Algunas normas sobre la formación en los Seminarios Mayores

Escrito por admin el . Posteado en Congregaciones romanas, Documentos, Formación sacerdotal

Congregación para la Evangelización de los Pueblos
25 de abril de 1987

La Congregación para la Evangelización de los Pueblos ha tenido, del 14 al 17 de Octubre de 1986, la XII Asamblea Plenaria sobre la «Formación en los Seminarios, en las misiones y para las misiones, 20 años después de la conclusión del Concilio Vaticano II; bajo el aspecto disciplinar, espiritual y cultural».

La Congregación manifiesta profunda gratitud a los Excelentísimos Nuncios, a las Conferencias Episcopales y a cada uno de los Obispos de los diversos Países, por las generosas aportaciones a la preparación de esta reunión, tan importante para el porvenir de la Iglesia y de la Misión. Un agradecimiento particular a los Rectores y a sus colaboradores por el valioso servicio en favor de la formación de los futuros sacerdotes, así como también por haber dado respuesta, casi en su totalidad (más de 120 sobre 149), al cuestionario que les fue enviado. Las exposiciones preparadas sobre la base de estas informaciones y sugerencias, han estimulado y nutrido la reflexión de los miembros de la Plenaria.

En las Iglesias bajo Propaganda, el número de los seminaristas y de los Seminarios ha aumentado muy rápidamente durante los últimos años. Actualmente se cuentan más de 14.000 seminaristas mayores. Estos frutos de la Gracia y de una cuidadosa promoción vocacional, alimentan una grande esperanza para toda la Iglesia. Pero el número no basta; se necesita también y sobre todo, la calidad. Como ha recordado el Sumo Pontífice en el discurso a los miembros de la Plenaria, la Iglesia necesita de sacerdotes preparados, hombres de Dios, consagrados incondicionalmente al servicio del Evangelio, «profetas de la Esperanza Cristiana y constructores de la Iglesia fundada sobre Pedro»(1).

La Plenaria centró su atención y presentó conclusiones en relación a algunos aspectos que consideró más urgentes y de interés común para la calidad de la formación en los Seminarios mayores. Sobre esta base, la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, además de querer atraer la atención sobre los diversos documentos de la Santa Sede, presenta a las Conferencias Episcopales y a los Obispos, en espíritu de colaboración, las siguientes normas de acción, para que, junto con los demás documentos que con tal fin ha ofrecido la Sede Apostólica, sean llevadas a cabo, con la cooperación de los superiores de los Seminarios.

    1. Especial atención de los Obispos por los Seminarios 

      La responsabilidad de los Obispos en la formación de los futuros sacerdotes(2) asume, hoy, una particular urgencia por el momento de gracia que las jóvenes Iglesias están viviendo en relación a las vocaciones. Consiguientemente, la Congregación pide a los Obispos una especial atención hacia los Seminarios, sobre todo tocante los siguientes aspectos más urgentes:

      • garantizar formadores adecuados en calidad y número;

      • seguir de cerca la obra de los formadores y el camino de crecimiento integral de los seminaristas;

      • vigilar con autoridad paterna, la fidelidad a la doctrina de la fe y al Magisterio, de los contenidos que se trasmiten.

      Los medios para actuar esta responsabilidad de parte de los Obispos pueden variar, según las diversas experiencias. Uno, sin embargo, se señala como insustituible: las visitas periódicas a los Seminarios(3). Tales visitas tienen como positivo fin, el acompañar y sostener a los formadores y a los alumnos, el proponer mejoras, el verificar de cerca y también vigilar, la calidad y fidelidad de la formación. Es importante que las visitas las realice el Obispo. Cuando un Seminario es interdiocesano, se hará necesaria la diligente y eficaz colaboración de todos los Obispos competentes, en favor del mismo; se nombrará una comisión episcopal o un Obispo que tenga la responsabilidad, en nombre de los demás, de seguir el Seminario y, en consecuencia, de llevar a cabo las visitas. Si fuera necesario, pueden designarse como visitadores algunos sacerdotes particularmente preparados y expertos, que actúen en nombre de los Obispos. La Congregación para la Evangelización de los Pueblos alienta tales visitas periódicas que manifiestan la atención premurosa y cuidadosa de los Pastores.

