La interpretación teológica de los signos de los tiempos – Pbro. Dr. Carlos Galli (2001)

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BOLETIN OSAR
Año 7 – N° 14

 

2° Panel: Discernimiento teológico-pastoral de los signos de los tiempos

La interpretación teológica
de los signos de los tiempos

VI Encuentro de Teología Pastoral

Pbro. Dr. Carlos M. Galli

Mi aporte supone lo que ya conocemos: el llamado de Jesús para «saber interpretar los signos de los tiempos» (Mt 16,3), reiterado por la Iglesia en y desde el Concilio (GS 4a). Ensayaré una comprensión sistemática y sintética del tema en el marco de una cristología de la historia, presentando criterios interpretativos que hacen a una hermenéutica teológica de los signos de los tiempos. Luego el P. Ignacio expondrá sobre el discernimiento pastoral de hechos pasados y desafíos presentes.

1. Los signos de los tiempos en una teología de la historia

La historia es el tiempo del hombre y el hombre -persona social- es el sujeto de la historia. La historia es llevada por individuos y comunidades. Una acción, incluso la acción de «uno» solo, hace historia en la medida en que es un movimiento del que participan otros «muchos». Personas y comunidades son sujetos históricos cuando su acción tiene tal repercusión que constituye un hecho histórico. Sujetos (Träger) de la historia son personas que forman pueblos y pueblos formados por personas. En la historia interactúan, sobre todo, sujetos colectivos, desde las familias a las naciones. Los pueblos, sujetos de sus culturas e historias, y la humanidad, unidad plural dispersa en el tiempo y el espacio, sujeto de la historia universal.

La acción histórica se realiza por actos externos que pueden ser asumidos por otros. Los acontecimientos, al ser participados, generan una historia común. Las acciones y los padecimientos se manifiestan mediante signos. Los procesos históricos se difunden y universalizan por variadas formas de lenguaje, que abren el círculo de protagonistas directos haciendo que un suceso llegue a muchos. Los hechos hacen historia cuando son más universales, al ser sobrellevados (pasivamente padecidos) y llevados (activamente conducidos) por sujetos colectivos. A mayor repercusión pública -directa o indirecta- mayor trascendencia histórica. Para volverse social e incluso universal un episodio debe alcanzar a otros, muchos, todos. Una ley que vertebra la historia es la de la significación mundial: un evento particular «no ocurre sólo para esta nación o este pueblo, sino para el mundo entero». Un hecho es más «histórico» cuanto mayor influjo universal: así lo sucedido en 1492, 1789, 1914 o 1989.

Por la historia el sujeto humano traduce su interioridad espiritual en procesos temporales. Hay historia porque hay espíritu, es decir, porque el hombre asume y dirige el tiempo desde su inteligencia y libertad. El hombre, espíritu encarnado, tiene una estructura sacramental, que se manifiesta en los signos de su lenguaje y su acción. De allí deriva la sacramentalidad de la historia: por su acción histórica el hombre se expresa significativamente y actúa eficazmente en y por el mundo. Sacramental tiene un contenido semántico mínimo, ubicado en «el género del signo» (ST III, 60, 1): indica alguna forma de lenguaje, sensiblemente perceptible, que une significación y eficacia. La historia es sacramental porque los hechos (facta) son signos (signa) que realizan y expresan sentidos y valores. El hombre realiza sentidos y valores en el mundo, y de ese modo se realiza a sí mismo hasta alcanzar un «nivel verdadera y plenamente humano» (GS 53a). La índole sacramental de la acción histórico-cultural invita a descubrir el significado de los sucesos colectivos atendiendo a su origen y su fin.

Algunos hechos históricos son signos de los tiempos porque representan, en el lenguaje de la acción, tendencias universales (GS 9) e interrogantes profundos (GS 10a) del hombre. Son «fenómenos generalizados que envuelven toda una esfera de actividades y que expresan las necesidades y las aspiraciones de la humanidad presente». Así los procesos de emancipación de trabajadores, mujeres y pueblos (PT 25-28); así los cambios universales, profundos y acelerados (GS 4b); así fenómenos como la democratización, el desempleo, la movilidad o la ecología; así procesos contrapuestos como la integración y la fragmentación, la globalización y la exclusión. Hay dos grandes niveles de interpretación de estos hechos-signos.

