Nuestra condición de maestros y discípulos – P. Juan de Castro (1996)

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BOLETIN OSAR
Año 2 – N° 3

 

Nuestra condición de maestros y discípulos

P. Juan de Castro

Incluimos este tema en nuestra jornada, porque ser Maestro, es antes que todo ser un modelo de vida, que enseña a vivir sabiamente. Como lo es un formador. Por otra parte, antes de ser apóstol (enviado) un sacerdote debe ser un discípulo que vive aprendiendo activamente. Como lo son ambos: el formador y el formando. (tomado del libro de José H. Prado Flores, Formación de discípulos, México 1992, pp. 13- 38)

    1. Los maestros de Israel

      La relación maestro-discípulo en Israel era muy distinta de lo que hoy día nosotros estamos acostumbrados con los profesores de nuestras escuelas.

      No se trataba de profesores que repitieron lecciones aprendidas o trasmitieron el fruto de sus investigaciones, sino que eran laicos competentes, que enseñaban a los demás cómo encontrar y cumplir la voluntad de Dios. Eran estudiosos de la Ley, que enseñaban a vivir de acuerdo al plan divino. Facilitaban hallar el sentido de la existencia y la forma de cumplir la propia vocación. Así, el maestro llegaba a ser más importante que el mismo padre. Para un hebreo era mucho más fundamental saber vivir que vivir, y por lo tanto el maestro tenía prioridad sobre el mismo padre. Hillel o Shamái no contaban con una academia o un instituto, sino que su propio estilo de vida era lo que enseñaba. Su autoridad no se basaba en títulos o estudios, sino en la vida que llevaban. Esto era lo que llamaba la atención e invitaba a otros a seguirlos e imitarlos. Su ejemplo era más elocuente que sus palabras. Por eso, los discípulos tenían que convivir con su maestro, ya que, observándolo, era como aprendían a vivir. De esta manera se formaba una familia alrededor del maestro.

    1. Jesús maestro

      Jesús aparece en el escenario religioso de su tiempo como uno más de estos maestros de Israel. Por lo tanto, viene a enseñar a vivir. Por eso acepta ser llamado «Rabbí» -Maestro- y se rodea de unos seguidores para enseñarles a vivir de la misma manera que él lo hace.

      En los Evangelios aparece cuarenta y ocho veces el término maestro (didáscalos), aparte de las quince veces «Rabbí» y las dos ocasiones en que se presenta «Rabbuni». En todas estas ocasiones se nos ofrece distintos valores para delinear el perfil de Jesús como Maestro.

      Maestro, es uno de los pocos títulos que Jesús se atribuye a sí mismo (Jn 13, 13). Sin embargo, Jesús se distingue de todos los otros maestros por algunas características que lo hacen único: Cf. Jn 15, 16: él es quien escoge a sus discípulos; Lc 9, 62: sus discípulos lo siguen con radical consagración; Jn 15, 15: son sus amigos; Mc 10, 14 y Lc 8, 3: niños y mujeres son muy aptos; Mt 5, 11: sus discípulos no lo pasarán muy bien.

      Así pues, aunque Jesús parece uno más de los muchos maestros de Israel, se distingue de ellos al mismo tiempo. Como todos ellos, enseña a vivir, pero su estilo de vida tiene características que lo hacen único entre los demás.

    1. El discípulo

      Así como no cualquiera era considerado Maestro, tampoco todos podían ser discípulos. El sistema del discípulo exigía ciertas características y renuncias que no todo el mundo podía satisfacer. Hasta que un joven judío celebraba su Bar Mizbá (hijo del precepto) a los trece años, no se hacía apto para comenzar el itinerario del discipulado. El discipulado era un privilegio y una responsabilidad que abarcaba todos los aspectos de la vida, y que por tanto exigía disponibilidad plena para dejarse moldear por el Maestro.

      El discipulado era un sistema que buscaba transmitir sabiduría para saber vivir bien. Gracias a él se mantenía viva la fuente de vivencias de Israel. Como el Maestro comunicaba ante todo experiencias, y éstas de por sí son intransferibles, entonces se buscaba llevar a los discípulos a que ellos tuvieran sus propias experiencias.

