La Ascesis de la Normalidad – Hna. María Cándida Cymbalista (1975)

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Hna. María Cándida Cymbalista, o.s.b
«Cuadernos Monásticos» 32 (1975) 89-101

 

 

El tema de la ascesis es esencial, tanto para la vida cristiana como para la vida monástica. Está vinculado al doble hecho de un solo misterio:

  • el pecado, en especial sus consecuencias;

  • la salvación.

El pecado concierne a todo el hombre e incluso tiene una proyección cósmica, no queda encerrado en el plano exclusivamente ético. Todos tenemos una experiencia de «esa otra ley» que tiene el sabor de la debilidad, de una especie de peso, de pulsión, a la vez deleitable y oscura. El pecado y la gracia no solamente afectan al núcleo sustancial de nuestro yo, sino que son como la sombra y la luz que juega entre los planos y molduras de nuestras facultades, de todo el organismo de nuestra persona, y bien podemos decir que nada escapa a esta presencia de muerte y de vida, de tinieblas y de luz, de disgregación y de unidad, de desorden y de orden.

La desidia en lo pequeño, la reiteración del llamado pecado venial, engendran un vicio (no solemos medir esta consecuencia), y el vicio da a luz «in tempore opportuno» un acto contrario al amor de Dios y del prójimo. Todo nuestro ser entra momentánea o definitivamente en la noche.

Todo esto es muy sabido y tiene un cierto gusto a «esquema moral». No obstante, es un planteo insoslayable si queremos entender algo de la absoluta necesidad de la ascesis, y por otra parte, de la preocupación que manifiesta san Benito a lo largo de la Regla por la purificación del monje de todos sus vicios y pecados.

La lucha que el hombre debe emprender, más que «evitar hacer un pecado grave» porque «si me muero quiero salvarme», es desarraigar sus vicios. Los monjes del desierto sabían que ésta era la gran tarea. Éste era el trabajo principal pues las virtudes eran la obra de la fuerza de Dios, y la oración era el canto, el ritmo de un corazón libre y enamorado que escuchaba sin dificultad, en su silencio interior, la oración del Espíritu Santo que es el beso entre el Padre y el Hijo.

La ascesis es esta actividad espiritual, esta lucha, motivada por una lucha previa: la de los vicios contra las virtudes. Por lo tanto ella nunca es motivada por sí misma ni tiene tampoco su finalidad en sí. Su causa eficiente es un desorden y su finalidad es el restablecimiento del orden. Este desorden y este orden pueden ser personales y pueden ser sociales y comunitarios. Además todo reordenamiento tiene un triple alcance:

  • la persona que se ordena (aspecto ético y psicológico);

  • el contexto con quien se ordena la persona (aspecto social);

  • el desagravio al autor del orden primero (en el caso del pecado): Dios.

He considerado necesario hacer esta pequeña síntesis a fin de ubicar mi pensamiento dentro de ella. Así, lo que llamo «ascesis de la normalidad» tendrá un horizonte inmediato:

  • el ordenamiento.

Y tendrá un triple alcance:

  • la paz del individuo y su santidad;

  • la paz y la integración con su contexto comunitario;

  • la reparación a Dios.

Por otra parte se evitará caer en una «ascesis folklórica», o en serias desviaciones masoquistas que distan mucho del Evangelio y de una verdadera santidad de vida.

Tenemos que partir de un hecho, admitirlo y reconocerlo:

  • estamos interiormente desordenados.

Junto a esta primera visualización, y como efecto de la misma, debemos admitir dos hechos más:

  • este desorden interior me bloquea, me aísla de Dios;

  • este desorden me divide de las demás personas.

Si no partimos de esta «conciencia de pecado», mejor aún: de esta «conciencia de vicio», toda ascesis no será sino fariseísmo, elemento y alimento del orgullo, ilusión compensatoria.

Esta conciencia no tiene que ser «como quien hace un acto de fe en la existencia de su desorden», o como quien parte de una premisa abstracta. Por el contrario, debe ser real, concreta. Es necesario aprender a mirar el propio desorden a fin de no confundirlo con un complejo de culpa, tampoco con una noción o con un esquema impostado desde afuera.

Es necesario que camine desde el desorden hacia el orden. Para ello debo aprender a estar de pie y con los ojos abiertos en la estación de partida. Y, principalmente, es necesario que ponga mis dos manos en las manos poderosas de Dios. La «ascesis de la normalidad» no es un caminar estoico ni solitario. Es ir a Emaús conducido por Dios, saboreando su Palabra, sintiendo el corazón encendido más y más hasta llegar a la perfecta comunión en la fe.