      En este espíritu, invitada o por propia iniciativa, Propaganda continuará, luego de tomar contacto con las Conferencias Episcopales y con los Obispos interesados, las propias visitas apostólicas a los Seminarios.

      Además de este medio privilegiado y regular, se recomiendan contactos paternos de los Obispos con los seminaristas, especialmente con aquellos de la propia diócesis, pero evitando interferencias en la ordinaria incumbencia de los Superiores del Seminario.

      Como el Sumo Pontífice ha dicho: «No son nunca demasiados los cuidados y las atenciones que el Pastor de una diócesis prodiga para el Seminario».

    1. Importancia de la «Ratio Formationis» puesta al día 

      En todas las naciones debe existir la «Ratio Formationis», actualizada según las normas generales de la Iglesia, las disposiciones del Magisterio y aprobada por la Congregación para la Evangelización de los Pueblos(4). Pero, como la Ratio, en algunas naciones, está todavía en fase de elaboración, se pide a las Conferencias Episcopales interesadas que procuren ver que este empeño se realice adecuadamente lo más pronto posible.

      Ciertamente ninguno ignora la importancia que, para la claridad y unidad de la orientación formativa, tiene una sana legislación. La Ratio, en efecto, tiene como fin el definir y concretar las orientaciones y las normas generales en las diversas áreas culturales y para las principales dimensiones de la formación, a la luz de las disposiciones concretas de la Congregación para la Educación Católica(5).

      Para mayor precisión, se recuerdan dos aspectos: que la «Ratio Studiorum» es parte de la «Ratio Formationis» y que el Reglamento propio de cada Seminario, debe renovarse en conformidad con la Ratio nacional, cuyas disposiciones vinculan a todos los Seminarios del País, sean diocesanos que interdiocesanos(6).

    1. Selección y formación de los formadores

      Para mejorar la calidad de la formación en los Seminarios, la atención debe comenzar necesariamente con los formadores(7). La Congregación, por lo mismo, propone a los Obispos, para el próximo futuro, un doble compromiso prioritario: antes que nada, que seleccionen los formadores en número adecuado entre los sacerdotes más aptos a un ministerio tan exigente(8), convencidos que el factor que mayormente repercute en el ánimo de los alumnos, es la autenticidad sacerdotal de sus formadores; luego, que hagan todo el esfuerzo posible para garantizarles una buena preparación en el plano espiritual, pedagógico y cultural y, posteriormente, para animarlos a una formación continua.

      Obviamente aquí se habla de los formadores en sentido propio, como son el Rector, el Vicerrector, el Director Espiritual, los Asistentes o Moderadores, bien que los criterios antes señalados valen también para la selección y la formación de todos los Educadores, como los Profesores, los Administradores y otros.

      Tratándose de una materia ligada a dificultades de personal, es necesario hacer algunas anotaciones más detalladas:

        • Sobre la selección:
          • el grupo de formadores debe ser completo en su orgánico y proporcionado al número de los estudiantes, a fin de que las diversas funciones sean correctamente llevadas a cabo y se asegure el poder conocer a los individuos y el proporcionar una formación personalizada(9).

          • Va resguardada la unidad de espíritu y de acción de los formadores en torno al Rector, el cual es el principal responsable, en nombre del Obispo, del Seminario y a quien corresponde tomar las decisiones finales(10).

          Para favorecer la espiritualidad propia del sacerdote diocesano, es conveniente que los formadores sean escogidos entre el clero diocesano. Este criterio es preferencial, pero no exclusivo. La realidad concreta de las misiones aconsejará cómo convenga valorizar y, si es el caso, dar preferencia, en la formación, a la contribución de sacerdotes religiosos o también de sacerdotes extranjeros, incluyendo algunos en los equipos de formación o confiando el mismo Seminario al cuidado de un Instituto preparado.

