La Iglesia comunión es primicia de la nueva creación – Fray Jorge Scampini op. (2002)

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BOLETIN OSAR
Año 8 – N° 17

 

Encuentro Anual de Formadores
5ta exposición

La Iglesia comunión es primicia de la nueva creación

Fray Jorge Scampini op.

 

En los temas anteriores, desde el primero, fundado en la eclesiología conciliar, hemos ido presentando el misterio de la Iglesia como comunión; un rasgo preponderante ha sido ver cómo lo relacional marca la identidad y la estructura de la Iglesia. Esa relación es con Dios, y con un lugar concreto como lugar de esperanza y de drama. Pero también hemos adelantado ayer que la misma misión de la Iglesia se contempla de modo relacional. Esa perspectiva de la comunión nos permite salir de una mirada demasiado «eclesiástica»; la comunión no se reduce a un problema de convivencia eclesial. La riqueza de la comunión es mayor; es también una clave para entender la relación entre la Iglesia y la creación.

Durante mucho tiempo, la misión cristiana se consideró como una especie de sermón dirigido al mundo. Es cierto que la Iglesia no es de este mundo y que el mundo «odia» a Cristo y a su Iglesia. Pero la relación de la Iglesia con el mundo no es puramente negativa: es también positiva. Esto se hace patente en la Encarnación y en visiones tan ricas como la de la recapitulación de todas las cosas en Cristo, presente en la Escritura (Efesios, Colosenses, etc.) y en los Padres (Ireneo, Máximo). La comunión como idea clave de la eclesiología permite entender mejor la misión; así se la puede realizar mejor, y no enfrentar el Evangelio al mundo. La gracia supone la naturaleza. Por eso la teología debe buscar medios para relacionar el Evangelio con las necesidades existenciales del mundo, para acompañar sus procesos, con todo lo que implica la humanidad, y no solamente la humanidad. De allí que en vez de buscar medios impositivos, es mejor procurar primero entender a qué aspira cada ser humano en lo profundo de su ser, y considerar luego cómo el Evangelio y la doctrina pueden dar sentido a esa aspiración. Por eso, la Iglesia en su misión debe asumir la miseria de los hombres, sus búsquedas, y su preocupación por la integridad de la creación. La Iglesia, «maestra en la fe», ella misma se debe ver en actitud de aprendizaje en otros ámbitos. El hombre y la historia no se detienen; y sus caminos no siempre son inmediatamente claros.

I. La comunión es relación con la miseria humana

Existe una armonía misteriosa, una relación profunda y frágil, entre la germinación del Reino, comunión de felicidad y de paz en el Espíritu del Señor, y la humanización de este mundo en la justicia y el derecho1. El Reino crece en donde los pobres se ven arrancados de la esclavitud de su miseria. Esa miseria no se reduce al registro de los bienes materiales, aunque entre nosotros ésta sea terrible. En esos términos, es una de las grandes intuiciones de algunas respuestas pastorales del siglo XX, y de la reflexión eclesiológica que le siguió. A hacer explícita esa relación, a hacerla más manifiesta, como expresión del testimonio cristiano (martyria), y del servicio (diakonía) de la Iglesia han servido expresiones como liberación. En su momento esos desarrollos han sido ocasión de polarizaciones eclesiales y pastorales. En algunos casos se llegó a posturas ideológicas. Sin embargo, si se pueden señalar límites o errores en las respuestas no se puede anular la existencia del problema. Yo creo que la comprensión de la Iglesia como comunión, vista en los horizontes que hemos intentado señalar, da un nuevo espacio para no abandonar situaciones y ofrecer un testimonio y un servicio. ¿Cómo?

Ante todo, porque el Reino es comunión, centrada en la comunión con Dios. Esa comunión, como el amor evangélico, no puede prescindir de entrar en la actitud fundamental de Dios, en su comunión con los pequeños: «Juzgar la causa del pobre y del desventurado, ¿acaso no es eso conocerme?» (Jer 22, 16). Dios está al lado de los débiles, de los heridos de la vida, de los que el mundo excluye. Es la experiencia de Israel: «Yo he visto, he visto la miseria de mi pueblo (…) He prestado oídos al clamor que le arrancan sus vigilantes, conozco sus angustias, estoy decidido a liberarlo» (Ex 3, 7-8). Dios revela su propio nombre, su identidad, en su compasión. En la trama de la revelación se encuentra la connivencia misteriosa entre las confidencias de Dios sobre sí mismo y su comunión con la miseria. Son los rasgos que presentará el Mesías.

