La paternidad en el Seminario: Formadores, candidatos, familias – Lorenzo Trujillo (1999)

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BOLETIN OSAR
Año 5 – N° 10

 

El equipo formativo,
formador desde la paternidad y para la paternidad
Encuentro Anual de Formadores

La paternidad en el Seminario: Formadores, candidatos, familias.

 

Ahora iríamos al tema de cómo ser padre y cómo educar en la paternidad. Yo no sé pedagogía ni tengo recetas, ni puedo darlas.

Vamos a tocar 3 círculos. En el primero veremos

  • el Seminario-familia,

  • el Seminario en relación con la familia y

  • la familia en relación con el Seminario

Es decir, un aspecto que quizá institucionalmente lo tenemos en un segundo término. Y a lo mejor no se puede tener en un segundo término. Voy a intentar dar una visión de cómo la educación para la paternidad tiene que retomar, fortalecer, etc… el sentimiento filial que ya ha nacido antes del Seminario. Es decir, el Seminario no es una familia de origen, sino un complemento familiar. Esto hay que tenerlo presente. Entonces un Seminario quizás tendría que trabajar muy cercano a la familia (en esto tiene parte especialmente el Seminario menor). A lo mejor tendría que trabajar algo la familia de los seminaristas. Ahí haré unas sugerencias porque tampoco yo estoy muy seguro de que el camino deba ser estrictamente así.

Eso sería lo que ahora vamos a intentar ver, el primer círculo.

El segundo círculo va a ser aplicar la paternidad al formador. Vamos a ver si ahí le damos más tiempo, sin hacer grandes descubrimientos porque tampoco los hay. Por lo menos vamos a marcar, subrayar rasgos que todos conocemos, porque es nuestra experiencia, es nuestro gozo y es nuestro fracaso. Pues conocido por todos, yo le pondré letra y nos limitaremos a subrayarlos. Si el formador quiere ejercer la paternidad procure tal cosa o la otra, como cinco o seis rasgos que a mí me parecen básicos.

Por último en el tercer círculo veremos cómo educar, algunos rasgos de discernir y de conducir a un modelo sacerdotal lo más integral posible; más orientado hacia los chicos aunque también nos afecta a nosotros; estas dos partes son difíciles de deslindar porque paternidad y filiación están (relacionados). Estos son los pasos que daremos.

VI – Relación Seminario-Familia

Tenemos un axioma que casi hemos convertido en un dogma: ninguna paternidad humana, a cualquier nivel, puede ser nunca paternidad total.

No solamente no puede ser propia, originaria, sino que nunca puede ser total. Toda paternidad es parcial y afecta a una o a varias dimensiones de la persona.

Pero además afecta a varias dimensiones de la persona poniéndote en contacto siempre fraternalmente con otros que también tienen otra dosis de paternidad en esa misma dimensión.

Por ejemplo, la paternidad sacerdotal: ésta te obliga a compartir ese tipo de paternidad colegialmente con los hermanos sacerdotes. No solamente es que no la tienes entera, sino que es solamente la espiritual. Ya en sí es parcial. Y además otra cosa. Te obliga a ponerte en contacto, a colaborar, con las personas que tienen esa misma misión representativa de paternidad. Esto ocurre en todo. Por ejemplo: la paternidad del maestro, del profesor, etc. como sea una paternidad apropiada, aunque se limite a lo suyo, aunque no quiera ser total como sea apropiada, y no la ponga en conexión con los otros formadores, con los otros profesores, como sea autárquica, o autónoma, o independiente, acaba siendo destructiva.

Ves, por ejemplo, un ideal que tenemos en todos los Seminarios y que nunca cumplimos, pero por lo menos lo tenemos como sueño: la interdisciplinariedad. Ojalá cada profesor tenga en cuenta, retome; ojalá que el teólogo escuche al filósofo; ojalá… Es verdad que eso es muy difícil, pero eso es parte de la paternidad. O sea, el axioma nuestro es: a) ningún padre humano toca todas las dimensiones de la paternidad; y b) incluso en la pequeña que le toca se ve obligado a compartirla en co-laboración con aquellos que son llamados a ese mismo tipo de paternidad. Son dos cosas distintas.

Ahí es donde se fundamenta la paternidad del equipo. Es decir, la paternidad del equipo la vamos a sacar por aquí. Es gente que tiene un tipo de paternidad, la que corresponde en el Seminario, pero que ninguno la puede ejercer sólo, sino potenciando la paternidad del compañero. Lo que hay que evitar es el padre ladrón, el que se apropia de una paternidad que no es suya, el que quiere ser Dios Padre. Eso es nuestro axioma en la tercera parte: es el resultado de todo nuestro camino anterior. Nadie es padre total, nadie es padre sin complemento directo.

Cuando un chico llega al Seminario, sea un adolescente, si es Seminario menor, sea un chico joven si es Seminario mayor, este chico ha sido ya engendrado y parcialmente educado. Es decir, ha tenido padres. Y sobre todo está marcado por una paternidad que es muy profunda, porque es muy primaria, y porque une elementos biológicos con elementos psicológicos y con elementos espirituales, fuertemente emotivizados, que es la familia.

Es original, es la paternidad primera, pero además combina los elementos de tipo bioquímico con los elementos afectivos, con los elementos de impronta psicológica. El chico nace en una relación personal cercana. Ahí en medio, entre las bofetadas y las caricias que se dan un hombre y una mujer nace una vida nueva. En un conflicto amoroso nace una vida nueva. Claro, eso está fuertemente emotivizado; por lo tanto, es la primera impronta.

¿Se puede educar a alguien sin tener en cuenta esta primera paternidad? Yo creo que en eso todos estamos de acuerdo, y además ya he ido viendo respuestas, que en absoluto. Cuando nos llega un chico lo primero que hay que examinar es cómo este chico ha vivido la filiación. Ese es el tipo de material que me llega, porque desde el tipo de vivencia de la filiación es de donde yo tengo que reconstruir filiación-paternidad, añadiendo elementos, aumentando dimensiones, etc, etc. Pero entonces, lo de la familia no es solamente un condicionamiento; cuidado, que nosotros, como somos célibes, primero; segundo, como las familias son muy deficientes, y casi, casi nos estorban a veces; mire que no vengan por el Seminario que fastidian. Fastidian porque cada vez que vienen, nos vienen a traer un problema. Podemos tener la tendencia de comprender la familia como un elemento psicológico previo y no más: mira este chico, fíjate, es que los padres tuvieron problemas, a ver como se sana, a ver cómo se subsana. No es eso lo que estoy diciendo. Lo que yo estoy diciendo es que recibo un hijo hecho, con su ADN completo, que heredó de su mamá. Con la primera leche que mamó que será la última que vomite -dicen en la Mancha-; un refrán de mi tierra que es muy diciente. De que cuando alguien, de una familia muy humilde, cambia, y aparece muy educado, y tal, la gente dice con ironía: Ojo que la primera leche que se mama, es la última que se vomita. No lo olviden. Pues lo que nosotros nos encontramos será un joven, será un adolescente, pero es una persona que ya ha nacido, ha sido engendrado y tiene los dones del existencial primero parcialmente desarrollados. Por lo tanto no podemos (el Seminario no puede ser una fábrica que deshace el material primero, lo desmonta y hace un montaje absolutamente diferente). Eso sería oponer, pues, naturaleza a gracia; historia a naturaleza; salvación a creación. Hemos partido de una encarnación donde lo creado está incluso, en cierta medida, dentro de la encarnación.

En el Seminario de mañana esto va a jugar mucho más, me parece a mí, que en el Seminario tridentino y que en el Seminario actual. El problema es cómo lograr que el Seminario tenga una identidad y lograr esto al mismo tiempo. Ese es el gran problema. De acuerdo. A lo mejor va a ser un Seminario que empiece formando misioneramente a la familia. A lo mejor el futuro del Seminario es tener parcialmente una misión de movimiento familiar. Digo a lo mejor, yo no estoy muy seguro de esto. Pero claro, lo que no puede ser tampoco el Seminario es un centro público donde haya una asociación de familias que domine, que ponga su impronta, que convierta al Seminario en un colegio. Eso no es lo que estoy diciendo, lo que estoy diciendo es otra cosa completamente distinta.

Aunque perdamos un poquito de tiempo, comprendamos algo más, y valoremos algo más esa paternidad primera. Porque es posible que nosotros no la valoremos del todo. Y, en la cuestión de las paternidades, ocurre lo mismo que la cuestión Dios-hombre. Hay que superar una mentalidad dualista, dialéctica, donde lo que se da a uno se quita a otro. Si hablamos mucho de Dios, estropeamos lo humano. Eso han pensado los hombres de la Ilustración. Si ponemos entre paréntesis y en silencio a Dios, eclosionará lo humano y crecerá. Algo así, como esos bancos de la Iglesia donde están sentados cuatro o cinco, queda un huequito de cuatro dedos y llega la señora gorda a última hora, te sonríe, se sienta un poquitín en el extremo pero lentamente empieza a mover el trasero y va echando; hasta que el último de la fila dice: señora quédese y se marcha, y se va de pie.

Nuestra historia humana y religiosa ha sido muy dialéctica como el ordenador: 0-1. Una lógica binaria. La lógica binaria no sirve. Es decir, cuando una cosa correcta se afirma legítimamente, se están afirmando todas las cosas legítimas. Esto quizá sea una conversión, no de teología sino de MSDOS que subyace debajo de la teología, de los programas operativos que hay debajo de los programas. Y es conveniente cambiar esos programas operativos. No. Es que si afirmamos un sacerdocio fuerte, sacramental, en Cristo, acabamos en el clericalismo. No es verdad, el clericalismo es el fruto de un sacerdocio débil. El sacerdocio fuerte, bien asimilado, nunca da clericalismo. Son más clericales los sacristanes que los curas; y son más clericales los presidentes de cofradías y de consejos de pastoral que los párrocos. No. La lógica dialéctica hay que tener cuidado con ella porque nos conduce a un si-no, que no es correcto.

Por tanto, a lo mejor nosotros, célibes, felices del celibato y viendo el valor que tiene, no sé si acabamos de darnos cuenta de lo que supone la paternidad que no es sólo biológica, es humana, de los padres que llamamos biológicos. Y eso hay que valorarlo incluso en una vocación, ¿no decimos: «desde el vientre de la madre…?». ¿No nos ha enseñado Rahner, y esa enseñanza es correctísima, que el existencial primero es el primer beso de Dios y es la primera gracia? ¿No han leído ese artículo precioso de Rahner, creo que en el primer tomo de los escritos, sobre teología de la infancia? Todos los que trabajen con niños pequeñitos deben leer este artículo. Es decir, somos demasiado de la Ilustración y nos da la impresión que la educación es empezar de cero a los doce, a los quince o a los veinte años, un proceso que hace tabla rasa con toda la historia anterior. Eso es la anti-educación. Eso es un terrorismo educativo. Eso es destruir personas. Y es robar hijos a padres anteriores. Eso es tan roba hijos como el párroco que llega a una parroquia y lo primero que hace es cambiar toda la estética del párroco anterior en la Iglesia, echar a todos los amigos del párroco anterior, eliminar todas las cofradías con las que el otro simpatizaba, lo primero que hace es que no quede ni un solo recuerdo, porque la parroquia es la novia y no conviene que el novio anterior quede. Hay unos celos, que no son los celos de Yahveh; son los celos estúpidos de la Iglesia.

¿A dónde va esta introducción? No se trata de recetas, yo no sé cómo habrá que hacerlo, esto será un largo proceso, pero hay una cosa que en el corazón tiene que cambiar: hasta los hijos que proceden de matrimonios rotos, conflictivos, heridos, tienen padres, y una educación tiene que contar con eso. Y tiene que hacer bueno lo que aparentemente era malo. Y no se puede presentar simplemente como fracaso anterior, y como ahora va a empezar tu sanación. Cuidado. También hay conflictos en los Seminarios. Y también hay heridas familiares gravísimas en los Seminarios; y hay gente que sale de los Seminarios, cura o no cura, heridos profundamente; heridos en su mente, en su espíritu, en su sexualidad, heridos por la ruptura de la comunidad o por la ruptura de los formadores. Es decir, en todo sitio cuecen habas. Si la paternidad representa esa paternidad divina, toda paternidad es sanable y en toda paternidad hemos de contar con ella.

Y lo mismo que el que contrae matrimonio con una divorciada o con una viuda, lo primero que tiene que hacer es que el chico, el hijo anterior, no pierda la memoria de su padre, sino complementar esa paternidad con su presencia porque si pierde la memoria de su padre nunca tendrá una identidad original. El Seminario, yo creo, que tiene que contar con eso. En este sentido habría que hablar a fondo del matrimonio. No vamos a hablar a fondo, no lo teman, pero alguna cosilla sí. Es decir, todos somos hijos de un hombre y de una mujer. Tenemos padre y tenemos madre. Por lo tanto, la primera filiación es el reconocimiento de Dios reconociendo la paternidad y la maternidad, la masculinidad y la femineidad. Fíjense, la primera filiación es el reconocimiento afectivo de haber sido engendrados por Dios en un hombre, en una mujer; o mejor, en una mujer con la colaboración de un hombre. Y además haber sido engendrado con una sexualidad que uno no se ha dado, y que es parcial, y por lo tanto es mi primera limitación con la que me encuentro. Yo no soy el ser total de los griegos, el andrógino. Soy varón o soy mujer. Si soy varón, no puedo ver el mundo como mujer y me pierdo toda esa riqueza. Y si soy mujer no puedo ver el mundo como varón y me pierdo esa riqueza. La primera experiencia de filiación, es la experiencia de nacer de un varón y de una mujer, en conflicto amoroso. Ojalá más amoroso que conflicto, pero a veces más conflicto que amoroso. A veces con presencias ausentes. A veces, gracias a Dios, con presencias presentes y enamorados y en paz. Pero esa es la primera experiencia, es decir, yo capto a Dios como Padre cuando veo un rostro masculino y un rostro femenino que me acogen, y cuando comparándome con ellos digo: anda, soy macho.

La primera vez que a los dos años y pico me miro en el espejo y veo a la hermanita y digo: no, yo soy diferente, y a partir de ahí la primera impronta de la filiación humana está puesta. Fijaos la cantidad de conflictos, no sólo conflictos de no – acogida, que es el más grave -no me han querido acoger-. A veces es real, a veces es imaginado por el chico. Por ejemplo: madres un poquito depresivas que cuando el niño nace y tiene unos añitos; pues le recriminan de alguna manera: ay hijo, es que tu nacimiento fue para mí… cosas de estas que todos sabemos y que de una forma u otra a todos nos ha tocado. Preferencia por un hijo, tu naciste a destiempo ó viniste antes de tiempo, los abuelitos que te dan de lado y cogen al otro. Ahí hay un primer momento en que, si eso se da agradecido y aceptado, digamos que ya hay un primer paso en el camino. Lo que suele ocurrir es que ese primer paso nunca es perfecto. O sea, un segundo axioma: desde el punto de vista del sujeto que va camino de la vida, la paternidad experimentada siempre es deficitaria. El que ha nacido en una pareja rota, de una madre soltera, el que no ha conocido a sus padres, pero también el que ha tenido unos padres estupendos, tan estupendos que le han agobiado y que su sueño más frecuente en la adolescencia era escapar de casa y emprender la aventura, y el signo de su adolescencia ha sido la rebeldía. Nadie, absolutamente nadie, fuera del hijo, ha experimentado esta paternidad primera sin un déficit más o menos grande. Esto es importante ¿por qué? Porque hay que utilizar todos los medios humanos, y la psicología es un gran medio humano, pero cuidado que la salvación no viene ni de la psicología, ni de la homeopatía, ni de la técnica de los ordenadores, la salvación viene de nuestro señor Jesucristo.

Y aquí nos encontramos un primer problema que es interesante. A la hora de nuestras convicciones, no digo de métodos, pero en esto me parecen más importantes las convicciones que los métodos. Porque los métodos uno va buscando, va aprendiendo, y si uno no sabe busca un especialista, busco a mi psiquiatra en quien confío y le digo: examíname a este chico. Sí, pero eso lo leo yo luego en otra perspectiva. La frustración y el déficit en la paternidad recibida no impiden el desarrollo de la gracia y de la historia salvífica de cada uno. Al revés, pueden ser gracia. Aquí tenemos que dar una vuelta a nuestra mentalidad. Yo sé que no es fácil y que no conviene tampoco hacer ciencia ficción porque una cosa es decir las cosas y otra cosa es luego tratarlas en la dureza de la vida. Pero como horizonte es importante; por ejemplo, cuando un hombre como Carlos de Foucauld, el huérfano integral, un hombre que no conoce prácticamente ni a la mamá, ni al papá, que se cría con un abuelo que no sabe educarle; que vive como un niño solitario fuera del cariño de su prima, que de cuando en cuando aparece, y que se come y se seca en su soledad, uno dice: vamos a ver, analicémoslo desde la psicología freudiana o desde la conductista o desde la Gestalt, o cualquier psicología: previsiones; pues lo normal es que este chico sea resentido; lo normal es que sea un adolescente problemático, que vaya buscando cariño por ahí; es que no tenga capacidad de convivir el día de mañana con una mujer; lo normal es que tenga algún problema de identidad sexual. Lo normal… resultados finales: un hombre donación total, el hermanito universal. Uno dice aquí las matemáticas no son correctas. Además un hombre cuya oración tipo es una relectura del Padre Nuestro. El hombre sin padre nos enseña esa oración tan conocida de él: «Padre en tus manos… haz de mí lo que quieras». Padre. Un hombre que no tuvo padre.

Un caso mucho más fuerte, aunque no tan conocido, es de una fundadora de un pequeño grupo de religiosas de estas que nacen al final de siglo en España para cosas benéficas, unas franciscanas, de las miles de familias que dicen que sólo Dios Padre conoce todas, y es Teresa Rodón Asencio: una señorita catalana. Es una historia realmente como esos folletines que nos vienen de Venezuela por TV, pero más exagerado todavía. Es una maestra de la libre institución de enseñanza, progresista, pues, que tiene para entonces una vida muy abierta, tiene su amante de turno; y en una de estas ocasiones queda embarazada y tiene una hija. Ni la reconoce el papá ni la mamá. La mamá es maestra; y se la lleva a la escuela, como una chica que ha recogido, y está viviendo la mamá y la hija sin que la hija sepa, aunque adivina, que es hija de esa mujer. Y esa mujer niega cualquier parentesco. Es terrible. Cuando la chica tiene como 15 años, la madre encuentra un amante más joven, pero está feo que viva en su casa en Barcelona a finales del siglo XIX. Para que el amante viva en su casa, (esto es real), casa a la niña con el amante. Entonces vive con el amante que figura legalmente como el esposo de la niña. La niña no aguanta la presión y se escapa de casa, y va a las Adoratrices, que están recién fundadas. En las Adoratrices quiere quedarse de monja, y éstas, con mucha razón, le dicen que no. Que es una chica muy buena, pero que es muy problemática. Bien, la chica tiene su historia. Es al final acogida por una familia, y acaba fundando un grupo religioso. ¿Para qué? Para ser madre de hijas de presos. Entonces uno dice, ¿Qué se podía esperar de esta chica? Esperamos una mujer destructora, una mujer destructora del varón; una mujer fatal, si era guapa; o una mujer bruja, si era fea. Pero se convierte, y en eso su historia es muy bonita, en una persona tolerante, a la que destrozan sus mismas hermanas, por exceso de tolerancia, y una mujer cuya vida es el amor a las chiquillas abandonadas. Y uno dice: hay algo que falla

Cuando no teníamos medios, ni siquiera libros de texto, maestros que no sabían casi lo que enseñaban, y lo aprendían de memoria, yo aprendí la eclesiología casi sin saber latín de un profesor que le llamábamos el «clérigo ignorante»; es que lo era. Nos hacía aprender de memoria cada día una tesis; se la dábamos y listo. Pues bueno, algo quedó de eso. Ahora los textos son preciosos. Conocemos la historia del dogma, hacemos 20 cursos introductorios, se lo damos en cuenta gotas, se lo explicamos de 20 maneras. ¿Y qué? Hay que usar los medios, no me tomen mal la caricatura… es sólo caricatura. Pero tiene mucho de verdad. Es decir, cuánta gente afortunada, agraciada por la vida pasa por la vida quejándose continuamente. Y cuánta gente que ha sido defraudada por la vida, pasa por la vida dando gracias.

Esto es un primer asunto a examinar en la paternidad del que viene al Seminario. Es decir, es hijo de su padre y de su madre. En esa filiación él ha encontrado la primera impronta, el primer sello, el primer cuño de lo que será su camino a la fraternidad y su posible misión de paternidad. Por lo tanto, eso hay que conocerlo. Pero conocerlo amorosamente, no sólo como esquema psicológico: cuidado, es otra cosa distinta. La psicología puede ayudar, pero no es más que una ayuda. Ese chico, como hijo, tendrá una vivencia de la filiación siempre deficitaria. Siempre. Tanto de la que podríamos llamar natural, como la de Dios, a través de esa natural. Siempre será deficitaria. Pero, cuidado, ahí hay un momento que yo creo que nosotros tenemos que sufrir una conversión. No digamos: hay que completarla. Ver un momento. Luego, él tiene que aceptar en gratitud la dosis de paternidad deficiente que ha recibido. Esto es muy importante.

La gran revolución del ´68, no fue sólo el mayo francés, eso es lo folklórico; ni fue la rebelión de los estudiantes norteamericanos contra Vietnam, eso fue la propaganda mundial, sino que fue una revolución mundial, de la que estamos viviendo hoy, aunque dicen que eso pasó, es mentira, eso fue el cambio más fuerte de los últimos siglos. Está empezando a salir a la luz. Bueno, es curioso, pero en aquel momento la gente que rompe con su familia y se marcha a las comunas o a los grupos hippies, o se viene a Torremolinos, en España, en aquel periplo de gente joven que termina en el Marraquesh o en Nepal muerta de la droga, es toda gente hija de la burguesía y en general de buena familia y liberales que no los oprimen; que en general no están separados entonces y que los respetan profundamente. Si acaso algún regaño porque llegan muy tarde de noche, si acaso, pero que en el fondo luego le dicen mira, quédate no pasa nada. En las sectas, no en las actuales, en las de hace 15 años o por allí, norteamericanas, la mayor parte de la gente joven que entra no son chicos del pueblo sino hijos de la burguesía liberal.

Entonces no hagamos, que estamos cayendo en esto, la paternidad ahora mismo es un desastre, el chico que nos viene, nos viene roto, luego… El luego es lo que no estoy de acuerdo; si ese chico captara teo-logalmente que él ha tenido su paternidad, lo que necesita, y que va a tener las dosis que necesite y que detrás de los semipadres, pseudopadres, infrapadres está el Padre con mayúsculas y eso entra dentro de él, ese chico podrá tener taras psicológicas, pero podrá ser santo y quizá hasta hombre público. Es decir, aquí hay algo que me parece de suma importancia, sé que habría que afinarlo mucho y con mucho cuidado, a ver si alguien me va a entender, no creo, diciendo: no, mire, aquí lo que hay es que rezar y que no venga ningún psicólogo… Yo a ese le diría usted no se ha enterado de nada. Usted tiene que traer psicólogos, escucharlos atentamente porque usted eso no lo sabe y ellos en eso son expertos y después decir eso es una pequeña parte de los datos que yo tengo que manejar, y todo eso lo tengo que poner bajo una luz que lo trasciende que se llama la gracia, la salvación, el amor, etc.

