Exhortación Apostólica «Menti Nostrae»

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Sobre el fomento de la santidad sacerdotal

PÍO XII
23 de septiembre de 1950

 

 

A TODO EL CLERO EN PAZ Y COMUNIÓN CON LA SEDE APOSTÓLICA*

Venerables hermanos y amados hijos: Salud y bendición apostólica.

INTRODUCCIÓN

La voz del divino Redentor

1. Nos viene de continuo a la memoria la voz del divino Redentor, que dice a Pedro: Simón de Juan, ¿me amas tú más que éstos?… Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas 1; y la voz del mismo Príncipe de los apóstoles, que exhorta a los obispos y sacerdotes de su tiempo: Apacentad el rebaño de Dios que os ha sido confiado… sirviendo de ejemplo al rebaño 2.

El oficio principal del Papa

2. Meditando atentamente tales palabras, estimamos ser oficio principal de nuestro supremo ministerio hacer todo lo posible para que resulte cada vez más eficaz la labor de los sagrados pastores y de los sacerdotes, que tienen que guiar al pueblo cristiano para evitar el mal, para superar los peligros y para conseguir la santidad. Ésta es, en efecto, la principal necesidad de nuestro tiempo, en el que los pueblos, a consecuencia de la reciente y crudelísima guerra, no sólo se encuentran angustiados por graves dificultades, sino que están también espiritualmente agitados, mientras que los enemigos del nombre cristiano, «aprovechándose de las condiciones en que la sociedad se halla, intentan con odio satánico y con sutiles insidias alejar a los hombres de Dios y de su Cristo».

Paterna solicitud por el ministerio sacerdotal

3. La necesidad que todos los buenos advierten de una restauración cristiana, nos incita a dirigir nuestro pensamiento y nuestro afecto de modo especial a los sacerdotes de todo el mundo, porque sabemos que la humilde, vigilante, fervorosa actividad de los que viven entre el pueblo y conocen sus desgracias, sus penas, sus angustias espirituales y materiales, puede renovar las costumbres según las normas evangélicas y establecer en la tierra el reino de Jesucristo, reino de justicia, de amor y de paz 3.

Pero no será de ningún modo posible que el ministerio sacerdotal consiga plenamente su fin, de modo que responda adecuadamente a las necesidades de nuestro tiempo, si los sacerdotes no brillan entre el pueblo por su santidad insigne, como dignos ministros de Cristo, fieles dispensadores de los misterios divinos 4, eficaces colaboradores de Dios 5, prontos para toda obra buena 6.

Exhortación a la santidad

4. Pensamos por eso que no podremos de manera alguna manifestar mejor nuestra gratitud a los sacerdotes del mundo entero que, en el quincuagésimo aniversario de nuestro sacerdocio, nos dieron testimonio de su amor elevando por Nos oraciones a Dios, que dirigiendo a todo el clero una paternal exhortación a la santidad, sin la que el ministerio que les está confiado no puede ser fecundo. El Año Santo, que hemos anunciado con la esperanza de una mejora general de las costumbres según las enseñanzas del Evangelio, deseamos que produzca como primer fruto éste: el de que aquellos que son guía del pueblo cristiano atiendan con mayor empeño a la propia santificación, porque, si están imbuidos de estos anhelos, quedará asegurada la renovación, en el espíritu de Jesucristo, del rebaño encomendado.

Y todavía hay que recordar que, si las necesidades, hoy tan crecidas, de la sociedad cristiana exigen con mayor urgencia la perfección interna del sacerdote, éste está ya obligado, por la misma naturaleza íntima del altísimo ministerio que Dios le ha confiado, a ocuparse incansablemente, siempre y en todas partes, en la propia santificación.

El sacerdocio, gran don del divino Redentor

5. Como han enseñado nuestros predecesores, y particularmente Pío X 7 y Pío XI 8, y como Nos mismo hemos puesto de relieve en la carta encíclica Mystici corporis 9 y Mediator Dei 10 el sacerdocio es verdaderamente el gran don del divino Redentor, el cual, para dar perpetuidad a la obra de la redención del género humano, consumada por Él cuando estaba en la cruz, transmitió sus poderes a la Iglesia, a la que quiso hacer partícipe de su único y eterno sacerdocio. El sacerdote es como alter Christus, porque está sellado con carácter indeleble por el que queda hecho como una viva imagen del Salvador; el sacerdote representa a Cristo, que dijo: Como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros 11; el que a vosotros os escucha, a mí me escucha 12. Iniciado por divina vocación en este augustísimo misterio, es constituido en pro de los hombres en cuanto a las cosas que miran a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados 13. A él es, por tanto, necesario que recurra aquel que quiera vivir la vida de Cristo y desee recibir fuerza, consuelo y alimento para el alma; en él buscará la medicina necesaria todo aquel que desee levantarse del pecado y volver al camino recto. Por este motivo, todos los sacerdotes podrán aplicarse a sí mismos las palabras del Apóstol: Somos cooperadores de Dios 14.

Necesidad de correspondencia

6. Pero tan excelsa dignidad exige de los sacerdotes que correspondan con fidelidad suma a su altísimo oficio. Destinados a procurar la gloria de Dios en la tierra, a alimentar y acrecentar el Cuerpo místico de Cristo, es absolutamente necesario que sobresalgan de tal modo por la santidad de sus costumbres, que por su medio se difunda por todas partes el buen perfume de Cristo 15.

El deber primordial

7. El mismo día en que vosotros, amados hijos, fuisteis elevados a la dignidad sacerdotal, el obispo, en nombre de Dios, os indicó solemnemente, cuál era vuestro deber principal: Comprended lo que hacéis, imitad lo que traéis entre manos, para que, al celebrar el misterio de la muerte del Señor, procuréis mortificar vuestros miembros de todos los vicios y concupiscencias. Sea vuestra doctrina medicina espiritual para el pueblo de Dios; sea el perfume de vuestra vida solaz de la Iglesia de Cristo, para que, con la predicación y con el ejemplo, edifiquéis la casa, que es la familia de Dios 16.

Totalmente inmune de pecado, vuestra vida, más que la de los simples fieles, debe estar escondida con Cristo en Dios 17. Adornados de aquella eximia virtud que exige vuestra dignidad, podréis atender al oficio que os ha designado la sagrada ordenación de continuar y completar la obra de redención.

Éste es el programa que vosotros, libre y espontáneamente, elegisteis; sed santos porque, como sabéis, es santo vuestro ministerio.

I. LA SANTIDAD DE LA VIDA SACERDOTAL

Perfección y caridad

8. Según las enseñanzas del divino Maestro, la perfección de la vida cristiana consiste principalmente en el amor a Dios y al prójimo 18, pero este amor que sea verdaderamente férvido, diligente, activo. Si tiene estas cualidades, puede decirse verdaderamente que comprenda todas las virtudes 19 y con toda razón puede llamarse vínculo de perfección 20. Por lo tanto, en cualquier estado que el hombre se encuentre, a este fin debe dirigir sus intenciones y sus actos.

El sacerdote está llamado a la perfección

9. A este deber está de modo particular obligado el sacerdote. Toda su acción sacerdotal, en efecto, por su misma naturaleza -en cuanto que el sacerdote ha sido llamado a tal fin por divina vocación y destinado a un oficio divino y adornado de un carisma divino-, debe tender a ello: debe prestar su colaboración a Cristo, único y eterno Sacerdote; es necesario que siga e imite a aquel que durante toda su vida terrena no tuvo otro fin que demostrar su ardentísimo amor al Padre y hacer partícipes a los hombres de los infinitos tesoros de su corazón.

    1. Virtudes sacerdotales

        1. Íntima unión con Jesús

          10. El primer impulso que debe mover el espíritu sacerdotal ha de ser el de unirse estrechamente con el divino Redentor para aceptar dócilmente y en toda su integridad las divinas enseñanzas y para aplicarlas diligentemente en todos los momentos de su existencia, de modo que la fe sea constantemente la luz de su conducta y su conducta sea el reflejo de su fe.

          La mirada fija en Cristo

          11. Siguiendo las luces de esta virtud, el sacerdote tendrá fija su mirada en Cristo, seguirá sus enseñanzas, sus acciones y sus ejemplos, íntimamente persuadido de que es suficiente para él limitarse a cumplir los deberes a los que están obligados los fieles, sino que debe tender cada vez más a aquella vida santa que exige la dignidad sacerdotal, según las advertencias de la Iglesia: El clérigo debe llevar vida interna y externa más santa que los laicos y servir para éstos de ejemplo en la virtud y en la rectitud de las obras 21.

          Vida cristocéntrica

          12. La vida sacerdotal, del mismo modo que deriva de Cristo, debe, toda y siempre, dirigirse a Él: Cristo es el Verbo de Dios, que no desdeñó tomar la naturaleza humana, que vivió su vida terrena para cumplir la voluntad del eterno Padre, que difundió en torno a sí el perfume del lirio, que vivió en la pobreza, que pasó haciendo el bien y sanando a todos 22, que, en fin, se inmoló como hostia por la salvación de los hermanos. He aquí, amados hijos, la síntesis de aquella admirable vida: procurad con todo empeño reproducirla en vosotros, acordándoos de la exhortación: Os he dado ejemplo para que vosotros hagáis como yo he hecho 23.

        1. La humildad, principio de la perfección cristiana

          13. El comienzo de la perfección cristiana está en la virtud de la humildad. Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón 24. Frente a la alteza de la dignidad a la que hemos sido elevados por el bautismo y el orden sagrado, la conciencia de nuestra miseria espiritual debe inducirnos a meditar la divina sentencia de Jesucristo: Sin mí nada podéis hacer 25.

          Negarse a sí mismo

          14. El sacerdote no debe confiar en sus propias fuerzas, ni complacerse vanamente en sus propias dotes, ni buscar la estima y la alabanza de los hombres, ni aspirar a los puestos más elevados, sino a imitar a Cristo, que no vino para ser servido, sino para servir 26; niéguese a sí mismo, según las enseñanzas del Evangelio 27, no se apegue a las cosas terrenas, para seguir más expedito al divino Maestro. Todo lo que él tiene, todo lo que él es, viene de la bondad y del poder de Dios; por lo tanto, si quiere gloriarse, recuerde las palabras del Apóstol: En cuanto a mí, de nada me gloriare sino de mis debilidades 28.

        1. Inmolación de la voluntad por la obediencia

          15. El espíritu de humildad, iluminado por la fe, dispone al alma a la inmolación de la voluntad por medio de la obediencia. Cristo mismo, en la sociedad que Él fundó, ha establecido una autoridad legítima que continúa a la suya perpetuamente. Por eso, el que obedece a los superiores eclesiásticos obedece al mismo Redentor.

          Necesidad de la obediencia

          16. En una época como la nuestra, en que el principio de autoridad es atrevidamente discutido, es absolutamente necesario que el sacerdote, firme en los principios de la fe, considere y acepte esta autoridad, no sólo como baluarte del orden social y religioso, sino también como fundamento de su misma santificación. Mientras los enemigos de Dios, con criminal astucia, se esfuerzan por seducir y excitar las inmoderadas ansias de algunos para inducirlos a rebelarse contra las disposiciones de la santa madre Iglesia. Nos deseamos hacer el debido elogio y sostener con paterno ánimo a la multitud de ministros del Señor que, para demostrar abiertamente la obediencia cristiana y conservar intacta la propia fidelidad a Jesús y a la legítima autoridad por Él establecida, fueron encontrados dignos de sufrir contumelias por el nombre de Cristo 29, y no sólo contumelias, sino persecuciones y cárceles y muerte.