      La meta de todo discípulo, era llegar a ser como su Maestro: «Bástale al discípulo ser como su maestro»: Mt 10, 25.

      En el Nuevo Testamento aparece doscientas sesenta y dos veces la palabra discípulo (Mazetés). Es decir, tenemos gran variedad de datos evangélicos para delinear a aquél que busca llegar a ser como su maestro, reproduciendo sus criterios, acciones y misión. Si con una sola frase quisiéramos definir el perfil del discípulo, sería: «es como un maestro»: aplica la jerarquía de valores de su maestro a la vida moral, familiar, religiosa, económica, social y política.

      El discípulo ora y perdona como su maestro. Gasta el tiempo y se divierte de acuerdo al modelo de su maestro.

      Piensa, vive y muere como su maestro.

    1. La estrategia de Jesús

      Jesús no trataba a todos igual. Tenía una predilección radical: su opción preferencial fue atender y formar a sus discípulos. Primero debían vivir como auténticos discípulos, para después servir como apóstoles.

        1. Opción preferencial: sus discípulos

          De ninguna manera se puede confundir a un discípulo como uno de los tantos seguidores del Maestro. Son dos cosas muy diferentes. Que no estaban al mismo nivel, lo atestigua el siguiente pasaje:

          «Jesús se retiró con sus discípulos a la otra orilla del mar, y le siguió una gran muchedumbre de Galilea»: Mc.3, 7.

          Jesús toma la iniciativa y se retira acompañado de los discípulos. La multitud entra en otra esfera: lo sigue porque «han oído lo que hace» (Mc 3, 8) pero no por él mismo.

          Jesús tenía un trato especial con sus discípulos, que no guardaba con todas las personas. Ellos ocupaban el lugar más importante de sus intereses y predilecciones. Se interesaba más por ellos, que por la inmensa multitud que lo rodeaba. A ellos les revelaba cosas que los reyes y profetas desearon ver y oír. En no pocas ocasiones se alejó de las multitudes y se fue con ellos:

          «Caminaba y no quería que la gente lo supiese, porque iba instruyendo a sus discípulos»: Mc 9, 30.

          A ellos les explicaba las parábolas en privado (Mc 4, 34) y les llevaba a un lugar apartado (Mc 6, 31). A ellos les enseñaba a orar (Lc 11, 1-13) y en medio de las multitudes, se dirigía primeramente a sus discípulos (Lc 12, 1). Con ellos celebró la Pascua (Mc.14, 4). Se les apareció antes que a nadie (Lc 21, 14). Así pues, la opción preferencial de Jesús fueron sus discípulos.

          Era muy diferente ser uno de los miles de seguidores del predicador de Galilea, que uno de los doce discípulos del maestro. La multitud podía seguir a Jesús por muy diferentes motivos, pero sus discípulos sólo tenían un objetivo: aprender a vivir de acuerdo a su estilo de vida.

          En el Monte de los Olivos se encuentra una construcción inconclusa, que es conocida como «La Iglesia del Pater Noster». Los turistas, fascinados por la diversidad de lenguas en que está escrita esta ejemplar oración, pasan distraídos por una pequeña cueva donde Jesús solía enseñar a sus discípulos. Envuelto en las entrañas de la tierra, en paz y calma, el Maestro pasaba largos momentos de intimidad con los suyos, lejos del ruido y el trabajo cotidiano.

      1. Discípulo, antes que apóstol

        El discípulo ha sido llamado para un objetivo bien claro y determinado:

        «Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron donde él».

        «Instituyó doce: para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, con poder de expulsar demonios»: Mc 3, 13-15.

        En este texto están perfectamente delineadas la vocación y la misión:

        • La vocación es estar con el maestro.

        • La misión -como consecuencia- es evangelizar y expulsar demonios.

        La primera vocación de un discípulo es estar con Jesús, o acompañarlo, como traducen otras versiones. Para vivir como el Maestro se debe vivir con él, invirtiendo el tiempo en aprender su estilo de vida. Después, sólo después y siempre después, viene la misión: evangelizar. De ninguna manera se pueden invertir las funciones, so pena de desvirtuar por completo la visión pastoral de Jesús. La docena de apóstoles, no salió de la nada ni por generación espontánea. El evangelista San Lucas aclara que fueron llamados precisamente de entre el grupo de los discípulos:

        «Por aquellos días Jesús fue al monte a orar y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió de entre ellos a doce, a los que llamó también apóstoles»: Lc 6, 12-13.

