IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano Santo Domingo, Octubre 12-28 de 1992

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Nueva Evangelización – Promoción Humana – Cultura Cristiana
(Algunos extractos de las conclusiones)

 

 

DISCURSO INAUGURAL DEL SANTO PADRE

10. La novedad de la acción evangelizadora a que hemos convocado afecta a la actitud, al estilo, al esfuerzo y a la programación, como propuse en Haití, al ardor, a los métodos y a la expresión. (Cf. Discurso a los Obispos del CELAM, 9 de marzo de 1983). Una evangelización nueva en su ardor supone una fe sólida, una caridad pastoral intensa y una recia fidelidad que, bajo la acción del Espíritu, generen una mística, un incontenible entusiasmo en la tarea de anunciar el Evangelio. En lenguaje neotestamentario es la «parresía» que inflama el corazón del apóstol (cf. Hch 5, 28-29; cf. Redemptoris missio, 45). Esta «parresía» ha de ser también el sello de vuestro apostolado en América. Nada puede haceros callar, pues sois heraldos de la verdad. La verdad de Cristo ha de iluminar las mentes y los corazones con la activa, incansable y pública proclamación de los valores cristianos.

Por otra parte, los nuevos tiempos exigen que el mensaje cristiano llegue al hombre de hoy mediante nuevos métodos de apostolado, y que sea expresado en lenguaje y formas accesibles al hombre latinoamericano, necesitado de Cristo y sediento del Evangelio: ¿Cómo hacer accesible, penetrante, válida y profunda la respuesta al hombre de hoy, sin alterar o modificar en nada el contenido del mensaje evangélico? ¿cómo llegar al corazón de la cultura que queremos evangelizar? ¿cómo hablar de Dios en un mundo en el que está presente un proceso creciente de secularización?

26. Condición indispensable para la nueva evangelización es poder contar con evangelizadores numerosos y cualificados. Por ello, la promoción de las vocaciones sacerdotales y religiosas, así como de otros agentes de pastoral, ha de ser una prioridad de los Obispos y un compromiso de todo el pueblo de Dios.

Hay que dar, en toda América Latina, un impulso decisivo a la pastoral vocacional y afrontar, con criterios acertados y con esperanza, lo referente a los Seminarios y Centros de formación de los religiosos y religiosas, así como el problema de la formación permanente del Clero y de una mejor distribución de los sacerdotes entre las diversas Iglesias locales, en las que hay que considerar también la apreciada labor de los diáconos permanentes. Para todo esto se encuentran orientaciones apropiadas en la Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores dabo vobis.

Por lo que se refiere a los religiosos y religiosas, que en América Latina llevan el peso de una parte considerable de la acción pastoral, deseo hacer mención de la Carta Apostólica Los Caminos del Evangelio, que les dirigí con fecha 29 de junio de 1990. También quiero recordar aquí a los Institutos Seculares, con su pujante vitalidad en medio del mundo, y a los miembros de las Sociedades de Vida Apostólica, que desarrollan una gran actividad misionera.

En la hora presente, los miembros de los Institutos religiosos, tanto masculinos como femeninos, han de centrarse más en la labor específicamente evangelizadora desplegando toda la riqueza de iniciativas y tareas pastorales que brotan de sus diversos carismas. Fieles al espíritu de sus Fundadores, les debe caracterizar un profundo sentido de Iglesia y el testimonio de una estrecha y fiel colaboración en la pastoral, cuya dirección compete a los Ordinarios diocesanos y, en determinados aspectos, a las Conferencias Episcopales.

Como recordé en mi Carta a las contemplativas de América Latina (12 de diciembre de 1989), la acción evangelizadora de la Iglesia está sostenida por esos santuarios de la vida contemplativa, tan numerosos en todo el Continente, que constituyen un testimonio de la radicalidad de la consagración a Dios, que tiene que ocupar siempre el primer puesto en nuestras opciones.

Capítulo I.- LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

    • 1.3.1. Los ministerios ordenados

      67. El ministerio de los obispos, en comunión con el Sucesor de Pedro, y el de los presbíteros y diáconos es esencial para que la Iglesia responda al designio salvífico de Dios con el anuncio de la palabra, con la celebración de los sacramentos y en la conducción pastoral. El ministerio ordenado es siempre un servicio a la humanidad en orden al reino. Hemos recibido «la fuerza del Espíritu Santo» (cf. Hch 1, 8) para ser testigos de Cristo e instrumentos de vida nueva.