En Israel, durante el tiempo de la espera, se percibe además que la fe en Dios, amigo de los humildes, está intrínsecamente unida a la llamada a la comunión fraternal. Así se comprenden las prescripciones del año sabático: restaurar la fraternidad del pueblo de Israel (cf. Dt 15,4).

No es extraño de que los gestos, con los que Jesús realiza y significa la llegada del Reino (cf. Mt. 12, 28; Lc 11, 20), sean justamente gestos de ternura y de compasión de Dios para con los pobres. Para Jesús, comulgar con el Padre es comulgar en la comunión de Dios con la miseria de los hombres, sin importarle quien sea (cf. Lc 7, 22). Pero esta comunión de Jesús con la multitud de los pobres -en comunión con la actitud del Padre para con ellos- es infinitamente más profunda que unos cuantos gestos realizados en favor de los menesterosos y de los afligidos. El momento en que salta a plena luz su señorío y su vocación mesiánica, es decir, su cruz que desemboca en la resurrección, es el instante en que hace suya la condición humana en su capa más profunda de pobreza. Este Jesús que en la resurrección manifiesta su pertenencia al misterio de Dios es el primero que lanza el grito de angustia en el huerto de los Olivos y en el Calvario, el mismo del que se burlan los soldados haciendo referencia a su realeza (Mt 27, 28-31), aquel que es abandonado, calumniado, traicionado, y que se ve al borde de la desesperación. En Lucas, las últimas palabras de Jesús, son palabras de comunión a quien está crucificado junto a Él (Lc 23, 42-43). En otras palabras, Jesús es hecho Señor del Reino en el momento supremo de su comunión con los rechazados, con los desesperados, con los excluidos, con los mártires.

El Reino es de los «pobres», no sólo porque ellos lo heredan, sino también porque identificándose con su destino es como lo conquistó Jesús. Por medio de los pobres, en Jesús, Dios realiza el misterio en beneficio de todos los corazones rectos; los pobres están en el corazón de la comunión.

La Iglesia tiene que asumir esta relación. Los Hechos de los apóstoles subrayan que en la comunidad de Jerusalén «nadie pasaba necesidad» (Hch 4, 34), ya que vivían compartiéndolo todo. Así daban forma concreta al ideal ya anunciado en el Deuteronomio. Esa comunión de solidaridad con los desvalidos y los desgraciados es la actitud fundamental que da derecho de acceso al Reino del Hijo del hombre (Mt 25, 31-46). Los Padres de la Iglesia afirmaban con fuerza que la fidelidad en la Iglesia no consiste en un simple cara a cara con el Señor. Supone siempre una relación con la miseria del mundo, con la vida común de la humanidad. Esto es un elemento esencial del ser de comunión.

«La Iglesia de Dios tiene la misión de ser en la humanidad, gracias a su preocupación por comulgar de la inmensa fraternidad de los pobres, de darles su verdadero lugar en su comunión, un «sacramento» del Reino que viene, de la novedad que se engendra en el desgaste del mundo incluso fuera de sus fronteras, de los cantos de gozo y de felicidad que los oídos de la fe perciben ya bajo el concierto de los gritos de dolor y de llanto»2.

Esa es la comunión que desborda del misterio de Dios. Es lo que señala Juan Pablo II en NMI (49): la caridad que se abre por naturaleza, a partir de la comunión intraeclesial, al servicio universal, se proyecta hacia la práctica de un amor activo y concreto con cada ser humano. «Una página en que la Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia».

II. En el Espíritu la Iglesia es relación con la creación entera

Ese carácter relacional de la misión alcanza a toda la creación, incluso en su forma no humana. La sensibilidad para con la integridad de la creación no ha sido un elemento tradicional de la misión cristiana3. Ahora nos damos cuenta de que debe formar parte de ella. Quizá la misión más urgente de la Iglesia sea tomar conciencia y proclamar de que existe una comunión intrínseca entre el ser humano y su medio natural, una comunión que se debe incorporar al ser mismo de la Iglesia para que reciba su plenitud. La preocupación y el trabajo de los cristianos para impedir la degradación del universo es una forma de su comunión con la obra de Dios y no solamente una actitud ética.