        La única condición indispensable para llegar a ser apóstol, es antes ser discípulo.

        Si un apóstol no es primeramente discípulo de Jesús, es como si la flecha de su vida hubiera errado en la dirección adecuada. Por desgracia, muchas veces se tiene como meta prioritaria el llegar a ser apóstol y no discípulo. Interesa más el ministerio y la función en la Iglesia, que la relación con el Maestro. Por eso hoy día existen muchos «apóstoles» que nunca antes fueron discípulos de Jesús, sino simplemente modelados por un sistema, estructura o cultura religiosa.

        En el plan pastoral de Jesús, para ser apóstol (enviado), antes se necesita haber sido discípulo (llamado). Pero muchos han suplido el discipulado por el trabajo apostólico, la imitación del fundador de una congregación, el celibato o un cargo en la Iglesia. Se ha devaluado lo esencial y se da más importancia a lo secundario. Se ha perdido el sentido de la vida y se han invertido los valores evangélicos.

        Todo apóstol debe compartir el santo temor de Pablo: que a pesar de todas sus maravillosas enseñanzas, ministerio apostólico, sufrimiento por el Evangelio y todos sus carismas, fuera descalificado, a causa no ser discípulo de Jesús:

        «Los atletas se privan de todo por una corona corruptible. Así, yo corro y golpeo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado»: 1 Cor 9, 25-27.

        Jesús mismo lo advierte cuando avisa que en el último día «muchos» argumentarán:

        «Señor, ¿acaso no profetizamos en tu nombre, realizamos tantos milagros y hasta expulsamos todo tipo de demonios? Sin embargo, el Señor les responderá: Apártense de mí, agentes de iniquidad, yo no los conozco»: Mt 7, 23.

        Otros, incluso, aseguran haber comido y bebido con él, pero también se les negará la entrada al Reino (Lc 13, 25-27). «Estar con Jesús» no se reduce a una presencia física, sino a la comunión, que incluye adoptar el plan de vida propuesto en el sermón del monte. Quien no se identifique con el maestro, será descalificado necesariamente. Se trata de una palabra muy severa para aquellos que han trabajado mucho por llevar la Buena Nueva, se han sacrificado y luchado contra las fuerzas del mal, han estado más preocupados por la viña que por el Viñador y se han centrado más en el trabajo que en la relación con el Hijo del Viñador. A quienes han corrido y se han fatigado, se les descalifica porque han perdido el primer amor y no han dado en el centro del círculo.

        Lo primero es lo primero. El apóstol antes fue discípulo y nunca deja de serlo después. Es muy significativo que a los apóstoles se les siga llamando «los doce discípulos»: Mt. 10, 1; 11, 1; porque jamás un apóstol renuncia a lo esencial: ser discípulo.

        El lugar de un dirigente es estar con Jesús. Si él está donde debe estar, hasta la tarea de los demás se facilita. Cuando juntos no podemos realizar algo, el jefe de la operación se debe retirar a la oración. Éste es el ejemplo de Gedeón que se va a orar en Gabaón (Jos 10, 11-13), el de Moisés, que hace lo mismo mientras el pueblo lucha contra los amalecitas (Ex 17, 8-16), y el de Josué (Jos 7, 6-9). El puesto del dirigente no es estar principalmente en la batalla, sino donde se consigue la victoria: al lado de Jesús.

  1. La pedagogía de Jesús

    Jesús utilizó una pedagogía muy especial con sus discípulos, en orden a que ellos también la aplicaran a su vez. No sólo les enseño, sino que les enseño a enseñar. Veamos algunos de los elementos del método de Jesús:

      1. Parte de la realidad

        Jesús siempre partía de la realidad. Observaba cuidadosamente la naturaleza y los acontecimientos más ordinarios de la vida diaria.

        Un día se sentó con sus discípulos frente al Tesoro del templo. En eso llegó una pobre viuda que ofrendó dos moneditas. Jesús la observó e hizo notar el hecho a los suyos. Finalmente, sacó una conclusión para ellos. Dio más que los demás: Mc 12, 41-44.

