Formación y Discernimiento: El acompañamiento del joven llamado al sacerdocio – P. Carlos Avellaneda (1995)

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BOLETIN OSAR
Año 1 – N° 1

 

Formación y Discernimiento
El acompañamiento del joven llamado al sacerdocio
P. Carlos Avellaneda

1. El discernimiento de las cualidades de los jóvenes candidatos

El día de ayer estuvo dedicado a recordar y confirmar la finalidad pastoral de la formación: debemos formar pastores a imagen de Cristo. Y profundizamos en las actitudes y comportamientos del pastor.

Hoy nos concentraremos en la realidad personal de los jóvenes seminaristas. La formación sacerdotal reclama no sólo claridad respecto del «hacia dónde» debemos encaminar y concentrar nuestros esfuerzos, sino también respecto del «desde dónde» partimos en esta tarea.

El trabajo que vamos a hacer en los grupos consistirá en ubicarnos ante la realidad personal de los seminaristas -con sus fortalezas y debilidades, sus potencialidades y limitaciones- tratando de ver cómo estas características ayudan o dificultan la formación de las actitudes pastorales propias del presbítero. PDV comienza precisamente planteándose esta misma cuestión. La Exhortación se interroga así:

«¿Qué problemas, y al mismo tiempo, qué estímulos positivos suscita el actual contexto sociocultural y eclesial en los muchachos, en los adolescentes y en los jóvenes, que han de madurar un proyecto de vida sacerdotal para toda su existencia? qué dificultades y qué nuevas posibilidades ofrece nuestro tiempo para el ejercicio de un ministerio sacerdotal coherente con el don del sacramento recibido y con la exigencia de una vida espiritual correspondiente?» (PDV 5).

Con nuestro trabajo de hoy intentaremos responder a estas preguntas. Será muy importante que en el momento de detectar las dificultades y posibilidades de los jóvenes respecto de su vocación sacerdotal no caigamos en un simplismo que nos lleve a mirar con superficialidad y rapidez las condiciones de los candidatos. En primer lugar, un joven es más que un conjunto de virtudes o defectos; es una persona, precisamente él mismo, un ser único con una historia personal que es necesario conocer y asumir. Por eso debemos aprender a situarnos no delante de un conjunto de condiciones positivas o negativas, sino delante de una persona. En segundo lugar no debemos estimar equivocadamente sus potencialidades y dinamizarlas ignorando otros aspectos de su estructura personal. Lo mismo respecto de los defectos que muchas veces están evidenciando una fuerza mal orientada que necesitamos detectar para integrar. PDV plantea con mucha lucidez y sutileza la necesidad de hacer un discernimiento cuidadoso de las condiciones del joven. Dice el texto:

«En la formación de los sacerdotes no se trata sólo y simplemente de acoger los factores positivos y constatar abiertamente los negativos. Se trata de someter los mismos factores positivos a un cuidadoso discernimiento, para que no se aíslen el uno del otro ni estén en contraste entre sí, absolutizándose y oponiéndose recíprocamente. Lo mismo puede decirse de los factores negativos: no hay que rechazarlos en bloque y sin distinción, porque en cada uno de ellos puede esconderse algún valor, que espera ser descubierto y reconducido a su plena verdad» (PDV 10).

Dicho de otra manera, los aspectos positivos de un joven no necesariamente lo ayudan a crecer como hombre de manera armónica e integral, y a la vez, los aspectos negativos muchas veces pueden estar ocultando aspectos sanos y profundos de una personalidad que necesitan manifestarse y ordenarse rectamente.

