La madurez del formador – P. Juan de Castro (1996)

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BOLETIN OSAR
Año 2 – N° 3

 

La madurez del formador
Base de una sana vinculación con el formando

P. Juan de Castro

Introducción

Vamos a tratar el tema de la relación formador-formando. Aquí incluimos el tema del acompañamiento; dentro del acompañamiento algunos criterios pedagógicos del acompañamiento y también criterios de discernimiento pedagógico y espiritual a la vez. Un discernimiento vocacional partiendo del hecho que se está trabajando con jóvenes que mientras no se compruebe lo contrario han sido llamados por el Señor.

Aquí pueden incluirse también algunos problemas más concretos como por ejemplo el problema de la ansiedad del formador que quiere apurar el tren, mientras que los pasajeros andan a un ritmo más tranquilo, y tal vez la imposición de criterios con esa misma ansiedad. Veremos cómo tener una relación lo más objetiva posible: tranquila, serena, exigente y al mismo tiempo muy cercana y cálida. Esto con respecto al primer tema donde vamos a incluir la antropología psicológica del amor

El segundo gran grupo de temas es el de la espiritualidad del formador, el modo de realizar nuestro sacerdocio concretamente como formadores, lo que significa ser padre y pastor, maestro y discípulo.

Encuesta al clero joven de Santiago de Chile

Quiero compartir con ustedes un trabajo de investigación que se hizo en la Arquidiócesis de Santiago de Chile. En la evaluación a los formadores del Seminario que se hizo en la encuesta al clero joven de Santiago (1978-1990), las respuestas en general afirman que poseen un buen nivel en la formación intelectual, luego baja un poco en la espiritual, es más baja aún en la comunitaria y notablemente baja en el área pastoral. Podríamos decir que se puede evaluar la formación del Seminario por los formadores.

Esta es una conclusión muy importante: los formadores son reflejo de lo que se quiere formar, o al revés, el Seminario es el reflejo de lo que son los formadores. Habría que precisar en cada Seminario qué significa eso. Pero sin duda, esto hace ver la importancia tremenda de los formadores en el Seminario.

Decía que nuestras debilidades (al menos en el Seminario de Santiago) están en la formación humana y en la formación pastoral sobre todo. Uno puede decir, según documentos de la Iglesia, que los jóvenes están en el Seminario para formarse como pastores. Por otra parte en el documento «Pastores Dabo Vobis» se da gran prioridad a la formación humana. La experiencia nos demuestra que cuando algún hermano sacerdote entra en crisis, casi nunca es por la formación intelectual o espiritual (aunque lo espiritual también falla); en general se trata de problemas de la formación humana, problemas de equilibrio, de integración afectiva, de relación con la mujer, de sociabilidad, activismo, etc.

En nuestros Seminarios la formación pastoral debería ser muy fuerte y muy fuerte también la formación humana, con contenidos espirituales e intelectuales también sólidos, pero apuntando a la meta que es la formación del buen pastor, vale decir alguien que encabeza la comunidad, la congrega, la conduce al Evangelio, la orienta y dirige. Como decía mi mamá, aquí se pide lo que se desea alcanzar.

Hay un tercer dato que dan los sacerdotes jóvenes de Santiago. Son sugerencias para mejorar la relación entre formador y formando en un Seminario. Un 70% dice que para mejorar esta relación hay que hacerla más personalizada y basada en el respeto y la confianza. Queremos formadores más abiertos a los seminaristas y que traten de rescatar lo propio de cada formando y no los traten masivamente. Que traten a los seminaristas como adultos y no como niños. Mayor cercanía entre ambos más allá de una relación que tiende a profesionalizarse.

La segunda prioridad abarca un 55% del promedio: es disminuir el autoritarismo y la verticalidad en la relación. Aparecemos ante los chicos como autoritarios y verticales.

La tercera prioridad que advertimos abarca casi un 40%: los seminaristas reclaman una mayor permanencia y disponibilidad de los formadores, que no tengan otro trabajo pastoral extramuros del Seminario.

La acción de Dios: El Espíritu como principal formador

Cuando hablamos sobre un aspecto de la formación no hay que olvidar que la formación es algo complejo e integral. No hay que enfatizar solamente en un área, en perjuicio de las otras. ¿Cómo hacer para que estas áreas confluyan armónicamente en la formación de los futuros sacerdotes?

