La Antropología del Amor – P. Juan de Castro (1996)

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BOLETIN OSAR
Año 2 – N° 3

 

La Antropología del Amor

P. Juan de Castro

INTRODUCCIÓN

El tema de las máscaras

Antes de comenzar la reflexión de esta tarde, quisiera hacer algunas aclaraciones respecto de las conclusiones de los grupos en el plenario de la mañana. En primer lugar quisiera referirme al tema de las máscaras.

La máscara es algo que necesitamos, es un mecanismo de adaptación, todos los mecanismos de defensa tienen algo de positivo, lo necesitamos para vivir. El problema es cuando se rigidiza, o cuando yo me identifico con esos mecanismos. Ocurre entonces que la máscara empieza a controlar mi vida y a tapar y a ocultar cosas. El ideal es que yo llegue a tener suficiente energía psíquica, un «yo» suficientemente libre como para que pueda flexibilizar la máscara y usar las máscaras adecuadas a la situación, a la necesidad, al objetivo que yo necesito.

Pongamos un ejemplo: es evidente que cuando yo voy a visitar a una viejita enferma necesito un conjunto de comportamientos que son muy diversos a los que puedo tener charlando con un muchacho en el Seminario o jugando con un niño; son comportamientos adaptativos y son adecuados a la situación que yo pretendo en un momento determinado. No se trata de fingir, sino de adaptarse.

No se trata de no tener máscaras sino de poder flexibilizar y manejar la propia máscara conforme a la situación vivida. El ideal es tener muchas máscaras distintas según sea la persona con la que uno trate.

Acerca del voluntarismo del «deber ser»

Una segunda aclaración que puede ayudar: todos tenemos la experiencia, si somos sinceros, que cuando vamos a un retiro nos hacemos propósitos. La mejor manera de asegurar que no los vamos a cumplir es comprometemos con algunos propósitos. La experiencia de todos nosotros es que después de uno o dos días, los retiros se nos olvidan; volvemos a la misma, a pesar de nuestros propósitos.

En la doctrina católica clásica, la virtud es un «habitus qualitativus» una cualidad del alma operativa del bien, según define Aristóteles y Santo Tomás de Aquino. Nosotros debiéramos naturalmente tender a tener esa cualidad por el desarrollo humano. No son cosas que se adquieren desde fuera. En la teología de Santo Tomás la gracia se infunde para convertir estas cualidades operativas de bien en las virtudes cristianas, para hacernos obrar como Jesucristo, hacer las obras del Señor de tal manera que la formación de los hábitos no es solamente por la repetición de actos sino que esos actos entroncan en una tendencia de la naturaleza que se perfecciona en la acción mediante la gracia y por vía de las virtudes.

Si alguien dice «yo soy muy impaciente y quiero adquirir paciencia, entonces voy a hacer actos de paciencia» es muy probable que fracase. Yo le diría: «haga de vez en cuando actos de paciencia, porque es bueno entrenarse, pero lo fundamental no esta ahí». Más bien hay que preguntarse por qué uno es impaciente y buscar los obstáculos, las dificultades de nuestra personalidad, de nuestras emociones por las cuales somos impacientes.

La primera forma de querer adquirir las virtudes (por mera repetición de acciones) va a ser impositiva, no va a surgir de adentro. En cambio del otro modo, si uno libera eso que no anda bien, espontáneamente eso va a funcionar. Si yo soy mentiroso, y digo al Señor que me arrepiento de decir mentiras y que no voy a decir más mentiras, lo más probable es que siga diciéndolas porque, seguramente, en el fondo, me estoy defendiendo de algún temor. Si busco las raíces de mis temores va a florecer la verdad en el ámbito que sea y no me va a costar decir la verdad.

Otro ejemplo: uno siente que tiene mucha timidez. Hay que buscar por qué, a qué le tiene miedo, qué es lo que le impide que la verdad resplandezca en su vida. En todos estos casos, se trata de las heridas, las «fomes pecatis», las «reliquiae pecatis», que están en nuestra naturaleza en formas muy concretas: a veces intelectuales, a veces emocionales, a veces conductuales, a veces hasta genéticas, impidiendo el desarrollo de la naturaleza humana según Jesucristo, impidiendo por lo tanto la operatividad de la gracia. En conclusión, del punto de vista pedagógico, es muy importante educar partiendo de dentro y no de fuera e imponiendo cosas.

Pasemos ahora a explicar un poco la antropología del amor.

