La Iglesia local, un espacio de comunión de diferentes ministerios y carismas – Fray Jorge Scampini op. (2002)

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BOLETIN OSAR
Año 8 – N° 17

 

Encuentro Anual de Formadores
4ta exposición

La Iglesia local, un espacio de comunión de diferentes ministerios y carismas

Fray Jorge Scampini op.

 

La Iglesia es una entidad relacional: es la Iglesia «de Dios«, pero existe como la Iglesia de un lugar determinado. En palabras del Concilio decíamos que la Iglesia católica se constituye en y desde las iglesias locales («in quibus et ex quibus«, LG 23)1. En la iglesia local se hace verificable, perceptible, la realidad de la comunión2. Podemos vivir pacíficamente en la comunión de la Iglesia universal, pero sin tener el menor contacto con la Iglesia local. Sabemos de la Iglesia universal, pero hacemos la experiencia de la Iglesia local. Por eso quiero dar un espacio a la Iglesia local como lugar de la comunión3. Es en la Iglesia local donde se encuentran los elementos constitutivos de la Iglesia de Dios, como Ecclesia mater congregans, gracias al Espíritu, la Palabra y los sacramentos, y como Ecclesia fraternitas congregata, por ser porción del pueblo de Dios.

I. La comunión de la católica se realiza en un lugar

Para subrayar de entrada cómo y hasta qué punto la Iglesia local es el espacio teológico y teologal para vivir la comunión me remito sólo, y textualmente, a J. Tillard:

«¡Extraña situación la de la Iglesia de Dios! De Israel ha heredado una relación esencial con la tierra, que ella contempla en «los cielos nuevos y la tierra nueva [kainé]» que canta el Apocalipsis (Ap 21, 1), en la escucha de la Promesa (2ª Pe 3, 13; cf. Is 65, 17; 66, 2). Porque la tierra pertenece al designio de Dios y no solamente porque constituye el «lugar» del destino humano. No es un hecho accidental que para la Biblia Adán deba su origen y su nombre a la adamah (Gn 2, 7; 3, 19; Job 34, 15; Ecl 12, 7), la tierra. Entre él y ella se anuda una extraña historia de solidaridad. Tierra-madre, pero también tierra que la humanidad pecadora arrastra en su locura, en su aventura cuya gravedad comienza a medir nuestro siglo. La tierra es también, en otro plano, la que, por la diversidad de los continentes y de las condiciones de vida -ya que el duro suelo trabajado del Génesis (3, 17-19) produce tanto la desolación del desierto como la exuberancia de la vegetación-, diferencia a los pueblos. ¿Qué sería del Adán de la Biblia sin su referencia a la tierra?

En esta tierra hay lugares privilegiados […]. Cuando nazca la Iglesia, algunos lugares adquirirán un nuevo significado espiritual […] La Iglesia tiene necesidad, por su naturaleza, de la «tierra carnal» que cantaba Péguy.

Sin embargo, a pesar de su vinculación a la tierra, la Iglesia es, en la gracia del Espíritu, ciudadana de un mundo venidero, de una ciudad futura que ya es suya (Flp 3, 20; cf. Ef 2, 6.19). Viene de ella. Le debe a ella su ser mismo. Es verdad que no la ve todavía y que suspira por ella (Heb 13, 14), como el peregrino. No obstante, vive de sus bienes. Incluso tiene experiencia de ella -la de la comunión en el Cristo de la totalidad de los conciudadanos (Ef 2, 19) de la ciudad de Dios- en la sinaxis eucarística. En ella celebra ya la gran liturgia del Cordero, la eterna comunión que exalta el Apocalipsis. Ella es, en la eucaristía, el ya de aquello por lo que suspira, aunque solamente lo sea en la fe

La Iglesia se encuentra así en la conjunción de la tierra (con todo lo que esto implica de relación con la historia, con la cultura, con el sufrimiento y el gozo, con los problemas de las sociedades, con los proyectos) y el porvenir escatológico (que ha encontrado ya su plenitud en el Señor Jesucristo). Encuentro entre el lugar de la historia (que Dios toma en serio) y el más allá del tiempo (en donde se despliega la totalidad del don de Dios a la totalidad del pueblo que lo acoge). Encuentro, en el Señor glorificado, entre lo que sube del «Adán terreno» (en comunión con sus «lugares de humanidad») y lo que baja del Padre (dando comunión en la plenitud de sus bienes, a su totalidad).