        Jesús extraía un mensaje de cualquier cosa:

        • Fenómenos naturales: el relámpago que aparece inesperadamente en el cielo, le sirve para hablar de su sorpresiva venida.

        • Las realidades rurales son sus preferidas para hablar del misterio del Reino: el grano de mostaza, la vid, la higuera, el campo, etc.

        • Las características propias de cada animal, le sirven como vehículo de su mensaje: el camello, el zorro, la paloma, la serpiente, etc.; se habla de más de 20 animales en el Evangelio.

        • Acontecimientos: una boda, un banquete, un administrador injusto.

        • A veces contaba una historia para sacar una conclusión:

        • El buen samaritano: haz tú lo mismo (Lc 10, 29-37)

        • Los dos deudores: perdonar de corazón (Mt 18, 23-35)

        • La diez vírgenes: velar (Mt 25, 1-3)

        Su libro de texto era la naturaleza. No tenía una extensa biblioteca con volúmenes en todos los idiomas, sino que las cosas más naturales le servían de puente de comunicación. Su base de datos era la naturaleza.

      1. Diálogo de preguntas

        Preguntas del Maestro a los discípulos:

        Su pedagogía no alimentaba la pasividad de sus discípulos, sino que los hacía pensar, sacando conclusiones del interior de ellos. No era una aula de clases donde el profesor impusiera sus métodos, sino que los hacía aprender por ellos mismos. Tampoco impuso dogmas, sino que a través de preguntas, buscaba que cada uno llegara al objetivo propuesto.

        Cuestionaba a sus discípulos, para que aprendieran a entrar en sí mismos y encontraran las respuestas. Su metodología partía de un principio antropológico y teológico: Dios no está lejos de nosotros; en Él vivimos, nos movemos y existimos, ya que Él mismo ha hecho su morada en nuestro corazón y está no sólo con nosotros, sino en nosotros.

        Vamos a seleccionar una pequeña lista de las muchas preguntas planteadas a lo largo del Evangelio: Lc 22, 27; 12, 26; 18, 41; Mt 6, 25; 9, 4; 12, 34; 15, 3; 14, 31; 16, 15, 26; Jn 1, 38; 6, 67; 8, 10, 46; 11, 40; 20, 13; 21, 15, 22…

        Es asombroso el número de preguntas que Jesús plantea, a lo largo de todo el Evangelio. Son más de doscientas. Simplemente en el texto de Mc 8, 16-21 encontramos nueve preguntas seguidas.

        Él no pretendía dar recetas o fórmulas, sino que saliera del corazón del discípulo la respuesta adecuada. Por otro lado, su enseñanza, y sobre todo su vida y acciones, planteaban interrogantes (Mt 13, 55-56; 8, 7; 21, 10). Es más, cuando se le preguntaba algo, muchas veces él contestaba con otra interrogante (Mt 9, 14-15; 12, 26-27; 15, 1-3; 15, 33-34; 19, 16-17; 21, 15-16).

        Preguntas del discípulo al Maestro:

        El discípulo recurre al maestro porque quiere conocer la verdad. Sin embargo, en el caso de Jesús, él no sólo tiene la verdad sino que él mismo es la verdad (Jn 16, 6).

        Por eso encontramos que los discípulos le preguntan sobre situaciones que sólo él puede definir: (Cf. Mt 18, 21-22; 19, 3, 27; Jn 6, 68; Hech 1, 6; Jn 1, 38…)

      1. Frases claves

        Cuando el Maestro impartía una enseñanza a sus discípulos, la sintetizaba en una frase corta, para que ésta se quedara grabada en la mente de sus oyentes y sirviera como criterio de vida. De esta forma, ellos jamás olvidaban este punto medular y a través de esas frases se podía reconstruir la esencia de toda la instrucción. He aquí algunas de ellas:

        «El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Mc 2, 27).

        «No vine a buscar a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9, 13).

        «Amense los unos a los otros como yo los he amado» (Jn 13, 34).

        «Todo es posible para el que cree» (Mc 9, 23).

