El sacerdocio del formador en el Seminario – P. Juan de Castro (1996)

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BOLETIN OSAR
Año 2 – N° 3

 

El sacerdocio del formador en el Seminario

P. Juan de Castro

INTRODUCCIÓN

Antes de abordar nuestro tema, quiero responder una pregunta de alguno de ustedes respecto de las demandas excesivas de afecto de los seminaristas a sus formadores. Hay que distinguir lo que es normal, propio de la edad y humano, que es vincularse con afecto. La vinculación más humana y más verdadera es la vinculación afectiva; uno no se vincula con ideas. La amistad no es algo teórico.

Otra cosa sería la búsqueda un poco hambrienta de afecto, que también se da en los Seminarios. Habría que ver por qué es así. Más que estimularlas o castigarlas, es necesario discernir por qué este chico tiene este apego excesivo al formador. El formador expresa una serie de símbolos para el joven: de padre, de hermano, de modelo, de maestro.

Estos jóvenes demandantes son huérfanos físicos o huérfanos afectivos. Aquí entramos en el campo de la psicopatología aún cuando no se trate de una persona neurótica o enferma. Pero hay una carencia que habrá que ver cuán grande es. Uno debe fomentar la libertad y la autonomía, ya que eso es propio del adulto. Esto no significa individualismo; como vimos ayer, la personalidad se construye en la relación con los otros.

Nuestros temores y desconfianzas nos hacen daño, y el aislamiento y la soledad no ayudan al desarrollo. Es la comunicación y la relación lo que ayuda al crecimiento. Cuando uno se siente mal tiende a encerrarse en su covacha y quedarse solo. Eso se llama «respuesta de escape o de evitación».

Otra cosa que puede ayudar en estas «hambres afectivas» es estimular la amplitud de rango, o sea, no estimular la relación de intimidad, los exclusivismos, aún cuando no haya malicia ni alteración ética. Es bueno conversar con esos seminaristas y ayudarlos a una mayor apertura a todos.

El desarrollo se da en la medida que se tiene más capacidad de libertad para interactuar con cualquiera, ser amigo de cualquiera; claro que no con el grado de intimidad o de amistad que se puede tener con algunos. Lo importante es aumentar el rango de interacción. Esto ayuda a crecer sin castigar, incluso valorando la intimidad.

De todos modos, la experiencia me dice que debe haber una buena selección; allí está la clave: un buen conocimiento previo de los candidatos.

Hay que hacerle un seguimiento a quien tenga tendencias a acaparar. Esa tendencia a apoderarse puede recrudecer en la edad adulta donde hay más energía y, al experimentarse la soledad, puede agravarse y hasta genera otros desórdenes.

¿CÓMO VIVIR EL SACERDOCIO EN EL SEMINARIO?

Somos sacerdotes con Jesús

Esta reflexión está inspirada en el libro de Vanhoye, El sacerdocio en la Carta a los hebreos.

En primer lugar nosotros nos hemos consagrado al Señor. No importa dónde estemos ejerciendo el ministerio; lo importante es la forma de vivir el ministerio, en relación con el Obispo, pero directamente conectado con el Señor por el sacramento del orden. Se hace presente en mí el sacerdocio de Jesucristo.

El sacerdote es un ser relacional. Nosotros tenemos una patita en el Señor y una patita en la gente. Y somos nadie, ya que nuestra existencia esta en función de Jesucristo y de la gente. )Qué gente?: cualquiera, y el Señor en cualquier lugar. Él es la Roca de nuestra fe y de nuestro sacerdocio. Todo lo que somos viene de Él y es para la gente.

Esto significa una amistad bien cultivada. Jesús es nuestro maestro, nosotros sus discípulos, y discípulos para constituirnos en maestros. De allí la relación tan estrecha con Jesucristo, Cabeza de la Iglesia. Por ese hecho somos un misterio, a pesar de nuestras debilidades, porque si Jesús eligió lo débil de este mundo, algunas debilidades debemos tener. De allí nuestra confianza ya que Él es nuestra solidez. Nosotros somos instrumentos en sus manos. Y muy cuidados por Él si permanecemos unidos a Él. Eso da una santa frescura, no sentirse uno el salvador, sino sentir que uno es un apóstol, un enviado.

