El método pedagógico – P. Juan de Castro (1996)

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BOLETIN OSAR
Año 2 – N° 3

 

El método pedagógico

P. Juan de Castro

Introducción

En la pedagogía hay cuatro aspectos que son fundamentales. Nosotros no tratamos con robots o seres de palo o mecánicos, sino con personas y las personas tienen un mundo propio y cuando hay un Seminario con 60 o más seminaristas eso tiende a olvidarse y uno tiende a actuar en forma masiva y se olvida que los chicos tienen formas de reaccionar, de aprender, de actuar propias. Algunos tienen pocos conflictos, otros no; las historias de cada uno son distintas y es necesario conocerlas, cuáles son sus fortalezas y debilidades.

En segundo lugar, nosotros tratamos con gente que tienen una capacidad de autodeterminación que es lo más fundamentalmente humano de nuestra naturaleza, una libertad, y esa libertad se autodetermina y se da una dirección y sentido en la vida, quien más, quien menos. Uno conquista libertades en la pedagogía, conquista adhesiones a aquello que está proponiendo y eso es un trabajo lento, de años, en que los chicos van poco a poco descubriéndose y adhiriéndose a ello o descubriendo la vocación que la Iglesia les propone, enamorarse del Señor, de su vocación. Es un trabajo lento, en el cual nosotros tenemos que comprometer una libertad, para que él se autodetermine y se dé esa orientación en la vida. En toda pedagogía el sujeto del cual se trata tiene que ser activo en su formación. No es una tabula rasa y por otro tiene que ir adhiriendo él, descubriendo y entusiasmándose él. No pueden ser chicos acarreados, empujados, sino que despertados, que es distinto.

En tercer lugar, no olvidar nunca que este ser no es un ser aislado, no lo fue nunca antes, no lo debiera ser en el Seminario, y ojalá no lo sea nunca después en el ministerio después cuando se ordene. Estamos llamados a «ser con otros» y «para otros», en el mundo. Es lo que hablábamos ayer o antes de ayer sobre la vocación natural de amor que tiene el ser humano, nos desarrollamos cuando esa vocación es despertada, nunca nos desarrollamos en la soledad o en el aislamiento.

Si el chico logra vivir esto, sentirse integrado, lo cual no significa conflicto, es un fuerte motor del desarrollo. Descubrir que la comunidad es un caldo de cultivo y amarla y al mismo tiempo, yo ahí tengo mucho que aportar. Eso es fundamental para la fraternidad sacramental de sacerdotes, para trabajar con otros, no sentirse dueño de la parroquia, dejar que otros intervengan, hacer equipos pastorales. Esto procede de la estructura del sacerdocio de Jesucristo, no es una táctica pastoral.

El método didáctico en el Seminario

Uno tiene que trabajar con método. Jesús también lo tenía. Un método es una acción planeada, a priori y sistemática. Tiene sus etapas y procedimientos. Normas preestablecidas y que permiten llegar a un objetivo. Eso supone que en los Seminarios junto a al gran meta de formar al Cristo sacerdote, profeta y pastor hay objetivos en cada etapa, y por lo tanto un método pedagógico distinto.

Es distinta la pedagogía de los chicos del introductorio, de la filosofía y la teología. Y en los Seminarios usamos, dentro de los muchos tipos, el método didáctico, que es una organización psicológica de procedimientos por parte del educador -el formador o el equipo de formadores- y cuyo fin es ir acompañando, orientando el aprendizaje del educando. El método pedagógico es el conjunto de acciones planeadas y ordenadas que van conduciendo a conseguir el objetivo. Aquí el aprendizaje es un aprendizaje vital, no sólo de teología o de filosofía, hay que internalizar valores, adquirir una identidad. Es algo muy profundo. Es ayudar a desarrollar y transformar una personalidad en la que está trabajando Jesucristo, que lo llamó al joven y nosotros vamos ayudando, apuntalando, dando luces.

En los Seminarios tenemos un proceso, no hay que olvidar nunca, porque a veces quemamos etapas y exigimos cosas fuera de tiempo. En cada etapa se cumplirán los distintos objetivos, no apurarnos, hay que tener paciencia. Y en la fe, ésa fue mi experiencia, cuando uno ve un joven que está no muy ubicado, que algo le está pasando, el Señor nos da ciertos indicadores, aparecen dos o tres o cuatro, cinco cosas en una semana que a uno le hacen parar la oreja y que le van aclarando la preocupación.

