La Importancia de la Coparticipación de la Espiritualidad Sacerdotal entre los Presbíteros – Mons. Diego Coletti (1996)

Escrito por admin el . Posteado en Articulos, Subsidios

Virtudes y comportamientos que han de madurar en el Seminario

Mons. Diego Coletti 1
Revista «Pastores» n.5 (1996) 23-31 2

 

  1. ESPIRITUALIDAD Y COPARTICIPACIÓN

Los dos términos principales del presente tema merecen una aclaración previa. Respecto al término «espiritualidad» se percibe la influencia de un equívoco platónico. Suele designar la determinada parte de la vida del creyente dedicada en especial a las actividades «espirituales», como la oración, la mortificación, la celebración de los ritos cultuales, etc., en contraposición a la otra dedicada a actividades «materiales».

El sentido atribuido comúnmente al término «coparticipación» resulta asimismo un tanto genérico, como si se tratase del sentido abstracto de solidaridad. Más frecuentemente este término es empleado en sentido restrictivo: identifica la coparticipación con un conjunto de ocasiones y de gestos mediante los cuales se llega a conocer la experiencia ajena, brindando a la vez acceso a la propia.

En lo referente al primer término (espiritualidad), especificamos que será empleado en su sentido propiamente cristiano. En el lenguaje del Nuevo Testamento designa toda la vida del discípulo, bajo todos los aspectos, en cuanto que es conducida y conformada con Cristo por la acción del Espíritu Santo. Por lo tanto no hay dualismo alguno entre materia y espíritu: nada queda excluido -salvo el pecado- del horizonte de la «espiritualidad» cristiana. El Espíritu de Cristo reviste con su luz y con sus dones la existencia humana entera. El culto espiritual (sería mejor traducir «racional») del que habla San Pablo3, consiste precisamente en ofrecer el «cuerpo» como sacrificio viviente, santo y agradable a Dios. Y sabemos que también la palabra «cuerpo», en lenguaje paulino, no indica una parte -la material- de la persona humana, sino toda la persona humana considerada en lo concreto, en su historicidad existencial. Al hablar de las diversas espiritualidades que pueden ser descritas dentro del cuerpo eclesial -comprendida la espiritualidad del sacerdocio ministerial- queremos designar la compleja configuración que la vida cristiana, bajo todos sus aspectos, asume en una u otra vocación particular a la que el creyente quiere responder con su existencia entera.

Emplearemos el término «coparticipación», en su significado más profundo y completo. No se trata de técnicas de comunicación interpersonal o de simples intercambios de experiencias, sino de una actitud de fondo, de una disposición permanente de la persona que la torna instintivamente sensible al otro y dispuesta a concederle un espacio amplio y una parte activa en la propia experiencia humana. La coparticipación auténtica requiere un cambio bastante profundo de mentalidad, respecto a aquella espontánea tendencia a considerar el propio mundo interior y su desenvolvimiento dentro de la complejidad de la existencia, como un bien que debe ser celosamente guardado para sí mismo. La disponibilidad para compartir brota de la convicción de que la experiencia de cada cual, ya originariamente y en principio, es un valor que pertenece a todos. Solamente si ese valor es brindado a los demás con sencillez y gratuidad, con acierto y en las circunstancias apropiadas, enriquece verdaderamente al mismo sujeto portador.

El significado de este segundo término al igual que el del término «espiritualidad», hunde sus raíces en la revelación cristiana. San Pablo, en el contexto de la misma cita mencionada, afirma: «Nosotros, siendo muchos, formamos todos un solo cuerpo en Cristo, y en lo que respecta a cada uno, somos miembros los unos de los otros»4. Por eso, negarse a compartir significa separarse del contexto vital y, con la ilusión de salvaguardar mejor la propia individualidad íntima, tornarla de hecho estéril y muerta.

La coparticipación no puede ser considerada como un elemento secundario y facultativo de la experiencia del creyente. De la calidad y profundidad de nuestra capacidad de compartir depende, en buena parte, la sustancia de nuestra vida de creyentes, la eficacia de su testimonio, la posibilidad de mantener vivo el proceso necesario de conversión permanente. Se puede afirmar, desde este punto de vista, que la coparticipación debiera ser rasgo distintivo de una comunidad cristiana, y signo claro de la novedad de relaciones basadas sobre el amor al estilo de Cristo, novedad que constituye el primer fruto de la donación del Espíritu Santo.

 

  1. COMPARTIR UNA «ESPIRITUALIDAD» SACERDOTAL

Cuanto hemos dicho hasta aquí vale para toda existencia cristiana. Nos preguntamos: el compartir con los hermanos el propio camino cristiano ¿brota para todos del mismo modo? ¿Se guía por los mismos principios y se expresa según fórmulas universalmente válidas? O quizás -como tantas otras características de la vida del creyente- ¿asume la coparticipación matices y estilos particulares, de acuerdo a la configuración peculiar de las diversas vocaciones?

