El rol del formador en el Seminario – P. Juan de Castro (1996)

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BOLETIN OSAR
Año 2 – N° 3

 

El rol del formador en el Seminario

P. Juan de Castro

Introducción

Antes de abordar el tema de la función del formador, quisiera comenzar citando un estudio de un sacerdote psiquiatra, realizado a partir de la investigación de 110 sacerdotes que habían dejado el ministerio (año 1969).

Dice una parte del estudio: «Encontré que los sacerdotes que dejaron el ministerio para contraer matrimonio estaban todos virtualmente deprimidos psicológicamente. Habían llegado a sentirse mal y en soledad, desilusionados y a veces resentidos. Hombres orientados a la acción que fueron educados por sus padres de tal modo que la consecución de sus metas, particularmente las más difíciles, le llamaba poderosamente la atención. Esto puede explicar las raíces de un cierto activismo que hay en el clero. Realizaban su trabajo de manera compulsiva y perfeccionista. Muchos sacerdotes si no trabajaban se sentían muy mal, se sentían culpables. No sabían descansar, no obtenían placer de su trabajo. Buscaban inconscientemente el reconocimiento y la aprobación que ganarían de las personas a quienes sirvieran.

Después de ciertos años en el ministerio, habitualmente entre cinco y quince, sintieron que sus feligreses ya los daban por conocidos y a nadie parecía ya importarle lo duro que ellos trabajaban. Así, a medida que pasaban los años, el aplauso vino cada día menos, y empezaron a sentirse insatisfechos consigo mismos, con su rol en la Iglesia, las exigencias del celibato y la falta de atención de sus superiores.

En ese momento, cuando llega a sentirse menos feliz con el lote de la herencia que le ha tocado y pesimista acerca de su futuro, una mujer sensible percibe agudamente su profunda necesidad de que alguien lo ame; no por sus realizaciones o logros sino por sí mismo y él no puede responder más que con gratitud a ese amor. Ella ha traído una especie de alegría y fuerzas nuevas a su vida, lo ha liberado, al menos en alguna medida, de su estado de depresión y siente que no puede correr el riesgo de perderla. Por tanto decide dejar el sacerdocio y casarse».

Éste es el cuadro general que se describe. Creo que hay cosas que son válidas. Dice también el estudio: «Esta tendencia depresiva pudiera ser adquirida en una parte importante por la familia. El padre de los sacerdote suele ser lejano y un tanto autoritario. Introduce un fuerte sentido del deber e incluso un cierto temor a la autoridad. La madre por su parte suele estar totalmente dedicada a la familia. Es muy sacrificada, muy piadosa y también con rasgos moralistas. Lleva la iniciativa dentro de la casa. El amor que ambos padres tienen por sus hijos, se expresa en pequeños y grandes premios a su buen comportamiento, ahorrando las expresiones directas. Lo que premian es «lo bien que lo haces, lo bien que te comportas», pero no hay tantas expresiones directas de afecto. Del matrimonio y de la sexualidad en general no se habla, el niño observa que la vida matrimonial de sus padres es penosa y muy sacrificada y no se presenta como camino de consecución de felicidad».

En resumen aquí se presenta un patrón más o menos definido. Sentido del deber como ideal de vida, cierto temor a la autoridad, refuerzo de lo religioso y de la figura del sacerdote. No refuerzo de la sexualidad y del matrimonio. Así, progresivamente, el niño va aprendiendo a vivir satisfaciendo las expectativas de los demás y a ganar su aceptación. Nunca hará las cosas porque tienen sentido para él. Tenderá a sentirse amado no por lo que es, sino por lo que hace y representa. Será muy sensible a la culpa. En el Seminario habrá una probable búsqueda del padre que sea cálido, cercano y comunicativo: el rector, el director espiritual, el profesor, el formador. Al respecto dice el estudio: «Palabras de críticas provenientes de tales personas podrán conducirlo a sentimientos de decaimiento y después de un cierto período de ejercicio en el ministerio, cuando sus esfuerzos se dan por descontado, empieza a ser alguien verdaderamente común; se descubre muy deficiente en sus afectos y llevando una vida de grandes exigencias y esfuerzos. Este desbalance entre esfuerzos y recompensas es lo que según Levinson -profesor especialista en depresión- desencadena el cuadro psicosomático de la depresión: síndrome depresivo. Estos antecedentes familiares pueden verse aumentados con la deficiencia afectiva».