      Volvemos a escuchar hoy la voz del Señor quien, con los desafíos de la hora actual, nos llama y envía; queremos permanecer fieles al Señor y a los hombres y mujeres, sobre todo los más pobres, para cuyo servicio hemos sido consagrados.

        1. El desafío de la unidad

          68. El Concilio nos recordó la dimensión comunitaria de nuestro ministerio: colegialidad episcopal, comunión presbiteral, unidad entre los diáconos. A nivel continental y en cada una de nuestras Iglesias particulares, existen ya organismos de integración y coordinación. Es notorio el esfuerzo de unidad con los religiosos que comparten los esfuerzos pastorales en cada Diócesis.

          Reconocemos, sin embargo, que existen causas de preocupación en nuestras Iglesias particulares: divisiones y conflictos que no siempre reflejan la unidad que ha querido el Señor.

          Por otra parte, la escasez de ministros y el recargo de trabajo que impone a algunos el ejercicio de su ministerio hacen que muchos permanezcan aislados.

          Por tanto, se hace necesario vivir la reconciliación en la Iglesia, recorrer todavía el camino de unidad y de comunión de nosotros, los pastores, entre nosotros mismos y con las personas y comunidades que se nos han encomendado.

          69. Por eso nos proponemos:

          • Mantener las estructuras que están al servicio de la comunión entre los ministros ordenados, prestando especial atención a los respectivos papeles subsidiarios y sin desmedro de las competencias propias, en conformidad al derecho de la Iglesia. Según las necesidades y lo que enseña la experiencia tales estructuras pueden revisarse y redimensionarse, precisando su competencia y naturaleza. Entre estas instancias están las conferencias episcopales, las provincias y regiones eclesiásticas, los consejos presbiterales y, a nivel continental, el CELAM.

          • En la formación inicial de los futuros pastores y en la formación permanente de obispos, presbíteros y diáconos queremos impulsar, muy especialmente, el espíritu de unidad y comunión.

        1. La exigencia de una profunda vida espiritual

          70. El sacerdocio procede de la profundidad del inefable misterio de Dios. Nuestra existencia sacerdotal nace del amor del Padre, de la gracia de Jesucristo y de la acción santificadora y unificante del Espíritu Santo; esta misma existencia se va realizando para el servicio de una comunidad a fin de que todos se hagan dóciles a la acción salvadora de Cristo (cf. Mt 20, 28; PDV 12).

          El Sínodo Episcopal de 1990 y la exhortación post -sinodal «Pastores dabo vobis» han delineado de manera clara las notas características de una espiritualidad sacerdotal, con una insistencia honda sobre la caridad pastoral (cf. PDV cap. 3).

          71. Por estas razones nos proponemos:

          • Buscar en nuestra oración litúrgica y privada y en nuestro ministerio una permanente y profunda renovación espiritual para que en los labios, en el corazón y en la vida de cada uno de nosotros, esté siempre presente Jesucristo.

          • Crecer en el testimonio de santidad de vida a la que estamos llamados, con la ayuda de los medios que ya tenemos en nuestras manos: «los encuentros de espiritualidad sacerdotal, como los ejercicios espirituales, los días de retiro o de espiritualidad» (PDV 80) y otros recursos que señala el Documento Pontificio Post -sinodal.

        1. La urgencia de la formación permanente

          72. San Pablo recomienda a su discípulo que reavive el don que ha recibido por la imposición de las manos (cf. 2Tim 1, 6). Juan Pablo II nos ha recordado que la Iglesia necesita presentar modelos creíbles de sacerdotes que sean ministros convencidos y fervorosos de la Nueva Evangelización (cf. PDV n. 8 y cap. 6).

          Existe una conciencia creciente de la necesidad e integralidad de la formación permanente, entendida y aceptada como camino de conversión y medio para la fidelidad. Las implicaciones concretas que tiene esta formación para el compromiso del sacerdote con la Nueva Evangelización exigen crear y estimular cauces concretos que la puedan asegurar. Cada vez aparece con más fuerza la necesidad de acompañar el proceso de crecimiento, intentando que los desafíos que el secularismo y la injusticia le plantean puedan ser asimilados y respondidos desde la caridad pastoral. Igual atención hemos de prestar a los sacerdotes ancianos o enfermos.

          73. Consideramos importante:

          • Elaborar proyectos y programas de formación permanente para obispos, sacerdotes y diáconos, las comisiones nacionales del clero y los consejos presbiterales.