Entonces, una cosa que al tratar de la familia quiero dejar clara es esto: toda paternidad es sanable, toda filiación es completable. Pero no completable en el sentido en que nosotros a veces pensamos, «si el chico no ha tenido padre, pues en un psicoanálisis a lo mejor…» «No, no, mire si el chico no ha tenido padre yo hago de su padre…» ¡No! Ese hueco que queda, que quede ahí. Enseñemos a las personas a vivir con sus huecos en acción de gracias. Es como cuando en nuestros momentos de soledad, en ciertas edades y en ciertos momentos sentimos los célibes tal ansia de cariño que empezamos a decir «es que yo tengo que ser muy amigo de cuatro matrimonios… y tal». Mira, por muy amigo que sea lo que te daría una mujer no te lo va a dar esa gente. No seas bobo y no pidas lo que no te van a dar; o las señoras cincuentonas o cuarentonas abandonadas del esposo que van al grupo carismático buscando el afecto que no tienen de un marido que duerma a su lado y que le hable todo el día o por lo menos que la escuche todo el día es lo más normal… Pues, no, ya puedes palmear lo que palmees, ya puedes hacer gimnasia, ya puedes emocionarte, llorar, ahí quedará un hueco, que es el hueco del marido que no tienes, lo que una dimensión de la vida no te da, nada lo puede suplir… Si tienes una edad en blanco para toda la vida tendrás esa edad en blanco y sin embargo en esa condición de ruptura, de déficit, se puede ser completo, santo, según la regla teológica: «Dios besa nuestras heridas, las gracias nos vienen en nuestro límite deficitario; y lo que hoy es límite mañana será perfil de personalidad; en positivo».

A lo mejor me estoy poniendo muy espiritual, bueno, pues, me quitáis un poquito, pero, por lo menos, les ofrezco un hueco por donde nos escapemos un poco de la atadura con que nos están atando las ciencias humanas hoy, que son una gran riqueza, pero que no pueden ser cadenas, ¡hombre!. Los que habéis vivido en parroquias estoy seguro que de alguna manera u otra si os ponéis a recordar y analizar, habéis conocido o a algún neurótico grave, o incluso yo, por ejemplo, a esquizofrénicos, auténticamente santos y sin embargo incurables en su enfermedad. Estamos confundiendo a veces la perfección cristiana que es la caridad, con equilibrio psicológico y vale más entrar en el Reino de los Cielos con una neurosis decente que ir al infierno con un equilibrio psicológico perfecto pero con un gran egoísmo. El Seminario, su finalidad primera, no es hacer hombres equilibrados (si me oyeran mis alumnos dirían: «pero si lo que siempre estás diciendo es que hay que ser equilibrado»), pero vamos a ver, es que no quiero caer en la contradicción, lo que quiero decir es muy simple, que hay que ser equilibrados pero el camino al equilibrio es la caridad, y el camino al equilibrio no es decir bueno vamos a ver, yo soy una persona que por mi historia, mis padres, pues soy excesivamente emocional, mirá vamos a meterle a este en dinámicas hasta que deje de ser emocional, le has destruido, estás clonando a la gente, has destruido a aquel cura medio loco que evangelizó 80.000 km2, porque está un poco loco y la gracia utilizó la locura, buena y sana, y ese hombre a lo mejor tenía un hígado inflamado y una tiroides explosiva y no podía estar quieto y llegó a doscientos kilómetros cuadrados, no llegó por el hígado, llegó por la gracia, pero la gracia utilizó al hígado, y a lo mejor os encontráis el mejor confesor, director, que es un hombre apagado que no tiene vitalidad y que tiene una capacidad de escucha, por qué, porque no puede hacer otra cosa, que me perdonen los directores espirituales porque ellos no son así. Pero eso utilizado por la gracia y aceptado lúcidamente puede ser una gracia.

Quién ha dicho que nuestros defectos nos llevan al infierno, nuestras virtudes nos llevan al infierno; os voy a hablar con palabras de Santo Tomas que dice en la Suma: La caridad es la forma de todas las virtudes (os acordáis, no todos lo comparten, Escoto y demás) y dice más, entonces las virtudes sin la caridad ¿qué son?: y él dice a corto y medio plazo en terminología nuestra son virtudes porque tienen su contenido propio cada una, la justicia es justicia y la templanza es templanza, por tanto son virtudes. Pero largo plazo si no están informadas por la caridad las virtudes se convierten en vicios, summum ius, decían los romanos que eran maestros en el derecho, summa iniuria, que Dios nos guarde de los que aman absolutamente la justicia, que Dios nos guarde de los que aman absolutamente la templanza, que Dios nos guarde de los que aman absolutamente la pobreza, que Dios nos de gente que amen, que serán pobres, templados, pero a su ritmo y a lo que los demás necesitan.

Un autor, Graham Greene, novelista, en una novela de segundo orden (de esas que él tiene; es muy desigual, ¿no? No recuerdo el nombre) tiene una frase que me impactó mucho y es esta: está hablando de un señor muy bueno que ha cometido un crimen, pues de este tipo de matar por compasión algo así, y él hace una reflexión tan pesimista como todas la de G. Greene, pero que no dejan de tener su razón, y yo dije ahí va Santo Tomás, esto está aquí en Santo Tomás: nuestras virtudes nos condenan, o algo así, y empieza a poner ejemplos de la guerra que es lo que él está viviendo, los partisanos con tal de liberar el país son capaces de cargarse medio país, el médico con tal de evitar el sufrimiento puede matar a medio hospital, el otro con tal de… Nuestras virtudes nos atrapan, nos encadenan… Hay que ser virtuosos, pero la perfección a la que nos invita el Señor es llegar a la perfección pero no al andrógino, al que es hombre o mujer, alto o bajo, flaco, listo, esteta, al l´uommo único del Renacimiento, l´uommo único: Leonardo. No, no aspiréis a ser Leonardo, a menos que tengáis esa gracia, y entonces tened cuidado. Sino cada uno en el terreno que su limitación le pone.

Bueno, ahí está la impronta de la primera paternidad y por lo tanto una primera convicción y un primer fondo ideológico de todo Seminario, un entramado de formadores, de chicos es: somos creación divina, somos una encarnación progresiva y diminutiva, somos gracia creada, por tanto: nada de lo que nos ha acontecido desde antes de nacer escapa al plan de Dios aunque no todo viene, digamos, querido estrictamente por Dios, pero nada escapa al plan de Dios. Por tanto, ten confianza en que Dios besa tu herida, es decir, Dios no besa tu frente luminosa, besa tu herida infectada, ahora no te rogodees en tu herida infectada, acepta el déficit de paternidad en la edad que tengas. Es que he tenido malos profesores. Pues hijo mío, te aguantas… Eso quiere decir que Dios no te quería gran teólogo, aguántate. Hay signos vocacionales que son evidentes. (…)

Pero ustedes ¿qué entienden por vocación? Entienden por vocación la persona que tiene cualidades para y que le gusta… dije: ¡no!, la vocación es otra cosa, la vocación no es cumplir con el deber y tener calidad para cumplir con el deber, la vocación es una pasión que inventa deberes para darse el placer de cumplirlos… Precioso… Y luego dice, a mi me escandaliza mucho, fijaos que esto es en el 40 y tantos, fijaos lo que diría hoy, me escandalizan los médicos que vienen al Clínico de San Carlos, que era la facultad de Madrid, y son médicos estupendos y chicos jóvenes con ansia de saber, ahora no pueden hacer nada si no tienen el mejor microscopio y la mejor tal… Hoy diríamos, si no están todos los ordenadores a punto, si la sala de profesores, no tal… Si no hay profesores super titulados, ¡cuidado!, sería una falta de responsabilidad no buscar los medios, pero estamos sensatamente respetando la única paternidad que es necesaria o estamos haciendo hasta de los ordenadores nuestros padres… Nos va a pasar con el ordenador lo que le ha pasado a una monjita de una casa que yo era capellán en Roma, que en un extremo de la casa tenían huéspedes, (las monjitas costean sus casas generalicias haciéndolas hotelitos, sobre todo para alemanes, claro, que pagan); y tenían un comedor y al final un televisor; la monjita iba con su bandeja y cuando llega al televisor la pobre debería estar pensando… hizo genuflexión, y siguió sirviendo, a ver si algún día vamos a acabar haciendo genuflexión frente alguno objeto de estos.

Vale más un padre malo, deficiente, que un padre virtual. Vale más una familia catastrófica que una familia virtual. Vale más un obispo limitado que un obispo virtual. Miren, el sueño del hombre ha sido siempre que la máquina sustituya los errores del hombre, en el fondo el protestantismo es: los curas no valen, viva el libro. El libro fue la primera máquina parlante y el sueño de la Biblia es el sueño de eliminar a esa mediación paterna deficiente y tenían razones. Claro, hoy hay otros sueños, el sueño de lo virtual de una u otra manera. Qué tendría que hacer el Seminario primero, la primera misión de un Seminario sería enganchar la vocación con la historia salvífica aparentemente deficiente de cada individuo. Y para eso tendrá que tener en cuenta su familia pero de verdad, no solo en un papel donde diga: «Papá neurótico, mamá… una ficha». No, no, hasta los olores de la familia, que cada casa tiene sus olores y sus sabores, si queremos que realmente la vocación de mañana sea en esa dirección yo creo que deberíamos… el aceptar a la madre aunque sea deficitaria, el aceptar al padre aunque sea brutal, aceptarlo críticamente. El aceptarse unilateral, uno; unilateral, mire es que mi hermano era muy inteligente y yo en eso he salido menos dotado… Bueno pues, es que tú tienes tu historia, tú tienes tu herida, tú tienes tu límite, tú tienes tu camino y tu hermano tiene el suyo, sois distintos. La doctrina de la filiación en esto juega mucho porque en el momento en que nos veamos creados por Cristo con nombres y apellidos y no simplemente como emergentes, de un magma común, esto puede entrar y puede…: fijaos aquí todo lo que un formador tendría que meditar, orar, observar y aceptar: hijo mío yo no soy tu padre, pero tienes tú un padre, pero era un borracho y un tal… te engendró…

La cultura actual en una de sus dimensiones no ama a la vida, en eso lo del Papa de «cultura de muerte» pues puede parecer tan duro como cuando Pablo IV habló del humo de Satanás… Son frases muy duras pero serenamente analizadas en una gran cuña de la cultura actual es verdad. El peligro del hombre actual no son las guerras, ni siquiera son los abortos reales y fácticos (que son terribles), pero el peligro es lo que está pasando adentro de la cabeza: «lo que no es perfecto no vale»; de ahí se deriva todo lo demás. El cuento ese que siempre cuentan sobre el aborto es muy diciente. Vamos a ver, habría que conceder el aborto a un…, hoy no habría ni que discutirlo: una mamá que está embarazada, el abuelo era sifilítico, el bisabuelo era canceroso, el tío carnal, el hermano de la mamá tiene tendencia a la esquizofrenia, el tal… ¡hombre! Por su puesto… acaban ustedes de matar a Beethovenn… Oye pues, es que, tomas la historia de Beethovenn y su ascendencia y dices de este árbol genealógico sale poco. Es aquí donde está la clave, la vida no es solamente la herencia del genoma. ¿Por qué no empezamos a hablar de una creación permanente dentro de las causas segundas, de una vida que se recupera a si misma y se rehace porque hay detrás un padre?

La Europa del siglo XIV es terrorífica, en la peste negra de cada tres europeos, en dos años aproximadamente, muere uno; imagínense una ciudad de medio millón y hagan el cálculo de los que mueren dos años, se altera el esquema laboral, empiezan las guerras de los campesinos, la gente toma un miedo y un terror a Dios que de ahí viene toda la angustia de la baja Edad Media. La situación es tan grave que todo el resto del siglo XIV es la guerra de los cien años que acaba en Avignon; es la ruptura de los franciscanos… Ahí hay una tensión, y uno dice, pues con este siglo el siglo siguiente y el siguiente, vuelta a la Edad Media dura. Y no fue así. Vino el Renacimiento, hubo padres… No les estoy animando a ser optimistas, yo soy personalmente por temperamento pesimista. Pero a mí me parece que lo del optimismo y el pesimismo es muy secundario, es una cosa de hígado y tiroides y de… es una cosa química, unos ven la botella medio llena y otros medio vacía. Yo les invito a que se olviden de cómo ven la botella y a que crean en el bodeguero, que está medio vacía, no importa, véanla media vacía y díganlo, es verdad: que está medio llena, es verdad, díganlo, pero al final digan algo más importante, medio vacía-medio llena, hay un bodeguero y una buena cosecha, algún día se llenará. No trato de ser fácilmente optimista, pero lo que quiero decir es: una cosa negativa, lo que en un momento nos falta, se vuelve a llenar del todo.

Por ejemplo el que no tuvo en la infancia la alegría del juego, nunca terminará de ser un hombre alegre, nunca, chico, pues tendrá que aguantar toda la vida un temperamento adusto, eso no es malo tampoco, también tiene que haber gente que le de vergüenza contar chistes y cantar sin ese tipo de gente los otros no destacarían, pues son los oyentes de la gracia. Quien en la juventud no ha flirteado con una chica, flirtear, flirteado, no flirteará nunca, hará cosas peores pero no flirteará, bueno pues, habrá que vivir con ese vacío, el célibe se tendrá que convencer que hay una dosis de vida que es el encuentro personal y encarne con una mujer, que se lo va a perder, y es una experiencia básica y fundante en la humanidad, y él tiene motivos y tiene otra riqueza pero eso lo va a perder y por mucho que haga oración ese vacío no se llena, ese vacío no se llena, no seamos ingenuos… Ahora, la vida tiene sentido en esa dirección.

Sintetizando:

  1. Por un lado el hombre completo no existe, toda persona es incompleta, y esas líneas de límite de cada persona hoy son el límite negativo, mañana serán el perfil de la personalidad.

  2. Hay que vivir esa limitación, en acción de gracias, porque únicamente si reconocemos al padre que está detrás de todas las paternidades nos damos cuenta que incluso esa paternidad que nos ha hundido a la larga podría ser hasta un camino. Reconvertir. Una educación cristiana aunque use la psicología y la use mucho, tiene que tener este punto de partida y de llegada. El psicólogo te da ese escrito: Bueno, pues este chico es un poquito obsesivo, casi llega a neurótico obsesivo, es que resulta que tal y tú lo lees y dices muy bien esto es su psicología, vamos a ahondar más. ¿Cuál es su gracia? ¿Esto lo vive él como gracia o lo vive como ofensa? ¿Esto lo vive como don o como herida y nada más que como herida? ¿Esto le hace ser justicialista o pobre con la mano extendida?… Ese era el discernimiento. El otro te da simplemente un dato, pero no te da el criterio. A mí me dicen este chico tiene ciertos rasgos, por ejemplo, pues un poquito paranoide, es un soñador, tan soñador que la realidad no la toca, bueno, si no es paranoide total (enfermedad psíquica), yo no lo excluyo en principio. Lo que me pregunto es ¿tiene una gracia donde estos rasgos paranoides adquieran sentido evangelizador? ¿Podrá ser un soñador de Dios el día de mañana? Y entonces empiezo a examinar cómo vive esos rasgos. ¿En confrontación con los demás, arriándoles y arriándoles? Entonces ya no son sólo rasgos paranoides, es un hombre que no vive la gratitud. ¿Cómo vive esos rasgos paranoides? ¿Diciendo ya no veo la realidad pero me fío de ti y por lo tanto modero mi conducta y hay una obediencia profunda y que tú ves que es noble? Amigo, esos rasgos paranoides a lo mejor son positivos y no negativos, a la larga… ahí hay un segundo elemento que hay que tener en cuenta.

Una aclaración final: Las afirmaciones caricaturescas que hago, entiéndanlas en la caricatura. Hablando personalmente, en mi Seminario todos los seminaristas que ingresan pasan por un equipo muy serio de psicólogos, a ver si alguien me entiende como un menosprecio lo que diga. Lo que he querido decir, es algo en lo que sí debo insistir y es que no pretendamos el hombre total sino el hombre íntegro, que es distinto, y que tampoco nos asustemos de los huecos que la paternidad nos ha dejado, sino que los convirtamos en caridad y no más: Luego viene el discernimiento. Por supuesto que una patología real es incompatible y es una irresponsabilidad a ordenar una persona con una patología. Cuando he dicho que en mi primera parroquia me encontré con una familia esquizofrénica genéticamente en tres generaciones y sin embargo yo allí vi en personas una bondad extraordinaria, ciertamente a ninguna de esas personas las hubiera mandado al Seminario, en concreto uno de ellos era monaguillo mío y un chico encantador y no se me ocurrió enviarlo al Seminario.

VII – Paternidad viril y celibato

Aceptada esa primera paternidad os decía una cosa que adelanto para después enganchar con ella. La primera paternidad humana que el hombre encuentra es una paternidad también compartida y aunque haya ausencias, que las puede haber, aún en la ausencia es la paternidad compartida entre un ser humano mujer y un ser humano varón; y esto nos va a orientar toda la vida, porque si queremos desarrollar la filiación teológicamente en esta economía salvífica de encarnación nunca podemos prescindir de esta limitación riquísima que supone ser varón o mujer. Si a la hora del acceso al sacerdocio la Iglesia es tan seria que en una época de feminismo militante, se atreve a decir: es sólo para varones, la consecuencia de esto tendría que ser, en coherencia, tomemos en serio que es sólo para varones, es decir, tomemos en serio que es un camino de realización de varones, tomémoslo en serio. Por lo tanto que es un camino que como son cuestiones correlativas en que el varón se hace frente a la mujer y la mujer se hace frente al varón, tengamos esto en cuenta a la hora de plantear un Seminario que es una familia donde se tiene que aprender la filiación, pero donde hay que arrancar de esto previo, que no se angeliza, sino que se madura, que se integra, se vive en oblación sacrificial, en gloria de resurrección, pero que estará en el fondo de cada sujeto toda la vida, gracias a Dios.

Es decir, la segunda persona de la Santísima Trinidad para toda la eternidad es humana, pero además es humano-varón. Sí, eso ha entrado en el seno de la divinidad. O por ejemplo, lo que hace presencia materna de la misericordia divina en la tierra es una mujer, María, simbólicamente, icónicamente, y eso es ya para siempre. Entonces, esto no es una cuestión secundaria.

En el tema de la paternidad, humanamente hablando, la paternidad es: paternidad y maternidad. En este sentido habría que tener algún criterio, por ejemplo, cuando ahora se habla de la maternidad de Dios. Una cosa es que se afirme que la paternidad revelada por Cristo, Dios Padre, es una paternidad amorosa, entrañable, que nace de entrañas de creador, como la de la madre en la tierra, llena de amor y de misericordia y que los profetas y últimos Papas -incluso- hayan hablado de esa calidad materna del amor del Padre, no se puede confundir con un intento feminista de dar a Dios el nombre de madre, por muchas razones: en primer lugar, porque hay que tener un cuidado exquisito de no ir de abajo hacia arriba, traspasando la sexualidad a las personas divinas, ya eso es un disparate, por ejemplo: ¿os acordáis de «El rostro materno de Dios»? Un libro tan sugerente de Leonardo Boff, pero un libro tan deficiente; ni el Espíritu Santo es lo femenino de Dios, eso no se sostiene; ni María es la hipóstasis, lo dice, del Espíritu Santo -eso es un disparate-. Ni siquiera metafóricamente se puede decir, trasladar a la divinidad esa división sexual, es un disparate total.

Si el Señor dijo Abba, nosotros hemos aprendido a decir Abba porque el nombre del Padre se balbucea, no se analiza en los diccionarios, y posiblemente la palabra Abba -no me atrevo a asegurarlo- más que un diminutivo es una ecolalia infantil, es decir, una de esas proto-palabras en que el niño que todavía no articula del todo dice un sonido que luego el mayor interpreta. El niño dice: «A.A.» y el papá o la mamá dice: «ha dicho papá», si es el papá, «ha dicho mamá» dice la mamá. El mayor traduce y dice ABBA, ATA, PATA, NANA, YAYA. En todos los idiomas hay dos vocales abiertas y algún tipo de consonante difusa que luego hay que escribirla. Posiblemente debajo del Abba lo que hay es más una ecolalia -no digo que sea estrictamente- más que un diminutivo. Posiblemente, es decir, que es una palabra un tanto indefinida en ese sentido. Si al griego neotestamentario lo tradujeron por Padre, pues bien traducido está y punto. No tiene caracteres masculinos, ni femeninos, tiene caracteres de origen, si algún rasgo masculino tiene, su interés teológico está en lo siguiente -y me parece que es un punto que no se puede descuidar-; en los movimientos neo gnósticos de un cristianismo difuso y mistificado, con vuelta a las diosas madres (gracias a los movimientos feministas) el dios-mamá y el hijo podrían traducir un sentimiento MAGMÁTICO, es decir, todos somos hijos naturales, y en este sentido ese rasgo secundario masculino de la palabra PATER todavía nos recuerda una cosa: ustedes son hijos adoptivos, no llevan el ADN que lleva el Hijo, han sido adoptados. Es insuficiente, pero es un recuerdo; ustedes no son el Hijo, son los hijos en el Hijo.

Por lo tanto, ahí hay un elemento que no es natural ni mucho menos, es pura gracia y además gracia indebida, y en este sentido un maternalismo excesivo, aparte de trasladar la sexualidad (que hoy ni nos damos cuenta con la palabra padre -creo yo-, nadie piensa que es un padre masculino, ahora se haría consciente y sería o padre o madre, ¡no hombre! ¡Eso no!) Pero aparte de eso, yo creo que conduciría a esta corriente religiosa MAGMÁTICA difusa, maternalista en sentido malo, de útero lleno que no da a luz. No sé si os llegan los dibujos, por ejemplo de Cortés en «Vida nueva», mucho en torno al Abba, hay una cierta vulgarización o divulgación de la idea del Padre desde hace unos años tan dulce, tan dulce, tan dulce, que ese no es el Padre Creador. Es decir, el Padre Creador tiene sentimientos entrañables, pero el Padre Creador entrega a su Hijo querido al sufrimiento y «cada palo que aguante su vela». Y el Padre Creador ha hecho una vida, es verdad que el hombre ha introducido el pecado, pero que ya de por sí, aunque no hubiera existido el pecado, es una vida muy dura, muy dura, aún en la hipótesis de no existir el pecado, una vida donde hay que conquistar al mundo, donde la enfermedad de alguna forma, la muerte, la separación (no con los caracteres que conocemos con el pecado, es verdad, de otra forma muy distinta) pero la vida no es un caramelito dulce, ni antes, ni mucho menos después del pecado.

Por lo tanto, en este terreno la primera impronta que nos llega es una impronta de padre y madre. Esa impronta nos tiene que referir a la paternidad originaria que no es ni masculina ni femenina, es divina. Pero esa paternidad originaria se va encarnar siempre en paternidad y en maternidad. Siempre. En este sentido, también la nuestra sacerdotal es josefina, no es mariana. Von Balthasar a eso lo estudia preciosamente no es mariana, es josefina, no engendramos, acompañamos.