      • Tocante la preparación y la formación permanente de los formadores:

        • sería un grave error ocupar inmediatamente un sacerdote en la formación de los seminaristas, sin ofrecerle una preparación apropiada. Por lo mismo, las Conferencias Episcopales y los Obispos, al programar el empleo de los sacerdotes, den la precedencia a la de algunos en vista de la formación en los Seminarios.

        • Especialmente a nivel interdiocesano y nacional, favorézcanse las iniciativas de formación inicial y continua en beneficio de los formadores de los Seminarios. Los Pastores de las Iglesias organícenlas en su propia sede o envíen los sacerdotes a institutos o cursos apropiados, en patria o al extranjero.

        • La Congregación para la Evangelización de los Pueblos se propone sostener y, si fuera necesario, organizar en Roma o en otras partes, programas de formación de breve o larga duración, para sacerdotes formadores.

 

    1. Selección de los candidatos y discernimiento vocacional

      Los promotores de vocaciones y quienes admiten a los candidatos, comprueben, con rigurosa atención, las motivaciones vocacionales de los candidatos, con particular referencia a la sinceridad en su propósito de seguir a Cristo, unido a un buen equilibrio humano y a una madurez de vida cristiana y apostólica; así como también a las posibles interferencias familiares y al deseo, no siempre explícito, de progresar socialmente. Igual rigurosa atención deben tener los formadores en el discernimiento vocacional durante todo el periodo de formación.

      Esta tarea es de particular actualidad, sobre todo debido al aumento de los aspirantes y de los seminaristas en muchas jóvenes Iglesias, a fin de evitar que la calidad de la formación se vea comprometida por culpa de sujetos no bien dispuestos.

      Para llevar a cabo tales orientaciones, se proponen algunos medios:

      • además de los criterios generales de aceptación que la Iglesia ha establecido(11), las «Ratio» nacionales determinen normas particularizadas, aplicándolas a la situación socio-eclesial de cada País.

      • Para juzgar sobre la idoneidad de un joven, no se limite a la consideración de los resultados escolásticos, bien que ellos son también importantes.

      • No se descuiden las fuentes objetivas que permiten conocer al candidato, como son: los sacerdotes de la parroquia de proveniencia, la comunidad cristiana en donde ha vivido, los mismos familiares.

      • Se deben utilizar, como ocasiones propicias para el discernimiento vocacional de los seminaristas, el rito de admisión entre los candidatos(12) y la preparación a los Ministerios y a las Ordenes Sagradas.

 

    1. Significado y valor de la Propedéutica

      Considerando la experiencia positiva de varias Iglesias, se recomienda vivamente potenciar o instituir el año de Propedéutica, distinto del curso filosófico, entendido como un período prolongado dediscernimiento vocacional, de maduración en la vida espiritual y comunitaria y también como posible etapa de preparación cultural en vista de la filosofía y teología.

      La organización práctica de la Propedéutica corresponde a las Conferencias Episcopales o a los Obispos interesados, quienes seguirán oportunamente las indicaciones de la Congregación para la Educación Católica(13).

    1. Puntos prioritarios en la formación espiritual

      Con la formación espiritual se preparan sacerdotes que sean verdaderos hombres de Dios, testigos del sobrenatural, que sigan con alegría y fervor, el llamado a Jesucristo, para estar con Él (Mc 3, 13-15) y en comunión con María, Madre de la Iglesia (Act l, 14) al servicio de los hermanos. Para responder a este ideal, es necesario solicitar la atención de los formadores sobre algunos puntos sobresalientes, que Propaganda desea privilegiar: la educación a la oración, no solamente en sus expresiones comunitarias y específicamente litúrgicas, sino también en sus formas y dimensiones personales(14); la educación clara y firme a la castidad perfecta en el celibato, como valor evangélico1(15); la adquisición de la espiritualidad diocesana y del espíritu universal y misionero propios del ministro del altar; la valorización del director espiritual.

      Estos objetivos ideales necesitan una orientación pedagógica concreta:

      • Tocante la oración, pídase a los seminaristas que participen con regularidad a las prácticas comunitarias, sin concederse demasiadas excepciones, y se les acompañe para que enriquezcan su propia vida interior con momentos de oración individual sabiamente distribuidos durante el día. Con tal fin, es necesario favorecer un clima de silencio en el Seminario y de recogimiento interior.

