovación de la formación de los que se preparan a abrazar este estilo de vida y ministerio. Un instinto sobrenatural nos dice a todos que no se puede separar la suerte del Pueblo de Dios de la santidad de vida de sus pastores y de la capacidad de éstos para conducirlo con humildad y alegría según el proyecto salvífico de Jesucristo.

El presente Plan nacional responde a las exigencias de las normas de la Iglesia Universal, las cuales prescriben que “en cada nación ha de haber un Plan de formación sacerdotal que establecerá la Conferencia Episcopal, teniendo presentes las normas dadas por la autoridad suprema de la Iglesia, y que ha de ser aprobado por la Santa Sede; y debe adaptarse a las nuevas circunstancias, igualmente con la aprobación de la Santa Sede; en este Plan se establecerán los principios y normas generales, acomodados a las necesidades pastorales de cada región o provincia”3.

Los principios y normas que forman este Plan componen un todo. Por lo mismo, si bien puede distinguirse dentro de él una gama de normas en cuanto al grado de obligatoriedad, lo cual se deduce del texto mismo, deberá ser abrazado como una unidad capaz de conducir al fin propuesto. De manera particular, los párrafos señalados al margen (N), han de ser considerados como estrictamente obligatorios.

Vale la pena apreciar que este Plan propone objetivos, medios y actividades para cada una de las dimensiones y etapas de la formación de los futuros presbíteros. En este sentido constituye un verdadero instrumento pastoral y pedagógico en el cual deberán inspirarse los Proyectos Educativos de cada uno de los Seminarios de nuestra Patria.

Por su parte, las orientaciones y normas contenidas en el Plan, claras y fundadas en criterios espirituales, pedagógicos y pastorales, han de ser adaptadas por los Reglamentos de cada Seminario a las circunstancias particulares, precisando en los distintos aspectos disciplinares lo que se refiere a la vida diaria y orden de la comunidad formativa4.

San Miguel, Asamblea Plenaria del Episcopado Argentino,
27 de octubre de 1993.

CAPÍTULO 1: LA FORMACIÓN SACERDOTAL HOY

2. La formación de los sacerdotes en la situación actual ha sido objeto de estudio en el Sínodo de Obispos de 1990. La consulta previa, los trabajos realizados en el Sínodo, y especialmente la Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores Dabo Vobis del Papa Juan Pablo II, han aportado una rica y honda reflexión acerca de la formación sacerdotal y del ejercicio del ministerio pastoral en el contexto de la cultura contemporánea.

La experiencia eclesial de las distintas diócesis del país, trabajos del Celam y estudios especializados, constituyen a su vez, otros tantos aportes para un mejor conocimiento de la situación por la que atraviesa la vida de los sacerdotes y la formación sacerdotal hoy.

Con todo, al comienzo del presente Plan de Formación para los Seminarios de la República Argentina, es necesario explicitar algunos de los desafíos que plantea la realidad social, eclesial y propiamente sacerdotal en nuestra patria. Los responsables de la formación de los futuros pastores han de profundizar constantemente el conocimiento de la situación, que aquí apenas se describe en algunas rasgos sobresalientes, y en hacer una lúcida interpretación de la misma, a fin de dar mayor eficacia a la tarea educativa, encontrando los medios más adecuados para responder a las principales cuestiones. A tal fin serán de gran ayuda las consideraciones iniciales de la Exhortación Pastores Dabo Vobis5.

3. En los últimos años la sociedad argentina está afianzando un estilo de convivencia participativo, pluralista y democrático. Hay una conciencia más clara de la dignidad humana, de la libertad, del valor del trabajo, y de la necesidad de crecer en lazos de solidaridad.

Simultáneamente persiste, y por momentos parece ahondarse, la crisis moral, la corrupción y los cuestionamientos a distintos niveles de los dirigentes.

La creciente influencia de los medios de comunicación social pone en crisis valores culturales fundamentales: la familia, la dignidad del amor y la sexualidad, la fidelidad a la verdad, la abnegación y el sacrificio.

La familia, aún siendo un valor mayoritariamente estimado y un punto de referencia firme para los jóvenes y su educación6, presenta, sin embargo, preocupantes síntomas de deterioro. Situaciones de abandono, incomunicación y falta de modelos influyen decisivamente en la educación de los hijos. Así, los jóvenes no siempre pueden madurar su personalidad y crecer en la entrega responsable y gozosa de sí mismos a los demás. Falta de ideales, incertidumbre laboral, confusión moral y miedo al futuro, caracterizan el ánimo de muchos jóvenes. No obstante, también son muchos los jóvenes que siguen manifestando su fe en Dios y su admiración por la persona de Cristo7.

4. La Iglesia ha asumido en la Argentina el compromiso de una Nueva Evangelización. Los desafíos del secularismo y de una justicia largamente esperada se presentan como un verdadero campo de trabajo para las futuras iniciativas pastorales8.

Hay deseos de renovación en la tarea evangelizadora, en su ardor, en su método y en su expresión9. Además, la Iglesia ha confirmado su opción preferencial por los pobres10. Una más clara conciencia eclesial como misterio de comunión y misión anima a los fieles. Se busca unir los esfuerzos en una vasta red apostólica, que convoque a todos los bautizados: pastores, religiosos y laicos11. Sin embargo, la falta de una más profunda conversión personal y comunitaria, una insuficiente creatividad pastoral, algunos signos de cansancio y bastantes dificultades para lograr proyectos orgánicos, debilitan desde dentro el impulso misionero.

5. Por otra parte, la situación de los sacerdotes se presenta compleja y necesita ser profundizada.

El sacerdote de nuestro país es un hombre entregado y generoso en el servicio pastoral. Son muchos y variados los ejemplos de fidelidad sacerdotal. Por lo general, su figura se manifiesta cercana y querida por el pueblo cristiano. Simultáneamente sigue existiendo el reclamo de un mayor testimonio, de una mejor preparación de sus predicaciones y de una más honda espiritualidad12.

Crece en los sacerdotes -en particular en los mas jóvenes- la necesidad de experimentar su consagración y el ejercicio de su ministerio como una auténtica vía de realización humana, fuente de alegría y plenitud. En este sentido, es cada vez más viva la inquietud por vivir una espiritualidad propia del clero diocesano; por contar con una mejor planificación que oriente la tarea pastoral para evitar activismos dispersantes y agotadores; por crecer en la comunión fraterna y sacramental a fin de superar el aislamiento y la soledad; por sentir un acompañamiento más cercano y atento por parte del Obispo y de otros hermanos sacerdotes, no sólo en referencia al trabajo pastoral sino, sobre todo, a las necesidades personales de la vida.

No son pocos los sacerdotes que atraviesan por crisis en su vocación y misión. Para ellos, la perseverancia en el ministerio es un verdadero desafío, al tener que afrontar cansancios y desalientos, dificultades a veces graves en la actividad pastoral y, muchas veces, la pérdida del sentido de la propia consagración.

Por otra parte, iniciativas alentadoras, como grupos fraternos de espiritualidad sacerdotal, de estudio y de pastoral, señalan un camino que deberá ser recorrido y profundizado.

6. La situación que se viene describiendo repercute en forma directa en la formación de los futuros presbíteros.

Los jóvenes seminaristas llevan en sí las manifestaciones de la cultura en la cual han vivido y crecido. Es necesario estar atentos para percibir con lucidez sus problemas y necesidades, así como sus anhelos y aspiraciones.

En los Seminarios hace falta clarificar aún más los criterios pedagógicos, espirituales y pastorales a fin de lograr el objetivo deseado. Los encuentros nacionales de formadores constituyen una experiencia muy valiosa en este sentido.

Persiste aún la necesidad de acrecentar los esfuerzos orientados a la capacitación de los formadores, a su crecimiento humano, espiritual y pastoral a fin de que sean modelos vivos de sacerdotes y padres para quienes se preparan a recibir el ministerio ordenado.

El problema de la pastoral vocacional, del acompañamiento espiritual de los jóvenes y del discernimiento de su vocación constituye un desafío que toda la Iglesia, especialmente los sacerdotes, deberá asumir para renovar el deseado impulso evangelizador en nuestra patria. El Documento de Santo Domingo ha puesto en evidencia la seria preocupación de los Obispos por la cuestión de las vocaciones y de la pastoral vocacional en el contexto de la pastoral orgánica de las diócesis13.

7. La complejidad de la situación merece un serio discernimiento evangélico a la luz y bajo la fuerza del Evangelio y con el don del Espíritu Santo. De este modo, los datos proporcionados por la realidad se convierten en un “reto” que expresa de algún modo la “llamada” que Dios hace oír en una situación histórica determinada para que se vuelva a plantear con renovada fidelidad a la Iglesia la perenne verdad del sacerdocio ministerial así como los nuevos caminos de la formación sacerdotal14.

 CAPÍTULO II: FINALIDAD DE LA FORMACIÓN SACERDOTAL

1. LA FORMACION DEL PASTOR

8. Toda la educación de los seminaristas tiene por finalidad la formación de verdaderos pastores a ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor15. Para ello es necesario que las diversas dimensiones de la vida en el Seminario -humana, espiritual, intelectual, pastoral y comunitaria- se integren armónica y progresivamente en la formación sacerdotal. Además, “todos los elementos constitutivos de la estructura y función del Seminario deben estar pensados y calibrados con miras a su eficiencia práctica, a la consecución del fin indicado”16.

Quienes forman la comunidad educativa del Seminario -seminaristas, formadores y profesores- han de unir todos sus esfuerzos, conscientes de la finalidad fundamental de su tarea.

9. La formación sacerdotal debe fundarse sobre un sólido conocimiento de la identidad, misión y espiritualidad propias del presbítero. La Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores Dabo Vobis del Papa Juan Pablo II, ha puesto de manifiesto que “el conocimiento de la naturaleza y misión del sacerdocio ministerial es el presupuesto irrenunciable, y al mismo tiempo, la guía más segura y el estímulo más incisivo, para desarrollar en la Iglesia la acción pastoral de promoción y discernimiento de las vocaciones sacerdotales, y la de formación de los llamados al ministerio ordenado”17. En efecto, la identidad sacerdotal “está en la raíz de la naturaleza de la formación que debe darse en vistas al sacerdocio”18.

10. Este Plan de Formación no pretende desarrollar la doctrina sobre el sacerdocio ministerial presente en los documentos conciliares19, ni repetir las enseñanzas de la Exhortación Apostólica Pastores Dabo Vobis acerca de este tema20. No obstante, ya que únicamente la clara conciencia del fin hace posible la implementación de los medios necesarios y más adecuados, es imprescindible que, tanto los formadores de los Seminarios como los seminaristas, profundicen constantemente la reflexión acerca de la identidad y espiritualidad propias del presbítero, a luz del misterio de Cristo Sacerdote y Pastor y de la Iglesia misterio, comunión y misión. Tal reflexión ahondará también en los principales elementos de la espiritualidad y ministerio propios del sacerdote diocesano, sobre todo en relación a la Iglesia particular.

11. En este sentido y para poder dar una orientación definida a la tarea educativa, será oportuno que los Proyectos Formativos de cada Seminario presenten de manera sintética y fundamental la identidad y vida espiritual del sacerdote diocesano, que será la finalidad de toda la actividad formativa. Esta presentación, además de proponer los principales aspectos doctrinales del sacerdocio, habrá de tener en cuenta las características y riquezas de la propia Iglesia diocesana, las necesidades peculiares de los futuros presbíteros y también los principales desafíos pastorales, locales y regionales.

12. Con el propósito de iluminar esta tarea se proponen a continuación algunos rasgos y características que han de identificar al sacerdote que se ha de formar en la Argentina para la presente hora evangelizadora.

2. PRESBITEROS PARA UNA NUEVA EVANGELIZACION EN ARGENTINA

13. La Iglesia en América Latina ha respondido a la convocatoria del Santo Padre a poner en marcha una Nueva Evangelización. Ella es consciente de estar ante una “prueba histórica”21. La última Asamblea General del Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo ha actualizado las orientaciones pastorales para cumplir esta empresa misionera.

14. En nuestro país, la Iglesia ha elaborado las Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización. Para responder a los desafíos del secularismo y de una justicia largamente esperada22, éstas proponen como núcleo del contenido evangelizador la predicación de una fe en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que sane, afiance y promueva la dignidad del hombre23.

Estos desafíos y este núcleo inspirador de la Nueva Evangelización han de ser como el marco de referencia dentro del cual se ha de plantear la acción pastoral de los presbíteros en los próximos años.

En este documento pastoral se señala también el espíritu que ha de animar el compromiso de la Nueva Evangelización, así como los criterios para concretarlo24. Por eso, es necesario que la formación de los futuros presbíteros tenga en cuenta seriamente estas orientaciones pastorales, en estrecha comunión con las de los Documentos de Puebla y Santo Domingo, a la hora de proponer una identidad y espiritualidad sacerdotal concreta.

En este contexto, se indican a continuación, algunos de los valores que la formación al sacerdocio ministerial ha de comunicar a lo largo de la vida del Seminario.

15. En una sociedad secularizada, que muchas veces “desconoce la importncia que la fe y la religión tienen para la existencia cotidiana”25 y vacía de su pleno sentido a la vida humana, los futuros pastores deberán vivir una honda y personal experiencia de Dios; de esta manera, a la vez que se presenten cercanos y comprometidos con la vida de los hombres, podrán vivir entre ellos como hombres de Dios y testigos de una fe que sea fuente auténtica de realización humana.

16. Los futuros sacerdotes han de estar animados por un renovado ardor misionero, con un espíritu abierto al diálogo, al respeto y al afianzamiento de la unidad eclesial, con capacidad para anunciar la verdad de tal modo que suscite una respuesta libre de fe26.

Como la Nueva Evangelización implica “el esfuerzo por inculturar el Evangelio en la situación actual de las culturas”27, los futuros presbíteros deberán poseer una viva disposición de encuentro y diálogo con el mundo de los hombres y su cultura, atentos a sus preocupaciones y esperanzas, y cultivarán el hábito de la reflexión y la búsqueda de la verdad, que les permita entablar con lucidez el diálogo entre la fe y la cultura.

17. De manera particular, el presbítero en la Argentina se encuentra ante el desafío inmenso de un pueblo que clama por “una urgente justicia demasiado largamente esperada”28. Por lo tanto, su predicación del misterio de Cristo y la vida nueva según el Espíritu, ha de estar estrechamente unida a la promoción de la dignidad humana. Ambas tareas “han de ser testimoniadas y proclamadas como pertenecientes a la misma y única misión evangelizadora”29, de tal modo que ésta sane al hombre, defienda la dignidad de la persona y promueva la ética de la solidaridad en las relaciones sociales.

18. Como la Nueva Evangelización es una convocatoria dirigida a todos los bautizados, los futuros presbíteros han de promover la participación de los fieles de tal modo que el anuncio explícito de la Buena Noticia llegue a todos los sectores del cuerpo eclesial y de la sociedad. En tal sentido, la formación sacerdotal debe educar pastores que sepan trabajar en comunión con todos los fieles y “que confíen más en los laicos, los ayuden a capacitarse y estimulen su misión”30.

19. Para vivir este nuevo estilo evangelizador, los candidatos deberán adquirir un hondo sentido eclesial que los lleve a participar activamente en la pastoral orgánica, superando toda forma de individualismo pastoral. A tal fin, será importante valorizar la peculiar inserción que está llamado a vivir el sacerdote diocesano en la Iglesia particular, en su presbiterio y en su pastoral.

20. El futuro presbítero tendrá que ser iniciado progresivamente en aquella forma de la caridad pastoral que es el amor preferencial por los pobres, débiles y sufrientes31. El servicio a los pobres será la manera privilegiada aunque no excluyente de su seguimiento de Cristo32. Y ya que “es misión específica de la Iglesia atenderlos espiritualmente”33, el sacerdote ha de valorar y asumir la piedad popular, anunciando a Cristo y reconociendo la presencia viva de María en la religiosidad católica. Así podrá acrecentar en los fieles la conciencia de su pertenencia cordial a la Iglesia, alimentando su fe como potencial de dignificación34.

21. Finalmente, ante la prolongada crisis social que afronta el pueblo argentino, con su carga de frustración y sufrimiento, es necesario enfatizar cuanto se dice más adelante sobre la necesaria formación de los futuros presbíteros en una auténtica espiritualidad de la abnegación, de la cruz y de la esperanza, a fin de que crezcan como hombres de Dios y solidarios de sus hermanos, capaces de ayudarlos a “liberar el dolor por el dolor, esto es, asumiendo la cruz y convirtiéndola en fuente de vida”35.

 

CAPÍTULO III: PASTORAL DE LAS VOCACIONES SACERDOTALES

22. “La Nueva Evangelización ha de ser protagonizada por cada uno de los bautizados, insertados como miembros vivos y activos en el Cuerpo de la Iglesia”36. Unidos a todos los agentes pastorales y formando con ellos una verdadera red apostólica “se precisan, en primer lugar, abundantes vocaciones, o por lo menos suficientes, sacerdotales y religiosas”37.

Por eso, cada Iglesia diocesana, al profundizar en su propia vocación y misión, ha de renovar la convicción acerca de la importancia y necesidad de contar con vocaciones sacerdotales y ha de asumir el compromiso de trabajar por promoverlas.

1. LA VOCACION SACERDOTAL EN LA PASTORAL DE LA IGLESIA

23. “La dimensión vocacional es esencial y connatural en la pastoral de la Iglesia. La razón se encuentra en el hecho de que la vocación define, en cierto sentido, el ser profundo de la Iglesia, incluso antes de su actuar… Una lectura propiamente teológica de la vocación sacerdotal y de su pastoral, puede nacer sólo de la lectura del misterio de la Iglesia como mysterium vocationis38.

24. Así se comprende que “la pastoral de las vocaciones nace del misterio de la Iglesia y está al servicio de la misma”39, y que por eso “el deber de fomentar las vocaciones afecta a toda la comunidad cristiana40. Será necesario pues unir los esfuerzos de todos los miembros del Pueblo de Dios, para organizar la pastoral de las vocaciones sacerdotales.

25. Esta pastoral deberá atender con lucidez a los desafíos de la actual situación eclesial y cultural -particularmente los de la cultura juvenil-, a fin de afrontar los principales obstáculos que dificultan a los jóvenes de hoy la escucha del llamado, y promover el crecimiento de una mayor disponibilidad para la entrega generosa de la propia vida41.

2. LA PASTORAL DE LAS VOCACIONES SACERDOTALES EN LA IGLESIA PARTICULAR

26. La Iglesia particular como expresión viva y encarnada de la Iglesia universal está animada por un espíritu de comunión y de misión; por eso “la pastoral vocacional tiene como sujeto activo, como protagonista, a la comunidad eclesial como tal”42.

27. Esta pastoral de las vocaciones al sacerdocio ministerial ha de integrarse en la pastoral general, en las diversas actividades de la Iglesia diocesana: catequesis, educación, liturgia, familia, juventud, etc.43

De manera particular, la pastoral de juventud, además de ayudar a los jóvenes a cumplir con un proyecto de vida plenamente humano y cristiano, ha de abrirlos al horizonte de la vocación sacerdotal44. En este contexto de una opción fundamental, ellos estarán más disponibles para escuchar el llamado al sacerdocio ministerial.

28. Pero no basta con que la pastoral vocacional sea una dimensión presente en las distintas actividades de la pastoral diocesana. Es necesario además, que cada diócesis procure organizar una pastoral específica para fomentar las vocaciones sacerdotales. Esta deberá tener un plan de acción con objetivos claros, medios adecuados y actividades bien pensadas y coordinadas.

    1. Centros y estructuras pastorales45

      29. Para una seria atención pastoral de las vocaciones conviene que cada diócesis cuente con un centro diocesano de vocaciones (Obra de las vocaciones, Delegación diocesana de pastoral vocacional, Equipo de pastoral vocacional, etc.). El centro ha de funcionar en estrecha coordinación con las distintas áreas de la pastoral orgánica y muy especialmente con el Seminario mayor y menor y demás centros de formación religiosa. Este organismo procurará que la acción vocacional se concrete en cada parroquia como un elemento esencial de la pastoral parroquial46.

      30. Además, cada diócesis, a través del Seminario diocesano, o bien, de un equipo formado oportunamente, procurará promover entre los jóvenes el llamado específico al seguimiento de Cristo por medio del sacerdocio ministerial.

    1. Medios y actividades

      31. “Hay que poner en práctica todos los medios que sean necesarios para alcanzar de Dios vocaciones, en primer lugar la oración que el mismo Cristo pidió… A este fin se orienta principalmente el Día mundial de las vocaciones, establecido por la Santa Sede y que ha de celebrarse anualmente en todas partes por la Iglesia”47.

      32. “La oración cristiana, alimentándose de la Palabra de Dios, crea el espacio ideal para que cada uno pueda descubrir la verdad de su ser y la identidad del proyecto de vida, personal e irrepetible, que el Padre le confía. Por eso es necesario educar, especialmente a los muchachos y a los jóvenes, para que sean fieles a la oración y la meditación de la Palabra de Dios48.

      33. “La predicación y la catequesis deben manifestar siempre su intrínseca dimensión vocacional”; por eso “es necesaria una predicación directa sobre el misterio de la vocación en la Iglesia, sobre el valor del sacerdocio ministerial, sobre su urgente necesidad para el Pueblo de Dios. Ha llegado el tiempo de hablar valientemente de la vida sacerdotal como de un valor inestimable y una forma espléndida y privilegiada de vida cristiana”49.

      34. “Los educadores, especialmente los sacerdotes, no deben temer el proponer de modo explícito y firme la vocación al presbiterado como una posibilidad real para aquellos jóvenes que muestren tener los dones y las cualidades necesarias para ello. Una propuesta concreta, hecha en el momento oportuno, puede ser decisiva para provocar en los jóvenes una respuesta libre y auténtica”50.

      35. “La atención a las vocaciones al sacerdocio se debe concretar también en una propuesta decidida y convincente de dirección espiritual51 hecha a los jóvenes.

      36. Donde parezca oportuno, será de gran utilidad la creación de instituciones, como podrían ser los grupos vocacionales para adolescentes y jóvenes. “Aunque no sean permanentes, estos grupos podrán ofrecer en un ambiente comunitario una guía sistemática para el análisis y el crecimiento vocacional”52.

      37. Además han de promoverse entre los jóvenes otras actividades, como por ejemplo: retiros vocacionales, convivencias y campamentos, paneles y charlas en colegios y parroquias, semanas y jornadas vocacionales, misiones juveniles, actividades de servicio y experiencias de voluntariado. Será también oportuno la organización de encuentros para agentes de pastoral y cursos sobre dirección espiritual y discernimiento vocacional.

  1. Agentes53

    38. “Incumbe a toda la comunidad cristiana el deber de fomentar las vocaciones para que se provea suficientemente a las necesidades del ministerio sagrado en la Iglesia entera”54.