El Concilio Vaticano II y los documentos del Magisterio que han tratado de esto y lo han aplicado respecto a la espiritualidad del sacerdocio ministerial, han subrayado una característica peculiar de esta vocación que, por voluntad de Cristo mismo, se configura a partir del mandato apostólico confiado a los presbíteros. En otros términos: no se puede describir de modo adecuado la espiritualidad del sacerdote prescindiendo de su ministerio, añadiéndole luego -como desde «fuera» de la figura vocacional ya definida en base a otros criterios- su misión y su responsabilidad frente al pueblo de Díos. El ministerio caracteriza necesariamente la esencia de la vida cristiana del discípulo que ha sido escogido para vivir «como los apóstoles». El título mismo del decreto Presbyterorum Ordinis sugiere esta idea: De Presbyterorum ministerio et vita. La existencia sacerdotal «sigue» al ministerio, en el sentido de que resulta plasmada y orientada por él.

El principio expuesto debe ser entendido con perspicacia: no es la materialidad de las «cosas que hay que hacer» la que guía la vida del sacerdote. El ministerio apostólico, más allá de sus realizaciones inmediatas, obedece a leyes de profundo contenido teológico y espiritual. Se le reconoce la función de dar forma a la existencia sacerdotal, de determinar su espiritualidad. Tomemos algunos ejemplos para ilustrar lo que queremos decir: pensemos en la configuración del servicio humilde y desinteresado que Jesús recomendó tantas veces a sus discípulos, para que fuese el estilo fundamental de sus relaciones con la comunidad, superando toda tentación de ejercer un poder sacro o de asumir privilegios. Pensemos en que están destinados a obrar «in persona Christi capitis» presidiendo la liturgia, sobre todo eucarística, y presidiendo en la caridad: de aquí brota toda una serie de formas típicas de la vida espiritual del sacerdote (en el sentido expuesto anteriormente). Pensemos en el ministerio del anuncio autorizado de la Palabra y de la doctrina de la fe, con cuanto éste requiere: trato asiduo con la Revelación divina, ortodoxia segura, experiencia en la reflexión teológica y en la intervención catequística, etc.

El modo típico y original que configura la espiritualidad presbiteral puede ser mejor comprendido si señalamos la forma, diferente y complementaria, que determina, por ejemplo, la vocación religiosa. Ésta, aunque vaya unida al sacramento del Orden Sagrado, como en el caso del clero religioso, tiene sus motivaciones en otro punto de partida y se configura de modo diverso. El creyente que aspira a la vida religiosa se siente ante todo llamado a identificarse con un carisma particular, encarnado en una forma de vida determinada y en la figura de un fundador o fundadora ejemplar, con su opción particular, su estilo, sus prioridades típicas. Sólo en segundo lugar, y a partir de ese carisma, se dispone a «servir» en diversos ministerios pastorales en la Iglesia. Más aún: su primer servicio a la Iglesia consistirá en mantenerse fiel a la inspiración originaria del carisma que ha elegido, y en conservarlo como riqueza ofrecida a todo el pueblo de Dios. De este modo, sin menoscabo de la generosidad y disponibilidad eclesial de los religiosos, se justifica que entre los diversos servicios eclesiales, atiendan a elegir y a promover los que se revelan en sintonía con el carisma típico de cada familia y tradición religiosa, rehusando aquellos que impiden la custodia y promoción de éste, o asumiéndolos solamente en caso de extrema necesidad y como suplencia provisoria.

En el caso de la espiritualidad presbiteral el procedimiento es inverso, por múltiples motivos: aquél que es llamado por el Espíritu de Cristo a vivir «como los apóstoles» y a asumir, en cierta medida, su misión, debe ante todo conformar su vida a las exigencias del servicio pastoral. Esta disponibilidad a servir, con las características típicas de la caridad de Cristo Cabeza y Pastor, constituye el meollo y el principio vital de su «carisma». Para que su espiritualidad sea concreta y adecuadamente configurada, no deberá inspirarse en otros carismas o formas de vida cristiana. El ministerio es fuente original y suficiente para determinar el valor de su figura y su modo típico de seguir al Señor y servir a los hermanos.

También él, como cualquier otro miembro de la comunidad eclesial, sea cual fuere su vocación, podrá buscar ayuda y ejemplo en otras espiritualidades diversas de la propia. Podrá seguir inclinaciones personales especiales y mociones interiores del Espíritu. Pero no deberá nunca sustituir por otras la inspiración fundamental inherente a su mandato apostólico, a menos que -por razones convenientes y sometidas a discernimiento- resuelva cambiar de vocación, como cuando un sacerdote ingresa en una comunidad religiosa.