Elementos del proceso educativo

    1. Evaluación diagnóstica

      En primer lugar tenemos una evaluación a la entrada: el diagnóstico. El joven con el cual vamos a trabajar lo conocemos, ojalá lo mejor posible. No partimos de cero, ha participado en la parroquia, y viene con entusiasmo de servir al Señor. En ese sentido entra el diagnóstico sicológico. Nunca lo tomen apodícticamente, como la Biblia o un dogma, son señales, información.

      Mucho más importante es el contacto directo con el joven, o bien, cuando lo vimos compartir dos o tres días antes de entrar, lo vimos conviviendo, ahí uno lo ve. También ver la opinión de los curas que estuvieron con él en la pastoral vocacional. Todo esto ayuda a señalar cosas para el futuro, para hacer un acompañamiento. Ese acompañamiento significa una intensa relación educador-educando.

    1. Una meta final a alcanzar y objetivos propios de cada etapa

      Los objetivos propios de cada etapa deben estar claros. Es indispensable que el equipo de formadores conozca dentro de la totalidad de la formación los objetivos de cada etapa (introductorio, filosofía, etc.), para ayudar a alcanzarlos. Y también es necesario contar con los recursos humanos y materiales y hacer las sucesivas evaluaciones.

    1. Sucesivas evaluaciones de objetivos y de la meta final

      Tiene mucho valor una evaluación, lo que llamamos habitualmente «informes», que me parece que están muy mal dirigidos. No es que no tengamos que informar a nuestro obispo, pero no debemos evaluar para informar al obispo. Por supuesto que podemos y debemos informar al obispo pero no es el objetivo principal de una evaluación. El objetivo principal es el «feed-back»; es decir, darle una retroinformación al joven. Y darle al Seminario mismo una retroinformación; verificar, si el proceso pedagógico ha sido efectivo o no. Los formadores debieron juntar los informes y ver cómo andan filosofía, teología, y comunicarles a los chicos también: «cómo andas tú».

      Una evaluación es un juicio de valor sobre el aprendizaje del seminarista. Se trata del instrumento de cambio más importante en un proceso educativo. Es necesario que periódicamente se le vaya diciendo al joven en el recorrido que él tiene entre una etapa y otra: «tú estás en este sitio y te falta todo esto otro».

      ¿Qué característica tendría que tener esta evaluación? No conozco sus Seminarios, pero es posible que sean amenazantes, y allí la evaluación no sirve, y el joven llega a considerar la evaluación como amenazante, castigadora. Esto no sirve, no lo ayuda. La evaluación tiene que ser valorada por el joven. La tiene que esperar con ansia, porque ahí le objetivan el camino que ha recorrido. Tiene que estar rodeado de un clima muy positivo.

      Las evaluaciones tienen que ser vistas, han de ser externas e internas, es decir, que sea evaluado desde afuera y él se autoevalúe. Para quitarle el carácter de amenazante a la evaluación, que lo evalúen sus dos grande amigos; por ejemplo, del mismo curso, de la misma etapa, gente que no tenderá a hundirlo, que no tiene conceptos negativos a priori, gente que le tiene simpatía, pero al mismo tiempo lo van a objetivar.

      Evalúa también el formador, obvio. El formador es el que tiene una visión educativa en correspondencia con otros compañeros. Si se puede evaluar en equipo de formadores, mucho mejor, pues se aporta mucho más y se corrigen las exageraciones u omisiones.

      Finalmente se evalúa el muchacho frente a él mismo y ojalá con una pauta común. Esto se puede preparar; de ese modo, todos (el candidato, los compañeros y el formador) contestan a las mismas preguntas. Se pueden juntar las tres y ver las diferencias, se conversa con el seminarista, o se le da para que lo medite y después de diez días, habiéndolo rezado, venga a conversar con el formador y lo tome como voz de Dios; se interpele a sí mismo, dé gracias por lo que falta y por lo que no está tan bueno.

      Lo que sirve es obtener un resultado pacífico. Ése es el que sirve. Si el chico dice: «Lo que dicen de mí no es verdad», punto, no es verdad, y eso va en el informe final. No sirve insistir, pelear, imponer cuando el otro no está convencido. Esto puede hacerse una vez al año, una vez por semestre; depende. Si después de tres o cuatro informes sigue saliendo lo mismo, se va a convencer.

      En todo esto debe haber secreto profesional. Tiene que haber un compromiso de guardar silencio. No lo deben hablar entre los compañeros. Se puede crear una semana de evaluación, es muy conveniente que la eucaristía también esté centrada en esto. Se crea un clima muy fraterno, muy responsable de lo que se hace.

