Exhortación Apostólica «Haerent animo»

Escrito por admin el . Posteado en Documentos, Sumos pontífices, Vida sacerdotal

Al clero católico

San PIO X
4 de agosto de 1908

Amados hijos: Salud y bendición apostólica.

INTRODUCCIÓN

Preocupación pastoral del Papa

1. Queda profundamente grabado en nuestra conciencia, como fuente de preocupación, lo que el Apóstol de las gentes escribía a los hebreos cuando, instruyéndoles sobre la obligación de obedecer a los superiores, recalcaba con sumo interés: Que ellos velan sobre vuestras almas, como quien ha de dar cuenta de ellas 1.

A todos los que tienen autoridad en la Iglesia atañe esta afirmación, pero especialmente se refiere a Nos, que, aunque limitados, ejercemos en ella, por designio de Dios, la suprema autoridad. Por lo cual, movidos día y noche por esta preocupación, no cesamos de planear y llevar a término cuanto se refiera a la conservación y crecimiento de la grey del Señor.

La santificación sacerdotal

2. Sobre todo nos preocupa un problema por encima de los otros: que los ministros sagrados estén a la altura de lo que su cargo exige: Pues estamos convencidos de que éste es el medio principal para conseguir el buen estado y el incremento de la religión.

Celo de los obispos por los sacerdotes

3. Por ello, desde el momento en que fuimos investidos del Pontificado, aunque saltan a la vista los numerosos méritos del clero mirado en su conjunto, sin embargo, hemos creído oportuno exhortar encarecidamente a nuestros venerables hermanos los obispos del mundo católico a que en nada pongan más tesón y nada consideren más eficaz que modelar a Cristo en los demás. Nos hemos comprobado cuál ha sido el celo que los sagrados pastores han puesto en esta cuestión. Hemos comprobado con qué cuidado y con qué solicitud se esfuerzan asiduamente por formar su clero en la virtud; de ello, más bien que alabarles, preferimos darles las gracias públicamente.

El corazón del Papa ante el hijo enfermo

4. Pero si es verdad que nos hemos de gozar de que, gracias a estos desvelos de los obispos, son ya muchos los miembros del clero que han reavivado el fuego divino hasta el punto de recobrar o perfeccionar la gracia recibida por manos del presbiterio, también tenemos que deplorar el hecho de que algunos otros, en diversos países, no se portan de forma que, mirando en ellos el pueblo cristiano como en un espejo, como es lógico, pueda encontrar en ellos algo que imitar. A éstos es a quienes queremos, en esta carta, abrir nuestro corazón, que es el corazón de un padre lleno de amor y de angustia ante el hijo enfermo.

Exhortación para todos

5. Llevados por este amor, queremos añadir nuestras exhortaciones a las de los obispos. Y aunque ellas tengan como principal objetivo volver al buen camino a los extraviados y a los tibios, también queremos que sirvan de estímulo para los demás.

El ideal sacerdotal

6. Señalamos el camino que todos han de seguir cada día con más ilusión hasta conseguir ser lo que hermosamente indicó el Apóstol, el hombre de Dios 2, y corresponder así a lo que con razón espera la Iglesia.

Renovarse

7. No diremos nada que no sepáis ya, ni nada nuevo para alguno, sino lo que a todos conviene recordar. Dios nos hace sentir la esperanza de que nuestra palabra producirá fruto abundante. Esto es lo que pedimos con insistencia: Renovaos en vuestro espíritu y vestíos del hombre nuevo, creado según Dios en justicia y santidad verdaderas 3.

El obsequio al Papa

8. Este será el más hermoso y agradable obsequio de vuestra parte en el quincuagésimo aniversario de nuestro sacerdocio. Cuando Nos, con el alma contrita y el espíritu humillado 4, repasemos en la presencia de Dios los años de sacerdocio, nos parecerá que, hasta cierto punto, reparamos todo lo deplorable de nuestra fragilidad humana con sólo recomendaros y exhortaros que andéis de una manera digna del Señor, procurando serle gratos en todo 5.

Redundará en bien de toda la Iglesia

9. Sin embargo, con esta exhortación no miramos solamente a vuestro bien particular, sino al bien común de todos los católicos, pues no puede separarse el uno del otro. Porque no es el sacerdote de tal condición que pueda ser bueno o malo para sí solo, sino que su vida y sus costumbres influyen poderosamente en el pueblo. Donde hay un sacerdote verdaderamente bueno, ¡qué don tan precioso y qué valor!

I. DEBER DE SANTIDAD

El hombre de Dios y de las almas

10. Empezamos nuestra exhortación, amados hijos, empujándoos a la santidad de vida que requiere vuestra dignidad. Pues cualquiera que posee el sacerdocio, no lo posee para sí solamente, sino para los demás: Porque todo Pontífice, tomado de entre los hombres, en favor de los hombres es instituido para las cosas que miran a Dios 6.

Luz y sal

11. Es lo mismo que Cristo apuntó cuando, para explicar en qué consiste la acción de los sacerdotes, la quiso comparar a la sal y a la luz. El sacerdote es, pues, luz del mundo y sal de la tierra.

Testigo del mensaje

12. Nadie ignora que esto se realiza especialmente con el anuncio del mensaje cristiano. Pero ¿quién ignora tampoco que tal ministerio casi se reduce a la nada si lo que el sacerdote enseña con la palabra no lo corrobora con su ejemplo? Los que le escuchan podrían decir con razón, sin dejar de ser injuria, que alardean de conocer a Dios, pero con las obras le niegan 7, y rechazarían la doctrina sin aprovecharse del testimonio sacerdotal. Por eso, el mismo Cristo, modelo de todo sacerdote, enseñó primero con las obras que con las palabras: Jesús hizo y enseñó 8.

¿Sal desvirtuada?

13. Además, si el sacerdote descuida su santificación, ya no podrá ser sal de la tierra, pues lo que está corrompido e infectado no es un medio apto para dar la salud, y allí donde falta la santidad es inevitable que entre la corrupción. Por lo cual, Cristo, remachando la misma analogía, llama a tales sacerdotes sal desvirtuada, que para nada aprovecha ya, sino para tirarla y que la pisen los hombres 9.

Ministro y amigo de Cristo

14. Estas verdades aparecen con tanta mayor claridad cuanto que ejercemos el oficio sacerdotal no en nuestro nombre, sino en el de Cristo Jesús. Es preciso, dice el Apóstol, que los hombres vean en nosotros ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios 10; somos, pues, embajadores de Cristo 11. Por esta razón, el mismo Cristo nos contó en el número de sus amigos y no en el de sus siervos: Ya no os llamo siervos…, sino que os digo amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer… Yo os elegí a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto 12.