LA ANTROPOLOGÍA DEL AMOR

La necesidad de verdadero amor

En primer lugar quisiera que tomemos conciencia de dos cosas. Una es que el amor es la experiencia más llevada al cine y a la televisión, más sentida como fuente de felicidad, de anhelo, de alegría del ser humano. Hay una intuición del ser humano que si no logra amar y ser amado no logra vivir.

En segundo lugar, en los medios de comunicación, que son los formadores de la cultura de hoy, el amor es fundamentalmente una «emoción». Por definición las emociones son fugaces, no duran. Los sentimientos y las emociones son reacciones afectivas. Por ejemplo la risa; me cuentan un chiste y me río, me olvido del chiste y se acaba la risa. Convertir el amor en una mera emoción hecha a perder al amor. La emoción es parte del amor pero no es el amor; hace del amor algo superficial. El amor termina siendo un sentimiento vinculado en forma exclusiva a la emoción erótica, al amor del hombre y de la mujer emocional y genital.

La gente, como muchas veces anda tan mal, va buscando caricias, cigarrillos de marihuana, necesidad de amar y de ser amado; y la respuesta del mundo deja con hambre en algo tan fundamental.

En el desarrollo humano se ve lo fundamental que es el amor. Los niños que han carecido de amor en su infancia son niños limitados, apagados, lentos, con tendencias depresivas. Muy por el contrario, los que recibieron seguridad, confianza, alegría, afecto y estimulación, son niños con fuerza, niños vivos. Los síndromes de abandono que se estudian en los hospitales son un trauma para toda la existencia que altera la personalidad y que produce tendencias de tipo depresivo.

Otra experiencia que tenemos de la importancia del amor es que cuando hay amor la vida tiene un valor unitivo, a uno se le unifica la vida. Santo Tomás dice que la caridad es la forma de las virtudes, las informa, las integra. A la vez es algo tan simple y conmovedor como acariciar a un niño, ver un parto; esos sentimientos que nacen en uno tan inexpresables.

El amor como potencial de crecimiento y vinculación

El amor es un fenómeno sumamente complejo porque precisamente abarca toda la vida en sus elementos intelectuales, volitivos, afectivos. Cuando uno lo define se acaba el amor, es mucho más que eso. Cuando uno trata en su vida de desarrollarse no con represión sino con integración, llega el momento en que uno hace la experiencia de una apertura muy grande a la verdad siempre inacabada de uno mismo y de los demás, y a una totalidad siempre creciente con la cual se vincula. Es una experiencia muy común en todas las religiones. Debo estar siempre abierto a aprender, a estar abierto y a tomar conciencia para así poder crecer hacia una totalidad de integración con cosas cada vez mayores: hijo del universo, hermano de todos los hombres. Ése es precisamente el comienzo del amor, del amor desde «las tripas», no del amor aprendido en la lectura bíblica por santa que sea.

Nosotros nacemos egocéntricos y lo más primitivo es lo más permanente. Si uno lucha contra su egocentrismo no saca nada. Si uno empieza a abrirse a la verdad, a desatrancar cosas, a hacer pasar las cosas reprimidas a la conciencia y a abrirse al mundo que lo rodea, el «yo» empieza a dejar de ser interesante. En este punto nos encontramos con todas las religiones o sistemas de creencias que ha habido en toda la historia de la humanidad. Todos están contra el «yo», incluido Jesucristo: «Si tú buscas tu propia vida la echas a perder, si eres capaz de perder tu vida la encuentras; sí quieres ser mi discípulo olvídate de ti mismo, toma tu cruz, ven y sígueme». «Sólo el grano que muere da mucho fruto».

En este proceso de maduración comenzamos a darnos cuenta que uno no es muy importante y que la vida de uno está dirigida por las convergencias de las cosas, y hay más cosas que convergen que cosas que conflictúan. No estamos acostumbrados a pensar así, porque la ciencia piensa en términos de «principio de contradicción» y de «causa y efecto» Y no somos capaces de ver la Providencia de Dios y gozarnos en ella. Porque no creemos en las convergencias. Si vemos atentamente el cosmos nos daremos cuenta de que todo es convergencia: los seres se apoyan unos a otros como una cosa normal, y viene el ser humano con su principio de contradicción y dice: «el pez más grande se come al más chico, y )por qué?, porque es un prepotente». No se le ocurre que el pez chico le está dando la vida al otro y que a su vez el grandote le da su vida a otro.