Mi experiencia como rector de Seminario me hizo ver que lo importante es tener una gran confianza en la gracia de Dios, sin caer en un espiritualismo ni tener una espiritualidad dualista que echa todo al cielo y no le importa lo que pasa aquí en la tierra. El gran formador tiene que ser el Señor Jesucristo, y eso a mí me hace descansar, porque por caminos que yo no conozco, el Señor corrige mis defectos, trabaja con mis limitaciones, mis metidas de pata, o va guiando la comunidad en forma imperceptible, mucho más allá de lo que el equipo de formadores pueda hacer.

Hay algo que se da de dentro para afuera y es sobrenatural y se puede ver; el Señor nos deja ver de vez en cuando su obra que es una maravilla. Por ejemplo, cuando uno tiene una mala impresión de un chico, y ese chico sale de vacaciones, normalmente antes de la teología, y sin que hubiera ocurrido nada especial, cambia la voz, se siente más reposado, se le acabó ese sentimiento de rebeldía… ¿Qué pasó? El chiquillo cambió y aquí no intervino nadie. Tenemos que tener esa confianza, y la contrapartida es que uno es un instrumento de la gracia. El instrumento está manejado por aquél que lo maneja.

Ministerialidad: somos «instrumentos»

Por otro lado tenemos que ser un buen instrumento, y eso significa fidelidad, delicadeza, tener el sentido de la acción del Espíritu, una cierta mentalidad contemplativa para captar el paso de Dios por los chicos, por la vida de la comunidad, lo que el Señor va impulsando, inspirando. Muchas veces uno ve que hay un gran contentamiento que es bueno; cuando vemos que la inmensa mayoría está contenta con algo que pasa, que se esta haciendo: eso es obra de Dios. Descubrirlo y promoverlo es tener una actitud contemplativa. Es necesario entonces no sentirse responsable absoluto. Es el Señor el que llama, el que prepara y nos usa a nosotros. Desde esta perspectiva, como «instrumentos», deberíamos querer ser cada día mejores. El tema es revisar nuestra vida de formadores como hombres maduros como hombres de personalidad madura.

Interioridad: el yo como centro de conciencia y acción

Este tema me ha sido muy útil en la vida práctica. En esta sociedad moderna hay ciertos valores que se transmiten y entran por los poros, por ejemplo el materialismo, el productismo, que nos hacen vivir en función de la plata y del trabajo. Se hace normal la violencia, o gritarse entre la gente, destruir la vida. Debemos ser conscientes de lo que pasa; esto es un buen procedimiento para mantenerse maduro y no dejarse envolver por una sociedad de consumo. La consecuencia de esta cultura moderna es que los chicos pierden el sentido de la vida; así de grave! No sé si todos tenemos conciencia de esto. Se vive epidérmicamente.

El mundo de hoy en día nos exige vivir para afuera, la gente no vive de adentro para afuera, sino de afuera para adentro. Nosotros somos seres privilegiados que elegimos ser sacerdotes, la inmensa mayoría no elige su vocación, ni su trabajo. El mundo nos mueve de afuera, por lo tanto, tengo que estar muy atento a las exigencias del mundo. Ese mundo me exige una adaptabilidad al mismo. No soy yo el centro del mundo. El mundo es el centro y yo estoy a su servicio. Dentro mío hay mecanismos de adaptabilidad: vamos aprendiendo de nuestros padres, hermanos, nos vamos adaptando para hablar, para diversos comportamientos que sean aceptables por los mayores.

Yo empiezo a vivir en función del mundo, a responder a sus expectativas y, muchas veces, a dejar de ser yo mismo, dejo de tener identidad, o dejo de expresar esa identidad propia. Hay comportamientos sacerdotales, de abogados, médicos en esta línea. Lo que hay que evitar es creer que yo soy lo que aparece, porque me empiezo a identificar con el rol y pierdo la originalidad de la persona, la originalidad de hijo de Dios.