Un primer nivel de lectura es antropológico y cultural, pues los hombres expresamos sentidos en el tejido de la historia, que se va escribiendo «como un texto». El hombre produce, narra e intepreta sentidos en la trama de la historia, que es acontecimiento y narración. En el presente se narran e interpretan hechos?signos del pasado, mientras se producen nuevos sucesos -se escriben nuevos textos- que otros leerán en el futuro. De ahí la necesidad del relato narrativo y la lectura interpretativa, como indica Memoria y Reconciliación (MR IV). Todo hombre puede ejercitar el ars interpretandi ante la historia. Deben hacerlo los que siguen sus «ondas cortas»: el periodista, el analista, el político, y aquellos que buscan sus «ondas largas», como el historiador, el filósofo, el teólogo. Los pastores y los agentes pastorales debemos atender tanto a los grandes movimientos como a los hechos puntuales.

La actuación liberadora de Dios constituye a la historia en historia de la salvación. La historia es un misterio atravesado por la presencia salvífica de Dios. El principio básico de la teología de la historia es que «Dios interviene en la historia» para proveernos la salvación de un modo adaptado a nuestra condición histórica y conducirnos a nuestro destino eterno. «La historia es el lugar donde podemos constatar la acción de Dios en favor de la humanidad» (FR 12a). La historia es obra del hombre y de Dios. En ella se entrecruzan la acción humana secular y la acción divina salvífica formando una sola historia. Su unidad es muy compleja porque incluye diversas dimensiones que se imbrican y condicionan unas a otras. La historia es salvífica y cultural porque en ella se unen el movimiento salvífico de Dios y el movimiento cultural del hombre. Aunque a veces se simplifique, atribuyendo a la cultura o a la política la historia profana, y a la religión o a la Iglesia la historia sagrada, sabemos que

«hay que superar el puro dualismo porque, al cabo, la tentativa es que que la historia de la cultura, la historia que llamamos profana o secular, se torne, con la gracia de Dios, evangélica, sagrada o santa».

2. La interpretación teológica de los signos de los tiempos

A partir de la teología de la historia se abre un segundo nivel: la lectura teologal y teológica de los signos de los tiempos, que «trata de individuar ‘en los tiempos’, es decir, en el curso de los acontecimientos, aquellos signos que pueden darnos la pista de una Providencia inmanente… que puedan servirnos de señal -y esto es precisamente lo que ahora nos interesa- de una cierta relación con el Reino de Dios». Busca percibir la sacramentalidad teológica de la historia, el grado de significación y eficacia que tienen los sucesos para el Reino. Así los signos de los tiempos se vuelven signos de Dios, llamados o mensajes divinos a través de los hechos que reflejan interrogantes, aspiraciones, esperanzas y sufrimientos humanos. Todo cristiano debe hacer desde la fe esta «lectura teológica de los problemas modernos» (SRS 4). Toda la Iglesia y todos en la Iglesia tenemos que ejercitar un discernimiento atento histórico y teológico. Todo el Pueblo de Dios debe auscultar el sentido de los signos de los tiempos, pero los agentes pastorales y pastoralistas tenemos una responsabilidad peculiar.

«Es propio de todo el Pueblo de Dios, pero principalmente de los pastores y de los teólogos, auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina, a fin de que la Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expresada en forma más adecuada» (GS 44b).

La interpretación teologal y teológica de la historia, tanto pasada como presente, tanto eclesial como secular, parte de la luz de la Palabra y se realiza con la ayuda del Espíritu. Pues

«para la interpretación de la fe, la conexión entre pasado y presente no está motivada solamente por los intereses actuales y por la común pertenencia de todo ser humano a la historia y a sus mediaciones expresivas, sino que se fundamenta también en la acción unificante del Espíritu de Dios y en la identidad permanente del principio constitutivo de la comunión de los creyentes, que es la revelación» (MR IV,2).