Santo Tomás se refiere probablemente a un problema de este género, cuando en la Suma afirma que el episcopado es en cuanto tal un «estado de perfección» en sí mismo, y no por asimilación a la vida típica de los religiosos. En efecto, la llamada a la perfección coincide con la llamada a la caridad; la vida apostólica esta constituida por la llamada a la caridad pastoral, principio autónomo y suficiente de un camino de auténtica santidad cristiana.

En base a lo expuesto hasta aquí, de modo necesariamente rápido y esquemático, podemos deducir algunas consecuencias acerca de las motivaciones típicas y los estilos apropiados de una fecunda coparticipación de la espiritualidad sacerdotal dentro del ámbito presbiteral.

En primer lugar, aparece la urgencia de la coparticipación. La vida del sacerdote no puede reducirse a un conjunto de esquemas rígidos y repetitivos, que no sería necesario «compartir» sino para controlar su fiel ejecución. A este propósito surge inmediatamente la sospecha de que algunas resistencias o incapacidades para compartir se deban precisamente al hecho de haberse caído en este equívoco. La coparticipación se torna entonces pura y simple confrontación organizativa, cuestión de actividades e iniciativas en busca de una mayor eficiencia en la labor apostólica. De este modo se pierde de vista lo más importante y necesario: la comunicación, dentro del horizonte de la fe, de todo aquello que cada sacerdote vive y experimenta de modo único e irrepetible, con quienes comparten la espiritualidad de su vocación. La coparticipación es necesaria porque este proceso de conformación está siempre en acto y en constante actualización -pero con fidelidad a lo estable, revelado y tradicional- de acuerdo a los cambios de las condiciones del ministerio.

También la calidad y el estilo de la coparticipación derivan de cuanto hemos dicho. No nos podemos contentar con una buena educación revestida de cordialidad superficial. ¡Cuántas relaciones interpersonales entre sacerdotes se limitan a esto, como si fuera el máximo posible de alcanzar! La imagen que de aquí surge es muy parecida a la de un club de caballeros o a la del círculo de una asociación de solterones. En tales ambientes la coparticipación no pasará de conversaciones ingenuas, de intercambio de noticias (¿habladurías?) y de métodos de servicio, de una «comida social» reconfortante, etc. En cambio, cuando entra en juego el centro de la propia vivencia de creyentes y de sacerdotes, la coparticipación requiere un clima de fraternidad auténtica, de valor y sencillez para afrontar los verdaderos nudos de los problemas, de transparencia y de sinceridad. Todo esto sólo puede emerger en un ambiente humano transformado por el Espíritu de Cristo en una viva realidad de comunión.

En fin, los mismos contenidos de la coparticipación son orientados y determinados por el hecho de que se desea compartir la espiritualidad sacerdotal. Basta pensar en muchos «retiros espirituales» para el clero, en los que se encaran temas que no tienen nada que ver con el ministerio. Parecería, a veces, que los sacerdotes están dispuestos a reflexionar juntos sobre todo tema, excepto sobre el punto que marca y plasma su existencia, o sea, su servicio sacerdotal. Por el contrario, es necesario que el ministerio apostólico esté siempre presente en la coparticipación, aunque sea de manera más o menos directa. De eso, en efecto, como ya lo hemos visto, brota la configuración vocacional y espiritual del sacerdote. Detenerse antes o fuera de estos contenidos significa condenarse a una comunicación superficial y genérica, desprovista de impacto real y decisivo sobre la espiritualidad sacerdotal, propia y ajena.

 

  1. … EN LAS ACTUALES CIRCUNSTANCIAS SOCIALES Y ECLESIALES

La coparticipación de la espiritualidad sacerdotal, por estar ligada al desarrollo concreto del ministerio, no puede basarse exclusivamente sobre principios. Repercuten en ella, en su urgencia y modalidades, en la determinación de sus contenidos y en la prioridad de sus temas, las circunstancias culturales, sociales y eclesiales en las que viven y actúan los sacerdotes5.

En un mundo orgánico de tendencia estática y relativamente simple, como el que hemos dejado atrás en los últimos decenios (pensemos en la parroquia rural, por entonces modelo mayoritario de comunidad cristiana), podía compartirse la espiritualidad sacerdotal en un plano de natural sencillez. No queremos decir que todo fuese fácil y por descontado, pero lo cierto es que la inmovilidad y solidez de los modelos ministeriales y de los estilos de vida contribuían en cierta medida a la «obviedad» de la coparticipación. El número todavía elevado de sacerdotes permitía un intercambio más amplio: recordemos el caso, no raro, de las «canonjías», las frecuentes reuniones para las celebraciones de oficios fúnebres, la disponibilidad recíproca para confesar y predicar…

Como en tantos otros campos de la vida, se puede decir que también en lo referente a la coparticipación de la espiritualidad sacerdotal, había espontáneamente de más cuando la necesidad era menor.