Tener los sentimientos de Cristo

15. Debemos, pues, representar la persona de Cristo; pero la misión recibida de El la hemos de desempeñar de manera que llevemos a término lo que El intentó. Y como querer y no querer la misma cosa es lo que constituye una sólida amistad, nos sentimos constreñidos, como amigos, a tener los mismos sentimientos que Cristo Jesús, santo, inocente, inmaculado 13. Como legados suyos, debemos conquistar la adhesión de los hombres a su doctrina y ley, comenzando por observarla nosotros mismos. Como participantes de su poder para arrancar a las almas de los lazos del pecado, conviene que hagamos lo posible para no enredarnos nosotros en ellos.

… Sacerdote y Víctima

16. Pero, sobre todo, como ministros suyos, en el sacrificio por excelencia que se renueva con perenne eficacia para la salud del mundo, debemos tener en nosotros las mismas disposiciones internas con las que El se ofreció a sí mismo al Padre sobre el ara de la cruz como hostia inmaculada. Pues si antiguamente, cuando sólo se trataba de representaciones y tipos, se exigía a los sacerdotes una santidad tan excelsa, ¿qué se nos pedirá a nosotros tratándose de Cristo Víctima? ¿A quién no deberá aventajar en limpieza el que toma parte en tal sacrificio? La mano que sacrifica esta carne, la boca que se llena del fuego espiritual, la lengua que se tiñe de escarlata con tan veneranda sangre, ¿no deberá poseer fulgor más deslumbrante que los rayos del sol? 14.

Dignidad y poderes sacerdotales

17. Con razón predicaba a su clero San Carlos Borromeo: «Si reflexionáramos, amadísimos hermanos, ¡qué fuerza irresistible tendría esta consideración para llevarnos a vivir una vida conforme a hombres de la Iglesia! ¿Qué no ha puesto Dios en mis manos al poner en ellas a su propio Hijo unigénito, coeterno e igual a sí mismo? En mis manos ha puesto todos sus tesoros, los sacramentos y las gracias; ha puesto las almas, que es lo que más quiere, a las que ha amado más que a sí mismo y ha redimido con su sangre; en mis manos ha puesto el cielo, que yo puedo abrir o cerrar a los demás… ¿Cómo es posible concebir que sea tan ingrato a tanta dignación y amor, que peque contra El, que ofenda su honor, que contamine este cuerpo que es suyo, que manche esta dignidad, este mi existir consagrado a su servicio?»

Los Seminarios, preocupación de la Iglesia

18. La Iglesia siempre se ha preocupado de ir delineando esta santidad de vida, de la que queremos hablar todavía un poco más. Con estas miras se han creado los santos Seminarios, donde, si a los jóvenes que se preparan para el sacerdocio se les ha de formar en ciencias, y letras, también, y principalmente, se les forma en la piedad desde sus más tiernos años.

Ordenes sagradas

19. Después, mientras la misma Iglesia irá promoviendo al sacerdocio a los candidatos por grados y con largos intervalos, como madre cuidadosa, no desperdiciará ninguna ocasión para exhortarles a la santidad que deben alcanzar.

La profesión clerical

20. Es muy grato recordarlo. Desde el primer momento que nos alistó en la milicia sagrada, quiso que hiciéramos profesión solemne de que el Señor es la parte de mi heredad y de mi cáliz; tú eres quien me sostiene, mi heredad 15. Con estas palabras, dice San Jerónimo, se advierte al clérigo que el que es una dote del Señor o que tiene al Señor por dote, debe poseer al Señor y ser poseído por El 16.

Subdiaconado

21. ¡Con qué gravedad habla la Iglesia a los que van a ser subdiáconos! Debéis repetidas veces haceros conscientes de la carga voluntariamente tomada hoy… si recibís este orden, no os será lícito retractar la decisión, sino que vuestro quehacer será servir a Dios indefinidamente y vivir, con su ayuda, en castidad. Finalmente: Si hasta el presente habéis sido perezosos en servir a la Iglesia, desde ahora debéis ser asiduos en frecuentarla; si hasta hoy soñolientos, desde hoy despiertos; si habéis sido deshonestos, en lo sucesivo debéis ser castos… ¡Tomad conciencia del sublime ministerio que se os confía!

Diaconado

22. Por los que van a ser promovidos al diaconado, la Iglesia, en boca del obispo, reza a Dios de esta manera: Que abunde en ellos toda clase de virtud, una autoridad modesta, un pudor constante, la pureza de la inocencia y la observancia espiritual de la disciplina… Que en sus costumbres brillen, Señor, tus preceptos, para que con el testimonio de su castidad imite el pueblo el santo ejemplo.

Sacerdocio

23. Pero mucho más apremiante es la advertencia dirigida a los que van a ser sacerdotes: Es preciso subir con gran reverencia a tan excelso grado, y que los escogidos traigan como recomendación para ello sabiduría celeste, honestidad de costumbres y prolongada observancia de la justicia… Sea la fragancia de nuestra vida el encanto de la Iglesia de Cristo, para que, con la predicación y el ejemplo, edifiquéis la casa, o sea, la familia de Dios. Y, sobre todo, poseen una especial urgencia aquellas gravísimas palabras: Imitad lo que tratáis entre manos, según el precepto de San Pablo: a fin de presentarlos a todos perfectos en Cristo Jesús 17.

Doctrina pontificia y tradicional

24. Siendo éste el criterio de la Iglesia sobre la vida sacerdotal, a nadie puede extrañar que los Santos Padres y Doctores estén todos de acuerdo en esta cuestión, hasta parecer quizás exagerado. Sin embargo, si los estudiamos con reflexión, concluiremos que no han enseñado más que la verdad escueta y precisa. Ahora bien, su criterio se puede resumir así: debe haber tanta diferencia entre el sacerdote y cualquier hombre virtuoso como la hay entre el cielo y la tierra. Por esta razón se ha de procurar que la virtud del sacerdote no sólo esté lejos de pecado grave, sino aun de las faltas más pequeñas.

El Concilio Tridentino

25. El Concilio de Trento se atuvo en esto al juicio de hombres bien venerables cuando advirtió a los clérigos que evitasen hasta las faltas leves, que en ellos serían muy grandes 18. Muy grandes, en efecto, no en sí mismas, sino en relación al sujeto que las comete, al cual se pueden aplicar con mayor razón que a las construcciones de nuestros templos lo de que conviene a tu casa la santidad 19.