        La Bienaventuranzas son el concentrado de la predicación de Jesús a lo largo de tres años de ministerio, que los escritores sagrados fueron capaces de consignar por escrito muchos años después, porque conservaban las cápsulas esenciales.

      1. Repitiendo

        Jesús no fue una enciclopedia con todos los temas. Más bien enseñó las mismas cosas muchas veces. Usó la técnica de repetir lo esencial una y otra vez, para que se quedara perfectamente grabado en la mente de sus discípulos. Esto era con el fin de que los suyos nunca lo olvidaran, lo tomaran como programa de vida y luego lo reprodujeran. El ejemplo más típico es el relato del juicio final (Mt 25, 31-46), donde tres veces se reitera la lista de las seis obras de misericordia.

      1. Exagerando los contrastes

        Una característica muy oriental para llamar la atención sobre algún punto, es cargar la tinta entre aspectos contrastantes. Cuando Jesús habla de colgarse una rueda de molino, sacarse los ojos u odiar al padre o madre, debe entenderse en el contexto del segundo brazo de la frase. Lo que se pretende, es mostrar la supremacía del otro aspecto que se compara. Tal vez el ejemplo más clásico que expresa que se trata de una estrategia pedagógica, sea cuando reprocha a los fariseos que cuelan el mosquito, pero se tragan el camello: Mt 23, 24.

        No podemos pues, tomar las palabras materiales, sino comprender lo que se quiere decir, cuando Jesús hace los siguientes contrastes: Mt 7, 26-27; 11, 23-24; 16, 19-31; 18, 23-35; 23, 27; Lc 6, 41-42; 6, 19-31…

        Jesús mantenía la atención de tanta gente y aun de los niños, porque magnificaba las cifras y las circunstancias, lo cual ayudaba para que el pueblo jamás olvidara su mensaje. Por supuesto que lo más importante no era la materialidad de lo que decía, sino lo que él quería subrayar.

      1. Con imágenes y comparaciones

        Un formidable recurso pedagógico del Maestro de Nazaret era enseñar a través de símbolos, ya que éstos vienen preñados de un mensaje que todo mundo puede descubrir, aparte de nunca olvidar:

        • «Yo soy la puerta» (Jn 10, 9).

        • «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8, 12).

        • «Yo soy el buen pastor» (Jn 10, 11).

        Jesús no trató temas abstractos. Ni siquiera dio clases de hermenéutica. Se limitaba simplemente a presentar el Reino de los Cielos a través de comparaciones. Sus parábolas eran «cuentitos» llenos de interés, a los que todo mundo prestaba atención y luego cada quien sacaba conclusiones. Las parábolas, concretamente, no eran recetas o fórmulas para un problema determinado, sino principios que se debían aplicar a toda circunstancia. A través de ellos, se contaba con una herramienta adaptable a diferentes situaciones. Jesús no promulgó un Código de Derecho Canónico, ni un recetario moral, ni siquiera un Decálogo, sino que contó «historietas» que podían representar a cualquier aspecto de la vida.

        Así, cuando la gente pobre contemplaba los lirios del campo, los pájaros del cielo, olvidaba sus preocupaciones. Si una mujer tenía en sus manos, una perla preciosa, recordaba lo que era el Reino de los Cielos. En el momento que un campesino tiraba la simiente en el campo, entendía mejor lo que era la Palabra de Dios. Al ir una persona al Banco por sus intereses, daba toda su importancia a la parábola del talento escondido bajo tierra. Los carpinteros comprendían muy bien que Jesús era la puerta, los empresarios captaban maravillosamente la parábola del administrador injusto, y a los pescadores no se les dificultaba adentrarse en el misterio del Reino, cuando éste era comparado a una red llena de peces.

        Así, cada vez que se encontraba alguna de estas cosas, ellas se encargaban de repetir el mensaje. Gracias a este método audiovisual, toda la creación se volvía evangelizadora.

        La simbología no tiene el desgaste de las palabras y se salta las barreras de las culturas, pues se aplica a todas las circunstancias de la vida humana.

      1. Con signos proféticos

        Por otro lado, como algunos profetas, realizó acciones simbólicas, donde lo más importante no era el hecho en sí, sino su profundo significado:

        • Anunciar el Evangelio a los pobres (Lc 3, 18).