Así pues, es imposible comprender la Iglesia de Dios sin ver que en ella el lugar «humano» se encuentra captado en una totalidad que pertenece a un registro muy distinto del registro del mundo, ya que ella tiene su fuente en la plenitud del Señor exaltado por el Padre, y por tanto en el más allá escatológico. Por eso la Iglesia es inseparablemente local y católica. No se la puede encontrar más que en donde el katholou (el todo, la plenitud) del don escatológico del Espíritu viene a plantar en los lugares de la historia la realidad de la humanidad nueva, la que no es de este mundo»4.

Evidentemente, lo territorial no puede ser la única forma de articular la Iglesia; pero es un elemento objetivo que actúa como garantía ante todo intento de constituir una Iglesia separada, una Iglesia de elegidos5. Es en el marco de la Iglesia local, en su territorio, donde se da el juego y la mutua interacción de los diferentes carismas y ministerios.

II. La iglesia local, espacio de comunión de carismas y ministerios

Tanto la realidad de los carismas, como gracias gratis datae, como los ministerios, en tanto que servicios, son dados para la Iglesia. Un carisma o un ministerio se da para la Iglesia de Dios, nunca para un individuo solo. Esto es lo que Pablo proclama frente a los corintios. Por esta razón, todo carisma o ministerio pertenece al tejido eclesial y no tiene sentido sin éste. Es eso lo que hace que nuestro sacerdocio sea un ministerio, un servicio: nos es dado para vivir en función de, en relación con. Eso es también lo que hace que una comunidad religiosa sea un signo en la Iglesia siendo una célula de la Iglesia. Recibimos gracias ministeriales y carismáticas, dones de Dios, al servicio de la construcción de la Iglesia de Dios. En eso se hace explícito el de Dios de la Iglesia de Dios, sin lo cual sería una comunidad de este mundo.

Pero esto es verdad en la medida en que estamos vinculados realmente con la Iglesia local y no nos comportamos como cuerpos extraños, poco preocupados de la vida de la diócesis o de la región. No somos signos o ministros sino en la Iglesia tal como Dios la quiere, es decir, la Iglesia de Dios pero que está en Roma, en Efeso, en Santiago del Estero, en Tucumán. Esto significa asumir las esperanzas y los dramas de esa realidad elegida por Dios. Y porque no hay Iglesia fuera de los lugares concretos de la humanidad; no hay testimonio fuera de la comunión de la cual el corazón es la Eucaristía que preside el obispo, «principio y fundamento visible de unidad en las iglesias particulares, formadas a imagen de la Iglesia universal» (LG 23). Aunque, incluso en su propia Iglesia diocesana, el obispo no actúa, como ministro, en la soledad; es ministro en comunión, con el presbyterium y los diáconos6.

Y aquí se presentan desafíos: la relación entre unidad-diversidad; ante ese desafío, la tentación de caer en el individualismo y hacer una Iglesia a nuestra medida; cómo lograr la mutua interrelación entre lo local y lo universal.