De hecho, en las circunstancias actuales, no pocos factores parecen indicar que la urgencia de esta coparticipación se ha tornado, a ser posible, más fuerte y más exigente. Al mismo tiempo se han vuelto más difíciles las condiciones de su realización.

Vivimos indudablemente en una época crítica, evolutiva y compleja. La vida humana -y el ministerio y la vida del sacerdote- está urgida, como nunca, por un continuo proceso de adaptación y de verificación, que lleva consigo la difícil custodia de lo esencial, junto con una capacidad inédita de adaptación y de transformación de los estilos y de las costumbres, distinguiendo dentro de lo «nuevo» lo que edifica y purifica de lo que despesa y paraliza.

A modo de ejemplo, podemos citar algunos fenómenos que saltan a la vista de todos.

Empleando una imagen, podemos decir que el sacerdote es cada vez menos un «resistente solitario» y siempre más un «atacante solidario». La primacía de la nueva evangelización exige al sacerdote concentrar la atención de su servicio sacerdotal (y, por consiguiente, su espiritualidad) sobre la prioridad del anuncio de la Palabra y de la solicitud por el crecimiento de una fe adulta y consciente, fundada sobre íntimas convicciones interiores, y no sólo sostenida por la custodia de tradiciones y por la repetición de hábitos. En este clima es difícil tener, a un mismo tiempo, la creatividad necesaria y la indispensable solidaridad. La primera tiende a aislar, la segunda arriesga homologar y mortificar. Sólo el gusto por la coparticipación y el empeño por unir el respeto de las genialidades de cada cual y un sincero esfuerzo de convergencia y de colaboración, pueden hacer madurar una espiritualidad sacerdotal adecuada a los tiempos.

Crece y se desarrolla la conciencia de la dignidad del sacerdocio universal de los bautizados. El sacerdote se manifiesta cada vez más como servidor de la expresión plena y madura de ese sacerdocio. Desaparece la idea -no evangélica, por otra parte- del sacerdote «para todo», síntesis de todos los carismas, modelo universal de vida cristiana, confinado por el respeto popular en su «honorable» hornacina de vida espiritual -en el sentido pagano que hemos refutado- de poder sacro, de monopolio del discernimiento moral. Desde estos diversos puntos de vista, el sacerdote ya no goza de «rentas de posición», como se dice comúnmente. No basta mostrarse complacido de esta indudable ganancia purificadora. Es menester, además, evitar arrojar la criatura con el agua: para expresarlo, sin metáforas, evitar perder el sentido de la misión propia e intransferible del sacerdote. Por el contrario, las actuales circunstancias impulsan a emprender con formas nuevas la búsqueda de lo esencial y de lo específico en la espiritualidad sacerdotal. ¿Cómo podrá el sacerdote ejecutar una labor tan hermosa e importante, pero también tan delicada y compleja, en condiciones de soberano aislamiento, enteramente solo?

Un tercer ejemplo: el ministerio sacerdotal tiene la responsabilidad de custodiar y promover la vida cristiana en lo que tiene de más universal y objetivo, en lo que manifiestamente es esencial para todos y necesario para la salvación. Esta función primordial era ciertamente más fácil en una cultura en la cual las dependencias y relaciones tendían a ser objetivas y globales. Pero hoy nos encontramos en un clima cultural en el que el resurgir del subjetivismo y del espíritu crítico inducen a muchos a adoptar una conducta de dependencia condicionada y subjetiva, de adhesión parcial y selectiva. ¡Cuántos cristianos tienen «su» sacerdote, «su» grupo, «su» espiritualidad, «su» modo de concebir la fe, escogiendo cuidadosamente cuanto les satisface y rechazando lo que no corresponde a sus puntos de vista! Es fuerte la tentación, también para el sacerdote, de construirse una comunidad a su propia imagen y semejanza y de adoptar -él el primero y como modelo para todos- un carisma particular, seleccionado y excluyendo de hecho, cuando no por principio, a cuantos «no se adaptan». De este modo la Iglesia, casa de todos los redimidos, hogar que no conoce ausencia6, corre peligro de transformarse en una ciudadela habitada sólo por fieles homogéneos y seleccionados en base a criterios particulares y subjetivos que superan lo necesario para la fe salvífica. Es tal vez inevitable que el sacerdote ponga matices personales en su ministerio, pero hay que evitar en absoluto que esos matices tengan que ser aceptados como condición necesaria, por los que quieran acceder a su ministerio. Sólo una prolongada y cordial coparticipación de la espiritualidad sacerdotal podrá ayudar a los sacerdotes a conservar su propia y peculiar genialidad y, al mismo tiempo, a ponerla humildemente al servicio de todo el pueblo de Dios.