Junto a esta conciencia de pecado, debo admitir, reconocer, no enmascarar, las consecuencias psicológicas de mis pecados: mis desequilibrios, mis fabulaciones, mis miedos, mis manías, mis fobias, mis incoherencias, mis desquiciamientos. Estaría totalmente equivocado si pensara que el único problema respecto del pecado o de los vicios es: «si me muero me voy al infierno». Y por lo tanto si pensara que lo principal es «recibir la absolución, para no irme al infierno». Los prenotandos del Nuevo Ritual de la Penitencia aclaran completa y hermosamente todo esto (cf. CUADERNOS MONÁSTICOS, n. 29).

El primer pecado del hombre tuvo consecuencias psicológicas, sociales y cósmicas. Nuestros pecados personales también las tienen: un sedimento se adhiere al otro y eso lo experimentamos como una opacidad, como una debilidad, como un malestar. Entonces, debemos añadir a la conciencia concreta de mi pecado, la conciencia concreta de los efectos en mí de esa situación anormal.

No sé por qué los religiosos tenemos una tan grande dificultad de asumir esta doble conciencia. En los conventos se encuentra personas escrupulosas, pero muy difícilmente »convencidas de pecado», «responsables de su pecado». También muy difícilmente se encuentra religiosos que confiesen y admitan sus desequilibrios psicológicos e incluso sus neurosis. Pero mucho más difícil aún es el caso de los religiosos que vinculen sus pecados con sus desequilibrios, por ejemplo: la frustración con la ambición y la envidia; la megalomanía con la mentira, ídem la fabulación; la paranoia con el orgullo; la abulia con la molicie y tristeza; la bulimia con la gula; la agresividad y la regresión con la ira; el narcisismo con la idolatría, etc., etc. Sin esta toma de conciencia, toda ascesis es absurda, es un costoso deporte, que a la larga o a la corta deteriora al sujeto, el cual termina en la banquina opuesta o necesitado de un interminable y no garantido tratamiento. Hemos visto este proceso muy al desnudo en estos últimos años, en los que todo se ha hecho patente y visible.

En definitiva, para una correcta ascesis tenemos que partir del pleno convencimiento de nuestra pobreza personal. Pobreza moral y pobreza psicológica. Si no nos sentimos como el hombre tirado en el camino que conduce a Jericó (los religiosos habitualmente creemos que somos el samaritano), si no nos sentimos como el hijo pródigo (los religiosos de ordinario nos comparamos con el hijo mayor, cuando no con el padre), si no nos sentimos paralizados, enceguecidos torcidos en nuestra columna vertebral, no podemos entrar en el camino de la ascesis ni personal ni comunitariamente, pues el mismo es camino de enfermos, de pobres, de lisiados, que convocados al banquete necesitan la túnica blanca de fiesta.

Y ahora entremos en ruta, pongámonos en camino.

Hay muchas formas, medios, de ascesis. Tantos que incluso se habla de «escuelas de ascesis», especie de líneas, de estilos, que suelen ser propios de épocas o de familias religiosas o de movimientos espirituales.

Ninguno de estos medios es un absoluto, es «la ascesis», es el arquetipo. Un esquema ascético canonizado y absolutizado engendraría inmediatamente lo artificial, lo folklórico, lo deteriorante.

La ascesis no es ni una abstracción, ni una teoría, ni una técnica. Es una vida. Dentro de esta perspectiva propongo la «ascesis de la normalidad» como camino hacia la fiesta de los salvados.

«Los pongo sobre aviso para que nadie los engañe con sofismas… Vivan en Cristo Jesús, el Señor, tal como nosotros se lo dimos a conocer. . . No se dejen esclavizar por nadie con la vacuidad de una engañosa filosofía, inspirada en tradiciones puramente humanas… Por eso que nadie los critique por cuestiones de alimento y de bebida, o de días festivos, de novilunios y de sábados. Todas esas cosas no son más que la sombra de una realidad futura, que es el Cuerpo de Cristo… Esa gente tiene en cuenta solamente las cosas que ha visto y se vanagloria en el orgullo de su mentalidad carnal. . . Ya que ustedes han muerto con Cristo a los elementos del mundo, )por qué se someten a las prohibiciones de «no tomar», «no comer» y «no tocar», como si todavía vivieran en el mundo? Todo esto se refiere a cosas destinadas a ser destruidas por su mismo uso y no son más que preceptos y doctrinas de hombres. Estas doctrinas tienen una cierta apariencia de sabiduría por su «religiosidad», su «humildad» y su «desprecio del cuerpo», pero carecen de valor y sólo satisfacen los deseos de la carne» (col. 2, 4-23).