        • Perdonar los pecados (Mc 2, 1-12).

        • Curar en sábado (Mc 3, 1-5).

        • Lavar los pies a los suyos (Jn 13, 1-17)

        • Morir el día de Pascua (Jn 19, 31 ).

        Todos estos signos llevaban una densa carga de mensaje. Eran semillas que contenían grandes verdades dentro de sí.

      1. Haciendo las cosas

        La gente reconocía que Jesús era un maestro diferente a los demás, por la simple razón que él cumplía todo lo que predicaba. Más que con palabras, Jesús enseño con su propio ejemplo. Su estilo de vida era la enseñanza más grande: ¡Bastaba con observar su conducta, para deducir la forma de conducirse un hijo de Dios en este mundo!

        Los pastores en Israel no caminaban detrás de las ovejas, sino adelante de ellas. Por eso, Jesús aclara que él es el buen pastor que va delante, y sus ovejas lo siguen. Primero él hace las cosas y los demás lo imitan. Por ello se atrevió a decir: «Aprendan de mí»: Mt 11, 29.

        La eficacia del ejército israelí radica en que entre sus comandantes no existe la orden «al ataque», sino «ajarái»: «atrás de mí».

        El capitán nunca se queda atrincherado ni da las indicaciones desde un escritorio o una computadora, sino que es el primero que sale a la línea de fuego. Él pone el ejemplo y realiza las cosas, antes de indicar a los demás lo que deben hacer.

        ¿Alguna de nuestras universidades, Seminarios o centros de formación se podrían llamar «ajarai»? ¿Nosotros mismos nos atreveríamos a decir a los demás: «ajarai'»?

        Jesús primero hacía las cosas y luego las predicaba. Todas sus enseñanzas fueron avaladas por su propio ejemplo.

        Allí radicaba su superioridad sobre escribas y fariseos, que tenían magníficas enseñanzas, pero no las llevaban a la práctica. La autoridad de Jesús no se basaba en título alguno, sino en vivir todo lo que practicaba.

        A veces hay pastores que en vez de ir delante del rebaño, sólo ordenan que los demás hagan y eviten aquello. Ésta era precisamente la grave recriminación que Jesús achacaba a los escribas de Israel. Dicen, pero no hacen: Mt 23, 13-23. Eran como la campana que a todos invitaba a misa, pero ella nunca baja del campanario para participar de la Eucaristía.

        Por otro lado, no le importaba llenar de conocimiento a sus discípulos, sino que éstos hicieran vida cada una de sus palabras. No pretendía tener una multitud de oidores de su Palabra, sino que sus discípulos fueran fieles cumplidores de su mensaje. Lo más importante para el maestro, no era fundar una universidad, sino un laboratorio donde se pusiera en práctica lo que él enseñaba. Esto era lo que él describía como «construir sobre la roca» (Mt 7, 24-27).

        Su escuela era un taller donde la enseñanza debía comprobarse. El signo que caracterizaba a un discípulo suyo no era un grado académico, o un título, sino vivir lo enseñado:»Si se mantienen fieles a mi Palabra, serán realmente mis discípulos»: Jn 8, 31.

    1. El modelo: un niño

      El modelo por excelencia para mostrar el Reino, era un niño. Si no se adquirían sus actitudes, no se podía ser discípulo. Quien mejor podía mostrar el Reino, no era un diplomado en la escuela rabínica de Jerusalén, sino un niño que confiaba y dependía de su papá (Mc 10, 15).

Resumen

El maestro es aquél que enseña a vivir y el discípulo es quien se asemeja a su maestro, reproduciendo su estilo de vida.

No es lo mismo ser uno entre la multitud de los que siguen a Jesús, que ser uno de sus doce discípulos. Es muy diferente. A Jesús no le importaban tanto las multitudes. Su opción preferencial fue formar a sus doce discípulos. Tampoco es lo mismo ser discípulo, que apóstol. El apóstol, es antes discípulo.

Jesús era un maestro muy original, con una estrategia y una metodología que comprometían al discípulo y le enseñaban a aprender, a través de la vida misma.

Su itinerario tenía tres pasos fundamentales: observar la realidad, comprender el sentido de la vida y poner en práctica la decisión.

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