San Pablo afirma: «Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto» (Rm 8, 22). No se trata del primer momento de la creación, aquel del llamado de los seres a la existencia, sino de la continuación y del término de la historia de la salvación; una historia que es inseparablemente cristológica y neumatológica. El Espíritu actualiza y cumple, en la historia, la plenitud absoluta que está en Cristo. Pablo habla de la creación en el sentido de la universalidad de los seres que no son Dios. Hoy nuestra visión de este universo es inmensamente más amplia, tenemos además una cierta visión de su devenir. El universo es uno, hecho de la misma tela, de las mismas substancias químicas; una historia que engloba toda la totalidad. En esa historia se produce la elección y se realiza la redención.

El mundo, su historia, está comprometido en un proceso de liberación, a causa de Cristo y por nosotros. A causa de Cristo porque su encarnación atrae el mundo a sí y su redención es cósmica. Los Padres de la Iglesia lo han visto significado por la cruz de Cristo que han alabado como el centro de todo, como un árbol cósmico uniendo cielo y tierra. Pero también por nosotros, porque el universo es uno, y en el hombre asciende a la dignidad de persona4.

Nosotros y el mundo estamos en un estado de espera y de esperanza: la expectación de la creación. Es esto lo que anima la historia humana. Por eso esta historia tiende, por una parte, a superar las oposiciones que sufrimos y encontrar una armonía, una paz, una comunión, y por otra, a hacer retroceder el mal, la injusticia, el error, la ignorancia, la muerte. Aunque no todo venga del Espíritu, el Espíritu trabaja con y en las lágrimas y el dolor de la creación.

Hay un vínculo entre el plan de la creación y el plan de la redención, entre el cosmos latente y la historia positiva de la salvación, de la cual Jesús es el centro y la figura englobante. El Cuerpo comunional de Cristo tiene su forma visible y designable, la Iglesia, pero si se puede decir dónde está la Iglesia, no se puede decir dónde no está. No conocemos sus límites ni los modos de acción del Espíritu en el mundo. Porque el Espíritu es el que, secretamente, recoge y anuda todo lo que en el mundo intenta balbucear «Padre Nuestro»5.

Pero si estamos al servicio de la comunión debemos aprender a recoger los «signos» del actuar de Dios en la historia, estar atentos a sus búsquedas. Debemos saber leer este momento, con lo que lleva de crisis de sentido, entre otras causas por el fracaso de las dos grandes ideologías que dominaron el último siglo, las víctimas inútiles que han dejado, la creciente falta de esperanza, el intento instintivo de salvarse a sí mismo. No será suficiente la palabra crítica que denuncia a tiempo, será necesaria la palabra que construye, sabiendo señalar aquello que vale, aunque sea pequeño, y para la mayoría imperceptible. En medio de esta crisis se abre un espacio insospechado de creatividad; diverso según la realidad y los protagonistas.

III. Es también comunión en el tiempo

La Iglesia no es una entidad que vive fuera del tiempo; pensarla como comunión tiene consecuencias también en el modo de concebir el tiempo y la historia. La comunión es no sólo una cuestión de relación de cada iglesia local con el resto de las iglesias en el espacio o con el resto del mundo en un tiempo determinado, sino también de comunión con las comunidades del pasado y con las del futuro. Por lo que respecta al pasado, la Iglesia necesita de la Tradición para existir como comunión. Cuando la misma Tradición se ve afectada, condicionada, por la comunión, deja de ser una transmisión formal de enseñanzas y de vida y se convierte en una realidad reinterpretada y recibida de nuevo a la luz del particular contexto al que es transmitida. De ese modo, la Tradición adquiere la forma de tradiciones, y la diversidad aparece en escena.

En una eclesiología de comunión, el tiempo trasciende la división entre pasado, presente y futuro. El final del tiempo es tiempo redimido de este tipo de división gracias a la presencia del Reino entre el pasado y el presente. En consecuencia, el último criterio de Tradición se ha de encontrar en la revelación de lo que el mundo será en el Reino. En lo que hoy llamaríamos una perspectiva escatológica, Máximo Confesor afirmaba que «las cosas del Antiguo Testamento son sombras, las del Nuevo imágenes; las del estado futuro son verdad«6. La Tradición también tiene como criterio la visión del Reino.