II. NATURALEZA DE LA SANTIDAD SACERDOTAL

Carecer de ella sería un crimen

26. Vamos a precisar en qué consiste esta santidad, de la cual, si careciese el sacerdote, sería un crimen, y si alguno lo desconociera o tergiversara, se encontraría ciertamente en un grave peligro.

No consiste en virtudes activas

27. Porque hay algunos que piensan, y hasta lo dicen públicamente, que los méritos del sacerdote están precisamente en darse por entero a los demás. Por eso, olvidando casi el ejercicio de las virtudes por las que el hombre se perfecciona a sí mismo (por eso las llaman pasivas), dicen que se ha de poner todo el empeño e ilusión en la adquisición y ejercicio de las virtudes activas.

Falsedad de este criterio

28. ¡Qué enorme engaño y ruina se encierra en este criterio! De él escribió 20 sabiamente nuestro predecesor de feliz memoria: «Que las virtudes cristianas varíen, adaptándose a un tiempo o a otro, eso no se le ocurre más que al que olvida las palabras del Apóstol: A los que de antes conoció, a ésos los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo 21.

Cristo es el Maestro y el modelo de toda santidad, y cuantos ansíen ocupar los tronos de los cielos han de acomodarse a sus normas. Ahora bien, Cristo no cambia a medida que pasan los siglos, sino que es el mismo ayer, hoy y por los siglos 22. Es a los hombres de todos los tiempos a quienes atañe aquello de aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón 23. En toda época se nos muestra a Cristo hecho obediente hasta la muerte 24 y en todas las edades está vigente el dicho del Apóstol: Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias» 25.

Ejemplo de los santos

29. Es verdad que estas enseñanzas se refieren a todos los fieles, pero atañen especialmente a los sacerdotes, y, como dicho a ellos más bien que a los demás, han de recibir lo que el mismo predecesor nuestro añadía: «¡Ojalá que practicaran estas virtudes mayor número de personas, como lo hicieron tan santos varones de tiempos pasados! Ellos fueron poderosos en obras y en palabras, con grandísimo provecho para la religión y para la sociedad, debido a su humildad de corazón, a su obediencia y a su desprendimiento».

Eficacia ministerial de la abnegación

30. No estará de más recordar que el prudentísimo Pontífice hace aquí acertadamente mención particular del desprendimiento, que, en lenguaje evangélico, llamamos negación de sí mismo. De este extremo depende particularmente, amados hijos, la fuerza, la eficacia y todo el fruto del ministerio sacerdotal. De su descuido nace todo lo que en el modo de ser sacerdotal lastima la mirada y la conciencia de los fieles.

Consecuencia del olvido de este criterio

31. Si uno obra por afán de lucro, si se mete en negocios materiales, si aspira a los primeros puestos rehusando los demás, si se deja llevar por las pasiones, si busca agradar a los hombres, si confía en persuasivos discursos de humana sabiduría, no es otra la causa que el olvido del mandato de Cristo y el desprecio de la condición puesta por El: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese así mismo 26.

No descuidar la labor ministerial

32. Y si recalcamos todo esto, no es para minorizar la advertencia de que el sacerdote no se santifica sólo para sí, puesto que es el obrero que Cristo salió a alquilar para su viña 27. Su oficio es el de arrancar las malas hierbas, sembrar las buenas, regarlas y velar para que el enemigo no siembre cizaña. Ha de evitar el sacerdote, por consiguiente, que, llevado de un desordenado deseo de perfección interna, descuide alguna de las obligaciones del ministerio que se refiere al bien de los demás.

Diversos ministerios

33. A esta clase de obligaciones pertenece predicar la palabra divina, oír las confesiones cual conviene, visitar a los enfermos, especialmente a los moribundos; aleccionar a los que ignoran la fe; consolar a los afligidos; reconciliar a los extraviados; imitar en todo a Cristo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo 28.

Confiar en la gracia

34. Pero, en todas estas cosas, tenga siempre presente la advertencia de San Pablo: Ni el que planta es algo ni el que riega, sino Dios, que da el incremento 29. Echen, pues, la semilla, aunque sea con lágrimas, custódienla con sumo cuidado; pero está reservado a sólo Dios y a su gracia todopoderosa que la semilla germine y dé el deseado fruto.

Ser instrumento dócil

35. Interesa recalcar que los hombres no son más que instrumentos de los que Dios se vale para salvar las almas, y que, por tanto, han de estar disponibles para que Dios pueda emplearlos.

No precisamente por las propias cualidades

36. ¿En qué sentido? ¿Es que nos imaginamos que, gracias a nuestras cualidades, naturales o adquiridas, nuestra cooperación es imprescindible a Dios para extender su gloria? Sería un absurdo, pues está escrito: Eligió Dios la necedad del mundo para confundir a los sabios, y eligió Dios la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes, y lo plebeyo, el desecho del mundo, lo que no es nada, lo eligió Dios para destruir lo que es 30.

Sino principalmente por la santidad

37. Sólo hay una cosa que una al hombre con Dios, una cosa que le haga agradable y no indigno ministro de su misericordia: la santidad de vida y de costumbres. Todo le falta al sacerdote a quien falta la santidad, la cual no es más que la eminentísima ciencia de Cristo. El mismo caudal de ciencia escogida (que Nos mismo procuramos promover en el clero), la habilidad y el tacto en la acción, si no van unidos a la santidad, aunque podrían aportar algún bien a la Iglesia o a los individuos, con frecuencia les reportan lamentables perjuicios.

Ejemplo del Cura de Ars

38. Qué magníficas obras de salvación puede emprender y llevar a cabo en el Pueblo de Dios quien está nimbado y penetrado de santidad, aunque sea el menos dotado (en otras cualidades), queda patente en los numerosos testimonios de todas las épocas. Es notorio y reciente el caso de Juan Bautista Vianney, ejemplar cura de almas, para quien Nos tuvimos el gozo de decretar los honores debidos a los bienaventurados.

Resumen de santidad sacerdotal

39. Sólo la santidad nos hace tales cuales los exige el llamamiento divino, es decir, hombres crucificados para el mundo y para quienes el mundo está crucificado, hombres que caminan en la nueva vida, hombres que, como dice San Pablo, se presentan a sí mismos como ministros de Dios en desvelos, en ayunos, en santidad, en ciencia, en grandeza sincera, en palabras de veracidad 31; hombres que no tengan otra aspiración que las cosas celestiales y que pongan todo su empeño en llevar a los otros hacia el mismo fin.