Eso tiene sus raíces antropológicas, porque (no quiero deslizarme, un poquito solamente) estamos en un momento en que todo se puede confundir. En este momento como en el siglo II tenemos que hacer un esfuerzo de delimitar sin poner murallas, pero delimitar. La nebulosa no es buena, hasta en la física, en la economía, las teorías del caos están triunfando, «la mariposa en Patagonia puede alterar el clima de Suecia»… El vuelo de una mariposa… el ejemplo de la mariposa está inspirado en aquel cuento precioso «El ruido de un trueno», un cuento futurista: las teorías del caos están triunfando. El caos es difuso, en el caos no hay identidad, no hay verdades, no hay dogmas, no hay afirmaciones, no hay realidades. En un momento así lo cristiano, que es la religión de lo real, tiene que atreverse a plantear. Por ejemplo, los Tribunales Constitucionales de más de un país, por lo menos del mío, han aceptado ya en varias sentencias, después del Supremo, que un chico que a base de terapias y de operaciones quirúrgicas se haya convertido en una chica, puede poner en su carnet de identidad el nombre femenino y alterar el registro civil, cosa que tiene muchas consecuencias hasta en el derecho matrimonial, el cónyuge no podría alegar engaño, puesto que es su carnet de identidad y si un día se casa y dice anda pues si esto no era una chica sino un chico, si está en su registro civil como chica es chica, quien puede alegar engaño. Entonces uno y le pregunta a un moralista: ¿es lícito la alteración de esa sexualidad básica si se pudiera hacer totalmente sin consecuencias secundarias? Claro la respuesta es muy interesante porque lo que aquí late es paternidad, maternidad, masculinidad, femineidad, ¿es un dato previo o es un elemento que uno tiene que hacer a lo largo de la vida?

Bueno, cuando un chico nos viene al Seminario esta impronta ya está básicamente, ¿quién ha predominado en su vida, la mamá, el papá, ha tenido un modelo viril al que adecuarse, tiene una cierta configuración de varón? Porque hay distinciones reales, no distinciones en calidad cuantitativa: tan inteligente puede ser una mujer como un hombre o más, tan valerosa puede ser una mujer como un hombre o más, no es eso, pero sí en estilo, el problema de los estilos… Ser humano mujer es una cosa y ser humano varón es otra. Y aquí hay un elemento que a la hora de la educación en la paternidad es importante; hay una feminista militante francesa, muy inteligente, Elizabeth Valinter que ha ido sufriendo una evolución a lo largo de su vida, (ahora mismo es una mujer que estará en una edad media, cincuenta o cuarenta y tantos, quizá un poquito más, no lo sé) y ha sufrido una evolución muy interesante. Su primer libro traducido al español era «El uno es el otro», hay una identidad, ser hombre y ser mujer es secundario. Sin embargo, lanzó un libro que se titula «X-Y identidad masculina» que es muy discutible en la filosofía de fondo (está muy metido Jung, algunas corrientes norteamericanas que ahora retoman a Jung desde el confucianismo), unas cosas un poco raras pero yo creo que tiene una cosa que es verdad, su teoría es ésta: el varón no nace, se hace; la mujer nace, porque genéticamente X-X, cromosoma idéntico, es redonda, es perfecta, nace mujer y será siempre mujer, la homosexualidad es un voluntarismo de algunas mujeres, voluntarismo; pero «el varón no nace», en qué sentido; ¡hombre, claro que nace varón!, pero necesita un largo camino para identificarse con su virilidad y hacerla crecer. ¿Por qué es X-Y? Dice ella porque tiene dentro un cierto conflicto, una cierta inseguridad, sería largo de analizar, es un tema muy bonito. Renuncio a ello, pero yo creo que hay una profunda verdad allí. El varón necesita que el varón le enseñe, el varón necesita creer en su virilidad tanto casi como en Dios. Claro, imaginaos lo que en un varón inseguro esta produciendo la privacidad, porque si el varón se reviste de machismo, como ha sucedido, este problema aparentemente queda orillado, digo aparentemente, si escarbas, no tanto. Pero si encima se quita la cáscara del machismo, ¿qué es lo que queda dentro? Una piel suave, rojiza, que ante cualquier rayo de sol sale cáncer.

Enseñar el oficio de padres, en este caso varones (no de Dios Padre, sino varones y no madrecitas sino padres) es enseñar a asumir la condición de virilidad sin machismos, en el nombre del Señor y teologalmente, no solo psicológicamente. Dios me ha hecho varón, puede haber momentos en mi vida en que dude, en que hasta descubra tendencias contrarias, incluso hasta que ejercite un genitalidad opuesta a la viril. Yo soy varón y debo ser varón, y si tengo que vivir la virilidad crucificada, la viviré crucificada, pero mi destino es ser varón. Incluso la condición homosexual no niega la virilidad, la crucifica pero no la niega porque es un dato previo. Entonces, si el sacerdocio es para varones, si es una paternidad sacramental, si tiene que enganchar con la impronta primera que nace de la familia, este es un tema que no es secundario y no solamente se plantea por la posibilidad de los escándalos… no, esto es otra cuestión; en este momento de nuestra reflexión, el problema no es el escándalo, el problema es la paternidad.

Pues, claro, ¿cómo ejercer una paternidad, paternidad, sin una virilidad desarrollada, aunque tenga parcialmente aspectos crucificados y por lo tanto deficientes, pero asumida, querida, mimada, desarrolla frente a la mujer con respeto? Aquí hay algo que no es ninguna tontería, en un momento de decaída del machismo o de subida del machismo (en el artículo presento algo de eso y hago relación de modelos sacerdotales con machismos y antimachismos) pero en un momento en el que el papá está ausente -porque en los abandonos familiares en un 80 % es el varón quien se marcha, aunque sea con la razón- las legislaciones nacionales, por lo menos en Europa, le dan casi siempre la razón a la mujer y el papá apenas puede visitar, en otras ocasiones el papá se va y no quiere saber nada… Muchas son familias ya matrilineales, muchas. Claro, la niña pues tiene ahí un modelo y por otra parte, tiene eso si es verdad lo que Elizabeth Valinter dice que ya nace muy marcada por la impronta y que la impronta como tal apenas tiene que evolucionar, que la heroicidad en la mujer no consiste en ser mujer, sino en que la descubran como persona, ahí es donde está su heroicidad. Pero en el varón es cero ser varón, entonces te encuentras con cantidad de chicos, que a lo mejor no padecen ninguna homosexualidad, ni la van a padecer en su vida, pero tienen calidad de hombre público, pueden ser hombre público, ¿cómo educarlos para la paternidad? ¿Cómo sacarlos de un paternalismo más propio de mujer incapaz de dar a luz (de mujer bruja, de mujer que deja el feto dentro, eso es la bruja en todas las culturas, el simbolismo)? ¿Cómo hacerle un padre que acompañe sin engendrar, sin oprimir, sin pedir una gratificación afectiva permanente, sin ser el centro o el eje? Porque la madre tiene tendencia a ser centro porque es la madre, es natural, pero el varón es una modalidad humana descentrada y sólo cuando es descentrada de sí es varonil. Quizá esta sea una de las razones de fondo de por qué el cura, por qué José… En el fondo el varón ama al hijo. Hoy está pasando de otra manera: asista usted al parto, haga el esfuerzo como si usted estuviera pariendo…, acompañar a la mujer y apearse del machismo me parece justo, legítimo y urgente, pero hay cosas que las tiene que sufrir uno y cosas que las tiene que sufrir otra y el teatro no va a ningún sitio en la vida. El papá acaba amando al hijo cuando ama a la esposa; examinad los casos y en el 90 % el amor del varón al hijo y a la hija cuando es sano es un poquito indirecto. José acompaña a la Iglesia Madre preñada de Dios. El varón acompaña siempre a una mujer preñada de vida de la que se compadece y con la que carga en un camino que podría ser muy rápido para él, pero que ahora se va a volver más lento, porque tiene que ir al ritmo de la vida.

El hombre de hoy lo mismo que Eneas en la Ilíada sale de Troya, porque Troya está ardiendo, en Troya han entrado los bárbaros, pero en vez de salir de Troya con el papá a la espalda cargando y con el hijito de la mano, este hombre moderno no tiene papá ni hijito, sale corriendo. Por eso no será un peregrino que llegue a Roma y funde, sino un vagante que esté dando vueltas sin llegar a ningún sitio, eso es la Edad Media y la labor de la Iglesia en toda Edad Media es convertir al vagante en peregrino, habrá que inventar Santiago (de Compostela), Luján, lo que sea, pero habrá que dar una dirección al vagabundo; y habrá que ponerle en la espalda el papá anciano y de la mano el hijo pequeñito. La gran dificultad del varón es que como nunca ha sido preñado de vida, se puede escapar. La mujer, el humano mujer, vive el tiempo a un ritmo que es muy continuo, cuando una chica de la parroquia se enamora de uno de nosotros, más por ser cura que por otra cosa, porque luego si fuéramos laicos la mayor parte no se enamorarían…, esto a los seminaristas les duele mucho, pero es verdad… Si no fuereis por la guitarra a la parroquia la mitad no se enamoraría de vosotros; cuando una se enamora, en un primer momento te gusta el ver esa atención permanente, ese regalito que llega, ¡hombre! pues es honesto, uno tiene también su corazoncito, pero llega un momento en que no te la podés quitar de encima, es decir, se pega como un chicle, te lo quitas del dedo, se pega en el zapato y no puedes. Y uno dice ¿por qué? Por qué una mujer cree que el afecto tiene que ser permanente, por qué no dejan descansar al afecto? Porque la mujer es una temporalidad afectiva continua, mientras que en el hombre, su marca es la ansiedad, la angustia, la prisa. Mirad en los adolescentes qué pocas chicas tienen ansiedad física y cuántos chicos tienen ansiedad física, el mariquita que llamamos en España (no el homosexual, sino el afeminado) decimos que es afeminado porque tiene unos movimientos femeninos, ¡no son femeninos!, Fijaos bien, los femeninos son movimientos graciosísimos, armónicos; los del afeminado son movimientos histéricos, exagerados, histéricos, como los de las películas rápidas, aquellas de Charlotte, que se movían… En el fondo, es un sujeto que no domina el tiempo y eso es muy del varón, muy del varón. Por eso el varón se enamora, realiza la sexualidad y a los dos meses dice: «yo, esta pesada, yo me voy…»

Hay diferencias muy profundas entre el varón y la mujer, quizás yo lo he anecdotizado un poco, pero hay diferencias muy profundas. Entonces, en este sentido, ser padre sin matar la vida, sin huir del seno eclesial, donde la vida se gesta, no es fácil, y ciertamente un varón que no haya llegado a realizarse como varón real, que puede tener hasta sus deficiencias y hasta sus cruces, cuidado, -hablo como hablé antes- va a tener dificultades y va a crear problemas aunque no dé escándalos y aunque no sea homosexual. En el fondo de muchas opresiones clericales, de mucha soberbia clerical, de mucha envidia clerical, late la virilidad insuficientemente desarrollada. Dadme un hombre viril y Dios puede hacer de él un buen cura, y si la Iglesia mantiene que sólo el varón puede acceder a ser sacramento de Cristo Sacerdote por las razones que sea, que lo mantenga con coherencia, y la coherencia es doble:

  1. Si es sólo el varón, que no sea anulando a la mujer. Revisemos el poder clerical, porque si unimos poder y sacerdocio absolutamente, entonces la mujer seguirá siendo menor de edad toda la vida en la Iglesia. Rescatemos las diaconías cristianas de verdad.

  2. Eduquemos en una paternidad viril en los Seminarios.

Claro, entonces en este sentido, pues, el Seminario tiene que ser una escuela de filiación para varones y en virilidad, de alguna filiación que no es completa, porque ninguna filiación es completa y ninguna paternidad es completa. El Seminario no es una escuela de célibes, sino de hijos varones del Padre. De ahí podrá salir un celibato auténtico, por lo tanto es una escuela donde se aprende a querer a la mujer, a ver a la mujer como persona, a relacionarse con la mujer pero no en plan de experiencias bobas y de flirteos, no, no… En plan serio… Es una escuela donde no se censura a la mujer (como en las películas de los colegios de monjas), sí donde se cultiva una virilidad no machista y celibataria, es distinto completamente. Donde se integra a la madre y se ayuda al chico a liberarse de su madre, a independizarse de la mamá, a constituirse en varón.

Esto es un largo camino y un largo recorrido y aquí sí que nosotros como formadores, aquí sí que tenemos que ser padres, es decir, aquí si que tenemos que ser varones de una pieza, aquí sí, y aquí sí que tenemos que ser gente sin tendencia a la envidia, gente que no sea el centro, porque miren, en la economía salvífica de Dios, la paternidad divina en lo que tiene de paternidad entrañable (entrañable = entraña), no la representa el sacerdote, lo representa María y la mujer. La mujer es el icono de la paternidad entrañable del Padre y de hecho, fíjense, la salvación entra en la vida por el vientre de una mujer y por la libertad de una mujer… El último día que Dios dijo Fiat, hágase, fue el sexto por la tarde, y el séptimo dijo «yo me callo hasta que éstos aprendan a decir Fiat y podamos hacer un dúo, yo seré el dúo fuerte y ellos serán la vocecita débil»… ¿Cuándo empezó el dúo?: «Fiat, hágase en mí según tu Palabra». Cristo aprendió a decir Abba y a obedecer profundamente en lo humano de su Madre, María, el icono humano de Dios Padre. Fijaos que cuando se intenta representar lo más bonito de la paternidad en Cristo es la imagen de la Piedad, el Cristo muerto. Ese Cristo que no está muerto, sino dormido, relajado, fijaos la Piedad de Miguel Angel, los músculos se ven… es un Cristo dormido en el regazo materno. Pues ya sabéis que en el siglo XV hay dos modelos de Piedad, el Greco la ha retratado, algunos del siglo XV, incluso anteriores (de la escuela de Flandes), hay una Piedad de Dios Padre en que se representa a Dios Padre como a un obispo con mitra o un Papa con tiara que tiene al Hijo en los brazos, y el Hijo está muerto, relajado, no en el regazo tendido, sino como aupado de la muerte, pero relajado, es la piedad paterna. San Buenaventura estudió mucho este icono y habló mucho de la Piedad de Dios Padre con el Hijo muerto, es decir, en ese momento de la Piedad, de la ternura entrañable con el Hijo entrañado, la imagen del Padre es la Ecclesia Mater, María que toma en su regazo al Hijo muerto. Lo de Simeón de ayer (n.r.: fiesta de la Presentación) y más todavía. En la misión histórica del Verbo Encarnado hay dos momentos que son claves y en los dos momentos hay una mujer madre que hace de signo de Dios Padre para desatar la obediencia y el comienzo de la misión:

1. Las Bodas de Caná, Cristo no tiene previsto empezar la misión en ese momento «Mujer, esto a ti que te importa, déjame en paz que el Padre hablará». Pero qué entendería Jesús cuando María dice «haced lo que él diga». El Padre ha hablado, empieza la misión, el primer signo.

2. La misión galilea ha fracasado, por lo que sea (que no sabemos). Jesús se ha exiliado al norte de Palestina a lo que hoy es Siria, Fenicia, Tiro, Sidón, va solo, aunque Mateo dice que va acompañado, pero Marcos es más primitivo en esto. Se levantó y se fue (después de la discusión de Galilea), se levantó y se fue, ¿a dónde?, al extranjero. Se mete de incógnito, dicen, y una mujer siro-fenicia, (no judía), y pagana (no creyente), con una hijita enferma le dice: «Señor que mi hija…, ah, no ese pan, mi pan, se lo debo a los judíos todavía, mañana… Si, Señor, pero lo cachorritos…» Y Jesús abre los ojos de par en par y dice: «Mujer, qué fe tienes, el pan es tuyo». Y a partir de ahí Jesús caminará rápido para reunirse con los doce otra vez, llevarlos a Cesarea y decirles: «Señores, a Jerusalén que tengo prisa». En realidad en aquel momento estaba empezando la misión de los gentiles porque una madre había dicho al Señor: «Señor que han sobrado doce cestas de pan y estamos hambrientos nosotros y nuestros hijos», por eso en la vida de Jesús el sufrimiento de la mujer juega tanto, llora cuando ve llorar a María en la tumba del hermano: «Señor, tu amigo». Pero él no llora directamente a Lázaro, le llora indirectamente vía Marta-María, hace un doblete ahí. Las lágrimas vienen por empatía con María, María se echa a llorar, él se echa a llorar. Por eso la mujer juega tanto en la vida del célibe Jesús y la primera evangelizadora (el primer evangelizador no es Pedro ni es Juan) es María, la Magdalena, que es según terminología de los Santos Padres evangelizadora de los evangelizadores. María Magdalena fue a dar la noticia a Pedro y al discípulo amado porque ella fue la primera que identificó al resucitado: «Señor, por lo menos déjame el cuerpo de mi Señor». La mujer ama a los cuerpos, porque los ha parido, el hombre una vez que mueren, se olvida porque no ama la encarnación, el cuerpo.

Por eso un célibe que no ame lo femenino, que no haya nacido de mujer, que no tenga la memoria de su madre y la libertad contra su madre, que su celibato no sea el camino de su virilidad en el amor, que confunda el amor paterno viril con el amor entrañable y no sé de cuenta que lo suyo es otra cosa…; primero, hará un daño antropológico irreparable; segundo, no representará la faceta del amor del padre que a él le corresponde, estará haciendo de mamacita, eso no es…

El sacerdote no es sacerdote para dotar a la Iglesia de senos cálidos, ya habrá mujeres, familias, órdenes religiosas; él está para decir, el dedo que indica, caminad ahora a Egipto, mañana a Jerusalén. La voluntad de Dios me parece que es… Claro, enseñar la filiación en el Seminario es tener madera de padres. Yo digo a los chicos, a veces exageradamente: «el que de vosotros no sueña con tener doce hijos, que no se venga a cura», ¡hombre!, un cura es un padre que quiso tener doce hijos pero que no encontró mujer capaz de parirle doce hijos, y entonces dijo: «Aquí estoy para hacer tu voluntad»… Perdonad otra vez vuelvo a hacer mis rectificaciones, yo hablo y luego me tengo que rectificar. Esto lo veremos luego, no tiene nada que ver con el machismo, el machismo es la negación de la virilidad. El machismo es a la virilidad, como el mimo, esa exageración, es a la conversación humana. El machismo es la histeria de una virilidad que no lo es; como decían los latinos «lo que faltan de palabras, lo suple el ruido», «las trompetas suplen lo que falta a un sonido normal». El machismo son las trompetas falsas de una virilidad deficiente. Entonces que no me estoy refiriendo al machismo, no es eso, es otra cosa distinta.

Pero ciertamente el padre de mañana no es una mujer disfrazada de varón, es un varón con corazón de varón y con todos los defectos, déficit, que tiene el varón, y en el Seminario no vamos a intentar hacer un andrógino. ¡No hombre! No le pidáis a un varón que ame como tiene que amar una mujer, que ame como tiene que amar un varón… ¿No es que tenemos que tener una misericordia entrañable, un corazón de cera? ¡Cuidado, con las hipersensibilidades que pueden llevar donde no queréis! «Basta con que ame»…, y ¿qué quiere decir amar?: ¿os acordáis de aquella película «El violinista en el tejado»?, de judíos, que empezaba con un leit-motiv que era un tejado nórdico de estos muy planos y en lo alto del tejado un violinista tocando que no se cae y entonces el leit-motiv es: «porque un hombre sin tradición es como un violinista tocando en un tejado». Los protagonistas el hombre aquél que bailaba «si yo fuera rico» y la señora, que son dos viejos, empiezan a ver que las hijas empiezan a casarse por amor, eso ellos jamás; la casamentera era la que iba, arreglaba el matrimonio y luego salían bien los matrimonios y entonces el marido que es un pícaro… viejo gordote, bailador y bebedor que ama la vida y que canta «si yo fuera rico» y que sueña con ser rico, pues en un momento mira a la vieja, se atreve… no se atreve… y va: «oye, ¿tu me quieres? y la vieja lo mira y le dice ¿quién te ha lavado los calzoncillos durante cuarenta años?…; ¡cuidado con las educaciones para sentirse padres! La educación no es para sentirse padres, sino para hacer de padres. Aunque no lo sientas en ocasiones, hay veces que se siente y es muy grato.

Yo creo que el Seminario, sobre todo el menor, pero, me da que el mayor también, lo que pasa es que no sé cómo… tendría que abrirse más a la participación de las familias y tendría que convertir a las familias de los seminaristas en familias… que vivan la familia como misión… incluso cuando estén rotas. ¿Por qué no predicamos la teología de la cruz también en el matrimonio fracasado? ¿Es que el fracaso humano no tiene sentido salvífico?, ¿Por qué no?… Ahí es donde critico el psicologismo, ahí. El fracaso humano tiene una dimensión…

El Seminario tendrá que educar en la filiación, pero en una filiación que no es genérica. Habría que formar una conciencia de filiación tan honda que se abra «naturalmente» (es la gracia pero quiero decir sin violencia, eso sería el naturalmente) a la posibilidad de que el Padre le pida la vida para entregarla, «aquí estoy para hacer tu voluntad». A lo mejor no hay que hablar mucho del sacerdocio, pero a lo mejor hay que hablar y hay que educar: «Hijo mío, eres un hijo especial que va a estar de la mañana a la noche mirando al Padre y diciendo «Padre, ¿y yo qué?; Padre, ¿qué quieres?» Ahí, naturalmente, sobrenaturalmente, pero quiero decir, sin violencia puede entrar una vocación. Ustedes los que llevan años habrán sido testigos de conversaciones de este tipo: «Mira, es que dudo de la vocación, porque en realidad lo que ya puedo hacer como cura lo puedo hacer como seglar y hasta quizás más, porque fíjate, si yo trabajo y soy profesor pero luego en las horas libres… y además tengo hijos y mujer y a través de eso…» y tú lo escuchas tranquilamente y dices éste quiere irse y no sabe cómo quedarse tranquilo y marcharse… y al final le dices una cosa muy sencilla: «Mira, hijo mío, eso es secundario, yo no sé lo que podrás hacer, lo mismo hasta te haces cura, te da un derrame cerebral al año siguiente y toda tu vida de cura vas a estar tontito y sin poder hacer nada, esa no es la cuestión, la cuestión es «tú te estás preguntando qué quiere Dios, nada más que eso; no qué te apetece a tí y con qué simpatizas tú, sino qué quiere Dios». Las mejores vocaciones son las vocaciones peleadas en la noche como Jacob, y un gran autor que es Legrand, ese que escribe en orientación eclesiológica pero con mucha hondura, muy influido por los orientales, en ese gran bloque de teología francesa que es «Iniciación a la práctica de la teología» en cuatro tomos, en Cristiandad; cuando trata del sacerdocio dice: «Ustedes han confundido la vocación con la autoexperiencia; si la vocación sacerdotal nunca ha sido eso, si la vocación sacerdotal en los inicios era… que se decía, «¡oye! Yo creo que a ti la voluntad de Dios…, plantéatelo»; «ah, yo nunca he pensado, yo no soy digno»; «mira, soy el presbítero de esta comunidad o el obispo y yo te lo mando que lo plantees, no te obligo a que lo seas, te mando que te lo plantees». «Pero mire usted que mis…» «Te mando que te lo plantees…» Y entonces la leyenda áurea lo exageraba y ya hacía el mito: San Adriano del Desierto estaba cuidando sus coles y rezando a Dios feliz y de pronto llegaba el pueblo con una algarabía y el pobre hombre se asustaba, ¿qué es esto que rompe mi oración? Y el pueblo se ponía de rodillas: Padre Adriano que nos hemos quedado sin obispo, tú tienes que ser nuestro obispo, ¿por qué? Porque ese otro que está casado y tiene hijos le va dejar luego las fincas a los hijos y además tiene muchas ocupaciones y está muy liado con el gobernador de la ciudad. Hijos míos, a mi el Espíritu Santo me ha dado el don de la soledad y yo soy muy feliz y mi misión -hoy dirían mi carisma, que Dios nos perdone- bueno, entonces ¿qué hacía la gente?, le ataba y le llevaba a la catedral atado, le pegaba un «retao» y le ordenaba y quedaba obispo… Es leyenda áurea, es exageración, es mentira, es lo que queréis, pero ahí late una verdad, esa verdad la dice San Juan Crisóstomo (…)

Si reconociéramos el dinamismo del carisma del ministerio, a lo mejor descubriríamos un día que la misma crisis vocacional es ocasión para replantear lo que es la vocación y a lo mejor un día no muy lejano veremos al obispo con su cuadernito diciendo: «En esta parroquia, a ver, gente joven que…, y visitarlos a domicilio y decirle: hijo mío, ¿tú te has planteado esto?, que no te obligo, que a lo mejor luego vas al Seminario y te decimos que no… ¡cuidado!, pero, ¿te has planteado esto? Mira mi Iglesia necesita y el Señor… por qué no te pones frente a Dios. Mira te invito que te vengas a la casa tal a estar siete días en oración y en ayuno y a pensarlo… quién sabe… Esto es muy discutible y muy peligroso, no lo aconsejo a ningún obispo hoy, lo hizo muy bien hecho un obispo emérito de Granada, llenó su Seminario con un tipo de actividad como esta. El creía en eso y tenía ese don y no lo delegaba a nadie. Pedía colaboración pero no lo delegaba, la llamada la hacía él siempre… Y seguía a cada seminarista. Claro, era un hombre que tenía ese carisma, luego abandonaba otras cosas, nadie es completo. Pero lo que quiero decir es lo primero, es decir, si el Seminario se convierte en una escuela de filiación y la pastoral juvenil se convierte en una escuela de filiación, y la pastoral catequística se convierte en una escuela de filiación habrá vocaciones, porque la vocación no será más que un paso en algunos individuos que le digan al Señor: Señor ¿y ahora qué? Porque estarán acostumbrados desde pequeñitos a levantarse a la mañana y decir: ¿y hoy qué?