Pongamos algunos ejemplos fáciles de ver. Empecemos por los jóvenes que presentan signos positivos. Un muchacho con gran capacidad intelectual y generosa dedicación al estudio, en sus largas horas frente al escritorio, puede estar evadiéndose de su compromiso con las actividades pastorales; otro que se entrega largos ratos a la oración personal, a través de su reclusión en la capilla, puede estar ocultando su inhibición, temor a vincularse o egoísmo, y así crecer en el aislamiento; otro joven con gran simpatía, extroversión y entrega pastoral puede estar eludiendo el encuentro con Jesús y consigo mismo al no buscar momentos de interioridad y oración; un seminarista al que siempre se lo ve bien y que siempre dice estar bien, puede que no se esté permitiendo estar mal, entrar en conflicto o fracasar. Veamos ahora algunos ejemplos referidos a jóvenes que presentan rasgos negativos. Detrás de las ironías y las críticas despiadadas de un seminarista, puede ocultarse una fina sensibilidad herida que pide ser sanada y reconciliada para poder expresarse sanamente y vivir la comunión; en un joven hiperactivo y con tendencia a la dispersión puede haber un ser generoso y necesitado de darse sin medida, al que por supuesto habrá que educar para que viva su entrega adecuadamente. Ustedes podrían multiplicar los ejemplos. Lo importante es que comprendamos que cada persona es mucho más de lo que se ve y que es necesario no identificarla reductivamente con sus cualidades o sus defectos. Al contrario, la mirada del formador debe apuntar más allá de defectos y virtudes, para intentar descubrir a la persona en su profundidad.

2. El riesgo del idealismo en la formación sacerdotal

En este momento del encuentro estamos intentando relacionar el ideal del pastor con la realidad del joven seminarista, los rasgos esenciales del pastor con las características reales del joven. Es importante que lo hagamos, pero es importante que lo hagamos bien. Y en verdad, no siempre lo hacemos bien.

Es fundamental que nos plantemos cómo vamos a ubicarnos nosotros como formadores ante ese ideal sacerdotal y ante la realidad de los jóvenes tal y cómo es. Nuestra ubicación frente al ideal del pastor y frente a la realidad de los jóvenes es muy importante porque nuestra postura condiciona el modo en que ellos mismos se ubican frente a sí mismos y frente al modelo que es Jesús buen Pastor.

Si nosotros no aceptamos a los jóvenes como son y deseamos modificarlos sin conocer los motivos más profundos que están provocando determinadas actitudes y comportamientos, si no comprendemos qué hay detrás de determinadas conductas que se repiten, y sólo buscamos eliminarlas (disciplinarística o pedagógicamente), estamos transmitiendo rechazo, censura e incomprensión, y de fondo, incapacidad o impotencia para acompañar un proceso de discernimiento y crecimiento. Y es muy probable que nuestro rechazo produzca en ellos inseguridad personal, culpa, actitudes de ocultamiento, falta de confianza en nosotros y también simulación, muchas veces inconsciente. Si nuestra propuesta del ideal del pastor es esencialista o idealista forzaremos a los jóvenes a ser lo que no son y estaremos ignorando los caminos y los tiempos del Espíritu que penetra hasta las profundidades del corazón y lo discierne.

Pero lo más grave es que nuestra postura tampoco ayuda a que el seminarista quiera conocer su propia verdad y hacerlo con sinceridad y serenidad. Así, desde este desconocimiento de sí mismo, el joven cargado de fantasía e idealismo, se orientará mediante la omnipotencia de su deseo religioso a querer ser como Cristo, cuando todavía no sabe quién y cómo es él mismo. Lo cierto es que nadie puede ser como Jesús si no sabe cómo es él mismo, puesto que la única manera en que podemos ser como Cristo es siendo nosotros mismos. El proceso de identificación con Cristo para ser verdadero debe ser a la vez un proceso de identificación consigo mismo. Por el contrario, cuando estamos imponiendo o proponiendo desde fuera al joven una identificación con los hábitos sacerdotales sin tener en cuenta qué está pasando por dentro suyo, corremos el riesgo de formar un «falso yo» clerical o pastoral. El muchacho se va adaptando a las exigencias objetivas del seminario, pero su crecimiento como persona puede estar frenado.

Muchas veces oímos la quejas de presbíteros -sobre todo de una determinada generación- que se formaron siguiendo una estricta disciplina que les obligaba, si querían ser sacerdotes (!), a vivir hábitos y virtudes impuestas desde fuera y sin importar demasiado lo que les ocurría a ellos como personas. La formación consistía en asimilar el rol preestablecido. El método era crear hábitos de comportamiento. El rol era internalizado mediante la identificación con el deseo: «quiero ser sacerdote, entonces debo meterme dentro determinada manera de ser, actuar y vivir». El esfuerzo se dirigía a conformarse con lo objetivo, fijado en un conjunto de normas, prácticas y símbolos, porque «eso» era lo que se deseaba: ser sacerdote. El discernimiento vocacional se centraba en comprobar la adecuación entre la conducta y el rol. El que cumplía con la disciplina formativa era apto para el sacerdocio y el que no se adecuaba no.