      • Una particular atención debe reservarse a la Eucaristía, culmen y fuente de la vida eclesial y, consiguientemente, también a la Espiritualidad del futuro sacerdote. La Eucaristía debe ocupar su puesto central en las devociones comunitarias, en el programa de la jornada y en las oraciones personales(16).

      • Una atención especial, en este momento, debe darse al sacramento de la Penitencia. Cada Seminario tenga confesores ordinarios, seleccionados con cuidado y en número suficiente; y a los alumnos se les permita plena libertad para que escojan su propio confesor dentro o fuera del Seminario1(17). Anímese a los seminaristas a frecuentar regularmente este sacramento, para experimentar en la propia vida la inagotable misericordia de Dios (EF 2, 4), de la que ellos mismos serán, en el futuro, dispensadores entre los hermanos. En los momentos fuertes de la vida del Seminario, será también útil valorizar las celebraciones penitenciales comunitarias.

      • Por lo que toca a la educación la castidad perfecta en el celibato, como primer paso, insístase en el valor propio y único de la propuesta evangélica por el Reino, que exige una actitud de fe y una respuesta de amor (Mt 19, 11-12; 1 Cor 7, 7-8), y que se desarrolla en el espíritu de la caridad pastoral y del sacrificio (Mt 19, 29; 1 Cor 9, 19. 22ss). En esta dimensión superior evangélica, ayúdese a los jóvenes a madurar aquellas expresiones culturales de la propia nación que evidencian el matrimonio y la paternidad como valores primordiales, para ayudarlos a ser libres y capaces de responder, con generosidad, al llamado total del Señor.

      • En relación a la espiritualidad diocesana, hágase crecer en los Seminarios el sentido de pertenencia a la diócesis, se acreciente el sentido de la unidad del Presbiterio en torno al Obispo y, consiguientemente, de la obediencia(18). Este sentido de Iglesia local debe necesariamente completarse con aquel de Iglesia universal, en espíritu misionero, que se debe concretar en la disponibilidad real al compromiso de la evangelización de los no cristianos y en una especial adhesión y obediencia al Sumo Pontífice, Pastor Universal1(19).

      • Que en cada Seminario exista al menos un Director espiritual nombrado, a tiempo completo, que se ocupe de la animación de las actividades comunitarias de vida espiritual, bajo la dependencia del Rector, y para la dirección de conciencia. Y como la actual norma de la Iglesia permite a los seminaristas el dirigirse libremente con otros sacerdotes encargados por el Obispo(20), resulta importante mantener la unidad de orientación de la formación espiritual. Esta unidad la garantiza el Director espiritual designado para el Seminario, con quien deberán estar en sintonía todos los demás sacerdotes que realizan la tarea de dirigir las conciencias de los alumnos. Es deber de los formadores el alentar a los seminaristas a valorar este medio indispensable para la madurez espiritual, también en vista de su necesidad para toda la vida.

 

    1. Aspectos determinantes en la formación intelectual

      La tarea profética del sacerdote, en cuanto anunciador de la Palabra de Dios por mandato y en nombre de Cristo (Mt. 28, 19-20; Mc 16, 15) exige también una apropiada formación intelectual. En el amplio campo de esta formación, hay algunos aspectos que se consideran determinantes, que es necesario potenciar y que se confían a la cuidadosa atención de los Obispos: el adecuado cuerpo de enseñantes, elorden en el método de enseñanza y de estudio, la unidad de los contenidos intelectuales y su fidelidad al Magisterio de la Iglesia.

      Para actuar estas directivas tan amplias, es conveniente precisar más concretamente algunas líneas de acción:

      • Que el número de profesores sea proporcionado a aquel de los estudiantes, evitando así el que haya clases numerosas y despersonalizantes; y que dichos profesores sean preparados, preferencialmente en centros universitarios eclesiásticos. Aún cuando vivan, por necesidad, fuera del Seminario, todos los profesores formen un cuerpo homogéneo y unido, bajo la responsabilidad del Rector y del Prefecto de estudios. Como los formadores en sentido estricto, también los profesores de ciencias sagradas sean sacerdotes(21). Este criterio, en las misiones, puede tener alguna excepción cuando laicos de confianza, especialmente si son de vida consagrada, ofrecen mayores posibilidades en la calidad de la enseñanza, o cuando no se cuenta con sacerdotes preparados para cierta disciplina.