Esta interpretación debe hacerse desde el Evangelio, en la Iglesia, con el Espíritu. Para realizarla no basta conocer los datos de la situación, sino que hace falta la lectura interpretativa que brota de la fe en la revelación y se realiza al modo de un discernimiento evangélico:

«Para el creyente la interpretación de la situación histórica encuentra el principio cognoscitivo y el criterio de las opciones de actuación consiguientes en una realidad nueva y original, a saber, en el discernimiento evangélico; es la interpretación que nace a la luz y bajo la fuerza del Evangelio, del Evangelio vivo y personal que es Jesucristo, y con el don del Espíritu Santo» (PDV 10e).

Discernimiento evangélico e interpretación teológica de la historia pertenecen a la profecía, una de las dos formas fundamentales del discurso teológico. Ella no es predicción sino interpretación de los sucesos históricos, como explicación hacia el pasado o como pronóstico hacia el futuro. Todo hecho presente recibe su sentido de una secuencia que le precede y de una dirección a la que apunta. Interpretar es captar un «sentido» presente en la realidad histórica, ubicando los acontecimientos en una trama con origen y fin. Para la fe cristiana Cristo es «el centro escatológico del tiempo». En Él coinciden Principio, Centro y Fin. «Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin» (Ap 22,13; 1,8; 1,17; 21,6). «Él es… el Primogénito de toda la creación… Él es el Principio, el Primero que resucitó de entre los muertos» (Col 1,15-18). Y también Él es el Último, «el último (eschatos) Adán» (1 Cor 15,45), la plenitud escatológica del hombre, del mundo y de la historia.

«El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud de todas las aspiraciones» (GS 45b).

La hermenéutica profética de la historia comprende el significado de los hechos a la luz del último «sentido» dado por el fin escatológico, para leer el libro de la historia «desde la última página hacia la primera». Tal lectura es un acto de la profecía en cuanto interpretación escatológica de la historia, que discierne los hechos-signos a partir del Sentido final del Plan de Dios revelado y cumplido en Cristo, abarcando la historia desde ese fin para interpretar e incluso para juzgar, mediante un juicio teológico-moral, cada hecho y cada momento, según su ordenación a la meta definitiva. Esta interpretación se funda en dos aspectos del misterio de Cristo: «el fin ya realizado en la manifestación del Hijo de Dios y la consumación futura con el retorno del Resucitado y la entrada en la gloria». Interpretar el pasado y el presente a la luz del Futuro absoluto inaugurado en Cristo significa develar los hechos que preparan y anticipan el final. Así se pasa al nivel cristológico de la interpretación de la historia.

3. Cristo: clave de lectura teológica de los signos de los tiempos

Una cristología de la historia da criterios para interpretar procesos y proyectos históricos.

«… la historia de la salvación tiene en Cristo su punto culminante y su significado supremo. En Él todos hemos recibido gracia por gracia (Jn 1,16), alcanzando la reconciliación con el Padre (Rm 5,10; 2 Cor 5,18)… El nacimiento de Jesús en Belén no es un hecho que se pueda relegar al pasado. En efecto, ante Él se sitúa la historia humana entera: nuestro hoy y el futuro del mundo son iluminados por su presencia. Él es el que vive (Ap 1,18), Aquél que es, que era y que va a venir (Ap 1,4). Ante Él debe doblarse toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua debe proclamar que Él es el Señor (Flp 2,11)…

Jesús es la verdadera novedad que supera todas las expectativas de la humanidad y así será para siempre, a través de la sucesión de las diversas épocas históricas. La encarnación del Hijo de Dios y la salvación que Él ha realizado con su muerte y resurrección son, pues, el verdadero criterio para juzgar la realidad temporal y todo proyecto encaminado a hacer la vida del hombre cada vez más humana» (IM 1).