        1. Sentido del celibato

          17. El sacerdote tiene como campo de su propia actividad todo lo que se refiere a la vida sobrenatural, y es órgano de comunicación y de incremento de la misma vida en el Cuerpo místico de Cristo. Por eso es necesario que renuncie a todo lo que es del mundo para cuidar solamente aquello que es del Señor 30. Y, precisamente porque debe estar libre de preocupaciones del mundo para dedicarse por entero al servicio divino, la Iglesia ha establecido la ley del celibato, para que fuese siempre más manifiesto a todos que el sacerdote es ministro de Dios y padre de las almas. Con la ley del celibato, el sacerdote, más que perder el don y el oficio de la verdadera paternidad, lo aumenta hasta el infinito, porque, si no engendra hijos para esta vida terrena y caduca, los engendra para la celestial y eterna.

          Cuanto más refulge la castidad sacerdotal, tanto más viene a ser el sacerdote, junto con Cristo, hostia pura, hostia santa, hostia inmaculada 31.

          Custodiar la castidad por la vigilancia y la oración

          18. Para custodiar integérrima, como tesoro inestimable, la castidad sacerdotal, es necesario atenerse fielmente a aquella exhortación del Príncipe de los apóstoles que todos los días repetimos en el oficio divino: Sed sobrios y vigilad 32.

          Sí, vigilad, amados hijos, porque la castidad sacerdotal está expuesta a muchos peligros, ya por la disolución de las costumbres, ya por las inclinaciones del vicio, que son tan frecuentes ve insidiosas, ya, en fin, por aquella excesiva libertad que se introduce cada vez más en las relaciones entre ambos sexos y que intenta penetrar también en el ejercicio del sagrado ministerio. Vigilad y orad 33, acordándoos de que vuestras manos tocan las cosas más santas y que os habéis consagrado a Dios, y sólo a Él habéis de servir. El hábito mismo que lleváis os advierte que no debéis vivir para el mundo, sino para Dios. Empeñaos, pues, con ardor y valentía, confiando en la protección de la Virgen Madre de Dios, en conservaros siempre nítidos, limpios, puros, castos, como conviene a ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios 34.

          Evitando las familiaridades

          19. A tal propósito os hacemos una particular exhortación para que, al dirigir las asociaciones y sodalicios femeninos, os mostréis como conviene a sacerdotes: evitad toda familiaridad; y siempre que sea necesaria vuestra labor, prestadla como ministros sagrados. Al dirigir estas asociaciones, vuestra función limítese a cuanto requiere el sagrado ministerio.

        1. El despego de los bienes terrenos

          20. No os contentéis con renunciar a los deseos carnales por medio de la castidad y con someter espontáneamente vuestra voluntad a los superiores por medio de la obediencia, sino que, además, habéis de mantener vuestro espíritu cada día más despegado de las riquezas y bienes terrenales. Os exhortamos ardientemente, hermanos, a no apegarnos con el afecto a las cosas de esta tierra, transitorias y perecederas. Tomad por ejemplo a los grandes santos de los tiempos antiguos y actuales, que, uniendo el necesario desprendimiento de los bienes materiales a una grandísima confianza en la Providencia y a un ardentísimo celo sacerdotal, llevaron a cabo obras admirables, confiando únicamente en Dios, que nunca permite que falte lo necesario.

          También el sacerdote, que no hace profesión de pobreza con voto particular, debe estar siempre guiado por el amor de esta virtud: amor que debe demostrar en la sencillez y modestia del tenor de vida, de la vivienda no suntuosa y en la generosidad hacia los pobres. De modo particularísimo, aborrezca mezclarse en empresas económicas, empresas que le impedirían cumplir sus deberes sagrados y le mermarían la debida consideración de los fieles. El sacerdote, que tiene que atender con todo empeño a procurar la salvación de las almas, debe poder aplicarse a sí mismo el dicho de San Pablo: No busco vuestras cosas, sino a vosotros 35.

        1. Todas las virtudes

          21. Mucho tendríamos todavía que decir sobre todas las virtudes con las que el sacerdote debe reproducir en sí mismo, del modo mejor posible, el ejemplar divino que es Jesucristo. Hemos preferido, sin embargo, llamar vuestra atención sobre lo que nos parece más necesario a nuestros tiempos. En cuanto a las demás virtudes, baste recordar las palabras del áureo libro de la Imitación de Cristo: El sacerdote debe estar adornado de todas las virtudes y dar a los demás ejemplo de recta vida. Su conversación no sea según las vulgares y comunes maneras de los hombres, sino como de ángeles y hombres perfectos 36.

    1. Necesidad de la gracia para la santificación

      Ayudas eficaces

      22. Nadie desconoce, amados hijos, que no es posible a ningún cristiano, y de modo especial a los sacerdotes, imitar en la vida cotidiana los admirables ejemplos del divino Maestro sin la ayuda de la gracia y sin el uso de aquellos instrumentos de la misma que Él ha puesto a nuestra disposición; uso que es tanto más necesario cuanto más alto es el grado de perfección que debemos conseguir y cuanto más graves son las dificultades que se derivan de nuestra naturaleza inclinada al mal. Por esta razón, juzgamos oportuno pasar a la consideración de otras verdades sublimes y consoladoras, en las que más claramente aparece cuán profunda debe ser la santidad sacerdotal y cuán eficaces son las ayudas que nos ha dado el Señor para que podamos cumplir en nosotros los designios de la divina misericordia.

      Ser un aceptable sacrificio

      23. Como toda la vida del Salvador fue ordenada al sacrificio de sí mismo, así también la vida del sacerdote, que debe reproducir en sí la imagen de Cristo, debe ser con Él, por Él y en Él un aceptable sacrificio.

      El sacrificio de Cristo en el Calvario

      24. En efecto, el sacrificio que el Señor hizo en el Calvario no fue sólo la inmolación de su cuerpo; se ofreció a sí mismo, hostia de expiación, como cabeza de la humanidad, y por eso, al encomendar su espíritu en las manos del Padre, se encomendó a sí mismo a Dios como hombre, para recomendarnos a todos los hombres 37.

      El sacrificio eucarístico

      25. Lo mismo ocurre en el sacrificio eucarístico, que es renovación incruenta del sacrificio de la cruz: Cristo se ofrece a sí mismo al Padre por la gloria y por nuestra salud. Y en cuanto que Él, sacerdote y víctima, obra como Cabeza de la Iglesia, se ofrece e inmola, no solamente a sí mismo, sino a todos los fieles, y en cierto modo a todos los hombres 38.

      El sacerdote ministro

      26. Ahora bien, si esto vale de todos los fieles, con mayor título vale de los sacerdotes, que son ministros de Cristo, principalmente por la celebración del sacrificio eucarístico. Precisamente en el sacrificio eucarístico, cuando en la persona de Cristo consagra el pan y el vino, que pasan a ser cuerpo y sangre de Cristo, el sacerdote bebe en la fuente misma de la vida sobrenatural y puede alcanzar los inagotables tesoros de la salvación y todas aquellas ayudas que les son necesarias, no sólo personalmente, sino también para el cumplimiento su misión.

      Vida orientada hacia el sacrificio

      27. El sacerdote, mientras está en tan estrecho contacto con los divinos misterios, no puede menos de tener hambre y sed de justicia 39 o dejar de sentir los estímulos de igualar su vida a su excelsa dignidad y orientarla hacia el sacrificio, debiendo ofrecerse e inmolarse a sí mismo con Cristo. De este modo, no solamente celebrará la santa misa, sino que íntimamente la vivirá; y sólo así podrá alcanzar aquella vida sobrenatural que le transformará totalmente y hará partícipe de la vida de sacrificio del Redentor.

      Transformación en víctima con Jesús

      28. San Pablo pone como principio fundamental de la perfección cristiana el precepto revestíos de nuestro Señor Jesucristo 40. Este precepto, si vale para todos los cristianos, obliga de un modo especial a los sacerdotes. Pero revestirse de Cristo no es sólo inspirar los propios pensamientos en su doctrina, sino entrar en una vida nueva que, para resplandecer con los fulgores del Tabor, debe principalmente conformarse a los tormentos y penas de nuestro Redentor sufriendo en el Calvario. Esto implica un trabajo largo y arduo que transforme nuestra alma en una víctima, para que participe íntimamente en el sacrificio de Cristo.

      Este arduo y asiduo trabajo no se lleva a cabo con vanas debilidades ni termina en deseos y promesas, sino que debe ser ejercicio incansable y continuo que lleve a una fructuosa renovación del espíritu; debe ser ejercicio de piedad que lo refiera todo a la gloria de Dios; debe ser ejercicio de penitencia que frene y gobierne los movimientos del alma; debe ser esfuerzo de caridad que inflame el alma de amor hacia Dios y hacia el prójimo y estimule a todas las obras de misericordia; debe ser, finalmente, voluntad activa de lucha y de fatiga por hacer lo que sea más perfecto.

      Advertencia de San Pedro Crisólogo

      29. El sacerdote debe, pues, intentar reproducir en su alma todo lo que ocurre sobre el altar. Como Jesucristo se inmola a sí mismo, su ministro debe inmolarse con Él; como Jesús expía los pecados de los hombres, así él, siguiendo el arduo camino de la ascética cristiana, debe trabajar por llegar a la propia y ajena purificación. De esta suerte nos advierte San Pedro Crisólogo: Sé sacrificio y sacerdote de Dios; no pierdas lo que te dio la divina autoridad. Revístete de la estola de la santidad; cíñete con el cíngulo de la castidad; sea Cristo velo sobre tu cabeza; esté la cruz como baluarte sobre tu frente; pon sobre tu pecho el sacramento de la ciencia divina; quema siempre el perfume de la oración; blande la espada del espíritu; haz de tu corazón como un altar y ofrece sobre él tu cuerpo como víctima a Dios… Ofrece la fe de modo que sea castigada la perfidia; inmola el ayuno para que cese la voracidad; ofrece en sacrificio la castidad para que muera la pasión; pon sobre el altar la piedad para que sea depuesta la impiedad; invita a la misericordia para que se destruya la avaricia; y para que desaparezca la necesidad, conviene siempre inmolar la santidad; así tu cuerpo será tu hostia, si no está herido por ningún dardo de pecado41.

      La muerte mística en Cristo

      30. Queremos repetir aquí de un modo particular a los sacerdotes todo lo que ya hemos expuesto a la meditación de todos los fieles en la encíclica Mediator Dei: Es muy verdadero que Jesucristo es sacerdote: pero no por sí mismo, sino por nosotros, presentando al Eterno Padre los votos y los sentimientos religiosos de todo el género humano: Jesús es víctima, pero por nosotros, poniéndose en el lugar del hombre pecador; ahora bien, el dicho del Apóstol, «tened en vosotros mismos los sentimientos que fueron en Jesucristo», exige de todos los cristianos que reproduzcan en sí, en cuanto está en poder del hombre, el mismo estado de ánimo que tenía el divino Redentor cuando hacía el sacrificio de sí: la humilde sumisión de espíritu, la adoración, el honor, la alabanza y el agradecimiento a la suma majestad de Dios. Requiere, además, reproducir en sí mismo las condiciones de la víctima, la abnegación propia, según los preceptos del Evangelio, el voluntario y espontáneo ejercicio de la penitencia, el dolor y la expiación de los propios pecados. Exige, en una palabra, nuestra muerte mística en la cruz con Cristo, de modo que podamos decir con San Pablo: «Estoy clavado con Cristo en la cruz» 42.