La depresión suele ser un sentimiento de disforia, lo contrario a la euforia. La disforia es un sentimiento desagradable, tristón, uno se siente superado por los problemas o los trabajos («yo doy demasiado y recibo muy poco»). Ésta es la sensación general y entonces se tiende a producir un sentimiento vago y general de desgano, cansancio, fatiga, que tiende a extinguir las conductas. Se empieza a hablar menos, más lentamente y con menos intensidad, o a emitir conductas más lentas, menos intensas. Somáticamente puede haber alteraciones del sueño, tanto durmiendo muy poco o dormir, dormir y dormir… Lo mismo pasa con el apetito, hay gente que con la depresión deja de comer y otra que con la depresión come demasiado. No hay reglas fijas, pero sí se dan alteraciones. Y una cosa muy típica es la tendencia al aislamiento: se deja de interactuar porque es un esfuerzo más. La gente se repliega sobre sí misma y se aísla socialmente.

Esto se debería a factores de alteraciones en la tasa de refuerzo positivo: entre el esfuerzo empleado y la recompensa recibida hay un desbalance en favor del esfuerzo que prima. Todos nosotros necesitamos algún tipo de refuerzo para vivir y mantener nuestro humor básico, requerimos un mínimo de gratificación para hacer las cosas ordinarias. En el síndrome depresivo prima el esfuerzo sobre el refuerzo, a lo mejor no objetivamente, pero así es como se siente que es lo importante. Esto se produce por un sentimiento de pérdida aguda. Por ejemplo, el abandono de una persona, la pérdida del cónyuge, etc. Otras veces lo produce el ambiente desprovisto de refuerzos. Yo he visto sacerdotes que han tenido una formación excelente, especial, son refinados, gente muy cultivada, y ha pasado que, con no muy buen criterio, el obispo los destina a un sector muy pobre, donde no hay qué conversar, donde la gente tiene necesidades básicas no satisfechas y todo aquello que para él era su joya, su gloria (su nivel cultural), queda sin satisfacción.

En este sentido es importante el tema de. las conductas instrumentales deficientes. Todos. nosotros en algún grado sacamos refuerzos del medio, por la simpatía, la manera de acercarnos, por lo bien que hacemos las cosas, y así obtenemos aplausos de nuestro alrededor. Los refuerzos pueden ser físicos, intelectuales, espirituales; sociales, etc. Los intelectuales son débiles. Entonces uno tiene una conducta que es como un instrumento para sacar refuerzos del medio que nos rodea. Ahora si esas conductas instrumentales están basadas exclusivamente en el objeto hacia el cual tienden, son débiles y eso puede pasarle al sacerdote.

Nuestras conductas instrumentales son todas las formas del ministerio que no están centradas en el ministerio, en el amor al ministerio, pues no nos causa placer el ministerio como tal. No hemos descubierto que en nuestro trabajo ministerial hay fuentes de alegría personal, independientemente de la feligresía. Estar muy contento surge de adentro para afuera y no de afuera para adentro. De mi identidad de sacerdote surge la fuente de alegría y da lo mismo que yo esté aquí, allí o en cualquier parte. No tengo puesta la fuente de alegría en esta gente en concreto, sino en mí mismo, en lo que soy y en lo que Dios me ha hecho y me ha dado.

Muchas veces eso no suele darse en el sacerdote por su formación familiar y se busca la fuente de alegría en lo que se hace; si lo hacemos bien o lo hacemos mal, y en estos casos tenemos necesidad de hacerlo bien, a veces compulsiva. Cuando ya pasan ciertos años y no causamos mucho espectáculo, entonces nos vamos quedando solos y desprovistos de refuerzos. Al estar desprovistos de refuerzos y con mucho trabajo se produce el síndrome depresivo, que no necesariamente es una depresión clara, sino una personalidad depresiva.