«Todo lo que es contrario a una inclinación natural es pecado por oponerse a la ley natural» (S. Tomás, II-II, q. 133, a. l). «El vicio de cada cosa consiste en no estar conforme al modo propio de su naturaleza. Por eso dice san Agustín: ‘A todo lo que veas que carece de la perfección de su propia naturaleza, aplícale el nombre de vicio’ » (S. Tomás, I-II, q 71, a. 1; cf. S. Tomás I-II q. 71, a. 2).

«Pecado mortal es el que se opone a la caridad» (S. Tomás, II-II, q. 132, a. 3). «El amor desordenado de sí mismo es causa de todo pecado», (S: Tomás, I-II, q. 77, a. 5).

Una reflexión sobre estos textos, y otros similares, de la palabra de Dios y de uno de los más grandes Doctores de la Iglesia, me llevó al convencimiento de que la ascesis debía conducir al hombre, en nuestro caso, al monje, a un desarrollo de su naturaleza y a la perfección de la caridad.

Vi confirmada mi conclusión en los siguientes textos de Pablo VI, extraídos de su Alocución a los monjes benedictinos de Montecasino, el 24 de octubre de 1964:

«Que san Benito vuelva a ayudarnos a recuperar la vida personal… Esta sed de verdadera vida personal presta actualidad al ideal monástico… Corría el hombre en los siglos pasados al silencio del claustro, como corrió Benito de Nursia, para encontrarse a sí mismo… pero entonces esta fuga estaba motivada por la decadencia de la sociedad… se necesitaba un refugio para reencontrar seguridad, calma, estudio, trabajo, amistad y confianza. Hoy no es la carencia, sino la exuberancia de la vida social, la que incita a este mismo refugio. La excitación, el alboroto, la febrilidad, la exterioridad del hombre; le falta el silencio con su genuina palabra interior, le falta el orden, la oración, la paz, le falta su propio yo. Para reconquistar el dominio y el gozo espiritual necesita RESTAURARSE EN EL CLAUSTRO BENEDICTINO. Si el hombre SE RECUPERA a sí mismo en la vida monástica, se recupera para la Iglesia…

No diremos nada ahora de la función que el monje, el hombre que se ha reencontrado a sí mismo, puede tener no sólo con relación a la Iglesia -como decíamos-, sino también con respecto al mundo…».

El hombre recuperado para Dios, para sí mismo, para la Iglesia, para el mundo, ésta es la línea en el horizonte de esta «ascesis de la normalidad». Tengo un total convencimiento de que esto erradicaría uno de los problemas más serios de los monasterios de las diversas Ordenes, que infelizmente no abordamos en nuestras reuniones, sesiones de estudio, etc., y que es el elevado número de personas desequilibradas en las comunidades religiosas. Silenciamos este problema con una especie de falso pudor, pensando más en el «qué pensarán de nosotros», en el «qué dirán», que en la posibilidad de hacer realmente «la pequeña sociedad ideal» de la que el Papa nos hablaba en Montecasino (Alocución citada). Sabemos por otra parte que es una verdadera preocupación de la Iglesia esta falta de plenitud humana y sobrenatural de muchos religiosos, lo cual lleva a multiplicar las salidas, las exclaustraciones, y el consiguiente contratestimonio a los laicos. No obstante, recordemos a modo de paradoja, el texto del n. 44 de la Constitución «Lumen gentium»:

«La profesión de los consejos evangélicos aparece como un símbolo que puede y debe atraer eficazmente a todos los miembros de la Iglesia a cumplir sin desfallecimiento los deberes de la vida cristiana… proclama de modo especial la elevación del reino de Dios sobre todo lo terreno y sus exigencias supremas…».