La vida en último término es un misterio. Un tremendo misterio que «los tontos» creemos resolver con las ciencias exactas y lo único que hacemos es destruir el misterio y quedarnos con parcelitas de lo que es el conocimiento. Toda la vida es un gran acto de amor, que el ser humano con su «yo» echa a perder. Muchas veces el «yo» es más fuerte que el sentido común.

En ese contexto podemos comprender qué es el amor y valorarlo desde adentro. El amor sería: «un impulso interior de vinculación, hecho opción consciente que nos lleva a desarrollar la vida propia y la del prójimo, la vida como tal». Este ayudar al desarrollo de la vida es querer el bien. Estos dos componentes son inseparables, el más propiamente humano es la opción conciente. Desde que nosotros somos un huevito en el seno de nuestra madre tenemos una experiencia primaria de vinculación sin la cual no podemos vivir, vinculación con nuestra madre como tejido, vinculación con nuestra madre como persona, vinculación con nuestra madre como fuente de seguridad, de afecto, de alimento. Poco a poco vamos teniendo también vinculación con nuestro padre, ya más refinada, más sicológica, tanto en el niño como en la niña. Y también vinculación con los hermanos, con el grupo, vinculación con la actividad desde que nos empezamos a mover.

El niño al vincularse se siente autónomo. En la confrontación con el entorno van adquiriendo su identidad. La actividad, el conocer (inteligencia conceptual, lógica, que emite juicios), el aprendizaje (por modelaje y el informativo), son formas de vinculación. Algún filósofo, creo que era Ortega, define la persona como comunicación y vinculación con su entorno y con otras personas. Contrariamente, los griegos decían que la persona era «subsistens distintum in natura intelectualis». Esta concepción de persona es mucho más individualista.

Si no me vinculo no me desarrollo. Esta es la experiencia que uno hace desde que es un huevito. Si no me vinculo positivamente no me desarrollo, porque la vinculación negativa produce dolor, disminución en la intensidad, en la velocidad, del desarrollo. Por eso uno es tan sensible a la vinculación positiva o negativa. Por eso no soy indiferente frente a mi padre o a mi madre que son las vinculaciones primordiales.

Si la carga de vinculación negativa es mayor que la positiva, yo tengo una percepción del mundo como algo malo. En cambio, si en el mundo que rodea a una persona hubo suficiente seguridad, suficiente referencia, suficiente afecto y los elementos básicos del desarrollo, (comida, sueño, lugar de privacidad) ese ser humano se desarrolla perfecto, va haciendo esta experiencia fundamental.

Si no me vinculo positivamente la vida no vale la pena, se echa a perder, a veces en cosas fundamentales y básicas. Esto no es algo intelectual, no es un proceso conceptual, este impulso de vinculación se simboliza (los símbolos hablan directo al corazón). Por estas experiencias básicas nos reconocemos seres humanos. Entonces el amor se simboliza, se hace poesía, se hace religión, se hace arte, o se simboliza en cosas más sencillas como regalar una flor, o dar una mano, o dar un abrazo. Son símbolos que van expresando y alimentando el contenido de humanidad más profundo.

La expresión del amor

Quiero expresar algo que me parece muy importante. Nosotros estamos transmitiendo el amor por medio de nuestro ministerio en la Iglesia que hoy día es muy racionalista. Fíjense en los curas que han sacado las imágenes, los símbolos, mientras que la gente al visitar un santuario se acerca al Niño Jesús de Praga, lo toca, lo besa y sale para afuera. Esas personas están simbolizando una cosa inefable, que es la religiosidad, el misterio de Dios. El amor es inefable y se simboliza. Los símbolos están preñados de sentido, alimentan el sentido de la vida, que en último término, es lo que es Dios en la vida humana. Los símbolos conmueven mucho más allá de la emoción, conmueven el alma. Por ejemplo todos llevamos dentro la bandera de nuestra patria como un símbolo. Al verla en otra nación eso saca miles de cosas metidas adentro: mi terruño, mi gente, mi casa, mi patria donde me crié, la historia, las tradiciones; cosas que conmueven simplemente porque me dan identidad. El símbolo no se inventa.