      • Es necesario distinguir entre el método de enseñanza y de estudio de la filosofía y el método de la teología. La filosofía debe preparar a los estudios teológicos con un método racional, a veces diferente (pluralismo del método), según las culturas. La teología sistemática, en cambio, se funda en los contenidos de la revelación recibida, no como hipótesis de trabajo, sino como certeza de fe, que el teólogo debe profundizar, explicar y transmitir de manera apropiada(22).

      • Bien que hay que dar su debido respeto a cada cultura, es necesario tener en cuenta que no toda filosofía, ni toda metafísica es compatible con la revelación y con la teología. Todo legítimo pluralismosupone y exige la aceptación de un núcleo fundamental de verdades conexionadas con la revelación; elaboradas en un patrimonio perennemente válido(23) que debe estar en la base de la enseñanza de la filosofía.

      • Es necesario también, dar unidad orgánica a la exposición de los contenidos de la teología, evitando la fragmentación y la dispersión que hoy se notan en ciertos programas de enseñanza. La tarea delPrefecto de estudios es particularmente importante al momento de organizar las materias en torno a los temas centrales, en modo tal, que el estudio se concentre en las materias principales(24).

      • Se requiere, además, formar a los seminaristas en el conocimiento y el amor a la verdad revelada, tal y como ha sido interpretada en la tradición y hoy la enseña la Iglesia. Como antes se dijo, es obligación propia del Obispo asegurarse de la fidelidad de la enseñanza de las ciencias sagradas al Magisterio de la Iglesia, e intervenir si fueran propuestas hipótesis o ideologías no conformes a él. En este contexto serán de grande ayuda los documentos de la Santa Sede, que deberán ser objeto de estudio, tanto de parte de los profesores, como de los alumnos.

      • Sobre todo para la actividad doctrinal, el camino de la inculturación tiene necesidad de tiempo, de discernimiento prudente, de trabajo metódico llevado a cabo con creatividad y, al mismo tiempo, en fidelidad a la doctrina revelada. Se trata de vivir el misterio de la encarnación de la fe en las diversas culturas, integrando todos los valores positivos y promoviendo un intercambio entre la Iglesia y las culturas, manteniendo la compatibilidad con los datos revelados y la comunión con la Iglesia universal(25).

      • En este contexto, la Congregación se empeñará en resolver dos problemas prácticos, con la precisa intención de ayudar a los profesores y seminaristas y elevar el nivel del estudio: la preparación y difusión de libros de texto (textbooks), contando con la colaboración de los institutos superiores eclesiásticos y de especialistas; y el desarrollo del programa de afiliación de los Seminarios filosóficos y teológicos, a la Pontificia Universidad Urbaniana.

 

    1. Formación a una disciplina responsable y coherente

      Los formadores usen los medios pedagógicos más idóneos para ayudar a los seminaristas a adquirir un hábito de disciplina responsable y coherente(26). No se desanimen de frente a eventuales contrastes o incongruencias y conserven toda su confianza en el valor de la disciplina, entendida como dominio de sí mismo, orden en la vida, armonía y unidad entre los deberes y las acciones, ascética cristiana y sacerdotal. La disciplina, en efecto, es indispensable para el buen funcionamiento de la vida del Seminario y, sobre todo, para lograr aquella madurez humana y espiritual que es propia del sacerdote.

      He aquí algunas orientaciones pedagógicas que hay que subrayar como favorables a la formación disciplinar en vista del sacerdocio:

      • El Seminario, en el conjunto de sus estructuras y orientaciones, debe crear un ambiente ordenado que facilite a cada persona el tener un comportamiento ordenado.

      • Los formadores no se contenten con la regularidad exterior de la comunidad y de las personas, sino que deben procurar la madurez interior. A tal propósito, muy útil será el estar cerca de cada joven, realizando con él un camino de interiorización y motivando los diversos compromisos.