Suelen darse excusas, con valor analgésico y a corto plazo, pues bien analizadas se vuelven contra nosotros. Por ejemplo, suele decirse que las personas ya entran difíciles y problematizadas (en este caso el Instituto no sabe discernir, está enfermo…), que la clausura superprotege e infantiliza (en este caso, )cómo explicar los desequilibrios en los Institutos apostólicos y en las comunidades masculinas?), que el celibato neurotiza (en este caso el celibato no se ha sublimado en virginidad consagrada y fecunda), que el desequilibrio ha estado larvado y ante un obstáculo ha hecho crisis (en este caso la Comunidad es un caldo de cultivo, no «la sociedad ideal»), que la falta de tareas adultas y responsables conduce a frustraciones (en este caso los superiores no gobiernan sabiamente la casa de Dios -en expresión de san Benito).

Si dejamos de lado éstas y otras excusas, a nivel personal y comunitario, y afrontamos el problema dócilmente de la mano de Dios y de su Iglesia, llegaremos desde el punto de partida que señalamos al punto de llegada que hemos mostrado como un horizonte, caminando por la vía de la «ascesis de la normalidad». Sin duda que no es un medio ni exclusivo ni absoluto; admite otros medios paralelos.

Se trata de ser normal y de actuar con normalidad desde que uno se levanta hasta que uno se acuesta, y desde que se acuesta hasta que se levanta. Este trabajo, esta actitud, sostenerla aunque ello implique en algunos días o tiempos un esfuerzo, una cruz, una total abnegación, un martirio. Dentro de este proceso -que aparentemente podría parecer puramente psicológico (lo es sólo aparentemente)- se incluye la adquisición de los grandes hábitos éticos y sobrenaturales, pero vividos muy naturalmente, sin que ello sea «noticia» ni para el propio sujeto ni para su contexto, sabiendo que lo normal no es el vicio sino la virtud.

Esto sería una visión global de este camino. Si nos aproximamos, podemos visualizar sus principales elementos:

  • – aceptación y respeto al ser de las cosas y circunstancias -REALISMO;

  • – aceptación realista del propio ser visto en su verdad -IDENTIDAD;

  • – apertura dialógica con los demás -OBLATIVIDAD;

  • – integración de mi ser en sí mismo y de mi ser en sus expresiones (acción y comunicación) -COHERENCIA;

  • – dilatación del corazón en la libertad interior y en la belleza exterior -ALEGRÍA.

1 – REALISMO

Cada ser es él mismo con toda su riqueza y con toda su pobreza. Cada persona es como es, no como yo quisiera que fuese. Cada cosa está frente a mí como algo perfectamente insobornable. Frente a personas y cosas yo puedo adoptar muy diversas actitudes: imaginarlas diferentes, proyectarme en ellas como en una prolongación de mi yo, destruirlas y rehacerlas, hacer caso omiso de lo que son, mediatizarlas hacia un fin abstracto, un ideal por mí proyectado, RESPETARLAS, etc.

Las cosas ofrecerán su resistencia material a mi manipulación, y su consistencia ontológica a mi pensamiento. Si yo no las respeto, puedo llegar a sentir su peso, su agresividad, y surgen todos los vicios de la agresividad y de la concupiscencia.

Las personas ofrecerán su resistencia espiritual a mi manipulación, y su libertad será más poderosa que mis proyectos. Su interior misterio, la fuerza de su personalidad resisten a mi imaginación. Si yo no las respeto puedo llegar a sentir intensa y agresivamente su presencia, y surgen todos los vicios del odio, de la injusticia, del orgullo.

Respetar significa reconocer la verdad de cada ser (cf. catequesis de Pablo VI del 20 de noviembre de 1974), la verdad de cada persona en cuanto ser. Significa no pretender «crearlo», avasallarlo, destruirlo. Sí, desarrollarlo desde él, plenificarlo desde su naturaleza, desde su esencia y desde su existencia.

¿Y qué tiene que ver todo esto con la ascesis?

Hagamos la prueba de vivir un solo día así: mirando, pensando, imaginando todo tal cual es. Y luego, esto es lo más difícil, aceptando esa realidad, no empujándola agresivamente ni en mi mente ni en mi obrar. Significa no hablarles a las cosas, sino oír lo que ellas son y oír la voz de Dios sobre ellas. De esta doble escucha surgirá un juicio modesto, humilde, que se expresará en una palabra de vida el día que las personas y las cosas nos digan: «¿Qué dices tú de mí? ¿Qué debo hacer para ser más mi ser?».