Los ejemplos podrían multiplicarse. Los que hemos evocado parecen suficientes para indicar que las circunstancias culturales y sociales en que vive hoy la Iglesia impulsan a un empeño renovado en la coparticipación fraterna y cordial de la espiritualidad sacerdotal de parte de todo el presbiterio. No olvidemos que una coparticipación análoga -en formas diversas y apropiadas- deberá ser cultivada también con los laicos sobre todo con los apostólicamente comprometidos a compartir la misión del sacerdote y a colaborar en ella- y con los religiosos y religiosas, respetando y valorizando su carisma propio. Pero esta coparticipación deberá vivirse sobre todo en el ámbito del presbiterio diocesano, con una modalidad y una profundidad que no pueden darse enteramente en otros ámbitos. Claro está que también los presbíteros religiosos, cuando se hallan ligados de modo estable a alguna función ministerial en la Diócesis, están llamados a integrarse en esta coparticipación como miembros efectivos del presbiterio, y a aportar la riqueza de su experiencia marcada por la identidad religiosa particular en la que viven su sacerdocio.

 

  1. ALGUNAS FORMAS PRINCIPALES DE LA COPARTICIPACIÓN

En la vida del sacerdote la opción por compartir fraternalmente la propia experiencia, no puede quedar reducida a algunas técnicas, ni ser contenida en ámbitos restringidos de su vivencia. Como hemos visto, debe corresponder a una profunda actitud existencial que impregne todos los momentos y aspectos de la espiritualidad sacerdotal.

Haremos resaltar algunas de las formas principales en que se realiza la coparticipación. Esbozaremos solamente ciertas características, sin olvidar que sólo desempeñarán su función si se mantienen dentro del horizonte global de esa «mentalidad de coparticipación» de la que hemos hablado.

  1. Citemos en primer lugar la capacidad de colaborar, de construir una pastoral de conjunto en la que el ministerio sea vivido con un genuino sentido de solidaridad y de participación. A propósito hemos querido poner en primer lugar esta forma de coparticipación, pues aquí comienza la verdadera coparticipación de la espiritualidad sacerdotal, por los motivos ya ampliamente expuestos.

Si no se parte de aquí, y no se vuelve a este punto de partida, las demás formas de coparticipación y de intercambio entre sacerdotes no podrán evitar el riesgo de ser genéricas y marginales. Es aquí, más que en otra parte, donde se pueden percibir señales de resistencia debido a un errado sentido de responsabilidad individual. El sacerdote suele sentirse protagonista único y aislado de los ministerios que le han sido confiados. En este caso la coparticipación es soportada como indebida ingerencia de los demás, o encerrada dentro de los límites de temáticas extrañas al ministerio, con la consecuencia de permanecer también extraños a lo propio de la espiritualidad sacerdotal. En este campo queda aún un largo camino por recorrer. Sobre todo no se trata de experimentar formas organizativas o esquemas pastorales nuevos, sino más bien de crear una mentalidad nueva, una sensibilidad difusiva que ayuden, a la vez, a sentirse partícipes y corresponsables del ministerio ajeno, y a tornarse gustosamente disponibles a considerar a los demás como parte activa en la programación, verificación y realización del propio servicio ministerial.

Compartir todo, excepto el modo propio de vivir la caridad pastoral, equivale a compartir casi nada de lo que debiera realmente importarle a un sacerdote. Esto es verdad ya a nivel de un simple presbiterio parroquial. Con mayor razón vale para todas las ocasiones de encuentro e intercambio a niveles más amplios y solemnes, hasta el propio consejo presbiteral diocesano.

 

  1. La coparticipación de la espiritualidad sacerdotal es bien vivida y buscada por motivos justos, cuando los sacerdotes viven de modo auténtico las dimensiones fundamentales de su condición de vida apostólica. Algunos rasgos de la «apostólica vivendi forma» son: el estar interiormente libre de todo lazo impropio con personas y cosas, la prontitud que torna disponible para la obediencia en asumir ministerios y responsabilidades, y la fraternidad efectiva que se traduce en formas variadas de comunión de vida y habitúa a vivir, de modo positivo, la rica trama de relaciones interpersonales y de amistad que nace del compartir los mismos ministerios en servicio de la Iglesia.

Por consiguiente, habrán de evitarse cuidadosamente las actitudes contrarias: el celo de quien se encierra en la posesión complacida de los propios «bienes» espirituales y pastorales; el inmovilismo de quien ha echado raíces profundas en hábitos y estilos de vida que no van más allá de la sombra del propio campanario, sustituyendo así la fidelidad y la estabilidad por lo que en realidad no es sino miedo de cambiar y renovarse; el soberano aislamiento de quien, en lugar de cultivar con los otros sacerdotes la íntima fraternidad sacramental de la que habla el Concilio7, se limita sólo a las formas de una camaradería superficial y de buena educación.