    1. El ambiente de la formación

      Junto al método y a los elementos que intervienen en el proceso educativo, existe algo que es inefable y que es también importante, es el ambiente educativo que es como el caldo de cultivo. Si es bueno, la planta crece solita. El ambiente pasa es muy importante.

      Uno tiene que partir del desarrollo de la libertad, así se forma gente madura. Para eso se ha de participar muy activamente de la formación. Por ejemplo en mi época del Seminario de Santiago no se tomaba ninguna medida disciplinaria sin pasar por el centro de alumnos. De ellos depende la autocorrección, su disciplina. Con esto no se produce un mando paralelo.

      Otra cosa buena es tener mujeres en el Seminario, muy pasadas por el tamiz de la selección, pero mujeres. Nosotros teníamos profesoras, secretarias, amas de casa. Eso le da un tono más integrado. Mujeres que realmente sepan que están adentro de un Seminario, que sean equilibradas y maduras y cristianas, muy bueno para evitar unilateralidades que nos vienen por nuestra condición.

      Es introducir un elemento intuitivo-afectivo en la formación.

  1. Relación educado-educando

    En la relación formador-formando hay tres cosas que aparecen también en los libros de pedagogía. Uno es que la relación siempre sea razonable, nunca caprichosa, producto de rabias, arranques, corazonadas. Que al seminarista le quede muy claro que la corrección que le están haciendo está muy bien fundada aunque no le guste.

    En segundo lugar, vivir el vinculo con una motivación religiosa, despertando aquello por lo cual el joven entró al Seminario. No son argumentos ni sicológicos, ni tácticos, ni sociológicos, sino argumentos del amor a Jesucristo: el Señor te lo pide, la Iglesia te lo pide y esto explicado.

    Finalmente, la cercanía afectiva y de confianza. Yo creo que es capital. Aprende mucho más el que tiene un profesor con cercanía afectiva o de confianza, que el que tiene un gran didacta (con todo tipo de técnicas, computadoras, retroproyectores, etc.). Si esto se da en las instituciones universitarias, cuánto más nosotros que estamos formando personas.

    El Seminario es la única institución educativa que no le interesa tanto el saber cuanto la persona transformada: que la persona se transforme en Jesucristo sacerdote, se identifique con él. Yo sé que es nuestro talón de Aquiles, pero es el resorte que hace que un joven se desarrolle y crezca adentro de un Seminario: la cercanía afectiva y la confianza.

Técnicas de modificación conductual

Ustedes saben que en teoría de aprendizaje lo que se sigue es una sicología de modelo conductual, de estímulo-respuesta. Esta teoría del estímulo-respuesta es una sicología muy exitosa a niveles sintomáticos, porque realmente se introduce la sicología en términos de ciencia exacta. Ahí está su limitación, también, porque el ser humano no puede ser investigado ni manejado por ciencias exactas, dado que tiene millones de variables que no son controlables. De todos modos, a niveles sintomáticos funciona.

Un principio general o ley conductual es que en la medida que a una respuesta le sigue un refuerzo positivo, un refuerzo que es grato, como un premio, de modo que el sujeto emite una conducta y lo premian, entonces esa persona tiene una experiencia grata y asocia el refuerzo con la respuesta. Científicamente se dice que aumenta la probabilidad matemática de que yo vuelva a emitir esa misma respuesta frente al mismo estimulo. (Esto lo vemos en los circos con las animales amaestraos).

Hay leyes del refuerzo. Por ejemplo, si ustedes refuerzan continuamente se va produciendo un aumento de frecuencia y de intensidad en la conducta de este tipo. Si refuerzan con refuerzos continuos, cada vez que refuerzan hay un momento que sube la conducta en intensidad y frecuencia y luego decae. Por más que refuercen sigue decayendo y decayendo. Se produce una fatiga en la respuesta; ya se saben el cuento de memoria, no les llama la atención y el refuerzo pierde valor

Pero si ustedes refuerzan intermitentemente: unas veces sí, otras tantas no, vuelven a reforzar y después dejen de nuevo sin reforzar; la conducta siempre va aumentando y después se mantiene y se produce un hábito de aprendizaje.

Éstas son cosas técnicas pero es útil conocer. Si ustedes refuerzan siempre a la misma persona, en las mismas condiciones, con el mismo tipo de refuerzo, la conducta decae. Si ustedes refuerzan de vez en cuando en forma intempestiva, sin que fuera esperable el esfuerzo, la conducta sigue subiendo hasta que se mantiene y son conductas que se graban con gran hábito de aprendizaje, con bastante fuerza.