    39. En la Iglesia diocesana, el Obispo es el primer responsable de la pastoral vocacional. A él le corresponde la promoción de todas las vocaciones y, de modo muy especial, la vocación al sacerdocio ministerial55.

    40. Al delegado diocesano de pastoral vocacional le compete coordinar la pastoral de todas las vocaciones de especial consagración con un equipo representativo de todas ellas. El u otro sacerdote encargado por el Obispo deberá promover específicamente las vocaciones para el presbiterado diocesano.

    Será oportuno que este delegado mantenga estrecha relación con el Secretariado Nacional de Pastoral Vocacional, con los delegados de otras diócesis y con los centros vocacionales de institutos de vida consagrada a fin de lograr una eficaz colaboración. Será particularmente importante que sus funciones y criterios de discernimiento vocacional estén en armonía con los del equipo de formadores del Seminario diocesano para coordinar con coherencia el ingreso de los candidatos al Seminario mayor.

    41. A los presbíteros que trabajan en la pastoral parroquial les incumbe directamente la tarea de promover y acompañar las vocaciones sacerdotales. El testimonio personal y la dirección espiritual son medios privilegiados a su alcance.

    42. Los miembros de institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica, con el testimonio propio, constituyen también una invalorable mediación eclesial para el surgimiento de vocaciones sacerdotales.

    43. Los fieles laicos, las familias y las distintas comunidades cristianas (parroquias, movimientos, asociaciones) han de sentirse responsables en la misión de fomentar, descubrir y cultivar las vocaciones sacerdotales.

 

CAPÍTULO V: LA FORMACIÓN PARA EL SACERDOCIO Y EL SEMINARIO MAYOR

1. LA COMUNIDAD DEL SEMINARIO MAYOR

75. Cristo para apacentar el Pueblo de Dios y acrecentarlo siempre, instituyó en su Iglesia diversos ministerios ordenados al bien de todo el Cuerpo. Así, después de haber hecho oración al Padre, llamando a los que El quiso, eligió a Doce para que viviesen con El y enviarlos a predicar el Reino de Dios (cf.Mc 3,13-19) . Inspirado en este modelo, el Seminario es, “a su manera, una continuación en la Iglesia de la íntima comunidad apostólica formada en torno a Jesús70.

76. El Seminario mayor es una comunidad eclesial y educativa que tiene como finalidad “el acompañamiento vocacional de los futuros sacerdotes, y por tanto el discernimiento de la vocación, la ayuda para corresponder a ella y la preparación para recibir el sacramento del Orden con las gracias y responsabilidades propias, por las que el sacerdote se configura con Jesucristo Cabeza y Pastor y se prepara y compromete para compartir su misión de salvación en la Iglesia y en el mundo”71.

77. La Iglesia, siguiendo una tradición avalada por siglos, ofrece con la institución del Seminario el instrumento por el cual el Obispo -principal responsable de la formación sacerdotal- con la comunión y colaboración de su presbiterio y de la comunidad de los fieles, prepara auténticos pastores para el servicio de la Iglesia diocesana72.

78. “En cada diócesis, cuando sea posible y conveniente, ha de haber un Seminario mayor”73. Se comprende bajo el término de Seminario mayor y a los efectos de las normas de este Plan: a) los Seminarios diocesanos, cuenten o no con un centro propio para los estudios eclesiásticos; b) los Seminarios interdiocesanos y/o regionales erigidos en las diversas provincias y/o regiones eclesiásticas; c) las casas de formación o colegios eclesiásticos erigidos por la autoridad competente para los seminaristas de una o varias diócesis o provincias eclesiásticas que concurren a centros de estudios eclesiásticos (facultades de teología, institutos de estudios teológicos, etc.)74.

79. Para fundar y mantener un Seminario mayor se requiere75:

  • suficiente número de seminaristas;

  • superiores bien preparados para su cargo y unidos fraternalmente en un trabajo conjunto;

  • proyecto educativo y reglamento que estén bien definidos y sean conocidos por todos;

  • edificio adecuado, dotado de biblioteca y de todos los elementos que son exigidos según el grado y naturaleza de la formación;

  • plan de estudios -conforme a lo prescrito en el Anexo de este documento- y suficientes profesores en número y preparación donde el Seminario cuente con centro propio de estudios eclesiásticos.

80. Cuando las diócesis no puedan reunir por sí mismas estas condiciones, será necesario enviar a los alumnos a Seminarios abiertos a la formación de seminaristas de otras diócesis; o bien se erigirá un Seminario interdiocesano. En estos casos, según las circunstancias de cada lugar, será necesaria la colaboración fraterna del clero secular y religioso para que, unidas las fuerzas y posibilidades, puedan crearse más fácilmente dichos Seminarios, o bien, centros aptos de estudios eclesiásticos76.

81. “Cada Seminario tendrá un reglamento propio, aprobado por el Obispo diocesano o por los Obispos interesados si se trata de un Seminario interdiocesano, en el que las normas del Plan de formación sacerdotal se adapten a las circunstancias particulares y se determinen con más precisión los aspectos disciplinares, que se refieren a la vida diaria de los alumnos y al orden de todo el Seminario”77.

Las normas del reglamento deben estar referidas a puntos importantes. De esta manera, a la vez que organizan la vida común, dejan un margen razonable de autodeterminación que permita el ejercicio de la iniciativa personal y de la convicción del deber. Formados en un clima de respeto y libertad responsable, los seminaristas podrán aceptar la disciplina no por inercia o coacción, sino por persuasión íntima de fe y con caridad78.

82. En las diócesis donde surjan vocaciones sacerdotales de edad adulta, provenientes de una más o menos larga expriencia de vida laical y de compromiso profesional, es necesario atender la situación de una manera particular. “No siempre es posible, y con frecuencia no es ni siquiera conveniente, invitar a los adultos a seguir el itinerario educativo del Seminario mayor. Se debe más bien programar, después de un cuidadoso discernimiento sobre la autenticidad de estas vocaciones, cualquier forma específica de acompañamiento formativo, de modo que se asegure, mediante adaptaciones oportunas, la necesaria formación espiritual e intelectual”79.

A estos candidatos y a cuantos “legítimamente residen fuera del Seminario, el Obispo diocesano debe encomendarles a un sacerdote piadoso e idóneo que cuide de que se formen diligentemente en la vida espiritual y en la disciplina”80 y que vigile su formación intelectual.

2. LAS DIMENSIONES DE LA FORMACION

    1. La formación humana

      Fundamentos

      83. “Sin una adecuada formación humana toda la formación sacerdotal estaría privada de su fundamento necesario”81. En efecto, la existencia cristiana y sacerdotal, como don de la gracia, no destruye ni anula la naturaleza del hombre sino que la supone y asume para elevarla y perfeccionarla.

      84. Por otra parte, “el presbítero, llamado a ser “imagen viva” de Jesucristo Cabeza y Pastor de la Iglesia, debe procurar reflejar en sí mismo, en la medida de lo posible, aquella perfección humana que brilla en el Hijo de Dios hecho hombre”82.

      “Para que su ministerio sea humanamente lo más creíble y aceptable, es necesario que el sacerdote plasme su personalidad humana de manera que sirva de puente y no de obstáculo a los demás en el encuentro con Jesucristo Redentor del hombre”83.

      85. Por eso el Seminario procurará que los candidatos al presbiterado vayan adquiriendo una personalidad equilibrada, madura e integrada, correctamente articulada con la vocación al ministerio presbiteral.

      Objetivos

      86. Se ha de educar a los seminaristas para que puedan crecer en las principales virtudes y valores humanos, especialmente los siguientes: sinceridad y amor a la verdad; prudencia en los juicios y decisiones; fidelidad a la palabra dada; búsqueda constante de la justicia y de la paz; capacidad de amistad, hospitalidad, diálogo, colaboración, agradecimiento y perdón; esp’iritu de servicio, solidaridad y sacrificio; austeridad, laboriosidad, responsabilidad e iniciativa; moderación en el hablar y actuar; aptitud para el silencio y la soledad84.

      87. Que los seminaristas puedan lograr un conocimiento realista de la propia persona y una recta valoración de sí mismos. De esta manera podrán potenciar sus virtudes, asumir sus limitaciones y las de los demás, y vivir así la esperanza que permite superar las tentaciones de desaliento, agobio y pesimismo. Esta tarea implica un reconocimiento sincero de la historia personal y familiar, así como del influjo del medio cultural en la estructuración de la propia personalidad. En orden al conocimiento de sí mismo es necesario promover el discernimiento de las motivaciones que dan origen a los comportamientos más habituales.

      88. Se ha de educar a los jóvenes de tal modo que puedan vivir la afectividad y la sexualidad como camino de maduración humana y preparación al celibato sacerdotal. “A la vista del compromiso del celibato, la madurez afectiva ha de saber incluir, dentro de las relaciones humanas de serena amistad y profunda fraternidad, un gran amor, vivo y personal, a Jesucristo”85.

      La educación afectiva y sexual de los seminaristas ha de posibilitarles: desarrollar una afectividad capaz de experimentar sentimientos y emociones, amar y entablar relaciones interpersonales con hombres y mujeres86; alcanzar la integración de la propia personalidad donde prevalezca la naturaleza racional sobre la naturaleza impulsiva87; madurar la sexualidad para que, superando el narcicismo y la posesividad, sea potencial de amor oblativo y altruista y, a la vez, promueva una vida de relación con la capacidad tanto de dar y de recibir, de aceptar el amor que se le ofrece en una actitud de generosa correspondencia88.

      89. Se ha de brindar una formación clara y sólida para la libertad responsable que exige que la persona sea verdaderamente dueña de sí misma en vistas a la entrega, y una educación de la conciencia moral que posibilite la obediencia consciente y libre a las exigencias de Dios y de su amor89.

      90. Como futuro padre y pastor, el seminarista tendrá que adquirir las cualidades propias de la paternidad, como son, entre otras, las siguientes: “espíritu altruista, aceptación de pesadas responsabilidades, capacidad de amor y de mayor entrega a cualquier clase de sacrificios, experiencia concreta y cotidiana de las dificultades de la vida”90, aptitud para el trabajo responsable y desinteresado, capacidad para conducir, animar y alentar, autoridad para promover el crecimiento y organizar la vida de una comunidad.

      91. El Seminario ayudará también a los seminaristas para que puedan adquirir una mirada de la realidad serena, inteligente e integradora. Para ello procurará favorecer una actitud básica de apertura que disponga al seminarista a aprender, y cambiar -si fuera necesario- los propios puntos de vista, evitando la rigidez y la cerrazón del corazón. Será importante además, purificar y corregir actitudes que impliquen agresividad, ironía y críticas malintencionadas, como también la inclinación a modos de ser extravagantes.

      92. El presbítero diocesano, en cuanto secular, guarda una peculiar relación con el mundo de los hombres y el vasto campo de la cultura. A fin de que puedan lograr una presencia humana y ministerial en la sociedad, será necesario educar a los jóvenes candidatos en el conocimiento, aprecio y discernimiento de los valores de la cultura. También se los ha de capacitar progresivamente para la integración en diversos ambientes humanos.

      93. Un objetivo fundamental en la formación humana de los futuros presbíteros es educar la capacidad para la convivencia. Esto implica concretamente: desarrollar el sentido social y comunitario; despertar el espíritu de solidaridad; educar la disposición para el diálogo abierto y sincero; ayudar a superar la timidez; fomentar la urbanidad y el buen trato; favorecer las relaciones interpersonales libres y generosas donde se aprende a trabajar en equipo con objetivos comunes, promoviendo el bien de todos91.

      94. Los jóvenes seminaristas se han de formar en un sano realismo respecto del valor de su corporeidad y de la dignidad y pulcritud del vestido.

      Será necesario además formar en el orden de vida y la correcta administración del tiempo, y cultivar valores humanos como: la limpieza y belleza de la casa, que es el lugar de vida y convivencia; la creatividad y la sensibilidad a los valores artísticos en sus varias manifestaciones; la capacidad de expresión oral y escrita.

      Medios

      95. La vida en el Seminario, asumida con todas sus exigencias, constituye el instrumento adecuado y más necesario para la maduración humana de los jóvenes candidatos. A continuación se señalan los principales medios que el Seminario ha de ofrecer para alcanzar este fin:

      • una vida sobria, austera y disciplinada, inspirada en el Evangelio y programada conforme a un proyecto de vida, que se revise periódicamente en comunidad;

      • diálogo personal con los formadores y los compañeros;

      • dedicación constante al estudio personal y preparación atenta de las tareas apostólicas;

      • clima de libertad y autoformación responsable;

      • participación activa en la comunidad del Seminario asumiendo responsabilidades y oficios propios de la casa, incluyendo el trabajo manual;

      • descanso, deporte, esparcimiento, actividades comunes como campamentos, salidas comunitarias, etc.;

      • educación sexual y educación de las virtudes;

      • apertura a la realidad a través de los medios de comunicación, educando una prudente valoración crítica;

      • experiencias y pruebas formativas especiales;

      • asistencia profesional de psicólogos y médicos competentes y conocedores de la vida consagrada.

 

    1. La formación espiritual

      Fundamentos

      96. La formación espiritual ha de proporcionarse de manera que dinamice y plenifique el crecimiento humano y cristiano de los futuros sacerdotes, y sea el sólido fundamento de su formación pastoral.

      La vida espiritual, entendida como relación y amistad con Dios, tiene que empeñar totalmente a la persona del seminarista introduciéndolo en la comunión profunda con Jesucristo, buen Pastor, bajo el impulso del Espíritu y en actitud filial respecto del Padre92; a la vez ha de conducirlo a la comunión fraterna con los hermanos, a la adhesión confiada a la Iglesia y a la experiencia redentora de la cruz.

      Esto, que es común a todos los fieles, ha de ser vivido por los futuros pastores desde lo que es propio de la identidad sacerdotal. El sacerdote, en efecto, es como un sacramento personal de Cristo Pastor; por ello su formación espiritual ha de ser el centro vital que unifique y vivifique su ser y el ejercicio de su ministerio.

      El sacerdote diocesano estará animado por una espiritualidad de vida apostólica, donde la amistad y el seguimiento de Cristo se expresan propiamente en la caridad pastoral, vivida en la comunión con el Obispo y su presbiterio, en la dedicación apostólica a la Iglesia particular y en la constante disponibilidad misionera.

      Objetivos

      97. La formación espiritual ha de procurar en primer lugar la consolidación de la vida cristiana de los seminaristas surgida de una experiencia personal de Cristo y de su Iglesia, que los anime a una conversión totalizante y a una elección y seguimiento radical de Jesucristo. La búsqueda de Jesús ha de conducirlos cada día a una relación de profunda amistad con El. “En cierto modo la vida espiritual del que se prepara al sacerdocio está dominada por esta búsqueda: por ella y por el “encuentro” con el Maestro, para seguirlo, para estar en comunión con El”93.

      98. Singular importancia posee la formación de las virtudes cristianas en general y particularmente de las virtudes teologales. Será necesario, por tanto, practicar una verdadera pedagogía de la fe a fin de que los seminaristas vayan creciendo en la capacidad de descubrir la presencia de Dios que se manifiesta salvador, tanto en sus vidas como en la de los hombres.

      La experiencia cotidiana del misterio de Cristo, vivido en la comunidad, ha de educar vitalmente en los jóvenes la virtud de la esperanza para que la confianza en Dios les dé fortaleza de ánimo y así aprendan a soportar las dificultades de la vida.

      Creer y esperar en el Señor compromete a vivir su mandamiento del amor; por eso, la educación en la caridad será el principal objetivo de la formación cristiana de los jóvenes candidatos al sacerdocio y ha de animar las diversas actividades espirituales del Seminario.

      99. La formación específicamente sacerdotal tendrá como objetivo el cultivo de la identidad del sacerdote diocesano. Se tratará de que los seminaristas vayan configurando su mente, corazón y actitudes con Cristo Pastor que los llama a consagrarse totalmente a El y a su misión capital en la Iglesia y en el mundo. En forma armónica y progresiva deberán adquirir y cultivar la virtud de la caridad pastoral como el modo propio de vivir el seguimiento de Cristo.

      100. Se procurará la formación en las virtudes sacerdotales, especialmente, “la fidelidad, la coherencia, la sabiduría, la acogida de todos, la afabilidad, la firmeza doctrinal en las cosas esenciales, la libertad sobre los puntos de vista subjetivos, el desprendimiento personal, la paciencia, el gusto por el esfuerzo diario, la confianza en la acción escondida de la gracia que se manifiesta en los sencillos y en lo pobres”94.

      101. Como futuros sacerdotes diocesanos, los seminaristas han de adquirir un vivo sentido de pertenencia y dedicación a la Iglesia particular en la que se incardinarán para el servicio pastoral. Progresivamente deberán comprender que la “incardinación” no se agota en un vínculo puramente jurídico, sino que comporta también una serie de actitudes y de opciones espirituales y pastorales95.

      Esto significa concretamente aprender a “compartir la historia o experiencia de vida de esta Iglesia particular en sus valores y debilidades, en sus dificultades y esperanzas, y a trabajar en ella para su crecimiento”96. Significa también desarrollar una relación estrecha y filial con el Obispo y un vínculo sincero y fraterno con los sacerdotes para llegar a formar un mismo presbiterio con ellos, y madurar las actitudes de servicio a la comunidad de los fieles.

      Este compromiso con la Iglesia particular ha de vivirse de tal manera, que promueva, al mismo tiempo, una generosa disponibilidad misionera, de cara a la Iglesia universal97.

      Como futuros sacerdotes seculares, que viven junto a sus hermanos los fieles laicos, tendrán que adquirir un amplio conocimiento, amor y comprensión de la sociedad en la que éstos se desempeñan.

      102. La espiritualidad del sacerdote diocesano y secular, por su misma naturaleza, ha de abrir a los futuros presbíteros al diálogo y comunión con otras espiritualidades, que tendrán que conocer y alentar a la hora de ser pastores de todos.

      No ha de excluirse en la formación el aporte de distintas espiritualidades de movimientos o asociaciones eclesiales, en la medida que contribuyan a que los seminaristas avancen en su específica manera de identificación con Cristo sacerdote. A fin de garantizar este crecimiento coherente en la espiritualidad sacerdotal, durante el tiempo del Seminario será responsabilidad de los formadores, en especial del director espiritual del Seminario, discernir y dar unidad a las aportaciones que puedan provenir de otros tipos de espiritualidades98.

      Elementos, medios y orientaciones particulares

      103. “El conocimiento amoroso y la familiaridad orante con la Palabra de Dios revisten un significado específico en el ministerio profético del sacerdote”99. A la luz y con la fuerza de esta Palabra “es como puede descubrirse, comprenderse, amarse y seguirse la propia vocación”100. Por eso ha de exhortarse a los seminaristas a “leer y estudiar asiduamente la Escritura para no volverse predicadores vacíos de la Palabra, que no la escuchan por dentro”101.

      La misma Palabra de Dios es proclamada y acogida con fe en la celebración eucarística de cada día. Al recibirla con actitud de escucha humilde y apertura de corazón, sepan los futuros pastores que antes de ser sus maestros han de ser siempre su discípulos.

      104. “La forma primera y fundamental de respuesta a la Palabra es la oración102. En el encuentro personal con el Padre por medio del Hijo Unigénito bajo la acción del Espíritu aprendan los seminaristas a conocer y experimentar el sentido auténtico de la oración cristiana103.

      105. A ejemplo de Cristo, que gustosamente buscaba la soledad para entregarse de lleno a la oraci’on con el Padre, los seminaristas han de procurar cultivar ese trato íntimo de amistad con Dios. Una forma de oración privilegiada de los futuros sacerdotes es la que han de tener frente a la presencia del Señor sacramentado. Por esta razón se los invitará con insistencia a permanecer cada día algún tiempo en esta oración, con fiel perseverancia, no obstante las dificultades.

      106. Se ha de buscar con insistencia que los seminaristas se familiaricen con los verdaderos maestros de la vida espiritual y los Santos Padres. Ellos les permitirán adquirir el sentido del verdadero clima espiritual, el gusto de Dios y del silencio interior104.

      107. Asimismo será necesario que aprendan a vincular siempre su oración con los estudios teológicos, pues el conocimiento de Dios y de sus misterios la enriquecerán y le darán mayor consistencia. Que sepan unirla a los acontecimientos de su propia vida y a las necesidades y preocupaciones fundamentales de los hombres y su historia.

      108. Acostúmbrense también en el Seminario a la oración de intercesión por todos los hombres y en especial por aquellos que mañana les serán encomendados en la tarea ministerial, sabiendo que el buen pastor es el que ora mucho por su pueblo y que la fecundidad apostólica depende de una perseverante oración a Dios.

      109. Se ha de insistir en que todos procuren un clima de silencio exterior y recogimiento en el Seminario, necesario para el silencio interior, la meditación y la unión más íntima con el Señor105.

      110. En la vida litúrgica los futuros sacerdotes han de lograr aquella “inserción vital en el misterio pascual de Jesucristo, muerto y resucitado, presente y operante en los sacramentos de la Iglesia”106 que los lleve a vivir íntimamente los misterios celebrados y los prepare para presidir las celebraciones sacramentales como ministros de Cristo Cabeza.

      La liturgia en el Seminario ha de estar siempre acompañada por una adecuada iniciación o “mistagogía” que ilustre especialmente las bases de la vida litúrgica: la historia de la salvación, el misterio pascual de Cristo, la genuina naturaleza de la Iglesia, la presencia de Cristo en los actos litúrgicos, la escucha de la Palabra de Dios, el espíritu de oración, de adoración y de acción de gracias, la espera de la venida del Señor107.

      A través de las celebraciones litúrgicas en el Seminario, que han de prepararse con auténtico sentido espiritual y pastoral, los seminaristas aprenderán a integrar armónicamente y a enriquecer recíprocamente la vida espiritual personal con la dimensión comunitaria de la fe. Será necesario también poner de manifiesto la estrecha vinculación de la liturgia con la vida diaria y con la formación pastoral108.

      111. A fin de favorecer una “participación plena, consciente y activa”109 en la liturgia, desde el comienzo se ha de brindar a los seminaristas una conveniente y gradual iniciación a los signos, palabras y gestos de las celebraciones, especialmente las referidas a la Misa y la Liturgia de las Horas. Esta iniciación los llevará “a la comprensión del lenguaje simbólico de la liturgia que, con los signos sensibles, las palabras, los gestos, las cosas y las acciones expresa las realidades divinas y las produce en los sacramentos”110.

      112. Para lograr mayores frutos espirituales y pastorales en la formación de los futuros sacerdotes, se ha de favorecer una sana variedad en el modo de celebrar las acciones litúrgicas y de participar en ellas; de este modo, los seminaristas aprenderán a elegir debidamente entre las varias posibilidades propuestas por los texto litúrgicos y a componer o pronunciar nuevos textos adaptados a las diversas circunstancias, siempre dentro del respeto de las normas litúrgicas111.