Este respeto mental, esta restitución del principio de identidad, será como plantar la cruz en mi pensamiento, redimirlo de todas las mentiras, de todas las violencias que anegan mi mundo mental. Recuerdo la experiencia de una religiosa: cuando entró en el noviciado, su maestra le enseñó pacientemente «el modo monástico de pensar», esto significaba que «monásticamente» las cosas no eran ellas mismas: tenían un uso que no correspondía a su ser, y por lo tanto había que pensarlas en base a una categoría kantiana: «lo monástico». Esto generaba todo un lenguaje artificial, todo un estilo mental cerrado sobre sí mismo, con grave detrimento de la salud psicológica. Jamás Dios y su Iglesia han postulado como perfección la ruptura del principio de identidad. Las consecuencias las hemos visto hasta la saciedad: después de años ¡cuántos religiosos no pueden, no saben ya pensar, experimentan el cerebro o como un gran vacío o como un caos! Una vez quebrado el principio de identidad, difícilmente recobra su integridad. Pero no echemos toda la culpa a los esquemas impostados desde afuera. Pensemos en el cúmulo de nuestras mentiras personales, nuestros sueños, ilusiones, proyectos tercos y violentos sobre la circunstancia, nuestra SUPERFICIALIDAD mental que se divierte pensando y diciendo cualquier cosa, todo lo contrario de «la gravedad monástica». San Benito en la Regla nos da testimonio y mandato de este respeto al ser:

«Sea el oratorio lo que dice su nombre» (cap. 52).

«Decir la verdad con el corazón y con la boca» (cap. 4).

«El abad… debe acordarse del nombre que se le da y llenar con obras el apelativo de superior» (cap. 2).

«No querer ser tenido por santo antes de serlo, mas serlo en efecto para que se lo digan con verdad» (cap. 4)

«Mire todos los objetos y bienes del monasterio como si fuesen vasos sagrados del altar. Nada estime en poco» (cap. 31).

Estos pocos ejemplos nos dicen de una actitud de veracidad y de respeto que fundamentan un sano y santo realismo.

Creo que ésta es la piedra angular de la ascesis. Nuestros monasterios serían muy serenos, muy silenciosos, muy equilibrados, muy sobrios, muy pacificados, si se construyesen sobre este cimiento de la «ascesis de la verdad».

2 – IDENTIDAD

Sabemos que si es difícil el ajuste a la realidad extrapersonal, lo es mucho más el ajuste a la propia realidad. Psicólogos y confesores saben qué enturbiada está la visión de nosotros mismos. Hay días que nos vemos de una manera y otros de una manera diferente. No sabemos quiénes somos, no sabemos qué queremos, no sabemos adónde vamos. En estos últimos veinte años es común, es habitual, la crisis de identidad. Más aún, ella ha alcanzado -más allá del núcleo personal- el núcleo comunitario e incluso a veces el de toda una Orden.

Es necesario distinguir la «crisis de identidad» de un sano sentido de autocrítica, de revisión, de depuración de lo advenedizo. La autocrítica personal o comunitaria es propia de un ser adulto y maduro. La crisis de identidad es propia de un adolescente.

Estas crisis no se improvisan, no surgen como algo súbito; ellas son el resultado de un largo falseamiento del propio ser. Nos formamos una imagen de nosotros mismos, tratamos de imponerla, y luego esta imagen es una especie de Moloch al cual es necesario sacrificar «los mejores frutos de nuestra tierra».

Sobre este tema recomiendo la alocución del Papa Pablo VI del 13 de noviembre de 1974. Entre otras cosas dice:

«Nosotros nos limitamos a indicar un fenómeno bastante difundido hoy, que da un título a esta incertidumbre; lo llamamos ‘crisis de identidad’.

¿Qué queremos decir? Queremos decir que muchas veces este análisis subjetivo sobre la propia existencia desemboca en el vacío, es decir, en la duda; duda que, cuando no es simplemente metódica e hipotética, es decir, instrumento de búsqueda y de un proceso de reflexión, sino que se convierte en contestación interior, pesimista, de la propia certeza habitual, puede transformarse en vorágine que sacude y engulle el castillo lógico y moral de la acostumbrada mentalidad propia. En este caso la duda, en vez de llevar a la exploración de la verdad, conduce a la oscuridad espiritual, a la tristeza, al hastío, a la audacia iconoclasta contra la misma personalidad propia»