Otro principio que vale la pena retener es que el refuerzo negativo no sirve. Otra cosa es que haya que hacerlo de todas maneras, pero no sirve. El castigo -aquello que se sienta como castigo, aunque no se trate de latigazos pero sí de reprimendas, maltratos, etc.-, eso no sirve.

El castigo no modifica la conducta necesariamente, cosa que sí se ve con el refuerzo positivo, y produce efectos secundarios no queridos.

El refuerzo negativo produce extinción de conductas con culpa, con humillaciones, con apagamiento de la personalidad, con temores; con rabias o rebeldías.

Es verdad que hay cierta veces que, de todas maneras, hay que castigar. Por ejemplo la madre cuando su chiquillo va a cruzar la calle muy transitada, sin mirar. Allí le casca. Sería malo que no lo haga; tiene que cascarle al comienzo de la conducta con el máximo de intensidad. Ahí se produce un bloqueo de la conducta. Aún así, siendo necesario para que no maten al niño, sin embargo, se producen los efectos secundarios antes mencionados: bloqueo de otro tipos de conductas, rabias, rebeldías; puede incluso aprenderse una mala conducta como una gran pataleta en la calle y que se aprende para llamar la atención de la madre.

Hay también modos de lograr la extinción de conductas. Teóricamente si yo dejo de reforzar conductas, tienden a extinguirse. Entonces puede haber conductas que yo quiero que se extingan y dejo de reforzarlas. Nótese que cualquier forma de prestar atención es refuerzo, o sea, si yo quiero extinguir una conducta realmente tengo que dejar un vacío de refuerzo. Por ejemplo las pataletas de los niños que se revuelcan por el suelo. Si las madres lo reprenden le dan más pataletas todavía, porque la está reforzando. El modo que se extinguen estas pataletas, es preparar un lugar donde no hay ningún estímulo, entonces la mamá le dice al niño que lo va a dejar en esa pieza hasta que se serene, se tranquilice. Lo dejan ahí y con llave y el niño llora media hora o más hasta que extingue la pataleta.

Hay veces en el Seminario, que los chicos emiten conductas para llamar la atención de los superiores. El error más grande es «darles pelota». Déjenlos tranquilos, no hagan comentarios. Ellos perciben a nivel inconsciente que esa conducta no es buena. Si le prestan atención y le dicen: «no hagas eso», están reforzando. Incluso, diría por táctica, cuando hay una conducta inadecuada, de cualquier tipo, nunca llamen la atención de forma inmediata, porque la refuerzan y si el chico no lo hace, no lo va a hacer por miedo o por culpa, lo que no es sano. Ustedes dejen pasar un tiempo. Como a los diez días, en algún momento, cuando tengan oportunidad y el chico y ustedes estén serenos, recomiéndenle que no hagan lo de aquel día. Ahí no tiene efecto reforzante, sino que entra a lo cognitivo, a lo razonable, y ahí se le pueden agregar los factores que nosotros veíamos en la reunión anterior, de confianza, de cercanía, de comprensión, de racionalidad, y de motivación religiosa. En síntesis, la extinción de la conducta se hace quitando los refuerzos.

Lo más importante de todo esto es el manejo del refuerzo positivo. Es tan sencillo aprender a reforzar a los demás en la caridad, y es tan útil y tan fácil, dar una palabra de aliento.

Aprender a reforzar a los demás le limpia el alma al formador, lo hace centrarse en los demás y no andar autoreferente, y lo ayuda a tener sentimientos positivos. Hay también un refuerzo «social» que se da cuando una comunidad refuerza, por ejemplo: un aplauso, una risa, o porque al sujeto se lo premió en público; refuerzo «físico», un abrazo bien dado, una palmada, un beso.

Necesitamos mucho refuerzo para poder vivir. Uno debe aprender a expresar la caridad en refuerzos, es muy bueno y muy práctico; nos hace detener en las cosas buenas de los chicos. Porque si andamos atentos a quien vamos a reforzar, nos vamos deteniendo en las cosas buenas, en las que ayudan a vivir y no tanto en las negativas.

Los modelos

Todos somos más o menos modelos: el sujeto al cual imitan, el sujeto que en alguna forma produce agrado y uno tiende a imitar; por ejemplo, un santo. El modelo me invita a realizar cosas parecidas, a tener el mismo espíritu, uno tiende a imitarlo. Eso es un modelo.