      113. El misterio de Cristo, celebrado en la liturgia, se renueva y actualiza plenamente en el Sacrificio de la Misa. Por tanto, “es necesario que los seminaristas participen diariamente de la celebración eucaríst’ica, de forma que luego tomen como regla de su vida sacerdotal la celebración diaria. Además, han de ser educados a considerar la celebración eucarística como el momento esencial de su jornada, del que participarán activamente”112. Esta participación “culmina con la comunión sacramental, recibida dignamente y con plena libertad”113; por ella los seminaristas se van identificando más íntimamente con Cristo.

      114. Promuévanse también otras expresiones de culto y devoción eucarística: adoración, exposición, visitas al santísimo sacramento, horas santas, etc., de modo que crezcan siempre en la fe y amor a Jesús sacramentado114.

      115. La preparación y el ejercicio de los ministerios del lectorado y del acolitado ayudarán a los seminaristas a conseguir más plenamente el conocimiento y amor de la Palabra de Dios y de la Sagrada Eucaristía a fin de seguir al Señor con auténtico corazón de discípulo115.

      116. La celebración del rito de admisión, así como las ordenaciones diaconales y presbiterales serán puntos de referencia permanentes para la espiritualidad. Se requiere para ello una preparación previa: tiempos fuerte de oración, reflexión y meditación sobre sus respectivos significados, así como de los compromisos que se adquieren.

      117. El seguimiento de Cristo exige además una conversión diaria y permanente. Por eso, los futuros sacerdotes deben aprender mediante el examen de conciencia cotidiano a juzgarse a sí mismos, y a cultivar la virtud de la penitencia, sobre todo mediante el recurso frecuente al sacramento de la Reconciliación y las celebraciones penitenciales comunitarias en las que los seminaristas aprenden a captar el sentido personal y social del pecado y de la misericordia divina y el valor del mismo sacramento116.

      118. Hay que proponer a los seminaristas mantenerse en contacto con un mismo confesor, al menos por un tiempo prudente, para facilitar un sincero crecimiento espiritual. “Además de los confesores ordinarios, vayan regularmente al Seminario otros confesores; y, quedando a salvo la disciplina del centro, los alumnos también podrán dirigirse siempre a cualquier confesor, tanto en el Seminario como fuera de él”117.

      119. Los seminaristas han de ser introducidos en la alabanza al Señor e intercesión por todo el mundo mediante la oración de la Liturgia de las Horas. Se buscará iniciarlos en los principios doctrinales y en la comprensión de los salmos, de manera que aprendan a descubrir el misterio de Cristo y de la Iglesia encerrado en ellos. Favorézcase, además, la celebración comunitaria y habitual de algunas de las horas ?principalmente las laudes, v’isperas y completas? y, en cuanto sea posible, hágase con canto118.

      120. Se procurará que la Santa Misa y todas las celebraciones litúrgicas, a la vez que susciten un verdadero espíritu de adoración y alabanza, generen en los seminaristas actitudes de gratitud, donación y comunión, siendo verdadera oración de toda la comunidad119.

      121. En consonancia con el misterio de la Pascua de Cristo será necesaria una conveniente educación espiritual de la ascesis y la disciplina interior, del espíritu de sacrificio y de renuncia, de la aceptación de la fatiga y de la cruz; sobre todo si se tiene en cuenta que se trata de elementos de la vida espiritual que con frecuencia se presentan particularmente difíciles para muchos candidatos al sacerdocio, acostumbrados a condiciones de vida de relativa comodidad y bienestar120. “Por esta razón, pero sobre todo para poner en práctica la donación radical de sí mismo propia del sacerdote…, es necesario inculcar el sentido de la cruz, que es el centro del misterio pascual”121.

      122. “La formación espiritual comporta también buscar a Cristo en los hombres122. Del encuentro con Dios y su amor nace la exigencia indeclinable del encuentro con el prójimo, de la propia entrega a los demás en el servicio humilde y desinteresado como expresión de la caridad. Llamado a ser el hombre de la caridad, el futuro presbítero tendrá que dejarse educar continuamente por el Espíritu en la caridad del Señor. La formación de la caridad incluye necesariamente la educación en el amor y dedicación preferencial por los más pobres, los débiles y enfermos, en los cuales los futuros pastores han de descubrir la presencia de Jesús, y en el amor misericordioso por los pecadores123.

      123. Como expresión de la caridad, la vida comunitaria es un componente fundamental en el crecimiento humano y cristiano de los seminaristas. Guiados por sus superiores y junto con ellos deben formar, a ejemplo de los primeros creyentes, una verdadera familia con “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32).

      Se ha de valorar especialmente la revisión de vida, que desarrolla en el futuro presbítero virtudes fundamentales, como son: la humildad, la búsqueda sincera del bien común y la corrección fraterna.

      124. “En la perspectiva de la caridad, que consiste en el don de sí mismo por amor, encuentra su lugar en la formación espiritual del futuro sacerdote la educación de la obediencia, del celibato y de la pobreza124.

      125. Como Cristo que “se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de Cruz” (Flp 2,8), el futuro presbítero deberá aprender a vivir en sumisión alegre al designio salvífico del Padre y en disponibilidad sincera a las mediaciones humanas por El establecidas para su realización. En efecto, el sacerdote está llamado a comprometer su libertad en una obediencia filial, pronta y generosa al Obispo, por quien y con quien discierne y adhiere a la voluntad de Dios. Esto exige una auténtica formación para la obediencia, que no menoscaba la libertad personal ni la iniciativa del seminarista, sino que las promueve y purifica.

      Los seminaristas deberán crecer en un verdadero espíritu eclesial que los lleve a valorar y respetar las normas litúrgicas y canónicas, a conocer y adherir fielmente a las enseñanzas de la Iglesia y a trabajar en comunión con todos los miembros del Pueblo de Dios, poniendo en práctica los planes diocesanos.

      126. A fin de imitar a Cristo buen Pastor y Esposo de la Iglesia (cf.Jn 10,11; Ef 5,25), “la formación espiritual de quien es llamado a vivir el celibato debe dedicar una atención particular a preparar al futuro sacerdote para conocer, estimar, amar y vivir el celibato en su verdadera naturaleza y en su verdadera finalidad, y por tanto en sus motivaciones evangélicas, espirituales y pastorales”125.

      Teniendo en cuenta que el celibato es una gracia que implica la entrega total de la persona, se requiere, por eso, una adecuada formación humana y cristiana. En efecto, “el seminarista debe tener un adecuado grado de madurez psíquica y sexual, así como una vida asidua y auténtica de oración, y debe ponerse bajo la dirección de un padre espiritual”126. Téngase especialmente en cuenta lo dicho acerca de este tema en el capítulo sobre la formación humana de este Plan127.

      127.127 A ejemplo de Cristo que “siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza” (2 Cor 8,9), el futuro presbítero ha de vivir la pobreza mediante una actitud de desprendimiento afectivo y efectivo de las cosas superfluas e incluso de aquéllas, que aun siendo lícitas, no convienen128, de tal manera que manifieste un singular amor por el Señor, adquiera la libertad del corazón y una recta postura ante el mundo129 y exprese el amor preferencial de la Iglesia por los pobres130.

      De este modo apoyados en la providencia divina, podrán sin angustias “vivir tanto en las privaciones como en la abundancia” (Flp 4,12). Este estilo de vida favorecerá la caridad pastoral.

      La educación en la pobreza ha de fomentar además, el buen uso de las cosas y la correcta administración de los bienes.

      128. Las prácticas pastorales, dentro de la formación de los seminaristas, deberán ser expresión de una vida espiritual madura, y al mismo tiempo fuente constante de espiritualidad. Estas han de ayudarlos a crecer en el amor a la Iglesia, particularmente a la propia Iglesia diocesana. Será importante que, bajo la guía de los formadores, los seminaristas vayan logrando una adecuada integración de la experiencia apostólica en el interior del propio crecimiento espiritual.

      129. Como otras instancias formativas se destacan los ejercicios espirituales anuales, los días de retiro, las reuniones de comunidad, las conferencias o instrucciones espirituales, los actos de piedad comunitarios (rosario, vía crucis, triduos, novenas, etc.). Cada Seminario debe proveer estos medios formativos y utilizarlos dentro de su marco institucional, junto con otras modalidades que se juzguen oportunas.

      130. El contacto con la vida de los santos, amigos y colaboradores de Cristo, intercesores ante él por nosotros, los unirá más íntimamente al Señor, “de quién como fuente y cabeza dimana toda gracia y la vida del mismo Pueblo de Dios”131.

      131. De un modo especialísimo, la Virgen María Madre de Cristo Sacerdote, por el grado de asociación a la persona y obra de su Hijo, es también Madre de la Iglesia, y por tanto, Madre de los sacerdotes.

      Los futuros sacerdotes deben vivir una espiritualidad profundamente mariana para ser auténticamente cristiana y sacerdotal, porque María es modelo perfecto del cristiano y la imagen ideal de la Iglesia132. El Seminario ayudará a los seminaristas a crecer en la confianza filial, en el amor y la veneración a la santísima Virgen María, que Jesucristo muriendo en la cruz dejó a su discípulo como Madre133.

      132. La dirección espiritual es un medio imprescindible en el proceso de maduración de la vida teologal y la vocación sacerdotal; permite a los seminaristas captar las exigencias de la Palabra de Dios y los ayuda a lograr una conversión objetiva, profunda y continua, mediante el crecimiento en las virtudes. Por eso el director espiritual del Seminario desempeña una misión decisiva ayudando a los candidatos en la asimilación e integración personal de todos los elementos de la vida espiritual.
      Los seminaristas podrán acudir a él o lo eligirán libremente entre aquellos “sacerdotes que hayan sido destinados por el Obispo para esta función”134, frecuentándolo con asiduidad y de manera estable.

    1. La formación intelectual

      Fundamentos

      133. La formación intelectual de los futuros pastores “encuentra su justificación específica en la misma identidad del ministerio ordenado y manifiesta su urgencia actual ante el reto de la Nueva Evangelización”135.

      El sacerdote, identificado con Jesucristo por el sacramento del Orden, está llamado a ser evangelizador, testigo de la verdad y maestro de la fe. Su misión apostólica será cumplida en una sociedad influida por el secularismo moderno, que al dejar de lado a Dios, conduce a la indiferencia religiosa y a la desconfianza en la capacidad de la razón para alcanzar la verdad objetiva, privando de su pleno sentido a la vida humana136; todo lo cual “exige un excelente nivel de formación intelectual, que haga a los sacerdotes capaces de anunciar -precisamente en ese contexto- el inmutable Evangelio de Cristo y hacerlo creíble frente a las legítimas exigencias de la razón humana”137.

      134. Por otra parte, esta dimensión de la formación de quien se prepara al sacerdocio “no es un elemento extrínseco y secundario de su crecimiento humano, cristiano, espiritual y vocacional; en realidad, a través del estudio, sobre todo de la teología, el futuro sacerdote se adhiere a la Palabra de Dios, crece en su vida espiritual y se dispone a realizar su ministerio pastoral”138. Por eso, “la formación intelectual teológica y la vida espiritual -en particular la vida de oración- se encuentran y refuerzan mutuamente”139.

      135. “Un momento esencial de la formación intelectual es el estudio de la filosofía, que lleva a un conocimiento y a una interpretación más profundos de la persona, de su libertad, de sus relaciones con el mundo y con Dios. Ello es muy urgente, no sólo por la relación que existe entre los argumentos filosóficos y los misterios de la salvación estudiados en teología a la luz superior de la fe, sino también frente a una situación cultural muy difundida, que exalta el subjetivismo como criterio y medida de la verdad”140.

      136. “La formación intelectual del futuro sacerdote se basa y se construye sobre todo en el estudio de la sagrada doctrina y de la teología”141. Por eso, “la formacion teológica, a la luz de la fe y bajo la guía del magisterio, se ha de dar de manera que los alumnos conozcan íntegramente la doctrina católica, fundada en la Revelación divina, la hagan alimento de su propia vida espiritual y la sepan comunicar y defender convenientemente en el ejercicio de su ministerio”142.

      137. En el contexto de la formación al sacerdocio, la teología posee una esencial dimensión pastoral. Ella “está al servicio de la Iglesia y, por lo tanto, debe sentirse dinámicamente integrada en la misión de la Iglesia, especialmente en su misión profética”143.

      Objetivos

      138. La formación intelectual en el Seminario ha de brindar una visión integral y orgánica de los misterios de la fe que sirva a la maduración cristiana del futuro pastor, al desarrollo de su vida espiritual, a la comprensión y valoración de su consagración y al ejercicio competente de su ministerio en el seno del Pueblo de Dios y de la sociedad en que vive.

      139. Es de capital importancia suscitar en los futuros sacerdotes el amor a la verdad mediante el hábito del estudio, la formación de una mente clara y ordenada para afrontar la complejidad de muchas situaciones pastorales, y la capacidad de expresión y comunicación -tanto oral como escrita- del mensaje revelado, de modo que sus palabras sean entendidas con facilidad por todos.

      140. La formación filosófica tendrá como principal objetivo abordar los problemas más fundamentales que se encuentran en el centro de las preocupaciones de los hombres de nuestro tiempo e invaden todos los campos de la cultura. En ellos se encuentran evocados los eternos temas del pensamiento humano: el sentido de la vida y de la muerte, del bien y del mal, el fundamento de los valores, la capacidad de conocer la verdad, la dignidad y los derechos de la persona, el sufrimiento y la injusticia, etc.144.

      Para esto se procurará brindar una sólida base doctrinal “fundada en el patrimonio filosófico siempre válido, cuyos representantes son los más grandes filósofos cristianos que han transmitido los primeros principios filosóficos, que poseen fuerza perenne por estar fundados en la naturaleza misma”145. Sobre este cimiento firme, se tendrá en cuenta las corrientes filosóficas modernas, principalmente aquéllas que ejercen mayor influencia en nuestra nación.

      141. “A fin de prolongar la contemporaneidad vivida por Cristo en su ministerio pastoral”146, puede ser de gran utilidad la enseñanza de las ciencias del hombre, como son: la historia, la psicología, la sociología, la pedagogía, la economía, la política la comunicación social y la informática.

      142. La enseñanza de la sagrada teología “debe llevar al candidato al sacerdocio a poseer una visión completa y unitaria de las verdades reveladas por Dios en Jesucristo y de la experiencia de fe de la Iglesia”147.

      Como lo que se quiere enseñar no es una ideología o una opinión personal, sino la Palabra revelada por Dios, predicada por la Iglesia, celebrada en la liturgia, asimilada en la contemplación, vivida por los santos, profundizada por los doctores148, será necesario que los aspirantes al sacerdocio adquieran una sólida “forma mentis” en la escuela de los grandes maestros de la Iglesia, principalmente santo Tomás. Bajo el impulso y en la línea de esta tradición viva puede y debe progresar la teología y su enseñanza.

      143. Los estudios teológicos comprenden: la Sagrada Escritura, la teología fundamental, la teología dogmática, la teología moral, la liturgia, la patrología e historia eclesiástica, la teología pastoral y el derecho canónico. La enseñanza de toda la teología pondrá de manifiesto claramente la conexión existente entre las distintas disciplinas teológicas y todas tendrán como objetivo, cada una a su modo, la explicación del misterio de la salvación que se realiza constantemente en la vida de la Iglesia y en los acontecimientos del mundo149.

      En el Anexo de este Plan se explicitan con más detalle los principales objetivos, método y contenidos de cada disciplina150.

      144. La Nueva Evangelización implica “el esfuerzo por inculturar el Evangelio en la situación actual de las culturas de nuestro continente”151, por eso se ha de formar en los futuros presbíteros la capacidad deevangelizar la cultura y también de inculturar el mensaje de la fe, para lo cual será necesaria “una teología auténtica inspirada en los principios católicos sobre esa inculturación”152.

      145. Teniendo en cuenta la dificultad de conciliar la brevedad del tiempo disponible, con el enorme desarrollo que han tenido las distintas materias filosóficas y teológicas, un objetivo pedagógico fundamental será que los alumnos logren una auténtica síntesis en su formación intelectual. Para ello se requiere “que el conjunto de las disciplinas filosóficas y teológicas se articulen mejor y concurran armoniosamente”153. Se precisa también, la síntesis y relación de las distintas doctrinas entre sí y de los distintos niveles del estudio teológico; por ejemplo, exégesis y teología sistemática; ciencias y experiencias religiosas en relación con la acción pastoral, etc.154.

      Por eso, “el ideal de unidad y síntesis, aunque parezca difícil, debe interesar a los profesores y a los alumnos. Se trata de un problema de máxima importancia, de cuya solución depende en gran parte toda la eficacia, la vitalidad y la utilidad práctica de los estudios”155.

      146. La formación intelectual dentro del período de la formación inicial en el Seminario ha de promover un tipo de educación activa y personalizante donde los seminaristas, como primeros responsables de su crecimiento, logren una capacitación y un hábito de lectura y estudio que les permita continuarla en su formación permanente.

      147. Se favorecerán las vocaciones para el estudio y la investigación con una especialización posterior en orden a un peculiar y necesario servicio en la Iglesia. A tal efecto, una vez terminada la formación general y después de un tiempo de experiencia pastoral, los candidatos podrán ser enviados a centros internacionales de estudios, así como a los existentes en nuestro país. Deberán elegirse a los que por su carácter, virtud y capacidad intelectual sean más aptos.

      Elementos, medios y algunas orientaciones particulares

      148. (N) A fin de conseguir la sistematicidad y organicidad de la formación doctrinal, cada centro de estudios deberá contar con un programa de estudios detallado y ordenado que garantice la integridad y la coherencia interna de la enseñanza. Dicho programa ha de incluir las asignaturas con los temas fundamentales y centrales de la fe que serán tratados obligatoriamente, y se ha de elaborar teniendo en cuenta los contenidos del Plan de Estudios que figura en el Anexo de este documento156.

      149. Es imprescindible, además, un número suficiente de profesores con la preparación, competencia y títulos requeridos, así como con la dedicación necesaria para el ejercicio de la docencia y atención personal de los alumnos, el estudio y la investigación157.

      Deben ser verdaderamente peritos en su disciplina, instruidos en los métodos activos, procurando estar al día en su preparación científica por la lectura de revistas especializadas y publicaciones recientes, por el trato frecuente con personas doctas y tomando parte en reuniones científicas.

      El docente -particularmente el profesor de teología- como creyente y servidor de la Palabra de Dios, está ligado a Cristo y a la Iglesia. Su enseñanza debe realizarse en una perspectiva de fe en la Palabra del único Señor y de lealtad a la Iglesia y al magisterio158.

      150. Será necesario también el diálogo y coordinación de profesores y cátedras por departamentos. En general se buscará la unidad y colaboración de todos, que deberán estar institucionalizadas de alguna manera y que ocuparán peculiarmente al prefecto o director de estudios159.

      151. Los métodos pedagógicos han de favorecer, al mismo tiempo, la acogida de la enseñanza, la asimilación personal y la capacidad de comunicación.

      La programación de los estudios debe proponer en su conjunto los siguientes recursos: lecciones magistrales; seminarios, trabajos monográficos y exposiciones orales; estudio personal y lecturas obligatorias; evaluaciones y exámenes periódicos estipulados con precisión en los reglamentos de cada Seminario o de los institutos en los que se desarrollen los estudios.

      La eficacia de la formación intelectual debe buscarse en la adecuada integración de estos elementos. Se trata de instrumentos complementarios y no exclusivos, cada uno de los cuales aporta una contribución que el otro no puede ofrecer.

      152. Los seminaristas estarán obligados a cumplir una asistencia activa y regular a las clases. “En efecto, cuando se trata de la transmisión, no de un simple saber, sino de una tradición de fe, como en el caso de la tradición cristiana, es insustituible el contacto con un maestro, el cual es, al mismo tiempo, testigo de esta fe que ha iluminado y transformado su vida”160. Tal contacto se dará tanto en las clases como en las ejercitaciones o seminarios y en la dirección personal.

      Los horarios de clases serán organizados de modo que en los últimos años se conceda más espacio a la iniciativa personal y al trabajo en grupos bajo la guía de un profesor.

      153. La dedicación al estudio constituye uno de los trabajos específicos que los seminaristas deben realizar durante los años de su preparación al ministerio. Por esto, “es necesario crear un clima de estudio serio, haciendo presente que para un sacerdote el más excelente instrumento pastoral es precisamente una formación filosófico-teológica esmerada y profunda”161. Será conveniente dar a los alumnos orientaciones concretas respecto del número de horas que han de dedicar al estudio durante la semana.

      154. Para que los seminaristas se sientan corresponsables de la propia formación doctrinal mediante su participación activa162, es necesario, además de la asistencia a clases, estimular el trabajo personal comunicando el método de estudio, formar el sentido crítico, iniciar al método teológico, etc.

      También convendrá que los alumnos, especialmente aquellos que se encuentran al final de los estudios, participen ofreciendo su aporte en la revisión del funcionamiento del área académica (programas, métodos, horarios, etc.). Estas contribuciones, siempre serán confiadas a la reflexión y decisión del rector, del director de estudios y de los profesores.

      155. El comienzo de los estudios eclesiásticos presupone una preparación cultural previa y básica que posibilite su realización eficaz. Por eso, los jóvenes deben estar dotados de la formación humanística y científica que se requieren para el ingreso a las universidades argentinas, a no ser que en determinados casos, las circunstancias aconsejen otra cosa.

      156. Los estudios filosóficos y teológicos pueden hacerse sucesiva o simultáneamente, y su duración mínima será de seis años, de manera que el tiempo destinado a las materias filosóficas comprenda un bienio, y el correspondiente a los estudios teológicos, equivalga a un cuadrienio163.

      Si la filosofía y la teología se enseñan en diversos tiempos -como acontece en la mayoría de los Seminarios argentinos-, hay que procurar la coordinación entre las disciplinas filosóficas y teológicas. Si los estudios filosóficos se combinan con los estudios teológicos hay que procurar que la filosofía se explique en asignaturas distintas y con su método propio, y no se reduzca a una exposición fragmentaria y esporádica de los problemas conforme vayan apareciendo en la explicación teológica164.

      157. La orientación pastoral de los estudios requiere que se tenga en cuenta la debida “relación entre el rigor científico de la teología y su aplicación pastoral”165.

      Con el fin de garantizar la pastoralidad de la enseñanza, los profesores han de mantenerse en contacto con el prefecto de pastoral, los párrocos y con cuantos trabajan en el futuro campo de acción de los seminaristas166.

      158. A fin de lograr el objetivo de formar sacerdotes para la Nueva Evangelización en la Argentina, con los desafíos que su cultura y situación histórica plantea, esta perspectiva deberá plasmarse en la orientación general de los estudios y concretarse en programas, bibliografías, temas, cursillos y otros instrumentos académicos.