Es necesario demitizar y desmistificar nuestro propio ser, aceptando reciamente nuestra verdad óntica, nuestro ser lleno de riquezas, muchas de ellas aún inexploradas, y lleno de miserias, de fisuras que duelen y a veces desesperan. Vernos como somos, aceptarnos como somos, sacarnos todas las máscaras es evitar culminar en una paranoia y comenzar a ser humildes en serio, es comenzar a ser santos. Cuando caen todas las molduras artificiales, todos nuestros complejos de santidad, de humildad, de oración, de inteligencia, de abnegación, de sabiduría, de valores ignotos, de superioridades de toda índole, entonces emerge la bella construcción hecha por las manos de Dios: sobria y noble en su grande o pequeña dimensión. No es fácil aceptar ser -a veces- cuatro paredes blancas. Pero, ¡qué maravillosas son, si ellas están vacías y silenciosas, arrodilladas ante el gran misterio que las habita! ¡Tienen la luz de Nazareth, tienen la sombra fecundante del seno de María!

¿Y qué tiene que ver esto con la ascesis?

Esta identidad es nada menos que la médula de la ascesis. Es el sexto y séptimo grados de humildad en la Regía de San Benito (cap. 7). Es esa depuración cuyo fruto es la sencillez, la simplicidad, la nitidez. Los seres humanos, en general, soñamos con ser «un templo de Salomón»: «Salomón lo recubrió por dentro de oro puro. Revistió la sala grande de madera de ciprés y la recubrió de oro fino, haciendo esculpir en ella palmas y cadenillas. Para adornar la casa la revistió también de piedras preciosas. . . recubrió de oro la casa, las vigas, los umbrales, sus paredes y sus puertas, y esculpió querubines sobre las paredes» (2 Cró. 3, 4-7). Nuestra verdadera riqueza no está en el oro que recubre nuestras paredes, sino en lo que somos, y eso tenemos que descubrirlo cueste lo que cueste, arduamente, y sólo lo lograremos desposando nuestro corazón con el Verbo de Dios en la soledad de la Cruz.

3 – OBLATIVIDAD

Dadas las dos actitudes anteriores, la oblatividad surge como una consecuencia lógica. Parte de mi verdad es descubrir la necesidad que yo tengo de los demás, y la necesidad que los demás tienen de mí. Este descubrimiento me coloca en una actitud de diálogo ontológico, de receptividad por un lado, y de donación por el otro. Es la ruptura con el egoísmo, la misantropía, la avaricia, la suficiencia, y por lo tanto la irrupción del amor, del servicio, de la acogida Y este amor es fuego generador de amistad, de obediencia, de consecución del bien común, de fecundidad espiritual.

Esta ascesis del amor es totalmente cristiana, ella supone la fuerza del Espíritu Santo, el amor derramado en nuestros corazones.

No identifico esta ascesis del amor con los «actitos de caridad» tan incrementados en cierta época y que necesariamente debían culminar en rupturas drásticas entre hermanos. Esta ascesis es mi real donación al otro, y la real receptividad del otro. Y ello difícilmente es posible si en medio de tú y yo, de ustedes y yo, de tú y nosotros, no está Cristo y Cristo crucificado. Precisamente esta ascesis conduce a eliminar dos posibles actitudes: o tú y yo sin la cruz de Cristo en el medio, o tú y yo con la cruz de Cristo en el medio, pero ajenos el uno al otro.

Esta ascesis está expuesta magistralmente en la Regla de San Benito, en el 41 grado de humildad (cap. 7) y en el capítulo 72; su lectura nos deja a una gran distancia de lo que podría ser el fácil logro de una «camaradería», o la superficial vivencia de un «acumular actos de caridad para mi gloria»; es, por el contrario, el amor crucificado, la total apertura del costado, del corazón, para que «Tomás meta su mano»; es entregar el espíritu en medio de la sed, la soledad y la agonía.

Ésta es la cumbre de la ascesis de la normalidad, de la ascesis del amor. Y nada hay más serio, más genuino, y más de Dios.

4 – COHERENCIA

Buscar la coherencia en el obrar es recia disciplina a la que pocos se lanzan. Pero si hemos establecido en nosotros la verdad y el amor, la coherencia brotará sola, como una necesidad intrínseca. Puede haber un monje en quien su lectio y su oración nada tienen que ver con su relación fraterna, o con su disciplina de trabajo. También puede haber un monje que sea de una manera con los de afuera y de otra muy diferente con los de adentro. Decía el Papá Pablo VI el 11 de julio de 1973:

«Una necesidad de coherencia nos obliga a salir de la mediocridad, de la tibieza, de la superficialidad, del doble juego de la adhesión positiva al Evangelio que hemos prometido, y de una concesión permisiva al hedonismo hoy tan común, interior y exteriormente, que nos hace traicionar la cruz. Una vida religiosa floja y privada de energía ascética y fervor espiritual hoy no tiene ya sentido y no tiene ya posibilidad de mantenerse y perseverar en Ia fecundidad de la riqueza espiritual y del testimonio apostólico; una triste experiencia nos lo demuestra.