Hoy podemos ser nosotros los que caigamos en el mismo error. En vez de «disciplinarismo», podemos imponer un «pedagogismo» que no es más que disciplinarismo encubierto y al que podríamos definir como «la tiranía de los objetivos», y con ellos, de lo objetivo y de lo ideal. Así queda de lado lo subjetivo (en el sentido de lo propio del sujeto) y lo real. Apoyados en el deseo que los jóvenes tienen de ser sacerdotes les proponemos constantemente el ideal plasmado en los objetivos, sin discernir si su yo real ha sido llamado por Dios, lo cual no se conoce sólo por las cualidades, que pueden estar, sino sobre todo discerniendo la autenticidad o la consistencia de las motivaciones.

Por eso es necesario que el joven viva un proceso de búsqueda de identidad personal, dentro del cual, según su trayectoria, se encuentra con la cuestión vocacional propiamente sacerdotal. Conociéndose y aceptándose, el joven está en condiciones de descubrir en la fe la voluntad de Dios sobre él. No se trata entonces de internalizar un rol o de asimilar ideales. El ideal puede estar motivado por el deseo religioso y no obstante, la motivación puede ser inconsistente. La vocación no esta bien fundamentada cuando se apoya primordialmente en el deseo, sino cuando se funda en la obediencia de la fe. No se trata sólo de que el joven quiera ser sacerdote sino de si Dios lo quiere sacerdote. Y Dios se manifiesta y actúa en una historia de salvación, en un proceso de maduración y purificación en el cual es necesario que la omnipotencia de los propios deseos y proyectos entre en crisis.

La identificación con un ideal no equivale a identidad personal. Muchas veces confundimos los deseos con las posibilidades. A partir de los 18 años el joven tiene que hacerse adulto, y no se logra este paso manteniendo la confusión entre el «ideal del yo» y el «yo real», reforzando la fantasía del deseo e ignorando el necesario proceso de autoconocimiento. No importa si ese «ideal del yo» es religioso o sacerdotal. Un joven que se proyecta a sí mismo con un montón de anhelos de santidad y no se ha confrontado con su realidad, no sólo no alcanzará nunca esa santidad sino que estará demorando su crecimiento como persona y como cristiano. La formación debe ayudar a la persona a situarse ante sí misma con claridad respecto de quién es, con humildad y serenidad para aceptarse como es; debe también ayudar a discernir las motivaciones y a madurar con realismo la búsqueda del ideal.

El joven necesita pasar de una libertad abstracta a una libertad real y concreta. Libertad abstracta es la decisión que nace del ideal del yo, la que se fundamenta en el deseo no confrontado con la limitación. La libertad real es la que permite a la persona crecer sobre la base de un conocimiento más realista de sí misma, asumiendo compromisos posibles y estables. Es la libertad que se abre a la acción eficaz de la gracia que se manifiesta poderosa en nuestra limitación y debilidad.

Por eso insisto en que no siempre que hablamos del ideal que es Cristo y de la identificación con él, estamos planteando la cuestión acertadamente. Podremos tener muy claro el perfil ideal del buen Pastor y sin embargo no estar ayudando al joven a identificarse verdaderamente con él.

Cuando un seminarista asimila el «rol» de pastor, internalizando actitudes sacerdotales, adquiriendo una manera de pensar o de actuar que es fruto de la imitación de modelos sacerdotales hecha desde afuera y sin confrontar esas actitudes con su propia persona, ese muchacho está identificando persona y rol. Ha adaptado su conducta a lo que se espera de él, a lo que le piden cumplir, a lo que todos hacen en el seminario. De esta manera se asegura ser aceptado y valorado por los formadores o por la comunidad parroquial. Cree estar seguro amparado detrás de sus hábitos y actitudes sacerdotales, de sus logros en el estudio y la pastoral. Pero puede ocurrir que él permanezca inmaduro como persona porque en vez de estar viviendo desde él y desde el interior, lo ha hecho desde los demás, respondiendo a expectativas que vienen de fuera y que ha internalizado sin verdadera libertad.