III. MEDIOS DE SANTIFICACIÓN

A) La oración

40. Mas, puesto que, como todos saben, la santidad de vida en tanto es fruto de nuestra voluntad en cuanto es fortalecida por el auxilio de la gracia, Dios mismo ha dispuesto cuidadosamente la manera de que nunca estemos desprovistos del don de la gracia si queremos. Este don lo podemos obtener por medio de la oración.

Conexión entre oración y santidad

41. Hay tal conexión entre la oración y la santidad, que no puede existir la una sin la otra. Se ajusta totalmente a la verdad aquella sentencia del Crisóstomo: Yo creo que todos saben muy bien que es sencillamente imposible perseverar en la virtud sin la oración 32; y San Agustín formuló esta conclusión sutil: Sabe vivir bien quien sabe orar bien 33.

Ejemplo de Cristo

42. Estos testimonios no son más que lo que el mismo Cristo nos intimó, todavía con más instancia, ya con su constante predicación, ya, sobre todo, con su ejemplo. Para orar se retiraba a los desiertos o subía solo a las montañas; pasaba noches enteras totalmente dado a esta ocupación; iba con frecuencia al templo; hasta a la vista de la muchedumbre oraba públicamente con los ojos en el cielo; finalmente, clavado en la cruz, en medio de los dolores de la muerte, oró al Padre con lágrimas y con voz potente.

Necesidad de la oración

43. Tengamos por cierto y comprobado que el sacerdote, para que desempeñe dignamente su posición y cargo, necesita darse profundamente a una vida de oración. Muchas veces será una lástima que realice esto más bien por rutina que por fervor interior, que rece a las horas señaladas los salmos con soñolencia, o que añada algunas oraciones, pero que ya no se acuerde de ofrecer ningún rato más del día en diálogo con Dios aspirando piadosamente hacia lo alto. Y, sin embargo, debe el sacerdote, con mucho más esmero que los demás, obedecer al mandato de Cristo: Es preciso orar siempre 34, que tan insistentemente recomendaba San Pablo: Aplicaos a la oración, velad en ella con acción de gracias 35, orad sin cesar 36.

Motivos personales para la oración

44. Un alma deseosa de su propia santificación y de la salvación de los demás, ¡cuántas ocasiones encuentra durante el día para orientarse hacia Dios! Las penas más íntimas, la violencia y pertinacia de las tentaciones, la falta de virtud, la tibieza y demérito de las obras, las frecuentísimas faltas e imperfecciones, en fin, el temor al juicio divino, todo esto nos empuja poderosamente a llorar ante el Señor y, con ello, además de conseguir la ayuda pedida, nos enriquecemos fácilmente de méritos ante sus ojos.

Motivos comunitarios

45. No sólo debemos llorar por nosotros. En medio de ese lodazal de maldades que cada día parece crecer en extensión e intensidad, somos nosotros los encargados de implorar con súplicas la clemencia divina. A nosotros nos toca insistir ante Cristo que, en el admirable Sacramento, está dispuesto benignamente a dispensar cualquier gracia: Perdona, Señor, a tu pueblo.

Meditación diaria

46. En esta cuestión es punto capital que se dedique diariamente un espacio determinado de tiempo a la meditación de las verdades eternas. Ningún sacerdote hay que pueda descuidar este punto sin incurrir en grave negligencia y daño de su alma.

Importancia y ventajas según San Bernardo

47. El santísimo abad Bernardo, escribiendo a Eugenio III, que había sido discípulo suyo y entonces era romano pontífice, le advertía encarecidamente y con santa libertad, sin admitir excusa alguna por las ocupaciones numerosas y acuciantes que trae consigo el supremo apostolado, que no descuidase nunca la meditación diaria de las verdades divinas. Lo cual él se atrevía a exigir, describiendo con gran prudencia los innumerables frutos de tal ejercicio en estos términos: La meditación purifica la fuente de donde procede la mente. Después regula los afectos, orienta las acciones, corrige los errores, arregla las costumbres, hace la vida honesta y ordenada; finalmente, confiere ciencia de las cosas divinas y humanas a la vez. Ella es la que esclarece lo confuso, ata lo que está flojo, reúne lo disperso, escudriña lo oculto, descubre la verdad, analiza lo verosímil, explora lo oculto y oscuro. Ella es la que planea de antemano lo que debe hacerse, reflexiona sobre lo ya realizado, de manera que nada quede en el alma que no esté corregido o necesite arreglo. Es ella la que en la prosperidad presiente las pruebas, y hace a éstas llevaderas; en esto consiste la fortaleza y en aquello la prudencia 37.

Necesidad de la meditación

48. Todo este conjunto de ventajas que aporta la meditación nos enseña, y a la vez nos advierte, cómo no sólo es provechosa en todos los aspectos, sino que es absolutamente necesaria.

Por el peligro de rutina

49. Es verdad que las diversas funciones sacerdotales son excelsas y respetables, pero por la fuerza de la costumbre sucede que los que las desempeñan no lo hacen con el espíritu de religión que merecen. De ahí que, perdiendo paulatinamente el fervor, caen fácilmente en la desidia y aun en el disgusto de las cosas más sagradas.

Por los peligros mundanales

50. A esto hay que añadir que el sacerdote no tiene más remedio que convivir, en la vida de cada día, en medio de un mundo corrompido, y muchas veces aun en la misma labor de caridad pastoral se han de temer las asechanzas de la serpiente infernal. ¿Quién no conoce la facilidad con que los corazones más religiosos se empañan con el polvo del mundo? Queda claro, pues, cuán necesario y urgente es volver todos los días a la contemplación de las verdades eternas, para que el entendimiento y la voluntad, renovadas las fuerzas, resistan las tentaciones.

Para enseñar y vivir la unión con Dios

51. Además, conviene que el sacerdote adquiera cierta facilidad para elevarse y tener vivencia de lo celestial. Porque es él quien debe gustar lo celestial, enseñarlo y aconsejarlo; es él quien debe llevar una vida tan sobre las cosas humanas, que todo lo que realiza cumpliendo su oficio sagrado lo haga según Dios, como bajo el instinto y la luz de la fe. Ahora bien, esta disposición habitual del alma, esta unión como espontánea con Dios, la realiza y la conserva el ejercicio de la meditación diaria. Aparece esto tan claro a cualquiera que reflexione prudentemente, que no es necesario extendernos más en ello.

Consecuencias de abandonarla

52. Podemos encontrar una confirmación verdaderamente triste de todo lo dicho en la vida de aquellos sacerdotes que, o infravaloran la meditación de las cosas divinas, o la miran con desdén. Son hombres en quienes se ha adormecido aquel don tan inestimable del sentido de Cristo, dados por entero a las cosas terrenas, aspirantes a vanidades, charlando de lo superficial con efusión y tratando lo más santo con negligencia, frialdad y tal vez hasta indignamente.