  1. Un primer espacio de comunión, la vida en el presbiterio

    La historia de la eclesiología nos muestra la evolución del presbyterium, desde ser un consejo del obispo hasta el momento en que se autoriza a los presbíteros a celebrar la Eucaristía. Esa evolución se hace sin dudas siguiendo la prescripción de Ignacio de Antioquía, de no hacer nada, de cuanto atañe a la Iglesia, sin contar con el obispo7. Con el tiempo esa evolución llevará a crear una distancia entre el clero y el laicado e, incluso, a establecer categorías entre los clérigos. Así, poco a poco, se cae en la tentación de hacer del clérigo el responsable de todas las iniciativas que exige la vida de la Iglesia local, y convertirse, a los ojos de los fieles, en los representantes por excelencia del ministerio eclesial. Incluso, en Occidente, se pierde de vista el valor sacramental del episcopado. Entonces, la función del presbyterium como consejo del obispo pasará a segundo plano y llegará, prácticamente, casi a olvidarse. El presbiterado se individualizó. El Concilio permitirá redescubrir lo propio de cada ministerio.

    Cuando el Concilio devolvió al episcopado su auténtico significado y su lugar, se esforzó en hacer que reviviera en cada Iglesia local el presbyterium. El deseo del Concilio fue romper el aislamiento de los presbíteros y sobre todo hacer real y eficaz la comunión de todos los ministros8. Esto no quiere decir los sacerdotes no tuvieran antes conciencia de cuerpo -«el clero», donde se daba incluso una real solidaridad. Lo que ha cambiado desde el Concilio, es el sentido de una responsabilidad común ante ámbitos pastorales que no se reducen a los límites de la propia parroquia. Por eso LG 28 considera a los presbíteros como «próvidos cooperadores del orden episcopal y ayuda e instrumento suyo, llamados a servir al pueblo de Dios, que forman, junto con su obispo, un solo presbiterio». Allí se funda teológicamente la realidad del consejo presbiteral.

    Tillard señala dos rasgos importantes. El primero, que el presbyterium se encuentra reconocido en su aspecto corporativo, como un cuerpo social integrado en la estructura de la Iglesia local, y por eso en su cualidad de «senado» en donde importa su juicio común9. Concebido de esta manera, el presbyterium no está simplemente ligado al obispo por un vínculo de obediencia; lo está por su propia competencia10. La relación obispo-presbyterium es de doble sentido: lo mismo que el presbiterio no puede prescindir del obispo, el obispo no puede prescindir de su presbyterium. Esta correlación se acentúa más en la actualidad por el hecho de que desde hace varios siglos la Iglesia local, de la que el obispo tiene la épiskopè, es a su vez comunión de comunidades. El carisma personal de obispo pertenece al haz que forman los carismas de diakonía concedidos a la Iglesia local y que proceden todos del Espíritu, que es Espíritu de consejo, de gobierno, de juicio prudencial11. Es el mismo Espíritu el que enlaza, en una comunión en la diakonía, el carisma episcopal y el carisma presbiteral. El presbyterium es la expresión y actualización de una comunión ministerial que tiene su fuente en el Espíritu.

    Decíamos que el presbítero había acaparado, en cierto modo, la representación ministerial de la Iglesia; a este respecto hay un segundo rasgo del Concilio que se debe señalar. Toda la Iglesia es sacramento de salvación. Es una verdad esencial. De los textos conciliares ha pasado a la práctica. Hay diversidad de actores pastorales: laicos, religiosos y religiosas, diáconos, presbíteros, que buscan trabajar en coherencia detrás de un mismo objetivo. Eso ha cambiado el rostro de la comunidad eclesial. La Iglesia no se identifica ya sólo con el presbítero, su rostro es más diversificado. Los que trabajan pastoralmente no lo hacen porque el «cura» se los ha pedido, o mandado, sino en respuesta a la vocación que reciben con la gracia del bautismo.

  2. Los religiosos miembros plenos de la Iglesia local

    La dificultad de asumir la tensión unidad-diversidad, puede conducir al temor, en la Iglesia local, de incorporar un carisma por la exigencia que esto puede significar para una comunión «estable y tranquila». Es fácil aceptar a alguien que entra en las estructuras establecidas, que no exige un nuevo espacio, pero ¿cuándo es necesario un nuevo espacio? Una Iglesia que es incapaz de acoger un carisma, por el riesgo que puede significar, se empobrece. Pero es también, para la otra parte, el desafío de encarnar un carisma como propio de la Iglesia, y no como una entidad autosuficiente y 12. Bien vivido se debe producir una enriquecimiento mutuo. El clero diocesano debe señalar más la dimensión de lo «local», están incardinados a la diócesis; los religiosos deben ser testigos de «lo universal», deben abrir los horizontes de la Iglesia local13. De hecho esto no siempre es así.