      159. En bien de una mayor eficacia formativa -sobre todo de una preparación sistemática, completa y doctrinalmente segura- es recomendable que se propongan libros de texto, que estén al día, para cada asignatura, que constituyan la base para las clases y para el estudio privado de los seminaristas167.

      160. Con todo, los libros de texto no serán los únicos que lean y estudien los alumnos. La seriedad que hoy debe tener la formación de los aspirantes al sacerdocio les exige, además del conocimiento de los manuales de estudio recomendados, el acceso directo a las fuentes, las obras de los Santos Padres y de los autores clásicos y modernos.

      161. Un requisito esencial para mantener un nivel académico adecuado es la existencia de una biblioteca bien dotada y de fácil acceso para el estudio de profesores y seminaristas. Será necesario instruir a los alumnos en la utilización de la misma, valiéndose de la metodología adecuada.

      La biblioteca debe contar con una sección de revistas científicas relativamente amplia, ya que éstas presentan los más recientes avances de las disciplinas.

      En cada Seminario, se confiará a un bibliotecario competente y preparado la organización de la biblioteca, que conservará y enriquecerá continuamente, con el asesoramiento de todos los responsables. A tal fin habrá de dedicarse, además, un presupuesto generoso.

      162. Se recomienda a los responsables de los centros teológicos de las diócesis que procuren la afiliación a la Facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina168.

      163. Atendiendo a estas orientaciones y requisitos, a la calidad de la formación y a las constatadas carencias de personal docente en número y cualificación, procédase con prudencia en la erección de nuevos centros filosóficos y teológicos de formación sacerdotal.

    1. La formación pastoral

      Fundamentos

      164. “Toda la formación de los candidatos al sacerdocio está orientada a prepararlos de una manera específica para comunicar la caridad de Cristo, buen Pastor. Por tanto, esta formación, en sus diversos aspectos, debe tener un carácter esencialmente pastoral… La finalidad pastoral asegura a la formación humana, espiritual e intelectual algunos contenidos y características concretas, a la vez que unifica y determina toda la formación de los futuros sacerdotes”169.

      Por eso, es necesario una formación específicamente pastoral que incluya tanto la reflexión teológica acerca de la misión de la Iglesia como las necesarias ejercitaciones y prácticas que han de acompañarla170.

      165. La formación pastoral se ha de comunicar de tal modo que, tanto el estudio como la actividad pastoral, se alimenten y apoyen en una fuente interior que es la comunión cada vez más profunda con la caridad pastoral de Jesucristo. De esta manera, los seminaristas crecerán sobre todo en “un modo de estar en comunión con los mismos sentimientos y actitudes de Cristo, buen Pastor”171.

      Objetivos

      166. Se ha de preparar a los candidatos al sacerdocio para vivir y comunicar la caridad de Cristo buen Pastor172, que caminó delante de sus ovejas, conociéndolas y siendo conocido por ellas. Los futuros pastores aprenderán a buscar la santidad en el cumplimiento fiel e incansable del ministerio pastoral173.

      167. Se enseñará la teología pastoral para que los seminaristas puedan realizar “una reflexión científica sobre la Iglesia en su vida diaria, con la fuerza del Espíritu, a través de la historia; una reflexión, sobre la Iglesia como “sacramento universal de salvación”, como signo e instrumento vivo de la salvación de Jesucristo en la Palabra, en los Sacramentos y en el servicio de la caridad”174.

      168. Los futuros pastores han de adquirir y cultivar progresivamente una mirada pastoral de la realidad que les permita realizar un discernimiento evangélico de los principales signos de los tiempos175. En este contexto, será importante prepararlos para responder a los desafíos que se presentan a la Nueva Evangelización, especialmente el secularismo y la urgente necesidad de una justicia largamente esperada176. A tal fin será necesario el estudio profundo y sistemático de los principales problemas y controversias sociales, valorándolos a la luz de los preceptos evangélicos y de la doctrina social de la Iglesia177.

      169. Los seminaristas han de prepararse mediante la catequética y la homilética para ejercer el ministerio de predicar la Palabra de Dios a los fieles, de tal modo que puedan “ser profundos, claros y breves, recurriendo a un lenguaje comprensible y sencillo”178.

      Además se procurará dar a conocer las distintas iniciativas pastorales destinadas a una mayor difusión de la Palabra de Dios (grupos y círculos bíblicos, semanas de la Biblia, etc.).

      170. Importancia decisiva ha de darse a la formación litúrgica de los futuros sacerdotes. La iniciación pastoral práctica para el ministerio litúrgico se ha de impartir de manera conveniente durante todo el proceso de la formación y alcanzará su punto culminante durante el último año, en el cual los futuros sacerdotes recibirán una más cuidadosa preparación, acomodada a las cirunstancias particulares en que ejercitarán su ministerio sacerdotal179. “Esta formación deberá tener en cuenta la presencia viva de Cristo en la celebración, su valor pascual y festivo, el papel activo que le cabe a la Asamblea y su dinamismo misionero”180.

      Los seminaristas serán preparados para el ministerio de la presidencia en la liturgia, a fin de que sepan representar a Cristo en las celebraciones de la comunidad181.

      Además, se enseñará a los candidatos a realizar una inculturación de la liturgia en los diversos ambientes y realidades de los hombres, “acogiendo con aprecio sus símbolos, ritos y expresiones religiosas compatibles con el claro sentido de la fe, manteniendo el valor de los símbolos universales y en armonía con la disciplina general de la Iglesia”182.

      Para que la formación litúrgica responda de veras a su finalidad y sirva de preparación a los futuros pastores, es necesario que sea dirigida y acompañada por los profesores del Seminario o por los encargados diocesanos para la liturgia183.

      171. Durante los años del Seminario se cultivará el arte de la conducción pastoral. Los candidatos han de aprender “a vivir como “servicio” la propia misión de “autoridad” en la comunidad, alejándose de toda actitud de superioridad”184. La conducción pastoral incluye también la capacidad de acompañar, aconsejar y dirigir espiritualmente a los fieles.

      Además, se han de fomentar las actitudes de búsqueda, cercanía y respeto hacia todos los hombres, a fin de que los futuros pastores entablen con ellos y sus culturas un verdadero diálogo de la salvación.

      172. Como “colaboradores del Obispo, los presbíteros, en virtud del sacramento del Orden, están llamados a compartir la solicitud por la misión185. Los seminaristas deberán comprender que “la ordenación no los prepara a una misión limitada y restringida, sino a la misión universal y amplísima de salvación “hasta los confines de la tierra”, pues cualquier ministerio sacerdotal participa de la amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles. Por esto, la misma formación de los candidatos al sacerdocio debe tender a darles un espíritu genuinamente católico que les habitúe a mirar más allá de los límites de la propia diócesis, nación, rito y lanzarse en ayuda de las necesidades de toda la Iglesia con ánimo dispuesto para predicar el Evangelio en todas partes”186.

      Será necesario integrar en los programas de formación sacerdotal cursos específicos de misionología e instruir a los candidatos al sacerdocio sobre la importancia y sentido de la inculturación del Evangelio187.

      173. Se ha de formar a los futuros sacerdotes para “realizar una pastoral comunitaria en colaboración cordial con los diversos agentes eclesiales: sacerdotes y Obispo, sacerdotes diocesanos y religiosos, sacerdotes y laicos. Esta colaboración supone el conocimiento y la estima de los diversos dones y carismas, de las diversas vocaciones y responsabilidades…; requiere un sentido vivo y preciso de la propia identidad y de la de las demás personas en la Iglesia; exige mutua confianza, paciencia, dulzura, capacidad de comprensión y de espera; se basa sobre todo en un amor a la Iglesia más grande que el amor a sí mismo y a las agrupaciones a las cuales se pertenece”188.

      “Es especialmente importante preparar a los futuros sacerdotes para la colaboración con los laicos189, a fin crecer en el espíritu de comunión y superar “arraigadas formas de clericalismo, que distraen valiosas capacidades de los presbíteros y de los diáconos, e impiden el despliegue de las energías apostólicas latentes en el laicado”190.

      Se ha de tener en cuenta además la relación de los presbíteros con los diáconos permanentes, especialmente en el contexto de la pastoral parroquial.

      174. Las prácticas pastorales ponen a los seminaristas en contacto cercano y habitual con hombres y mujeres de distinta edad y condición. Esto supone una rica experiencia para su crecimiento humano y pastoral, y a la vez, requiere una atenta y serena disposición para vivir en medio de ellos como quien ha abrazado la vocación sacerdotal al celibato. Por ello será necesario educar a los jóvenes candidatos en un estilo de relación y trato sencillo, cordial y respetuoso, donde prevalezca el sentido pastoral de los vínculos humanos, propio de quién está llamado a vivir en medio de los hombres como consagrado191.

      175. Teniendo en cuenta la multiplicidad y complejidad de las tareas apostólicas, que en ocasiones son fuente de tensión y agotamiento en el ejercicio del ministerio, se ha de educar en los futuros sacerdotes la virtud de la prudencia pastoral que les permita discernir desde la fe cuáles son las auténticas prioridades192, de manera que, al tiempo que respondan a las urgencias pastorales, preserven en ellos la necesaria unidad de vida193.

      176. Puesto que la fe de la Iglesia ha sellado el alma de América Latina, resulta fundamental que los seminaristas conozcan, valoren y asuman la religiosidad de nuestro pueblo que no sólo es objeto de evangelización sino que, en cuanto contiene encarnada la Palabra de Dios, es una forma activa con la cual el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo194.

      177. Ya que “la Iglesia y su jerarquía quieren seguir presentes en la causa del pobre, de su dignidad, de su elevación, de sus derechos como personas, de su aspiración a una improrrogable justicia social”195, será un objetivo de máxima importancia fomentar en los futuros pastores el amor a los más débiles y una inserción progresiva en el mundo de los pobres, siguiendo las huellas del Señor que vino a anunciarles la Buena Noticia.

      178. Como futuros presbíteros diocesanos, los seminaristas tendrán que crecer en un conocimiento amplio y detallado de la Iglesia particular a la que pertenecen, de sus instituciones y recursos apostólicos y de sus principales líneas de acción pastoral, para que puedan llegar a ser verdaderos servidores de la comunión eclesial.

      Medios

      179. Los Seminarios contarán con un plan o itinerario de formación pastoral que incluya la instrucción teórico-práctica y las ejercitaciones a realizarse a lo largo del proceso formativo. Le compete de manera directa al responsable o prefecto de pastoral la tarea de su programación, ejecución y evaluación en coordinación con los demás formadores y bajo la guía del rector.

      Este plan debe ser: claro y concreto en su expresión y de sencilla verificación; elaborado en relación a los objetivos de cada etapa formativa y abierto al mismo tiempo al proceso de maduración personal de cada seminarista; conocido suficientemente por los candidatos a fin de ayudarlos a ordenar sus conocimientos y prácticas pastorales en el contexto de toda la formación teológico-espiritual; reflexionado con los sacerdotes que acompañan a los seminaristas en sus prácticas pastorales para que éstos puedan brindarles una ayuda más eficaz.

      180. La teología pastoral deberá impartirse “ya como dimensión de todas las materias teológicas, ya como ciencia que interpreta y estimula las genuinas instancias del ministerio pastoral y orienta su cumplimiento en las circunstancias actuales según las exigencias de la fe, a la luz de la revelación”196.

      181. El estudio de los grandes documentos pastorales de la Iglesia contemporánea impregnará de su espíritu la reflexión y la acción evangelizadora197.

      182. Se han de establecer contactos frecuentes entre el Seminario y los principales organismos de la pastoral diocesana a fin de procurar una mayor coherencia y continuidad entre su plan de formación pastoral y la vida de la Iglesia local.

      183. A fin de lograr más eficacia en la evangelización de la cultura actual, los seminaristas han de aprender “los lenguajes y técnicas correspondientes de comunicación198.

      184. Las prácticas pastorales son imprescindibles en una buena formación que exige una progresiva incorporación en la vida pastoral. Los seminaristas las han de cumplir, no tanto para integrar las fuerzas apostólicas, sino, sobre todo, para adquirir una mentalidad y estilo pastoral y el gusto por la caridad apostólica199. A fin de lograr este ideal, han de estar convenientemente preparadas, acompañadas y evaluadas, y ser sostenidas por una seria reflexión teológica que las ilumine desde la fe con los principios y criterios de la Iglesia200.

      Se cuidará especialmente que los candidatos cuenten con la guía y acompañamiento de sacerdotes experimentados201. Sobre ellos también “recae -en coordinación con el programa del Seminario- una responsabilidad educativa pastoral de no poca importancia”202.

      185. A lo largo de los años del Seminario ha de brindarse a los seminaristas la posibilidad de conocer y entrenarse en los principales campos del ministerio pastoral evitando que queden encerrados en una sola experiencia apostólica.

      Se ha de prever también una capacitación básica y fundamental para cumplir la tarea evangelizadora en aquellos sectores o realidades que reclaman una preparación especializada, como por ejemplo: pastoral universitaria, obrera, rural, mundo de la comunicación social, jóvenes, etc.

      A lo largo de su formación los seminaristas tendrán un contacto directo y gradual con el mundo del dolor para aprender a tratar con amor de preferencia a los enfermos, ancianos, pobres, presos y marginados, etc.

      186. Los futuros presbíteros también tendrán que ser educados acerca del sentido, uso y administración de los bienes de la Iglesia.

      187. El tiempo de vacaciones ha de ser convenientemente aprovechado para programar y realizar distintas experiencias, como por ejemplo: misiones a distintos sectores y realidades de la propia diócesis o de diócesis alejadas, convivencias en parroquias, campamentos, cursillos especiales, etc.

      188. Para evitar la dispersión o una vana especialización, tanto en lo que se refiere a la instrucción teórica como a las experiencias prácticas, será imprescindible el discernimiento de los formadores que, teniendo en cuenta los talentos personales de los candidatos y las necesidades pastorales más urgentes de la diócesis, harán una prudente selección en la participación en dichos cursos y prácticas.

    1. La formación comunitaria

      Fundamentos

      189. La vida en comunidad es el ambiente natural y cotidiano donde se forman los jóvenes seminaristas y posee una importancia decisiva debido a las posibilidades que ofrece para su maduración humana, cristiana y sacerdotal. Cuando está animada adecuadamente, la vida comunitaria permite que el joven viva una nueva y más auténtica relación consigo mismo y con los demás. El seminarista aprende de manera progresiva a conocerse, aceptarse y vivir en paz consigo mismo, disponiéndose para entablar vínculos de amistad y solidaridad, dentro de la Iglesia y en relación con el mundo.

      La importancia de este experiencia queda más clara si se comprende que la fecundidad del ministerio sacerdotal depende, en cierta medida, de la capacidad que posea el sacerdote para el encuentro y la comunión con los hombres.

      En efecto, “en el trato con los hombres y en la vida de cada día, el sacerdote debe acrecentar y profundizar aquella sensibilidad humana que le permite comprender las necesidades y acoger los ruegos, intuir las preguntas no expresadas, compartir las esperanzas y expectativas, las alegrías y los trabajos de la vida ordinaria; ser capaz de encontrar a todos y dialogar con todos. Sobre todo conociendo y compartiendo, es decir, haciendo propia, la experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones…, el sacerdote enriquece su propia humanidad y la hace más auténtica y transparente, en un creciente y apasionado amor al hombre”203.

      190. Por otra parte, en el ejercicio de su ministerio pastoral, el sacerdote no debe limitarse a cuidar individualmente de los fieles, sino que está llamado a formar junto con ellos una genuina comunidad cristiana, lo cual requiere constantemente de su parte una abierta disposición para la comunión, así como la capacidad para conducirlos a la unidad en la caridad204. Por eso la formación en el Seminario ha de comunicar la convicción viva de que “el ministerio ordenado tiene una radical forma comunitaria y puede ser ejercido sólo como una tarea colectiva205.

      Objetivos

      191. La vida en el Seminario debe ser expresión de la Iglesia que es Familia de Dios animada por la caridad. Para ello, la experiencia comunitaria ha de favorecer “que se viva en el Seminario no de un modo extrínseco y superficial, como si fuera un simple lugar de habitación y de estudio, sino de un modo interior y profundo: como una comunidad específicamente eclesial”206.

      Por la experiencia de la vida en común, los seminaristas han de a adquirir una disposición constante para la colaboración, el diálogo sincero, la integración y comunicación con los demás, y el trabajo en equipo207.

      192. La formación comunitaria ayudará también a fomentar “estrechos lazos de unión entre los alumnos y sus propios Obispos, a la vez que con el presbiterio diocesano, basados en una caridad recíproca, diálogo frecuente y toda clase de colaboración”208.

      193. Se ha de procurar que los futuros pastores aprendan a vivir la unidad eclesial desde la diversidad de dones que el Espíritu ha regalado a cada uno209; de esta manera se prepararán para relacionarse estrechamente con los otros miembros del Pueblo de Dios -diáconos permanentes, religiosos, religiosas y fieles laicos- con quienes habrán de compartir la tarea de la evangelización210.

      194. La vida comunitaria del Seminario, lejos de encerrar a sus miembros en un aislamiento estéril, tendrá un espíritu abierto y sensible a las preocupaciones pastorales de la propia diócesis y a los problemas de la sociedad, como también a las situaciones de otros pueblos y regiones, para hacer de ellos motivo de reflexión y de oración en común211.

      Medios y orientaciones particulares

      195. Se procurará crear dentro del Seminario un clima educativo que posibilite las relaciones interpersonales entre el Obispo, formadores y seminaristas, y de éstos entre sí, marcadas por el respeto, la confianza, la amistad, la comunicación y el amor a la verdad212.

      196. La vida litúrgica, especialmente la celebración cotidiana de la Eucaristía, consolida en la unidad a toda la comunidad del Seminario y da a los seminaristas un espíritu común que los prepara a vivir la unidad del presbiterio213. “Por eso, la celebración litúrgica ha de hacerse de manera que resulte evidente su naturaleza comunitaria y sobrenatural, y de este modo sea en verdad fuente y vínculo de la vida común propia del Seminario”214.

      Será también muy importante la oración común, en todas sus formas, y un ambiente de silencio en los lugares y momentos oportunos215.

      197. A fin de lograr un ambiente favorable al desarrollo de las relaciones humanas se aconseja, según el número de seminaristas, cierta distribución en grupos o comunidades que respete, sin embargo, la unidad del Seminario. El número de integrantes de cada grupo debe determinarse con prudencia, teniendo en cuenta que cuando es muy reducido puede empobrecerse la vida comunitaria y cuando es demasiado numeroso puede masificarse216.

      En lo posible, tenga cada grupo su propio sacerdote responsable que, en comunión con el equipo de formadores y en diálogo frecuente con los alumnos, realice la tarea formativa según los criterios del Seminario.

      198. Conviene que estas comunidades menores practiquen periódicamente la revisión de vida de acuerdo con las orientaciones dadas por el Seminario y con los objetivos propuestos para la etapa formativa del grupo.

      199. Para organizar y perfeccionar la vida comunitaria del Seminario y para fomentar la iniciativa y el sentido de responsabilidad, se procurará que los seminaristas desempeñen cargos y oficios en la casa. Esta participación deberá ir aumentando en amplitud y forma, en relación con la maduración progresiva de los candidatos, pero de tal manera que quede claramente delimitada y garantizada la específica responsabilidad de superiores y alumnos en este modo común de proceder217.

      200. La comunicación de bienes en la comunidad del Seminario es una forma de educar el sentido de solidaridad y de fraternidad entre los futuros presbíteros, por eso se buscarán las modalidades más convenientes para que los seminaristas la pongan en práctica.

      Es necesario promover el recto uso y cuidado de los bienes materiales del Seminario. Todos los seminaristas deben sentirse comprometidos en el cuidado del edificio, de los muebles y demás elementos de uso común. De este modo cada uno colaborará, incluso con su trabajo manual, para que la casa y los bienes que hay en ella estén al servicio de la comunidad.

      201. Las tareas pastorales ofrecen una buena ocasión para que los jóvenes candidatos crezcan en su capacidad de trabajo coordinado y en equipo. A la vez, les permiten abrirse a distintas situaciones y personas, con sus ideas, experiencias y formas de vida. Se ha de procurar que, a través de estos contactos, los seminaristas logren una inserción progresiva y cordial en el mundo de los hombres que los haga solidarios con sus vidas, alegrías y preocupaciones.

      202. Es importante que en la vida del Seminario se valore y se impulse, sin afectar el clima de intimidad de la comunidad, la visita de personas que comuniquen sus experiencias evangelizadoras, misioneras y ecuménicas, como también de aquéllas que aporten sus conocimientos sobre los problemas del hombre y de la sociedad actual.

      203. El uso de los modernos medios de comunicación, en armonía con el orden de vida de la comunidad formativa, permitirá a los seminaristas tomar contacto con distintos aspectos de la cultura y de la realidad de los hombres. Será necesario comunicar criterios de discernimiento a fin de que puedan apreciar sus valores y descubrir sus contradicciones218.

      204. Los tiempos de reposo y de esparcimiento forman parte de la vida comunitaria, ya que fomentan la caridad y la formación humana y cultural, en un sano equilibrio con el trabajo pastoral y el estudio; además contribuyen a que el seminarista reserve un tiempo para la comunicación amistosa con sus compañeros219. El deporte, con todo lo que implica de ascesis, de dominio de sí mismo y entrega generosa, ofrece la oportunidad para educar en el espíritu comunitario.

      205. La comunidad del Seminario incluye también al personal que trabaja en la casa, ya que ellos cooperan, desde su lugar y tarea, a atender las necesidades de todos. Será pues necesario brindarles un trato de respeto, caridad y justicia.

 

3. EL PROCESO DE LA FORMACION

    1. Criterios generales

      206. La respuesta que el seminarista da a la vocación recibida de Dios se va completando progresivamente en el tiempo. Desde el ingreso al Seminario mayor hasta su ordenación, el candidato recorre un camino de crecimiento y maduración, llamado proceso de la formación.

      207. Es muy importante que este proceso quede claramente delineado en un Proyecto Formativo gradual y escalonado por etapas, donde todos los aspectos señalados en el capítulo anterior se vayan plasmando de manera ordenada.

      El Proyecto Formativo requiere: a) la planificación de las sucesivas etapas con objetivos específicos para cada una de las dimensiones formativas; b) una conducción pedagógica, espiritual y pastoral que sea paciente y constante; c) una evaluación periódica por parte de formadores y seminaristas.

      208. La formación integral para el sacerdocio exige que las distintas dimensiones formativas ?humana, espiritual, intelectual, pastoral y comunitaria? maduren armónicamente en cada seminarista. Por eso, cuando se promueva a los candidatos en su camino al sacerdocio, es fundamental tener en cuenta el desarrollo de todos los aspectos de la formación, cuidando que ésta no quede reducida al mero cumplimiento de un determinado plan de estudios.