La inmensa mayoría del aprendizaje humano, de las conductas que nosotros aprendemos se hacen a través de modelos. No se aprende tanto por refuerzo, sino que se aprende porque una conducta fue presentada bajo ciertas condiciones por un modelo. Eso explica que tengamos modos de hablar parecidos a todos los hermanos en una familia o parecidos al padre. Los comportamientos que adquirimos en la casa son aprendidos como modelos. Aprendemos más por modelos que por información en el colegio. Porque los modelos nos incentivan. Si no hay modelos el aprendizaje es más bajo.

Entonces los formadores somos modelos. Hay un modelo y hay un imitador. El imitador capta indirectamente la gratificación que el modelo tiene de lo que está enseñando y desea obtener esa gratificación y si tiene la suficiente motivación para aprender lo que el otro enseña, lo aprende. Uno en el modelo puede captar el objetivo que alcanza a través dé la conducta que él realiza y lo contento que lo pone y lo valioso de hacer tal cosa. Todo eso despierta interés y motivación en el imitador o alumno. En esto está basado la modalidad de las películas para niños, cuando los héroes son premiados y los bandidos son castigados.

Se dice que en una ética formativa, en términos generales, el héroe debe ser siempre premiado y el bandido castigado. Acá hay un primer principio: el imitador es reforzado directamente por el modelo o castigado directamente por el modelo. Eso produce aumento de conducta en el imitador.

El segundo ejemplo es que el imitador imite una conducta altamente valorada o aprobada por el modelo. Inclusive el formando puede convertirse en modelo para los demás. La conducta altamente valorada puede ser reforzada indirectamente.

Después está la influencia del refuerzo vicario o indirecto; por ejemplo, la de los buenos o malos en las películas. El modelo se auto-refuerza con la imitación que consigue. ¡Cuidado cuando un seminarista comienza a carraspear igual que el formador! Ahí se siente bien el formador y hay que tener cuidado con eso, porque el formador es el que es reforzado por la conducta imitada. El modelo se auto-refuerza por la imitación que recibe. Por la relación del refuerzo vicario se produce una relación de mayor acercamiento entre el formador y el formando que a lo mejor no debiera existir. Es más bien una relación de tipo afectiva. Se puede producir así la acepción de personas dentro del Seminario.

Resultados que puede obtener un modelo: en primer lugar, un efecto modelador, es decir una nueva conducta. Por ejemplo los signos de piedad: se pondrán conducta nuevas en los seminaristas. También se da lo mismo en los trabajos pastorales de los formadores: los seminaristas adquieren una conducta nueva: el cómo predica, etc.

Uno puede producir muchos efectos facilitadores en el Seminario para hacer crecer la libertad. Atreverse a decir cosas con libertad, respeto y simpatía, que los chicos no se animan por temor a ser castigados.

Las condiciones del modelo: a) que la persona y su conducta sean significativas, sean valoradas; b) la cercanía afectiva: puede haber un gran modelo histórico -Napoleón, por ejemplo- pero me puede decir poco, nunca he estado con él; pero si es una persona cercana a mi vida (papá, mamá, formador, etc.), es una conducta valorada, lo que se hace es muy bueno. Ha sido reforzado públicamente, socialmente.

El arte de manejar el refuerzo positivo en la relación formador-formando es la mejor expresión de la caridad pastoral y la más concreta. En el caso del formador es una manera de concretar el testimonio de amor a Jesucristo y a los seminaristas, o por razón de Jesucristo a los seminaristas. Que el chico se dé cuenta que aquí hay un modelo de cómo vivir el amor cristiano y ministerial. El arte de manejar el refuerzo positivo en la relación formador-formando es la más sencilla y la mejor manifestación de la caridad pastoral. Ello se puede aplicar fuera del Seminario, dentro del Seminario, con la propia familia, con los amigos. Es una manera de ser.

Finalmente digamos algo acerca del «efecto Pigmalión». Recuerdo una película donde dos fulanos empiezan a estimular y darle confianza a una mujer. Ella hablaba muy mal, le enseñan a hablar siempre dándole confianza, le dicen que va a ser dama de la corte y de hecho es así al final de la película y contrae matrimonio con uno de estos literatos refinados que le habían enseñado estas costumbres.

Esto se aplica muy claramente en las salas de clase. La profecía autocumplida es el comportamiento de un profesor, modelo por lo tanto, que da señales de desconfianza a un alumno; ese alumno no tiene nunca buenas calificaciones, nunca sale a flote. Por el contrario, el profesor que da muestra de seguridad, de confianza, ánimo y estimulo a un alumno mediocre lo levanta de nivel, por el puro hecho de las señales.

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