El problema no es la pastoral vocacional, el problema es la pastoral filial y esa pastoral filial tiene que estar en la vocacional, en el Seminario, en la familia, etc. Como agarremos ese núcleo es posible que todas las pastorales se enriquezcan mucho.

VIII – La paternidad del formador en el Seminario (Primera parte)

¿Qué rasgos podríamos subrayar para comprender más a fondo y promover más a fondo la paternidad del formador en el Seminario? Pues, evidentemente y continuando la precisa homilía de esta mañana, la filiación. Hay algo que para todos nosotros es elemental, evidente, obvio, y es lo siguiente: dado que la paternidad de la que podemos hablar, siempre es una paternidad misionada, encargada, representativa, pero no propia, originaria, y por lo tanto tiene que estar asentada y tiene que perfeccionar lo que sí es nuestra condición, y nuestra condición es condición de hijos. Si en el Seminario un formador quiere hacer presencia de padre y ser sacramento de paternidad lo primerísimo que tiene que cultivar en él es el sentimiento, la conciencia, la actividad, poned todas las dimensiones que queráis, de la filiación.

Y teniendo en cuenta algo que después va a salir: la función de educadores en general, pero sobre todo de educadores a este nivel que supone el Seminario, es siempre una tentación de apropiarse de la paternidad, ya, una de las tentaciones que hay que superar cuando se está largos años en el Seminario. Ocurre en todas las misiones de tipo educativo, cuando se toman en serio y vocacionalmente, pero mucho más en un tipo de educación que es integral y total de la persona, además desde las raíces, entonces, la peligrosidad que tiene, aquí podríamos aplicar todo aquello que decía Agustín del episcopado: «cristiano con vosotros, obispo para…» lo peligroso para mí es esto porque me puede desviar de lo primero. Es una frase paradójica, hay que entenderla, pero eso aplicadlo a todo el que toma oficio de padre, y dado que el ministerio es oficio de padre, y el ministerio de educador en un Seminario, es oficio de padre reduplicativo, pues hay que cultivar muchísimo el sentimiento de filiación. Eso que decían, que nos perdonen porque es mentira, pero haber las hay… eso que decían de las monjas, «mujer con toca dos veces loca…» Un cura en Seminario tres veces padre, ¡que tenga cuidado!

Qué caminos hay para el cultivo de esa filiación? pues las recetas habidas y consabidas, no hay más, porque no somos una raza extraña, lo único es que habrá que asumirlo con responsabilidad y sabiendo que a lo mejor lo necesitamos más que otros.

En primer lugar por supuesto, el gran signo de la filiación, el espacio por donde la filiación penetra, el Espíritu que se nos ha dado, es para decir Padre. La oración es el gran sacramento de la filiación, utilizando la palabra sacramento en sentido amplio. La oración no es un imperativo categórico, la oración es la estética del hijo. Por tanto, en la vida de un formador del Seminario y en la vida de todo cristiano, que no quiero distinguir excesivamente sino subrayar, la palabra Abba y todo su entorno, el sentimiento de padre, la oración permanente, pues es no sólo el eje de su vida, es su ventana permanente. Un formador de Seminario, pues lo mismo que hace cursos y cada vez parece que se va tomando más en serio y que incluso a niveles no sólo nacionales sino internacionales van naciendo cursos muy sólidos de formación, eso está muy bien, pero desde su filiación permanente a lo mejor tendría que buscar espacios largos, períodos sabáticos de oración en soledad, de distanciamiento de la tarea para devolverla al Padre y decir aquí está… si tengo que ir a las aldeas, yo no soy de Cafarnaún, estoy en el Seminario, pero yo no soy el Padre. El formador del Seminario, tiene que ampliar muchísimo los espacios limpios de oración y no me refiero sólo a la oración diaria, quiero decir los espacios de distanciamiento a esa misión que te atrapa, te agarra, te succiona y te puede distanciar del que te la ha dado, esto es curioso. Somos niños en el fondo, no acabamos de madurar y nos pasa un poco lo que el chiquillo en la escuela, llega la maestra y les dice: «hijitos, hay que ser muy buenos con los ancianos, por ejemplo: cuando ustedes vean un ancianito en la acera y va a cruzar, pues ustedes cogen al ancianito y le pasan a la otra acera…» y los chiquillos salen entusiasmados y ancianito que ven, sin preguntarle si quiere cruzar a la otra acera, lo agarran y va a la otra acera. La misión, cuando uno la toma con cariño, dado que son misiones muy bonitas, (la misión sacerdotal es la misión más bella del mundo que habría que pagar por hacerla), dado la belleza de la misma misión, cómo te atrapa, cómo te agarra, cómo te seduce, cómo te coge las horas libres, etc. puede llegar ese momento contradictorio en que la misión te separa del que te ha dado la misión. Quien no haya tenido esta experiencia, le falta una experiencia importante. «Trabajo para mis hijos» y llega un momento en que trabajas tanto que te olvidas de tus hijos y no les ves en todo el día. Otra vez volvemos a lo de Graham Greene o Santo Tomás, la virtud puede ser el gran enemigo cuando no está informada de la caridad. Pues la misión puede destruir al hombre cuando no es entregada a su dueño diariamente y recibida de nuevo diariamente. Si eso lo hacía el Hijo, cómo no lo vamos a hacer los que somos hijos en el Hijo. Entonces, esa soledad en Dios, pero insisto, hasta períodos largos. A mí me llama la atención que de cuando en cuando empecemos ya con lo de los cursos sabáticos, a estudiar tal cosa, y no se nos ocurre por lo menos como tentación de decir: me voy a un monasterio a rezar y punto. Un curso, y no hacer el doctorado en ese curso ¡hombre!, es perder el tiempo ¿no tendríamos en esto que hacer un pequeño giro en nuestra interioridad? La misión puede ser el gran enemigo de la misión, eso se ha llamado activismo, americanismo, cuando la condena de aquel activismo norteamericano, un Pío XII, etc., llamadlo hache, pero es algo realmente peligroso. La madrugada de Jesús es la entrega de la misión al Padre, y cuando vienen los apóstoles a presionarle: «Señor, que te esperan en Cafarnaún», «miren, a mí me esperan en muchos sitios pero el único que me espera realmente, es el Padre».

Un segundo elemento en la filiación, recuerden toda la carta a los Hebreos y cuenten todas las veces que aparece la palabra «obediencia» numéricamente, la obediencia es el signo del Hijo, porque el Hijo no es Dios, sino Dios de Dios, consubstancial, el Hijo vive del Padre, reflejo, sello, cuño de su substancia, qué vamos a hacer los hijos, otra vez lo mismo… La obediencia es pre-moral, es estilo, es mirada permanente al Padre. Lo que ocurre es que hay que concretarla y yo ofrecería como dos líneas de concreción que hay que recuperar al 100%.

La obediencia al obispo con su presbiterio. Esto en todo cristiano y en todo presbítero, pero en un presbítero que sirve en el Seminario esto es esencial, sea el Obispo que sea ¿por qué?, Porque es que la función de formar sacerdotes no es la función de formar para que luego sean ordenados, en realidad la ordenación es un largo proceso que se sacramentaliza al final y se realiza al final, pero que ha tenido muchos pasos, e incluso pasos a veces casi sacramentales. El Seminario es un gran catecumenado de este bautismo sacerdotal y en realidad a quien corresponde formar, es a quien corresponde ordenar, lo que ocurre es que como es imposible hay una delegación. Pero si en algo la persona del obispo tiene que influir y no tanto por lo que dice sino por lo que hay que adivinar de lo que el Espíritu te dice en él, y si algo hay que estar atentos a la totalidad del presbiterio, al sueño profundo de los curas sobre su ministerio, sueño que a lo mejor han abandonado por cansancio pero que tenemos que adivinar, somos nosotros. En este sentido la obediencia del formador le convierte en hermeneuta de la voluntad profunda del obispo y de los presbíteros, del sueño profundo del obispo y de los presbíteros, recibido del Padre sobre la forma existencial del sacerdote, es decir, es una obediencia que va mucho más allá de lo jurídico, de lo ético, es una obediencia en que uno es todo oídos, en que uno no ve, es ciego. Evidere = evidencia es ver, obediencia es audiencia, ¿no? De audire, oír. Tenemos que ser todo orejas, sin ojos, nosotros no vemos, oímos. El Hijo no ve, oye la voz del Padre y eso le permite dar vista al cielo. Sin ver él. Habría que cultivar una mística de obediencia en los grupos de formadores del Seminario, yo diría que fuera más allá incluso de la escuela de espiritualidad francesa. Si nos ofenden un poco las palabras que hoy en el siglo XX a lo mejor suenan un poquito a ñoñas o a piadosonas de aquella escuela de espiritualidad, el contenido y el fondo se queda corto…

Una obediencia de adivinar. Yo ayer pensaba durante la Eucaristía, estaba feliz. Pensaba muchas cosas, pensaba en la fe que levanta montañas de piedra, a veces a lo mejor no estéticas del todo, pero montañas de piedras, casas para el pueblo, en las advocaciones de la Virgen siempre con un esclavo negro, con tres pastorcitos, con una niña medio tonta… con un… qué cosa! no?, pero pensaba también que en esa celebración había dos grandes signos de la paternidad: la maternidad de María y un obispo donde estaba todo el colegio episcopal, incluido el Papa. Bueno, pues eso, si los formadores de los Seminarios no lo entendemos, la Iglesia no lo recibe. Ahí habría que ahondar muchísimo, tenemos que educar a gente que sea muy libre para que pueda obedecer, a gente que no necesite obedecer para que se dé el gusto de obedecer. Pero habría que entrar en una mística de obediencia profunda, esa obediencia que te hace en ocasiones decir no con todo el afecto porque adivinas que en esa persona en el fondo hay un sí y se lo tienes que decir. Obediencia de hijos, no de esclavos, pero cuando decimos hijos decimos hijos, es decir obediencia afectuosa, hasta las peleas con el obispo tienen que ser afectuosas. El obispo puede ser todo menos indiferente. Lo mismo que a Dios, quien no le rece por lo menos que blasfeme, por lo menos la blasfemia es a la oración como el vinagre al vino, pero ay de nosotros si llega un día en que ni rezamos ni blasfemamos, al obispo se le puede odiar pero nunca ignorar y esto no es una enseñanza para los chicos, sino una vivencia para nosotros, nada sin el obispo y sin el presbiterio; san Ignacio de Antioquía decía que «la eucaristía de espaldas a…».

En un presbítero que sirve en el Seminario… verdades que son de perogrullo, de todo presbítero, de todo cristiano, pero tiene que haber una vivencia especial, mi eucaristía, cuando la celebro pues sólo o con el pueblo y presido es siempre parte aunque no lo sea litúrgicamente, pero teológicamente de una gran concelebración, que la eucaristía de la Iglesia particular presidida por el obispo y todo un presbiterio; y que cada vez que hago la inmixtio, tengo que decir este es el trozo de forma que simbólicamente me envía el colegio episcopal, mi obispo, porque mi eucaristía no es mía, es la eucaristía de la Iglesia y esta inmixtio tan es así que hasta cuando voy a decir lo más mío, y lo que me ha dado Cristo y no el obispo, el poder decir TOMAD Y COMED… tengo que mirar al obispo y decirle «deme un trocito de su eucaristía que si no este guiso queda soso». Hasta ese punto, hasta la liturgia nos lo está recordando permanentemente. El gusto por la concelebración cuando llegan las grandes fiestas de la diócesis, ese poder decir al unísono con el que preside sacramentalmente. A mí me gustaría que algún día desapareciera la promesa de obediencia, y no es que la vea inútil, sino que debería desaparecer porque debería ser inútil. Lo que nos ata a un obispo, a un presbiterio, al colegio episcopal, no es una promesa jurídica, ni un voto, es un sacramento vinculante, colegial. Es distinto, una promesa se puede romper, un vínculo sacramental se puede ignorar, me pueden «reducir» al estado laical pero el vínculo sigue… Ahí hay algo que yo creo hay que recuperar: un respeto profundo por los co-presbíteros. Es verdad que critican mucho al Seminario, y se dicen tonterías y disparates porque hasta que uno no pisa el terreno de dentro no se sabe lo que hay dentro. ¡Qué lejos se está del Seminario cuando no se está en el Seminario! Pero a pesar de esto, debajo de estas críticas late la voz del Señor. Hay que poner atención.

En una misma línea de obediencia entraría otra cosa que es para todos: la dirección espiritual o acompañamiento espiritual. En todos es muy necesaria, en todo cristiano, pero más en un presbítero cuya misión le reduce mucho. Miren: en una parroquia te pueden fallar los jóvenes pero siempre tendrás el Movimiento Vida Ascendente de viejecicos que estarán allí en la parroquia, te puede rechazar un sector, pero hay tres matrimonios que te admiten en su casa… pero en un Seminario, son siempre los mismos problemas: que la comida no, que se rompen las cañerías, que los chicos…, siempre…, en un círculo muy angosto, donde es muy fácil volverse neurótico obsesivo y ver ya visiones. Además tengan presente que en nosotros es muy fácil que se forme, sobre todo en personas un poco inflexibles, un cierto complejo de culpabilidad cuando ves a la larga lo que han influido las deficiencias de tu ministerio. Entonces, somos personas muy necesitadas de consuelo, de apoyo, y sobre todo de objetivación.

Esa dirección espiritual de varón sensato, de alguien que nos pueda objetivar, de alguien que nos recuerde continuamente la misericordia de Dios, y que nosotros somos una mera mediación, en nosotros tiene mucha más importancia que en cualquier otro hermano presbítero. A ciertos niveles -esto es una burrada, pero lo digo para que se note- juega más a la larga la dirección espiritual que la oración, porque cuando no rezamos nosotros reza el Espíritu Santo en nosotros, ahí hay alguien de guardián siempre, pero cuando nosotros no tenemos dirección espiritual es Espíritu Santo no habla.

Para los formadores de Seminario, cuando llevan años, es muy difícil evitar el síndrome del encerramiento en problemáticas, lugares, en dar vueltas a las cosas, un cierto temperamento obsesivo, que cuando ve un chico no ve a ese chico sino a un caso repetido de los que tienes estampitas, y te equivocas. La dirección espiritual es un elemento de objetivación tremendo. Y a los formadores que tienen una fuerte subjetividad, imaginación, sensibilidad, etc. átense a una dirección espiritual, y totalmente, porque de lo contrario van a sufrir excesivamente. (De la cruz hay que huir mientras Dios no nos ata a ella).

La filiación implica, debido a esto, oración, apoyo, apertura al Padre, implica necesariamente una felicidad de fondo. No hay filiación sin felicidad de fondo. Esta felicidad de fondo es compatible con estados transitorios, a veces muy largos, de sufrimiento, pero no de infelicidad. Hay mucha diferencia. El sufrimiento, sea físico o moral, es algo que viene a nosotros y pasa por nosotros, la infelicidad es una forma de existencia protestataria y que no acepta la realidad que nos han dado. Un cristiano-hijo es incompatible con la infelicidad. En el evangelio de Mateo el gran sermón de la filiación son las bienaventuranzas; y en ellas, la palabra clave no es pobre ni manso, ni ninguna de esas que están cada una vez; la palabra que se repite 8 veces es «dichosos», y además es la palabra primera que da sentido a las otras palabras. Es decir: pobre, y te permites ese lujo de ser pobre porque eres dichoso, porque tienes el tesoro más importante, la perla preciosa, y entonces puedes ser pobre sin romperte, sin quebrarte, ignorando que lo eres; o puedes ser manso y permanecer en el yunque no porque eres fuerte, sino porque eres feliz, y entonces no te rompes, no te tensionas excesivamente…

El evangelio de Lucas es un grito permanente de alegría: dichosa tú que has creído, mi alma canta, dichosos los pastores, dichosos cuando Jesús se aparece, se alegraron, se alegraron… O Pablo en Filipenses, en uno de los momentos más duros «alegraos en el Señor» (cuenten cuántas veces sale en esta carta, en verbo o sustantivo la palabra alegría).

¿Se puede ser hijo sin eso? ¿Cuál es el pecado del hijo mayor, pobrecito? Que estaba triste ¿Cómo se puede estar cerca de Dios sin estar alegre? Cuando digo «alegre» no me refiero a algo psicológico, pero sí a algo que tiene su influjo en la psicología. Una felicidad a fondo, un sentirse en deuda por tantos bienes, y muy hondos. ¡Qué maravillas ha hecho Dios en nosotros! Sin falsas humildades. No tenemos por qué ignorarlo, ocultarlo o negarlo. Pero sí reconocer los dones. No son mi salvación, pero son dones.

Esas ocho bienaventuranzas son el equivalente -salvando todas las distancias- a los discursos inaugurales o pragmáticos. Cristo, por boca de Mateo, dice éstos son los ocho rasgos del Reino. Y no están separadas porque en el fondo hay una sola raza: la de aquellos que ya en la tierra fueron felices -y de ese modo ya estaban en el cielo- sufriendo mucho, eso sí. Esta es la raza de los que sin ver, creyeron, es decir, de los que fueron felices aún antes de tener la felicidad en las manos, de los que tomaron la felicidad a crédito, y gastaron un dinero que no tenían, no esperaron a tener la felicidad evidente para declararse felices, supieron creer e incluso cuando eran pecadores, supieron dar gracias incluso cuando no tenían, supieron reír incluso cuando estaban llorando, porque eran hijos de un buen Padre. En este sentido no es lo que cuenta ser presbítero ni Papa ni obispo, sino cristiano. Y si esto falta, sobra todo.

Para cultivar la alegría hay que eliminar ciertas cosas de la vida. La gente de Seminarios somos gente a los que la Iglesia da una confianza muy especial, por lo tanto es un puesto de prestigio en la diócesis, y nos puede volver ambiciosos. Acuérdense de Salieri y Mozart en la película Amadeus: la perfecta alegría es alegrarse por el bien y el éxito ajenos, sobre todo de nuestros amigos, que es lo más difícil. El día que te alegres plenamente, de verdad, cuando han hecho obispo al rector del Seminario de al lado, que estudió contigo y tuvo menos notas que tú, y que tú siempre has dicho que su Seminario estaba peor orientado que el tuyo, el día que de verdad te alegres y digas «qué bien ha hecho la Iglesia» sin tener que hacer un esfuerzo voluntarista, y digas «qué abrazo más a gusto le doy», ese día estás a un paso de la santidad. El día que te pones como ese Salieri de la película ante el crucifijo diciéndole «Señor, si es que te lo he dado todo, el celibato, mi tiempo… y le multiplicas los melones al del al lado, y en mí si pongo un circo me crecen los enanos.

La alegría brota de la anti-envidia. En el catecismo de Astete decíamos: «contra envidia, caridad». Contra envidia, alegría. En todos los santos, y sobre todo en San Francisco de Sales y su espiritualidad de la alegría y de los chistes, y de reírse de lo demoníaco, y en toda la espiritualidad de los padres del desierto, anteriores a los monasterios, la acedia de los monjes jovencitos, ahí está el diablo siempre. El padre espiritual de nuestro Seminario, un santo varón requete probado, hace las tres preguntas del monje siempre, y a partir de ahí trabaja: «¿duermes bien, comes bien, estás contento?» Y en cuanto ve un chico triste, para él ya es un interrogante vocacional.

Aquí hay una teología-teología, no es una espiritualidad liviana, es la «communio sanctorum». La communio sanctorum no es la aplicación mutua de méritos jurídicos, es la «perijoresis» futura que nos aguarda, como la trinidad. Un día en el cielo yo voy a pensar con la cabeza de Tomás de Aquino, y voy a amar con el amor de Teresa de Calcuta, ¿por qué? Porque entre las personas humanas resucitadas habrá algo así como esa perijoresis trinitaria: «Padre, que donde yo esté, estén ellos… pero que donde esté uno, estén todos». «La Iglesia es en Cristo Jesús luz de las naciones…, como un sacramento de la unión de Dios con los hombres y de los hombres entre sí» (L.G.1). Es la misma unión. No es una unión tangencial, es una unión de penetración. Todos los canonizados son santos, pero eso no significa que los no canonizados sean menos santos. Algún día veremos eso. Pero no quién es más, sino yo en ti y tú en mí. Por eso tenemos que educar desde el Evangelio, incluso a la sociedad civil, en contra de la envidia. Cuando nos cae un Einstein al lado es un regalo de Dios y no un recordatorio para decirme que en 50 años no he hecho nada todavía. Reconocer que ese genio, esta gracia, es también para mí, hoy para que la disfrute, mañana para que esté metida también en mí. Este es el dogma de la communio sanctorum que tanto jugó en la Edad Media, de una forma aparentemente infantil de la que hoy se ríen los liberalotes, pero qué mentalidad más bonita latió en el fondo. Esa alegría de la caridad limpia, de la admiración, del aprendizaje permanente, del saber que gracias a Dios otros saben más que yo, otros son mejores, que yo no soy el punto inicial ni el final, el saber dar gracia a Dios por las riquezas que nos rodean, ese ir desprendiéndonos lentamente de la envidia que nos acompaña a lo largo de la vida, de la decepción por no ser geniales, ¡qué bonito es! Eso sí que crea fraternidad. Queremos crear una escuela de familia en el Seminario, y una fraternidad de verdad, y encima asimétrica, no clonada. ¿Cuál es el problema de la fraternidad en el Seminario?: «en cuartel y en comunidad no muestres habilidad» porque estás perdido. Los chicos no pueden ser santos porque si fueran santos los anularían sus compañeros. La envidia rige la comunidad, nadie puede destacar. Es verdad que a veces está bien dar el palo porque hay ciertos destacados que mejor no fueran destacados. Pero cuánto se inhibe la persona en la comunidad por la sonrisa irónica, por la envidia. Si desde nosotros transmitiéramos permanentemente esta condición filial, encantadora, hermosa, alegre, la fraternidad se realizaría.