En un nivel más cercano, para vivir la comunión en el tiempo, la historia y nuestra lectura de la historia deben ser sanadas, reconciliadas. A veces debemos andar el camino para salir de una lectura dialéctica de nuestras historias (eclesial y nacional) para poder llegar a escribir juntos la historia. Pero, para esto, muchas veces habría que pensar en el proceso teologal de la purificación de la memoria; por algo, no solamente en la reflexión teológica, la memoria y el perdón se han convertido en temas de actualidad. En la posibilidad de reconciliar las historias fragmentadas se juega la posibilidad de vivir o no la comunión. La tensión hacia el Reino nos ayuda a desprendernos de momentos de nuestra historia en los que nos hemos fijado, sea cómo el paraíso perdido, sea como las heridas no sanadas. Esas actitudes nos esclavizan, o quizá nos quitan la libertad evangélica. Quizá eso se da por fidelidad o lealtad hacia quienes no logran separarse de una cierta lectura parcial o ideologizada de la realidad, a lo mejor en nuestras mismas familias, en nuestros ambientes de origen. Nuestra vocación es ser hombres del Evangelio y de la comunión. Nada nos debería limitar, aunque tengamos nuestro corazón; nada nos debería convertir en seres «exclusivos».

IV. Una comunión que alarga sus brazos

Los grupos humanos, y de esto es signo el resurgimiento nacionalista y los odios étnicos que presenciamos, se definen a sí mismos marcando claramente las diferencias, los que pertenecen a ellos y los extraños. La Iglesia de Pentecostés es sacudida por el Espíritu; que saca a los apóstoles de la seguridad y del miedo y los lanza hacia los cuatro puntos cardinales. Por eso la misión de la Iglesia, si es participación de la comunión del Dios Trino, debe atreverse a alargar sus brazos hasta aquellos que están más lejos, los más alienados y despreciados. Hay que buscar las líneas de fractura de la humanidad, donde la humanidad se quiebra; las fronteras de la vida. La frontera es un punto límite; el límite que nos expone a lo desconocido, donde podemos correr el riesgo de quedar fuera. Ese es el testimonio de muchos de los mártires del siglo XX. Muchas veces, las fronteras están sólo en el corazón y en la inteligencia de los hombres, por eso tantas luchas son sin sentido. Hay un fatalismo de la violencia. ¿Cuáles pueden ser algunas de esas fronteras simbólicas de la misión en el mundo que vivimos?

a) La frontera entre la vida y la muerte, y el gran reto de la justicia y la paz en el mundo; b) la frontera entre la humanidad y la inhumanidad, y el reto de los marginados; c) la frontera cristiana, y el reto de las religiones universales; d) la frontera de la experiencia religiosa, y el reto de las ideologías seculares; e) la frontera de la Iglesia, y el reto del ecumenismo y las sectas.

En algún momento, asumir algunas de estas fronteras, e intentar dar una respuesta a sus retos, pudo haber sido causa de enfrentamiento o de división en el seno de la Iglesia. Las dificultades y los límites de la respuesta no invalidan la necesidad de nuestra presencia en ellas. ¿Cómo incorporarlas definitivamente desde una visión comunional? Porque es precisamente en esas fronteras donde se da la negación del proyecto de comunión de Dios en todos sus niveles.

  1. La frontera entre la vida y la muerte, es el punto límite en el cual la humanidad no comulga en la aceptación del común don de la vida otorgado gratuitamente por Dios a todo hombre, sea porque se lo rechaza a través de la violencia o porque se le niega lo necesario para su subsistencia y goce pleno. El valor de la vida, de toda vida.

  2. La frontera entre la humanidad e la inhumanidad impide a los hombres comulgar en la fraternidad querida por Dios, vivida por toda la humanidad, excluyendo a masas enteras del banquete de la vida. Cuantos hombres y mujeres están condenados a ser seres frustrados, enfermos, ocultos.