En general la neurosis depresiva o la tendencia depresiva tiene algún grado de adquisición temperamental. Hay gente que no se va a deprimir nunca por el tipo de personalidad, y los tipos de personalidad en general tienen un substrato temperamental. Pero una buena dosis viene también por el aprendizaje en la infancia, por nuestra familia.

Les propongo ahora que reflexionemos sobre cómo podemos llenarnos de gozo como formadores dentro del Seminario y en qué nos faltaría progresar para vivir mejor el sacerdocio como formadores.

El rol del formador a la luz del «Análisis Transaccional»

El análisis transaccional es un psicoanálisis disfrazado y popularizado. Según este análisis hay tres instancias psíquicas que están jugando entre sí en la vida diaria. Una es el «padre», otra es el «adulto» y otra es el «niño». El análisis transaccional divide lo que está O.K. y lo que no está O.K. en función de lo que ayuda a una buena transacción, es decir, a una buena relación de comunicación humana.

En el padre hay dos posibilidades, un padre que está O.K., que le llaman el «padre bueno» y otro que no está O.K., y le llaman el «padre perseguidor». Esta división no rige para el adulto.

El adulto no está O.K. o no O.K., porque el adulto se define por la realidad, entonces tiene mil caras y se define por si es adecuado o no adecuado a la situación de los fines que está buscando. El adulto viene a ser la acción misma, el yo que actúa a partir de su libertad.

En el niño hay tres posibilidades: hay un niño O.K., que le llaman el «niño adaptado», y dos niños no O.K., uno es el «niño sumiso» y el otro es el «niño rebelde».

El padre

¿Qué hace el padre o cómo actúa el padre? Hay un aspecto exterior y uno interior. Yo tengo comportamientos de padre con respuestas en mí mismo de niño o de adulto. Por ejemplo, si yo tengo un padre interior perseguidor y muy autoritario, me lleno de culpa y lo más probable es que mi respuesta de niño sea sumisa o rebelde, pero no adaptada y así se pueden hacer otros juegos de roles.

¿Qué es un padre bueno, un padre O.K.? Los padres en general son los que tienen en primer lugar el cuidado del bien común: es una función social, psicológica, inconsciente, cultural, institucional, muy importante. Es alguien que, ojalá por vocación, se preocupa por el bien común en la comunidad como tal. En esa comunidad él entrega tradiciones, pone en contacto con la historia y pone en contacto con las experiencias vivas del grupo y las recomienda, las entrega, las hace presente. También entrega normas y pautas de comportamiento, normas valóricas de cómo hacer que la comunidad funcione lo más armónicamente posible con la mayor justicia y paz social. Para eso hay normas de convivencia, valores que preservar y desarrollar. El padre está preocupado de eso. No sólo busca el bien común, sino también busca el bien de cada uno si el grupo lo permite porque es pequeño.

A diferencia del padre perseguidor (padre no O.K. ), el padre O.K. anima, estimula a la gente en su tarea, en lo que son y en lo que hacen, corrige sin aplastar, con paciencia, no corrige para humillar, sino para mejorar, para el bien, corrige con una manera que no hace sentirse mal, tampoco reemplaza, no es paternalista. No sobreprotege, sino que funciona a partir de la libertad conquistando la adhesión.

Decía el Padre Hoffman: «La autoridad en todo tiempo, porque así es Dios, conquista la adhesión de sus súbditos; quien la ejerce no está contento con tener un nombramiento, sino que conquista la adhesión de sus súbditos; es una autoridad que se hace válida efectivamente y no sólo jurídicamente». Si ustedes miran al Padre Dios o a Jesucristo se encuentran con un padre bueno que tiene estas características: respeta nuestra libertad; nos anima, nos estimula, nos corrige con paciencia y con bondad.

El padre perseguidor es un padre descentrado, que ha alterado esta manera buena de ser padre, posiblemente debido a conflictos personales: rabias, malas imágenes de sí, sentimientos mal compensados, etc.; y se transforma en un ser autoritario, en alguien que se constituye como padre por el hecho de estar nombrado, que corrige con rudeza y hace hincapié no en los valores que contienen las normas, sino en las normas como tal. No hace descubrir el valor que está encerrado en una norma, nunca parte de la libertad, sino de su autoridad.