      • Los formadores sepan usar, con cordura y firmeza, aquellos instrumentos que la experiencia demuestra válidos para la educación en la disciplina y en la obediencia como son: la presentación positiva de las reglas del Seminario, de modo que los alumnos descubran su verdadero significado; la observancia puntual y constante del horario, no solamente como expresión de vida de grupo, sino también como consecuencia de las convicciones interiores; la petición de los permisos, que ayuda a fomentar la comunión con los responsables y a corregir el innato deseo de independencia; el confiarles encargos, examinando su realización junto con los interesados; la programación y revisión comunitaria de aquellas tareas confiadas a los grupos, con las cuales se aprende a confrontarse y a colaborar en la verdad y caridad.

 

    1. Relaciones maduras con la familia

      De particular ayuda necesitan los seminaristas para poder madurar en sus relaciones con la familia, pues se constatan situaciones de diversa índole en relación a la capacidad de los familiares para entender el sentido de los compromisos de la vida sacerdotal. Los formadores y sobre todo el Rector, sepan encontrar la manera de establecer contactos con las familias de los seminaristas, para responsabilizarlas, en el límite de lo posible, en la vocación de los hijos.

      Desde el punto de vista educativo ello se debe hoy mantener a un doble nivel: antes que nada, poner de manifiesto la ayuda que la familia puede ofrecer al seminarista y posteriormente también al sacerdote, en cuanto ella es natural punto de referencia para todo hijo; además, educar a los alumnos para que adquieran una justa autonomía de sus propios familiares, tanto para hacer efectiva aquella separación que la vocación comporta (Mt 19, 27ss), como para evitar, en el Seminario y posteriormente, de ser sometidos a peticiones no en conformidad con los deberes pastorales. Los períodos de vacación sean valorados también como etapas para educar las relaciones con la propia familia y para comprobar concretamente la madurez de cada persona.

    1. Pobreza y uso de los bienes

      Enviado para llevar a los pobres el fausto anuncio, el sacerdote proclame con la vida la bienaventuranza de la pobreza (Lc 6, 20), imitando a Jesucristo quien, siendo rico, se hizo pobre en favor de los hombres (2 Cor 8, 9; Fil 2, 6-8). La pobreza, de espíritu y real, forma parte de la identidad del sacerdote.

      Para lograr ello, los formadores sepan presentar la pobreza como un ideal de vida en el que hay que creer con todo el corazón y que debe realizarse en las situaciones concretas. Que los seminaristas aprendan a limitar sus exigencias, a contentarse con lo necesario, y sepan distribuir lo que tienen, compartiendo la situación de los pobres a los cuales son enviados.

      Igualmente importante es educar a los seminaristas a usar los bienes que tienen a su disposición con discreción, en espíritu de fraternidad y con respeto al fin de cada uno de tales bienes. Los formadores estén atentos también a este aspecto de la personalidad de sus educandos y no ahorren esfuerzos por ayudarles a crecer en el espíritu de la rectitud y del desprendimiento(27). Será conveniente también ayudarles a comprender que el uso de los bienes de la Iglesia debe ser honesto y desinteresado, en cuanto que un día, ellos mismos deberán custodiarlos y administrarlos responsablemente delante de Dios, no como propietarios.

  1. Formación pastoral programada

    La formación pastoral, parte integrante de la preparación al sacerdocio, comporta en los formadores, una específica responsabilidad que debe actuarse en comunión con los Obispos y los agentes de pastoral de las diversas Iglesias. Se pide, por lo mismo, que la dimensión pastoral en los Seminarios se manifieste, como desea la Iglesia, sea a nivel de espíritu, como de iniciativa práctica(28).

    Teniendo presente tal objetivo, se subrayan tres puntos de carácter operativo:

    • Corresponde a los formadores el programar, seguir y evaluar las actividades pastorales de los seminaristas, acompañándolos en el proceso de penetración de los significados de la salvación sobrenatural y de la caridad eclesial. Esto permite comprobar también las actitudes y las disposiciones para una vocación de pastor. La formación pastoral no puede dejarse totalmente en manos de personas de fuera del Seminario.