El padre Segundo Galilea decía que muchas veces en la vida del sacerdote hay que vivir la espiritualidad del «niño de los mandados». Muchas veces en nuestra vida sacerdotal uno hace cosas por la gente, por la caridad pastoral, pero no sabe por qué las hace y le entrega al Señor el resultado. Esto implica el cultivo de la relación con Él (por ejemplo en la lectio divina).

Es necesaria la oración. No sólo la oración de las Horas que es fácil. Esa oración ministerial vocal o litúrgica es parte de nuestros deberes, pero no necesariamente esa oración es transformante, según mi experiencia. La oración que realmente transforma es la oración de contacto directo, que es la oración contemplativa, la oración de quietud, que decía Santa Teresa; la oración de ir al Todo, sin nada, según San Juan de la Cruz.

Es como cuando uno mete un palito en el fuego. Si ese palito uno lo mete y lo saca, no pasa nada. Pero si lo mete y lo deja un poquito más tiempo, el palito se chamusca. Y si lo deja más tiempo, el palito mismo se convierte en fuego. Algo así pasa con la oración. Si nosotros somos superficiales en la oración personal, la otra (cualquier forma litúrgica incluida a veces la Eucaristía, por desgracia) es cumplir un deber por la Iglesia y por la humanidad que hemos adquirido en el diaconado, o un servicio al Pueblo o lo que sea.

Hay que tener un rato de oración pura, larga y muy abierta. San Juan de la Cruz recomienda una oración sin pensamiento, sin sentimiento, sin imágenes; es un simple deseo, es la raíz del amor. Ahí el Señor actúa.

En un estudio sobre 150 seminaristas en Santiago de Chile, yo doy una explicación del sacerdocio en base a esta experiencia fundamental. El Señor a través de nuestra familia, de la Iglesia y en concreto de los grupos juveniles y la pastoral juvenil, despierta en nosotros un interés especial por activar estas experiencias fundamentales del hombre. Son tres funciones síquicas que nosotros tenemos en la base de nuestra vocación sacerdotal. Veamos.

Profeta

En primer lugar el ser profeta. Se trata de la vocación de místico y sabio que se encuentra en todas las culturas. Los profetas son místicos, son gente a las que el Señor agarró y luchan con Él. Lo pasan requetemal; van anunciando la presencia de Dios entre los hombres, criticando a los hombres que no lo reciben, las estructuras humanas, los contravalores, todo aquello que se opone a recibir esta presencia salvadora de Dios. Estos son los tres rasgos del profeta.

Nosotros somos profetas. Alguien que busque pasarla bien en el sacerdocio, se esta equivocando. Si leemos el capítulo 10 de Mateo, en la elección de los apóstoles, dos tercios de las exhortaciones están dedicados a la persecución.

Si alguien no produce malestar con la predicación, su predicación no es la de Jesucristo, o esta unilateralizada. Nosotros estamos llamados a criticar al mundo en nombre del Evangelio; es lo que hizo Jesús. Esto está ligado con la verdad que hablábamos ayer. Es con el Cristo de la fe con quien nosotros nos conectamos. Por supuesto que no está dividido del Cristo histórico. El mismo Cristo que es la verdad está en la verdad sicológica, en la verdad social, científica; es el mismo autor de la verdad de la ciencia, de la verdad de la creación y de la verdad de la revelación. «Él es revelador de Dios y de los hombres», dice el Concilio por ahí (GS 22).

¿Qué significa ser hombre místico y sabio en el Seminario? ¿Qué significa ser sabio en cristiano? Ésta es una función síquica de todas las culturas, llámese vudú, llámese shaman, llámese sufí. Nosotros somos sabios y místicos, sacerdotes como Él.

Sacerdote

El sacerdocio de Jesucristo se manifiesta además en otra función síquica que es el amor de sacrificio. Él ama a los seres humanos hasta la propia inmolación. El sacerdocio de Cristo no es como el antiguo, con sangre de corderos, sino con su propia sangre.