          • Motivar y apoyar a todos los ministros ordenados para una formación permanente estructurada conforme a las orientaciones del magisterio pontificio.

        1. La indispensable cercanía a nuestras comunidades

          74. El Buen Pastor conoce sus ovejas y es conocido por ellas (cf. Jn 10, 14). Servidores de la comunión, queremos velar por nuestras comunidades con entrega generosa, siendo modelos para el rebaño (cf. 1Pe 5, 1 -5). Queremos que nuestro servicio humilde haga sentir a todos que hacemos presente a Cristo Cabeza, Buen Pastor y Esposo de la Iglesia (cf. PDV 10).

          La cercanía a cada una de las personas permite a los pastores compartir con ellas las situaciones de dolor e ignorancia, de pobreza y marginación, los anhelos de justicia y liberación. Es todo un programa para vivir mejor nuestra condición de ministros de la reconciliación (cf. 2Cor 5, 18), dando a cada uno motivos de esperanza (cf. 1Pe 3, 15), por el anuncio salvador de Jesucristo (cf. Gál 5, 1).

          75.

          • Nosotros, obispos, nos proponemos organizar mejor una pastoral de acompañamiento de nuestros presbíteros y diáconos, para apoyar a quienes se encuentran en ambientes especialmente difíciles.

          • Todos los ministros queremos conservar una presencia humilde y cercana en medio de nuestras comunidades para que todos puedan sentir la misericordia de Dios. Queremos ser testigos de solidaridad con nuestros hermanos.

      1. La atención a los diáconos permanentes

        76. Para el servicio de la comunión en América Latina, tiene importancia el ministerio de los diáconos. Ellos son, en forma muy privilegiada, signos del Señor Jesús «que no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20, 28). Su servicio será el testimonio evangélico frente a una historia en que se hace presente cada vez más la iniquidad y se ha enfriado la caridad (cf. Mt 24, 12).

        Para una Nueva Evangelización que, por el servicio de la Palabra y la Doctrina Social de la Iglesia, responda a las necesidades de promoción humana y vaya generando una cultura de solidaridad, el diácono permanente, por su condición de ministro ordenado e inserto en las complejas situaciones humanas, tiene un amplio campo de servicio en nuestro Continente.

        77.

        • Queremos reconocer nuestros diáconos más por lo que son que por lo que hacen.

        • Queremos acompañar a nuestros diáconos en el discernimiento para que logren una formación inicial y permanente, adecuada a su condición.

        • Continuaremos nuestra reflexión sobre la espiritualidad propia de los diáconos fundamentada en Cristo siervo, para que vivan con hondo sentido de fe su entrega a la Iglesia y su integración con el presbiterio diocesano.

        • Queremos ayudar a los diáconos casados para que sean fieles a su doble sacramentalidad: la del matrimonio y la del orden y para que sus esposas e hijos vivan y participen con ellos en la diaconía. La experiencia de trabajo y su papel de padres y esposos los constituyen en colaboradores muy calificados para abordar diversas realidades urgentes en nuestras Iglesias particulares.

        • Nos proponemos crear los espacios necesarios para que los diáconos colaboren en la animación de los servicios en la Iglesia, detectando y promoviendo líderes, estimulando la corresponsabilidad de todos para una cultura de la reconciliación y la solidaridad. Hay situaciones y lugares, principalmente en las zonas rurales alejadas y en las grandes áreas urbanas densamente pobladas, donde sólo a través del diácono se hace presente un ministro ordenado.

1.3.2. Las vocaciones al ministerio presbiteral y los Seminarios

78. «Sucedió que por aquellos días se fue Jesús al monte para orar, y se pasó la noche en la oración a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles» (Lc 6, 12 -13; Mc 3, 13 -14).

«Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9, 36 -38).

En el marco de una Iglesia «comunión para la misión», el Señor, que nos llama a todos a la santidad, llama a algunos para el servicio sacerdotal.

 

      1. La pastoral vocacional: una prioridad

        79. Estamos frente a hechos innegables: hay un aumento de las vocaciones sacerdotales, ha crecido el interés por una pastoral que presente a los jóvenes, con claridad, la posibilidad de un llamado del Señor.

        Pero los jóvenes llamados no pueden sustraerse a los cambios familiares, culturales, económicos y sociales del momento. La desintegración familiar puede impedir una experiencia de amor que prepare para la entrega generosa de toda la vida. El contagio de una sociedad «permisiva» y consumista no favorece una vida de austeridad y sacrificio. Puede suceder que la motivación vocacional resulte, sin quererlo el candidato, viciada con razones no evangélicas.