Bienes espirituales perdidos

53. Son los mismos que en un principio, penetrados del carisma de la reciente unción sacerdotal, disponían su alma diligentemente a rezar los salmos para no ser como los que tientan a Dios, que buscaban los ratos más a propósito y los lugares más recogidos, que procuraban penetrar el sentido de la palabra divina, que, con el salmista, rendían alabanzas, lloraban, se gozaban y manifestaban su intimidad. Mas ahora, ¡qué cambio tan radical! Ya casi no les queda nada de aquella piedad entusiasta que sentían hacia los misterios de Dios. ¡Qué amados les eran en otro tiempo aquellos tabernáculos! Suspiraba el alma por encontrarse en la mesa del Señor y por llevar a ella fieles cada vez en mayor número. Antes de celebrar la santa misa, ¡qué pureza de conciencia y qué oraciones en aquella alma deseosa! En la celebración, ¡qué reverencia en cumplir las augustas ceremonias con toda su dignidad! ¡Qué acciones de gracias salidas del corazón! ¡Y redundaba en el pueblo abundantemente el olor de Cristo…! Acordaos, hijos amados, por favor, acordaos… de aquellos primeros días 38. Entonces sí que vibraba el alma, porque se alimentaba de la práctica de santas meditaciones.

La excusa de la acción ministerial

54. Entre aquellos mismos a quienes se les hace pesado o descuidan reflexionar en su corazón 39 no faltan quienes ni se ruborizan ya de la consiguiente miseria de su alma, sino que presentan sus excusas diciendo que se dan de lleno al torbellino de la acción ministerial para la polifacética utilidad de los demás. ¡Se engañan miserablemente!, pues, si no están habituados al coloquio con Dios, están desprovistos de unción divina cuando hablan de Dios a los hombres o dan consejos de vida cristiana. Y así, la palabra evangélica parece que está en ellos casi muerta. Su voz, aunque brille por el ingenio y la facundia, no sintoniza con la voz del Buen Pastor, que las ovejas escucharían con fruto. Resuena y fluye vacía, y, si produce fruto, es el del mal ejemplo, con desdoro para la religión y escándalo para los buenos. Y lo mismo sucede en las otras ocupaciones de su agitada vida, donde o no se sigue ningún provecho auténtico o es de breve duración, porque falta la lluvia del cielo, que precisamente alcanza en abundancia la oración del que se humilla40.

Criterios equivocados y sus consecuencias

55. No podemos menos de manifestar aquí nuestro profundo dolor por aquellos que, embaucados por perniciosas novedades, no se avergüenzan de manifestar su criterio en contra de lo dicho y califican de perdido el tiempo empleado en meditar y orar. ¡Qué ceguera más fatal! ¡Ojalá que, reflexionando honradamente, llegasen los tales a percatarse alguna vez hasta dónde puede llegar el descuido y desprecio de la oración!

En ello ahíncan sus raíces la soberbia y la contumacia. De ahí nacen frutos demasiado amargos, que el corazón del Padre no quiere ni recordar, sino que desea que desaparezcan totalmente. Dios atienda estos deseos y, mirando con misericordia a los extraviados, derrame en ellos tal abundancia del espíritu de gracia y de oración, que, llorando su equivocación, vuelvan de buen grado al camino que un día, por desgracia, abandonaron, y continúen en él, con la alegría de todos, con más cautela. Dios mismo nos es testigo, como lo fue en otro tiempo del Apóstol, cómo les amamos a todos ellos en las entrañas de Jesucristo 41.

Exhortación del Papa

56. En ellos, pues, y en todos vosotros, hijos queridos, quede grabada imborrablemente nuestra exhortación, que es de Cristo nuestro Señor: Atended, vigilad y orad 42. Sobre todo, que cada uno se agencie la manera de darse a la meditación piadosa, procurando con confianza pedir esta misma gracia: Señor, enséñanos a orar 43. Hay un motivo especial de bastante importancia para inducirnos a la meditación, y es la gran abundancia de espíritu de consejo y fortaleza que de ella proviene, cosa muy útil para la recta cura de almas, que es el arte más difícil de todos.

Palabras de San Carlos

57. Vienen como anillo al dedo aquí las palabras pastorales de San Carlos, dignas de ser recordadas: «Entended, hermanos, que no hay nada que sea tan necesario a los eclesiásticos como la oración mental que preceda, acompañe y siga a todos nuestros actos. Cantaré salmos dice el profeta y entenderé 44. Hermano, si administras los sacramentos, medita lo que estás haciendo; si celebras la misa, medita lo que ofreces; si cantas salmos, medita qué dices y a quién; si diriges almas, medita con qué sangre fueron lavadas» 45. Por eso, con justa razón la Iglesia nos manda repetir frecuentemente aquellas expresiones de David: Bienaventurado el varón que medita en la ley del Señor; su voluntad permanece firme día y noche, todo lo que emprenda tendrá éxito.

Meditar la vida de Cristo

58. En fin, sirva como resumen de todos los argumentos el siguiente: que si al sacerdote se le llama otro Cristo precisamente porque participa de su poder, ¿no es verdad que también ha de llegar a serlo y ser tenido como tal por la imitación de sus obras?… Sea, pues, nuestra principal preocupación meditar la vida de Jesucristo 46.

B) Lectura espiritual

Especialmente de la Sagrada Escritura

59. A esta meditación diaria de las verdades divinas importa muchísimo que el sacerdote añada con asiduidad la lectura de libros piadosos, sobre todo de los que gozan de inspiración divina. Así se lo encargaba San Pablo a Timoteo: Dedícate a la lectura 47. De la misma manera se lo inculcaba San Jerónimo a Nepociano al instruirle sobre la vida sacerdotal: Que nunca caiga de tus manos la lectura sagrada y añadía a renglón seguido los porqués: Aprende lo que debes enseñar, procura alcanzar aquella exactitud en el hablar que es conforme a la Escritura, de suerte que estés en disposición de exhortar con doctrina sana y refutar a los que te contradigan.

Provecho que se sigue

60. ¡Qué gran provecho consiguen los sacerdotes que se ejercitan en ello con constancia! ¡Qué sabrosamente predican a Cristo! ¡Cómo orientan hacia las alturas a las almas que los escuchan, los empujan hacia la perfección en vez de relajarlos y lisonjearlos!