Coherencia: ésta es la renovación que debe suscitar el Año Santo en los bautizados y en las personas consagradas».

La ascesis es coherencia, y la coherencia es ascesis. Imaginemos por un momento cómo sería un monje, cómo sería una comunidad religiosa, plenos de coherencia.

Dice san Benito:

  • «Muestre los divinos preceptos con sus obras». (Cap. 2).

  • «Practicar con obras todos los días los preceptos de Señor». (Cap. 4).

  • El duodécimo grado de humildad, cap. 7.

El hombre tiende a la división personal y comunitaria como una pulsión suicida; sabemos que el pecado en última instancia es división. San Ireneo veía el pecado original como la ruptura de un espejo en muchos pedazos y a Jesús como al gran restaurador de la unidad, de la recapitulación.

¡Qué maravilloso esfuerzo ascético es constantemente re-capitular, reunir!

¡Qué normal es una persona que no es hoy de una manera y mañana de otra, que no deshace a la noche lo que tejió a la mañana, que no alterna la depresión con la euforia, el empeño con el desinterés! Es esa constancia, esa «stabilitas», tan querida por los Padres del desierto. Es el «sustinere», que es virtud de la fortaleza. Es poderosa penitencia, poderosa conversión. Es uno de los testimonios más esperados por los laicos. Es llegar en todo hasta sus últimas consecuencias.

Esta «ascesis de la coherencia» es un verdadero secreto de los verdaderos santos, de los verdaderos ascetas, de los verdaderos monjes.

5 – ALEGRÍA

La alegría es como el fruto maduro de esta ascesis de la normalidad que hemos pormenorizado. Nada tan normal, tan humano, tan divino, como la alegría. Entonces, ¿por qué la ausencia de la misma en tantos corazones consagrados? Y de la abundancia del corazón habla la boca. Más de una vez, en estos últimos años, la Iglesia ha recordado a los religiosos la necesidad del gozo, de la alegría. Pienso que muchas enfermedades del cuerpo y del alma no tienen sino esta raíz: la falta de alegría.

Dice san Benito en el Prólogo de la Regla:

«…por el progreso en la vida monástica y en la fe, dilatado el corazón, córrese con inenarrable dulzura de caridad, por el camino de los mandamientos de Dios».

La Constitución «Lumen gentium», en el N» 43, dice a los religiosos:

«Avancen con espíritu alegre por la senda de la caridad».

Esta alegría es:

  • dilatación del corazón en la libertad interior;

  • dilatación del corazón en la belleza de Dios y su creación;

  • un fruto del Espíritu Santo (Gál. 5, 22).

Este es el «obrero purificado ya de vicios y pecados» del cual nos habla san Benito al finalizar el cap. 7 de la Regla. Es el monje que experimenta su libertad interior como un silencio; a la vez, como un ritmo musical; a la vez, como una fuerza; a la vez, como un inmenso espacio blanco; a la vez, como una ordenada policromía. Es la «casa sosegada» de la que nos habla san Juan de la Cruz. Es la ebriedad del Espíritu en la mañana de Pentecostés. Es el éxtasis en la belleza de Dios y sus obras como en la aurora de la creación. Es la constante participación en la vida del Espíritu Santo: alegría intratrinitaria, éxtasis personal de la belleza de Dios.

Sabemos cómo los Padres del desierto observaron, estudiaron y combatieron un vicio llamado «acedia» y al cual santo Tomás dedica la q. 35 de la II-II como vicio opuesto a la caridad. Dice entre otras muchas cosas:

«Conforme al Damasceno, la acedia es «una tristeza molesta» que de tal manera deprime el ánimo del hombre, que nada de lo que hace le agrada» (II-II, q. 35, a. l).

«Entristecerse del bien divino, de que se goza la caridad es propio de un vicio especial, que se llama acedia» (II-II, q. 35, a. 2).

Y no duda santo Tomás de llamar a la acedia y a la tristeza vicio capital, madre del rencor, de la pusilanimidad, de la amargura, de la desesperación, de la ociosidad, de la somnolencia, de la divagación de la mente, del desasosiego del cuerpo, de la inquietud, de la verbosidad, de la curiosidad (cf. II-II, q. 35, a. 4).