    Los santos fundadores han dado siempre respuesta a las exigencias presentadas por los signos de los tiempos; en respuesta vital a la llamada de Dios. Eso les ha exigido disponibilidad y creatividad. La novedad de su aporte carismático no dejó de ocasionar tensiones y de poner en peligro los vínculos de la comunión visible, hasta que su carisma pudo ser descubierto, valorado y finalmente aprobado como un don que enriquecía a toda la Iglesia. Su profundo sentido eclesial los llevó a vivir pruebas con paciencia. En Evangelii nuntiandi, Pablo VI reconoció la contribución de los religiosos en la evangelización:

    «Ellos son emprendedores y su apostolado está frecuentemente marcado por una originalidad y una imaginación que suscitan admiración. Son generosos: se les encuentra no raras veces en la vanguardia de la misión y afrontando los más grandes riesgos para su salud y su propia vida»14.

    Una visión más amplia de eclesiología de comunión nos ayudaría, en nuestro servicio a la comunión, a no considerar la «particularidad» de los religiosos como integrantes parciales de la Iglesia local. Al mismo tiempo, los carismas se verían, plenamente, como dones propios que enriquecen a la Iglesia diocesana, y no como mano de obra ordinaria15. Una visión comunional rompería la lectura dialéctica o la simple oposición jerarquía-religiosos, clero-religiosos, para pensar, en la línea de las últimas exhortaciones apostólicas, en un complejo mayor de relaciones.

    Una visión de eclesiología de comunión, en una Iglesia que se realiza en un lugar concreto, ayudaría a los religiosos a percibir cómo su carisma propio debe hacerse eclesial en esta Iglesia concreta, aportando lo rico de su amplitud y visión universal16. Esto será siempre un desafío porque, a partir del siglo XIII sobre todo, y debido en parte a la debilidad de las iglesias locales, la vida religiosa creció con una eclesiología de Iglesia universal. Se deben dar pasos de integración desde el propio carisma, no solamente porque se asuma una obra o una misión que se confía a una comunidad religiosa porque la Iglesia diocesana no la puede asumir por sí misma.

  3. Los laicos miembros plenos y maduros de la Iglesia local

    Asumir todas las consecuencias de la común vocación cristiana ha dado un lugar insustituible en la Iglesia a los laicos. Desde una eclesiología de comunión poseemos una visión más articulada y completa de la Iglesia, encontrando modos más eficaces de dar respuestas a los desafíos de nuestro tiempo, gracias al aporte propio de cada vocación. Hoy no podemos dejar de repensar nuestro lugar en la Iglesia contemplando lo propio de los laicos. Si ellos tienen su misión en lo secular, no es como algo sociológico, sino como lugar propiamente teológico17; allí tienen que hacer presente el proyecto comunional de Dios.

    Algunas veces, las necesidades que no pueden ser asumidas plenamente por los presbíteros y los religiosos han sido el camino que ha llevado a descubrir a los laicos como parte integrante de nuestra misión. Otras, la necesidad de responder a desafíos de nuestro tiempo, y de crear nuevos espacios de reflexión, ha permitido transitar nuevos caminos juntos. La relación con los laicos nos ofrece dos ámbitos y dos riquezas. La primera, especialmente para nosotros los religiosos, es percibir que ellos pueden ser llamados a vivir, laicalmente, lo propio de nuestra espritualidad, haciendo fructificar de ese modo la potencialidad de nuestro carisma. La segunda, para todos, incluso para los presbíteros, el tenerlos como compañeros de misión, con la misma dignidad y la misma madurez. Eso exige de nosotros dar los pasos necesarios para aceptar su aporte desde lo propiamente «laical», con esa mirada que puede ofrecer lo que nosotros no percibimos por nosotros mismos18. Y dejándoles el espacio de autonomía que, a veces, puede ser descuidado, intentando falsas seguridades o escondiendo complejos de superioridad o manipulaciones.