Estas conductas, como sabemos, no son sugeridas por la lógica evangélica, sino más bien por modelos de vida más cercanos a la forma pagana del sacerdocio y a las maneras diversas en las que se puede expresar una especie de «libre profesión» de funcionarios de lo sagrado. Y, sin embargo, no es raro encontrar estos obstáculos -con frecuencia a un nivel menos consciente y explícitamente querido- en el camino de la coparticipación.

 

  1. Una buena coparticipación espiritual no consiste sólo en palabras y discursos. Se expresa y se alimenta con muchas formas de participación existencial, con muchos gestos y sentimientos que no necesariamente son expresados en lenguaje hablado.

Sería erróneo, sin embargo, infravalorar el papel de la comunicación verbal, del coloquio e intercambio de palabras, en cuanto factores importantes de la coparticipación. En esta materia las cosas no son sencillas y espontáneas. Es más fácil repetir los grandes principios y las abstractas afirmaciones de valor o -en el extremo opuesto- limitarse siempre y únicamente a la comunicación de noticias, avisos y órdenes de servicio, que entrar en una verdadera comunicación en la que las palabras sean vehículo de una experiencia personal e interpelen los estratos menos superficiales de la experiencia personal del interlocutor.

Un educador de Seminario escribía hace un tiempo: «Los sacerdotes comienzan pronto, desde que son seminaristas, a pronunciar discursos, es decir, a expresar en palabras las verdades sublimes y las exigencias indiscutibles del Evangelio. Al principio, quizás con temor y cautela, después, poco a poco, con mayor soltura, como quien ya ha aprendido el oficio. Éste es el nivel del discurso. Luego de abandonado el ambón, los sacerdotes encuentran amigos, intercambian saludos y noticias, hablan de precios, de achaques, de deportes, cuentan anécdotas. Comienza el tiempo indefinido de la charla… que es siempre tentación de caer en juicios someros, en murmuraciones de descontento, en insinuaciones malévolas, sin el coraje de devenir objeción, sin la misericordia de transformarse en comprensión.

Los sacerdotes acostumbrados a trabajar juntos valoran el camino que lleva al surgimiento de un pensamiento compartido, de un objetivo común. Cuando no es lo que más importa el demostrar que se tiene razón o se está más aggiornado, entonces se trasmite lo que es interesante, las preguntas que hacen pensar, los consuelos que abundan en la vida sacerdotal.

Es fácil tropezar con una inercia y una conformidad que hacen penosa esta conminación: cada cual tiene sus propias inhibiciones y presunciones. Una condición para hacer posible también a los sacerdotes… el caminar juntos es la estima recíproca. Quiero decir el convencimiento, ampliamente corroborado por la experiencia, de que cada cual posee tesoros incontables, acumulados en horas de meditación de la Palabra de Dios, en innumerables encuentros personales, en la tenaz dedicación al ministerio y en la afición siempre nueva a escuchar a la gente, a hacerse cargo de los dramas y disgustos de los demás. Muy poco por debajo de la corteza convencional que tal vez transforma al sacerdote en un personaje, está el hombre de Dios y el tiempo que se emplea en escucharlo, cuando la conversación es seria y sincera, es tiempo ganado»8.

En muchas oportunidades de encuentros entre sacerdotes es posible verificar lo dicho más arriba, tanto lo bueno como lo malo. Alguna vez se puede comprobar que, sin alternativas, se pasa del discurso del predicador o conferencista de turno a la charla más superficial durante los intervalos. En cambio otras veces se puede experimentar que entre sacerdotes, aun de edad, sensibilidad y estilos pastorales diversos, nace y se estabiliza un género medio de comunicación, en el que finalmente afloran los verdaderos problemas del ministerio y de la vida de cada cual. Entonces se comparte la búsqueda, resulta un mutuo enriquecimiento y se alimenta una verdadera coparticipación espiritual.

 

  1. ¿QUE VIRTUDES FAVORECEN LA COPARTICIPACIÓN?

El tema del que estamos tratando no es secundario en la vida del sacerdote. El compartir la espiritualidad es de importancia fundamental para garantizar el buen ejercicio del ministerio de la Nueva Alianza. Por consiguiente, se puede afirmar que todas las virtudes sacerdotales deben concurrir, de modo más o menos directo, a posibilitar su ejercicio.

La pedagogía del Seminario y la formación permanente del clero deberían volverse cada vez más atentas a este aspecto de la vida sacerdotal, para favorecer en todos los ámbitos y a través de todos los proyectos educativos el crecimiento de la capacidad y el gusto de la coparticipación. Podemos intentar también enumerar algunos comportamientos virtuosos que nos parecen particularmente importantes para salvaguardar y promover esta capacidad y este deseo.