¿Qué implica esto para nuestra vida? Cuando estamos celebrando la Eucaristía, no somos carniceros; estamos autoinmolándonos con Jesucristo, como reflejo, celebración y alimento de la autoinmolación que se da en la vida, para que la liturgia no esté separada de la vida, sino que la celebre. «Esto es mi cuerpo», dice el Señor por intermedio mío, pero también lo digo yo. Y tratamos de vivir eso en el día y a veces hasta tarde en la noche. Esto implica sufrimiento, «comerse el buey», quedarse callado, atender con cansancio, abnegarse.

El Señor llama a los seres humanos hasta la propia inmolación en solidaridad con el pecado, con la ignorancia y el extravío. «El pecado del oprimido es la ignorancia del opresor». Siguiendo el mismo esquema decimos que nosotros tenemos un gran amor a todo el mundo porque todos somos heridos por el pecado, débiles y necesitados; seamos obreros, pobladores, campesinos humildes, o empresarios potentados: todos somos solidarios con aquellos que le quitan la vida.

El pecado es un hoyo en la vida. Graham Greene tiene una definición muy bonita que dice: «Yo no soy cristiano pero me imagino que el pecado es esa circunstancia en la que Dios debió haber estado y no estuvo». Allí la abundancia del amor de Dios se tronchó, a veces por ignorancia, a veces por extravío, a veces por soberbia, a veces por individualismo y egoísmo, a veces por tantas tonteras que tenemos. No hay nadie que no sea objeto de mi compasión y de mi solidaridad, como Jesucristo. Éste es otro aspecto «niño de los mandados». Muchas veces en nuestra vida sacerdotal uno hace cosas por la gente, por la caridad pastoral, pero no sabe por qué las hace y le entrega al Señor el resultado. Esto implica el cultivo de la relación con Él (por ejemplo en la lectio divina).

Es necesaria la oración. No sólo la oración de las Horas que es fácil. Esa oración ministerial vocal o litúrgica de nuestra vocación al amor.

Pastor: padre y hermano

La tercera función síquica que se verifica en toda vocación sacerdotal es el deseo de servicio y de entrega a los demás. En el sacerdocio es tan fuerte que hay que distinguir una vocación de trabajador social de una vocación de sacerdote. A lo mejor en lo concreto somos egoístas pero nuestro mayor deseo es olvidarnos de nosotros mismos en favor de los demás y especialmente de los más pobres, ésa es la vocación de héroes en todas las culturas. Esto es lo que marca el sacerdocio: entregar la vida en favor de la comunidad. Jesucristo es el gran héroe.

También existe en nosotros una experiencia de padre y hermano, muy probablemente fundada a partir de la relación con nuestro padre.

El padre personifica el centro de referencia más importante de la comunidad y de él proviene el ordenamiento de la familia, la convivencia ordenada, la capacidad de armonía, de intercambio, de amistad, la guía a través de normas de convivencia. Esto requiere de paternidad y también de autoridad. Es una autoridad «para» y «con»; la autoridad no se ejerce siendo una persona aislada que está allá arriba. Lo propio de la paternidad es generar vida. Al sacerdote le interesa que los demás vivan, crezcan y se desarrollen. Eso implica partir de la libertad de los miembros de la comunidad y cuidar la libertad ajena. Eso es ser padre.

El hermano sin estar en contraposición con el padre, se confronta con el padre a partir del pueblo y con el pueblo, eso también está en los sacerdotes. Es la solidaridad: cuidan de sus hermanos y tienen un sentido de la justicia muy afinado. No les gusta mucho la autoridad sino estar en el pueblo, con el pueblo y para el pueblo. Esto son los sacerdotes que están muy metidos con su gente. Es el hermano solidario que busca el «codo a codo», el hacer mía tus necesidades, tus dolores y alegrías. Es otra forma de entregar la vida, muy necesaria a la comunidad también.

Éstas parecen ser las funciones síquicas y concientes heredadas que nosotros tenemos junto a muchas otras que configuran espiritualmente una vocación sacerdotal.