Temores: Integración de mi historia reprimida

¿Qué pasa con el yo, demasiado dependiente y atento a las circunstancias, a las personas, etc.? Está raquítico. Está muy preocupado en vivir en función del mundo externo, y también en reprimir que no se le escapen las cosas. La represión no implica violencia, implica simplemente quedarse en el plano inconsciente; así no logro hacer la síntesis entre mis emociones y mi conciencia. Y el proceso de madurez es hacer la síntesis, ser muy flexibles y adaptables. El ideal es nunca reprimir y crecer; y esto no siempre es fácil.

Una segunda etapa es la del temor, un temor grande de desestructurarme cuando yo empiezo a tomar conciencia de las cosas que están reprimidas. Esto es nuestra historia personal. Hay cuatro fenómenos psicopatológicos que son normales, pero que uno tiende a reprimir o a proyectar. Uno es la culpa, otro es el miedo en todas sus variables, otro es la mala autoimagen, que está muy ligada a la culpa, otro es las formas de hostilidad, que está ligada a la agresividad, el otro es la angustia.

A la culpa, uno puede sumarle la vergüenza, estos dos están muy ligados. La mala autoimagen, la hostilidad, desde el odio hasta el resentimiento y la susceptibilidad, es el mismo fenómeno neurofisiológico. Entonces uno reprime para poder vivir, es normal y necesario. Hay ciertos hechos vergonzosos en mi vida, que me los hicieron, o que los hice. Entonces los hago a un lado, ciertas vergüenzas, metidas de pata, etc.

Temores por hechos, o porque yo he vivido en una atmósfera de temores, entonces acá vienen las racionalizaciones, que son prejuicios nuestros. La mala autoimagen me hace un ser pasivo, temeroso de la responsabilidad. La hostilidad es una fuerza tremenda y positiva que surge de la agresividad, que no está mucho en nuestra cultura católica. La agresividad es necesaria para el desarrollo de la vida. La vida de hoy en día es muy difícil y conflictiva. Quien está al frente de una comunidad tiene que tener fuerza.

Hoy en día decimos que los chicos no tienen fortaleza ni perseverancia, pero tienen mucha agresividad, es que nadie se las ha desarrollado. La capacidad de afrontar conflictos, y la capacidad de mantenerse firmes en las decisiones. Si no tenemos esto somos «chupados», tímidos, blandos. Pero nuestro egoísmo puede hacer junto con nuestra falta de amor, de este tremendo impulso, unos paranoicos terribles.

El otro gran impulso al que uno le tiene temor es la sexualidad. Eso no quita que hay que cuidarla, pero una cosa es cuidarla y otra es no contar con ella. La sexualidad no es una parte de la persona; se confunde con la personalidad en la psicología moderna. No hay seres humanos sino permanentemente sexuados. Estamos llamados al encuentro con la otra parte, incluso célibes, para ser más hombres. El hombre se constituye como varón en el encuentro con la mujer. El hombre completo es un hombre y una mujer. Esto es muy importante para la función sacerdotal. La sexualidad está íntimamente ligada a la expresión del amor, concretado a lo mejor, no en la relación genital varón-mujer, pero sí en la vocación de amor que tenemos para la vida. La sexualidad está tan íntimamente ligada a la personalidad, que cuando reprimimos nuestra sexualidad, queda la personalidad empobrecida, queda nuestra vocación de hombre empobrecida, queda empobrecida la comunicación social.

Por el contrario, cuando la gente destapa la olla, y la agresividad se manifiesta como rabia descontrolada, torpeza, sin respeto, entonces la gente se siente peor, y es porque está levantando las defensas. Y todos dicen: «antes no hacía nada y ahora mire como está!». Destapando sus rabias, el yo adquiere fuerzas, este «yo» raquítico engordó, en una persona mucho más libre, y si es libre tiene más posibilidades éticas, que es la gran cualidad humana. Los impulsos, los sucesos, las tendencias que yo tengo reprimidas son también cualidades, y se produce un enriquecimiento de la personalidad.

La aceptación de nuestra historia la podemos usar mucho de oración. No produce ansiedad ni angustia y es una forma de romper nuestros condicionamientos que nos producen esos otros fenómenos emocionales. «La gracia es sanante y elevante, restaura la naturaleza y eleva la capacidad del hombre» (Sto. Tomás). Se produce una transformación pasiva, en la liberación de la proyección. Hay un autor que dice que según su experiencia el 80% de los sinsabores, dolores, penas y dificultades, es debido a un mecanismo de defensa que se llama la «proyección».