    Pero aquí se presentan otros desafíos, como los que vienen, por ejemplo, de la presencia de movimientos y nuevas comunidades. Éstos son espacios alternativos de vivir la Iglesia, a veces, en concurrencia con las parroquias19. Para el párroco que todo lo juzga desde su jurisdicción puede verse como una anomalía. Ya en un texto de 1961, K. Rahner afirmaba que el párroco no necesariamente debe ser el único que tenga el deber de cura de almas respecto a los fieles de su territorio; «al derecho pastoral general del párroco no responde (…) un deber del feligrés de hacer efectivamente uso de esta oferta del párroco»20.

III. Los presbíteros al servicio de la comunión

La vida cotidiana de la Iglesia nos dice que no siempre formamos parte de un sistema con «engranajes bien aceitados». No siempre la comunión es espontánea. Cuando hay conflictos se genera desconfianza, división, y esto, precisamente, entre los que por vocación y misión están llamados en la Iglesia a congregar en la unidad. Difícilmente podremos transmitir a un mundo fragmentado y dividido, la voz de quien vino a reconciliar a los hijos de Dios dispersos, si por la contradicción de nuestro mensaje y nuestras divisiones mostramos que en nuestras bocas esa Palabra es sólo un deseo que se puede tomar a la ligera.

Por eso uno de los servicios del presbítero es velar por la comunión al interior de la comunidad. En muchas parroquias se organizan encuentros donde los diferentes servicios y movimientos se presentan y toman conciencia del hecho de que trabajan en una tarea común. Los presbíteros deben buscar también establecer vínculos entre sensibilidades diversas; esforzarse en abrir sus comunidades locales a la vida de la diócesis y a la vida de la Iglesia universal. No se trata sólo de organizar la Iglesia para que sea más eficaz gracias a una mayor cohesión. Se trata de participar en la obra de comunión que el Espíritu cumple en la Iglesia. Es una responsabilidad exigente: no hay comunión auténtica sin verdad y sin una búsqueda conjunta de la voluntad de Dios, con lo que eso supone de renuncia a hacer triunfar los propios proyectos.

Asumir una eclesiología de comunión es redescubrir las raíces más profundas de nuestra comunión, y la misión propia de cada ministerio y carisma en la Iglesia. No es sólo un problema intelectual. Debemos descubrir un modo de relación que refleje en la praxis los principios de la comunión. Por eso los presbíteros, como todos, debemos formarnos para ejercer nuestro ministerio y vivir nuestra vida en un «nosotros» eclesial diversificado, constituido por una diversidad de vocaciones.

Conclusión

Todos los estados de vida, todos los carismas y ministerios, en su conjunto y cada uno con relación a los otros, están al servicio del crecimiento de la Iglesia. Son modalidades distintas que se unifican profundamente en el misterio de comunión de la Iglesia y que se coordinan, con un profundo dinamismo, en su única misión.

«El Pueblo de Dios no nace solamente de la reunión de pueblos distintos, sino de funciones distintas que lo constituyen en lo que es. En efecto, entre sus miembros, reina una diversidad que es, sea la de los cargos, algunos ejerciendo el ministerio sagrado por el bien de sus hermanos, sea la de la condición y del modo de vida; siendo por el estado religioso que les hace perseguir la santidad por un camino más estrecho, un ejemplo estimulante para sus hermanos» (LG 13)

Todos participamos de los mismos bienes que nos ponen en comunión, pero no del mismo modo. Todos integramos una Iglesia comunión y misión, pero no todos del mismo modo.

«La comunión en la Iglesia no es pues uniformidad, sino don del Espíritu que pasa también a través de la variedad de los carismas y de los estados de vida. Estos serán tanto más útiles a la Iglesia y a su misión, cuanto mayor sea el respeto de su identidad. En efecto, todo don del Espíritu es concedido con objeto de que fructifique para el Señor en el crecimiento de la fraternidad y de la mi.