      La sangre de Jesús, en manos del sacerdote

      31. Sacerdotes y amados hijos, tenemos en nuestras manos un gran tesoro, una preciosísima margarita: la riqueza inagotable de la sangre de Jesucristo; valgámonos de ella con la mayor largueza, para ser, por el sacrificio total de nosotros mismos ofrecidos al Padre con Jesucristo, los verdaderos mediadores de justicia en aquellas cosas que se refieren a Dios 43, y para merecer que nuestras plegarias sean aceptas e impetrar gracias abundantes para toda la Iglesia y para todas las almas. Sólo cuando hayamos llegado a ser como una sola cosa con Cristo, mediante la obligación suya y nuestra, y hayamos elevado nuestra voz con el coro de los habitantes de la celestial Jerusalén, illi canentes iungimur almae Sionis aemuli 44, sólo entonces, fortalecidos con la virtud del Salvador, podremos bajar seguros del monte de la santidad que habremos conseguido, para llevar a todos los hombres la vida y la luz sobrenatural de Dios a través del ministerio sacerdotal.

    1. Necesidad de la oración y de los ejercicios de piedad

      El oficio divino

      32. El estilo perfecto de santidad requiere también una continua comunicación con Dios; y para que este íntimo contacto que el alma sacerdotal debe establecer con Dios no fuese jamás interrumpido en la sucesión de los días y de las horas, la Iglesia puso al sacerdote la obligación de recitar el oficio divino. De ese modo, ella recogió fielmente el precepto del Señor: Es preciso orar siempre y no desfallecer 45.

      La Iglesia, del mismo modo que no cesa jamás de orar, desea ardientemente que sus hijos hagan lo mismo repitiendo la palabra del Apóstol: Por medio, pues, de Él ofrezcamos a Dios perennemente el sacrificio de alabanza, esto es, el fruto de los labios que confiesan su nombre 46. A los sacerdotes encomendó ella el papel particular de consagrar a Dios, orando también en nombre del pueblo, todo el tiempo y todas las circunstancias.

      Voz de Cristo y de la Iglesia

      33. Conformándose a esta disposición, el sacerdote continúa haciendo en el curso de los siglos lo que hizo Cristo, que en los días de su carne, habiendo ofrecido plegarias y súplicas con poderosos clamores y lágrimas… fue oído por su reverencia 47. Esta oración tiene una eficacia particular porque está hecha en nombre de Cristo, por nuestro Señor Jesucristo, el cual es nuestro Mediador junto al Padre y presenta a Él incesantemente su satisfacción, sus méritos y el precio sumo de su Sangre. Es verdaderamente la voz de Cristo, el cual ora por nosotros como nuestro Sacerdote, ora en nosotros como nuestra Cabeza 48. Es igualmente siempre la voz de la Iglesia, que recoge los votos y los deseos de todos los fieles que, asociados a la voz y a la fe del sacerdote, alaban a Jesucristo, y por medio de Él dan gracias al Eterno Padre e impetran las ayudas necesarias en las vicisitudes de todos los días y de todas las horas. De este modo se repite por medio de los sacerdotes aquello que Moisés hizo en el monte cuando, levantados sus brazos al cielo, hablaba con Dios y obtenía misericordia en favor de su pueblo que penaba en el valle.

      Medio eficaz de santificación

      34. El oficio divino es también un medio eficacísimo de santificación. No es, en efecto, tan sólo una recitación de fórmulas ni de cánticos que hay que ejecutar con arte: no se trata sólo del respeto a ciertas normas, llamadas rúbricas, o de ceremonias externas del culto, sino que se trata más bien de la elevación de la mente y del alma a Dios unirnos a la armonía de los espíritus bienaventurados 49. Por eso el oficio divino ha de ser recitado, como se recuerda en su comienzo, digna, atenta y devotamente.

      Tener las mismas intenciones de Jesús

      35. Por eso, es necesario que el sacerdote ore con la misma intención del divino Redentor. Es casi la misma voz del Señor, que, por medio de su ministro, continúa implorando de la clemencia del Padre los beneficios de la redención; es la voz del Señor, a la que se asocian los coros de los ángeles y de los santos en el cielo, y de todos los fieles en la tierra para glorificar debidamente a Dios; es la voz misma de Cristo, nuestro abogado, a través de la cual se nos obtienen los inmensos tesoros de sus méritos.

      Meditación del breviario

      36. Meditad por eso atentamente aquellas verdades fecundas que el Espíritu Santo nos propone en las Sagradas Escrituras y que los escritos de los Padres y de los doctores comentan. Mientras vuestros labios repiten las palabras inspiradas por el Espíritu Santo, haced esfuerzo por no perder nada de tantos tesoros y para que vuestra alma sea el eco vivo de la voz de Dios; alejad con cuidado todo cuanto pueda distraeros y recoged vuestro pensamiento, de modo que os dediquéis más fácilmente y con mayor fruto a la contemplación de las verdades eternas.

      Piedad litúrgica y otros ejercicios piadosos

      37. En nuestra encíclica Mediator Dei hemos explicado ampliamente por qué fin el ciclo litúrgico evoca y representa de modo ordenado los misterios de nuestro Señor Jesucristo y celebra las fiestas de la Santísima Virgen y de los santos. Estas enseñanzas que hemos impartido a todos los fieles, porque son a todos utilísimas, deben ser meditadas especialmente por vosotros, los sacerdotes; vosotros, que con el sacrificio eucarístico y con el oficio divino tenéis una parte tan importante en el desarrollo del ciclo litúrgico.

      Para que se avancen cada vez más expeditamente por el camino de la santidad, la Iglesia recomienda vivamente a los sacerdotes, además de la celebración del sacrificio eucarístico y la recitación del oficio divino, también otros ejercicios de piedad. Sobre ellos nos place proponer algunos puntos a vuestra consideración.

      La meditación

      38. La Iglesia nos exhorta ante todo a la meditación, que eleva el alma, la lleva a la contemplación de las cosas celestiales e, inflamándola del deseo de Dios, la conduce directamente hacia Él. Esta meditación nos dispone aptísticamente para celebrar el sacrificio eucarístico y para dar las debidas gracias a Dios después de celebrado, nos lleva a gustar y comprender las bellezas de la liturgia y, además, nos hace contemplar las verdades eternas y el admirable ejemplo y enseñanza del Evangelio.

      Meditar los misterios del Redentor

      39. Ahora bien, el sacerdote debe diligentemente mirar por reproducir en sí mismo las virtudes del Redentor y los ejemplos evangélicos. Pero del mismo modo que el alimento material no alimenta la vida, ni la sustenta ni la aumenta si no está convenientemente asimilado, el sacerdote no puede adquirir el dominio de sí mismo y de sus sentidos, ni purificar su espíritu, ni tender -como debe- a la virtud, ni, en fin, cumplir con animosa fidelidad y con fruto los deberes de su sagrado ministerio si no ha profundizado con meditación asidua e incesante los misterios del Redentor divino, modelo supremo de perfección y fuente inagotable de santidad.

      Daño grave en el descuido de la meditación diaria

      40. Estimamos, por lo tanto, ser grave obligación nuestra exhortaros a la práctica de la meditación diaria, práctica recomendada al clero también por el Código de Derecho Canónico 50. En efecto, así como el estímulo a la perfección sacerdotal es alimentado y reforzado por la meditación diaria, así el descuido y olvido de esta práctica es origen de la tibieza del espíritu, por lo que la piedad disminuye y languidece, y no sólo cesa o se retarda el impulso de la santificación, sino que todo el ministerio sacerdotal sufre no leves daño. Por eso, debe asegurarse fundadamente que por ningún otro medio puede conseguirse la eficacia particular de la meditación y que la práctica cotidiana de la misma, por lo tanto, es insustituible.

      Oración vocal y espíritu de oración

      41. De la oración mental no deben separarse la oración vocal y las otras formas de plegaria privada que, en las condiciones particulares de cada uno, ayudan a actuar la unión del alma con Dios. Pero se debe tener presente que, más que las múltiples oraciones, vale la piedad y el verdadero y ardiente espíritu de oración. Este ardiente espíritu de oración, si en todos los tiempos, hoy especialmente es necesario cuando el llamado «naturalismo» ha invadido las mentes y las almas, y la virtud está expuesta a peligros de todo género, peligros que a veces se encuentran en el ejercicio del mismo ministerio. ? ¿Qué cosa podrá defender mejor de estas insidias, qué cosa podrá elevar el alma a las cosas celestiales y tenerla unida a Dios que la asidua oración y la invocación de la ayuda divina?

      Ardiente devoción a la Virgen

      42. Y como los sacerdotes pueden ser llamados por título singular hijos de María, no podrán menos de alimentar una ardiente devoción hacia la Virgen, de invocarla con confianza, de implorar frecuentemente su poderosa protección. Todos los días, como la Iglesia misma lo recomienda 51, recitarán el santo rosario, que, al proponer a nuestra meditación los misterios del Redentor, nos conduce a Jesús por María.

      La visita diaria al Santísimo Sacramento

      43. El sacerdote, antes de cerrar su jornada de trabajo, se dirigirá al tabernáculo y se detendrá allí algún tiempo para adorar a Jesús en su sacramento de amor, para reparar las ingratitudes de tantos hombres, para encenderse cada vez más en el amor de Dios y para permanecer de algún modo, también durante el tiempo del reposo nocturno, que recuerda a su mente el silencio de la muerte, en la presencia del corazón de Cristo.

      El examen de conciencia

      44. No omita el examen diario de conciencia, pidiéndose cuentas a sí mismo. que es medio tan eficaz lo mismo para conocer los progresos de la vida espiritual durante el día que para remover los obstáculos que entorpecen o retardan el progreso en la virtud, como, finalmente, para estar dispuesto a poner en práctica los medios de asegurar al ministerio sacerdotal mayores frutos e implorar del Padre celestial indulgencia sobre nuestras miserias.

      Confesión frecuente

      45. Esta indulgencia y el perdón de los pecados nos son principalmente concedidos en el sacramento de la penitencia, obra maestra de la bondad de Dios, para socorrernos en nuestra fragilidad. Que no ocurra nunca, amados hijos, que precisamente el ministro de este sacramento de reconciliación se abstenga de él. La Iglesia, como sabéis, dispone en esta materia: Vigilen los ordinarios para que los clérigos limpien frecuentemente las manchas de su propia conciencia con el sacramento de la penitencia 52. Aunque ministros de Cristo, somos, sin embargo, débiles; ¿cómo podremos, pues, subir al altar y tratar los sagrados misterios si no procuramos purificarnos lo más a menudo que podamos? Con la confesión frecuente aumenta el recto conocimiento de sí mismo, se desarrolla en la humildad, se desarraiga la perversidad de las costumbres, se resiste a la negligencia y al sueño espiritual, se purifica la conciencia, se vigoriza la voluntad, se procura la saludable dirección de conciencias y se aumenta la gracia por virtud del mismo sacramento 53.