La proyección

Proyectar es sacar fuera. Todos nuestros prejuicios son proyecciones. Las inseguridades son en gran parte proyecciones de temores. Tenemos temor de las cosas antes que sucedan, temor de la mujer, de lo femenino en general: ser sensible a las delicadezas, al arte, a la poesía; se produce un empobrecimiento de lo masculino.

Hay proyecciones de rabia, a veces hasta fisiológicas (decimos; «me levanté mal esta mañana»). Nuestro acompañamiento de los muchachos requiere retirar la proyección, lo cual significa nuestro propio proceso de madurez y no es fácil. Hace falta tiempo, esfuerzo, motivación. Gran parte de los conflictos humanos son por proyección. La proyección es el efecto de la represión. Se puede enunciar esta ley: «todo aquello que está reprimido será proyectado». Porque busca su humanización, busca salir a la conciencia y formar parte de la vida consciente del ser humano. Como está reprimido busca humanizarse, busca integrarse en la vida humana. Lo reprimido sale en forma de bromas, ironías, expresiones satíricas; son proyecciones permitidas, e incluso, a veces, caen simpáticas.

Cuando se ha trabajado en la represión de la historia personal uno está en condiciones de descubrir muchas cosas humanas que antes no valoraba. Así la mujer empieza a descubrir la necesidad de lo masculino y el hombre de lo femenino. Es muy indispensable abrirse a la posibilidad de ser afectado por el mundo circundante, a tener sensibilidad; a descubrir que uno se relaciona con la gente, no tanto con ideas; se relaciona con amistad, con afecto, con servicio, con ternura. Uno comienza a descubrir que sólo dos o tres cosas son importantes, lo demás es cháchara. El amor es importante, si no hay amor no hay desarrollo, ni de nosotros ni de nuestros formandos. En el amor es donde un se encuentra de nuevo con el Evangelio.

PREGUNTAS PARA EL TRABAJO EN GRUPOS

  1. ¿Cuáles son las máscaras que nos ponemos los formadores?

  2. ¿Cuáles son las verdades que solemos tapar u ocultar con las máscaras?

  3. La expresión agresiva y de afectos ¿son naturales?

  4. ¿Qué elementos de humanidad hay que rescatar en la vida del Seminario?

RESPUESTAS

GRUPO 3:

  • El Seminario nos ha ayudado a crecer humanamente, aunque también muchas veces nos hicimos en la tarea formando a otros.

  • Como sacerdotes no cuesta muchas veces ser sinceros, abiertos, con libertad interior, hablar cosas más profundas de nuestra vida de sacerdotes; además, librarnos de gestos, de imágenes y de posturas nos hace mucho bien.

  • Descubrimos dificultades: nuestros estados de ánimos, tenemos neuras, porque a veces no sabemos cómo canalizar nuestros momentos difíciles, a veces no aceptamos nuestro carácter, nuestras debilidades, nuestra fragilidades y a veces no podemos llegar a un dominio integral de nuestra persona.

  • Tenemos algunas máscaras, por ejemplo: no vivir la verdad, no asumirla en nuestra propia vida; a veces por mantener el puestito en el Seminario no decimos la verdad; estamos formando curas, y por lo tanto podemos transmitir una imagen de lo que yo debería ser y no de lo que soy.

  • Nos preguntamos cómo anda nuestra tarea de dirigidos espiritualmente y si tenemos nuestro director espiritual.

GRUPO 4:

  • Una primera máscara que creemos que es bastante común en nosotros los formadores es la del tipo seguro, sólido, aplomado, que muchas veces esconde inseguridades, nuestras faltas de solidez, nuestras preguntas.

  • Otra imagen es la del formador piola, complaciente, que busca ganarse la simpatía de los muchachos y que suele esconder el temor de que lo rechacen y no lo acepten.

  • Otra máscara es la del formador a quien nada se le escapa, el tipo sagaz, que está enterado de todo y sabe todo sin que nadie se lo diga. Esto no favorece la confianza de los muchachos en nosotros. Dan por supuesto que todo adivinamos, y algunas veces nosotros hacemos un culto de esa imagen.