Una teoría cristiana de la historia «impone como criterio decisivo y último la referencia a la estructura ‘cristológica’ del tiempo histórico, la lectura de la historia a partir del acontecimiento teándrico de la Encarnación». La Encarnación es el acontecimiento que centra y unifica la historia universal en Cristo. Una lectura teológica, profética, salvífica y escatológica se concentra en una interpretación cristológica de la historia. La fe unifica la dimensión escatológica de la cristología con la índole cristológica de la escatología. La profecía es interpretación cristológica de la historia porque Cristo es «la clave, el centro y el fin de toda la historia humana» (GS 10b). Si «el misterio del hombre sólo se esclarece a la luz del misterio del Verbo encarnado» (GS 22a) y, por eso, también el misterio de la vida de cada persona, debemos afirmar que a la luz de Cristo se esclarece el misterio de la historia (FR 12b) -dimensión del misterio del hombre- y por eso, el misterio de cada acontecimiento.

Jesucristo es la clave para interpretar la compleja urdimbre de la historia de cada uno y de todos. El creyente -peregrino, profeta y apóstol- debe discernir la novedad de sentido que hay en los hechos de la vida cotidiana y de la historia universal a la luz del gran Signo de Dios dado a los hombres (Lc 2,12) como plenitud y sentido de todo tiempo. Él es el Signo de los signos, quien hace inteligible a los ojos de fe los signos actuales de Dios. Una hermenéutica teológica debe ayudar a leer sucesos históricos y manifestaciones culturales desde el misterio pascual. «Jesús es la verdadera novedad (de la historia)… (por eso, su misterio pascual es) …el verdadero criterio para juzgar la realidad temporal y todo proyecto encaminado a hacer la vida del hombre cada vez más humana» (IM 1). La Iglesia conciliar viene ensayando una lectura pascual de la historia al discernir en los hechos desequilibrios y contradicciones que nacen de la ambigüedad de la libertad en la historia (GS 8). ChL 3g dice:

«en el campo evangélico crecen juntamente la cizaña y el buen trigo… también en la historia, teatro cotidia-no de un ejercicio a menudo contradictorio de la libertad humana, se encuentran, arrimados el uno al otro y a veces profundamente entrelazados, el mal y el bien, la injusticia y la justicia, la angustia y la esperanza».

Éste el fundamento del hábito y del método de discernir en binomios dialécticos los signos de vida y de muerte que se entrecruzan en la realidad. Juan Pablo II señala tres casos: en el plano religioso el secularismo indiferente y la nueva sed de Dios y lo sagrado; en el plano individual la afirmación de la dignidad de las personas y las violaciones sistemáticas a los derechos humanos; en el plano social una mayor aspiración a la paz y el estallido de nuevos conflictos (ChL 4-6). Aquí se nota que el fundamento cristológico-salvífico brinda criterios antropológicos-morales para juzgar la historia. Los juicios de valor moral deben hacerse desde la dignidad del hombre revelada en Cristo. Este criterio hermenéutico de carácter antropológico se advierte cuando Juan Pablo II analiza el año 1989 desde las categorías de dignidad, verdad, libertad, subjetividad y participación (CA 22-29) o cuando hace un juicio moral sobre los procesos de interdependencia (SRS 12-26) a partir de una noción de desarrollo integral y solidario (SRS 27-34) en la doble línea del mal -el imperialismo producido por las estructuras de pecado- y del bien -la solidaridad que causa integración y liberación (SRS 35-40). Se nota cuando Medellín y Puebla califican como situaciones de pecado a la miseria y la injusticia (MD II, 1, 1; DP 28) o cuando Santo Domingo discierne nuevos signos que favorecen o dificultan una vida más digna desde la promoción humana y la opción por los pobres (SD 164-209). Otro ejemplo es el discernimiento de la globalización (EIA 20)