Los libros piadosos, nuestros amigos

61. Pero el precepto de San Jerónimo tiene una valoración especialmente provechosa para vosotros, amados hijos: Que en tu mano esté siempre la lectura santa 48. ¿Quién no conoce la influencia que llega a tener sobre nuestro corazón la voz de un amigo que advierta sencillamente, que con su consejo ayude, corrija, estimule y aparte del error? Feliz el que encuentra un amigo de verdad 49; quien lo llega a encontrar ha encontrado un tesoro 50. Así, pues, hemos de colocar los libros piadosos en la lista de nuestros amigos verdaderamente fieles.

Las voces del libro amigo

62. Ellos subrayan la gravedad de nuestro ministerio y de las disposiciones de la autoridad legítima, despiertan en nuestro interior las inspiraciones que habíamos rechazado, reprenden el abandono de nuestros buenos propósitos, interrumpen nuestra tranquilidad engañosa, censuran nuestras ocultas aficiones desordenadas, descubren los peligros que con frecuencia acechan a los incautos. Y todo esto lo realizan los libros con tan discreta amabilidad, que no sólo se muestran con ellos amigos, sino los mejores de todos los amigos. Pues podemos disponer de ellos cuando queramos, como al alcance de la mano, dispuestos a subvenir a nuestras necesidades en cualquier momento. Su voz nunca es agria, su consejo nunca es apasionado, su palabra nunca es tímida o engañosa.

Ejemplo de San Agustín

63. Son muchos y notables los ejemplos que patentizan la eficacia provechosísima de los libros buenos. Entre todos salta a la vista el caso de San Agustín, cuyos considerables servicios a la Iglesia tienen ahí su origen: Toma y lee, toma y lee…; yo tomé (las cartas de San Pablo apóstol), las abrí y leí en silencio… Todas las tinieblas de mis dudas se disiparon como si una luz de seguridad hubiera sido difundida en mi corazón 51.

Evitar las lecturas perniciosas

64. En nuestros días ocurre, por el contrario, y desgraciadamente con frecuencia, que muchos clérigos quedan poco a poco ofuscados por las tinieblas de la duda y siguen los senderos equivocados del mundo, y ello es debido precisamente a preferir, antes que los libros buenos, cualquier clase de libros, aunque sea la turbamulta de periódicos sembrados de errores sutiles y contagiosos. Queridos hijos, tened mucho cuidado, no os fiéis de vuestra edad madura y avanzada, ni os dejéis engañar por el espejuelo de que podréis así emplearos con más provecho en el bien común. Respétense los límites que han trazado las leyes de la Iglesia o que juzguen oportunos la prudencia y la caridad para consigo mismo, pues quien se halla empapado interiormente de estos venenos, casi nunca queda ileso de los daños de esta catástrofe en germen.

C) El examen de conciencia

65. Los provechos que se siguen de la lectura sagrada y de la meditación de las verdades celestiales serán más copiosos en el sacerdote si se añade un medio por el que él mismo conozca si pone en práctica cuidadosamente lo que ha leído o meditado. Hay para ello un excelente medio propuesto por San Juan Crisóstomo, especialmente para el sacerdote. Todas las noches, antes de dormirte, examina tu conciencia, pídele cuentas, arranca y pulveriza los malos proyectos que trazaste durante el día y haz penitencia de todo ello 52.

Doctrina de los maestros de espiritualidad

66. Los más prudentes maestros de la vida espiritual prueban espléndidamente, con estupendas consideraciones y avisos, qué conveniente y provechoso es el examen para la santificación cristiana. Plácenos citar aquí aquel hermoso testimonio de la Regla de San Bernardo: Todos los días examina cuidadosamente tu vida, investigador detallista de tu pureza de alma. Fíjate bien cuánto adelantas o retrocedes… Pon interés en conocerte a ti mismo… Coloca ante tu mirada todas tus faltas. Ponte delante de ti como si estuvieras delante de otro, y entonces llora golpeándote el pecho 53.

«Los hijos de este mundo»

67. Sería bochornoso que en este mundo se cumpliera el dicho de Cristo: Los hijos de este mundo son más avisados que los hijos de la luz 54. Es interesante verlos a ellos con qué diligencia agencian sus negocios, cómo comparan repetidas veces las entradas y salidas, con qué detalle y rigor anotan sus cuentas, cómo sienten las pérdidas y se estimulan con esmero a resarcirlas.

«Los hijos de la luz»

68. Y nosotros los sacerdotes, que sentimos vivo afán por obtener honores, por aumentar nuestro patrimonio, por adquirir, con el pretexto de la ciencia, solamente reputación y gloria, agenciamos, en cambio, con poco interés y con cara de aburridos, el más importarte y difícil de todos los negocios: el de la santificación. Apenas nos recogemos y examinamos nuestra alma, si no es alguna vez, que por eso está como selvática, del mismo modo que la viña del perezoso de la que está escrito: Pasé junto al campo del perezoso y junto a la viña del insensato, y todo eran cardos y ortigas que habían cubierto su haz, y su albarrada estaba destruida 55. El peligro se agrava al multiplicarse en torno del sacerdote los malos ejemplos, tan nefastos para la misma virtud sacerdotal, de suerte que es necesario andar cada día con más circunspección y oponer un esfuerzo mayor.

69. Hasta la experiencia demuestra que quien con frecuencia corrige seriamente sus pensamientos, palabras y obras se siente más fuerte para aborrecer y evitar el mal y para dedicarse con fervor a la práctica del bien. Asimismo demuestra la experiencia cuántos inconvenientes y daños se siguen al que esquiva aquel tribunal en que la justicia se sienta como juez y la conciencia asiste como acusador y reo. En vano buscaréis en él aquella circunspección en el obrar que es tan conveniente al cristiano, aun para evitar las más pequeñas faltas; ni tampoco aquella delicadeza de alma, tan propia del sacerdote, que teme la más insignificante ofensa contra Dios. Es más, esa incuria y negligencia alguna vez llega hasta el extremo bastante más grave de descuidar el sacramento de la penitencia, que es el remedio más adecuado que Cristo, en su infinita misericordia, ha suministrado a la debilidad humana.

Contrasentido de quien deja el examen

70. No se puede negar, antes hay que deplorarlo amargamente, que no es raro ver sacerdotes que apartan a los demás del pecado con la elocuencia inflamada de su palabra sagrada, y ellos mismos no temen hacerse insensibles a las faltas. Exhortan y estimulan a los otros para que no retrasen la purificación del alma como es debido, y ellos la retrasan perezosamente y aun a veces dudan hacerla en largo período de meses. Saben muy bien derramar aceite y vino saludable en las llagas de los otros, mientras permanecen ellos heridos a la vera del camino sin preocuparse de pedir la ayuda médica del hermano teniéndola tan cerca. ¡Qué pena da ver las funestas consecuencias que se han seguido y se siguen delante de Dios y de la Iglesia, desastrosas para el pueblo fiel y vergonzosas para el sacerdocio!