¿Qué puede significar esto para el formador? Veámoslo porque es importante para nosotros ya que tenemos autoridad. Junto a lo que les he relatado del análisis transaccional, yo agregaría algunas cosas que están en la misma línea del «padre». Cuando un sacerdote transmite tradiciones, normas y valores, lo que está transmitiendo es la fe. Una fe de convicción, no una fe porque el Papa lo dijo. La enseñanza del Papa apoya y confirma, pero es mi experiencia de Dios, personal y anterior, la que dice que es así, y ¡qué bueno es que también lo diga el Papa!

Hay un trabajo que la gracia tiene que hacer con nosotros y es darnos la convicción personal de la fe, darnos nuestra propia experiencia de fe. A partir de ella nosotros la confirmamos con la Iglesia. Así lo hizo San Pablo con la Iglesia de Jerusalén, «para ver si no he corrido en vano» (ver Gálatas).

Como padre, es en primer lugar la acción de la gracia y la experiencia de la fe, lo que uno transmite y que por supuesto es católica, avalada por la Iglesia. En segundo lugar la autoridad cristiana, que es sabia, no se ahoga en el detalle. Esto es muy importante en los Seminarios que son un mundo chico y son centrípetos, donde vive la misma gente todos los días con las mismas cosas y se puede perder la visión del conjunto. El sabio es el que tiene la mirada desde lo alto, amplia. Lo propio de Dios es ser muy grande y al mismo tiempo, muy del detalle. Dios nos ama a cada uno y a la humanidad. Sus acciones salvadoras son inmensas y muy pequeñas.

Yo creo que hay que ser muy maduros para ser un buen padre, para que no se nos arranque el indio, para que no nos coman las rabias, para ser ecuánimes, serenos, tener la paz y el gozo en el Espíritu Santo, que es propio del Reino de Dios. Si somos ansiosos, lo más probable es que vamos a perseguir a la gente. Debemos reconocer que Dios obra y que nos muestra lo que hay que hacer en cada situación y debemos discernirlo.

También un buen padre formador evita los paternalismos y favoritismos que son tan normales en un ser humano. No tenemos que ser paternalistas. Es importante tratar de que los chicos también descubran las cosas por su cuenta y que esas son las cosas valiosas.

El niño

Veamos ahora al niño. El niño es el comportamiento del hijo, lo cual es posible verlo cumplido también en el Señor Jesús. El niño adaptado, el niño O.K., es un niño fácil, no se enreda, es difícil, sin dificultad, no es ni sumiso ni rebelde, no tiene complejos.

Vinculado a esto los sicólogos hablan de una capacidad que es de suma utilidad para los formadores y sacerdotes. Requiere entrenamiento pero se puede lograr: es la «acertividad». Se trata de la capacidad de expresar con libertad opiniones, sentimientos, pensamientos, incluso llegar hasta la contradicción en forma adecuada y respetuosa. Esa libertad es una libertad emocional. Recordemos los fenómenos psicopatológicos básicos que son: la culpa, la angustia o miedo, la mala imagen de sí y la hostilidad. Estos fenómenos siempre están latentes, son componentes normales de la personalidad normal. Se hacen anormales cuando aumentan de intensidad o frecuencia y alteran la estructura de la personalidad (el que no tiene culpa es un sicópata, si no tengo miedo me comen los perros…, etc.).

Entonces la «acertividad» es la capacidad que uno tiene de liberarse de las influencias de la culpa, de los miedos, de los sentimientos de inferioridad o de las hostilidades para poder expresar lo que se siente, lo que pensamos, o incluso, llegar a contradecir en forma adecuada y respetuosa.

Dicen los estudiosos que el que logra entrenar una buena «acertividad» en su vida es un hombre sano: Lo común a cualquier neurosis es que impiden al hombre comunicarse como quisiera o sentirse como quisiera. Entonces el niño adaptado es «acertivo», no busca su gloria, es autónomo aunque también sabe depender. El niño adaptado confía, es razonablemente confiable, está dispuesto a recibir, a aprender.