«Desde el punto de vista ético puede tener una valoración positiva o negativa… hay una globalización económica que trae consigo ciertas consecuencias positivas, como el fomento de la eficiencia y el incremento de la producción y que, con el desarrollo de las relaciones entre los diversos países en lo económico, puede fortalecer el proceso de unidad de los pueblos y mejorar el servicio a la familia humana. Sin embargo, si la globalización se rige por las meras leyes del mercado aplicadas según las conveniencias de los poderosos, lleva a consecuencias negativas. Tales son, por ejemplo, la atribución de un valor absoluto a la economía, el desempleo, la disminución y el deterioro de ciertos servicios públicos, la destrucción del ambiente y de la naturaleza, el aumento de las diferencias entre ricos y pobres, y la competencia injusta que coloca a las naciones pobres en una situación de inferioridad cada vez más acentuada. La Iglesia, aunque reconoce los valores positivos que la globalización comporta, mira con inquietud los aspectos negativos derivados de ella»

Debemos reasumir la invitación del Concilio: «el curso de la historia presente es un desafío que obliga a responder al hombre» (GS 4e). Los signos de los tiempos expresan aspiraciones de los hombres e interpelaciones de Dios (MD VII, 13) que son desafíos pastorales que la Iglesia debe escuchar o mirar, para interpretarlos y discernirlos, con la consiguiente responsabilidad evangélica de dar una respuesta evangelizadora. Por eso,

«el discernimiento evangélico toma de la situación histórica y de sus vicisitudes y circunstancias no un simple dato, que hay que registrar con precisión y frente al cual se puede permanecer indiferentes o pasivos, sino un deber, un reto a la libertad responsable, tanto de la persona individual como de la comunidad. Es un ‘reto’ vinculado a una ‘llamada’ que Dios hace oír en una situación histórica determinada; en ella y por medio de ella Dios llama al creyente; pero antes aún llama a la Iglesia…» (PDV 10e).

Esta teología profética, que incluye la interpretación cristológica, antropológica y moral, y funda el discernimiento histórico-pastoral, se mantiene en el régimen de la fe, que no permite una transparencia racional de la historia al concepto. Dado que la Historia es un misterio de libertad en el que interactúan las libertades humanas y la Libertad divina, no es posible convertirla en un Sistema. Esto previene de las lecturas unitarias conformes a la filosofía hegeliana de la historia cuya base es «que la Razón domina al mundo y que, por lo mismo, también en la historia universal todo ha ocurrido según la Razón» (FH 38). El misterio de la historia se resiste a una totalización conceptual porque «la historia ha sido dada como fragmento y … nadie la puede completar». La teología respeta el misterio y no pretende una lectura exhaustiva: lineal o cíclica, progresiva o regresiva, evolucionista o dialéctica, positivista o idealista, moderna o postmoderna, optimista o pesimista. Tampoco busca, desde el pasado, descifrar el presente o predecir el futuro. Sólo intenta dar «una estructura conceptual» o «un esquema de orden y significación» para encontrar sentidos en los hechos a la luz del Sentido escatológico presente en Cristo, la verdadera Novedad de la historia. Ésta es la grandeza y la humildad de la teología en cuanto profecía o hermenéutica cristológica de la historia. Y es su aporte -ofreciendo principios de reflexión y criterios de juicio- al discernimiento de los nuevos signos de los tiempos. Pero esta capacidad de discernir es un arte pastoral que debemos ejercitar velando, orando, mirando, analizando, dialogando, narrando, juzgando, interpretando desde la fe. Con su fina sabiduría evangélica decía Pablo VI: «que la vigilancia cristiana sea para nosotros el arte de discernir los signos de los tiempos».

Discernimiento teológico-pastoral de los signos de los tiempos

La reflexión de este primer día intenta ayudar a mirar la realidad histórico-cultural (ver) y a discernir los signos de los tiempos (iluminar) para que podamos descubrir juntos grandes desafíos de la nueva evangelización. Este segundo momento pasa de la mirada a la interpretación para ayudar a un discernimiento, teniendo en cuenta la circularidad propia del método teológico-pastoral en el que el ver está penetrado por el iluminar y el iluminar-juzgar completa el mirar. Habíamos pensado ofrecer tres aportes teológico-pastorales al discernimiento, a partir de la exégesis bíblica, la teología sistemática y la historia eclesial. Finalmente nos toca a nosotros exponer desde dos perspectivas distintas y complementarias que se centrarán, respectivamente, en la interpretación teológica y el discernimiento pastoral.

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