San Francisco de Sales le dice a Juana de Chantal, «señora os habéis enamorado del amor». En estas palabras se expresa el sentido del celibato. Si alguien se ha enamorado del amor es célibe. Se le hace chico el mundo, lo cual no significa un idealismo, una voladura; tendrá problemas porque la carne es real, las tentaciones son reales, no es un ser dibujado en el aire o en un vidrio, es un ser de carne y hueso pero tiene este motor adentro que es saberse enamorado del amor, enamorado del desarrollo de la vida, del expandir la vida, del cuidar la vida que en último término es Dios, el Dios Vivo. Jesús dijo: «Yo soy la Vida». Y esto es gracia. Decía Pablo VI que todo paso de situaciones menos humanas a más humanas tienen que ver con la salvación de Jesucristo. Ambas realidades -la vida humana y la vida de gracia- se alimentan mutuamente. No podríamos tener un amor meramente ético («yo amo porque soy hombre de principios»…, frío…,); eso nos deforma y deforma a otros. Se trata de vivir un amor que surge de este impulso de vinculación que uno lleva dentro porque es parte del propio ser. A ese impulso yo lo hago conciente y entonces entro en el ámbito de la ética, la libertad, la responsabilidad y el valor.

El amor impulsivo no tiene valor, ni identidad, lo mismo el amor emocional, o el amor que es pura poesía pero sin capacidad de compromiso. Así se comprenden las palabras del Señor: «Si ustedes aman a sus hermanos, ¿qué mérito tienen? ¿No hacen eso también los que no aman a Dios? Ustedes amen a sus enemigos», a aquellos con los que no nos vinculamos. Ésa es una opción valórica, surgida de una experiencia, como la opción de Jesús en la cruz. Lo que nos pasa a nosotros es que no tenemos la experiencia; estamos convencidos de la opción valórica, por último, porque el Señor lo dice, lo creemos. No necesariamente hay una experiencia de vinculación. Cuando la tenemos, ya curas por desgracia, es paradisíaca.

Que quede claro que el amor aunque no es una mera emoción, es también una emoción, algunas veces por lo menos. Pero muchas otras veces nos comprometemos con la vida valóricamente; con nuestra libertad nos autodeterminamos a hacer cosas en bien de los demás «a pulso», porque me necesitan, porque hago bien con esto y no lo siento para nada. Esto también sucede en el matrimonio. Cuando los esposos se mantienen fieles uno al otro por sus hijos, aunque entre ellos la situación no funciona bien, están haciendo un acto de amor, de un amor conciente, a pulso, no sentido, como el de Jesucristo que va a la cruz mientras sentía lo contrario.

El amor como libertad y compromiso

El amor es un compromiso estable, un principio de vida, cuando amamos pasamos de la muerte a la vida. Nosotros conocemos el amor de Dios porque nos envió a su Hijo; en esto conocemos que Dios nos ama. «El que ama permanece en Dios y Dios en él», como dice San Juan.

Tampoco es un amor completo el enamoramiento. El enamoramiento es una «catexia», es un encantamiento, es una capacidad que nosotros tenemos de internalizar y de amar objetos egocéntricamente. A veces pasa que amamos el perrito, el auto nuevo que cuidamos tanto, mucho más que las almas de los feligreses que nos han sido encomendadas. Son catexias pasajeras, esporádicas, consuelos que busca el ser humano para aliviar su soledad, su hambre de cualquier tipo, pero no es un amor de entrega, que es donación de sí, de compromiso con la vida. No es tampoco una dependencia pasiva; eso es una neurosis. La neurosis es una dependencia pasiva. Hay por ejemplo matrimonios donde el marido juega al papá, o la señora juega a la mamá y el marido es el hijo, son una verdadera simbiosis, viven juntos y uno le presta servicios al otro, «ya no puedo vivir sin ti», y es verdad.., «sin ti no soy nada», y es verdad. Eso es enfermizo; sicológicamente es dependencia mutua. Se llama síndrome de dependencia pasiva.

No estamos llamados a eso. Estamos llamados a un amor que surja de la libertad: «no te necesito para nada, ni tu me necesitas a mí para nada, sin embargo nos queremos y hemos decidido vivir juntos y apoyarnos y afrontar la vida juntos». Eso sana. Es una opción libre.

El amor está sujeto al aprendizaje diario, nadie puede decir que ya aprendió lo suficiente, implica por lo tanto disciplina; darse a otro es algo muy difícil y es muy difícil el desarrollo de la tensión que implica salir del egocentrismo. Es un arte. Es muy difícil olvidarse de sí, y el amor verdadero lleva a esa dinámica. La vinculación está fuera de uno y lleva al olvido de sí, y finalmente se identifica con el misterio de la vida, con el sentido de la vida, y por eso entra en el campo de lo religioso. Allí el Señor produce la continuidad de estos procesos naturales dándonos su gracia para salvarnos y darnos proyecciones de vida eterna.

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