De aquí se deriva una última cosa: el trabajo por la filiación. Tenemos mucho peligro de deteriorarla. El juicio: la característica del Padre originario es la capacidad de juzgar. El Hijo no juzga nunca. Es una característica esencial, constituyente, meta-física de la filiación. Todo el que juzga se hace padre. En la medida que juzga. A no ser que tengas que juzgar por oficio y sólo en lo que te corresponda por oficio, no juzgues, porque pierdes, o mejor, deterioras la filiación. En el evangelio de Juan es claro: Jesús nunca se arroga el juicio, y eso que es el sacerdote que hace presencia del Padre en la historia: «…ustedes serán juzgados…el Padre juzgará…» Y después nos dice que, encima, el juicio del Padre es pura misericordia.

Ayer decíamos que recibimos chicos que no son hijos nuestros, no somos el padre originario, nadie de nadie. ¿Quién conoce a alguien desde que empezó a ser gestado? Entonces ¿quién puede juzgar de verdad? El Eterno. El Anciano. El Creador del tiempo. ¿Qué podemos juzgar nosotros? Y sin embargo nos arrogamos el juicio. Quizá este sea uno de los datos más importantes para medir la filiación profunda de una persona, y podemos verlo cuando alguien, por más pecador que sea, nunca juzga, nunca habla mal de nadie. Y en muchos escritores de la progresía, que luchan contra el padre y la autoridad, lo que hay es un autoritarismo ideológico de fondo realmente tremendo.

«No juzguéis y no seréis juzgados». No juzguéis y seréis hijos de un Padre bueno. No suplantéis al Padre… Está bien. Pero somos formadores de Seminario y tenemos que estar juzgando todos los días… Pues, cómo haremos para que eso sea una autoridad limitada y caritativa, aunque seria, y en ocasiones dura, pero que eso no os configure por dentro como personas que se arrogan el juicio. En esto, en confesión y en dirección espiritual tendríamos que tener un cuidado continuo. Y ciertamente, tenemos que ser personas muy informadas de la Iglesia, pero, por favor, sin convertirnos en «eclesiásticos» sino «eclesiales». No convertirse en ratones de sacristía, en-corre-ve-y-dile de rumores eclesiásticos que niegan la eclesialidad. Descubrir que más allá de uno u otro tipo de Iglesia, de cura o de obispo, al final está el Padre, y todo lo demás es relativo.

La filiación es un largo camino, y a recuperar continuamente. Antes dije que a lo mejor ser podría ser pecador y un gran sacerdote, era una línea, pero desde aquí uno adivina que el sacerdocio nos empuja a una santidad tremenda, incluso a una santidad como connatural, hago presencia del Hijo del Padre. Reinterpretar el celibato desde toda esta línea: toda mi vida hijo, nunca padre. Incluso con el riesgo de ser niño, con el riesgo de la inmadurez. Pues si, por qué no? Todos los oficios tienen sus deformaciones profesionales, pero éstas entran dentro del oficio, son como los callos del campesino. El clericalismo del cura es malo, pero es su enfermedad profesional. Esa coraza frente al sufrimiento que tiene el médico es mala, pero es su enfermedad profesional. Las triquiñuelas del abogado son malas, pero hasta cierto límite son también su enfermedad profesional. Seamos sensatos en la vida, no pidamos la paternidad total a nadie. Y en este sentido, hasta el celibato y sus enfermedades profesionales forman parte de la filiación. Llego a los 60 años, estoy solo, soy cura secular, estoy acostumbrado a hacerme la comida, a hacer lo que me da la gana porque nunca he tenido una mujer al lado o unos hijos que me chillen, y me dicen: solterón, eres un tipo ácrata, no eres educado, comes rápido, … es verdad; a veces es feo eso, si a veces no hay ya quien nos controle, nos meten en una casa sacerdotal y estorbamos a todo el mundo, no nos adaptamos a los demás. ¡Ja! Pero gracias a eso ha vivido la Iglesia. Han venido persecuciones, han tumbado toda la estructura eclesiástica, pero no han podido con esos curas porque como ni podía con ellos el Obispo… Todo esto no como ideal, sino como lo que está latiendo debajo, y lo que está latiendo debajo es: filiación, filiación, filiación.

Tenemos que tener una autoridad, pero es la autoridad de Jesús, que entra como rey a Jerusalén. Y claro que tiene que entrar en Jerusalén. Pero se puede entrar de muchas maneras: al estilo de Alejandro Magno, soberbio y triunfal, o en un borrico de poca alzada. Es el hombre del borriquito, el rey del borriquito, el Hijo. En los escudos de las naciones figuran animales temibles: el león, el águila… El escudo nobiliario del Señor es una paloma, un animal víctima. El triunfador en el Apocalipsis es el cordero degollado, con la cabeza en la mano, es una animal víctima; no es el lobo ni nada parecido. Eso qué significa, es una humildad de huida? No. Es humildad filial del que luego sin embargo tiene autoridad, y cuando mire de frente tiemblan las piedras. Es la autoridad del hijo que escucha al Padre, pero que si un día hay que decirle al Padre: «Padre, que esto no marcha, cambia tu voluntad», hasta tiene confianza para eso. El Padre también tiene confianza para darle la vuelta y decirle «primero te dije, pero ahora te digo: aguanta; me ha fallado el delantero centro, tú eres medio, te he dado todos los dones para medio, vé de delantero centro y haz lo que puedes, si puedes meter un gol, y si no por lo menos estorba a los defensas». ¡Cuántas veces nos ha pasado esto en la vida!

¿Recuerdan la película -bastante antigua ya- «La mano izquierda de Dios» de Humphrey Bogart? Un aviador mercenario que está contratado por un cacique chino y se escapa. En el camino encuentra muerto a un misionero que iba a la misión. Se viste de misionero y se va a la misión para esconderse del que le persigue. Y en la misión están esperando de tal manera al misionero que le acogen y le convierten en misionero, y él no puede decir nada. La gente va, lo busca, él escucha… Está deseando irse, odia aquello. Pero llega un momento en que descubren que está allí, llega el cacique y le dice: Ven conmigo, que te perdono, no pasa nada. Él contesta: «Yo no me voy, yo no dejo esta gente. Vamos a jugarnos a suerte a ver qué hacemos. Si en los dados tu ganas, me voy contigo toda la vida, no los 5 años que me pagas, si pierdes, me dejas con esta gente». La suerte… los dados sacerdotales… la mano izquierda de Dios. ¿Uds. no creen que nosotros somos curas por la mano izquierda de Dios? ¿Y que sólo el Hijo es cura por la mano derecha de Dios? A la diestra de Dios Padre… Y en el fondo yo creo que la mayoría de nosotros somos sacerdotes porque otros debieron ser y no quisieron o no los dejaron. Y al final el dueño del banquillo tomó a los reservas y dijo: «ven, hombre, sal, anímate, nos van a meter 8 a 0, pero qué le vamos a hacer». Y eligió a los cojos, a los ciegos… ¿No dicen eso de tu Seminario? Cuando en mi Seminario llega un chico que lo es todo, es deportista, músico, guapo, inteligente, todo, ya tenemos un Wojtyla y nos frotábamos las manos, se nos iban todos. ¿No hemos quedado los pobres del mundo? Asumamos eso con hondura. La santidad está en la filiación.

IX – La paternidad del formador en el Seminario (Segunda Parte)

Los rasgos de la paternidad aplicados al ministerio, -aunque la desbordan con mucho-. Hemos dicho lo de la filiación, pero cuando hablábamos del sacerdocio de Cristo, ponía énfasis en lo de «filiación entregada», que no es mera filiación; y ahí enganchaba con lo del «hombre público», o el «hombre publicado, el hombre expropiado de sí». Si eso es el rasgo del sacerdocio de Cristo y de todo ministerio, la filiación que hay que cultivar será la filiación de la entrega.

Un ministro ordenado que tenga como misión preparar candidatos al ministerio, tiene que vivir esa entrega de hombre público con unas características especiales. El gran peligro que veíamos, que yo he criticado con dureza, ha sido el de la privatización.

Cuando expuse esa pequeña historia de la pérdida de la paternidad, me detuve en el tema de la revolución del ´68, esa revolución juvenil, sexual, femenina que surgió en los ámbitos universitarios norteamericanos, -sobre todo de dos o tres universidades-, que salió a la luz en el ´67 cuando obligaron a los estudiantes a ir a Vietnam; que en Francia estalla en el ´68, el mayo Francés, con la toma de la universidad de París, con esos slogans tan bonitos: «la sexualidad vivida en borrachera lúdica»; en Checoslovaquia se convierte en la primavera de Praga del ´68 contra los tanques rusos; que en Israel viene precedida por la guerra y da lugar a la OLP, y el comienzo de esa tensión tan tremenda; en el resto de Europa aparecen los movimientos terroristas; que en la Iglesia explota en el ´68 con la encíclica «Humanae Vitae» frente a la cual una gran parte de la teología, incluso del episcopado manifiesta reservas y la contestación se dispara, y el clero joven se va y los Seminarios etc… cosas que todos recordamos.

Fue un movimiento mundial, y casual que en China, en el ´68 también recuerden el intento de Mao de volver, la revolución de Mao, la revolución cultural; en Japón también hay problemas; en Italia son las Brigadas Rojas, que tanto le costó; y… lo más importante a largo plazo: todo lo de Medellín con todo lo buenísimo, con todo lo menos bueno, con todo lo interrogativo. En el ´57 había entrado Fidel Castro en La Habana, a partir de ahí toda la juventud latinoamericana, el desarrollismo fracasa, en cada país de una manera, pero cuando llega el ´68 todo ha cambiado; porque los grandes líderes de una reforma pacífica han sido orillados. En Norteamérica han matado en el ´68 a Robert Kennedy, han matado a Luther King, en el ´68 o ´67 muere el Che Guevara….

El ´68 es el año en que 25 siglos, exageración andaluza, de civilización institucionalizadora entran en crisis, desde lo que decía Jasper, el siglo eje de la historia, el siglo V a.C. con Zarathustra o Zoroastro, con Confucio, con Buda, con los grandes profetas de Israel, con Sócrates, en que todo Oriente y Occidente empiezan un camino hacia la verbalización, la ciencia, la lógica, la religión bien planteada; movimiento del que ha vivido el mundo y sobre todo la cultura occidental que ha sido una cultura basada en el principio de no contradicción, en el principio crítico, en el principio del respeto a la verdad, etc., en la palabra tomada en serio; y por lo tanto, que ha sido un proceso institucional: la polis, la ciudad, el burgo, una economía organizada, siglo a siglo, siglo a siglo, y ahora y ahora de momento en el ´68 empiezan a quemarse los bosques milenarios, porque la institución es al espíritu humano como el bosque es a la ecología.

La institución no es sólo la norma jurídica, que es tan sólo un elemento, sino un resultado de la entrega del espíritu humano para que perviva y perdure lo que debe pervivir y perdurar. El ahorro histórico. La plusvalía de la historia. Gracias a que hay un proceso de institucionalización, 500 años después de San Ignacio, podemos hacer ejercicios espirituales y repetir la misma experiencia que Ignacio. Hay un Dios y hay un Espíritu, pero hay unos elementos institucionales: «Son 9 o 30 días, hay una organización, el director tiene que hacer esto». La institución no es el pecado de la humanidad, la institución es la grandeza y la nobleza de la humanidad que también lleva consigo el pecado y además lo cristaliza.

El ´68 es el año en que todo este proceso institucional de 25 siglos, por una serie de razones que sería muy largo de analizar, hace un giro que rompe la historia. Sobre todo la eclosión de la juventud mundial, ha terminado la guerra mundial, Occidente se ha recuperado económicamente, incluso lo que no era Occidente también ha tenido un boom económico, el descubrimiento de los antibióticos han hecho que si antes de cada 10 niños morían 4, ahora viven 9, entonces la población mundial se dispara, los antisépticos vencen, el hombre de momento se detiene un poquito, y la población mundial es una pirámide cuya base enorme, enorme es la juventud, ni siquiera la infancia, es la juventud; y además aparecen unas pedagogías y unas filosofías de qué bueno es ser joven, la eterna adolescencia. ¿Qué ocurre con todo esto? Ahí hay un giro que rompe la historia. El bache del ´68 es la última revolución burguesa y engloba todas las revoluciones de la modernidad hasta destruirlas. La neoilustración es el postmodernismo que niega la ilustración con las mismas armas de la ilustración; un racionalismo que niega el racionalismo. Para estos jóvenes mundiales el demonio es todo lo que sea institucional: poderes, instituciones, grandes Iglesias, la presidencia, la escuela. El asalto a la Sorbona, para mí, es el símbolo de una revolución, lo mismo que en la francesa fue el asalto a la Bastilla. «Abajo la opresión abajo la memoria». La universidad era la institución de la memoria, de la sabiduría; los estudiantes asaltan la universidad y se hacen dueños, ellos son sus propios maestros, y el magisterio va a consistir en una experiencia de vivir sin autoridad durante algunos días, con una sexualidad disparada y con una alegría tremenda. Una alegría que en Francia hace temblar a De Gaulle y casi le tira, De Gaulle sale corriendo por primera vez en su vida, y el pobre Pompidou tiene que gobernar; y gracias a Dios que los sindicatos obreros no siguieron a los estudiantes más que el primer día, la policía fue muy prudente, y eso se paró. Pero la Universidad fue asaltada. En ese momento nace el nuevo feminismo, que es muy distinto al de las solteronas inglesas que defendían el voto, ese es el feminismo de antaño. El punto de partida del feminismo nuevo es la búsqueda de lo femenino en el hombre y en la mujer y el rechazo de los valores masculinos, o por lo menos de los valores que tradicionalmente se habían atribuido al hombre. En el año ´69 en las universidades norteamericanas se multiplicaron las tesis doctorales de historia, antropología y psicología sobre la mujer. Tanto que en los años ´70 en adelante, el movimiento feminista se manifiesta con sus extremos de un nuevo movimiento lésbico o lesbiano, producido artificialmente como rechazo del hombre, con el motivo de que para la revolución hace falta un momento en que hay que destruir lo viril, como en la revolución económica hay que destruir primero el rico y luego ya vendrá el reino del proletariado. ¿El conjunto cuál es? Lo masculino, lo patriarcal, que ahora es una palabra tabú, ha institucionalizado, ha objetivado, no nos ha dejado amar, expresarnos, soltar la afectividad… hemos entrado en el «mito de los dos cerebros», el cerebro izquierdo que es el del lenguaje, el racional y el cerebro derecho que es el de los monjes, el de la sabiduría… ¡eso es una mentira como una catedral! La institución es maldita; la imaginación al poder! ¡Abajo la inteligencia! Es tremendo: nos han dado por arte, artesanía; por filosofía, narración; por teología… eso no es cristiano, ¡hay que pensar! ¡Viva la inteligencia! ¡hay que recuperarla!

A partir del ´68 lo que es institución, organización, derecho, norma, objetividad, pierde la batalla. Este movimiento ha tenido razón, porque la ilustración ha sido muy unilateral; pero el movimiento como tal pone en peligro 25 siglos de ahorro histórico, enriquecido desde el siglo I por la gracia explícita del Evangelio. Nos hacen avergonzarnos de los grandes logros.

En todos los países observamos un deterioro de las estructuras lingüísticas, de las gramáticas que están debajo de todo lenguaje. ¿Qué quiere decir entonces «hombre entregado»? Una persona que tiene que educar; el padre que es formador, o rector en un Seminario, es un presbítero: es padre por misión, y tiene una primera cosa, es padre desde el respeto por parte suya a la objetividad, y a lo institucional. Y les tiene que decir claramente a los chicos que los quiere mucho, pero que él re-presenta el gran ahorro histórico martirial de la Iglesia del Señor. Él representa los elementos institucionales que son dados, regalados y que tienen que ser asumidos para ser creativos.

Esto es ser padre. El ser capaz de explicar esos ejes institucionales y decir: hijo mío, esto te realiza también. El no ser tan subjetivo que haga el Seminario a su imagen y semejanza. No. Hay una Ratio nacional, una Ratio latinoamericana, o una Ratio de la Sagrada Congregación. Está «Pastores Dabo Vobis». Aquí hay un elemento objetivo. Y podés decir: yo represento eso; lo voy a representar de una forma lo más personal posible, me voy a acercar a cada persona, no voy a confundir los ritmos, ya que hay distintos ritmos, pero, amigos, yo soy padre, por misión. Yo represento una Iglesia que no ha nacido en el ´68, que a lo mejor ha renacido en el Concilio Vaticano II. Yo no estoy asistiendo a una nueva génesis de la Iglesia, esto no es una eclesiogénesis, porque la génesis de la Iglesia ocurrió en la época apostólica, que es la época fundante de la Iglesia. Estoy asistiendo a una de las muchas re-conversiones de la Iglesia por obra del Espíritu Santo. Yo represento ante ustedes una institución viva, flexible, que se va encarnando; ustedes pueden hacer aportes a esta institución. Pero yo no soy simplemente un hermano que va a apoyar la creatividad de ustedes.

El Seminario es una comunidad institucional, con todo lo que eso tiene de artificialidad. Hay quienes creen que una parroquia no es artificial, y un Seminario sí. Claro que lo es. El movimiento del ´68 fue una reacción contra todo lo que fuera artificial. Ojalá que hubiera sido sólo contra todo lo artificioso, pero fue contra lo artificial en base a lo natural, la naturaleza… y en ese sentido no ha terminado la revolución. Pero, ¿qué es la naturaleza? La naturaleza es el resultado del trabajo diario de Dios y de los hombres, ¿hay algo más artificial la naturaleza?, ¿algo que se haya gestado más lentamente? ¿Hay algún trozo de terreno en el mundo donde no haya habido una casa, o un esqueleto humano, o no se haya encendido fuego? ¿Cuántos árboles quedaron de la época terciaria? Para que el hombre fuera posible se tuvieron que morir los del Parque Jurásico, gracias a Dios. Esto no quiere decir que no tengamos que ser responsables con nuestro mundo; responsabilidad sí, adoración no; ecologismo de responsabilidad sí, ecologismo sacro que hace una diosa madre de la naturaleza es volver 30.000 años hacia atrás.

El que hace presencia de padre en el Seminario es un representante del Padre, de la mano de Dios que toca la mano del hombre. Mano a mano. No somos contemplativos tibetanos, somos contemplativos cristianos que mientras rezan están cogiendo frutas, -como enseñan los maestros de novicios de los monasterios-. Hay que repasar el tratado de creación, que es el tratado de la creatividad divina. No de la creación terminada, sino de la creación in-fieri, donde el hombre es cocreador con Dios. Y donde hay derecho a talar árboles, si se siembran otros. Y donde las selvas terminarán siendo jardines, aunque no demasiado de prisa.

El asumir ante gente joven adolescente, sin estructura personal, ser un hombre de la institución y asumirlo en gratuidad, hace falta saberlo explicar, ofrecerlo con humildad, -hijos-, con válvulas de escape, para que los chicos no se agobien, pero con una limpieza total. «Mire Ud., es que a mí la oración de la mañana… estoy dormido… mejor la hago por la tarde» ¿No es eso más humano? «Mire, pero es que la oración de la mañana no es la oración que nace de ustedes, es Dios que convoca a la comunidad a orar; eso es un bien común del Seminario, y Ud. no puede atacar un bien común del Seminario. Duérmase tranquilamente, que el Espíritu rezará en sus sueños… pero no se ausente de esa oración, porque si Ud. se ausenta, Ud. está privatizando una cosa que es del bien común». Por favor, recuperen el sentido institucional noble. Hoy es más pura la orden carmelita que cuando la fundó su fundador, no es verdad que el carisma es lo único y lo primero, hay que mirar al fundador, pero, ¿es que el Espíritu no sigue trabajando? No lean tanto a Weber, lean el Evangelio y dialoguen también con Weber. La sociología del carisma no es la teología del carisma; Weber copió a Rudolfson, el gran teólogo luterano que dijo: «el derecho es lo que Pablo llama la ley, y donde haya derecho no hay Cristo»; y Rudolfson llegó a una teoría extrema que ni los luteranos se lo creyeron, y Weber de alguna manera copió a Rudolfson.

Donde no hay derecho hay líderes de hecho… y es peor. Yo prefiero un obispo mediano, pero limitado, que sé donde está y sé lo que dice, que un líder carismático aparentemente buenísimo al que no puedes criticar; porque es tan bueno que lo aceptas al cien por cien o lo rechazas. La institución permite la successio: se va un rector, viene otro rector; se va un párroco, viene otro párroco; el Señor es el mismo. La institución es el vino que va cogiendo años; un Seminario es mucho más Seminario después de 50 años si ha habido una línea recta, y una sucesión de obispos y formadores.

Hacer presencia de la institución. En ese sentido, como padres, somos los guardianes de la casa. El guardián de Israel no duerme. No duerme, ni reposa. En mi crítica de la privatización presbiteral hacía una caricatura de mi zona española centro, y sobre todo de esa figura del cura laico de la que me río un poco. Se nota más en los jóvenes, pero a lo mejor es más profundo en los viejos. Hacemos nuestra catequesis, nos matamos trabajando, llegan las vacaciones y digo: me voy tres meses por ahí, dime las misas del fin de semana. No, hombre, si ser pastor sobre todo es estar. Han acabado la catequesis, la gente está medio de vacaciones… pero tu estás. Sólo Yahveh, que es el Padre, es el que es: «Yo soy Yo soy». Nosotros somos los que estamos… y los que estamos permaneciendo, porque Dios es. Vivimos de su fidelidad y somos un estar que se hace largo. Quien no está humanamente, no es. Por tanto, ser pastor es estar. Me decían ustedes que muchas veces los muchachos en las vacaciones ya no tienen casa, y se tienen que quedar en el Seminario. ¿No es este un llamado de Dios a que nuestros Seminarios dejen de ser un instituto de paso, y sea casa y hogar y lugar de gestación de la diócesis, y lugar -algo más que de educación-, lugar de referencia vital y de familia, y casa del presbítero, no sólo del seminarista? No habrá ahí una llamada a fundar nuevas consagraciones femeninas para que la casa sea casa especializada y preparada? Mujeres preparadas en filosofía y teología y en lengua, pero también de poner una flor y de adornar una cocina, y de decir a los chicos: «mirad, no seáis tan brutos», y de administrar una economía sin poner cara larga, y soltar un taco al que va a pedirte dinero, al rector que va a decir que hace falta un viaje… No estaremos en un momento en que el padre pastor de esta casa edifique casa en nombre del obispo?. Esto tiene que ser el obispo el que prioritariamente lo vea, lo sepa, lo acepte y lo mueva. Hay cosas que sólo el obispo puede hacer y eso en la Iglesia es claro. Pero no habrá aquí una llamada a un tipo de sacerdocio que no sea ese sacerdocio de: «he pasado por un Seminario, me impusieron las manos, ya soy cura y adiós, muy buenas». Sin un presbiterio que se despliega desde un hogar celibatario, amable, en el que toda la gente tiene recuerdos tristes, pero también recuerdos de hogar. Esto es atarse y atarse mucho. Sólo Yahve es. El padre y pastor no es: está. Su ser es estar. El pastor del rebaño no abandona al rebaño, no es un proletario que tiene siete o diez horas de trabajo según haya sindicato o no. Me da pánico cuando en Europa hay asociaciones de presbíteros de tipo sindical, ¿dónde están los presbiterios?, ¿dónde está la filiación?