        80. Por eso consideramos muy importante:

        • Estructurar una pastoral vocacional inserta en la pastoral orgánica de la diócesis, en estrecha vinculación con la pastoral familiar y la juvenil. Es urgente preparar agentes y encontrar recursos para este campo de la pastoral y apoyar el compromiso de los laicos en la promoción de vocaciones consagradas.

        • Fundamentar la pastoral vocacional en la oración, en la frecuencia de los sacramentos de la Eucaristía y la Penitencia, la catequesis de la confirmación, la devoción mariana, el acompañamiento con la dirección espiritual y un compromiso misionero concreto; éstos son los principales medios que ayudarán a los jóvenes en su discernimiento.

        • Procurar el fomento de las vocaciones que provengan de todas las culturas presentes en nuestras Iglesias particulares. El Papa nos ha invitado a prestar atención a las vocaciones de indígenas (cf. Juan Pablo II, Mensaje a los indígenas, 12. 10. 92, 6; Mensaje a los afroamericanos, 12. 10. 92, 5).

        81. – Mantienen su validez los Seminarios menores y centros afines debidamente adaptados a las condiciones de la época actual para los jóvenes de los últimos años de educación media en los que empieza a manifestarse un fuerte deseo por la opción hacia el sacerdocio. En algunos países y en ambientes familiares muy deteriorados son necesarias estas instituciones para que los jóvenes crezcan en su vivencia cristiana y puedan hacer una más madura opción vocacional.

        82. Ante el resurgimiento de vocaciones entre los adolescentes, es tarea nuestra su adecuada promoción, discernimiento y formación.

        • En nuestra pastoral vocacional tendremos muy en cuenta las palabras del Santo Padre: «condición indispensable para la Nueva Evangelización es poder contar con evangelizadores numerosos y cualificados. Por ello, la promoción de las vocaciones sacerdotales y religiosas… ha de ser una prioridad de los obispos y un compromiso de todo el pueblo de Dios» (Juan Pablo II, Discurso inaugural, 26).

 

    1. Los Seminarios

      83. Signo de alegría y de esperanza es el nacimiento de Seminarios mayores en nuestro continente y el aumento del número de alumnos en ellos. En general, se trabaja por un ambiente favorable a la dirección espiritual y se procura «estar al día» en la formación, especialmente pastoral, de los futuros sacerdotes.

      Preocupa, sin embargo, la dificultad para encontrar el equipo de formadores adecuado a las necesidades de cada Seminario, lo que produce un detrimento en la calidad de la formación.

      En muchos casos el medio social del cual provienen los candidatos «los marca» con modos de vida muy secularizados o los hace llegar al Seminario con limitaciones en su formación humana o intelectual y aun en los fundamentos de su fe cristiana.

      84. Frente a estas realidades nos proponemos:

      • Asumir plenamente las directivas de la exhortación post -sinodal «Pastores dabo vobis» y revisar, desde ella, nuestras «Normas básicas para la formación sacerdotal» en cada país.

      • Seleccionar y preparar formadores, aprovechando los cursos que ofrecen el CELAM y otras instituciones. Antes de abrir un Seminario es necesario asegurar la presencia del equipo de formadores.

      • Revisar la orientación de la formación impartida en cada uno de nuestros Seminarios para que corresponda a las exigencias de la Nueva Evangelización, con sus consecuencias para la promoción humana y la inculturación del Evangelio. Sin disminuir las exigencias de una seria formación integral, dar particular interés al desafío que representa la formación sacerdotal de aquellos candidatos que provienen de culturas indígenas y afroamericanas.

      • Procurar una formación integral que ya desde el Seminario disponga para la formación permanente del sacerdote.

Capítulo III.- LA CULTURA CRISTIANA

  • 285.

    • Es necesario alentar a las Universidades Católicas para que ofrezcan formación del mejor nivel humano, académico y profesional en comunicación social. En los Seminarios y casas de formación religiosa se enseñarán los lenguajes y técnicas correspondientes de comunicación, que garanticen una preparación sistemática suficiente.

    • Es hoy imprescindible usar la informática para optimizar nuestros recursos evangelizadores. Se debe avanzar en la instalación de la red informática de la Iglesia en las diferentes Conferencias Episcopales.

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