Hagamos descubrir la experiencia de ser sacerdotes a los jóvenes adentro del Seminario. Es muy lindo que descubran que sus sentimientos, sus pensamientos, sus motivaciones, aquello por lo cual llegaron al Seminario, eso es ser sacerdotes. La vocación es algo objetivo: la Iglesia llama; pero también. tiene que surgir de adentro. Yo la siento, la experimento y la gozo. Es mi vida y mi identidad.

Cuando estudiamos las familias de los sacerdotes, descubrimos que el padre de los sacerdotes es un padre muy lejano, no decimos que es un mal padre, pero uno lo siente así más lejano. El padre es sin duda de menos influencia que la madre. La fuerza de la vida familiar del sacerdote está en la madre. En general es una familia donde prima el sentido del deber. El matrimonio no se le presenta al niño como una vocación ni como un ideal de felicidad y de realización humana. Generalmente su madre es muy sacrificada. Un padre que se relaciona con su madre muy cortésmente pero sin muchas manifestaciones. Entonces la sexualidad tiende a reprimirse en la vida de la familia sacerdotal.

En un porcentaje alto suele valorarse lo religioso, no necesariamente lo religioso cultivado. Después está todo el liderazgo y la entrega a los demás en el grupo juvenil o en alguna otra forma dentro del colegio y también dentro de la familia: ahí va constituyéndose la vocación sacerdotal.

La parte religiosa, viene de la madre. La sexualidad no prima en la vida del sacerdote. Sería fatal si primara. No entra en nuestras categorías constituir una familia como lo primordial. Mucho más interesante es andar patoteando con los chicos en la parroquia, preocupados por la actividad que vamos a realizar, el comentario del evangelio que vamos a hacer, y que nos va a venir a visitar no se quién; ése es nuestro mundo.

A los curas más viejos no les cuesta sentirse padres, pero los curas más jóvenes se sienten más bien hermanos mayores. Es parte del ser pastor. El pastor es una mezcla de padre y hermano. El buen pastor se preocupa del rebaño y de cada una de las ovejas. Hay una relación vertical de mirada amplia de todo el rebaño, del bien común del rebaño, y una relación codo a codo con cada una de las ovejas. Ésos son los arquetipos del padre y del hermano que están funcionando en el buen pastor, que con la edad va primando uno más que otro.

El buen pastor en primer lugar congrega, reúne por la palabra de Jesucristo y por el don de su Espíritu. Es el Señor el que se ha entregado, por eso el sacerdote no se predica a él mismo, entrega a Jesucristo. Además guía para alimentar. No sólo guía mandando, sino que guía para alimentar; busca el buen pasto para sus ovejas. Está casado con sus ovejas, esto de consagrarse al amor como tal, nos casa con la gente. Somos tan casados como los casados, en lo profundo, en lo que significa alianza, compromiso, dar la vida y dar vida y ser fecundos.

El Papa en una de sus cartas del Jueves Santo hace ver que los casados no son sólo los matrimonios, sino los casados son también los que viven el amor en el celibato. Y el celibato no es otra cosa que una cuestión absolutamente espontánea de haber descubierto esta vocación de amor y de consagración como lo más importante del ser humano; y ser cura sale solo. Debería ser así.

Hay que volver a renovarlo, alimentarlo, cuidarlo, porque la carne es flaca. En el fondo estamos cuidando la vocación de amor, que es algo que surgió de niño en nosotros.

Hay una tercera dimensión que es la responsabilidad y su contraparte que es la libertad. Es lo mismo mirado desde dos ángulos. La libertad significa autodeterminación y por lo tanto responsabilidad sobre los propios actos.

Hemos hablado del formador aislado del formando, en realidad es una interacción, compartimos una vocación y el formador aprende del formando a ser formador, como el formando aprende a ser sacerdote de su formador. Ésta es la integración en la comunidad formativa en el Seminario.

El alimento que tenemos es la oración, pero la oración del corazón, donde decimos a Dios: aquí estoy, haz lo que quieras.

Otro elemento importante de nuestra vocación al sacerdocio es la cercanía con el obispo y la relación fraterna con nuestros hermanos sacerdotes.

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