  1. Poner en primer lugar el Reino de Dios

Un antiguo dicho popular afirma que la verdadera amistad no consiste en mirarse a los ojos, sino en mirar juntos hacia un objetivo común. La coparticipación, en cualquier forma que sea, sólo será posible entre personas que convergen hacia el mismo ideal, que están dispuestas a vencerse a sí mismas para dedicarse a valores más grandes que la propia realización personal.

En caso contrario, la relación que se establece será un intento de apoderarse del otro para utilizarlo en provecho del propio éxito, o al menos un intento de intercambiar bienes y servicios con saldo positivo para ambos.

La lógica del Reino de Dios es la contradicción más radical de este modo de pensar y de vivir. Los apóstoles del Reino han aprendido que la finalidad de la vida no es «salvarse»; saben que por esta vía sólo se llega a la perdición. Por el contrario, han sido llamados a «perderse» por Jesús y por el Evangelio, tal como Jesús se ha «perdido» por ellos, y tal como lo enseña el Evangelio -buena noticia del amor incondicional y «absolutamente desinteresado» de Dios a la humanidad.

La influencia que esta primera y fundamental virtud cristiana ejerce sobre la coparticipación es tan clara como radical: si el seminarista y el sacerdote no han aprendido a renunciarse a sí mismos, a desechar el concepto de la importancia de la autorrealización, a anteponer el Reino de Dios y su lógica nueva a los propios pensamientos y deseos, todo proyecto de auténtica coparticipación los encontrará indiferentes y desprevenidos.

Por el contrario, el sacerdote que ha logrado mantener su ministerio y su vida a la altura de las exigencias del Reino de Dios, nada pierde por compartir con los hermanos las dimensiones más profundas y verdaderas de su espiritualidad; fácilmente se mostrará disponible para una confrontación y una coparticipación trasparentes y desinteresadas.

 

  1. Un conocimiento propio realista y una percepción positiva de los demás

La presentación de los grandes ideales del Evangelio y la práctica del estudio y de la especulación abstracta, ya desde los años del Seminario pueden inducir a los jóvenes y a los sacerdotes, a una especie de proyección irreal de la conciencia que de sí mismos tienen. Se hacen la ilusión de poder realizar lo aprendido en teoría, solamente por el hecho de haberlo comprendido y aceptado con aprobación y convicción plenas. De este modo olvidan que siempre deberán tener en cuenta la indolencia, el hastío y la mezquindad del propio temperamento, y considerando cualquier fracaso o retardo como un incidente del camino sin mayor importancia, en breve llegan a estar incapacitados para concederse a sí mismos permiso para no ser perfectos.

Esta situación, cuando no es serenamente reconocida y corregida con paciencia, produce una serie de efectos negativos, un tanto graves.

Aún logrando evitar la consecuencia más trágica, que ocurre cuando las circunstancias imponen, sin posibilidad de evasión, el reconocimiento de la propia insignificancia y fragilidad (y entonces todo es posible, hasta las crisis más profundas con resultados imprevisibles), la falta de una percepción de sí, realista y serena, torna la vida hipócrita o inquieta. En ambos casos, difícilmente se estará disponible para una confrontación real y constructiva con el camino de ministerio y de fe de los cohermanos.

Considerándolos, a su vez, como agresores indeseados e indiscretos de mi privacidad (en la que yo mismo no entro casi nunca), estaré a la defensiva, para impedir que alcancen aquel conocimiento de mí mismo, ante el cual yo soy el primero en sentirme turbado. Las relaciones interpersonales se vuelven entonces tímidas y embarazosas. Aparecen muchos mecanismos de defensa, entre los cuales el más peligroso es quizás la facilidad para la sujeción, la búsqueda de reglas y órdenes precisas, a las que uno obedece con tal de ser dejado en paz. Con frecuencia los seminaristas y sacerdotes que padecen de este equívoco no causan preocupaciones a los «superiores». Pero no se podrá esperar de ellos que contribuyan activamente a la coparticipación y con frecuencia servirán para frenar todas las iniciativas al respecto.

 

  1. Un desarrollo positivo y una aplicación fecunda de la afectividad

Entendemos aquí el término «afectividad» en su sentido más amplio, que incluye también el campo de la sexualidad pero no se reduce a ella. A este abigarrado mundo de los afectos y de las emociones se le dedica una atención por demás unilateral, tendiente más a controlar y someter que a canalizar y enderezar positivamente.

La castidad es una virtud y no una simple represión del instinto sexual.

Se educa en la castidad en la medida en que se invita a saber utilizar bien el propio deseo de amar y ser amado. La virtud de la castidad no implica en absoluto rechazo o desestima de la sexualidad humana, antes bien significa energía espiritual capaz de defender el amor de los peligros del egoísmo y de favorecer su plena realización, defendiéndolo asimismo de todo empobrecimiento y falsificación9.