      La dirección espiritual

      46. Y aquí es oportuna también otra recomendación: que, al comenzar y al progresar en la vida espiritual, no os fiéis demasiado de vosotros mismos, sino que con sencillez y docilidad busquéis el consejo y aceptéis la ayuda de quien, con sabia dirección, puede guiar vuestra alma, indicaros los peligros, sugeriros los medios idóneos y, en todas las dificultades internas y externas, os puede dirigir rectamente y llevaros a perfección cada vez mayor, según el ejemplo de los santos y de la ascética cristiana. Sin estos prudentes directores de conciencia, de modo ordinario, es muy difícil secundar convenientemente los impulsos del Espíritu Santo y de la gracia divina.

      Los ejercicios espirituales

      47. Deseamos ardientemente, en fin, recomendar a todos la práctica de los Ejercicios Espirituales. Cuando nos retiramos por algunos días de las ocupaciones habituales y del ambiente habitual, y nos apartamos en soledad y silencio, prestamos oído más atento a la voz de Dios y ésta penetra más profundamente en el alma. Los ejercicios, a la vez que nos llaman a cumplir más santamente los deberes de nuestro ministerio y a la contemplación de los misterios del Redentor, refuerzan nuestra voluntad para servirle a Él en santidad y justicia todos nuestros días 54.

 

II. LA SANTIDAD DEL MINISTERIO SAGRADO

La sangre del Redentor

48. En el Monte Calvario le fue abierto al Redentor el costado, del que fluyó su sagrada sangre, que se derrama en el curso de los siglos como torrente que inunda, para purificar las conciencias de los hombres, expiar sus pecados y repartirles los tesoros de la salvación.

El sacerdote, dispensador de los misterios de Dios

49. A la ejecución de tan sublime ministerio están destinados los sacerdotes. En efecto, ellos no sólo concilian y comunican la vida y la gracia de Cristo a los miembros de su Cuerpo místico, sino que son también los órganos del desarrollo del mismo Cuerpo místico, porque deben dar a la Iglesia continuamente nuevos hijos, educarlos, cultivarlos, guiarlos. Los sacerdotes son dispensadores de los misterios de Dios 55; deben por ello servir a Jesucristo con perfecta caridad y consagrar todas sus fuerzas a la salvación de los hermanos. Son los apóstoles de la luz; por eso deben iluminar al mundo con la doctrina del Evangelio y ser tan fuertes en la fe que puedan comunicarla a los demás y seguir los ejemplos y las enseñanzas del divino Maestro, para poder conducirlos a todos a Él. Son los apóstoles de la gracia y del perdón; por eso deben consagrarse totalmente a la salvación de los hombres y atraerlos al altar de Dios para que se nutran del pan de la vida eterna. Son los apóstoles de la caridad; por eso deben promover las obras de caridad, tanto más urgentes hoy cuanto que las necesidades de los pobres han crecido enormemente.

Las varias formas del apostolado actual

50. El sacerdote debe, además, empeñarse en que los fieles comprendan justamente la doctrina de la comunión de los santos, la sientan, la vivan; sírvanse para tal fin de obras como el apostolado litúrgico y el apostolado de la oración. Debe, además, promover, todas aquellas otras formas de apostolado que hoy, por las especiales necesidades del pueblo cristiano, son de tanta importancia y de tanta urgencia. Aplíquese, por tanto, a la difusión de la Acción Católica y de la Acción Misional, y, mediante la actividad de seglares bien preparados y formados, dé incremento a aquellas iniciativas de apostolado social que requiere nuestro tiempo.

Unido a Cristo

51. Recuerde además el sacerdote que su ministerio será tanto más fecundo cuanto más estrechamente esté unido él a Cristo y se guíe en la acción por el espíritu de Cristo. Entonces, su actividad sacerdotal no se reducirá a una agitación puramente natural que fatiga el cuerpo y el espíritu, y que expone al mismo sacerdote a desviaciones dañosas para sí y para la Iglesia; sino que sus trabajos y sus fatigas serán fecundados y corroborados por aquellos carismas de gracia que Dios niega a los soberbios, pero que concede largamente a aquellos que, trabajando con humildad en la viña del Señor, no se buscan a sí mismos ni su propia vanagloria 56, sino la gloria de Dios y la salvación de las almas. Por ello, fiel a las enseñanzas del Evangelio, no confíe en sí mismo ni en sus propias fuerzas, sino ponga su confianza en la ayuda del Señor: Nada es el que planta ni el que riega, sino Dios, que da el incremento 57.

Viva imagen de Cristo

52. Cuando el apostolado esté así ordenado e inspirado, no podrá menos de ocurrir que el sacerdote atraiga hacia sí, con fuerza como divina, los ánimos de todos. Reproduciendo él en sus costumbres y en su vida la viva imagen de Cristo, todos los que se dirijan a él como maestro reconocerán, llevados por una interna persuasión, que no dice palabras suyas, sino palabras de Dios, y que no obra por propia virtud, sino por la virtud de Dios. El que habla, como palabras de Dios; el que tiene un ministerio, como por una virtud comunicada por Dios 58. Al tender a la santidad y al ejercitar con suma perfección su ministerio, el sacerdote debe esforzarse por representar a Cristo tan cuidadosamente que pueda con toda modestia repetir las palabras del Apóstol de las gentes: Sed mis imitadores, como yo lo soy de Cristo 59.

Guardarse de la herejía de la acción

53. Por estas razones, mientras alabamos a cuantos, en el fatigoso trabajo de esta posguerra, guiados por el amor hacia Dios y la caridad hacia el prójimo, bajo la guía y siguiendo el ejemplo de sus obispos, han consagrado todas sus fuerzas al alivio de tantas miserias, no podemos abstenernos de expresar nuestra preocupación y nuestra ansiedad por aquellos que, por las especiales circunstancias del momento, se han engolfado en el torbellino de la actividad exterior hasta el punto de olvidar el principal deber del sacerdote, que es la santificación propia. Hemos ya dicho en un documento público 60 que deben ser llamados a más recto sentir todos cuantos presumen que se puede salvar al mundo a través de aquello que justamente se ha llamado la herejía de la acción de aquella acción que no tiene sus fundamentos en la ayuda de la gracia y no se sirve constantemente de los medios necesarios que nos dio Cristo para la consecución de la santidad. Del mismo modo hemos estimulado a la acción ministerial a aquellos que, despreocupándose de los asuntos externos y como desconfiando de la eficacia de la ayuda divina, no se apresuran, según sus propias posibilidades, a hacer penetrar el espíritu cristiano en la vida cotidiana en todas aquellas formas que requieren nuestros tiempos 61.

Dedicación a las almas a ejemplo de los santos

54. Os exhortamos, pues, con ardor, para que, estrechamente unidos al Redentor, con cuya ayuda lo podemos todo 62, os dediquéis con toda solicitud a la salvación de aquellos que la Providencia ha confiado a vuestros cuidados. ¡?Cuán ardientemente deseamos, amados hijos, que emuléis a aquellos santos que, en los tiempos pasados, con sus grandes obras, demostraron a cuánto llega el poder de la gracia divina! Que todos y cada uno, con humildad y sinceridad, podáis siempre atribuiros -siendo testigos vuestros fieles- el dicho del Apóstol: Con mucho gusto gastaré y me desgastaré a mí mismo en bien de vuestras almas63. Iluminad las mentes con la luz sobrenatural, dirigid las conciencias por el recto camino, confortad y sostened a las almas que se debaten en la duda y gimen en el dolor. A estas formas de apostolado, unid todas aquellas otras que las necesidades de los tiempos exigen; pero sea siempre manifiesto a todos que el sacerdote, en todas sus actividades, no mira otra cosa que a Cristo, al que consagra sus fuerzas y todo su ser.

Seguir los ejemplos del Redentor

55. Del mismo modo que, para alentaros a la santificación personal, os hemos exhortado a reproducir en vosotros mismos como la viva imagen de Cristo, así ahora, para la eficacia santificadora de vuestro ministerio, os incitamos encarecidamente a seguir con sumo interés los ejemplos del Redentor. Él, lleno del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y sanando a todos los que estaban oprimidos por el demonio, porque Dios estaba con Él 64. Corroborados con el mismo Espíritu y empujados por su fuerza, vosotros podéis ejercitar un ministerio que, alimentado e inflamado por la caridad cristiana, será rico con la virtud divina y podrá comunicar la misma virtud a los otros.

Que vuestro celo esté vivificado por aquella caridad que lo soporta todo con ánimo sereno, que no se deja vencer por la adversidad y que abraza a todos, pobres y ricos, amigos y enemigos, fieles e infieles. Esta larga fatiga y esta cotidiana paciencia la exigen de vosotros las almas, para la salvación de las cuales nuestro Salvador sufrió pacientemente dolores y tormentos hasta la muerte, para resucitarnos a la amistad divina. Es éste, bien lo sabéis, el mayor de los bienes. No os dejéis llevar por un inmoderado deseo de éxito ni os desaniméis si, después de un asiduo trabajo, no recogéis los frutos deseados, porque uno es el que siembra, y otro el que recoge 65.

Caridad benigna

56. Resplandezca vuestro celo de caridad benigna. Si es necesario -y es deber de todos- combatir el error y rechazar el vicio, el ánimo del sacerdote debe estar, sin embargo, abierto a la compasión. Es preciso es combatir con todas las fuerzas el error, pero amando intensamente al hermano que yerra y conduciéndolo a la salvación. ¿?Cuánto bien no han hecho, cuántas admirables obras no han llevado a cabo los santos con su benignidad, aun en ambientes corrompidos por la mentira y degradados por el vicio? Ciertamente, traicionaría su ministerio el que, por complacer a los hombres, no atacase las malsanas inclinaciones o fuese indulgente con un modo no recto de pensar y de obrar, con perjuicio de la doctrina cristiana y de la integridad de las costumbres. Pero cuando quedan a salvo las enseñanzas del Evangelio y el equivocado está movido por un deseo sincero deseo de volver al buen camino, entonces el sacerdote debe recordar la respuesta del Señor a Pedro, que le pedía cuántas veces tendría que perdonar a su hermano: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete 66.

Celo desinteresado

57. Vuestro celo debe tener por objeto no cosas terrenas y caducas, sino eternas. El propósito de los sacerdotes que aspiran a la santidad debe ser éste: trabajar únicamente por la gloria divina y por la salvación de las almas. ¡Cuántos sacerdotes, aun en las graves estrecheces de nuestro tiempo, han tenido como norma los ejemplos y los avisos del Apóstol de las gentes, que se consideraba satisfecho con el mínimo indispensable: Teniendo alimentos y con qué cubrirnos, contentémonos con esto 67!

Por este despego de las cosas terrenas, unido a la confianza en la divina Providencia y digno de la máxima alabanza, el ministerio sacerdotal ha dado a la Iglesia frutos ubérrimos de bien espiritual y social.

Celo culto y obediente

58. Este celo operante debe, en fin, estar iluminado con la luz de la sabiduría y de la disciplina e inflamado por la llama de la caridad. Todo el que se propone la santificación propia y la de los demás debe estar adornado de sólida doctrina, que comprenda no solamente la teología, sino también los adelantos y problemas actuales, de suerte que, adornado el ministro sagrado con estas dotes, como buen padre de familia, pueda sacar de su tesoro cosas nuevas y antiguas 68, y hacer su ministerio apreciado de todos y fecundo. Ante todo, vuestra actividad debe inspirarse y estar exactamente conforme con las prescripciones de esta Sede Apostólica y las directrices de los Obispos. Que no ocurra nunca, amados hijos, que queden muertas, o por defectuosa dirección no respondan a las necesidades de los fieles, todas aquellas formas de apostolado que son hoy tan oportunas, especialmente en las regiones donde el clero no es suficientemente numeroso.