Exhortación paternal del Papa

71. Mientras recordamos estas cosas, amados hijos, por deber de conciencia, nuestra alma se llena de amargura y nuestra voz se descompone en llanto: ¡Ay del sacerdote que no sabe ocupar su puesto y que mancha con deslealtad el santo nombre de Dios por el que debe santificarse! La corrupción de los mejores es la peor: Es grande la dignidad de los sacerdotes; pero, si caen en pecado, es también grande su catástrofe. Alegrémonos por la promoción, pero temamos la caída; es menos el gozo por haber alcanzado las alturas que la angustia por haber caído de lo alto 56.

¡Desgraciado, por tanto, el sacerdote que, olvidándose de sí, abandona el ejercicio de la oración, que desdeña el alimento de las buenas lecturas, que nunca entra dentro de sí para escuchar la voz acusadora de la conciencia! Ni las llagas graves de su alma, ni las lágrimas de su madre la Iglesia, impresionarán a este desgraciado hasta que le sacudan estas terribles amenazas: Endurece el corazón de este pueblo, tapa sus oídos, cierra sus ojos. Que no vea con sus ojos, no oiga con sus oídos ni entienda su corazón, y no sea curado de nuevo 57.

Oración y esperanza

72. Que Dios, rico en misericordia, aparte de cada uno de vosotros, amados hijos, este triste vaticinio; Dios, que ve nuestro corazón exento de toda aspereza hacia quienquiera que sea, sino que está lleno de amor de padre y pastor para con todos. Pues ¿cuál ha de ser nuestra esperanza, nuestro gozo, nuestra corona de gloria ante nuestro Señor Jesucristo a su venida? ¿No sois vosotros? 58.

IV. EXIGENCIAS MÁS URGENTES Y ACTUALES

La Iglesia Hoy

73. Pero vosotros mismos podéis ver, dondequiera que estéis, en qué tiempos le toca vivir a la Iglesia por secretos designios de Dios. Considerad asimismo y reflexionad qué deber tan sagrado os incumbe, ya que habéis sido investidos por ello de honorífica dignidad, que os esforcéis por estar a su lado y por asistirla en sus tribulaciones.

Virtud no vulgar

74. Por esto, hoy más que nunca, es necesaria en el clero una virtud no vulgar, ejemplar en todo, ardiente, activa, en plena disposición de actuar y sufrir grandes cosas por Cristo. No hay nada que con más ardor pidamos y deseemos Nos para todos y cada uno de vosotros.

Castidad

75. Que en vosotros, pues, florezca con lozanía inmarcesible la castidad, que es el mejor ornato de nuestro sacerdocio, por cuyo fulgor el sacerdote, así como se hace semejante a los ángeles, así también aparece más digno de veneración al pueblo cristiano y más fecundo en frutos de santidad.

Reverencia y obediencia

76. Que crezca sin cesar la reverencia y obediencia prometida en la ordenación sagrada a aquellos a quienes puso el Espíritu Santo para regir la Iglesia, y, sobre todo, que los espíritus y los corazones se unan cada día con más estrechos lazos de fidelidad en sumisión justamente debida a la Sede Apostólica.

Caridad

77. Que en todos sobresalga aquella caridad que no busca para nada su propio interés, de suerte que, moderadas las tendencias de rivalidad envidiosa o de ambición apasionada, propias de la naturaleza humana, todos vuestros esfuerzos se centren con fraterna emulación en el aumento de la gloria divina.

Campos para la caridad

78. Una gran multitud, digna de toda lástima, de enfermos, de ciegos, cojos y paralíticos, espera los beneficios de vuestra caridad. Los esperan, sobre todo, esas multitudes compactas de jóvenes, esperanza queridísima de la religión y de la patria, rodeadas por todas partes de corrupción y engaño. Dedicaos con interés no sólo a enseñarles catequesis sagrada, que de nuevo y con gran ahínco os recomendamos, sino, asimismo, a prodigarles a todos ellos el bien posible conforme os sugiera vuestra prudencia y habilidad. Al consolar, proteger, curar, pacificar, con todo ello sólo queréis y anheláis ganar estas almas y ligarlas a Cristo. ¡Qué pena da ver cómo trabajan y persisten los enemigos, con diligencia, sin descanso y con denuedo, con gran ruina para las almas!

Gloria de la Iglesia

79. Por el esplendor de esta caridad, la Iglesia católica se goza y gloría en su clero, que predica la paz cristiana, que lleva la salvación y la civilización hasta los pueblos más alejados, donde, gracias a su ingente labor, regada a veces con su sangre, se extiende el reino de Cristo más y más, y la fe santa brilla más victoriosa con los nuevos triunfos.

A pesar de persecuciones

80. Y si el ejercicio de nuestra caridad generosa encuentra como respuesta intrigas, injurias o calumnias, como es frecuente, no os dejéis llevar por la tristeza, no dejéis de hacer el bien 59. Tengamos presentes las multitudes insignes en número y méritos que, a imitación de los apóstoles, en medio de los oprobios más crueles por el nombre de Cristo, se quedaban contentos y, maldecidos, bendecían. Somos nosotros los hijos y los hermanos de los santos, cuyos nombres ilustres están escritos en el libro de la vida y cuyas glorias canta la Iglesia. No empañemos nuestro honor 60.

V. MEDIOS DE PERSEVERANCIA

Para restaurar el espíritu sacerdotal

81. Restaurado y aumentado en el clero el espíritu sacerdotal sobrenatural, nuestros restantes planes de reforma, con la ayuda de Dios, poseerán la mayor eficacia. Por eso nos parece conveniente añadir algunos medios a los ya expuestos anteriormente, muy a propósito para guardar y aumentar la gracia.

Ejercicios espirituales

82. El primero de ellos es uno de todos conocido y recomendado, aunque todavía no experimentado por todos, y es el devoto recogimiento del alma para los llamados Ejercicios espirituales, todos los años a ser posible, ya sea individualmente, ya, mejor, con otros, donde el fruto suele ser más abundante, quedando a salvo las disposiciones de los obispos. Nos mismo hemos ponderado las ventajas de esta institución al decretar en este punto algunas disposiciones referentes a la disciplina del clero romano 61.