Tan radicalizada es la exigencia de alegría por parte del que ama a Dios que muy hermosamente santo Tomás escribió en la II-II, q. 28, a. 2:

«Gaudium caritatis est gaudium de divina sapientia. Sed huiusmodi gaudium non habet permixtionem tristitiae: secundum illud Sap. 8, 16: ‘Non habet amaritudinem conversatio illíus. Ergo gaudium caritatis non patitur permixtionem tristitiae» («El gozo de la caridad es gozo de divina sabiduría. Gozo tal no sufre mezcla de tristeza: ‘Su convivir no engendra amargura’. Luego el gozo de la caridad no comporta tristeza»).

Estos textos merecerían una detenida meditación. Tal vez muchos superiores, muchos confesores, muchos médicos, reconocerían en los mismos el perfil de los religiosos que caminan bajo el peso de sus problemas y de sus dificultades espirituales y psicológicas. Y también vislumbrarían la más cabal de las soluciones: la «ascesis de la alegría».

¡Estar siempre alegres! ¡Qué extraordinario sacrificio, qué formidable disciplina, qué magnífico testimonio a los laicos que observan nuestros ojos, nuestros rostros con la ansiedad de percibir el constante canto del corazón repleto del gozo del Espíritu Santo! En estos últimos años se ha hablado mucho del testimonio y del contratestimonio de los religiosos, en especial en lo concerniente a la pobreza. Está bien. Pero, ¿hemos pensado en el peso de contratestimonio que es la cantidad de religiosos enfermos de tristeza, de amargura, de angustia, de acedia? ¿Hemos pensado en el contratestimonio de los religiosos agrios y malhumorados, vencidos y desilusionados?

La «ascesis de la alegría» es una verdadera culminación, una plenitud en el proceso de lo que he llamado la «ascesis de la normalidad». Es la alegría de la Pascua que florece en el árbol de la cruz. Es el gozoso aleluya que nace del grito de Jesús: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.»

Realismo, identidad, coherencia, oblatividad, alegría: ¡Qué aspectos tan cotidianos de la vida! ¡Qué difícilmente equiparables a las gestas penitenciales de muchos grandes santos! ¡Qué programa tan pobre, comparado con ciertos esquemas ascéticos! No niego el valor de esos esquemas ni de esas gestas, pero creo que la constancia heroica en estos medios propuestos por la «ascesis de la normalidad» es capaz de generar grandes santos, más aún: hacer de la santidad lo normal, lo cotidiano en una comunidad religiosa. Los cilicios, las disciplinas, las maceraciones de toda especie, las escenas comunitarias de humillación, pueden convivir (aclaro que no siempre) con el orgullo y con diversas neurosis. La ascesis de la normalidad no puede convivir con el orgullo, pues es para pobres y simples -nunca nadie será «noticia» por haber sido realista, o por haber sido coherente, o por haber sido y estado constantemente alegre-; y no puede convivir con la anormalidad, pues es precisamente eliminación de la misma, incluso en el caso de que se posea un sistema nervioso muy malo y se esté herido psicológicamente (como el extraordinario caso de santa Teresa del Niño Jesús, quien es verdadera maestra de esta ascesis). Pienso en la Santísima Virgen, y me resulta totalmente imposible imaginarla torturándose con instrumentos inventados o con artificios diversos. Sí me la imagino siempre respetuosa de la realidad, siempre verdadera consigo misma y con lo que la rodeaba, siempre coherente, siempre alegre, siempre entregada a Dios y al prójimo en la total apertura de un «ecce» y de un «fiat». Tal vez se me objete: María era la Inmaculada y nosotros somos pecadores. Respondo: La virgen es la Reina de los Mártires, es la Madre que dejó atravesar su corazón por la espada de la Salvación.

Siguiendo esta «ascesis de la normalidad», «llegará el monje enseguida a aquella caridad de Dios que, siendo perfecta, excluye todo temor; por ella todo cuanto antes observaba no sin recelo, empezará a guardarlo sin trabajo alguno, como naturalmente y por costumbre; no ya por temor al infierno, sino por amor de Cristo y cierta costumbre santa y por la delectación de las virtudes. Lo cual se dignará el Señor manifestar por el Espíritu Santo en su obrero purificado ya de vicios y pecados» (RB, cap. 7).

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