Celo activo

59. Crezca, pues, cada día este vuestro celo activo, sostenga a la Iglesia de Dios, sea ejemplo para los fieles y constituya un potente baluarte contra el que se estrellen los ataques de los enemigos de Dios.

Directores espirituales de sacerdotes

60. Deseamos expresar nuestra complacencia de un modo particular a aquellos que, con humildad y con caridad ardientes, atienden a la santificación de sus hermanos como consejeros o como confesores o como directores espirituales. El bien incalculable que hacen a la Iglesia queda la mayor parte de las veces oculto mientras viven; pero un día se manifestará en la gloria del cielo.

Modelo, San José Cafasso

61. Nos, que no hace muchos años, con gran satisfacción de nuestro ánimo, decretamos el honor de los altares al sacerdote de Turín José Cafasso -que en tiempos dificilísimos fue guía espiritual sabio y santo de no pocos sacerdotes, a quienes hizo avanzar en la virtud y cuyo sagrado ministerio hizo particularmente fecundo-, alimentamos plena confianza en que, por su poderoso patrocinio, el divino Redentor suscite numerosos sacerdotes de igual santidad que sepan conducirse a sí mismos y a sus propios hermanos a tan excelsa perfección de vida, que los fieles, admirando sus ejemplos, se sientan espontáneamente movidos a imitarles.

III. NORMAS PRÁCTICAS PARA LA VIDA ACTUAL

Las normas anteriores, fundamentales

62. Hemos expuesto hasta ahora las principales verdades y normas fundamentales sobre las que se basa el sacerdocio católico y el ejercicio de su ministerio. A estas verdades y a estas normas se conforman diligentemente en su práctica diaria todos los santos sacerdotes, mientras que, por desgracia, han violado las obligaciones contraídas en las sagradas órdenes todos los desertores y tránsfugas.

Normas concretas de actualidad

63. Ahora bien: para que esta nuestra paternal exhortación sea más eficaz, estimamos oportuno indicar más particularmente algunas cosas que dicen referencia a la práctica de la vida diaria. Esto es tanto más necesario cuanto que en la vida moderna se dan algunas situaciones y se presentan de modo nuevo algunas cuestiones que requieren de Nos más diligente estudio y más atentos cuidados. Queremos por eso exhortar a todos los sacerdotes, y de modo particular a los obispos, a que provean con toda solicitud a promover todo cuanto sea necesario en nuestros tiempos, y a guiar cuanto se aleja del recto camino hacia la verdad, la honradez y la virtud.

    1. Recta selección del clero

      Colaboración entre sacerdotes seculares y religiosos

      64. Después de largas y varias vicisitudes de la reciente guerra, el número de sacerdotes, ya de los países católicos, ya de las misiones, ha venido a ser inadecuado a las necesidades siempre crecientes. Por eso exhortamos a todos los sacerdotes, bien del clero diocesano, bien pertenecientes a órdenes y congregaciones religiosas, a que, apretados por los vínculos de la fraterna caridad, procedan en unión de fuerzas y de voluntades hacia la meta común, que es el bien de la Iglesia, la santificación propia y la de los fieles. Todos, aun los religiosos que viven en el retiro y en el silencio, deben contribuir a la eficacia del apostolado sacerdotal con la oración y con el sacrificio, y cuantos puedan, también voluntaria y denodadamente con la acción.

      Reclutar nuevos operarios

      65. Pero es también necesario reclutar, con ayuda de la gracia divina, otros operarios. Llamamos especialísimamente la atención de los obispos y de cuantos tienen cura de almas sobre este importantísimo problema, que está íntimamente unido con el porvenir de la Iglesia. Es cierto que la Iglesia no carecerá jamás de los sacerdotes necesarios a su misión; pero es preciso estar vigilantes, recordando las palabras del Señor: La mies es mucha, pero los operarios son pocos 69, y usar de toda diligencia para dar a la Iglesia numerosos y santos ministros.

      Orar por las vocaciones

      66. El mismo Señor nuestro nos indica el camino más seguro para tener numerosas vocaciones: Pedid al Señor de la mies para que mande operarios a su mies 70; la oración humilde y confiada en Dios.

      La colaboración de todos

      67. Pero es también necesario que las almas de aquellos que son llamados por Dios al sacerdocio, sean preparadas al impulso y a la acción invisible del Espíritu Santo; y a este fin se precisa la contribución que pueden dar los padres cristianos, los párrocos, los confesores, los superiores de seminario, los sacerdotes y todos los fieles que llevan en su corazón las necesidades y el incremento de la Iglesia. Los ministros de Dios procuren, no sólo en la predicación y en la instrucción catequística, sino también en las conversaciones privadas, disipar los prejuicios tan difundidos contra el estado sacerdotal, mostrando su dignidad excelsa, su belleza, su necesidad y su elevado mérito. Todos los padres y madres cristianos, a cualquier clase social que pertenezcan, deben pedir a Dios que les haga dignos de que, al menos uno de sus hijos, sea llamado a su servicio. Todos los cristianos, en fin, deben sentir el deber de favorecer y ayudar a aquellos que se sienten llamados al sacerdocio.

      Particular empeño de los sacerdotes

      68. La elección de los candidatos al sacerdocio, que el Código de Derecho Canónico 71 recomienda a los pastores de almas, debe constituir el empeño particular de todos los sacerdotes, que no sólo deben dar humildes y generosas gracias a Dios por el don inestimable recibido, sino que deben no tener nada por más querido y agradable que encontrar y preparase un sucesor entre aquellos jóvenes que saben están adornados de las dotes necesarias. Para conseguir más eficaz éxito en este asunto, todo sacerdote debe esforzarse por ser y mostrarse ejemplo de vida sacerdotal que, especialmente para los jóvenes en cuya proximidad vive y en los cuales halle signos de llamamiento divino, pueda constituir un ideal que imitar.

      Selección prudente de niños y adultos

      69. Esta selección vigilante y prudente, hágase siempre y en todas partes, no sólo entre jóvenes que están ya en el seminario, sino entre aquellos que realizan en otras partes sus estudios, y de modo particular entre aquellos que prestan su ayuda en las varias actividades del apostolado católico. Estos, aunque lleguen al sacerdocio en edad avanzada, están con frecuencia adornados de mayores y más sólidas virtudes, porque han superado ya grandes dificultades, han fortificado su espíritu actuando en la vida práctica y han colaborado ya en un campo que entra de lleno en las finalidades de la acción sacerdotal.

      Examinar las intenciones

      70. Pero es preciso examinar siempre con diligencia a cada uno de los aspirantes al sacerdocio para ver con qué intenciones y por qué causas han tomado esta resolución. De modo especial cuando se trate de niños, es preciso indagar si están adornados de las necesarias dotes morales y físicas, y si aspiran al sacerdocio únicamente por su dignidad y por la utilidad espiritual propia y ajena.

      Idoneidad moral y física

      71. Vosotros sabéis, amados hijos, cuáles son las condiciones de idoneidad moral que la Iglesia requiere en los jóvenes que aspiran al sacerdocio, y creemos superfluo detenernos en este tema. Llamamos, en cambio, vuestra atención sobre las condiciones de idoneidad física: esto tanto más cuanto que la reciente guerra ha dejado huellas funestas y ha perturbado de variadísimos modos la generación joven. Examínense, pues, con particular atención estos candidatos, recurriendo, si es necesario, aun al examen de un médico prudente.

      Con esta selección de las vocaciones, hecha con celo y prudencia, Nos confiamos que por todas partes surgirá una escogida y abundante selección de candidatos al sacerdocio.

    1. Cuidado de las vocaciones

      Trabajo arduo, pero consolador

      72. Si muchos sagrados pastores están preocupados por la disminución de las vocaciones, no menor preocupación les sobrecoge cuando se trata de cuidar a los jóvenes que han entrado ya en el seminario. Reconocemos, venerables hermanos, cuán arduo es vuestro trabajo y cuántas dificultades presenta; pero del cumplimiento de tan grave deber tendréis grandísimo consuelo en cuanto, como recuerda nuestro predecesor León XIII, de los cuidados y de las solicitudes puestas en la formación de sacerdotes recibiréis frutos sumamente deseables y experimentaréis que vuestro oficio episcopal será más fácil de ejercitar y tanto más fecundo en frutos 72.

      Estimamos, por lo tanto, oportuno daros algunas normas sugeridas por la necesidad, hoy más que nunca sentida, de educar santos sacerdotes.

      Ambiente familiar, sano y sereno

      73. Ante todo es preciso recordar que los alumnos de los seminarios menores son adolescentes separados del ambiente natural de la familia. Es necesario, por esto, que la vida que los niños lleven en el seminario corresponda, en cuanto sea posible, a la vida normal de los niños; se dará, por lo tanto, gran importancia a la vida espiritual, pero en forma adecuada a sus posibilidades y a su índole temperamental: que todo se desenvuelva en locales espaciosos y capaces mirando a la salud y al sosiego. Aun en esto, obsérvese la justa medida y moderación, de modo que no ocurra que aquellos que tienen que ser formados en la abnegación y en las virtudes evangélicas vivan en casas suntuosas, en la molicie y en la comodidad 73.

      Formar el carácter en el sentido de la responsabilidad

      74. Se debe procurar de modo especial la formación del carácter de todo niño; desarrollando en él el sentido de responsabilidad, el discernimiento en juzgar personas y acontecimientos, el espíritu de iniciativa. Por esto, los que dirigen los seminarios deberán recurrir con moderación a los medios coercitivos, aligerando, a medida que los jóvenes crezcan en edad, el sistema de la vigilancia rigurosa y de las restricciones, y llevando a los jóvenes mismos a guiarse por sí y sentir la responsabilidad de sus propias acciones. Concedan cierta libertad de acción en determinadas iniciativas, habitúen a los alumnos a la reflexión para que venga a ser en ellos más fácil la asimilación de las verdades teóricas y prácticas: no teman tenerlos al corriente de los acontecimientos del día, y además darles los elementos necesarios para que puedan formarse y expresar un recto juicio sobre ellos; no huyan la discusión sobre los mismos, para ayudarles y habituarles a juzgar y valorar con equilibrio.

      Disposiciones morales

      75. Si se cumplen estas directrices, al tener los seminaristas en gran aprecio la entereza de costumbres propia y ajena y la firmeza de carácter, por estar educados en la honradez y lealtad, aborrecerán todo forma de doblez y de engaño. Cuanto más sinceros y rectos sean, mejor podrán ser conocidos y ayudados por los superiores en el examen de la vocación.

      No aislar enteramente del mundo

      76. Si los jóvenes -especialmente los que han entrado en el seminario en tierna edad- se han formado en un ambiente demasiado retirado de la sociedad, cuando después salgan del seminario podrán encontrar serias dificultades en las relaciones con el pueblo y con el laicado culto, y puede así ocurrir, o que tomen una actitud equivocada o falsa hacia los fieles o que consideren desfavorablemente la formación recibida. Por este motivo, es preciso que los alumnos, gradualmente y con la debida prudencia, conozcan los pensamientos y deseos del pueblo, para que cuando ellos, recibidas las sagradas órdenes, inicien su ministerio, no se sientan desorientados; lo cual no sólo sería dañoso a su espíritu, sino dañoso también a la eficacia de su labor sacerdotal.