  3. La frontera cristiana es el límite que impide que todos los hombres reconozcamos la comunión del Dios Uno y Trino. Sin embargo, deberemos buscar, en esos signos, el camino que allana el conocimiento del verdadero Dios. Este año Juan Pablo II ha reiterado la experiencia de Asís, detrás hay todo un espíritu.

  4. La frontera de la experiencia religiosa, con el reto de las ideologías seculares y del mundo científico, es el límite que impide, en medio de todas sus búsquedas, la comunión de los hombres en la construcción de una sociedad, de una economía, de una política y de una ciencia que valore al hombre desde su verdad más profunda: lo que vale y significa para Dios en su integridad.

  5. La frontera de la Iglesia, con el reto del ecumenismo y de las sectas, es el límite en el cual los cristianos experimentamos que, a pesar del don de un único bautismo, nuestro testimonio de reconciliación y unidad es traicionado por nuestras divisiones, porque somos incapaces de comulgar en un mismo Cáliz, signo de la comunión visible de la Iglesia.

Conclusión

Si estas son las dimensiones de la comunión todos tenemos que crecer, debemos convertirnos, y ayudarnos mutuamente. ¿Cómo hacer sensibles a todos en la Iglesia, a cada uno según su vocación propia, de que en esas fronteras se juega hoy el proyecto del Dios vivo? ¿Cómo ser hombres que construyen la comunión en las fronteras, pero sin separarnos de la comunión de la Iglesia que haría estériles nuestros esfuerzos? ¿Cómo reconocernos parte de la Iglesia en nuestra misión y no quienes agotamos en nosotros el ser Iglesia? A veces debemos desarmar demasiados proyectos a «nuestra» medida, para poner nuestras vidas en el proyecto que tiene la medida de Dios, el que supone llamada, exigencia, puesta en camino. Por eso para asumir las fracturas de la humanidad, antes necesitamos «verlas», y «escucharlas». La realidad nos entra por los sentidos. Si ya la hemos visto y escuchado no temer exponernos al sufrimiento que nos ocasiona, a la sensibilidad que instintivamente nos retrae. Muchas veces debemos superar los horizontes de nuestros paisajes conocidos.

No me resigno a una Iglesia formada por pequeños espacios que procuran vivir el Evangelio, aislados entre sí, especies de campanas de cristal en un mundo adverso. Eso sería resignarnos a la supervivencia. Todavía creo en el gran proyecto de salvación de Dios para toda la humanidad y toda la creación. Creo en las «Manos del Creador» que nos modelan y acompañan, aunque no sepa que figura adquirirá esa obra, para gloria de Dios, en cada momento de la historia. Seguramente será con un rostro diverso al que me gustaría imaginar, porque la Iglesia, en lo que tiene de Dios, responde siempre en su dinamismo a la pedagogía del Dios misterioso y trascendente: no es posible aprisionarlo en nuestros conceptos e imágenes. Sólo si dejamos que se nos escape lo podemos recibir tal como es. Eso forma parte de mi confesión de fe.

Por eso hay que volver a la necesidad de una praxis y una espiritualidad de comunión. No solamente una enseñanza teológica sino una conversión de vida. Es el aprendizaje de la fe, que debemos hacer cada uno de nosotros. El mismo aprendizaje que, como servicio en la Iglesia, y pedido por la Iglesia, tratamos de hacer en el camino cotidiano, acompañando a otros en su respuesta a la llamada del Señor.

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Notas:

1.- Seguimos en esta presentación a J.-M.R. TILLARD, Iglesia de Iglesias, Sígueme, Salamanca, 1991, 81ss. regresar

2.- Ibid, 84. regresar

3.- Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Paz con Dios creador. Paz con toda la creación. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 2. regresar

4.- En el Apocalipsis existe un vínculo entre un nombre nuevo dado a los fieles (2, 17), el cántico nuevo que ellos cantan (5, 9s), los cielos nuevos, la tierra nueva, todas las cosas nuevas (21, 1.5). regresar

5.- Cf. Y. CONGAR, La Parole et le Souffle, Desclée, Paris, 1984, 193 s. regresar

6.- MAXIMO, Scholia in beati Dionysii libros, 3, 3:2 (PG 4:137D). Comentario de J. ZIZIOULAS, Being as Communion. Studies in Personhood and the Church, St. Vladimir’s Seminary Press, Crestwood, NY, 1993, 99. regresar