    • Un tiempo particularmente favorable a la formación pastoral, como ejercicio, lo constituyen las vocaciones. Los formadores pónganse de acuerdo con los Obispos y sobre todo con los párrocos, para favorecer y organizar las experiencias pastorales de los seminaristas, solicitándoles, luego, una relación informativa.

    • El año de pastoral, en donde existe, se recomienda en cuanto medio de grande importancia para una maduración de los futuros pastores.

    • Las experiencias pastorales de los alumnos deben ser armónicamente coordinadas con la vida espiritual y con los estudios, para que no causen algún daño, sino más bien contribuyan al crecimiento en la formación espiritual e intelectual.

Conclusión

Las presentes normas de acción se confían a la atención de las Conferencias Episcopales y de cada Obispo. Como primeros responsables de la calidad de la formación de los futuros sacerdotes, a ellos toca garantizar que se lleven a cabo, con la generosa colaboración de los formadores de los Seminarios.

Bajo la guía del Sumo Pontífice y en relación con la Congregación para la Educación Católica, Propaganda Fide quiere sostener, con todos los medios posibles, esta incomparable obra, en conformidad con su propia misión. Así, con empeño, esperanza y alegría, Propaganda y los Obispos cuidarán juntos, con afecto, la formación de los sacerdotes que la Iglesia necesita para el servicio de las comunidades locales y para la evangelización del mundo entero.

Roma, desde el Palacio de Propaganda Fide,
el 25 de Abril de 1987, Fiesta de San Marcos Evangelista.


Notas:

1.- Discurso de Juan Pablo II, 17 de Octubre de 1986.

2.- Cf. CIC c. 259; Optatam Totius, l.

3.- Cf. CIC c. 259, § 2.

4.- Cf. CIC c. 242, § l.

5.- Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, 19 de Marzo de 1985, 1-2.

6.- Cf. CIC c. 242, § 2; RF 2;

7.- Cf. OT 5.

8.- Cf. OT 5; RF 30, 31.

9.- Cf. CIC c. 239, § 1; RF 21, 27.

10.- Cf. OT 5; CIC c. 260; RF 29.

11.- Cf. OT 6; CIC c. 241; RF 39; cf. también Carta circular de la S. C. para la Educación Católica n. 575/ 83, del 9 de Octubre de 1986.

12.- Cf. CIC c. 1034, § l.

13.- S. C. para la Educación Católica, Carta circular sobre algunos aspectos más urgentes de la formación espiritual en los Seminarios, 6 de Enero de 1980.

14.- CIC. C. 246; RF 52, 53, 54; S. C. para la Educación Católica, Instrucción sobre la Formación Litúrgica en los Seminarios, 3 de Junio de 1979.

15.- OT 10; CIC c. 247; RF 48; S. C. para la Educación Católica, Orientaciones Educativas para la formación al celibato sacerdotal, 11 de Abril de 1974.

16.- CIC c. 246, § 1.

17.- CIC c. 240, § l.

18.- Presbyterorum Ordinis, 7, 8; CIC c. 245, § 2; RF 49, 56.

19.- Lurnen Gentium, 22-23 CIC c. 245; § 2; c. 273.

20.- OT 5, 8; CIC c. 239, § 2.

21.- CIC c. 253; RF 30, 33.

22.- RF 60.

23.- OT 15; S. C. para la Educación Católica, La enseñanza de la filosofía en los Seminarios, 20 de Enero de 1972, III, 2.

24.- OT 14, 15; CIC c. 254, § 1; RF 63, 77, 87, 90; S. C. para la Educación Católica, Formación teológica de los futuros sacerdotes, 22 de Febrero de 1976, 44-47; 63-71.

25.- Ad Gentes 11, 16, 22; Gaudium et Spes 44; Evangelii Nuntiandi 62ss.; Familiaris Consortio 10; Slavorum Apostoli 22. 

26.- OT 11; CIC cc. 255, 256, 258; RF 58, 94, 97, 99.

27.- OT 9; RF 50.

28.- OT 19-21; CIC cc. 255, 256, 258; RF 58, 94, 97, 99. 

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