    1. La formación intelectual

      Normas de la Santa Sede

      77. Otro grave cuidado de los superiores es la formación intelectual de los alumnos. Tenéis presentes, venerables hermanos, las órdenes y disposiciones que esta Sede Apostólica ha dado a este propósito y que Nos mismo hemos recomendado a todos desde el primer encuentro que tuvimos con los alumnos de los seminarios y colegios de Roma al comienzo de Nuestro Pontificado 74.

      Formación literaria y científica no inferior a la de los seglares

      78. Aquí queremos recomendar, ante todo, que la cultura literaria y científica de los futuros sacerdotes sea, por lo menos, no inferior a la de los seglares que frecuentan análogos cursos de estudio. De este modo, no sólo se asegurará la seriedad de la formación intelectual, sino que se facilitará también la selección de los sujetos. Los seminaristas se sentirán más libres en la elección de estado y se alejará el peligro de que, por falta de una suficiente preparación cultural que pueda asegurar una colocación civil, alguno se sienta en cierto modo obligado a proseguir un camino que no es el suyo, siguiendo el raciocinio del administrador infiel: Para cavar no valgo, de mendigar me avergüenzo 75.

      Y si ocurriese que alguno, sobre el que había concebido buenas esperanzas la Iglesia, se alejara del seminario, esto no debe preocupar, porque el joven que ha conseguido encontrar su camino no podrá luego menos de acordarse de los beneficios recibidos en el seminario, y con sus actividades podrá proporcionar una notable contribución a las obras del laicado católico.

      Importancia de la doctrina filosófica y teológica

      79. En la formación espiritual de los jóvenes seminaristas, aun olvidando los demás estudios, entre los que debemos recordar los pertenecientes a los problemas sociales, hoy tan necesarios, dése la máxima importancia a la doctrina filosófica y teológica, según la norma del Doctor Angélico 76, acomodada a los tiempos y bien informada sobre los errores modernos. El estudio de tales disciplinas es de suma importancia y utilidad, lo mismo para el sacerdote que para el pueblo. Efectivamente, los maestros de la vida espiritual afirman que el estudio de las ciencias sagradas, con tal de que sean impartidas de modo debido, es una ayuda eficacísima para conservar y alimentar el espíritu de la fe, frenar las pasiones, mantener el alma unida a Dios.

      Añádase que el sacerdote, que es sal de la tierra y luz del mundo 77, debe prodigarse en la defensa de la fe, predicando el Evangelio y refutando los errores de las doctrinas adversas, que hoy se diseminan entre el pueblo por todos los medios. Pero no se pueden combatir eficazmente tales errores sino se conocen a fondo los inconcusos principios de la filosofía y de la teología católica.

      Seguir el método escolástico

      80. A tal propósito no estará fuera de lugar recordar que el método que ha prevalecido en las escuelas católicas tiene particular eficacia para dar conceptos claros y mostrar cómo las doctrinas confiadas cual sagrado depósito a la Iglesia, maestra de los cristianos, son entre sí orgánicamente conexas y coherentes. No faltan hoy quienes, alejándose de las enseñanzas del magisterio eclesiástico y descuidando la claridad y precisión de ideas, no sólo se apartan del sano método escolástico, sino que abren el camino de los errores y confusiones, como una triste experiencia lo demuestra.

      Para impedir, por lo tanto, que en los estudios eclesiásticos se deban lamentar vaivenes o incertidumbres, os exhortamos, venerables hermanos, a vigilar asiduamente para que las normas precisas dadas por esta Sede Apostólica para tales estudios sean felizmente llevadas a la práctica.

    1. Formación espiritual y moral

      La ciencia sola sería estéril

      81. Si con tanta solicitud tanta hemos recomendado una eficaz preparación intelectual en el clero, es fácil comprender cuán en el corazón debemos tener la formación espiritual y moral de los jóvenes clérigos, sin la que aun la ciencia más eminente queda estéril y hasta puede producir daños incalculables por la soberbia y el orgullo que inocula el corazón. Por eso, la Iglesia, ansiosamente y ante todo, quiere que en los seminarios los jóvenes pongan a su santidad unos fundamentos que queden estables y seguros para toda la vida.

      Vida interior por convicción

      82. Como ya hemos dicho del sacerdote, así ahora recomendamos que los clérigos tengan una convicción sincera y profunda de la necesidad de la vida espiritual y sientan por ello el deber de hacer todos los esfuerzos para adquirirla, para conservarla y para aumentarla continuamente.

      Peligro de rutina

      83. En el curso del día, con ritmo más o menos uniforme, participan en diversos ejercicios de piedad. Es fácil correr el peligro de que al ejercicio externo de piedad no corresponda un movimiento interior del alma, cosa que puede resultar habitual y puede agravarse cuando, fuera del seminario, el ministro de Dios se encuentre asaltado por la necesidad de acción ministerial, a veces agobiante.

      Formación en la vida interior

      84. Póngase por ello cuidado en la formación de los jóvenes en la vida interior, que es la vida del espíritu y según el espíritu: que lo hagan todo a la luz de la fe y en unión con Cristo, convencidos de que éste es un grave deber de conciencia que incumbe a quien un día deberá recibir el orden sacerdotal y representar al divino Maestro en la Iglesia. Nada mejor que esta piedad convencida y personal para estimular a los seminaristas a adquirir las virtudes sacerdotales, superar las dificultades y llevar a la práctica los santos propósitos.

      Las virtudes fundamentales

      85. Los que atienden a la formación moral de los seminaristas tengan siempre ante la vista su finalidad, que es la de hacerles conquistar todas las virtudes que la Iglesia exige a los sacerdotes. De ellas hemos ya tratado en otra parte de esta exhortación, y por eso no intentamos volver sobre el tema; pero no podemos menos de señalar y recomendar, entre todas las virtudes que los aspirantes al sacerdocio deben poseer sólidamente, aquellas sobre las que se apoya como sobre firmes pilares el edificio moral del sacerdote.

      Espíritu de obediencia, a ejemplo de Cristo

      86. Es muy necesario que los jóvenes adquieran el espíritu de obediencia, habituándose a someter sinceramente la propia voluntad a la de Dios, manifestada a través de la legítima autoridad de los superiores. Que nunca haya en la conducta del futuro sacerdote algo que no esté conforme con la voluntad divina. Esta obediencia debe inspirarse siempre en el modelo perfecto del divino Maestro, que en la tierra tuvo un solo y único programa: Hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad 78.

      Preparación para obedecer al obispo

      87. El futuro sacerdote prepárese desde los primeros años a prestar a los superiores obediencia filial y sincera, para estar luego pronto a obedecer dócilmente a su obispo, según las enseñanzas del invicto confesor de Cristo Ignacio de Antioquía: Obedeced todos al obispo como Jesucristo al Padre 79. El que honra al obispo es honrado de Dios; el que obra a escondidas del obispo sirve al demonio 80. No hagáis nada sin el Obispo, custodiad vuestro cuerpo como templo de Dios, amad la unión, huid las discordias, sed imitadores de Jesucristo como Él lo fue de su Padre 81.

      La castidad sólida y probada

      88. Póngase, además, toda diligencia y solicitud para que los seminaristas aprecien, amen y custodien la castidad, porque la elección del estado sacerdotal y la perseverancia en él dependen en gran parte de esta virtud. Ella, por estar expuesta a mayores peligros, debe ser sólidamente poseída y largamente probada. Ilústrese, pues, a los seminaristas sobre la naturaleza del celibato eclesiástico, de la castidad que deben observar y sobre las obligaciones que ella impone 82, e instrúyanse sobre los peligros que puedan salirles al paso. Adviértaseles que se prevengan contra ellos desde su edad más tierna, recurriendo fielmente a los medios que ofrece la ascética cristiana para frenar las pasiones; porque, cuanto más firme y constante sea el dominio de ellas, tanto más el alma podrá avanzar en las otras virtudes y tanto más segura será después la acción de su ministerio sacerdotal. Siempre que los jóvenes levitas muestren en esta materia tendencias malsanas y cuando, hecha la debida prueba, se muestren incorregibles, es absolutamente necesario despedirles del seminario, al menos antes de que lleguen a las órdenes sagradas.

      Devoción al Santísimo Sacramento y a la Virgen

      89. Esta y todas las demás virtudes del sacerdote podrán adquirirse fácilmente por los seminaristas si desde la primera edad han aprendido y cultivado una sincera y tierna devoción a Jesús, presente verdadera, real y sustancialmente entre nosotros en el Santísimo Sacramento; si han hecho de Jesús Sacramentado el móvil y el fin de todas sus acciones, de sus aspiraciones y de sus sacrificios. Y si a la devoción de Jesús Sacramentado unen una devoción filial a María, que esté llena de confianza y abandono en ella y que lleve el alma a la imitación de sus virtudes, entonces la Iglesia se alegrará, porque no podrá faltar nunca el fruto en un ministerio ardiente y celoso en un sacerdote cuya adolescencia se ha nutrido en el amor a Jesús y a María.

    1. Cuidar el clero joven

      Exhortación a los obispos

      90. Aquí no podemos menos de dirigiros a vosotros, amados hermanos, una breve recomendación: que tengáis un cuidado sumamente particular del clero joven.

      Preparar para la vida del ministerio

      91. El paso de la vida sosegada y tranquila del seminario a las actividades del ministerio puede ser peligroso para el sacerdote que entra en el campo abierto del apostolado si no está suficientemente preparado para el nuevo género de vida. Tantas esperanzas puestas en los jóvenes sacerdotes pueden fallar si no se les ha introducido gradualmente en el trabajo, vigilándoles sabiamente y guiándoles paternalmente en los primeros pasos de su ministerio.

      Promover instituciones adecuadas

      92. Aprobamos por eso que los jóvenes sacerdotes, en cuanto sea posible, se recojan por algunos años en institutos especiales, donde, bajo la guía de superiores experimentados, puedan ejercitarse en la piedad y en las sagradas disciplinas y ser dirigidos hacia el ministerio que más corresponda a su índole y a sus aptitudes. Por este motivo, quisiéramos que en todas las diócesis, o, según las circunstancias, en varias diócesis conjuntamente, se instituyan semejantes colegios.

      Modelo el de San Eugenio

      93. Por lo que toca a nuestra alma ciudad, Nos mismo lo hemos hecho cuando, al cumplirse el quincuagésimo aniversario de nuestro sacerdocio, erigimos el instituto de San Eugenio para jóvenes sacerdotes83.

      No lanzar al ministerio sacerdotes inexpertos

      94. Os exhortamos, venerables hermanos, a evitar, en cuanto sea posible, lanzar a la plenitud de la actividad pastoral a sacerdotes todavía inexpertos y mandarlos a lugares muy remotos de la sede de la diócesis o de otros centros mayores. En efecto, aislados, en semejante situación, inexpertos, expuestos a peligros, privados de maestros prudentes, sólo tendrían en ello el daño para sí mismos y para su ministerio.

      Ponerlos junto a sacerdotes ancianos

      95. En cambio, es particularmente recomendable que estos jóvenes sacerdotes estén al lado de algún párroco para que, de este modo, mediante la guía de personas ancianas, puedan más fácilmente ser adiestrados en el sagrado ministerio y perfeccionar el espíritu de piedad.