  • Otra máscara es la de ser un poco machista, que se percibe en comentarios o en chistes un poco peyorativos acerca de la mujer.

  • Otra máscara es la autoritaria que a veces esconde nuestro temor de ser cuestionados, nuestra falta de confianza en las opciones que tenemos hechas y llevamos adelante.

  • Necesitamos crear un clima que permita, tanto a nosotros como a los muchachos, dejar estas máscaras de lado y poder ir creciendo en la sinceridad y la confianza. Para que los formadores nos saquemos las máscaras nos tenemos que ayudar unos a otros, en el diálogo franco, y la corrección fraterna y también en el Seminario todo.

GRUPO 5:

  • Muchas veces el rol genera máscaras y estamos sujetos a esos roles estereotipados que hacen perder la originalidad. La originalidad puede impedirnos cumplir ese rol, entonces debemos buscar un equilibrio entre el rol y la originalidad que uno pueda poner. La función implica determinadas actitudes esperadas por los demás y debemos asumirla con responsabilidad. Es difícil integrar el rol con lo que uno es. Estas problemáticas que uno tiene las debe ir solucionando sobre la marcha mientras van apareciendo.

  • En la Iglesia no nos han formado para ser formadores. En el trato con los chicos descubrimos las propias deficiencias y limitaciones y las tenemos que solucionar sobre la marcha.

GRUPO 6:

  • Nos ponemos máscaras institucionales. Debemos satisfacer las expectativas de fuera, dar seguridad.

  • Nos identificamos con el rol queriendo tener todo seguro y mostrando seguridad.

  • Sentimos apuro por madurar y resolver los cuestionamientos lo antes posible.

  • Nos cuesta sacarnos de encima lo artificial.

  • Debemos aprender a expresar la desaprobación y también el afecto.

  • Como propuesta queremos que se defina mejor cómo asumir una heroicidad sin rasgos mesiánicos.

GRUPO 7:

  • Los seminaristas no te dejan sacar las máscaras. Pero si perseveramos en usarlas, se genera distanciamiento con los muchachos.

  • Asumir el rol nos quita libertad de expresión.

  • Es difícil mantener el equilibrio afectivo en un grupo tan grande como el Seminario. A algunos queremos más y a otro menos. Algunos nos quieren más y otros menos.

  • Nos ponemos la máscara de estar contentos.

  • Nos salen expresiones agresivas y duras, menos afectivas. Esto nos pasa en el rol de formadores no de directores espirituales.

  • Muchas veces decimos las cosas a los seminaristas con bromas e ironías. Señalamos más los defectos y no estimulamos y motivamos tanto.

  • Los jóvenes nos exigen ser como somos.

  • Debemos saber pedir disculpas, reconocer errores. Esto ayuda a la confianza y apertura de ellos.

  • A medida que nos ponemos máscaras, ellos también se las ponen: nos dicen lo que queremos escuchar.

  • Tenemos que saber expresar, ser cercanos, provocar apertura.

  • Incentivar el espíritu de comunión en el equipo de formadores y en la comunidad del Seminario.

GRUPO 8:

  • Nos ponemos máscaras por la presión de tener que ser modelos. Debemos rendir cuenta ante el presbiterio y ante los seminaristas.

  • No admitimos poder equivocarnos.

  • Necesitamos aprender a aprender. No somos modelos acabados.

  • A veces nos podemos la máscara del cansancio y el agobio.

  • Nos preguntamos cómo humanizar la vida en el Seminario. Es importante crear un clima de amistad en el equipo de formadores y crecer en el afecto con los seminaristas. Involucrarnos más con ellos.

  • Aprender a celebrar la vida en lo cotidiano.

GRUPO 9:

  • Es importante desarrollar los afectos para amar a los seminaristas.

  • Generar climas de distensión, alegría, juegos, para soltarse con los seminaristas y mostrarse más como somos realmente, sin máscaras.

SÍNTESIS Y RESPUESTA DEL P. JUAN DE CASTRO

A propósito del grupo que habló sobre «lo que yo debería ser y no lo que soy», se me ocurre lo siguiente. «Lo que yo debería ser» es tan fuerte en la vida del sacerdote porque son muchas las expectativas que la gente tiene sobre nosotros, desde los más cercanos como pueden ser los seminaristas hasta la comunidad parroquial. Es tan fuerte que produce una «disociación» porque voy viviendo en función de la exterioridad, respondiendo a las necesidades legítimas de la gente, mientras que otra cosa es lo que me va pasando por dentro. Y en el fondo lo que va ocurriendo es que el afecto se disocia de la vida y el Señor se va haciendo cada vez más lejano. Dios se va haciendo una idea y no una Persona.