 

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Notas:

1.- Este sería el «lugar teológico» conciliar de la «communio ecclesiarum», cf. S. PIÉ-NINOT, «Ecclesia in et ex ecclesiis» (LG 23): la catolicidad de la «communio ecclesiarum», Revista Catalana de Teología 22 (1997) 75-89. regresar

2.- «La principal manifestación de la Iglesia se realiza en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, particularmente en la eucaristía, en una misma oración, junto al único altar, donde preside el obispo rodeado de su presbiterio y ministros» (SC 41). regresar

3.- Para subrayar la importancia del lugar opto por Iglesia local. El CIC (1983) optó por Iglesia particular al referirse a la diócesis, así se le podían asimilar las prelaturas, los vicariatos apostólicos, etc. Al de final de la presentación sobre el aporte conciliar, señalamos cómo la relación entre Iglesia universal e Iglesia local es un problema que ocupa a la eclesiología. La Iglesia es siempre universal y local, con eventuales tensiones en los dos aspectos. regresar

4.- J.-M.R.TILLARD, La Iglesia local, Sígueme, Salamanca, 1999, 21. regresar

5.- Cf. K. RAHNER, «Sobre el episcopado», en Id., Escritos de Teología, Taurus, Madrid, 1969, 376ss. regresar

6.- Cf. J.-M.R. TILLARD, op. cit., 216. regresar

7.- Cf. IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Ad. Smyrn. VIII, 1 (SC 10, 163; Papost 493); citado en ibid., 218. regresar

8.- Presbyterorum ordinis nunca habla de presbítero en singular, siempre lo hace en plural; cf. B. PITAUD, «Etre prêtre aujourd’hui», Jeunes et vocations Nº 96 (2000) 12. regresar

9.- Este reconocimiento, en el ámbito eclesiológico, se produce más allá del modo concreto en que luego la legislación canónica regule su funcionamiento, y reconozca a estas instancias un voto deliberativo o sólo consultivo. regresar

10.- Cf. CIC 495 §1. regresar

11.- Esta interpretación se funda y enriquece más con el texto de la plegaria de ordenación de los presbíteros según el Pontifical romano; se subraya la comunión de todos los ministros en un mismo Espíritu de diakonía. regresar

12.- En las órdenes religiosas, la exención no significa una no pertenencia a una Iglesia local, sino pertenencia de un tipo específico, implicando la posibilidad de vivir en una Iglesia local según un carisma propio y con el margen de libertad que esto exige. El matiz es capital. Cf. J.-M.R. TILLARD, «Communion et Vie religieuse», Irénikon 48 (1995) 348; JUAN PABLO II, Vita Consecrata, 48 y 49. regresar

13.- Menciono sólo a los religiosos por dos motivos. El primero es obvio, yo soy religioso y procura hablar desde mi lugar. El segundo responde a una realidad histórica: los religiosos se presentan con estructura de cuerpo, y su dinámica, de cohesión a nivel universal, muchas veces está en tensión con la estructura de la Iglesia local. regresar

14.- PABLO VI, Evangelii Nuntiandi, 69. regresar

15.- Cf. JUAN PABLO II, Vita Consecrata, 48. regresar

16.- Cf. ibid. 47. regresar

17.- Cf. JUAN PABLO II, Christifideles laici, 15. regresar

18.- Cf. JUAN PABLO II, Vita Consecrata, 54 y 55. regresar

19.- Debo cuestionamientos sugerentes, e intentos de respuestas, al trabajo, aún inédito, de O. GROPPA, Movimientos e Iglesia local: un problema de eclesiología, 2002. regresar

20.- Cf. K. RAHNER, «Reflexiones pacíficas sobre el principio parroquial», en Id., Escritos de Teología, II, Taurus, Madrid, 1961, 316ss. regresar