      El porvenir de los sacerdotes jóvenes

      96. Recordamos a todos los pastores de almas que el porvenir de los nuevos sacerdotes está en gran parte en sus manos. El celo ardiente y el generoso propósito de que ellos estaban animados al iniciar su ministerio pueden disiparse y, ciertamente, debilitarse por el ejemplo de los ancianos si éstos no refulgen con el esplendor de la virtud o si, con el pretexto de no cambiar las viejas costumbres, prefieren una vida tranquila.

    1. Vida común del clero

      Deseos de la Iglesia

      97. Aprobamos y recomendamos vivamente lo que ya desea la Iglesia 84, es decir, que se introduzca y se extienda la vida común entre los sacerdotes de una misma parroquia o de parroquias limítrofes.

      Inmensas ventajas que lleva consigo

      98. Si esta práctica de la vida común reporta algún sacrificio, no hay duda de que también tiene grandísimas ventajas: ante todo, alimenta diariamente el celo y el espíritu de caridad entre los sacerdotes; además, da un admirable ejemplo a los fieles del despego en que viven los ministros de Dios de los propios intereses y de la propia familia; es, en fin, testimonio del cuidado escrupuloso con que ellos salvaguardan la castidad sacerdotal.

    1. Cultivar el estudio

      Normas del Derecho Canónico

      99. Los sacerdotes deben cultivar el estudio, como sabiamente prescribe el Código de Derecho Canónico: Los clérigos no suspendan los estudios, especialmente los sagrados, después de recibido el sacerdocio 85. El mismo código, además de los exámenes que han de hacer los sacerdotes noveles, al menos cada año por un trienio entero 86, prescribe que el clero tenga muchas veces al año reuniones ordenadas a promover la ciencia y la piedad 87.

      Bibliotecas para sacerdotes

      100. Para favorecer estos estudios, que a veces hacen difíciles las precarias condiciones económicas del clero, sería sumamente oportuno que los ordinarios, según las luminosas tradiciones de la Iglesia, volviesen a dar dignidad y eficacia a las bibliotecas catedrales, colegiales, parroquiales.

      Muchas bibliotecas eclesiásticas, a pesar de las expoliaciones y dispersiones sufridas, poseen no raramente una preciosa herencia de pergaminos, de libros manuscritos e impresos, testimonio elocuente tanto de la actividad e influencia de la Iglesia como de la fe y piedad generosa de nuestros mayores, de sus estudios y de su buen gusto 88.

      Salas de consulta y de lecturas al día

      101. Que estas bibliotecas no sean descuidados montones de libros, sino estructuras vivientes, con una sala apropiada para la consulta de los libros y la lectura. Pero, ante todo, estén al día, enriquecidas con obras de todo género, especialmente las relativas a cuestiones religiosas y sociales, de modo que los que enseñan, los párrocos, y particularmente los jóvenes sacerdotes, puedan buscar en ellas la doctrina necesaria para difundir las verdades del Evangelio y para combatir los errores.

 

IV. ESCOLLOS QUE SE HAN DE EVITAR

    1. Peligros de nuestro tiempo

      Espíritu de novedad

      102. Estimamos, en fin, ser oficio nuestro, venerables hermanos, dirigiros una advertencia sobre las dificultades propias de nuestro tiempo.

      Ya habéis advertido que entre los sacerdotes, especialmente entre los menos dotados de doctrina y de vida menos severa, se va difundiendo, de modo cada vez más grave y preocupante, cierto espíritu de novedad.

      Cuándo es laudable

      103. La novedad no es nunca en sí misma un criterio de verdad, y puede ser laudable sólo cuando confirma la verdad y lleva a la rectitud y a la virtud.

      Extravíos de la época

      104. La época en que vivimos sufre de un grave extravío en todos los campos: sistemas filosóficos que nacen y mueren sin mejorar absolutamente las costumbres; monstruosidad de cierto arte que tiene hasta la pretensión de llamarse cristiano; criterios de gobierno en muchos lugares que favorecen más el interés de los particulares que el bien de todos; métodos de vida y relación económica y social en que quedan más en peligro los hombres honrados que los hombres sin escrúpulo. De aquí se deriva casi naturalmente el que no falten del todo en nuestros tiempos sacerdotes infectos, en alguna manera, de tal contagio y que manifiestan opiniones y siguen un sistema de vida, aun en el vestir y en el cuidado de su persona, ajenos tanto a su dignidad como a su misión; que se dejan desviar por la manía de novedades, tanto al predicar a los fieles como al combatir los errores de los adversarios, y que por eso comprometen no sólo su conciencia, sino también su buena fama y, con ello, la eficacia de su ministerio.

      Recta adaptación: el apostolado es esencialmente jerárquico

      105. Sobre todo esto, venerables hermanos, llamamos vivamente vuestra atención seguros de que vosotros, entre las ansias difusas de lo nuevo y la exagerada adhesión al pasados (ambas actitudes son frecuentes), usaréis de aquella prudencia sabia y vigilante, incluso al intentar caminos nuevos en la actividad y en la lucha por el triunfo de la verdad. Estamos muy lejos de pensar que el apostolado no deba adaptarse a las realidades de la vida moderna y que no se deban promover iniciativas adaptadas a las necesidades nuestro tiempo; pero porque todo el apostolado que desarrolla la Iglesia es jerárquico, no se introduzcan nuevas formas sino con el beneplácito del ordinario. Los ordinarios de una misma región o de una misma nación procuren en este punto establecer entre sí cierta inteligencia, a fin de proveer a las necesidades de sus regiones, para estudiar los métodos más idóneos de acuerdo con el apostolado religioso. Así, todo se hará con orden y disciplina, y se podrá estar cierto de la eficacia de la acción sacerdotal. Estén todos persuadidos de esto: que es necesario seguir la voz de Dios y no la de las pasiones, y regular la actividad del apostolado según las directrices de la jerarquía y no según opiniones personales. Es vana ilusión creer que puede ocultarse la propia pobreza interior y cooperar a la difusión del reino de Cristo por el uso de extravagantes modos externos.

    1. El clero y la cuestión social

      Postura ante el comunismo y el capitalismo

      106. Posición igualmente recta se requiere con respecto a las doctrinas sociales del tiempo presente.

      Hay algunos que, frente a la iniquidad del comunismo, que intenta arrancar la fe a aquellos mismos a quienes promete el bienestar material, se muestran temerosos e inciertos; pero esta Sede Apostólica, con documentos recientes, ha indicado con claridad la vía que hay que seguir, de la cual nadie deberá alejarse si no quiere faltar a su propio deber.

      Otros se muestran no menos temerosos e inciertos ante aquel sistema económico que se conoce con el nombre de capitalismo, cuyas graves consecuencias no ha dejado de denunciar la Iglesia. La Iglesia, en efecto, ha indicado no sólo los abusos del capital y del mismo derecho de propiedad que tal sistema promueve y defiende, sino que ha enseñado, además, que el capital y la propiedad deben ser instrumentos de la producción en beneficio de toda la sociedad y medios de sostenimiento y de defensa de la libertad humana.

      Fidelidad a la doctrina social de la Iglesia

      107. Los errores de los dos sistemas económicos y las dañosas consecuencias que de ellos se derivan deben convencer a todos, y especialmente a los sacerdotes, a que se mantengan siempre fieles a la doctrina social de la Iglesia y difundan su conocimiento y aplicación práctica. Tal doctrina, en efecto, es la única que puede remediar los males tan extensamente difundidos: ella une y perfecciona las exigencias de la justicia y los deberes de la caridad, y promueve un orden social que no oprime a los individuos y no los aísla de un egoísmo ciego, sino que los une a todos en la armonía de relaciones y en el vínculo de la solidaridad fraterna.

      El sacerdote es para todos

      108. A ejemplo del divino Maestro, el sacerdote, en todo cuanto pueda, vaya al encuentro de los pobres, de los trabajadores, de todos aquellos que se encuentran en angustia y en miseria, entre los que hay también muchos de la clase media y no pocos hermanos de sacerdocio. Pero no olviden tampoco a aquellos que, aun siendo ricos en bienes de fortuna, son con frecuencia los más pobres de alma y tienen necesidad de ser llamados a renovarse espiritualmente para hacer como Zaqueo: Doy a los pobres la mitad de mis bienes, y, si he defraudado a alguien en algo, le restituyo el cuádruplo 89. En el campo de las disputas sociales, el sacerdote no debe, pues, perder nunca de vista el fin de su misión. Con celo, sin temor, debe exponer los principios católicos sobre la propiedad, la riqueza, la justicia social y la caridad cristiana entre las diversas clases, y dar a todos el ejemplo manifiesto de su aplicación.

      La tarea del seglar

      109. La realización de estos principios sociales cristianos en la vida pública es oficio de los seglares, y, donde no los haya capaces, el sacerdote debe poner todo cuidado en formarlos adecuadamente.

    1. La solicitud del Papa por el clero pobre

      El dolor del papa

      110. Este tema nos sugiere oportunamente que digamos una palabra sobre las condiciones económicas en la que en esta posguerra han venido a encontrarse muchos sacerdotes, particularmente de aquellas regiones que más han sentido las consecuencias de la guerra y de la situación política determinada a causa del reciente conflicto. Tal estado de cosas nos angustia profundamente y no omitimos nada para aliviar, según nuestras posibilidades, las desgracias, la miseria y la extrema indigencia de muchos.

      Facultades extraordinarias concedidas a los obispos

      111. Vosotros especialmente, venerables hermanos, conocéis bien cómo hemos intervenidos en los lugares donde se sentía la necesidad, incluso a través de la Sagrada Congregación del Concilio, concediendo facultades extraordinarias a los obispos para que fueran eliminadas estridentes desigualdades en la condición económica entre los sacerdotes de una misma diócesis, y nos consta que en muchos lugares los sacerdotes se han adherido a la invitación de sus pastores de un modo digno de encomio; en otras partes no ha sido posible poner en práctica, en su integridad, las normas dadas, a causa de las graves dificultades que han surgido.

      Notificar los frutos del esfuerzo hecho

      112. Os exhortamos, por tanto, a proseguir con ánimo de padres el camino comenzado y a notificarnos los frutos de vuestros esfuerzos, porque no es admisible que falte el pan cotidiano al obrero que ha trabajado y trabaja en la viña del Señor.

      La previsión social para los sacerdotes

      113. Alabamos, además, vivamente, venerables hermanos, todas aquellas iniciativas que toméis de común acuerdo para que no sólo no falte a los sacerdotes lo necesario para hoy, sino que se provea también al futuro con aquel sistema de previsión que ya rige y que tanto alabamos en la sociedad civil, y que asegura una conveniente asistencia en los casos de enfermedad, invalidez y vejez. De este modo aliviaréis a los sacerdotes de las preocupaciones que se derivan de las incertidumbres del porvenir.

      Caridad mutua entre los sacerdotes

      114. A este propósito expresamos nuestra paternal complacencia a todos aquellos sacerdotes que, aun a costa de sacrificios, han ido y van al encuentro de las necesidades de sus hermanos indigentes, especialmente si están enfermos o son ancianos.

      Haciendo así dan una prueba luminosa de aquella caridad mutua que Jesucristo dio como signo distintivo de sus discípulos: En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros 90.

      Y Nos auguramos que estos vínculos de fraterna caridad se hagan cada vez más estrechos entre los sacerdotes de todas las naciones para que sea cada vez más manifiesto que ellos, ministros de Dios, Padre universal, cualquiera que sea la raza a que pertenezcan, están unidos entre sí por el vínculo de la caridad.