Retiro mensual

83. Y no será de menos provecho para las almas si se tiene un retiro mensual semejante, por unas horas, en privado o en común. Esta costumbre la vemos con satisfacción ya establecida en muchos lugares, donde los obispos la fomentan y aun a veces presiden la reunión. Asociaciones sacerdotales

84. Tenemos interés en recomendaron otra cosa: una unión más estrecha entre los sacerdotes, cual conviene a hermanos, robustecida y dirigida por la autoridad episcopal. Es muy recomendable que los sacerdotes se agrupen en asociaciones para socorrerse mutuamente en las adversidades, para salvaguardar la integridad de su honor y de sus funciones contra los ataques de los enemigos y por otras razones semejantes. Pero interesa mucho más que se asocien para perfeccionar los conocimientos en las ciencias sagradas y, sobre todo, para perseverar cada vez con más diligencia en el santo propósito de la vocación, para salvaguardar los intereses de las almas, aunando consejos y esfuerzos.

Ejemplos de otros tiempos

85. Los anales de la Iglesia hacen patentes los buenos resultados que tal género de asociación producía en los tiempos en que los sacerdotes vivían ordinariamente en cierta vida de comunidad. ¿Por qué no podría hacerse algo semejante en nuestro tiempo, acomodándonos, claro está, a los lugares y obligaciones? ¿No es verdad que podríamos esperar los mismos frutos de entonces para gozo de la Iglesia?

… Existen algunas

86. En realidad existen ya asociaciones de este género, provistas de la autorización de los obispos. Y son tanto más beneficiosas cuanto antes uno entra en ellas, al principio mismo del sacerdocio.

Ejemplo y estímulo del Papa

87. Nos mismo, durante nuestro ministerio episcopal, promovimos una asociación cuya experiencia no demostró sus ventajas. A ella, y a otras semejantes, continuamos dispensando nuestra especial benevolencia.

Estos medios de gracia sacerdotal, como asimismo cuantos sugiera la vigilante prudencia de los obispos según las circunstancias, apreciadlos y usadlos, amados hijos, para que cada día caminéis más dignamente en la vocación a que habéis sido llamados 62, honrando vuestro ministerio y cumpliendo en vosotros la voluntad de Dios, en la que consiste vuestra santificación.

EPILOGO

Oración por los sacerdotes

88. A ello apuntan nuestros principales pensamientos y cuidados. Por esto, con la mirada en el cielo, repetimos con frecuencia en favor de todo el clero la súplica de Cristo nuestro Señor: Padre santo…, santifícalos63.

Así lo hacen muchos rieles

89. Nos gozamos de que haya muchísimos fieles de toda condición que se unen a nuestra plegaria, preocupados profundamente por el bien común vuestro y de toda la Iglesia.

Víctimas por la santificación sacerdotal

90. Es más, se da el caso, agradable por cierto, de que no pocas almas, de virtud acendrada, no sólo en los claustros sagrados, sino aun en medio del mundo, se consagran como víctimas a Dios para este mismo fin y con un esmero incesante.

La oración del Papa

91. Que Dios acepte en olor de suavidad sus oraciones puras y sublimes, y que no desdeñe tampoco nuestras súplicas humildísimas. Le pedimos que sea así por su clemencia y benevolencia, y conceda a todo el clero los tesoros de gracia, caridad y toda virtud de que es fuente el Corazón santísimo de su amado Hijo.

Gratitud del Papa

92. En fin, queremos agradeceros, amados hijos, las felicitaciones que nos habéis ofrecido con amor y piedad en el quincuagésimo aniversario de nuestra ordenación sacerdotal.

Confianza en la Reina de los Apóstoles

93. Para que nuestras súplicas por vosotros sean escuchadas más colmadamente, las confiamos a la augusta Virgen Madre, Reina de los Apóstoles. Ella enseñó a las venturosas primicias del sacerdocio a perseverar unánimemente en la oración hasta que fueran revestidos de la virtud de lo alto, virtud que ella les obtuvo más cumplida con su oración, aumentó y fortaleció con sus consejos, para el feliz éxito de su labor.

Bendición

94. Deseamos, entre tanto, amados hijos, que la paz de Cristo rebose en vuestros corazones con el gozo del Espíritu Santo, teniendo por prenda la bendición apostólica, que os concedemos a todos vosotros con entrañable amor.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 4 de agosto de 1908, al principio del sexto año de nuestro pontificado.

PIO PP. X

Notas:

1.- Heb 13, 17

2.- 1 Tim 6, 11

3.- Ef 4, 23-24

4.- Dan 3, 39

5.- Col l, 10

6.- Heb 5, 1

7.- Tit 1, 16

8.- Act 1, 1

9.- Mt 5, 13

10.- 1 Cor 4, 1

11.- 2 Cor 5, 20

12.- Jn 15, 15-16

13.- Heb 7, 26

14.- S. Juan Crisóstomo, In Mat. Hom. 82, n. 5

15.- Sal 15, 5

16.- Ep. 52, ad Nepotianum n. 5

17.- Col 1, 28

18.- SESS. XXII: De Reforma. c. 1

19.- Sal 92, 5

20.- Ep. Testem benevolentiae ad archiep. Baltimor. 22 ian. 1899.

21.- Rom 8, 29

22.- Heb 13, 8

23.- Mt 11, 29

24.- Flp 2, 8

25.- Gál 5, 24

26.- Mt 16, 24

27.- Mt 20, 1

28.- Act 10, 38

29.- 1 Cor 3, 7

30.- 1 Cor1, 27-28

31.- 2 Cor 6, 5 ss.

32.- De precatione, orac. 1

33.- Hom. 4, ex. 50

34.- Lc 18, 1

35.- Col 4, 2

36.- 1 Tes 5, 17

37.- De consid, 1, c. 7

38.- Heb 10, 32

39.- Jer 12, 11

40.- Eclo 35, 21

41.- Flp 1, 8

42.- Mc 13, 33

43.- Lc 11, 1

44.- Sal 100, 2

45.- Ex orationib. ad clerum.

46.- De Imit. Chr. 1,1

47.- 1 Tim 4, 13

48.- Ep. 58 ad Paulinum, n.6

49.- Eclo 25, 12

50.- Eclo 6, 14

51.- Confessiones 8, 12

52.- Exposit. in Ps. 4 n.8

53.- Meditationes piissimae c. 5; De quotid. sui ipsius exam.

54.- Lc 16, 8

55.- Prov 24, 30-31

56.- S. Ieron, In Ezech. 13 c.44 v.30

57.- Is 6, 10

58.- 1 Tes 2, 19

59.- 1 Tes 3, 13

60.- 1 Mac 9, 10

61.- Ep. Experiendo ad Card. in Urbe Vicarium, 27-12-1904.

62.- Ef 4,1

63.- Jn 17, 11-17

"Trackback" Enlace desde tu web.