¿Qué ocurriría con un joven sacerdote que se cree muy buen pastor porque ha crecido en el seminario con el reconocimiento y la aprobación de los superiores y de los fieles, si le toca como destino ministerial una parroquia donde -por sus características pastorales- la gente no valora su rol, no reclama sus oficios, ni reconoce su autoridad? Muy probablemente al entrar en crisis el rol también entre en crisis la persona. No se trata de un planteo hipotético. Hoy son muchos los sacerdotes que luchan por encontrar un puesto en la Iglesia y en la sociedad, un rol que sea reconocido para poder sentirse bien con ellos mismos, aceptados y valorados. Lo cierto es que cuando no lo encuentran, se sienten fracasados, desmotivados y caen en una profunda crisis de identidad. Crecieron en la idealización. Nunca entraron en crisis en el seminario. Se sentían fuertes, pero a costa de no plantearse la cuestión de su identidad personal. El resultado puede ser muy doloroso a la hora de afrontar las dificultades que necesariamente surgen en el ministerio.

Un proceso de identificación con Cristo Pastor que no sea simultáneamente un proceso de identificación personal es falso. Y nuestra insistencia -bien intencionada pero no necesariamente bien orientada- de que los jóvenes cumplan objetivos y se encaminen casi automáticamente al ministerio es un error con potenciales consecuencias negativas.

La formación debe incluir necesariamente un discernimiento para no presuponer que todos los jóvenes que están en el seminario tienen vocación. Y también para no creer que los muchachos más adaptados a la disciplina y más rápidos en la consecución de los objetivos, por ese solo hecho, han sido llamados al ministerio, y que aquellos a quienes les cuesta más el camino del seminario, por eso solo, no han sido llamado.

3. La crisis de autoimagen y la conversión existencial

Trabajar con objetivos no produce sacerdotes. El proceso de identificación con Cristo y sus actitudes de pastor requiere en última instancia de una sincera conversión que no es lo mismo que adaptación externa de la conducta a un rol. Para ser cristiano, nuestro proyecto formativo debe ayudar a los jóvenes a vivir un encuentro con Cristo y consigo mismos y a vivirlo hasta el fondo, profundamente. Esto significa que el seminarista debe experimentar una crisis de la imagen de sí mismo, de lo que creía ser cuando ingresó al seminario y de lo que se cree a fuerza de construir quizás una identidad meramente exterior, fruto de la adaptación al rol.

Si la persona no es cuestionada porque cumple con sus compromisos en el seminario, puede ir avanzando hacia una supuesta identidad sacerdotal, y no ser esto más que la forma de huir de sí mismo por temor a encontrarse consigo y de encarar una profunda y sincera conversión personal.

Es importante discernir y de alguna manera cuestionar (no sabotear) el deseo de ser sacerdote. La omnipotencia del deseo puede llevar a los jóvenes a cualquier tipo de esfuerzo para «alcanzar la estola», como ellos dicen, pero a costa de no plantearse nunca la importancia de un sincero encuentro con ellos mismos, con sus debilidades, sus carencias y limitaciones.

Nadie duda que San Pablo antes de su conversión ardía en deseos religiosos de querer servir a Dios, y sin embargo, en el camino a Damasco la omnipotencia de su deseo se derrumba, entra en crisis y de ese encuentro con Cristo, surge un hombre nuevo por la acción del Espíritu. Deja de ser lo que él quiere y comienza a ser lo que Cristo quiere de él.