      209. A lo largo de los años del Seminario se buscará brindar a cada uno de los seminaristas una atención personalizada teniendo en cuenta sus cualidades personales, su nivel y ritmo de maduración y la etapa formativa en la que se encuentra.

      210. El seminarista, a su vez, habrá de procurar el conocimiento de los objetivos que se le van proponiendo, asumiéndolos personalmente y determinándose firmemente en orden a alcanzarlos. De este modo el candidato tenderá al sacerdocio por libre decisión, siendo cada vez más plenamente sujeto activo y principal responsable de su propia formación.

      211. La tarea de la evaluación tiene una singular importancia para la maduración de los candidatos. Al final de cada etapa los formadores y el mismo seminarista han de evaluar el logro de los principales objetivos a fin de verificar con realismo el crecimiento efectivo en su respuesta vocacional y en sus aptitudes para el desempeño del ministerio presbiteral.

      212. La Iglesia prevé para los que aspiran al presbiterado el rito de la admisión, los ministerios de lector y de acólito, y la ordenación de diácono. Estos ritos y ministerios que se confieren tienen gran importancia pedagógica y espiritual en la formación de los futuros sacerdotes. Es necesario, por tanto, prepararlos debidamente para que puedan ser asimilados y vividos con el m’aximo provecho, tanto para los seminaristas como para el crecimiento del Pueblo de Dios.

    1. Ingreso al Seminario Mayor

      213. Los jóvenes que aspiran a ingresar al Seminario mayor deberán manifestar suficientes signos de haber sido llamados por Dios al ministerio sacerdotal. El discernimiento de la vocación de estos jóvenes ha de estar ordinariamente animado por un sacerdote y tiene como objetivo primordial orientar, probar y verificar la vocación en cuanto al grado de madurez humana, cristiana y apostólica que posee el candidato, procurando que su decisión sea libre y él mismo se oriente a una creciente consagración y seguimiento de Cristo220.

      El discernimiento de los aspirantes ha de verificar con objetividad la existencia de motivaciones auténticamente evangélicas para abrazar el sacerdocio y de aptitudes humanas y cristianas suficientes como para poder cumplir con las exigencias del Seminario y ulteriormente del ministerio ordenado.

      214. Durante el período de discernimiento previo al ingreso al Seminario, es oportuno promover la participaci’on de los jóvenes en retiros espirituales, jornadas vocacionales y tareas pastorales en parroquias, movimientos y grupos misioneros. Ello permitirá conocer mejor a los candidatos y dará a éstos la ocasión para profundizar su discernimiento vocacional.

      215. Es conveniente que los candidatos sean presentados al Seminario por el párroco u otro sacerdote que tenga conocimiento del mismo y pueda dar garantía de su idoneidad. Le corresponde al Obispo, oído el parecer del rector, admitir en el Seminario a los candidatos221. En los Seminarios interdiocesanos, los candidatos serán admitidos por el Obispo respectivo, atento al juicio del rector y procediendo conforme a los estatutos del centro. En el caso de Seminarios diocesanos que estén abiertos a recibir seminaristas de otras diócesis, es facultad del Obispo de la diócesis a la que pertenece el Seminario admitir a los candidatos, oído el parecer del rector.

      216. Para la selección y admisión de los candidatos deberá tenerse cuidadosamente en cuenta lo siguiente:

      • conocimiento suficiente de sus cualidades humanas, intelectuales, morales y religiosas.

      • información acerca de su ambiente, historia familiar, amistades, educación recibida, trabajos realizados;

      • valoración de su madurez humana, recta intención y libre voluntad de abrazar el sacerdocio;

      • conciencia acerca de su salud física y psíquica y las posibles influencias hereditarias222; a este fin será muy oportuno recurrir a la ayuda de un m’edico y de un psicólogo competente;

      • ordinariamente los candidatos han de haber concluido sus estudios medios o equivalentes223; según las circunstancias particulares y a juicio del Obispo podrán admitirse excepciones a esta norma general;

      • el candidato deberá presentar las partidas de bautismo y confirmación224 y los documentos estipulados por el reglamento del Seminario.

      217. Para verificar las motivaciones y aptitudes personales que se requieren para el ingreso, el equipo de formadores del Seminario o quien sea designado a tal efecto, mantendrá previamente las entrevistas que sean necesarias con el aspirante y un contacto directo con quien esté al frente de la comunidad cristiana de donde procede.

      218. “Aún en casos lamentables de gran escasez de clero, cuídese bien en no admitir a quienes han sido considerados ineptos para el ministerio sacerdotal pues Dios no permitirá que su Iglesia carezca de suficientes ministros”225.

    1. Etapas de la Formación

      219. Teniendo en cuenta la finalidad de la formación sacerdotal, así como el carácter progresivo de la maduración personal de los jóvenes seminaristas, es conveniente distinguir cuatro etapas en el proceso formativo.

        1. Primera etapa: Curso Introductorio

          220. (N) Todo Seminario mayor contará obligatoriamente con un curso introductorio que durará, como mínimo, un año. Pertenecen a esta etapa los jóvenes que ingresan al Seminario y comienzan su formación al sacerdocio.

          El Obispo, atento al parecer del rector y teniendo en cuenta la procedencia y preparación previa de los candidatos, podrá dispensarlos de este curso226. En los Seminarios interdiocesanos las excepciones a esta norma serán concedidas de acuerdo a lo previsto en los estatutos de los mismos.

          221. La finalidad de este curso es principalmente la iniciación espiritual de los seminaristas para que, con serenidad y con una oración intensa, maduren su opción por el sacerdocio ministerial.

          222. Los principales objetivos a lograr son:

          • clarificar y consolidar la opción vocacional, profundizando en el conocimiento de Dios, de sí mismo y del sacerdocio ministerial;

          • fundamentar la propia vida de fe mediante un encuentro personal con Cristo que posibilite la experiencia cristiana básica: filiación?fraternidad;

          • comprender el sentido, orden y finalidad de los estudios eclesiásticos;

          • complementar la formación de los candidatos en diversos aspectos como: fundamentos de la fe, oración y vida cristiana, metodología de estudio y aprendizaje;

          • comenzar la experiencia de vida comunitaria en el Seminario, indispensable para la educación de la propia personalidad (tener en cuenta elementos como el trabajo manual, la revisión de vida y la oración común);

          • iniciarse en el conocimiento de la Iglesia diocesana.

          223. La experiencia demuestra que, muchas veces, “los jóvenes que se presentan para el sacerdocio vienen de un mundo donde una sobreexitación permanente de la sensibilidad y una sobrecarga del pensamiento hacen casi imposible el recogimiento interior”227. Por eso, será muy importante para el cumplimiento de los objetivos, brindar la posibilidad de una vida con mayor silencio y sosiego, y ayudar a los jóvenes a vivirlos intensamente en orden a una mayor fecundidad espiritual. Conviene pues, que este curso introductorio se cumpla en un lugar distinto al del Seminario mayor o, en su defecto, en un local con cierta independencia dentro del mismo Seminario.

        1. Segunda etapa: previa a la Admisión

          224. A esta etapa pertenecen los seminaristas que han concluido el curso introductorio. Comprende el bienio o trienio de estudios filosóficos.

          225. La finalidad de este período formativo es la verificación e internalización de la opción vocacional y el logro de un desarrollo humano y cristiano b’asico y estable. Se intenta que el seminarista pase de una fase subjetiva a otra m’as objetiva en el planteo vocacional (objetivación de las propias motivaciones vocacionales).

          226. Los objetivos propios de esta etapa son principalmente los siguientes:

          • adquirir un conocimiento realista y una aceptación humilde de sí mismo a fin de lograr mayor coherencia y unificación de la personalidad;

          • fortalecer las principales virtudes humanas y cristianas a partir de los propios dones y encarar una ascesis de purificación sobre los defectos dominantes;

          • lograr un conocimiento vivencial de la persona de Cristo y profundizar en la vida litúrgica y en la oración personal en contacto directo con la Palabra de Dios;

          • intensificar la vida cristiana en comunidad y desarrollar las actitudes constructivas para la convivencia;

          • alcanzar un sentido vivo de pertenencia y amor a la Iglesia y un deseo auténtico de abrazar el sacerdocio ministerial;

          • adquirir una sólida formación filosófica que posibilite una visión unitiva y sapiencial del ser, de la historia y de la cultura, asi como un discernimiento lúcido frente a las ideologías y sistemas de pensamiento;

          • iniciarse en la actividad apostólica, la cual no comportará responsabilidades directas de conducción.

          227. Al concluir esta etapa se ha de verificar la idoneidad de los seminaristas teniendo en cuenta el cumplimiento suficiente de los objetivos propuestos. Quienes sean considerados aptos por el Obispo podrán solicitar y recibir la admisión como candidatos para el diaconado y el presbiterado228.

        1. Tercera etapa: ministerios de Lector y Acólito

          228. Pertenecen a esta etapa los seminaristas que han recibido la admisión como candidatos a las sagradas órdenes. Es el período de estudios eminentemente teológicos.

          Durante esta etapa ha de tener lugar, ordinariamente, la recepción de los ministerios de lector y acólito que deberán ejercerse durante un tiempo conveniente229. Compete al Obispo determinar en su diócesis el momento en que serán conferidos los ministerios. Para ello ha de tener en cuenta, atento al juicio del rector del Seminario, que los candidatos hayan cumplido de manera suficiente los objetivos propuestos para esta etapa.

          229. La finalidad formativa de este período es la asimilación e identificación con el ser y el ministerio del presbítero diocesano.

          230. Los objetivos propios de esta etapa son, entre otros, los siguientes:

          • armonizar y unificar la personalidad en congruencia con la opción vocacional al presbiterado;

          • ahondar en la experiencia personal del Dios vivo por la oración y la lectura y meditación asidua de su Palabra y el seguimiento decidido de Jesucristo;

          • consolidar la aptitud para el celibato, afianzando la actitud de entrega y la capacidad para la soledad como posibilidad de fecundo encuentro con el Señor;

          • madurar la espiritualidad propia del presbítero diocesano mediante una creciente inserción afectiva y efectiva en la propia diócesis y en comunión con sus diversos miembros;

          • consolidar la experiencia eclesial y de vida en comunidad orientada al futuro trabajo y vida en común con otros presbíteros y a la fraternidad sacerdotal;

          • adquirir un hábito de pensamiento teológico?pastoral y una honda comprensión de los misterios de la salvación a fin de anunciar con lucidez el mensaje del Evangelio, iluminando con él nuestra cultura;

          • delinear el estilo propio del pastor: caridad pastoral, espíritu misionero, comunión eclesial, amor preferencial por los pobres, inserción en el mundo desde la propia identidad de consagrado;

          • asumir prácticas pastorales en consonancia con los ministerios recibidos (catequesis, liturgia, coordinación de grupos, visita a enfermos, etc.).

          231. Estos objetivos serán procurados por todos los seminaristas pertenecientes a esta etapa. Sin embargo, en el momento de evaluarlos, será necesario tener en cuenta que, dado lo prolongado de este período y reconociendo los distintos niveles de madurez de un joven recién admitido, de un lector o de un acólito, cada cual los alcanzará conforme a sus posibilidades. Será importante pues, que el sacerdote formador acompañe este proceso lento y gradual sabiendo reconocer los tiempos subjetivos de cada alumno integrándolos a las exigencias objetivas de la etapa.

          232. Conviene señalar que los seminaristas de esta etapa, por su mayor madurez, están en condiciones de asumir opciones personales más estables. Por eso mismo, la estabilidad en el cumplimiento de sus compromisos en el estudio, la vida espiritual, comunitaria y apostólica, será un punto de referencia adecuado para evaluar su crecimiento.

          233. En estos años es importante lograr una síntesis entre los misterios centrales de la fe (Trinidad, misterio pascual, Iglesia, virtudes teologales, etc.) y la propia vida espiritual y apostólica. Así se va delineando progresivamente la identidad del pastor orientada a la espiritualidad específicamente presbiteral.

          234. El ministerio de lector, estrechamente vinculado al estudio de la Sagrada Escritura y a las actividades pastorales de carácter catequístico representa una instancia de aprendizaje fundamental para el cumplimiento del ministerio de la predicación del futuro pastor.

          Por su parte, el acolitado, vinculado íntimamente al Cuerpo de Cristo ?eucarístico y eclesial? dispone al seminarista para servir en la comunidad litúrgica de los creyentes. Por este motivo, los ministerios han de tenerse especialmente en cuenta a la hora de planificar las actividades pastorales de estos seminaristas.

      1. Cuarta etapa: Diaconado

        235. Esta última etapa esta integrada por los candidatos que han sido promovidos al diaconado.

        La ordenación diaconal podrá tener lugar una vez terminado el quinto año del ciclo de estudios filosófico?teológicos; es decir, no antes de concluido el penúltimo año de los estudios eclesiásticos230. “Entre el acolitado y el diaconado debe haber un espacio por lo menos de seis meses”231.

        A fin de favorecer un aprovechamiento más intenso de esta etapa formativa, es conveniente que el diaconado sea conferido hacia el final del último año de los estudios eclesiásticos, o, incluso, una vez concluidos los mismos. Los diáconos que sean alumnos y vivan en el Seminario -sobre todo cuando se trata de Seminarios regionales o interdiocesanos donde esta situación no sea común a todas las diócesis-, han de adaptarse a la disciplina interna de la casa, cumpliendo en lo que les corresponda, las normas del reglamento.

        La edad mínima para recibir el diaconado es de veintitrés años cumplidos232. Es facultad de cada Obispo diocesano imponer una edad mayor para recibir el orden del diaconado233. La dispensa de la edad mínima requerida está reservada a la Santa Sede cuando el tiempo es superior a un año234.

        Por la ordenación el diácono queda incardinado en la Iglesia particular para cuyo servicio fue promovido235.

        236. La finalidad de esta etapa es la identificación con Cristo, Siervo y Pastor, mediante la incorporación al presbiterio diocesano y la participación creciente en las tareas pastorales ejerciendo y animando la caridad. Se insistirá pues, en la nueva condición de ministro ordenado que dimana del diaconado, en los aspectos de conducción y servicio pastoral vividos en comunión con el Obispo y el presbiterio236.

        237. Como objetivos fundamentales para esta etapa señalamos los siguientes:

        • madurar y enriquecer la personalidad del pastor por el ejercicio de las funciones propias, profundizando en el sentido de servicio humilde y abnegado que tiene todo ministerio en la Iglesia y asumiendo progresivamente responsabilidades cada vez mayores;

        • descubrir el valor santificador del ministerio diaconal y afianzar la espiritualidad del presbítero diocesano, profundizando su relación filial con el Obispo y fraternal con los hermanos sacerdotes y diáconos, como también con religiosos, religiosas y fieles laicos;

        • madurar la experiencia gozosa de la consagración en el celibato;

        • integrar equilibradamente la dimensión activa y contemplativa en el ejercicio del ministerio;

        • alcanzar una síntesis teológico?pastoral suficiente, capaz de iluminar y guiar la acción pastoral;

        • completar la formación teológica con una adecuada capacitación en teoría y práctica pastoral, de modo particular, la que se refiere al ministerio presbiteral;

        • asumir actividades pastorales en equipo, cumpliendo la responsabilidad de animación, coordinación y presidencia de comunidades y grupos;

        • comenzar la participación en la pastoral planificada y orgánica en diversos niveles: parroquial, diocesano, nacional.

        238. En esta última etapa de su formación, previa al presbiterado, el diácono desempeña el papel de servidor, ministro y conductor. Ha de aprender a afrontar las dificultades que surjan en la actividad pastoral. A tal fin, es necesario el acompañamiento de un sacerdote más experimentado, bien sea desde el Seminario o de la comunidad parroquial en la que actúa237. Dicho acompañamiento no será sólo afectivo, sino efectivo y conforme a una planificación en la que se expliciten metas claras y actividades acordes para cada diácono.

        239. Una vez terminados los estudios eclesiásticos y antes de ser promovido al presbiterado, el diácono deberá ejercer su ministerio pastoral fuera del régimen del Seminario y bajo la dirección de un sacerdote experimentado durante el tiempo que el Obispo considere oportuno238. Se aconseja que este tiempo no sea inferior a un año. De esta manera el paso al ministerio sacerdotal será madurado más convenientemente.

        “Sólo puede recibir el presbiterado quien haya cumplido veinticinco años de edad y goce de suficiente madurez a juicio del Obispo”239.

        El intervalo entre el diaconado y el presbiterado nunca ha de ser menor de seis meses240.

        240. Tratándose de la última etapa de formación, este período constituye una instancia decisiva para comprobar si el candidato posee la madurez suficiente para asumir las responsabilidades propias del ministerio presbiteral. El momento más oportuno para la ordenación sacerdotal dependerá del discernimiento del Obispo, que tendrá en cuenta los objetivos planteados para esta etapa y, sobre todo, verificará la madurez humana, espiritual y pastoral alcanzada por el candidato. Por eso, es muy conveniente que el futuro presbítero no viva un activismo acelerado y agobiante, sino que pueda, a’un en medio del ejercicio de su ministerio, tener oportunidad de serena reflexión, oración profunda y comunicación sincera con su Obispo y formadores.

        241. En diálogo con el vicario o encargado del clero de la diócesis, o bien con el sacerdote responsable de la formación en esta última etapa, el diácono consolidará su convicción acerca de la importancia de la formación permanente en su vida ministerial. A tal efecto, se podrá proponer, por ejemplo, elaborar un plan personal de formación y la participación en cursos, reuniones y retiros.

 

    1. Discernimiento periódico de los seminaristas y juicio de idoneidad

      242. La vocación al ministerio presbiteral es esencialmente eclesial pues surge en la Iglesia y se recibe en orden al servicio de la comunidad de los creyentes. No queda circunscripta al ámbito puramente personal, ya que es una realidad que afecta vitalmente a la misión que el Señor ha encomendado a su Iglesia. Es Dios quien llama y es la Iglesia quien debe hacer el discernimiento de la vocación por medio del Obispo y de la comunidad. Por lo tanto, no basta la espontánea decisión del sujeto, ni una pretendida formación personal sin m’as ingerencia que la del propio director espiritual. Es necesaria la mediación de la comunidad del Seminario a fin de cumplir con la tarea de discernimiento y formación de los candidatos241.

      243. El Seminario ayudará a los alumnos a que “con seriedad y sinceridad piensen con frecuencia delante de Dios si realmente se sienten llamados al sacerdocio y a discernir las razones que les impulsan a’e l, con el fin de que, si esa es la voluntad de Dios, se acerquen al ministerio sacerdotal con voluntad recta y libre”242.

      244. Para este discernimiento personal, el seminarista necesita los medios adecuados que el Seminario le ha de procurar. El diálogo abierto y sincero con el rector y los formadores constituye una instancia privilegiada a fin de ir valorando con objetividad la situación en que se encuentra en cada una de las etapas formativas. Son necesarias además, la reflexión y la oración personal, así como una dirección espiritual constante243.

      A través de estos medios ha de procurarse que el seminarista examine con frecuencia las motivaciones reales por las que tiende al sacerdocio a fin de confirmar su rectitud de intención y su libre voluntad. También se lo ayudará a que reconozca con realismo las propias aptitudes para el ejercicio del ministerio presbiteral con todas sus exigencias244.

      245. Durante el proceso de la formación hay momentos donde el discernimiento de los formadores tendrá que concretarse en una evaluación más detallada a fin de dar un juicio ponderado acerca de la idoneidad de cada seminarista. El ingreso al Seminario requiere un cuidadoso examen sobre las condiciones previas que son necesarias245. El paso de una etapa a la siguiente supone la constatación de que se han cumplido suficientemente los objetivos fijados en la etapa que termina. En este sentido, es necesario valorar la integración personal de los distintos aspectos formativos -humano, espiritual, intelectual, pastoral y comunitario-, teniendo en cuenta la situación de cada seminarista, sus cualidades y sus limitaciones.

      246. La ponderación de los seminaristas y el consiguiente juicio selectivo por parte de los formadores adquiere particular importancia cuando el candidato solicita la admisión y los ministerios de lector y acólito. Para avanzar, dando estos pasos requeridos canónicamente antes del diaconado, los seminaristas deberán manifestar signos positivos de madurez e idoneidad246.

      247. Los seminaristas “que se descubran física, psíquica o moralmente ineptos, deberán ser inmediatamente separados del camino del sacerdocio; sepan los educadores que éste es para ellos un gravísimo deber; no se abandonen a falaces esperanzas ni a peligrosas ilusiones y no permitan en modo alguno que el candidato las nutra, con resultados dañosos para él y para la Iglesia”247.

      248. Si bien los principales criterios para el discernimiento periódico de los seminaristas se encuentran formulados explícitamente o bien indicados implícitamente a lo largo de este Plan de formación, se señalan a continuación en forma de síntesis:

      • salud física, juicio recto y sano, suficiente capacidad para realizar los estudios eclesiásticos, concepción exacta del sacerdocio y de sus exigencias, apertura y disponibilidad para dejarse formar;

      • madurez afectiva, sentido de la amistad, de la justa libertad y de responsabilidad;

      • espíritu de iniciativa, deseo de colaboración, ánimo generoso y capacidad de asumir sacrificios;

      • amor a Dios y al prójimo, espíritu de fe y obediencia, y sentido de Iglesia;

      • sinceridad, fidelidad a las promesas, constante afán de justicia, urbanidad, aptitud para la vida en comunidad, perseverancia en el cumplimiento de las exigencias de la vida en el Seminario;

      • espíritu apostólico y sincera voluntad de entregarse completa y definitivamente al servicio del Reino.

      • castidad probada en la opción celibataria, prudencia en el trato con la mujer, capacidad de renuncia y de pobreza efectiva.

      249. “Especial importancia ha de darse a los escrutinios prescritos antes de recibir las Ordenes Sagradas. Por lo cual el rector, consciente de su tarea, reúna por sí mismo y por medio de otras personas que hayan conocido bien a los alumnos, en especial párrocos, sacerdotes y seglares selectos (respetando siempre escrupulosamente el fuero interno), datos precisos sobre cada uno de ellos y comuníquelos al Obispo para que pueda juzgar con seguridad sobre la vocación de los candidatos. En caso de existir dudas, ha de seguirse la opinión más segura”248.

    1. Experiencias y pruebas especiales

      250. A fin de lograr un mejor discernimiento y asegurar una más sólida formación de los seminaristas, el rector puede, con la aprobación del Obispo, establecer tiempos en los cuales los candidatos realicen algunas experiencias o pruebas especiales, ya para todos los alumnos o para algunos en particular249. Las experiencias, que pueden incluir un período de interrupción de los estudios eclesiásticos, podrán ser, por ejemplo: trabajo, estudio, actividades pastorales, etc. Será necesario establecer el tiempo que dure este período especial y asegurar el acompañamiento del candidato.