      115. Pero comprendéis bien que tal problema no podréis resolverlo adecuadamente si los fieles no sienten íntimamente el deber de ayudar al clero, cada uno según las propias posibilidades, y no se adoptan todas las medidas necesarias para llegar a tal fin.

      Por eso, haced comprender a los fieles encomendados a vuestros cuidados las obligaciones que tienen de venir en socorro de sus propios sacerdotes que están en necesidad; siempre es válida la palabra del Señor: El obrero merece su paga 91. ¿Cómo se podrá esperar una actividad férvida y valiente de los sacerdotes cuando les falta lo necesario?

      Por lo demás, los fieles que olvidan tal deber preparan, aunque sea involuntariamente, el camino a los enemigos de la Iglesia, que en no pocos países buscan precisamente llevar el hambre al clero para poderlo separar de sus legítimos pastores.

      Obligación de los poderes públicos

      116. También los poderes públicos, según las diversas condiciones de cada país, tienen la obligación de proveer a las necesidades del clero, de cuya acción recibe la sociedad civil incalculables beneficios espirituales y morales.

 

EXHORTACIÓN FINAL

Resumen de lo anterior

117. Para poner fin a nuestra Exhortación no podemos abstenernos de resumir y repetir cuanto deseamos que se imprima cada vez más profundamente en vuestro ánimo, como programa de vuestra vida y de vuestra actividad.

Llevar todas las almas a Jesucristo

118. Somos sacerdotes de Cristo, debemos por ello empeñarnos con todas nuestras fuerzas para que la redención por Él llevada a cabo tenga la aplicación más eficaz en todas las almas. Consideradas las inmensas necesidades de nuestro tiempo, debemos hacer todo esfuerzo para devolver a Cristo a los hermanos desviados por el error o cegados por las pasiones, para iluminar a los pueblos con la luz de la doctrina cristiana, para guiarles según los preceptos del Evangelio y formarlos en una más perfecta conciencia cristiana, para incitarlos, en fin, a la lucha por el triunfo de la verdad y de la justicia.

Transfundir la vida de Cristo

119. Habráse alcanzado la meta prefijada sólo cuando hayamos llegado a tal santificación, que podamos trasfundir a los demás la vida que hayamos alcanzado de Cristo.

Gracia y virtudes sacerdotales

120. A todo sacerdote le repetimos por esto la palabra del Apóstol: No descuides la gracia que está en ti, que te ha sido dada… con la imposición de las manos del presbiterio 92. Muéstrate a ti mismo en todo como modelo de buen obrar; en la doctrina, en la integridad, en la gravedad; el hablar sea sano, irreprensible, para que los adversarios queden confundidos sin tener nada que decir contra ti 93.

Estimar y vivir el sacerdocio

121. Amados hijos: Tened suma estima de la gracia de vuestro oficio y vividlo de modo que produzca frutos copiosos para edificación de la Iglesia y conversión de sus enemigos.

Renovar el espíritu en el Año santo

122. Y, para que esta nuestra exhortación consiga el fin esperado, os dirigimos con particular afecto estas palabras, que, en la coincidencia del Año santo, son sumamente oportunas: Renovaos en vuestro espíritu y revestíos del hombre nuevo creado según Dios en la justicia y en la verdadera santidad 94: sed imitadores de Dios, como hijos bien nacidos, y caminad en el amor como Cristo nos amó y se dio a sí mismo a Dios como oblación y hostia 95; sed llenos del Espíritu Santo, hablando entre vosotros con himnos y salmos y cánticos espirituales, cantando y diciendo salmos en vuestro corazón al Señor 96; velando con toda perseverancia y orando por todos los santos 97.

Curso extraordinario de ejercicios espirituales

123. Meditando estas exhortaciones del Apóstol de las gentes, nos parece oportuno sugeriros que dentro de este mismo Año santo hagáis un curso extraordinario de ejercicios espirituales, de suerte que, llenos de nuevo fervor de piedad, podáis conducir también a otras almas a la adquisición de la indulgencia divina.

Confianza en María, Madre sacerdotal

124. Y, en fin, cuando experimentéis más graves dificultades en el camino de la santidad y en el ejercicio de vuestro ministerio, dirigid con confianza los ojos y el ánimo a aquella que, por ser Madre del eterno Sacerdote, es amantísima Madre de todos los sacerdotes católicos. Vosotros conocéis bien la bondad de esta Madre, y en muchas regiones, predicando la misericordia del Inmaculado Corazón de María, habéis despertado la fe y la caridad del pueblo cristiano admirablemente.

Si María ama a todos con tiernísimo amor, de modo completamente particular ama a los sacerdotes, que son viva imagen de su Jesús. Confortaos con el pensamiento de este amor de la Madre divina hacia cada uno de vosotros, y sentiréis más alivio en las fatigas de nuestra santificación y del ministerio sacerdotal.

El Santo Padre confía a la Virgen el clero de todo el mundo

125. A la Madre de Dios, medianera de las gracias celestiales, confiamos Nos a los sacerdotes de todo el mundo para que por su intercesión Dios haga descender una larga efusión de su Espíritu que empuje a todos los ministros del altar hacia la santidad y, a través de su ministerio, renueve espiritualmente la faz de la tierra.

Bendición especial al clero perseguido

126. Confiados en el valioso patrocinio de la Inmaculada Virgen María para la realización de estos votos, imploramos la abundancia de las divinas gracias sobre todos; pero especialmente sobre los obispos y los sacerdotes que, cumpliendo el deber de defender los derechos y la libertad de la Iglesia, sufren persecución, cárcel y destierro. Les expresamos nuestro vivísimo afecto y les exhortamos con paterno ánimo a que continúen dando ejemplo de fortaleza y de virtud sacerdotal.

Bendición a todos los sacerdotes

127. Sea auspicio de estas gracias celestiales y testimonio de nuestra paternal benevolencia la bendición apostólica que impartimos de todo corazón a todos y cada uno de vosotros, venerables hermanos, y a todos vuestros sacerdotes.

Dado en Roma, junto a San Pedro, a 23 de septiembre del Año santo 1950, duodécimo de nuestro pontificado.

PÍO PP. XII

Notas

1.- Cf Jn 21,15.17.

2.- 1 Pe 5,2-3. 

3.- Praef. Miss. en la festividad de Cristo Rey. 

4.- Cf. 1 Cor 4,1. 

5.- Cf. 1 Cor 3,9. 

6.- Cf. 2 Tim 3,17.

7.- Exhortatio Haerent animo: Acta Pii X, IV, p. 237s. 

8.- Litt. enc. Ad catholici sacerdotii: AAS 28 (1936) 5s. 

9.- AAS 35 (1943) 193s. 

10.- AAS 39 (1947) 521s. 

11.- Jn 20,21. 

12.- Lc 10,16. 

13.- Heb 5,1. 

14.- 1 Cor 3,9. 

15.- 2 Cor 2,15. 

16.- Pontificale Rom., De ord. presbyt. 

17.- Cf. Col 3,3.

18.- Cf. Mt 22,37.38.39. 

19.- Cf. 1 Cor. 13,4.5.6.7. 

20.- Col 3,14. 

21.- CIC, can. 124 (nuevo can. 276). 

22.- Act. 10, 38. 

23.- Jn 13,15. 

24.- Mt 11,29. 

25.- Jn 15,5. 

26.- Mt 20,28. 

27.- Cf. Mt 26,24. 

28.- 2 Cor 12,5. 

29.- Act 5, 41. 

30.- 1 Cor 7,32-33. 

31.- Missale Rom. can. 

32.- 1 Pe 5,8. 

33.- Mc 14,38. 

34.- Pontificale Rom., In ordin. diacon. 

35.- 2 Cor 12,14. 

36.- De imit. Christi IV c. 5 v. 13-14. 

37.- S. ATANASIO. De Incarnatione 12; MIGNE, PG, XXVI 1003s. 

38.- Cf. S. AGUSTÍN. De civitate Dei X c. 6: MIGNE, PL, XLI 284. 

39.- Cf. Mt 5,6. 

40.- Rom 13.14. 

41.- Sermo CVIII: MIGNE, PL, LII 500.501. 

42.- AAS 39 (1947) 552.553. 

43.- Heb 5,1. 

44.- Brev. Rom., Hymn. pro off. dedic. eccl. 

45.- Lc 18,1. 

46.- Heb 13.15. 

47.- Ibid., 5.7. 

48.- S. AGUSTÍN, Enarr. in Ps. sal 85,1: MIGNE, PL. XXXVII 1081. 

49.- Cf. Litt. enc. Mediator Dei: AAS 39 (1947) 574. 

50.- Cf. CIC, can. 125,2 (nuevo can. 276). 

51.- Cf. CIC, can. 125,2 (nuevo can. 276). 

52.- CIC, can. 125,1 (nuevo can. 276).

53.- Litt. enc. Mystici corporis Christi: AAS 35 (1943) 235. 

54.- Lc 1,74-75.

55.- 1 Cor 4,1. 

56.- Cf. 1 Cor 10,33. 

57.- 1 Cor. 3,7. 

58.- 1 Pe 4,11. 

59.- 1 Cor 4,16. 

60.- Cf. AAS 36 (1944) 239; Epist. Cum proxime exeat.

61.- Cf. Orat. 12 sept. 1947. 

62.- Cf. Flp 4,13. 

63.- 2 Cor 12,15. 

64.- Act 10,38. 

65.- Jn 4,37. 

66.- Mt 18,22. 

67.- 1 Tim 6,8. 

68.- Cf. Mt 13,52.

69.- Lc 10,2. 

70.- Ibid. 

71.- Cf. can. 1353 (nuevo can. 233). 

72.- Litt. enc. Quod multum, ad Episcopos Hungariae, 22 agosto 1886: Acta Leonis VI p. 158. 

73.- Cf. Alocuc. 25 noviembre 1948: AAS 40 (1948) 552. 

74.- Cf. Orat., 24 iunio 1939: AAS 31 (1939) 245-251. 

75.- Lc 16,3. 

76.- Cf. CIC, can. 1366,2 (nuevos cán. 252-253). 

77.- Cf. Mt 5, 13-14. 

78.- Heb 10,7. 

79.- Ad Smyrnaeos VIII 1: MIGNE, PL, VIII 714. 

80.- Ibíd., IX 1: MIGNE: PL, VIII 714,-715. 

81.- Ad Philadelphienses VII 2: MIGNE, PG, V 700. 

82.- Cf. CIC, can. 132 (nuevo can. 277). 

83.- Cf. AAS 41 (1949) 165-167. 

84.- Cf. CIC, can. 134 (nuevo can. 280). 

85.- Can. 129 (nuevo can. 279). 

86.- Can. 130,1 (nuevo can. 279). 

87.- Can. 131,1 (nuevo can. 279). 

88.- Cf. Epistulam Emmi Card. Petri Gasparri, a publicis Ecclesiae negotiis, ad Italiae Episcopos datam die 15 mensis aprilis anno 1923: in Enchiridion Clericorum (Typ. Pol. Vat., 1937) p. 613.

89.- Lc 19,8. 

90.- Jn 13,35. 

91.- Lc 10,7.

92.- 1 Tim 4,14. 

93.- Tit 2,7-8. 

94.- Ef 4,23-24.

95.- Ibid., 5,1-2. 

96.- Ibid., 5,18-19. 

97.- Ibid., 6,18.

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