¿Se dan cuenta ese paso lo que significa de perder su naturaleza y su esencia? Aplíquenlo al Seminario, chicos que no tienen casa. Es verdad, ustedes no les pueden dar el padre que no tuvieron; pero ustedes pueden hacer un hogar para una adolescencia, por la que hay que pasar y de la que hay que salir. Y Uds. pueden obligarles a salir de la adolescencia. La institución es el eje que nos hace salir de la adolescencia, porque la institución nos arma, nos organiza, organiza los afectos, organiza todo.

Muchos cerebros actuales son como la tierra. Dios tomó un cerebro animal, tal vez el de los reptiles, el paleocerebro o viejo cerebro, donde dicen que están todas las emociones huyendo. Pero luego el Señor tomó su pintura y a ese cerebro le dio una capita gris muy pequeña, y esa capita gris empezó a organizar el hambre, la sed, el deseo, y fue convirtiendo las emociones en sentimientos en un diálogo muy difícil. Pero ahora nos han agujereado la capita de ozono, la capita gris, y el paloecerebro se está recalentando, y ahí hay una componente de violencia y de destrucción tremenda si no hay diálogo con la caja externa. Cuidado que se puede alterar el clima, y que lo mismo que hoy hace calor y que mañana llueve, hoy uno puede estar en la contemplación más alta, y mañana en la juerga más grande. Esa es nuestra gente joven hoy. Y no sólo los jóvenes.

Cuando yo era joven y empecé de rector la gente solía tener dos crisis en el sexenio, más de dos ya era para pensar… pero ahora tienen crisis todos los meses. ¿Qué ocurre? el neo corte espiritual está agujereado como el ozono Las emociones dicen: «entréguese a la espontaneidad»… pero hombre, que ni los árboles son espontáneos. No hay nada natural en el sentido griego de la palabra. La cuestión no es si las cosas son artificiales, sino si están bien hechas, esa es la cuestión. El hombre es un ser artificial de arriba abajo, nosotros ya no vemos como las águilas… la mitad de ustedes tienen gafas. Dentro de nada vamos a tener corazones artificiales. Somos seres artificiales. Nuestro cerebro es artificial, porque en el fondo está invadido del lenguaje que nos han dado. Y el lenguaje es artificial. Caminamos sobre unos pies que se llaman aviones, ferrocarriles, coches… y dejamos atrás a los animales.

No se avergüence el formador del Seminario de hablar en nombre de un Dios Padre, el anciano, que es responsable de la creación. Y, ¿qué es la creación? La institucionalización temporal de la palabra divina. El tiempo hay que organizarlo, y las horas… desde el amor, desde la inteligencia… servicio a la objetividad, -no leguleyos-, sino comprendiendo el espíritu de las leyes. Atreverse a servir a la objetividad con inteligencia. Y si hay una Ratio hay que estudiarla a fondo, y si hay planes de la Conferencia también, y si hay un documento como Pastores Dabo Vobis que no suple al Concilio, pero que es su recepción postconciliar; cómo voy a ir yo inventando el Seminario. Eso no va contra la creatividad, eso es lo que permite la creatividad: ¿Qué pasos podemos dar ahora?

¿Cómo podemos encarnar esto? Suelten la imaginación… hay que fundar una orden, fundemos una orden. No hay barreras a la creatividad. Pero nosotros servimos a la objetividad. A veces defender esto trae problemas. El mismo problema que al padre que tiene que pelear con su hijo adolescente, que le tiene que decir «hijo, si yo te entiendo, si tu quieres estrenar la vida … pero aprenda a ser hijo antes de ser padre». Para esto hay que tener valor que es la virtud espiritual por excelencia, la «parresía» de Juan, de Lucas. No es brutalidad, es explicar, dar razones… pero llegado el momento poner límites. Sean valientes en esto. «Aprenda a sufrir quien oficio toma de padre» recuerden lo de San Juan de Avila. Y ese sufrimiento es gozoso porque luego ves que los chicos con los años son personas creativas, estructuradas, sólidas… no buscamos ministros para cinco años, sino ministros que aguanten la rutina de toda una vida, y para eso hay que hacer inversiones a largo plazo.

Estar como pastor hasta llegar a que la casa te coma, la casa te destruya. Es fuerte pero es así. Ustedes hablan de continuidad; mucha continuidad en estos cargos es peligrosa y lo digo con experiencia propia, pero es verdad que los Seminarios necesitan una continuidad de personas que no marchen en tres años, y una continuidad en la sucesión. Las dos continuidades. Simbólicamente el sepulcro del rector está en el Seminario, aunque esté 10 años. Ahí ha tenido que morir, y si no ha muerto, mala cosa. Pero es importante que el Seminario sea casa: la biblioteca va cogiendo años de historia, la capilla también, son lugares habitados, vivos.

Atrévanse a ser padres en la «institucionalización de…» atrévanse a seducir de nuevo a la mujer para consagrarla a su esposo, y para que dé a la Iglesia el matiz femenino, no lo den ustedes. Porque hoy en la Iglesia los sacerdotes podemos estar viviendo la misma tragedia que los padres que han sido abandonados por la esposa, que tienen que ser padres y madres a la vez. Y eso es imposible. Habrá que ser varones, respetuosos, que vuelvan a seducir a la mujer y ponerla en las manos de su esposo Jesús. En este sentido, en mi conversación permanente con los seminaristas, les digo caricaturizándolos: «que adolescentes sois, qué poco hombres… os acosan las chicas. Conquístala tú si tienes que conquistarla, pero no seáis como aquellas monjitas que se quejaban en las playas de que había mucho nudismo, y se quejaron al ayuntamiento… y fue el ayuntamiento y dijo: pero hermanas, si tienen una tapia de cinco metros». Claro, si pones una escalera y subes y agarras unos prismáticos, ¿qué es lo que ves? Muchos seminaristas nuestros quieren y desean el celibato, pero tienen la mano así… y van buscando el hermoso refugio de los úteros femeninos. «Aprended vuestra soledad, y aprended a ser padres, y volved a decir a la mujer que os quiera… a mí no, al esposo y preséntala al esposo; y no te quedes con ese cariño». Claro y entonces la Iglesia se enriquecerá si lo haces de una forma respetuosa, porque la revolución del ´68 no se ha hecho en vano. Hacia atrás no se va a ir, hacia delante sí.

Creo que hay que cultivar una virilidad casta, pacífica, comprensiva, humana, pero virilidad. Y en este sentido creo que esos histerismos de virilidad -simbólicamente- hacia la alza o hacia la baja tenemos que controlarlos. Si alguien tiene que ser un hombre con serenidad, con calma, con pondus, con peso, pues tiene que ser un pastor. Los excesos lingüísticos, los excesos afectivos, emotivos, no son buenos… cuidado con las histerias, las exageraciones, las teatralizaciones. Ahí sí, que hay que ser naturales en el sentido del despojo de lo excesivo. En cuanto a la virilidad el Seminario no puede ser ni un cuartel militar, pero tampoco el club de los poetas muertos, esa estúpida y absurda película de la superficialidad yanki; yo protesto como educador, es verdad que hay que seducir, que personalizar, pero no es eso, eso es una oposición que no es leal, ni es correcta. Ese hombre está fastidiando al centro. Y eso pasa en muchos Seminarios que uno coge el rol del hombre guardián de la ley, y otro es el simpatiquito, amable que queda bien con el chico y que en el fondo es un Judas traidor. Perdonen, no es tanto… pero fastidia. «El caso es que quedé hasta las tres de la mañana, con los muchachos tomándome una copita de coñac»… Claro los chicos dicen: «qué bueno es el padre tal…» El padre tal no sabe lo que es educar, esos chicos a las siete de la mañana tienen que estar trabajando. Estás tratando, aquí con el mate lo salvan ustedes, allí el bar es un problema… porque se ha convertido en el lugar social. Y como los curas son seculares… Estupideces aberrantes, pero el chico se acostumbra, como los chicos de diecisiete años a frecuentar el bar, y a tomar tragos en el bar… y tu estás peleando por eso diciendo, miren… (…)

El Seminario no puede ser ni un cuartel, ni una cárcel… y es verdad, hay que ser respetuosos, amables tolerantes, hay que dar explicaciones, hay que querer al chico… pero hay que exigir. Hay momentos en los que hay que decir no; y lo tiene que hacer todo el equipo. Margerite Yourcenar en las «Memorias de Adriano», una obra típica donde Cortazar hizo la traducción la cual es mejor que la original, dice una frase que es preciosa, aplicándola a Adriano en las Aetas Aureas en la cuarentena romana: «he llegado a la edad aurea, ahora tengo que tener cuidado; porque hasta esta edad debido a la presión social, a la timidez, a que uno es joven, que uno guarda su genio -en el sentido romano-, a partir de esta edad uno empieza a hacerse desvergonzado y el genio que tiene dentro aflora afuera, y uno acaba siendo lo que era para bien o para mal.» El equipo es también una salvaguarda sobre genios excesivamente definidos. Es verdad que nos tenemos que complementar, pero también lo es que nos tenemos que moderar. La ley es esta: nadie puede dejar mal a nadie. Uno trabaja para que el hermano pueda trabajar, para potenciar su trabajo, no para fastidiar.

Otro elemento importante: el formador del Seminario tiene que tener un fortísimo equilibrio entre particularidad y universalidad. No hay nada más dañino para el futuro de un Seminario que un universalismo que se impone al margen de una toda espiritualidad local, o un localismo nacionalista que se cierra a cualquier influjo que viene de fuera. Es difícil lograr el equilibrio.

Si el Seminario es el centro de la Iglesia particular, su útero gestativo, tiene que tener la característica de la particularidad muy asumida, y la característica de la universalidad católica muy asumida. Y sin embargo, no hay contradicción. De los Seminarios más localistas a veces han nacido los nacionalismos más destructivos; de los Seminarios universalistas en abstracto han nacido sacerdotes que no han enganchado con el pueblo, han hecho misión, pero no han hecho Iglesia. Lo que se ve en ciudades donde no ha habido clero local durante siglos es que cada parroquia tiene la característica propia de sus sacerdotes extranjeros, religiosos… Y eso ya no es una diócesis, sino 50 diócesis y 50 pastorales, y con muchas diferencias. El pobre obispo se vuelve loco. ¿Quién salva eso? Un Seminario, cuando hay un Seminario hay un presbiterio. Cuando hay presbiterio pueden venir sacerdotes extranjeros, religiosos, etc., que son una riqueza a aportar universalidad, pero las raíces ya están echadas. Un Seminario localista va contra el universalismo cristiano, y este localismo nacionalista ya lo ha abolido el mismo Jesucristo. El formador del Seminario tiene que estar especialmente clavado en esa cruz donde se cruza lo universal y lo particular. Lo particular se eleva, se abre a lo universal, y lo universal se integra, se ahonda, toma un color. Una Iglesia particular no es aquella que simplemente tiene clero propio, sino que se ha metido en la cultura… es como de casa. La Iglesia no está sólo plantada… sino edificada. El Seminario es quizá el útero de la edificación. Entre la prefectura apostólica, la misión y la Iglesia particular seguramente la última diferencia es la calidad del Seminario. Acaben con los Seminarios y acabarán con las Iglesias particulares. Todo se convertirá en una gran misión por hacer. Benditos sean los que vengan: capuchinos, franciscanos, el del instituto secular, el del movimiento… benditos sean…… pero que respeten; respete la historia que está detrás de este lugar, que no es un territorio plano y por evangelizar. Los formadores del Seminario deberían ser los presbíteros que antes lleguen a esta síntesis. Yo creo que somos, de los grupos especializados, los más universales, pero al mismo tiempo los que más peleamos por el cogollico de la Iglesia particular.

El Seminario en una Iglesia particular no significa sólo que el día de mañana saldrán curas para las parroquias, ¡es otra cosa!. El Seminario es la referencia de una Iglesia particular. Cuando hay presbíteros que no entienden que el obispo dedique a un grupo al Seminario, «¡claro, estos no trabajan nada!»; estos presbíteros no saben lo que es una Iglesia particular, pobres hermanos nuestros. Hay que explicarles. No saben que es imprescindible para que ellos se realicen, el que esto se haga. Pobres obispos que en la tensión de no tener curas dicen: Hombre, si no tengo atendido al pueblo, ¿ cómo voy a dedicar dos sacerdotes para tres seminaristas adultos que tengo?. Pues mire, si no dedica dos sacerdotes, no tendrá ni tres. ¿Usted sabe lo que significa la lucha, mantener el Seminario?, que no es sólo para dar curas, no es un colegio mayor que da un título para que uno pueda pedir la imposición de manos a cualquier benévolo receptor con el que se encuentra por ahí. ¿Cuándo nos sacaremos esa mentalidad, Dios mío? ¿Cuándo terminará la Edad Media del clérigo vago? ¿ Cuándo aparecerá el sacerdote de presbiterio, diocesano o extra diocesano que viene como regalo y se integra en el presbiterio con respeto?. Es que tal Iglesia es pobre y entonces les mandamos sacerdotes… no, no, manden ustedes también. No entiendo que no se haya ocurrido eso. No entiendo que un obispo europeo no esté pisando Africa, Asia y América pidiendo seminaristas. La Iglesia es universal. Ahora, el seminarista que yo eduque aquí que entienda esto, que aprenda bien el modo de vivir, que al final sean un presbiterio. En esto, todos cojeamos. Somos tan limitados que si estiramos un poco de un lado, acortamos del otro.

Habría que trabajar la teología de la Iglesia particular, la espiritualidad de la Iglesia particular, católica. Si eso no se hace desde el Seminario, entonces, no; entonces hay dos extremos: 1°- Los Seminarios son universales, o bien, la Sagrada Congregación lo es todo, aquí lo que hay que hacer es aplicar esta norma, que es el código, que es lo otro, punto. La otra: No puede entrar en el Seminario sacerdote que no tenga un pedigree de tres ascendientes, tres generaciones en esta diócesis. Y que se haya formado aquí, y que haya bebido el vino de aquí, etc. El Señor siempre viene de afuera, pero el Señor siempre nace dentro. Si perdemos una de las dos dimensiones, nos hemos cargado la Encarnación. La Iglesia de mañana va a ser una Iglesia instalada en medio de grandes migraciones masivas que hoy ni nos imaginamos. El presbítero de mañana tendrá que ser muy particular para abrir los territorios a Dios. La Iglesia particular no es más que un territorio abierto, una plaza que se convierte en un cruce de caminos. En este sentido, en este momento los gobernantes tienen que poner límites, si no sería un desastre que perjudicaría a todos pero que es muy fácil que los que estamos instalados aquí, o en Europa, en lugares que ya viven, cerremos la puerta al que viene pidiendo. En este momento, la Iglesia tiene que ser casa de acogida como nunca lo ha sido. La Iglesia es la institución con mayor capacidad de legitimación que ha existido y existe. Hagan ustedes una capilla en un barrio y el barrio deja de ser un barrio bajo, se revalorizan los edificios, el suelo. Admiten en la Cofradía Parroquial al peruanito que vino pidiendo y sin trabajo, y ese hombre ha entrado ya en su sociedad. Particularidad-universalidad.

X – La paternidad compartida.
El equipo de formadores del Seminario.
El director espiritual.

Seguimos en el mismo tema, esos acentos paternos del formador y llegaríamos a uno que es el equipo, es decir la paternidad compartida. Si a nivel personal se vive la filiación ciertamente eso que se llama equipo formativo, siempre tiene posibilidades de ser esa fraternidad asimétrica, pero fraternidad. Pero de momento casi, casi lo orillaría porque ya está dicho: en cuanto no hay una apropiación personal de toda la dimensión de la paternidad el equipo funciona. El problema de los equipos tanto dentro del Seminario como fuera no es un problema funcional prioritariamente, es siempre un problema de fraternidad lo que late en el fondo. Pueden estar los papeles no bien repartidos, a veces no es fácil hacer una distinción perfecta de qué te corresponde a tí y qué a mí. Eso trae siempre disfuncionalidades y dificultades. Pero yo creo que todos estamos convencidos que si pusiéramos encima de la mesa nuestra experiencia mutua, que los problemas no nacen de ahí. Que los problemas nacen, haya el reparto que haya, y por muy bien que estén perfilados los papeles, cuando alguien se otorga la paternidad total, y cuando alguien no es consciente de su límite, cuando alguien no trabaja para que el hermano trabaje, sino que son esas paternidades en directo, que de alguna forma se apropian de los hijos, pues yo creo que aunque haya una constitución votada en un parlamento y aunque están muy bien dados los papeles, y aunque este señor tenga que llevar este grupo, y con este horario y todo lo demás, al final siempre se dá el conflicto.

Yo creo que hay dos o tres cosillas en un equipo, dejando aparte otras que a lo mejor conviene tener en cuenta, por ejemplo: yo creo que en la vida en equipo dentro del Seminario, que es un lugar cerrado, hay una cuestión prioritaria, que es la lealtad. No hay lugar donde más fácilmente se pueda desprestigiar un padre. No hay lugar donde más fácilmente se pueda quemar, que en un lugar reducido donde todo es público, donde no hay realmente privacidad, donde saben si eres dormilón, si te enfadas, si trabajas, si no trabajas. Si por menos la lealtad del compañero, si no hay un cuidar mutuamente, no la imagen, pero sí la fama, la buena fama; pues yo creo que es muy difícil trabajar en un Seminario. Es muy difícil. Así como en una parroquia cabe un cierto nivel de conflicto porque son entidades pastorales abiertas; en un Seminario, si se puede, yo creo que el obispo tiene que romper el equipo en cuanto haya un nivel de conflicto. Si se puede, porque hay veces en la vida en que no hay manera y se acabó. Y habrá que aguantar en cruz. Pero lo que en una parroquia puede hasta llegar a ser una riqueza, en un Seminario es destructivo.

En las edades y en las situaciones del hombre los déficit se cubren con crecimiento en otro tipo. Entonces lo que joven no tiene de sabiduría lo tiene de astucia. Lógico. Eso lo vamos aprendiendo por otros caminos y salen otros recovecos, pero el joven adolescente, rebelde, incómodo consigo mismo, olfatea la posibilidad de saltarse la paternidad, como los perritos huelen el miedo y muerden. Entonces, en el momento en que hay conflicto aunque no sea público, ahí hay algo que el chico capta. Y en el momento en que el chico capta que hay una grieta, un escape, por donde él puede imponerse y decir: aquí estoy y decir voy a mi ritmo, es fácil que lo haga salvo que sea un chico muy especial. Entonces, yo creo que aunque no haya un juramento de lealtad, en la formación del Seminario, habría que pedir a todas los formadores una lealtad mutua muy fuerte. Una fraternidad auténtica y real. Mire, que no se puede compartir mucho porque no somos muy homogéneos…, eso es secundario. Pero esa lealtad que te cubre las espaldas, que tú sabes que el otro no te está quitando la arena de debajo de los pies, eso es importantísimo.

Habría que pedirle esa lealtad incluso al profesorado si en el Seminario se dan las clases, y al entorno presbiteral, aunque no tenga responsabilidades en el Seminario; ahí el obispo puede jugar mucho. En estos largos años de Seminario yo he observado que es imprescindible para que un Seminario marche, la protección, es decir, el apoyo, es la primera lealtad del obispo diocesano, pero de verdad. Cuando el obispo diocesano apoya incondicionalmente, una vez que ya ha hecho la elección, y ha dado sus instrucciones, normalmente hay un respeto por parte del presbiterio, que en cuanto el presbiterio olfatea, en ese sentido, una duda, o una vacilación en el obispo diocesano, pobre Seminario, no digo pobres formadores, pobre Seminario. Por eso, en general, los formadores y los Seminarios sufren bastante en los períodos en que el obispo está a punto de jubilarse, bien por vejez o por cansancio, por enfermedad, porque es una figura muy importante. Ahí entraría el obispo, en este sentido, como punto clave del equipo.

El único problema en el equipo es esa falta de fidelidad. En mi larga experiencia en este sentido, nunca hemos tenido nosotros problemas por reparto de funciones. Habrá habido duplicidades, momentos en que alguna comunidad no ha enganchado bien, de acuerdo, pero eso por lo menos yo no lo recuerdo como épocas dolorosas. Sí recuerdo como épocas dolorosas y peligrosas, cuando ha habido esta falta de fidelidad mutua por parte de alguno de los formadores. Entonces sí. Yo recuerdo una época muy dura, muy dura, en que uno de los formadores estaba dividiendo el equipo, y ciertamente eso fue un daño; y era un hombre bueno, bondadoso, no acababa de ver algunas cosas de los demás; yo creo que con bastante razón en algunas cosas, pero el resultado es nefasto. Pero si en algún lugar hay que hacer experiencia de comunión, es en el Seminario. Y ahí sí que cada uno tiene que hacer discernimiento de si mismo, y decir, en caso contrario, en mí no está el espíritu de Dios y la unción para esta misión deja que desear.

Finalmente, y antes de entrar en el tema base de esta conferencia, para terminar este bloque diría: si empezamos con la filiación, acabemos con la paternidad. Hay que ser padres, hay que asumir con valor la paternidad, pero toda paternidad humana pasa por el templo: «Aquí esta mi hijo, es tuyo», la Fiesta de la Presentación.

La leyenda del templo de Jerusalén es que está construido sobre el monte Moria, y que el altar era el altar donde Abraham ofreció a Isaac, es una leyenda piadosa de los judíos, no hay que pensar que tiene un respaldo histórico. Eso en este caso es lo de menos, porque, incluso algunos pasajes del Nuevo Testamento utilizan esa leyenda. Bueno, pues, todo padre tiene que hacer el proceso de Abraham: «Abraham, Abraham», «aquí estoy Señor», «Ve al país de Moria y pon a tu querido hijo, al hijo que amas, a tu amado hijo a mi disposición». Es decir, hay un momento en todo cristiano en que tiene que tomar a su querido hijo Isaac y ponerlo en el altar para que Dios haga lo que quiera. Pero eso en el papá y la mamá también.