      251. Para alcanzar los objetivos que estas experiencias pretenden será necesario explicitarlos con total claridad desde el principio. Así podrán evaluarse oportunamente con los formadores del Seminario, quienes mantendrán un estrecho contacto con el seminarista.

  1. Situaciones particulares

    252. En el caso en que legítimamente algún seminarista resida fuera del Seminario será encomendado a un sacerdote idóneo que se responsabilice de su formación integral250.

    253. Con frecuencia los seminaristas residen y estudian en Seminarios interdiocesanos o regionales, lejos de su propia diócesis. En estos casos ha de cuidarse que los candidatos mantengan una estrecha y real comunicación con su Obispo, con el presbiterio y con la diócesis a la que pertenecen y a la que serán enviados después de la ordenación251.

    254. Una situación que requiere atención particular es la de los jóvenes con vocación al sacerdocio diocesano que ingresan a Seminarios de diócesis donde no residen habitualmente. Puede ocurrir que la elección de una Iglesia particular distinta a la de origen no siempre responda a motivos espirituales, pastorales o misionales auténticos.

    Atento a esta posibilidad, el Obispo que admita a un candidato proveniente de otra diócesis, ha de verificar las motivaciones reales por las que dicho candidato ha elegido la nueva diócesis, a fin de evitar que inicie su proceso de formación poniendo condiciones o disposiciones que puedan no responder a razones verdaderamente evangélicas y eclesiales.

    (N) Para que en estos casos quede de manifiesto el sentido eclesial de la vocación al ministerio presbiteral, el Obispo pedirá al mencionado candidato que, en un diálogo personal, informe previamente al Obispo de su lugar de residencia sobre su decisión de ingresar a otro Seminario diocesano. Oportunamente se le requerirá el testimonio de la información antedicha.

    255. Como norma general los candidatos deberán ingresar, continuar y completar su formación en el Seminario de la diócesis a cuyo servicio desean dedicarse. Dado que la estabilidad es de suma importancia en la formación de los candidatos al ministerio presbiteral, han de evitarse los cambios de Seminarios sin causas que los justifiquen.

    (N) Ningún seminarista que abandone un Seminario podrá ser admitido como seminarista de otra diócesis, sino después de un año de espera, salvo excepciones contempladas por los Obispos de ambas diócesis. En todos los casos, será imprescindible el previo pedido de informes252. Esta norma también se aplicará cuando el candidato proceda de una casa de formación religiosa.

4. LOS RESPONSABLES DE LA FORMACION

256. “La Iglesia como tal es el sujeto comunitario que tiene la gracia y la responsabilidad de acompañar a cuantos el Señor llama a ser sus ministros en el sacerdocio”253. Por eso toda la comunidad diocesana presidida por el Obispo, participa, de modo diverso pero orgánico, en la formación de los futuros pastores: las familias cristianas, mediante su ejemplo de amor fiel y generoso; las comunidades parroquiales, con su vida de fe que anuncia, celebra y testimonia; las asociaciones y los movimientos juveniles, por la alegría y el dinamismo de su fe y por su compromiso evangelizador; los religiosos, por su radical seguimiento de Cristo según el propio carisma; los sacerdotes, especialmente los párrocos, por su configuración con Jesús buen Pastor en el ejercicio de su ministerio. Todos ellos prestan una ayuda eficaz en la promoción y formación de quienes están llamados a la vida sacerdotal254.

Con todo, la responsabilidad directa de la formación de los seminaristas recae sobre el Obispo y la comunidad educativa del Seminario.

257. El Obispo, por su identificación plena con Cristo Sacerdote, Maestro y Pastor, que lo constituye en cabeza de su Iglesia diocesana, es el primer responsable de la formación sacerdotal. Es tarea suya elegir a formadores aptos para el Seminario, así como también, guiarlos, alentarlos y manifestarles con su palabra un apoyo decidido y sincero en el cumplimiento de su misión. Es fundamental además que procure tener una presencia y un diálogo frecuentes con sus seminaristas255.

En comunión con el Obispo, el presbiterio diocesano coopera en la formación de los futuros pastores, especialmente mediante el testimonio de una verdadera fraternidad sacerdotal y el acompañamiento de sus actividades apostólicas256.

258. La comunidad educativa del Seminario es la principal protagonista de la formación de los candidatos al sacerdocio.

Esta comunidad, presidida por el rector, está integrada por los seminaristas, que son responsables de su formación, el equipo de superiores dedicado a atender la marcha general del Seminario y que convive con los seminaristas en una auténtica fraternidad, y el cuerpo de profesores, responsable directo de la formación intelectual.

259. Los seminaristas son protagonistas necesarios e insustituibles de su formación. La formación sacerdotal es en definitiva una autoformación, ya que implica el ejercicio de la libertad responsable de la persona aspirante al sacerdocio que debe acoger la acción formativa del Espíritu Santo en su corazón.

Por esto, se ha de ayudar a los candidatos a crecer en la docilidad a la acción de la gracia que configura en sus corazones la imagen de Jesucristo buen Pastor y a reconocer esta acción también en las mediaciones humanas de las que el mismo Espíritu se sirve, ofreciendo su colaboración personal, convencida y cordial a los diversos formadores257.

260. Los sacerdotes elegidos por el Obispo para desarrollar la misión de formadores en el Seminario, deberán a ejemplo de Cristo, introducir a los seminaristas en la intimidad con el Señor. Su paternidad adquiere así una mayor profundidad, pues participan de la relación m’as íntima, vital y creativa de Jesús con los apóstoles.

261. El personal que trabaja en el Seminario, ya sea como profesores, administrador, bibliotecario, etc., deben poseer la idoneidad necesaria para el ejercicio de su función y, a la vez, ofrecer un verdadero testimonio de vida cristiana, conforme a su vocación propia en la Iglesia258.

262. Por ser la formación sacerdotal una tarea unitaria y compleja, se ha de procurar que superiores y profesores, formen una única comunidad de educadores y que realicen, en unidad y armonía, la función propia que se le encomienda a cada uno de ellos259. Ya que la educación de los seminaristas no admite un modo de actuar improvisado y fortuito, y teniendo en cuenta que la cultura contemporánea sufre cambios profundos, universales y rápidos, los formadores deberán renovar continuamente su preparación espiritual, pedagógica y técnica. Para este fin, la Conferencia Episcopal, a través de la Comisión de Ministerios y con la estrecha colaboración de la Organización de Seminarios Argentinos, procurará promover y facilitar la realización de cursos, encuentros y convivencias a nivel regional o nacional. Téngase en cuenta también, los cursos organizados por el CELAM y la OSLAM260.

263. A todos los que toman parte en la tarea educativa en el Seminario, debe asignárseles una adecuada retribución con el fin de que puedan dedicarse debidamente a su propia e importante misión261.

    1. El Equipo de Superiores

      264. El equipo de superiores está integrado por quienes desempeñan las diversas funciones en la dirección de la comunidad. En cada Seminario, según las costumbres y las posibilidades del lugar, para atender a la dirección del Seminario habrá que tener en cuenta estas funciones: rector, vice-rector, director del curso introductorio, director o directores espirituales, director de estudios, responsable de la pastoral, ecónomo, responsable o prefecto de la vida común262.

      265. Pertenece al Obispo diocesano, previa diligente consulta, nombrar a los superiores. En el caso de los Seminarios interdiocesanos y/o regionales, se hará conforme a lo dispuesto por los estatutos263.

      La selección cuidada de los sacerdotes formadores ha de tener seriamente en cuenta todo lo afirmado por los más recientes documentos acerca de sus cualidades personales, especialmente lo que se refiere a su solidez en la propia vocación, experiencia pastoral y capacidad pedagógica264.

      266. Los presbíteros formadores, con el rector como principio de unidad, están llamados a formar entre ellos una auténtica comunidad sacerdotal, que se alimenta de la fraternidad sacramental que los une y de la misión común que se les ha encomendado. Para esto es muy conveniente que el equipo de formadores “tenga una cierta estabilidad, que resida habitualmente en la comunidad del Seminario y que esté íntimamente unido al Obispo”265.

      267. Superiores y seminaristas integran una misma y única comunidad. Por ello las relaciones entre unos y otros han de ser las que corresponden a una comunidad cristiana que está animada por la verdad y la caridad. Los superiores mantengan siempre, con caridad sacerdotal, relaciones cordiales y afectuosas con los seminaristas. Los seminaristas, por su parte, vean siempre en sus superiores a sus primeros pastores que buscan el mayor bien para ellos266.

      268. El equipo de superiores mantendrá una verdadera comunión con la comunidad diocesana (parroquias, movimientos, comunidades religiosas y familiares de los seminaristas, etc.) y el presbiterio, para que todos sientan al Seminario como “el corazón de la diócesis”267.

        1. El Rector

          269. Corresponde al rector la totalidad de la dirección de la comunidad del Seminario y la prudente conducción de cuantos se ocupan de la formación: superiores y profesores. En el cumplimiento de sus respectivas funciones todos deben prestarle la debida obediencia, de acuerdo con las normas establecidas para la formación sacerdotal y con el reglamento del Seminario268.

          270. El rector, que ejerce su misión en profunda comunión con el Obispo, debe mantener un constante diálogo con él acerca de la marcha del Seminario y de los seminaristas en particular.

          271. En el ejercicio de su función de dirección y para lograr la unidad en la formación de los seminaristas ha de fomentar una estrecha colaboración entre superiores y profesores. Con este propósito ha de reunirlos periódicamente a fin de organizar la tarea educativa, abordar las dificultades y asuntos del Seminario y encontrar las oportunas soluciones269.

          272. En relación con los seminaristas, recuerde que al ejercer su autoridad, hace las veces de “padre de familia”. El diálogo personal y frecuente será uno de sus principales actos de caridad pastoral. Por ello manifieste en el trato con los alumnos las virtudes del buen pastor: don de consejo, firmeza en la conducción y misericordia.

        1. El Vice-Rector

          273. Es la autoridad inmediata al rector y su colaborador más estrecho en la dirección del Seminario. Sus funciones son asumir la conducción de la comunidad en ausencia del rector y atender en forma habitual las tareas que éste le encomiende, en especial, la atención de los seminaristas.

        1. El Director del Curso Introductorio

          274. Es el responsable directo de coordinar y promover el cumplimiento de los objetivos propios de esta etapa formativa. La convivencia con los seminaristas y la atención personal a cada uno contribuirá eficazmente a su crecimiento270.

        1. El Responsable o Prefecto de la vida común

          275. Es el responsable más inmediato de los seminaristas y ejerce su tarea compartiendo la vida cotidiana de las diversas comunidades de alumnos. Es competencia del responsable de comunidad, dentro de su ámbito, orientar y promover la práctica y el desarrollo en cada seminarista de la vida espiritual, el estudio, la vida en comunidad y la actividad pastoral, cuidando que todo esto se realice en profunda unidad de vida.

          276. Debe tener presente que, como pastor de la comunidad que el rector le ha asignado, la eficacia de su tarea depende de que logre establecer con los seminaristas una relación educativa, humana y cristiana. En esta función el prefecto “no puede ser sustituido por una disciplina férrea, por una regla minuciosa o por una vigilancia rígida; sino que, con caridad de pastor debe guiar y potenciar al educando a través de una relación amistosa, mediante el diálogo confidencial, atendiendo a las situaciones que vive el alumno”271 y adaptando, de ser necesario, los principios generales a cada caso en concreto.

        1. El Director espiritual

          277. Entre los miembros del equipo de superiores, el director espiritual es el principal responsable de la vida espiritual del Seminario. Como tal le corresponde la constante instrucción espiritual de la comunidad, la programación de los ejercicios espirituales, retiros mensuales y charlas formativas y la promoción de una intensa y participada vida litúrgica.

          Además, es función suya, acompañar personalmente y con amor paterno a los seminaristas, aconsejándolos y orientándolos en el discernimiento y libre maduración de su vocación272.

          Cuando hubiera otros directores espirituales, éste ha de promover las oportunas reuniones con los mismos a fin de garantizar la unidad de criterios. Este trabajo se realizará bajo la autoridad del rector, a quien compete especialmente cuidar la unidad de la formación espiritual en el Seminario.

          278. Los superiores cuidarán que cada seminarista tenga su director espiritual desde el ingreso al Seminario. Los seminaristas por su parte, podrán elegirlo libremente entre los sacerdotes designados por el Obispo para esta función273.

          279. Para cumplir su tarea, el director espiritual ha de estar integrado en el equipo de superiores, atento a la reserva concerniente al fuero interno, y conviviendo cuanto pueda con los seminaristas274.

        1. El Director de estudios

          280. El director de estudios es quien, bajo la guía del rector, asume la orientación y la organización académica de los estudios en conformidad con las normas prescritas por la Santa Sede y por este Plan275.

          281. Cuando se juzgue conveniente, el director de estudios podrá ser secundado en esta tarea por un cuerpo de profesores designado por el Obispo a tal efecto276.

          282. La responsabilidad del director de estudios no se reducirá a hacer observar las normas que rigen la actividad escolar. Deberá extenderse a todos los elementos que intervienen en el proceso de formación intelectual. Por lo tanto, son tareas propias de su función: elaborar el plan de estudios, en conformidad con el que figura en el Anexo de este documento y que responda a las necesidades concretas de la diócesis; procurar que todos los profesores formen un equipo armónico y eficaz, y convocarlos a reuniones periódicas para revisar las cuestiones académicas; colaborar con el resto del equipo de formadores para que la formación tenga carácter unitario; interesarse por las dificultades de los alumnos estimulando sus posibilidades y encauzando sus iniciativas; ayudar al Obispo en la preparación de futuros profesores, seleccionando y promoviendo a aquellos seminaristas que den señales de una clara vocación intelectual277.

          283. En aquellos Seminarios que no cuenten con un centro propio de estudios, es conveniente que uno de los superiores acompañe a los seminaristas en su formación intelectual y que mantenga relación con el Instituto o Facultad donde asistan, tratando de asegurar la orientación pastoral de los estudios.

        1. El Responsable o Prefecto de Pastoral

          284. El responsable de la pastoral es quien se encarga de programar, acompañar y evaluar con los seminaristas las prácticas pastorales, así como de proponer aquellas otras actividades necesarias conforme a los objetivos de esta área específica.

          285. Al proponer al rector los lugares para la práctica pastoral de los seminaristas, tendrá en cuenta los objetivos de la etapa de formación de cada uno de ellos, a fin de que estas actividades estén en armonía con los otros aspectos de la formación.

          286. Para el ejercicio de su tarea, deberá estar en contacto con el vicario de pastoral de la diócesis, si lo hubiese, y con los sacerdotes y laicos responsables de las comunidades, instituciones, movimientos o sectores donde los seminaristas realicen su ejercitación pastoral.

      1. El Ecónomo

        287. El ecónomo es quien se ocupa de la administración y del buen mantenimiento del edificio, muebles y elementos de uso común del Seminario. Es de su competencia, de acuerdo con el rector, dotar al Seminario del personal necesario para el normal desarrollo de la vida de la casa, asegurar la justa retribución de cada uno de ellos e informar a la comunidad de los ingresos y gastos de la casa. También procurará formar en los seminaristas criterios pastorales respecto del uso de los bienes.

    1. El cuerpo de Profesores

      288. En la formación de los futuros pastores cumplen un papel fundamental los profesores de las distintas disciplinas fil’osóficas, teológicas y afines. “Por ello es necesario que hayan tenido la debida preparación y estén en posesión de los correspondientes grados académicos: para enseñar las ciencias sagradas y la filosofía deben tener al menos la Licencia o un título académico equivalente, en cambio, para las restantes disciplinas, deberán poseer las oportunas calificaciones académicas. Es igualmente necesario que posean dotes pedagógicas, por ello, ha de procurarse que tengan una adecuada preparación en este campo”278.

      289. Pertenece al Obispo nombrar a los profesores, oídos el rector y el prefecto de estudios, los que también pueden proponer candidatos idóneos. En el caso de los Seminarios interdiocesanos y/o regionales serán nombrados de acuerdo a lo que dictaminen sus propios estatutos279.

  1. Los auxiliares de la formación

    290. En la formación de los seminaristas, en orden a examinar su salud física y/o psíquica, acúdase a la ayuda de verdaderos expertos en estas áreas (médicos, psicólogos, psicopedagogos, etc.).

    No debe olvidarse que el juicio valorativo de los aportes que realizan estos peritos pertenece al equipo de superiores280.

 

CAPÍTULO VI: FORMACIÓN PERMANENTE

291. “La formación permanente de los sacerdotes es la continuación natural y absolutamente necesaria de aquel proceso de estructuración de la personalidad iniciado y desarrollado en el Seminario”281.

“Es de mucha importancia darse cuenta y respetar la intrínseca relación que hay entre la formación que precede a la Ordenación y la que le sigue282. Por eso “desde el Seminario mayor es preciso preparar la futura formación permanente, y fomentar el ánimo y el deseo de los futuros presbíteros en relación con ella, demostrando su necesidad, ventajas y espíritu, y asegurando las condiciones de su realización”283.

292. El Sínodo sobre la formación de los sacerdotes en la situación actual ha puesto de manifiesto de manera renovada y vigorosa que esta formación se percibe como urgente y, al mismo tiempo amplia; es decir, capaz de responder a los desafíos que se presentan no sólo en el plano teológico y pastoral, sino también en el orden humano, en la vida espiritual y en la acción pastoral.

293. El contexto general de importantes cambios culturales que afectan a la vida sacerdotal y su identidad, las numerosas exigencias y tensiones provocadas por una actividad pastoral intensa y múltiple, el creciente anhelo por superar el aislamiento pastoral compartiendo como presbiterio una pastoral orgánica, y la necesidad de una afianzamiento en la madurez humana y ministerial de los sacerdotes para superar ciertas dificultades, son signos que revelan la urgencia de conceder a esta formación permanente una importancia al menos semejante a la atribuida a la formación inicial para el sacerdocio.

294. Por eso la finalidad de la formación permanente “no puede ser una mera actitud, que podría decirse, “profesional”, conseguida mediante el aprendizaje de algunas técnicas pastorales nuevas. Debe ser más bien el mantener vivo un proceso general e integral de continua maduración, mediante la profundización, tanto de los diversos aspectos de la formación -humana, espiritual, intelectual y pastoral-, como de su específica orientación vital e íntima, a partir de la caridad pastoral y en relación con ella”284.

295. El presente Plan de formación ha propuesto las normas y los criterios pedagógicos que deben animar la tarea de la formación inicial. Quienes asuman, a nivel nacional, regional y diocesano, la tarea de la formación permanente podrán encontrar en la Exhortación Pastores Dabo Vobis285 razones fundadas y orientaciones precisas para iluminar dicha tarea. Las recientes iniciativas tomadas en nuestra patria a nivel nacional y también de Iglesias diocesanas, constituyen una esperanza cierta y un camino válido que será necesario seguir transitando con perseverancia y espíritu de comunión.

Los planes que se elaboren y las actividades que se propongan a fin de lograr mayor organicidad y vitalidad en la formación de los sacerdotes deberán tener, al menos, estas características: que admitan con realismo las actuales necesidades y requerimientos de la vida sacerdotal; que estimulen un clima de diálogo y cooperación en la familia presbiteral; que afiancen el auténtico deseo de fraternidad que se percibe en el clero de nuestra patria; que brinden ayudas eficaces para alimentar una espiritualidad propia del clero diocesano; que se viva esta formación permanente con un estilo propio de cuidado y acompañamiento personal por parte del Obispo y sus colaboradores.

 

CONCLUSIÓN

296. La formación al sacerdocio ministerial constituye una de las principales preocupaciones de toda la Iglesia y en especial de sus pastores.

Como padres y maestros, los Obispos queremos ser los primeros formadores de los futuros presbíteros. Deseamos estar muy cerca de nuestros seminaristas. Sabemos que ellos esperan la presencia eclesial del apóstol y también la proximidad cordial del padre. Este Plan expresa nuestra preocupación por brindarles una formación acorde con los desafíos actuales y con la misión evangelizadora que habrán de cumplir. No obstante somos conscientes que la formación exige no sólo sanas orientaciones sino sobre todo la presencia, la palabra y los gestos paternales del Obispo. Queremos asumir el gozo y la responsabilidad de cumplir con esta tarea.

Deseamos también alentar el trabajo de los sacerdotes formadores de nuestros Seminarios. Ellos son nuestros primeros colaboradores en la formación sacerdotal. Expresamos nuestra gratitud y admiración por el empeño demostrado en el cumplimiento de esta labor. Reconocemos el espíritu de comunión eclesial que los anima tanto en relación con nosotros como con los demás presbíteros, religiosos y laicos. Los confirmamos en este camino. A la vez, queremos exhortarlos a renovar su amor sacerdotal por los jóvenes seminaristas. Ellos son las ovejas que el buen Pastor desea apacentar por su intermedio; son también los futuros hermanos en el mismo sacerdocio de Cristo. Rogamos a Dios para que conceda a los superiores prudencia, paciencia, amor y alegría en el ministerio que la Iglesia les ha confiado.

Nos dirigimos también a toda la comunidad eclesial: sacerdotes, religiosos y laicos. Todos somos responsables del fomento de las vocaciones, particularmente al ministerio presbiteral y también, de la formación de los futuros sacerdotes, si bien cada uno según su propio don. La Iglesia necesita pastores que animen la Nueva Evangelización. Es necesario aunar los esfuerzos que tiendan a acrecentar en número y calidad las vocaciones sacerdotales.

Confiamos a la Santísima Virgen María la tarea de la formación sacerdotal. Ella, que engendró al Salvador, con su intercesión y por la gracia del Espíritu Santo dará a luz en el corazón de los seminaristas a Jesús buen Pastor, para gloria de Dios Padre, crecimiento del Reino y servicio a los hombres de nuestra patria.

ANEXO

PLAN DE ESTUDIOS DEL SEMINARIO MAYOR

297. (N) Todos los Seminarios mayores y centros de formación dependientes de los mismos deberán tener en cuenta el siguiente Plan de Estudios286.

PRIMERA PARTE: I N T R O D U C T O R I O

OBJETIVOS

298. Completar y profundizar los elementos de la formación humana y cristiana. Iniciarlos en la capacidad de reflexión desde la fe; adquirir las bases doctrinales y, en especial, una comprensión inicial del misterio de Cristo y del sacerdocio ministerial a semejanza de Cristo Pastor, brindando los objetivos de la formación sacerdotal en orden a fundamentar el propio discernimiento vocacional.

Los contenidos y la metodología de estudio deberán poner las bases para seguir un itinerario de vida cristiana, centrado en el misterio de Cristo y de la Iglesia, y han de ordenarse a la vivencia y compromiso vital de la fe para iluminar la opción vocacional.

Según la preparación espiritual e intelectual de los candidatos se les podrá dispensar, total o parcialmente, de alguna de las asignaturas mencionadas.

299. Asignaturas y contenidos

  • Introducción a la lectura de la Biblia: Biblia y espiritualidad en la Iglesia; principales personajes, acontecimientos y temas; nociones de historia y geografía bíblica; etc.