Mientras Saulo estaba apoyado en su seguridad religiosa estaba cerrado a la acción del Espíritu. Mientras era él quien mantenía el control de su vida de piedad, cumplía mandamientos pero no necesariamente la voluntad de Dios; más aún, perseguía a la Iglesia de Dios (l Co. 15, 9). Y todo esto por ignorancia, según él mismo dice (l Tim. l, 12-13); es decir, por inconsciencia de lo que Dios quería de él. Fue necesario una crisis de su deseo religioso para que pudiera comenzar a vivir desde la obediencia de la fe. La omnipotencia lo llevaba a cumplir con su proyecto. Para abrirse al plan de Dios tuvo que experimentar hasta el fondo su debilidad, en la cual actuaba la fuerza de la gracia (2 Co.12, 9). Las virtudes de Saulo no valían tanto como la debilidad de Pablo. Mientras que en unas actuaba fundamentalmente él, en las otras actuaba Dios. Mientras Saulo no entró en crisis con sus proyectos e ideales religiosos, no pudo ser «Pablo, apóstol por vocación» (Rm. l, 1). Por el contrario, a lo largo de un proceso iniciado en el camino a Damasco, él va encontrándose consigo mismo, con sus debilidades y limitaciones y reconciliándose con ellas (2 Co. 12, 9b-10), y siendo auténticamente él mismo, corre decididamente en busca de Cristo para alcanzarlo (Flp. 3, 12). Pero Cristo no es un ideal para Pablo; es una Persona real con la que se ha encontrado, quien ha derrumbado su ideal del yo y ha dado paso por la gracia a su verdadero yo (un hombre nuevo).

No se trata de renunciar a los ideales del sacerdocio y del pastor. Se trata más bien de buscarlos pero partiendo de la propia verdad reconciliada o en constante procesó de reconciliación. Sólo desde este sinceramiento es posible discernir en el proceso espiritual la obra de Dios que emerge «de dentro» de la persona. Es necesario evitar el error de plantear la formación «desde fuera hacia dentro» -internalizando el rol- y orientarla de «dentro hacia afuera», discerniendo la acción del Espíritu en los corazones que se manifiesta en actitudes y en comportamientos reales y nuevos de la persona.

Desde esta perspectiva, la conversión no es una adaptación al rol o una autoexigencia moral y espiritual, sino más bien un entrar en crisis existencialmente, renunciando a las propia fantasías y falsas seguridades y abriéndose generosamente a la acción de Dios. Es necesario dar a los jóvenes confianza y seguridad para que puedan animarse a vivir este proceso de conversión existencial. Pero también es necesario plantear institucionalmente la formación de manera personalizada.

4. Educación y personalización

Si la formación sacerdotal pretende acompañar a cada joven, con un discernimiento personal y la correspondiente ayuda para que pueda vivir su propio proceso de encuentro consigo mismo y de seguimiento de Jesús, es necesario crear espacios suficientemente plurales en la educación como para permitir que los jóvenes puedan vivir experiencias y ritmos diferenciados. No se trata de suprimir las estructuras, sino de crear nuevas, las que sean más adecuadas a la gradualidad de la personalización del proceso vocacional.

Desde una visón esencialista o idealista de la formación, el joven supuestamente va asimilando contenidos diversos -teóricos o prácticos- según la etapa de la formación. Nuestra experiencia nos demuestra que esto no es siempre así. En realidad hace falta un planteo más histórico ya que el joven necesita desarrollar su búsqueda de identidad vocacional en un proceso de maduración que abarca a toda la persona: lo psicológico, lo existencial y espiritual. Recordemos que la maduración humana y el crecimiento de la vida teologal han de ser inseparables. Necesitamos seguir madurando en una educación que correlacione, a nivel de pedagogía concreta, el proceso humano y cristiano en sus fases iniciales, para posibilitar un avance seguro y auténtico hacia lo vocacional sacerdotal. Es importante, entre otras cosas, crear espacios suficientemente plurales en la educación, sin caer en la dispersión pero evitando la «standarización».

Conclusión

La tarea de la formación sacerdotal nos obliga a tener claro su principal finalidad pastoral, también las condiciones de los jóvenes de hoy, así como los principales objetivos y etapas del proceso. Pero mucho más importante que todo esto es saber cómo vamos a encarar el acompañamiento espiritual y pedagógico de los muchachos. Nuestra vinculación con ellos debe ser tan valiente y sincera como paciente y misericordiosa. Sin temores ni temeridades, abiertos siempre a la inspiración y acción del Espíritu, será necesario acompañarlos en su camino de identificación personal y de configuración con Cristo Pastor, donde los tiempos de cada uno deberán ser discernidos y respetados.

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