Una sana educación para el celibato debe capacitar al sacerdote para vivir afectos profundos y puros, sin temores inmotivados, con la necesaria sensatez y prudencia, sin actitudes de dominio y de exclusividad.

Junto a la necesaria verificación de la capacidad para mantenerse casto, es necesario invitar a los seminaristas y sacerdotes a ejercitarse en esa virtud, esencial para la coparticipación, que algunos llaman «empatía». En un libro precioso sobre el celibato, el Padre Danieli la describe así: «Es la capacidad para acoger y respetar el mundo emotivo del otro… Constituye el movimiento contrario al narcisismo. Quien es capaz de empatía es capaz de una escucha profunda y sin distracciones; es persona preocupada más bien por comprender que por juzgar, respetuosa de los sentimientos ajenos. La empatía no es una actitud espontánea. Es fruto del ejercicio de la ascesis, del autodominio y del control de los propios temores y de la voluntad de afirmarse… La práctica de la empatía permite vivir las relaciones humanas sustrayéndolas al peligro de la manipulación y de la instrumentalización. Desde el punto de vista pastoral es un recurso de notable valor y cuando en la relación interpersonal la empatía deviene atención recíproca, actitud permanente de parte de ambos interlocutores, puede ser camino hacia una amistad profunda, gratificante y trasparente»10.

Y, agregamos nosotros, puede ser camino hacia una buena coparticipación espiritual que, por el contrario, queda irremediablemente bloqueada por los comportamientos resultantes de una educación en la castidad represiva y «voluntarista».

Se podrían hacer análogas consideraciones a propósito de la obediencia: no puede quedar reducida a una negación radical de la voluntad propia. La obediencia auténtica y evangélica no reprime sino que exalta la libertad con la que se busca la verdad de la voluntad de Dios; educa para asumir plenamente las propias responsabilidades; no paraliza la sana agresividad de una persona llamada a conducir con autoridad la comunidad cristiana, sino que se limita a impedirle expresarse en términos de poder eclesial, de autonomía aislada e indiferente a la labor de los demás.

 

  1. El cuidado de la interioridad

Sólo será capaz de una coparticipación espiritual auténtica quien está en condiciones de poner a disposición de los demás, en una confrontación límpida y fraterna, una interioridad rica, de continuo alimentada por una verdadera experiencia de oración y de reflexión teológica y pastoral.

Las condiciones del ministerio en las circunstancias actuales no favorecen la custodia de la interioridad. A veces parecería que los años transcurridos en el Seminario, con el multiplicarse de salidas, de experiencias pastorales, de vacaciones prolongadas, de asiduidad televisiva, etc., no garantizan suficientemente una educación favorable al gusto de la interioridad.

Por otra parte, no se comparte sino lo que se posee. Un sacerdote demasiado disperso en la exterioridad de las cosas que tiene que hacer, un sacerdote que ya no estudia más, que ha reducido la oración a la ejecución obligatoria de ritos y celebraciones litúrgicas, se limitará a compartir exteriormente los niveles un tanto superficiales de su existencia.

Si no nos acostumbramos a considerar el cuidado de la interioridad como un deber primordial del ministerio, cuya autenticidad favorece (y no como un indebido antagonismo a la generosidad con que nos dedicamos a las diversas tareas ministeriales), no lograremos protegerla de las agresiones que los ritmos frenéticos de la vida contemporánea tratan de imponernos11. Y no seremos capaces de tener con nuestros cohermanos una verdadera coparticipación espiritual.

(Traducción de las monjas benedictinas de Santa Escolástica)

Notas:

1.- Rector del Pontificio Seminario Lombardo de los santos Ambrosio y Carlos.

2.- De Seminarium N° 2, año 1995, pp. 287-302.

3.- Cf. Rm 12, 1-2.

4.- Rm 12, 5.

5.- A esta percepción parece haber respondido el reciente Sínodo de los obispos sobre la formación sacerdotal. No se ha hablado de ello en forma abstracta, sino teniendo presentes -con sentido programático claramente expresado desde la formulación misma del tema del Sínodo- «las circunstancias actuales».

6.- Me refiero a una frase de don Primo Mazzolari, elegida como título de un hermoso libro del sacerdote de Cremona: Segismondi G., La Chiesa, un focolare che non conosce assenze, Estudio sobre el pensamiento de don Primo Mazzolari, Ed. Porziuncola 1993.

7.- P.0., 8.

8.- DELPINI M., Elogio del genere medio. E della stima, en «La Fiaccola», febrero 1991.

9.- Cf. CEI, Direttorio di pastorale familiare, Roma 1993, 44.

10.- DANIELI, M., SJ, liber ¿per chi? Il celibato ecclesiastico, Bolonia 1995, 82-83.

11.- COLETTI D., Vivere da Prete, Casale Monferrato 1991, 137-142.

"Trackback" Enlace desde tu web.