  • Introducción al misterio de Cristo: La persona de Jesús según los Evangelios; la comunidad de los discipulado; la vida nueva en Cristo y el Espíritu.

  • Introducción al misterio de la Iglesia: La Iglesia: misterio, comunión y misión; Pueblo y Familia de Dios; miembros de la Iglesia; la evangelización dicha y misión esencial de la Iglesia; lectura guiada de los principales documentos del Concilio Vaticano II.

  • Introducción a la vida espiritual: Seguimiento de Cristo, conversión y santificación; centralidad de la caridad; gracia y pecado; oración; dirección espiritual; etc.

  • Iniciación al misterio litúrgico: Catequesis preliminar sobre la Misa, el año litúrgico; el sacramento de la Penitencia y la Liturgia de las Horas287.

  • Introducción al sacerdocio: Cristo sacerdote; Iglesia, pueblo sacerdotal; sacerdocio común y sacerdocio ministerial; el clero diocesano; espiritualidad sacerdotal; caridad pastoral; dimensión mariana; etc.

  • Metodología de estudio.

  • Historia de la Iglesia diocesana.

  • Diversos complementos a la formación humanista.

  • Educación musical.

300. Según la preparación espiritual e intelectual de los candidatos se les podrá dispensar, total o parcialmente, de alguna de las asignaturas mencionadas.

SEGUNDA PARTE: F I L O S O F I A

OBJETIVO GENERAL

301. Adquirir un conocimiento sólido y coherente del mundo, del hombre y de Dios a la luz de la razón natural, así como de las corrientes filosóficas del pensamiento universal, en orden a perfeccionar la formación humana, desarrollar la capacidad crítica, dialogar con el hombre de hoy y prepararse para los estudios teológicos.

Areas, asignaturas y contenidos

La siguiente distribución por áreas está relacionada con la coordinación de las cátedras y profesores por departamentos a la que se alude en el n.150 de este Plan.

1. Area sistemática

Objetivo específico:

302. Adquirir un conocimiento orgánico y sistemático del mundo, del hombre y de Dios, que se apoye en el patrimonio filosófico cristiano, para adquirir la capacidad de conocer y respetar la realidad, promoviendo su crecimiento y transformación.

303. Asignaturas y contenidos:

  • Introducción a la filosofía: Naturaleza de la filosofía; importancia de la actitud teorética ante la realidad: ocio y admiración; filosofía y ciencias particulares, diferencias y relaciones recíprocas.

  • Lógica: Las tres operaciones fundamentales de la razón; el razonamiento, sus formas y sus reglas.

  • Filosofía de la naturaleza: Relación entre ciencias positivas y ciencia filosófica.

  • Filosofía del hombre: Perspectiva actuales; estructura corpóreo-espiritual; sexualidad; la persona; conocimiento, voluntad y libertad; historicidad; muerte e inmortalidad; cultura; etc.

  • Filosofía del conocimiento: Capacidad del conocimiento humano para captar en las realidades contingentes, verdades objetivas y necesarias y de llegar así a un realismo bien fundamentado, punto de partida de la ontología; la verdad; distintas concepciones históricas; distintos niveles cognoscitivos; etc.

  • Metafísica: Naturaleza de la metafísica; el “esse” y la esencia; los trascendentales; causalidad y participación; la operación; el tema de Dios en la filosofía y cultura contemporánea; ateísmo; existencia y naturaleza de Dios; la creación en sus implicancias filosóficas; fenomenología e historia del hecho religioso; metafísica de la religión; etc.

  • Etica general y especial: Fundamento en una antropología integral y en una metafísica realista; desarrollo de una ética teocéntrica y trascendente con relación a la vida terrena, abierta a la dimensión social del hombre y a su compromiso histórico; la ética y el orden natural; la moral como camino de realización de la persona; las virtudes cardinales, con especial relación a las cuestiones contemporáneas y a la conexión con la moral teológica; etc.

2. Area histórica

Objetivo específico:

304. Conocer y valorar genética y críticamente las respuestas que el hombre ha dado a los problemas de la existencia humana en orden a una adecuada interpretación de las situaciones actuales.

305. Asignaturas y contenidos:

  • Filosofía antigua

  • Filosofía medieval

  • Filosofía moderna

  • Filosofía contemporánea

  • Filosofía argentina y latinoamericana

3. Area de ciencias auxiliares

Objetivo específico:

306. Comprender adecuadamente los diferentes aspectos del hombre (histórico, político, cultural, educativo, religioso) particularmente en la Argentina y en América latina, para tener una visión más completa e integral del mundo, del hombre y de Dios.

Adquirir el conocimiento de la lengua latina que capacite a los alumnos para entender y utilizar las fuentes de la Tradición de la Iglesia y sus documentos. Fomentar el adecuado conocimiento de las lenguas de la Sagrada Escritura y de la Tradición288.

307. Asignaturas y contenidos:

  • Psicología: Elementos de psicología general, evolutiva y de la religión.

  • Pedagogía: Proceso educativo; relación educativa; textos de la Iglesia sobre educación; etc.

  • Sociología: Elementos de sociología general y religiosa.

  • Latín.

  • Griego.

  • Inglés (u otra lengua moderna).

TERCERA PARTE: T E O L O G I A

OBJETIVO GENERAL

308. Adquirir un conocimiento profundo y sistemático del misterio de la salvación de Dios, realizado en Cristo por medio del Espíritu Santo, como lo vive y anuncia la Iglesia, para convertirlo en alimento de la propia vida, y así poder ejercer el ministerio de maestro, sacerdote y pastor al servicio de la evangelización.

AREAS, ASIGNATURAS Y CONTENIDOS

Al igual que en la Filosofía, la siguiente distribución por áreas está relacionada con la coordinación de las cátedras y profesores por departamentos a la que se alude en el n.150 de este Plan289.

1. Area de Sagrada Escritura

Objetivos específicos:

309. La Sagrada Escritura constituye el “fundamento perenne y el principio vivificante y animador de toda la teología”290.

En contacto directo con el texto sagrado, es necesario conseguir una visión general de toda la Sagrada Escritura, una comprensión de sus temas principales y una capacidad inicial para emplear los métodos exegéticos, de modo que se adquiera una base sólida y coherente para las demás disciplinas teológicas, se estimule la vida espiritual y prepare para el ministerio pastoral, en especial de la predicación y de la catequesis291.

Tanto la exégesis como la teología bíblica, estudiando sus contenidos propios según su metodología específica, deben buscar una relación constante y fecunda con la teología sistemática, con el fin de llegar a: una conveniente división de las tareas, una armonización más perfecta y a una estructuración de las asignaturas enseñadas292.

A la luz de las recientes orientaciones de la Iglesia293 se han de enseñar los caminos que conviene tomar para llegar a una interpretación de la Biblia tan fiel como sea posible a su carácter a la vez humano y divino. Se atenderá a las cuestiones sobre el aspecto histórico de la Sagrada Escritura, a la necesidad de recurrir al método histórico-crítico para poder desentrañar el mensaje divino expresado con condicionamientos sociales y culturales bien determinados y a la necesidad de releer el texto bíblico en las circunstancias actuales para poder captar el valor perenne de la Palabra de Dios (problemáticas de las relecturas, lecturas actualizadas e inculturación del mensaje de la Biblia).

310. Asignaturas y contenidos294:

  • Introducción a la Sagrada Escritura: Historia bíblica, inspiración y verdad de la Escritura, canon, el texto de la biblia; hermenéutica bíblica, géneros literarios, etc.

  • Pentateuco y Libros históricos.

  • Libros proféticos.

  • Libros sapienciales (con especial atención a los salmos).

  • Evangelios sinópticos y Hechos de los Apóstoles.

  • Corpus joánico.

  • Corpus paulino.

  • Cartas católicas y Hebreos.

Todos estos tratados deben incluir el estudio del autor, lugar y fecha de composición, plan de la obra, principales temas y exégesis de algunos textos escogidos.

2. Area de teología fundamental

Objetivo específico:

311. Abordar los fundamentos de la fe y de toda la teología y buscar la credibilidad y legitimación razonable del hecho cristiano. Esta área “tiene por objeto de estudio el hecho de la revelación cristiana y su transmisión en la Iglesia”295.

Por su naturaleza, método y contenido favorece al alumno en el paso de una primera experiencia de fe a una fe reflexiva y estructurada, personal y fundamentada.

312. Asignaturas y contenidos:

  • Introducción a la teología: Naturaleza y peculiaridad del saber teológico; fuentes de la teología; metodología propia; el servicio de la teología en la Iglesia; áreas y disciplinas, etc.

  • Teología fundamental: Naturaleza e historia de la revelación; discriminación de la verdad judeo-cristiana en comparación con otras religiones; transmisión y actualización de la revelación: Escritura, Tradición e Iglesia, función del magisterio; posibilidad del acceso científico a los orígenes del cristianismo y al conocimiento de la persona de Jesús; la correspondencia entre Jesús y su mensaje con el sentido de la existencia humana; la respuesta a la revelación: la fe.

3. Area de teología dogmática

Objetivos específicos:

313. Profundizar el acontecimiento de la fe, que fue sometido a un discernimiento en la teología fundamental, y penetrar en la comprensión de los grandes misterios cristianos desde una perspectiva trinitaria.

La enseñanza se ha de desarrollar en base al método genético articulado en las etapas descritas por el Concilio: Sagrada Escritura, Tradición patrística e historia, especulación bajo la guía de santo Tomás, atención al misterio presente en la vida litúrgica y en la vida de la Iglesia, buscando con la luz de la revelación solución a los problemas humanos.

Procúrese brindar una visión integral centrada en las principales verdades de la fe capacitando a los seminaristas para distinguir aquello que pertenece al plano de la fe y lo que constituye una legítima explicación teológica.

En el contexto de la formación sacerdotal, la teología ha de poseer una esencial dimensión pastoral y estar dinámicamente integrada en la misión profética y pastoral de la Iglesia.

314. Asignaturas y contenidos:

  • Misterio de Dios: Cuestión de Dios en la cultura actual; revelación bíblica de Dios; historia del dogma y teología trinitaria; etc.

  • Creación: Doctrina bíblica, particularmente el Génesis y la creación en Cristo; desarrollo histórico y reflexión teológica; relaciones fe y ciencia; angeleología, demonología; etc.

  • Antropología: Desarrollo bíblico; estructura esencial del hombre: alma-cuerpo; teología de la persona; sociabilidad; libertad; actividad humana en el mundo; historicidad; muerte; problema del sobrenatural; justicia original y pecado original; etc.

  • Cristología: Preparación veterotestamentaria; cristología del nuevo testamento; desarrollo en la historia de los dogmas y en la formulación del magisterio; misterios de la vida de Cristo: encarnación y misterio pascual; etc.

  • Eclesiología: Principales imágenes bíblicas; fundación de la Iglesia; Iglesia y Reino; Iglesia, misterio, comunión y misión; Pueblo de Dios, Sacramento y Cuerpo de Cristo; aspectos de pneumatología; las notas: una, santa, católica y apostólica; constitución jerárquica; Iglesia e Iglesia particular: punto de vista apologético y ecuménico; diversas vocaciones; teología de la vida religiosa; teología del laicado; carismas especiales, misionología; ecumenismo; etc.

  • Mariología: Principales textos bíblicos; teología patrística; maternidad divina, virginidad perpetua, inmaculada concepción y asunción; presencia mariana en la misión de la Iglesia: liturgia, religiosidad popular, santuarios, apariciones, etc296.

  • Sacramentos en general: Nociones bíblicas; naturaleza del sacramento; institución; constitución; número; efectos: gracia y carácter; ministro y sujeto; aspectos ecuménicos; etc.

  • Sacramentos en particular: En la explicación de cada sacramento se atenderá a los datos bíblicos, históricos y especulativos otorgando especial relieve a la Eucaristía como centro y fuente de los demás sacramentos; cuidar la coordinación con los tratados litúrgico, canónico y pastoral; etc.

  • Escatología: La doctrina general en el antiguo y nuevo testamento; principales temas: muerte, purgatorio, vida eterna, infierno, parusía, resurrección de la carne, el estado intermedio; etc.

4. Area de teología moral297

Objetivos específicos:

315. Enseñar con el método específico de la teología y en estrecha conexión con la dogmática, el proceso por el cual, el hombre, “creado a imagen de Dios y redimido por la gracia de Cristo, tiende hacia la plenitud de su realización según las exigencias de su vocación divina”298.

Teniendo en cuenta la ley natural, se deberá poner de manifiesto la inserción de la reflexión moral cristiana dentro de la unidad de toda la teología -dogmática, espiritual y pastoral-, cuidando particularmente el recurso genuino a las fuentes bíblicas y patrísticas, la centralidad del misterio de Cristo, la acción del Espíritu Santo y la mediación eclesial, y el carácter personal y libre de la respuesta humana.

Concebida la dimensión ética como constitutiva de la persona humana, sus exigencias y todo el discurso moral serán presentados en estrecha vinculación y como manifestación de su dignidad peculiar. Se ha de tener en cuenta asimismo las condiciones actuales de la vida que afectan tanto a las personas y a la sociedad entera y de las que se derivan desafíos, posibilidades y limitaciones de la responsabilidad humana.

En el interior de la teología moral se encuentra la enseñanza social de la Iglesia que “se origina del encuentro del mensaje evangélico y de sus exigencias éticas. Las cuestiones que de este modo se ponen en evidencia llegan a ser materia para la reflexión moral que madura en la Iglesia a través de las experiencias de la comunidad cristiana, que debe confrontarse todos los días con diversas situaciones de miseria y, sobre todo, con los problemas determinados por la aparición y desarrollo del fenómeno de la industrialización y de los sistemas socio-económicos relativos”299.

Toda la enseñanza moral “se completa con la teología espiritual que, además de otras cosas, debe comprender también el estudio de la teología y de la espiritualidad del sacerdocio”300.

Más que en las otras materias teológicas, es necesario en esta disciplina educar al alumno en la capacidad de discernimiento prudente que, contando con principios siempre válidos, ha de ejercitarse en situaciones constantemente nuevas y variadas. Será importante también, incorporar adecuadamente el aporte de las ciencias de la naturaleza y del hombre.

Es muy oportuno relacionar los temas morales con la enseñanza del derecho eclesiástico (canónico, litúrgico, legislación complementaria CEA, normas diocesanas). Será conveniente brindar algunos conocimientos mínimos de la legislación civil argentina, principalmente en aquellos aspectos relacionados con la práctica pastoral.

316. Asignaturas y contenidos:

  • Moral fundamental: El seguimiento de Jesús y la vida en Cristo; el fin o vocación del hombre: la bienaventuranza; la libertad, sus impedimentos y condicionamientos; moralidad de los actos humanos, fuentes; moralidad de las pasiones; la conciencia moral: sagrario del hombre, juicio de conciencia, conciencia, verdad y bien, formación de la conciencia; la ley moral: teología bíblica, noción general, diversidad de leyes, Magisterio moral, ley natural; hábitos y virtudes; el pecado: noción, distinción, opción fundamental, conversión permanente, etc.

  • Gracia (si no fue incluida en antropología teológica): La gracia en las fuentes de la revelación; importancia de las controversias históricas; gracia increada; gracia creada; justificación y santificación; naturaleza y gracia; gracia y libertad; mérito; etc.

  • Virtudes teologales: Concepto teológico de fe, objeto material y formal, relación con la gracia, propiedades, frutos; pecados contra la fe; esperanza: naturaleza, objeto material y formal, relación con la fe y la caridad, propiedades y frutos, pecados contra la esperanza; caridad: naturaleza, objeto material y formal, relación con la gracia, virtud culmen y alma de la moral cristiana, propiedades y frutos, pecados contra la caridad, obras de misericordia; etc.

  • Virtudes cardinales y morales: Prudencia, justicia, fortaleza y templanza; virtud de religión, relación con la oración y los sacramentos; diversos ámbitos de la vida moral: moral sexual; bioética; moral familiar; moral social, política y económica: incluye la Doctrina social de la Iglesia; etc.

  • Teología espiritual: Historia; naturaleza, objeto y fuentes; principales escuelas y autores; el camino de la santidad, etapas de la vida espiritual; misterio pascual y ascesis cristiana; vida teologal, dones del Espíritu Santo; teología y pedagogía de la oración; testimonio; espiritualidad del presbítero diocesano, etc.

5. Area de liturgia

Objetivos específicos:

317. La asignatura de sagrada liturgia debe ser considerada entre las materias más necesarias e importantes, y debe ser enseñada bajo el aspecto teológico, histórico, espiritual, pastoral y jurídico301.

Las cuestiones litúrgicas procurarán ser tratadas coincidiendo con las cuestiones teológicas302. Los profesores de las otras asignaturas, sobre todo de teología dogmática, Sagrada Escritura, teología espiritual y pastoral, procurarán exponer el misterio de Cristo y la historia de la salvación partiendo de las exigencias intrínsecas del objeto propio de cada asignatura, de modo que queden bien claras su conexión con la liturgia y la unidad de la formación sacerdotal303.

La teología litúrgica ha de comunicar el conocimiento del misterio de Cristo en cuanto presente en la acción cultual de la Iglesia, buscando tener una inteligencia más profunda del mismo. En su enseñanza se ha procurará poner de relieve la relación existente con toda la doctrina de la fe para que quede de manifiesto que la ley propia de la oración estableció la ley de la fe304.

Además “es necesario instruir a los alumnos sobre las acciones litúrgicas, ya en lo que toca a los textos, ya en lo relativo a los ritos y signos”305, de manera que puedan profundizar los mismos textos litúrgicos que “deberán asimilar plenamente, a fin de llegar a ser sacerdotes capaces de conducir al pueblo a una consciente y activa participación en el misterio de Cristo”306.

Acerca del aspecto pastoral, se expondrá a los seminaristas los criterios y las normas de la renovación litúrgica, para que comprendan mejor los motivos sobre los cuales se basan las adaptaciones y cambios determinados por la Iglesia307.

318. Asignaturas y contenidos308:

  • Liturgia general: Naturaleza; historia; teología del misterio pascual y de su celebración; teología del signo; legislación; ritos orientales; música sagrada, canto y celebración (iniciación musical práctica); historia y desarrollo del arte sagrado; etc.

  • Liturgia sacramental: A partir de los Prenotanda que se leen en el Ritual romano al comienzo de los diversos rituales se expondrá la doctrina teológica, la aplicación pastoral y el aspecto espiritual de los sacramentos y su celebración; diversos modos de realizar el mismo rito; el arte de celebrar, de expresarse con palabras y gestos y el uso de los instrumentos de comunicación social; teología y celebración de la Misa y culto eucarístico; iniciación cristiana; el Orden y los diversos ministerios; el matrimonio y la virginidad; liturgia de la consagración religiosa; liturgia penitencial; liturgia de los enfermos y de la muerte cristiana; los sacramentales; etc.

  • Santificación del tiempo: El domingo; el año litúrgico; la Liturgia de las Horas, (Instituciones previas).

6. Area de patrología e historia

Objetivos específicos:

319. Esta área se desarrolla en dos esferas intercomunicadas:

  1. La Patrística, que se ocupa del pensamiento teológico de los Padres y la Patrología, cuyo objeto es su vida y sus escritos. “De la Patrología se espera que presente una buena panorámica de los Padres y de sus obras, con sus características individuales, situando en el contexto histórico su actividad literaria y pastoral”309. La Patrística procura, con absoluto respeto a lo específico del método histórico-crítico, profundizar y describir el ámbito de la teología y de la vida cristiana de la época patrística en su realidad histórica”310.

  2. La Historia eclesiástica, examinando científicamente las fuentes históricas, debe mostrar el origen y desarrollo de la Iglesia como Pueblo de Dios que crece a través del espacio y del tiempo. Es necesario tener en cuenta en su explicación, no sólo el progreso de las doctrinas teológicas, sino también la situación social, política y económica, sin olvidar las opiniones y sistemas que hayan influido en ellas, analizando su mutua dependencia, su conexión y evolución. Analícese también, la admirable conjunción de la acción de Dios y del hombre y el auténtico sentido de la tradición.

Estúdiese con especial interés la Historia de la Iglesia en América Latina y, en particular la de nuestro país, cuya cultura no puede negar la raigambre evangélica a lo largo de toda su historia. Conozcan asimismo, la vida y obra de aquellos Obispos y sacerdotes de América Latina que han dado un claro ejemplo en el ejercicio de su ministerio sacerdotal.

320. Asignaturas y contenidos:

  • Patrística y patrología.

  • Historia eclesiástica antigua.

  • Historia eclesiástica medieval.

  • Historia eclesiástica moderna.

  • Historia eclesiástica contemporánea.

  • Historia eclesiástica latinoamericana y argentina.

  • Arqueología y arte sacro.

7. Area de teología pastoral

Objetivos específicos:

321. Reflexionar de forma sistemática sobre la Iglesia como cuerpo de Cristo, en su actuación presente y concreta. La reflexión se ha de apoyar en la experiencia pasada de la Iglesia y en su naturaleza permanente, para comprender y analizar su situación presente. Formular principios y estudiar aplicaciones prácticas que fundamenten y orienten la acción de la Iglesia hoy, brindando a los seminaristas bases para una acción pastoral bien enfocada.

La teología pastoral se ha de impartir, ya como dimensión de todas las materias teológicas, ya como ciencia que interpreta y estimula las instancias del ministerio pastoral y orienta su cumplimiento en las circunstancias actuales311.

Por su misma naturaleza, la teología pastoral reclama el auxilio de otras disciplinas, en particular la antropología, la sociología, la psicología, la historia, etc. Toda teología y acción pastoral descansan en un conocimiento preciso de la realidad contemporánea.

La formación teológico-pastoral debe recoger y profundizar las opciones y líneas pastorales formuladas por el episcopado latinoamericano y argentino.

La formación doctrinal deberá complementarse con la iniciación progresiva de los futuros sacerdotes en la acción pastoral.

322. Asignaturas y contenidos:

  • Pastoral fundamental: Naturaleza y método de la teología pastoral; objetivos e imperativos de la acción pastoral hoy; elementos de la acción evangelizadora; etc.

  • Homilética

  • Catequética

  • Organización parroquial y planificación pastoral: Análisis de la situación, objetivos, criterios y medios; ámbitos de la acción pastoral; agentes y personas; pastoral de conjunto; aspectos jurídicos; administración parroquial; etc

  • Pastoral sacramental

  • Dirección espiritual y psicología pastoral

  • Movimientos apostólicos laicales (en especial sobre la naturaleza, fines y organización de los presentes en la diócesis o región)

  • Misionología: Documentos más recientes

  • Ecumenismo

  • Pastoral sectorial: Jóvenes; tercera edad; pastoral de enfermos; pastorales especializadas: mundo obrero, universitario, rural, aborígen, medios de comunicación socia, movilidad humana312; etc.