Comentaba con los de los Seminarios menores, que nosotros ahora estamos como muy apasionados con el trabajo con la familia, hasta el punto en que alguno nos dicen: Ea, no vaya a dejar de ser el Seminario para convertirse en un movimiento familiar, no exageren… Estoy hablando con liturgistas pensando en un rito no de tipo público o paralitúrgico, pero sí un rito dentro del camino del Seminario, no sabemos todavía si será mejor en el menor, o al comienzo del mayor, hay que ver qué valor puede tener. Un rito que será la ofrenda por parte de los padres a Dios, no sólo del hijo que está en el Seminario sino también de los otros hijos. Educar en ese desprendimiento de la paternidad. El hijo es un préstamo que te llega. Pero no es una propiedad. Se puede decir del padre y de la madre, que pueden ver morir a su hijo joven. Si eso se dice del padre y de la madre que a lo mejor han tenido cinco o seis hijos, y que ahora en España es frecuente que un par de ellos se den a la droga, y ¿para qué he tenido este hijo que…?, mucho más para quienes lo somos por gracia total y tan parcialmente, aunque con tanta grandiosidad. «Abraham, Abraham… toma a tu hijo, carga con él. Llévalo al monte Moria».

A los primerizos en este oficio les puede ocurrir como a las madres primerizas. No han parido nunca; tienen a su hijito y no saben qué hacer. Estarían dándole de comer todo el día, o estarían llevándole al médico, no ya en cuanto el pequeño tose, sino ante cualquier cosita. Lo mismo que la madre primeriza acaba poniendo enfermo al pequeño, porque le está dando el pecho y le está transmitiendo ese desequilibrio que hay en su sistema parasimpático, ese nerviosismo, y está haciendo un chico tenso sin darse cuenta. Cuántas veces nosotros estamos interfiriendo un camino que Dios va haciendo porque al apropiarnos de la paternidad tenemos tantos escrúpulos, tantos miedos. Tiene que llegar un momento en que uno diga: Mire, es muy doloroso que no salgan los sacerdotes que debieran salir, es muy doloroso que yo no sepa formar con mucha más hondura, pero padre tienen. Y llega un día uno que te dice que se va. Bueno, pero esa noche hay que dormir. Hay que dormir. Y encima hay que darle gracias a Dios. Y un día, uno que tú apostaste por él, y casi casi te peleaste con su párroco, y le diste el acceso y se ordenó; y efectivamente es un fracaso, y hasta con escándalo y todo. Pues, si eres madre primeriza, lo pasarás muy mal, te sentirás humilladísimo, en pecado… Y si eres un padre sensato tipo Abraham, dirás: «Padre tiene, yo pecador». Entonces, en este sentido para ser padre hace falta sacrificar al hijo. No en el sentido que la Biblia nos enseña, sino en ese sentido de decir: «pues tú eres su Padre, entonces si tú quieres pegarle la cuchillada, pégasela. Yo no se la pego». Pero tú eres su Padre, yo no. Yo hago de padre, yo peleo, lucho, llego hasta el extremo, lloro, rezo, pero hay un momento en que hay que decir: ¡Basta! Claro, cuando hay ese desprendimiento, tanto en los papás biológicos como en los profesores y mucho más en este terreno, el hijo crece.

Un gran problema que ahora mismo tenemos en mi país es, unos hijos agobiados por el exceso de maternidad de las madres. Unas madres que tienen el hijo para realizarse, no para entregar un hijo al mundo. Dice una psiquiatra, ya antigua, cristiana, que hay dos tipos de mujer: la bruja, aspiradora de la vida que la aspira para gozarla, es la mujer que destruye, y la mujer virgen, la mujer expiradora de la vida, que la echa afuera, que da a luz. En la paternidad ocurre lo mismo. No somos padres para realizarnos. Somos padres porque ejercemos una función en nombre de Dios Padre. Por tanto, nuestra paternidad no puede depender nunca de los resultados, aunque a nadie le amarga un dulce. Un rector o un formador tiene derecho, cuando le viene una hornada de ocho que se ordenan, de diez o quince, de bailar de gozo, y de salir por la calle presumiendo y decir: Miradme, quince! Eso está bien pero cuidado. Si todo empieza con la filiación, la filiación tiene un momento de cruz, de renuncia, sobre todo la filiación entregada. Y la cruz es el eje de la vida cristiana.

Entonces, cuando en varias ocasiones he hablado de «esto es inútil, la inutilidad del sacerdocio», me refería justamente a esto. Aquí no se puede hacer una evaluación matemática, una evaluación continua. No se puede analizar más de la cuenta. Esto es otro terreno. Trabajamos para la eternidad y gratis. Dios puede sacar frutos de esquemas y formadores muy deficientes. Y puede hacer lo contrario. Entre los gitanos se suele decir eso: Dios da moco a quien no tiene pañuelo. Entonces sin la experiencia abrahamífica no hay paternidad. Fíjense lo que hace Abraham cuando lo lleva al monte; no es intentar sacrificar a su hijo, sino ofrecer a Dios su corazón. Por eso en el Nuevo Testamento no puede haber un Abraham, tiene que haber una María. Porque en realidad, solo puede ofrendar al hijo quien lo ha tenido en las entrañas, la madre. Bueno, todo padre también, de alguna manera: el padre josefino. Claro, en el NT tiene que ser María; Abraham es insuficiente. Abraham vale para el AT, no para el NT. Nosotros estamos en el entorno mariano, somos el José amigo del esposo, acompañamos a la Virgen preñada, no engendramos. Convenzámonos de esto. Y al final llevamos al hijo a Egipto o a dónde nos manda el Angel. Y si le toca que caiga bajo Herodes, pues eso no es cosa nuestra. Lo defendemos hasta el final, claro. Es decir, si alguien tiene que tener libertad de espíritu, tranquilidad de ánimo, hondura de gratitud, es cualquier presbítero más que cualquier cristiano, porque sino no nace a la paternidad. Pero dentro del presbiterado más que nadie los formadores del Seminario.

Yo he tenido últimamente una experiencia muy bonita que fue la ida al Seminario de un vice-rector y formador de teólogos, que era toda la vida párroco; además párroco rural, muy rural y muy párroco; muy pastor en este sentido. Y hubo que obligarle casi, rogarle, pedirle y después de muchas oraciones nos hizo la concesión de ir. Y este hombre al principio lloraba, luego se acostumbró un poco. Lloraba y decía: con lo que a mi me querían en la parroquia, y los desagradecidos estos nunca me dan las gracias de nada. Pero luego decía otra cosa. En la parroquia tenía un grupo de chicos o de chicas y veías como crecían, pero cuando aquí te das cuenta que aquí crecer significa que cuando pasan cinco años los tienes que mandar al obispo a que les impongan las manos, dices: que no crecen, que no crecen y resulta que allí era feliz porque empezaban a practicar la penitencia, porque empezaban a practicar la Eucaristía, porque ya empezaban a creer en Dios y decías: ¡oh! cuánto crecen! Y aquí, que realmente crecen, dices, es que no crecen nada. No, no. Y es que dentro de un par de años los ves, y dices: este chico es muy inmaduro, este chico es muy…

Este hombre que estaba gozando en su paternidad ministerial es un auténtico padre, un encanto de persona. En ese sentido de pastor, luego también tiene sus deficiencias, pero lo digo como pastor. En el Seminario sufría lo que no sufría en la vida parroquial, y era por esto, porque decía: que no, hasta que hubo que convencerle como todos nos hemos tenido que convencer de lo mismo: que no son hijos tuyos. Que tú aquí eres José, y que José desaparece pronto, hace «mutis por el foro» y se va, y se acabó, y aquí quedan la Virgen y el Hijo, y Dios Padre. En este sentido una sensatez paternal habría que tener. Normalmente cuando uno está en el trabajo, en cualquier aspecto de la formación del Seminario, y pasan 6 ó 7 años, en una segunda etapa normalmente, si se reza, y si se cultiva la filiación, en esto se gana mucho y se te van muchos dolores de hígado y de cabeza, aunque se siga sufriendo pero es otro modo de sufrir, es otro modo.

Y pasamos a una última parte que sería: dentro del equipo las distintas calidades de los formadores. Sobre todo hacer la diferencia entre los formadores y el director espiritual, ese formador tan especial, y decir algo sobre los tipos de paternidad. Quiero antes hacer alguna advertencia. Yo no puedo hacer un tratado sobre la dirección espiritual. Primero porque no es un tema que ahora mismo domine; y segundo porque habría que empezar con un trabajo positivo de recoger todas las normas de la Iglesia, que sobre esto ya hay muchas cosas, hacer un estudio, y después empezar una reflexión. Tampoco puedo, en una hora que nos queda entrar en discernimiento. Aparte que también es un tema que se me resbala de las manos, no termino de agarrarlo bien. Lo único que quiero, es dar alguna pista en plan de sugerencia, no afirmación tajante, de cómo conectar dos modos, dos estilos de paternidad en el ministerio, dos estilos. Esa va a ser la clave. Y ahí ofrecerles algunas sugerencias para que cuando estudien este tema, no se separe del aspecto de la paternidad, sobre todo del entramado del equipo. Es el único objetivo. Por tanto no iría mas allá. Que quede claro porque esto es amplio.

Yo haría varios presupuestos. Para plantear bien estos modelos entre el formador normal y el director o acompañante espiritual, habría que reestudiar, y esto lo tienen que hacer especialistas, la cuestión de los fueros internos y externos y adaptarlos a una situación teológica, sacramental y eclesiológica nueva. Algo hay hecho, algo tiene el Código, pero yo creo que a esto le falta bastante todavía. Bastante. Saben ustedes que lo de los fueros, es un gran bien para la Iglesia. Es el nacimiento de la privacidad, de la conciencia. Esto es un gran bien hasta antropológico. Claro, hoy hay tantas cosas que en el siglo XX decimos: bueno, eso es normal. Es como cuando encendemos la luz y no nos damos cuenta, que desde nuestros antepasados y, no tan lejanos, que llegaba la tarde y se acababa la vida. Hay tantas cosas que ya hemos asimilado, como de toda la vida, y no nos damos cuenta que ha habido diez millones de años de historia. Esto es el último milímetro de la historia. Y una de ellas es la conciencia interior o «caja negra» de la persona. La caja negra. El repliegue interior al que llamamos subjetividad.

Esa caja negra que explican los físicos, los economistas, donde hay una entrada, bien de un rayo de luz, un dinero, etc… la aplican a distintas modalidades, y hay una salida, y uno se pregunta qué habrá en esta caja negra: Equis. La subjetividad, la caja negra del sujeto humano no es igual a la conducta del sujeto humano, ni siquiera tomada en su totalidad. Ya Pavlov y otros lo discutieron mucho desde la psicología, con el behaviorismo, el conductismo, etc.

No ha sido fácil que eso naciera, no puede de la noche a la mañana, sobre todo lo que llamamos la conciencia categorial, es decir, el darse uno cuenta, porque la conciencia cada vez es más honda, el ser humano es inteligente y sabe, pero al principio no se da cuenta que sabe, tiene que empezar a hablar para saber que sabe, y sobre todo tiene que empezar a escribir, a hacer ese esfuerzo tremendo de darse a sí mismo noticia de lo que piensa, de concretar el pensamiento. Eso es la conciencia categorial del sujeto. Desde el siglo V a. C. tenemos a Sócrates con aquel «demonio» que decía él, los sofistas hablaban de las costumbres y de las opiniones y Sócrates decía «mi demonio (daimon) me dice…» Era la conciencia. El no pensaba que era su conciencia. Era como ciertos primitivos que dicen «en un sueño…, es que tengo un ángel que me dice…» Está naciendo la conciencia con ese «daimon» que te dice cuidado… Pero esto no ha sido fácil. Ha tenido que nacer la persona como sujeto trascendente, y ahí ha actuado una teoría. Algunos dicen «qué bobos los cristianos griegos, cómo se pegaron de si Dios era trino, era uno, una naturaleza, dos naturalezas, la hipóstasis, la persona… esta gente cómo perdió su tiempo así!» No! Estaban haciendo lo más hermoso, el concepto más revolucionario de la historia, un concepto que hay cantidad de civilizaciones evolucionadísimas que ni lo viven, ni lo saben, ni lo tienen: la persona. Ahora mismo, en el Japón del siglo XXIII es muy difícil que una persona haga una concesión personal porque el clan familiar, los dioses, los antepasados, etc. -como en Roma, como en Grecia, como en China- impiden que una persona sea persona. En los siglos de los grandes Concilios, hasta el siglo VII se va elaborando con ese término «hipóstasis»; y cuando se dice «la persona no es igual a la naturaleza individual, no es naturaleza, es algo más», ¡qué paso se está dando! Ud. ya no es lo que tiene, ni siquiera lo que hace, ni siquiera lo que es, Ud. es relación. Es decir, si Ud. lo quiere

Bien mucho, mucho, mucho, Ud. vale mucho, mucho, mucho, aunque no tenga nada. Y se va dando un proceso de incorporación de eso; el sacramento de la penitencia, aparte de su valor salvífico, es la historia de la personalización del hombre moderno. Cuando uno va individualmente por su cuenta no al gobernante sino al confesor a contarle su vida, algo nuevo está creciendo en la historia. Y por otro lado en los siglos X-XI cuando surge esto de la dama, el trovador, el amor platónico, etc., está surgiendo la conciencia, la subjetividad. Aunque después esto se va a deformar y va a venir el subjetivismo. Es la adolescencia del hombre. Pero lo que aquí ha nacido, la caja negra, es el sujeto humano.

Surge también la gran distinción entre fuero interno y fuero externo. Y qué es el fuero interno? El derecho de la Iglesia dice: La Iglesia es un entidad pública, la fe se tiene que contrastar públicamente, hay varias normas, pero… esas mismas normas públicas garantizan que Ud. se comporte como sujeto, elija a quién revela su subjetividad, y nadie invada ese fuero que llamamos íntimo o de conciencia. Y como ya dijimos, se pudo mandar a alguien a la horca, pero tenía derecho a un confesor.

Por lo tanto, cualquier crítica que se haga de la cuestión del fuero interno y fuero externo, que sea una crítica muy matizada y no sólo no para ir atrás, sino al revés, para ir hacia delante. Esa es la primera discusión de poderes, porque los dos fueron dan lugar a dos poderes o al revés: el poder de orden y el poder de jurisdicción. Ha llegado un momento en que al final hemos comprendido que todo poder jurisdiccional al final nace de la sacramentalidad, no son dos poderes paralelos; ese era un pequeño fallo que no estaba del todo ajustado. Alguien puede hacerle alguna crítica, no importa, pero es la primera vez que los poderes se dividen, seis siglos antes de Montesquieu, y por muy importante que sea la división de los poderes públicos en tres poderes, más importante es la división pre-política de fuero interno y fuero externo, un poder político y otro más íntimo, o más personalizado, porque allí nace la verdadera libertad. Esto hay que defenderlo apasionadamente.

El riesgo de los dos fueros a mi juicio, es concebirlos tan cosísticamente, tan duramente, que haya un fuero externo de la conducta, un fuero interno de la conciencia, una «auctoritas paternal» en cada uno, y entre ambos, nadie sabe nada. Eso no sería favorable al crecimiento de esa libertad interior que se va forjando, sino que de alguna forma sería un problema.

Y más aún a nivel de Seminario. Si el problema de los fueros se entendiera cosística y separadamente tendríamos formadores de fuero externo -policías-: analicen la conducta, evalúen la conducta, pasen el informe. Y punto. No se pregunten por el sujeto. Y el sujeto, cuando Uds. intenten preguntarle, entrar un poquito en su mundo, ver cómo está y cómo se siente, el te dirá: cuidado, eso es materia de mi director espiritual, no toque Ud. eso pues está tocando mi intimidad, Ud. vea si me porto bien, si hago la oración, pero no me pregunte qué tipo de ilusión tengo por el sacerdocio, cómo me siento íntimamente, no invada el terreno de mi libertad.

Fíjense todo lo que ahí se puede esconder de escape, de hipocresía, y sobre todo de una educación en paralelo. Puede ocurrir que cada uno, formador y director espiritual vayan por caminos distintos; pueden llegar a comunicarse y se superan los problemas, o no se comunican y no se supera.

Entonces, cuando hablamos de equipos de formadores hay que incluir lo humano, lo religioso… no son sólo jueces o analistas de conductas, etc…

También puede ocurrir lo contrario. En una época en España decíamos que el director espiritual sobra, porque todo formador es formador integral, y si no es formador integral no es formador. Hoy esto ya se ha clarificado mucho y a nadie se le ocurre en los Seminarios pensar así y llevarlo a la práctica, pero hubo épocas en que sí.

En el fondo los dos extremos son lo mismo: es tachar una de las dos partes. Ni se puede ignorar la tensión que hay entre interioridad y hombre público ni se puede partir la cosa por mitades. Eso sería muy fácil, pero no resuelve el problema.

¿Cómo se hace? Doy algunas sugerencias. Es una cuestión fundamentalmente de estilos, dándole a la palabra estilo la solidez de lo que sugería en el primer día, el «pulchrum»; son formas de acercarse al hijo y de ofrecerle una ayuda, más que dividirse por cuestiones y por materias. Es una cuestión de estilo. Está claro que el director espiritual en sí mismo y como figura se diferencia del confesor -aunque pueden coincidir-.

El director espiritual es una figura paterna que se movería en ese ámbito de gratuidad que es el mayor estímulo para la libertad interior. El director espiritual en un Seminario no hace falta, y por eso justamente hace falta. Es fácil entenderlo: el director espiritual no presenta informes, a la hora de un discernimiento lo que él haga no aparece por ningún lado. Luego podríamos prescindir de él. Este señor no le dirá nada al rector, ni al Obispo. Y si le dice algo a un chico y el chico le contesta que en conciencia él no lo ve, se acabó. Es decir, el director espiritual pertenece a ese ámbito o estilo de la paternidad que es la paternidad de lujo, la paternidad en su máxima expresión de gratuidad, en su máxima expresión de gracia. No se puede presentar como un elemento estructural al mismo nivel que los otros elementos estructurales. Eso habría que pedirle a los teólogos de la espiritualidad que lo expliquen y lo verbalicen. Pero no se puede presentar con ese tornillo estructuralista con el que presentamos todo lo demás. Es una figura gratuita, distinta. Y es tan necesario. Porque se trata de una formación tan especial que tiene que haber dones superabundantes, y un signo de la superabundancia es éste. Esta figura no va a juzgar directamente a la hora de la ordenación, y sin embargo va a aportar la última gracia de la vivencia de la paternidad.

Incluso el chico mismo no puede mirar al director espiritual como mira a los otros formadores. Conviene que haya una mirada distinta. No es el formador encargado del fuero interno: es el formador que puede entrar en zonas mucho más internas que los demás formadores y que puede bajar a pisos de la mina no iluminados, pero porque es gratuito. No es gratuito porque tiene que bajar ahí. Allí hay una gratuidad tremenda.

Esa es una norma de toda la vida de la Iglesia que se tomó del confesor y se trasladó al director espiritual; toda actividad con el director espiritual entra en el ámbito de la discreción, del secreto. El director espiritual no debe hacer aportaciones en este sentido al equipo, ni siquiera a favor del candidato. Hoy se insiste mucho en que el director espiritual asista a las reuniones de equipo; puede ser interesante, pero con una discreción tremenda. Para él es interesante porque oye datos que le pueden ser de una gran riqueza, pero cuidado… Ni siquiera como abogado defensor. Alguien puede decir que eso lo consentiría el chico, pero el caso es que el secreto no es porque el chico no lo consienta, el secreto es por la naturaleza del oficio. El chico podrá dar permiso, pero el director espiritual no puede hablar porque él se mueve en un estilo que no es estilo «judicial» de los formadores.

Entonces, el secreto o discreción total no se derivan tanto de los derechos de la intimidad del chico (aunque también) cuanto de la naturaleza de esta paternidad.

Si en el equipo se está juzgando alguna situación de manera equivocada, el director espiritual puede tener la tentación tremenda de salir en su defensa, creándole incluso problemas de conciencia si no lo hace. En mi opinión es preferible no asistir, no ver, no oír, y dejar al buen Dios que ayude a los formadores antes que mezclarse en ese juicio, aunque sea positivamente, porque en ese momento uno ya deja de ser director espiritual. A mi juicio, inhabilita. Repito: a mi juicio. No estoy siguiendo ahora documentos oficiales ni teologías aquilatadas.

En tercer lugar, esa gratuidad del oficio pide que en la actividad de educación que rige y dirige el director espiritual, la iniciativa, en un porcentaje altísimo y casi total sea del alumno. Claro que no es igual en 1º que en 6º. Hay gradualidad. Pero el ideal del proceso es: la dirección espiritual se mueve mucho desde la necesidad sentida, aunque hay que provocársela, en el chico. Por eso necesita tanta libertad. Y habrá que aguantar muchos ratos en que hable del tiempo… Por eso necesita mucho tiempo, y un proceso largo… años… No es que la dirección espiritual se reduzca sólo a la iniciativa del chico; el padre espiritual tiene una serie de funciones estructurales, que todos conocemos, pero el eje, el centro, está en la libertad.

Lo mismo que el padre formador aviene en nombre de la Iglesia a reestructurar de la mano de la Iglesia al sujeto con arreglo a un plan objetivo, el director espiritual de alguna forma es la «conciencia de la conciencia», el espejo donde se ve uno reflejado, el lugar de la objetivación más que de la educación. El chico entra diciendo «yo creo que me pasa tal cosa», y conforme va hablando, con dos preguntas y tres acentos, cosas muy breves, él termina de hablar y dice: «pues sabe Ud. que empiezo a pensar que…» Ya se ha dado el proceso de objetivación espiritual.

Es verdad que el director espiritual tiene función de consejero y también la tiene el formador. Ahí coinciden. ¿O es que un formador no puede ser consejero y consolador? ¿Cómo no? Quítenle eso y le han quitado el núcleo de su actividad. Pero aquí hay algo más. Yo, rector, tengo prisa, que me llega el año en que se tiene que ordenar: «Eh, chico, vamos, apura… Y anda al psicólogo, y aquí y allá, y anda al director espiritual y pregúntale tal cosa…» Tengo prisa. El director espiritual trabaja para la eternidad, no para la ordenación. Por eso lo bueno y lo estupendo es que el rector y el formador mueren con la ordenación, el director espiritual es para siempre. Pero para que sea para siempre no tiene que estar demasiado enganchado funcionalmente a la ordenación. Por supuesto que tendrá que hablar de la ordenación más de una vez, pero desde la preocupación del chico. Los que tienen que estar obsesionados por si está maduro o no son los formadores, de lo contrario no se cumple bien la función. Aquí tiene que haber una gratuidad especial. El chico se abre cuando no es juzgado, cuando no se le intenta dar una forma, y entonces es él quien toma la iniciativa, y pregunta… Esto hace a la dirección espiritual relativamente inútil, coarta, sujeta al director espiritual, pero a la larga si se mantiene 5 ó 6 años y en muchos momentos, se puede llegar a dar dirección espiritual, y el que prueba la verdadera dirección espiritual, nunca la abandona.. Claro que ya no será cada semana, podrán pasar dos meses o tres, pero en los momentos claves se recurrirá al director espiritual para hablar.