¿Qué podría hacer el formador como niño? Ser discípulo antes que maestro, dispuesto a aprender, no teniendo que sabérselas todas, e incluso, aprendiendo de los chiquillos. Ayer me decía uno de ustedes que no debemos hablar del formador aparte del formando ni tratar del formando aparte del formador. Ambos se condicionan en una vocación única, compartida y van aprendiendo y buscando uno con el otro. ¡Qué bonito es esto!

Otro rasgo bueno para un formador y que proviene de este niño, es la libertad interior. Al niño adaptado le importa poco el qué dirán, no se deja presionar por la moda de la Iglesia, es muy libre y tampoco se deja presionar por las pasiones propias o ajenas, que le impiden su adaptación. El niño es una instancia psíquica receptiva, a diferencia del padre que es activa. Aquí es donde se comprende la importancia de la dirección espiritual del formador. No se trata de que sólo los demás se dirijan espiritualmente, sino que yo también lo haga. Esto que le recomendamos a los seminaristas de vivir una amplia apertura de la conciencia, de ser verdaderos, yo a veces no lo veo entre nosotros porque tapamos cosas y no hablamos con nadie. Así los problemas que pueden ser pequeños se agrandan y los enredos se hacen peores, sin necesidad. Por el contrario, (qué sano es tener a alguien en quien confiar!. Otra característica del niño es la obediencia. La obediencia del niño es creativa. Yo creo que uno tiene la obligación. en conciencia de decir siempre la penúltima palabra; pero decirla, porque de otra manera, el obispo o el superior no va a tener una buena información que ayude a que la decisión que tome sea buena. A lo largo de mi vida he visto nombramientos muy inadecuados, en parte porque el obispo no tuvo toda la información suficiente. Después ese sacerdote vivió un gran fracaso y en parte debido a que él aceptó el nombramiento y no se atrevió a decir toda la verdad. Después vino el desastre.

El adulto

El adulto es el realista, no tiene un O.K. o un no O.K. Normalmente el adulto funciona en la objetividad de la realidad y busca las actividades que sean adecuadas para obtener las finalidades que se ha propuesto.

En la teología trinitaria el adulto es el Espíritu Santo. ¿Qué podríamos decir nosotros del formador en esta instancia síquica? El adulto responde a la realidad, cualquiera sea, y por lo tanto, por definición, el adulto tiene una gran flexibilidad. Diría en primer lugar que es creativo, es lo menos encajonado que hay. En el formador esto significa tomar distancia frente a presiones, frente a modas. Tener inventiva, no tener respuestas hechas para todo.

Yo creo que uno tiene que ser más creativo y no decir: «esto se hizo siempre así». Por lo tanto, el adulto no es un copión. Yo tengo que ver la experiencia del otro pero tengo que buscar la mía, la más adecuada. El adulto se atreve a hablar originalmente y a pensar originalmente. Yo pienso que en la Iglesia de hoy en día esto es una carencia.

El formador debe ser creativo y, por lo tanto, un estudioso. Pero no el estudioso libresco, sino el que profundiza situaciones vitales importantes y estudia los procesos existenciales y pastorales.

Además, si es creativo es misionero y misionero de frontera. En esto habrá talento y temperamento. El éxodo de los cristianos de las Iglesias tradicionales tendría que preocuparnos muchísimo. Las masas descristianizadas tendrán que preocuparnos muchísimo más que la gente que está en la Iglesia (como enseña la parábola del hijo pródigo: «Tu estás siempre conmigo y todas mis cosas son tuyas»). Yo creo que la Iglesia pierde hoy día a mucha gente y que el mundo se está paganizando, y nosotros estamos preocupados y vueltos para adentro. Por supuesto que a los que están adentro no los deberíamos descuidar, pero prioritariamente deberíamos ver a los que están más lejos y esta actitud pertenece al adulto, interesado por la frontera: el «ad gentes» del Concilio. Ser expertos en Dios y en humanidad. Si queremos ser realistas nuestro desafío es ser expertos en Dios y en humanidad, abiertos al mundo donde Dios y la salvación ocurren.

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