  • Medios de comunicación social: Iniciación en el empleo de los mismos con fines apostólicos

  • Pastoral de la acción social de la Iglesia

  • Estudio de las sectas

8. Area de derecho canónico

Objetivos específicos:

323. La finalidad del derecho canónico en general y del Código en particular es “crear un orden tal en la sociedad eclesial que, asignando el primado a la fe, a la gracia y a los carismas, haga más fácil simultáneamente su desarrollo orgánico en la vida, tanto en la sociedad eclesial como también de cada una de las personas que pertenecen a ella”313.

“La enseñanza del derecho canónico ha de efectuarse de tal modo que el futuro sacerdote llegue a asimilar los principios y normas del derecho canónico en relación con la vida pastoral”314.

Se ha de poner de manifiesto el vínculo que liga al derecho con otras disciplinas teológicas (dogmática, moral, liturgia, pastoral). Ante todo, es a la luz de la eclesiología conciliar que resulta más claro el puesto justo y la necesidad del derecho canónico.

Ofrézcase un conocimiento suficiente del derecho civil argentino sobre los problemas más importantes y relacionados con la vida de la Iglesia. Atiéndase también a la legislación vigente en la Iglesia particular.

Los estudiantes serán iniciados en la práctica mediante el conocimiento y utilización de formularios y aprendizaje de diversos procedimientos jurídicos315.

324. Asignaturas y contenidos:

  • Introducción al derecho: Fundamentos teológicos; historia; normas generales

  • Derecho del Pueblo de Dios

  • Función de enseñar de la Iglesia

  • Función de santificar de la Iglesia (especial atención a los sacramentos; cuestiones ecuménicas)

  • Bienes de la Iglesia

  • Sanciones

  • Procesos

ALGUNAS DETERMINACIONES PARTICULARES

325. Ha de tenderse, más que a multiplicar las asignaturas, a introducir, con método apropiado, nuevas cuestiones o nuevas orientaciones en las ya programadas.

A la luz de este principio, se buscará el modo adecuado de llevar a los seminaristas a un conocimiento de las Iglesias y comunidades eclesiales separadas y cuanto la Sede apostólica ha enseñado y realizado en referencia al movimiento ecuménico316.

Cuídese la inserción de importantes temas actuales como evangelización de la cultura, inculturación, misionología, medios de comunicación, etc., y de aquellos particularmente relevantes en la pastoral ordinaria de los presbíteros (por ej.: religiosidad popular, sectas, etc.).

326. En el último curso, se han de brindar a los alumnos los medios adecuados para que puedan recapitular sus estudios, logrando una visión orgánica del misterio de Cristo, de manera que realicen personalmente una adecuada síntesis teológica. Podrán realizarse cursos especiales, seminarios y evaluaciones.

En los Seminarios cuyos centros teológicos están afiliados a alguna facultad de teología, conforme a lo expresado en este Plan, el examen para el acceso al primer grado académico en teología (el bachillerato) constituirá el medio ordinario para dicha recapitulación.

327. El examen previsto para la concesión de la facultad de oír confesiones317 constituirá una oportunidad, complementarla a la anteriormente expuesta, para profundizar una visión de conjunto de los principales temas de la formación doctrinal (moral, canónica y pastoral) y ensayar y verificar un juicio moral prudente orientado al sacramento de la Reconciliación. A este fin, impleméntese una metodología activa y participativa que incluya lecturas personales, diversas ejercitaciones, coloquios, evaluaciones, análisis en grupo de diversos casos prácticos, etc.

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Notas

1.- Cf. Juan Pablo II, Homilía durante la Misa con los consagrados y agentes de pastoral. Buenos Aires (10-4-1987). 

2.- Cf. n.41. 

3.- CDC, c.242 §1. 

4.- Cf. CDC, c.243.

5.- Cf. PDV. cap.1.

6.- Cf. Comisión Nacional de Pastoral de Juventud, Encuesta Nacional de los Jóvenes para los Jóvenes. Informe nacional (1989). V,1.

7.- Cf. Ibid. VII,1,2.

8.- Cf. LPNE. cap.1.

9.- Cf. Ibid.34-35.

10.- Cf. Ibid.32; 55-59; Cf.S.D.180; Mensaje a los Pueblos de América Latina,31.

11.- Cf. Ibid.38-41.

12.- Cf. C.E.A., Consulta al Pueblo de Dios (1990). Int.: 25,27,29,37.

13.- Cf. SD.79-82.

14.- Cf. PDV.10.

15.- Cf. OT.

16.- OECS.

17.- PDV.11.

18.- Id.

19.- Cf. Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium,cap.III; Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis,caps.I y II. Además, cf. Pablo VI, Sacerdotalis Coelibatus,17-34; Congregación para la Educación Católica, Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis,Int.3 y 4; Sínodo de los Obispos, II Asam. Gen. Ord.,1971, Sobre el sacerdocio ministerial,I parte.

20.- Ver especialmente los caps. II y III.

21.- Juan Pablo II, Homilía durante la Misa por la evangelización de los pueblos. Santo Domingo (11-10-1984).

22.- Cf. LPNE. cap.1.

23.- Cf. Ibid. cap.2.

24.- Cf. Ibid. cap.3 y 4.

25.- Ibid.12.

26.- Cf. Ibid.34-36.

27.- S.D.24.

28.- LPNE.13.

29.- Ibid.22.

30.- Ibid.43.

31.- Cf. Ibid.32; 55-59.

32.- Cf. DP.1145; SD.296.

33.- LPNE.32.

34.- Cf. Ibid.20 y 30.

35.- Cf. DP.278.

36.- LPNE.38.

37.- Juan Pablo II, Homilía durante la Misa por la evangelización de los pueblos. Santo Domingo (11-10-1984).

38.- PDV.34. A fin de comprender más acabadamente la importancia de la vocación sacerdotal en la pastoral de la Iglesia será muy fructífero seguir las orientaciones de PDV.34-37. 

39.- Ibid.5.

40.- OT.2.

41.- Téngase en cuenta lo dicho en el cap.I (particularmente el n.3) de este Plan; las orientaciones de PDV. cap.I. y de DPVIP. cap.I.

42.- PDV.41. A fin de profundizar sobre la actual situación de la pastoral de las vocaciones en las Iglesias particulares, será oportuno leer DPVIP.cap.IV. 

43.- Cf. DPVIP.44.

44.- Cf. Ibid.cap.V; SD.114. 

45.- Cf. Ibid. cap.VI; PV.57-59.

46.- Para profundizar en la importancia y las funciones de este organismo, véase PV.57.

47.- NBFS.9.

48.- PDV.38.

49.- Id.

50.- Id.

51.- Id.

52.- Ibid.64.

53.- Cf. O.T.2; CDC, c.233; PDV.41.

54.- CDC, c.233 §1.

55.- Cf. Ibid., c.385.

69.- Cf. LG.19. 

70.- PDV.60. 

71.- Ibid.61. Cf. OT.4; NBFS.20. 

72.- Cf. PDV.60; 65. 

73.- CDC, c.237 §1. 

74.- Cf. NFSSRA.46. 

75.- Cf. NBFS.21. 

76.- Cf. Id.; CDC, c.237. 

77.- CDC, c.243. Cf. NBFS.25. 

78.- Cf. FES.3; OECS.74; NBFS.26. 

79.- Cf. PDV.64. 

80.- CDC, c.235 §2. 

81.- PDV.43. 

82.- Id. 

83.- Id. 

84.- Cf. OT.11; NBFS.51; PDV.43. 

85.- PDV.44. Respecto de las motivaciones que han de impulsar a abrazar el celibato sacerdotal, véase el n.126 de este Plan.

86.- Cf. OECS.20; PDV.44. 

87.- Cf. Id. 

88.- Cf. Ibid.22. 

89.- Cf. Ibid.44. 

90.- Ibid.32. 

91.- Para profundizar sobre la importancia de la vida en comunidad para la maduración humana de los seminaristas véase el capítulo sobre la formación comunitaria, en los ns.189-205 de este Plan. 

92.- Cf. PDV.45. 

93.- Ibid.46. 

94.- Ibid.26. 

95.- Cf. Ibid.31. 

96.- Ibid.74. 

97.- Cf. Ibid.32. Al respecto, véase lo dicho en el n.172 de este Plan. 

98.- Cf. Ibid.68. 

99.- Ibid.47. 

100.- Id. 

101.- DV.25. 

102.- PDV.47. 

103.- Cf. Id. 

104.- Cf. FES.II,1,c. 

105.- Cf. Ibid.II,1,a. 

106.- PDV.47. 

107.- Cf. IFLS.9; SC.5-8. 

108.- Cf. Ibid.10, §1,3. 

109.- SC.14. 

110.- IFLS.11. 

111.- Cf. Ibid.17; 45; NBFS.52. 

112.- PDV.48; Cf. IFLS.26. 

113.- NBFS.52. 

114.- Cf. IFSL.27. 

115.- Cf. MQ.V. 

116.- Cf. PDV.48. 

117.- CDC, c.240 §1. 

118.- Cf. IFLS.29-30. 

119.- Cf. PDV.48. 

120.- Cf. Id. 

121.- Id. 

122.- Ibid.49. 

123.- Cf. Id.; LPNE.55. 

124.- PDV.49. 

125.- Ibid.50; Cf. CDC, c.247 §1. 

126.- Id. regrsar

127.- Ns.83-95. 

128.- Cf. OT.9. 

129.- Cf. PO.17. 

130.- Cf. LPNE.32; 55-59. 

131.- LG.50. 

132.- Cf. DP.285. 

133.- Cf. O.T.8; VMFIE.33; FES.II,4. 

134.- CDC, c.239 §2. 

135.- PDV.51. 

136.- Cf. Id.; LPNE.12. 

137.- Id. 

138.- Id. 

139.- Id. 

140.- Ibid.52. 

141.- Ibid.53. 

142.- CDC, c.252 §1. 

143.- Juan Pablo II, Discurso a la Pontificia Universidad Gregoriana. Roma (15-12-79). 

144.- Cf. EFS.II.1.2. 

145.- NBFS.71. Cf. CDC, c.251. 

146.- PDV.52. 

147.- Ibid.54. 

148.- Cf. Juan Pablo II, Mensaje a los seminaristas de España (8-11-82). 

149.- Cf. NBFS.77. 

150.- Ns.297-327. 

151.- SD.24. 

152.- PDV.55. 

153.- OT.14. 

154.- Cf. FTFS.III.2.2. 

155.- Ibid.III.I.2. Cf. PDV.54. 

156.- Cf. NBFS.75; 81. Al respecto véase también lo dicho en PDV.56. 

157.- Cf. CDC, C.253 §1 y NBFS.21.

158.- Cf. FTFS.IV.I.2.2. 

159.- Cf. Ibid.III.2. Véase lo dicho en el n.282 de este Plan. 

160.- Ibid.IV.I.3.4. 

161.- Carta de la Congregación para la educación católica al final de la Visita apostólica a los Seminarios argentinos (2-6-87). 

162.- Cf. FTFS. IV.I.3.1. 

163.- Cf. CDC, c.250. 

164.- Cf. NBFS.60-61. 

165.- PDV.55. 

166.- Cf. FTFS.IV.I.2.7. Con este mismo fin también sería conveniente “que los profesores ejercieran con moderación algunos ministerios para que la experiencia pastoral les ayude a conocer más a fondo los problemas de nuestro tiempo” (NBFS.37). 

167.- A este fin conviene tener en cuenta la Colección de textos básicos para los Seminarios Latinoamericanos editados por el Celam (Devym). 

168.- Cf. SCh.62,2. Entre los requisitos propuestos por las normas para la afiliación de centros teológicos a la Facultad de Teología de la U.C.A, figuran el número y preparación de los profesores: “Los docentes de las materias teológicas deben ser por lo menos siete (esto es: para Sagrada Escritura, Teología Fundamental y Dogmática (2 docentes), Liturgia, Teología Moral y Espiritual, Derecho Canónico, Patrología e Historia Eclesiástica. Conviene que todos ellos hayan obtenido el grado académico canónico correspondiente, algunos el Doctorado, y los demás por lo menos la Licenciatura” (Documento Notio Affiliationis Theologicae, II,4. de la Congregación para la Educación católica). 

169.- PDV.57. 

170.- Cf. NBFS.94. 

171.- PDV.57. 

172.- Cf. Id. 

173.- Cf. CDC, c.276 §1. 

174.- Id. 

175.- Cf. OEEDSI.8. 

176.- Cf. LPNE.11. 

177.- Cf. NBFS.69; OEEDSI.76. 

178.- LPNE.51. 

179.- IFLS.59. 

180.- SD.51. 

181.- Cf. IFLS.20. 

182.- SD.248; Cf.44; 53. 

183.- Cf. IFLS.21. 

184.- PDV.58. 

185.- RM.67. 

186.- Id.; Cf. PDV.32. 

187.- Cf. SD.128. 

188.- PDV.59. 

189.- Id.; Cf. Juan Pablo II, Catequesis durante la audiencia general (22-9-93). 

190.- LPNE.41. 

191.- En este contexto es oportuno recordar que “los clérigos se comportarán con la debida prudencia respecto de aquellas personas cuyo trato puede poner en peligro su obligación de guardar continencia o ser causa de escándalo para los fieles” (CDC, c.277 §1).

192.- Cf. PDV.58. 

193.- Cf. PO.14. 

194.- Cf. DP.445; 450; SD.53. 

195.- Juan Pablo II, Homilía durante la Misa por la evangelización de los pueblos. Santo Domingo (11-10-1984).

196.- FTFS.102. 

197.- Entre otros, los documentos del Vaticano II, especialmente la Constitución Pastoral Gaudium et spes; la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi; la Encíclica Redemptoris Missio; los documentos del episcopado latinoamericano de Medellín, Puebla y Santo Domingo; y, en nuestra patria, los de San Miguel, Iglesia y comunidad nacional, El evangelio y la crisis de la civilización y las Líneas pastorales para la nueva evangelización. 

198.- SD.285. Para profundizar este tema véase OFMCS.20-26. 

199.- Cf. OECS.88. 

200.- Cf. PDV.57. 

201.- Cf. CDC, c.258. 

202.- PDV.58. 

203.- Ibid.72. 

204.- Cf. PO.9. 

205.- PDV.17. 

206.- Ibid.60. 

207.- Cf. OECS.73.81. 

208.- NBFS.22; Cf. CDC, c.245 §2. 

209.- Cf. DP.244. 

210.- Cf. PO.6. 

211.- Cf. Ibid.3; OECS.84,87. 

212.- Cf. NBFS.13; OECS.71-73. 

213.- Cf. NBFS.52; IFLS.12. 

214.- IFLS.12. 

215.- Cf. FES.1. 

216.- Cf. NBFS.23; OECS.73. 

217.- Cf. Ibid.24; CDC, c.239 §3. 

218.- Para profundizar el tema de la formación de los seminaristas como receptores de los me-dios de comunicación véase OFMCS.14-19. 

219.- Cf. PO.8. 

220.- En referencia al discernimiento de la vocación y a la presentación de los candidatos al Seminario, téngase en cuenta lo señalado en el n.40 de este Plan. Para profundizar en el tema del surgimiento y desarrollo de la vocación, véase PDV.36. 

221.- Cf. CDC, c.241 §1. 

222.- Cf. OT.6; NBFS.39. 

223.- Cf. Ibid.13; Ibid.65; CDC, c.234 §2. 

224.- Cf. CDC, c.241 §2. 

225.- NFSSRA.84. Conviene recordar aquí las palabras del Papa Juan Pablo II en su Alocución a los obispos de la C.E.A.(10-5-87): “Este alentador florecimiento de vocaciones requiere, indudablemente, claros criterios de selección en la pastoral vocacional. No es el número lo que se ha de buscar principalmente, sino la idoneidad de los candidatos. Necesitamos muchos sacerdotes, pero que sean aptos, dignos, bien formados, santos. Recordad lo que establece el Concilio Vaticano II en el Decreto sobre la formación sacerdotal: “A lo largo de toda la selección y prueba de los alumnos, procédase siempre con la necesaria firmeza, aunque haya que deplorar penuria de sacerdotes, ya que si se promueven los dignos, Dios no permitirá que su Iglesia carezca de ministros””. 

226.- Por ejemplo a los jóvenes que procedan de un Seminario menor o del postulantado de una casa religiosa. 

227.- FES.III. 

228.- El rito litúrgico de la admisión podrá ser celebrado después que el candidato haga su petición escrita y firmada de su puño y letra, y aceptada por escrito por su Obispo (Cf. CDC, c.1034 §1). 

229.- Cf. CDC, c.1035 §1. 

230.- Cf. Ibid., c.1032 §1. 

231.- Ibid., c.1035 §2. 

232.- Cf. Ibid., c.1031 §1. 

233.- Cf. OT.12. 

234.- Cf. CDC, c.1031 §4. 

235.- Cf. Ibid., c.266 §1. Respecto del sentido espiritual y pastoral de la incardinación véase lo dicho en el n.101 de este Plan. 

236.- Cf. DP.697. 

237.- Cf. NBFS.42. 

238.- Cf. CDC, c.1032 §2; NBFS.42c. 

239.- Ibid., c.1031 §1. 

240.- Cf. Id. 

241.- A fin de profundizar en la dimensión esencialmente eclesial de la vocación y su discernimiento, véase PDV.35. 

242.- NBFS.39. 

243.- Cf. Ibid.45. 

244.- Cf. Ibid.39. 

245.- Al respecto, véase lo indicado en el n.216 de este Plan. 

246.- Cf. MQ.8,11. 

247.- SacC.64. 

248.- NBFS.41; Cf. CDC, c.1051. 

249.- “Durante el período filosófico?teológico, puede haber una interrupción de la estancia en el seminario, que puede ser por un año o un semestre, en el transcurso de los cuales el alumno interrumpe los estudios y la vida en el seminario o solamente la vida en el seminario, continuando, en cambio, los estudios filosófico?teológicos en otra parte. El seminarista, orientado durante esta interrupción por un sacerdote experimentado, ayuda en el ministerio pastoral, conoce a los hombres, los problemas y dificultades en los que habrá de trabajar y comprueba su propia aptitud de cara a la vida y ministerio pastoral. No se excluyen las experiencias de la vida secular como ser el trabajo manual… Pasado el primer año del seminario mayor, dése también a los alumnos la posibilidad, bien de comenzar el segundo año, bien de cursar estudios civiles en la universidad, bien de realizar fuera del seminario estudios de cualquier materia especial; de esta manera, una vez realizadas las primeras experiencias en el seminario, se ofrecerá al candidato un margen de verdadera libertad interior y exterior para cultivar más sólida y diligentemente su propia vocación” (NBFS.42b). 

250.- Cf. CDC, c.235 §2; Cf. PDV.64. 

251.- Cf. Ibid., c.259 §2. regresar

252.- Cf. NFSSRA.84; Cf. CDC, c.241 §3. 

253.- PDV.65. 

254.- Cf. Ibid.68. Véase también OT.2; NBFS.6; OECS.85.86; CDC, c.233 §1. 

255.- Cf. OT.5; CDC, c.259 §2; PDV.65;66. 

256.- Al respecto, véanse los ns.184, 238 y 239 de este Plan. 

257.- Cf. PDV.69.

258.- Cf. PDV.66. 

259.- Cf. NBFS.38; PDV.66. 

260.- Cf. S.D.84; NBFS.30; PDV.66. 

261.- Cf. NBFS.27;37; CDC, c.263. 

262.- Cf. Id; CDC, c.239 §1 y 2. No obstante, se ha de tener en cuenta que “en seminarios más reducidos con menor número de alumnos, no se requiere estrictamente que a cada uno de estos cargos se le asignen a personas distintas” (NBFS.27). 

263.- Cf. NBFS.28. 

264.- Cf. Ibid.30; PDV.66. 

265.- PDV.66. 

266.- Cf. OECS.80. 

267.- OT.5. 

268.- Cf. NBFS.29; CDC, c.260. 

269.- Cf. Ibid. 

270.- Cf. NFSSRA.131,c. 

271.- OECS.74; Cf.80. 

272.- Cf. PDV.50. 

273.- Cf. CDC, c.239 §2. 

274.- Cf. Ibid., c.240 §2. 

275.- Cf. Ibid., c.261 §2; c.254 §1. 

276.- Cf. NFSSRA.70. 

277.- Cf. Ibid. 71. Véase lo dicho en el n.149 de este Plan. 

278.- NBFS.34,35. Respecto de los profesores de teología véase PDV.67. 

279.- Cf. Ibid.33; CDC, c.253 §1. 

280.- Cf. Ibid.39.

281.- PDV.71. 

282.- Id. 

283.- Id. 

284.- Id. 

285.- Cf. cap.VI.

286.- Cf. NBFS.75; 81; PDV.56. 

287.- Cf. IFLS.8. 

288.- Cf. OT.13. 

289.- Para una más detallada visión de los objetivos y características propias de cada una de las disciplinas que figuran a continuación, véase FTFS. 

290.- DV.24. 

291.- Cf. OT.16. 

292.- Cf. FTFS.III.II.1. 

293.- Véase el reciente documento La interpretación de la Biblia en la Iglesia, de la Pontificia Comisión Bíblica (1993). 

294.- Se presupone una visión general de la historia de la salvación y una primera lectura de la Biblia, adquiridas en los años anteriores. 

295.- FTFS.III.II.6. 

296.- Ténganse en cuentas las orientaciones contenidas en VMFIE. 

297.- Para la enseñanza de la teología moral téngase especialmente en cuenta las orientaciones del Papa Juan Pablo II en la encíclica Veritatis Splendor, sobre algunas cuestiones fundamentales de la enseñanza moral de la Iglesia (1993). 

298.- Ibid.III.II.4. 

299.- OEEDSI.3. Para profundizar en la naturaleza, método, principios y valores de la doctrina social de la Iglesia remitimos a una atenta lectura del documento aquí citado. 

300.- NBFS.79. 

301.- Cf. S.C.16; NBFS.79; IFLS.43. 

302.- Cf. IFLS.54. 

303.- Cf. SC.16. 

304.- Cf. IFLS.44,a. 

305.- Ibid.46. 

306.- Ibid., apéndice,5. 

307.- Cf. Ibid.44,b. 

308.- Se presupone una visión general teórico-práctica desde el comienzo de la formación. Para ampliar la visión de los contenidos de la Sagrada Liturgia, véase IFLS.45-50. 

309.- IEPI.49. 

310.- Ibid.52. 

311.- Cf. FTFS.III.II.5. 

312.- Al respecto ténganse en cuenta las orientaciones contenidas en PMFS. 

313.- Juan Pablo II, Constitución apostólica Sacrae disciplinae leges (1983). 

314.- EDC.III,3. 

315.- Cf. Ibid.III,5. 

316.- Ténganse en cuenta las orientaciones contenidas en Ec.F.S. 

317.- Cf. CDC, c.970.