Recuerdo que esto no es una lección sobre dirección espiritual, hay buenos textos a los que acudir. Esto es simplemente lo del estilo. Por eso para director espiritual no vale cualquier formador, porque tiene que ser una persona que ya haya caminado a ese estilo de escucha, de gratuidad, de no nerviosismo, de no imponer, de no intentar configurar, de paz… No quiero decir que no tenga que hacer nunca una corrección, que no pueda provocar una inquietud… hablo siempre acentuando un extremo y no negando el otro. El también es formador del Seminario, no es simplemente director espiritual de un cristiano, entonces el estilo, el tono, creo que tiene que ir por ahí.

XI – Aplicaciones concretas en la formación:
a. ámbitos de competencia de ambos fueros
b. el discernimiento en situaciones especiales

Algunas palabras más sobre la dirección espiritual. Mi objetivo es simplemente decir: En las paternidades del equipo lo primero que tiene que haber es lealtad; pero, lo segundo que tiene que haber es una diversidad de estilos y dentro de esa diversidad es distinto el rector de los demás formadores. En eso no voy a entrar; pero habría que entrar también. Y es distinto el del conjunto de los formadores con esa figura que nos viene de un gran descubrimiento que es el descubrimiento de la subjetividad profunda, que es la del formador espiritual. Subrayar el estilo de esa fraternidad es mi objetivo. No tanto el dar un esquema de cómo debe funcionar.

Entonces, simplemente algunos principios. Para mí la idea más fuerte es esa de la gratuidad diciendo: El director espiritual relativamente no puede estar obsesionado con la ordenación. Es un hombre que trabaja para la filiación de base en toda la vida del sacerdote. En ese sentido es una figura mucho más gratuita y gratuita no en el sentido de que se puede tomar o dejar»; no en ese sentido. En el sentido de que tiene menor pretensión de concretar los efectos de su trabajo. Porque de alguna forma se convierte en la conciencia refleja del mismo candidato que tiene el Espíritu de Dios dentro y ese Espíritu de Dios le tiene que ir conduciendo, aunque con la ayuda del director espiritual, a sacar las mociones, a sacar fuera los impulsos, a sacar fuera los sentimientos, a revisar lo que hay en el fondo de su persona, etc.

Es maestro interior, el maestro de un camino.

Ahora hay que evitar un extremo: el director espiritual no es el rector de la interioridad. El único rector del Seminario es el rector. Quien plantea cómo coordinarlos, cómo darles un panorama dentro del que se muevan con toda libertad de ejercicio no es el director titulado primero, sino el rector. En todo caso, el obispo, si quiere hacerlo directamente. Es decir, no hagan con la dirección espiritual como hacemos nosotros antes con el mayordomo o administrador del Seminario. No tenemos un peso, no teníamos nunca dinero; entonces la solución que hacía el obispo era: «yo nombro administrador. Señor administrador no dé cuenta nunca ni al rector ni a los formadores, porque de esa forma Ud. me da cuenta directamente a mí. Entonces si la comida está mal, eso es asunto de Ud. y mío; ellos no tienen nada que ver.»

Claro, la consecuencia era: ahí no había equipo. El rector es el que coordina por misión y en nombre del obispo y subordinado totalmente al obispo la función de todos los formadores del Seminario. Y por lo tanto el director espiritual no está al margen de la función del rector. El secreto no tiene nada que ver con eso. Por ejemplo, al rector le puede decir al director espiritual: «mira, yo creo que no entiendes suficientemente esta cuestión». O como han planteado algunos: cuidado con que el director espiritual sea el que imponga su impronta personal porque tiene una gran calidad en ese sentido; porque es el hombre con el que nunca se pelean porque no tiene que regañar en principio. En eso el rector tiene que decir y tiene que hablar.

Lo que quiero decir es si el Seminario tiene una unidad se la da el obispo y la figura delegada por el obispo es el rector. Por tanto, un fuero interno al margen de… no se puede concebir. Ya tiene bastante autonomía (no paralela sino en el sentido de gratuidad, de no forzar las cosas). Un rector hay momentos que tiene obligación de forzar conductas, acelerar: «Mira, si no das un paso en esto, en esto y en esto, yo no firmo unos informes para que te ordenes». En este sentido creo que el director espiritual tiene que tener menor angustia y tiene que descansar más en los otros. Yo no veo que sea el director espiritual el que tenga que decir que vaya al psicólogo. Eso corresponde al rector y al formador de la comunidad. El director espiritual lo que tiene que decirle es que vaya al rector y que le diga que él cree que puede tener necesidad de que alguien, a lo mejor un formador, un profesional… pero que él juzgue. Entonces no hay un fuero paralelo educativo, hay un ámbito de gratuidad en una paternidad. Yo lo entiendo con este ejemplo tomado no al pie de la letra: la paternidad del padre y del abuelo. La paternidad del padre tiene obligación de educar ya. Tiene esa urgencia de que el hijo llegado a una edad asuma su responsabilidad y el padre suspende al hijo y tiene que pelearse con el hijo: «tú tienes una obligación». Los abuelos son padres de la gratuidad.

Señores directores espirituales tienen Uds. algo de abuelos; una cierta abuelidad. Es una paternidad distinta, más pacífica, más honda si se quiere, a unos niveles más profundos. A esos niveles donde ni siquiera las obligaciones llegan.

Por eso hoy se está recuperando el arte de la dirección, el discernimiento (la Compañía nos hizo el gran regalo), se están reelaborando las adquisiciones de la psicología profunda. Quizás, hoy todavía le falte madurar un poco.

El director espiritual no es el defensor de los derechos privados del sujeto porque el rector y los formadores no son los enemigos del sujeto; es una conciencia objetiva. Desde ahí entiendo que las expresiones externas de lo que llamamos dimensión espiritual de la formación: la liturgia, las oraciones preparadas, la penitencia… no corresponden en exclusiva al director espiritual. Eso es de equipo aunque ahí el director espiritual tendrá que ser promotor, inspirador, estimulador, aportador, pero cuidado porque todo sacerdote que trabaja como formador es sacerdote. A ver si la formación espiritual va a acabar siendo formación que pertenece a lo interno y al fuero de la conciencia que es el bien común público mayor de la comunidad. Claro, lo que al final entendemos es que se pueden distinguir dos fueros, que hay distintos niveles de formación pero que ahí hay unos puentes que es el equipo, que es la coordinación, que es un proyecto que el obispo inspira, que el rector gestiona y que es un equipo de personas que se aprecian y que cada uno trabaja para que el trabajo de los otros sea eficaz. Cada uno trabaja para que el otro pueda trabajar su trabajo.

Esta es la norma básica; los demás son cuadros que te sirven para orientarte porque luego en el dinamismo de la vida es muy difícil.

En este sentido, salvada la libertad, creo que con el tiempo volverá a ser el director único en la comunidad (es mi opinión). Sin embargo habrá pluralidad de confesores para defender lo íntimo de la intimidad. Es decir, eso donde el hombre se juega el amor de Dios en profundidad amando o pecando.

No quiero decir que el director espiritual no sea confesor pero fundamentalmente no es confesor, fundamentalmente es director espiritual, eso es otro oficio. Además, que ni el obispo ni el rector se juega con la dirección espiritual. Hay un sacerdote en una parroquia que a todos sus chicos los mantiene en su matriz y todos dicen que es el director espiritual. Eso es peligrosísimo. No olvidemos una cosa: si la dirección espiritual es el ámbito de la gratuidad, en este caso es director espiritual del Seminario y en el Seminario; y director espiritual para un hijo de Dios que ha recibido la posible vocación al sacerdocio. Por lo tanto, no es simplemente el que yo cristiano, hijo de Dios libre, elijo como conciencia secundaria y sacramental a quien me da la gana. Es una libertad limitada y muy limitada.

Si yo voy a una congregación religiosa y mi maestro de novicios es el director espiritual, personalmente no me gusta. Pero, ¿es que el presbiterado no es un carisma fuerte a respetar? En el sacerdocio no estamos ante el oficio; estamos ante uno de los carismas más y más definidos de la Iglesia de Dios. Es específico, es hijo entregado, ha sido elegido y ha respondido sí a un camino que no es el de todos. ¿Cómo puede ser director espiritual quien no es experto en ministerio, en existencia ministerial? ¿Cómo puede ser director espiritual quien no está en plena comunión con el presbiterio?

En este terreno yo daría un consejo práctico: que el orgullo y la arrogancia no los domine. No se sientan heridos porque otro tenga más éxito. Estos tienen que ser asuntos muy serenos, muy tranquilos.

Pero yo creo que en situaciones de ya serias, hay quien tiene que tener el valor de plantear los asuntos y es el obispo y le corresponde a él. Y eso entra dentro de la carga del obispo, de defender su Seminario y de defender la libertad verdadera de sus seminaristas.

Diría también otra cosa. No seamos arrogantes ni estrechos en lo de particularidad y universalidad. Es decir, cuando en cierto Seminario dicen: aquí no puede dar ejercicios espirituales un franciscano porque somos seculares, ¡parece que son musulmanes! Yo tengo que decir que a los jesuitas le debo el 80 % de mi formación sacerdotal y que estoy agradecidísimo. Y que mi gran director espiritual fue un jesuita. Que está muy bien que sea un secular y que si es jesuita, ojalá que sea como el que yo tuve que en su vida se llevó una vocación del Seminario y que se murió como jesuita para ser director espiritual de seculares; se mató como jesuita en ese sentido, ¡eso es una riqueza fenomenal!

Está muy bien que de cuando en cuando venga un secular a darnos unos ejercicios espirituales, cuya marca sea sobre todo el ministerio; pero, por qué no viene un carmelita que nos ponga de rodillas y olvidemos el ministerio para acordarnos de que somos hijos y nada más que hijos. No nos definamos frente a los otros diciendo: Yo soy lo que tú no eres; sino, yo estoy en ti y tú en mí; respeta mi acento que en un regalo. Quien se define frente a otro: yo soy lo que tú no eres, se está destruyendo, se está destruyendo la relación. ¿Cómo voy yo a negar que los sacerdotes religiosos han salvado el sacerdocio secular? ¡Reconozcámoslo! Si cuando íbamos caminado al oficio puro y duro ellos se consagraron y gracias a los votos han conservado un ejercicio, un sacerdocio de donación total y de existencia celibataria. Ahora, gracias a Dios, nosotros hemos conservado un sacerdocio de pueblo abierto. ¿Qué secularidad es la nuestra? ¿La del cura laico que vivo hoy? Eso no vale la pena. Es la secularidad en la encarnación atravesada por el Espíritu. ¿Tanta diferencia hay entre un paul y un secular? ¡Claro que la hay! Y no se pueden confundir. ¿Pero tanta, tanta diferencia que no pueda haber una sugerencia mutua? Pues, si esa diferencia es tan fuerte, dejemos de lado a los religiosos y autoacusémonos. La culpa es nuestra, en la medida que sea , porque somos cura a la baja y no somos capaces de ser franciscanos presbíteros con franciscanos religiosos y no somos capaces de ser dominicos presbíteros con dominicas religiosas; porque hemos convertido el sacerdocio en oficium y además a la baja, no oficium con toda la grandeza que tenía el oficio medieval. La secularidad no quiere decir el común denominador: quitamos todo lo que es supererogatorio y lo que te queda es el cura secular. ¡Todo lo contrario! El cura secular es que, si se acaban los benedictinos, él puede presidir la abadía, no como abad sino como ministro eucarístico y puede predicar en benedictino y ser más benedictino que el último hermano. Porque él es el conjunto de la historia de la Iglesia. Este es nuestro sacramento.

Entonces, claro, la dirección espiritual es la cumbre de la paternidad espiritual. En esto hay escuela y es una cosa que no está hecha del todo. Pero hay algo que va más allá de las escuelas y esa gratuidad de la que significa la fraternidad espiritual. Ahí es donde yo me situaría y de allí no iría más allá. Las líneas generales están dadas y éstas son: siempre tiene que haber un escape a la libertad. Ahora, es una libertad en la que el obispo tiene la última palabra; es decir, «mire hay un grupo en que no se entienden, que necesitarían…» «busque usted uno a la medida de ese grupo, pero que no distorsione el conjunto de la comunidad. Y ahí juega el rector y él tiene que decir al obispo: «tenemos cuatro directores espirituales, ¡ojo! que va habiendo cuatro comunidades, arregle esto». Él es quien avisa, el centinela. Al final es el obispo quien tiene que tomar una decisión y a lo mejor a un sacerdote tiene que decirle: «no quiero que dirija a los seminaristas». Eso es un nombramiento que corresponde al obispo.

En esto hay que pedirles a todos, a los jesuitas, al párroco de la parroquia de al lado, etc. hay que pedirles limosnas pero gran respeto. Lo mismo que hablo de generosidad, de apertura, de tolerancia, de intercambio… hay un rector pero sobre todo hay un obispo.

Ahora, si el fuero interno se concibe como ese ámbito de gratuidad, de serenidad, de descanso, aquí no se juzgan, este es el árbol bajo el que me cobijo; pero al mismo tiempo ese director espiritual no es un fraternalista y cuando llega el tiempo le pega la patada al chico y le dice: «¡qué vas a estar aquí todo el día bajo el árbol, venga al sol, que te dé el sol, con tus formadores, ¡escúchalos!». Si es así, pues, es un servicio estupendo. Haya uno, dos o tres…

Tendríamos que perfilar más en la teología espiritual: qué es un director espiritual y qué es un confesor. Cómo ejercer el ministerio de la confesión el director espiritual y cómo no ejercitarlo. Eso habría que perfilarlo. El que es invitado al Seminario a ser confesor que se limite a ser confesor. Si esas dos realidades no están definidas el equívoco está servido. Le corresponde coordinar en derecho al obispo, pero el obispo ha delegado en una figura que tiene claridad jurídica y que en las Ratios tiene una identidad propia y que es el rector.

Dos palabras pero a modo de apéndice con relación al discernimiento que hay que hacer tanto en la dirección espiritual como en los formadores de esos chicos que hoy nos llegan emocionalmente muy unilaterales.

Formar para la fraternidad es formar para una virilidad equilibradamente sana. Donde hay un ambiente sano, no de arrogancia y de una autoridad sana yo creo la virilidad crece casi sola, se equilibra. Donde no hay estas personas que absorben, estos que interfieren, rectores que no permiten que nadie mueva nada si él no lo dice; donde hay esa amplitud con unos esquemas claros, con una cierta autoridad…

Es verdad que hay dificultades. Eso que yo llamo histeriovirilidad o histerosexualidad o machismo; eso es un obstáculo gravísimo para el ejercicio ministerial. Y no es sólo una enfermedad espiritual, tiene componentes de índole sociológico y de índole psicológico y a veces se necesitan análisis profundos, terapias largas, conversaciones muy seguidas. Porque si estas personas llegan al ministerio, el ministerio puede ser la superestructura que encima le dé autoridad moral sobre las conciencias. Eso es tremendo.

El respetar la mujer, el que en el Seminario esas ironías, chistes, gracias sobre lo femenino, esa misoginia que a veces tenemos los clérigos y que se nos escapa, ¡qué va!; la mujer es el correlato primario de la paternidad de Dios en el mundo. ¡¿cómo vamos a despreciar nosotros eso?!

Un chico que no sepa valorar lo femenino, que no sepa rendir admiración a la mujer en todas sus expresiones, ese chico que ustedes dicen que si se casara ¡pobrecita la chica! ¿cuánto no vale y cuánto puede ser educado? Eso sólo lo dice la vida.

En esto hay que empezar a funcionar, hay que empezar a hacer advertencias, hay que ir poquito a poco y lentamente. Si eso es patológico, entonces ya… Decimos que hay patología cuando la conducta es alterada por ese problema y la convivencia se vuelve imposible por ese problema. Hay que tener cuidado en los Seminarios que sean, digamos, más eclesiásticos, que es legítimo. Hay que tener cuidado porque esta gente, lo de la carrera eclesiástica, lo de la sacristía, lo del dominio desde un pequeño territorio se les da de miedo. Entonces, aunque digan ustedes: «¡qué chico más bueno! ó ¡cómo maneja el incensario! En mi Seminario cuando usan el incensario se golpean en la cabeza, en el pié; son incapaces. Y este, ¡qué bien lo hace!» Eso no es para despreciar, porque la presidencia litúrgica es esencial en el presbítero. Pero en los lugares donde esto está muy acentuado ¡ojo con este tipo de chicos! Aceptarán enseguida ciertas decisiones magisteriales que limitan el ministerio al varón, que tal… ¡y enseguida dirán poesías!: «y qué razones tienes, hijo mío. ¿Has leído eso?» A ver si en el fondo lo que hay es otra cosa que es la no valoración de la mujer.

Ahí hay una educación por hacer y esa educación pasa, pues, por doblar, doblegar la cerviz de esos sujetos. (el tratado de gracia hecho carne). A estos chicos, por ejemplo, medidas como mandarlos a un hospital para que cuiden enfermos o a una residencia de ancianos y que limpien a los ancianos y que vean lo que es la carne con sus heridas, que aprendan a querer y a llorar; eso es importante.

A estos chicos, el que doblen el espinazo en una finquita como asalariado y que vean lo que cuesta el dinero a los pobres campesinos y que luego no hagan enseguida esas recolectas de dinero para hacer sus obras personales y se den cuenta que es sudor del pueblo, pues, le viene muy bien. Este tipo de chicos necesita eso.

Luego está el otro tipo de chicos, quizás más frágiles, más sensibles, rechazado por el padre o más enemigos del padre, más adolescentes, a veces con rasgos amaneradillos, como más femeninos (no quiere decir eso homosexuales ni mucho menos). Son muy críticos, muy difíciles de educar, se creen que son el centro de todo, tienen un narcisismo adolescente terrible, critican todo lo institucional, son hippies de vocación, etc. Entre ellos puede haber gente buena y puede haber gente madura a su nivel. Ahora, ¿qué es lo que hay que exigirles? Lo que hay que exigirles es la aceptación honda, amorosa de los grandes ejes institucionales. Sin eso no se pueden admitir. Ahora: «¡pero es muy libre, muy creativo!» Creativo como el cáncer que se come a sí mismo. Ahí hay que hacer como en los toros: cuando sale el toro dando cornada, el torero tiene que plantarse, tiene que bajar el copete y eso se llama humillar al toro. El toro dobla el espinazo al bajar la cabeza, le duele la cerviz y fija la atención en el capote . Ya se puede hacer la faena. Pero si no se humilla el toro, el toro estará saltando toda la corrida y el torero detrás de él o delante de él.

Todo esto hay que hacerlo con mucho cariño y sin herir. «Herida adolescente en la vejez es más herida». En esa edad empiezan los primeros resentimientos y no olviden que el resentimiento, lo mismo que la envidia, es el fenómeno más negativo de la vida; porque el resentimiento deja de ser contra uno y acaba siendo cualidad de la persona: el resentido ya no es contra Pepe, es contra todos. El resentimiento es ese sentimiento negativo arraigado que empieza siempre en la adolescencia o casi siempre. Por eso hay que tener mucho cuidado de no herir, de no humillar en el sentido de quitarle a un hombre su dignidad (aunque tenga 15 años). Sí se le puede decir muy claramente: «en esto tienes que crecer, eres un adolescente, estás en transición, no pienses tanto en ti, no te mires tanto al espejo, olvídate de ti». Entonces, ahí hace falta un largo camino de acompañamiento y de exigencia de padre. El error de los padres, con este tipo de hijos, es la humillación. Ese chico será un pobre hombre. Hay que hacer al revés: «Este es mi hijo y es un hombre es gestación, es un varón en gestación y yo le tengo que soñar y tengo que pelear por él.»

Claro, si esta gente sin curarse se hacen cura, pues, ya tenemos profetas sueltos que Dios sabe dónde empezarán y dónde terminarán. Harán su liturgia, su parroquia, su derecho, su capilla; tendrán sus partidarios; cuando el obispo los quiera trasladar, habrá firmas, manifestaciones, procesiones, aplausos, él llorará, saldrá a hombros y diremos: «¡Pobre hombre! Tanta sensibilidad».

Ahí, habría que hacer un esfuerzo de curación, de objetividad. Este segundo tipo está siendo muy frecuente en los años siguientes al Concilio porque la sociología iba por ahí. Ahora, está empezando a aparecer, quizás reactivamente, el otro tipo: un neomachismo social y eso nos va a afectar.

Varones que no saben reaccionar, reaccionan a nuevos machismos: las películas nos muestran con trajes de sastre pero con aire marcial, con la cartera sin adornos, con la moto de gran cilindrada, es un hombre que usa a las mujeres como descanso, incluso en el barrio (en España) las artes marciales, la musculatura, los tatuajes… En el fondo eso es un renacimiento del machismo.

Claro, esta gente en la Iglesia puede hacer un daño, puede acabar de echar a la mujer de la Iglesia que ya se está yendo. Pero el otro, el débil, el frágil puede crear un sororismo («soror-sorosis= hermanitas»). Estos que están siempre entre mujeres, sobre todo religiosas que lo ven casi como «una» más. Que tiene un influjo tremendo en sus mentalidades porque en todo ofrecen facilidades: «la vida es espontánea ¡viva la felicidad!» Estos hacen también un gran daño.

Como todos tenemos algo de esto, todos, (en esto sálvese quien pueda) lo que hay que hacer es emprender un camino hacia el Padre de todos. Es decir, hacia el encuentro en comunión donde nos moveremos por caridad a los demás. Si hacemos ese camino, sin darnos cuenta estaremos conduciendo a otros hacia ese camino. Entonces no nos tiene que avergonzar cuando un día nos descubrimos ese tipo de clérigo clérigo clérigo o ese tipo de anticlérigo que es tan clérigo como el clérigo porque, luego, no habla más que de los obispos, de las curias, del Vaticano…, está al día del último nombramiento del último rincón de la curia y resulta que es anti-institucional. Uno dice: «Bueno, ¿dónde está tu anti-institucionalidad?, eso no te tendría que importar».. «No, pero mira, han nombrado secretario de la comisión tal a fulano de tal y que es del grupo…» «Pero, ¿no quedamos que la institución no tiene importancia?» Pues vive y deja vivir. En todo caso no pagues el impuesto y punto. Es un camino a andar. Y cuando haya presbiterio, cuando caminemos hacia ese encuentro yo creo que (sin acabarse esto, hasta que llegue el Reino) por lo menos una cierta moderación siempre habrá y aunque haya acentos (e incluso ideológicos) defendidos con calor y con valor, siempre serán acentos de un colegio de hermanos que lo radical en ellos es la representación sacramental de Cristo Jesús sacerdote en el seno de un ministerio eclesial definido y delimitado. El supermacho este es como los animales que orinan su territorio: «es mi parroquia». Y hacen del derecho no el derecho sino un escudo para defender un territorio, una competencia.

Los otros, es absolutamente lo contrario; no es la defensa del territorio; es la anulación de lo territorial, del límite; no quieren límite, son sobrenaturales, son carismáticos: «en el Espíritu Santo se puede hacer todo y se puede decir todo» y uno, de la anáfora eucarística hace su anáfora sin respetar los siglos de tradición eclesial. ¡Un respeto por lo menos! Y haces un padrenuestro cantado donde cualquier protestante de buena voluntad dice: «¡qué poco respetuosos son con las palabras del Señor».

Esto es lo que completaría el camino de la paternidad; es el camino a la aceptación del límite porque nadie es padre-padre, somos hijos; a la aceptación del hermano dado y en nuestro caso célibes padres a la aceptación del otro con rostro de mujer.