El proceso que yo les planteé aquí en la primera charla, lo he tratado de vivir con humildad, y lo hermoso que tiene es que a uno lo hace vivir la hermosura de la vida, la hermosura de Jesucristo y del sacerdocio, pero no actuando desde «la cabeza» (lo calculado racionalmente) y desde los roles (la imagen que debemos dar, la función que debemos cumplir), sino, perdónenme la expresión, partiendo de «las tripas»: de lo que siento y de lo que me afecta. Sólo así se produce la inquietud por desarrollar la vida. Es tan importante eso, que el Señor viene a salvarlo, y se hace muy experiencia también con la hermosura que tiene el Evangelio. Lo que yo estoy viviendo adquiere dimensión insospechada por Jesucristo. Entramos en el misterio, porque en este proceso uno descubre que la vida es un misterio y que no se puede estar siempre listo para la foto.

Dios está siempre abierto a que ocurran cosas sorprendentes y Dios actúa; sus caminos distan de los nuestros como oriente de occidente. Esto es la Sabiduría de Dios de la que nosotros participamos muy modestamente.

Esto es lo que le ocurre a Zaqueo: «su talón de Aquiles» era la plata, era ladrón, extorsionaba a la gente. En esa época decían que si la sombra de un publicano te cubría quedabas impuro. A esta peste que era Zaqueo el Señor lo elige pero con pinzas, y se va a hospedar a la casa de él. Conversaron y Zaqueo se da la vuelta: «la mitad de mis bienes se la daré a los pobres y a quien le he robado le daré cuatro veces más» y Jesús dijo: «hoy ha llegado la salvación a esta casa» y este hombre -la peste- es también un hijo de Abraham. Llegó la salvación, y )cómo llegó la salvación?: por la plata que era su talón de Aquiles; por ahí llegó la salvación. La palabra salvación significa salvar por salud. Dar dinero a los que perjudicó le da salud, vida plena.

Cuando uno descubre eso el Señor nace de adentro, uno lo descubre desde dentro, no viene desde la teología bíblica ni del magisterio pontificio. Esas cosas a uno lo ayudan porque están adentro.

Otro asunto que se mencionó es el apuro por madurar. No nos podemos apurar ni se puede apurar a nadie. El Señor tiene su hora para cada uno. Y uno no puede apurar casos de la vida personal ajena. La madurez es un trabajo perseverante, motivador, que exige valor, medida, y no se acaba nunca, y creo yo que ni siquiera en la vida eterna; si no la vida eterna es una lata tremenda, sentado en una nube tocando el arpa. Cielos nuevos y tierras nuevas, siempre con novedades, eso es la vida eterna, como el sol que no se agota nunca.

Otra cosa que se me ocurrió y que lo sentimos todos es cuando nos vemos presionados por nuestro rol de modelos y nos hacemos conscientes de que somos modelos queramos o no, hay que matizar la cosa para no sentirnos muy presionados. Es como con el Cura de Ars: yo lo siento admirable pero no imitable. Hay santos a los que uno los admira pero no los imita. Eso mismo pasa cuando uno es modelo, puede ser muy admirado pero no imitado, tremendamente lejano. Los modelos tienen que ser también muy inteligibles y muy atractivos y muy concretos para los jóvenes.

Lo que me gustó mucho fue lo que dijo el último grupo: «en la distensión, en la convivencia y en el juego no tenemos máscaras». Eso es propio de los niños. Don Bosco les prohibía a los formadores estar en la sala de profesores en los recreos para que pudieran jugar con los niños. En la distensión y en los juegos está la espontaneidad y nos mostramos como somos. Eso es lo que los jóvenes buscan: que uno se muestre como es, buen cristiano, buen sacerdote, pero como es nomás. La debilidad les da confianza. Ahí comienzan a valorar muchas cosas del formador, que es como una flechita que les indica el camino.

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