Ser sacerdotes de la Argentina hoy – Mons. Dr. José A. Rovai (2000)

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BOLETIN OSAR
Año 6 – N° 13

 

II Encuentro Nacional de Seminaristas
«Yo estoy siempre con ustedes hasta el fin de los tiempos»

Ser sacerdotes de la Argentina hoy

Mons. Dr. José A. Rovai

I.- El camino pastoral de nuestra Iglesia en la Argentina

Vivimos momentos muy desafiantes para toda la Iglesia. La Evangelización requiere mucha imaginación y esfuerzo, a la vez que una gran confianza en la fuerza del Espíritu, el verdadero Evangelizador. (ver EN, último capítulo). Evangelizar la cultura, es la consigna de siempre. El Evangelio debe encarnarse para ser fermento y fuerza del Reino. Todos los carismas eclesiales deben asumir estas características fundamentales, lograr penetrar en el corazón de la cultura o de las culturas del pueblo, sólo así el cristianismo se convierte en un «estilo concreto de vida en el corazón del mundo» (GS cap. IV)1.

  1. La recepción del Concilio Vaticano II

    Este acontecimiento fue un auténtico Pentecostés para toda la Iglesia de nuestro tiempo.

    Todavía no ha sido asumido en su integridad. De todas maneras se nota su fruto en toda la Iglesia y en nuestra Patria. Pensemos en los frutos de la liturgia, catequesis, la imagen de Iglesia, el esfuerzo por encarnarse en la realidad que ha puesto en práctica la misma Iglesia (pensar en las grandes constituciones LG; GS; SC; DV). La importancia que está adquiriendo la lectura de la Palabra de Dios en todos los niveles eclesiales. Falta todavía una mayor penetración del Concilio. Es la tarea de la Evangelización, a la cual nos llama Juan Pablo II. Entre nosotros es importante el documento episcopal sobre las nuevas líneas de la Evangelización. Encontramos en este sentido, luces y sombras que pueden ser objeto de nuestra conversación y reflexión.

  2. Los documentos del Episcopado Latinoamericano (Medellín, Puebla y Santo Domingo)

    Todos estos nos ofrecen pistas interesantes en esta dirección de aplicación del Concilio para nosotros en la Argentina. Nos ofrecen una imagen de la Iglesia más evangélica y que tienden a la Comunión y a la Participación. Una Iglesia Una y Pluriforme, donde todos debemos sentirnos protagonistas. Aparece la Iglesia en toda su riqueza de ministerios, servicios, movimientos y asociaciones, etc. El Mundo es mirado más en sus riquezas y valores, que en sus límites y anti-valores. También en esto vemos logros y fallas. (luces y sombras que es necesario reflexionar y pensar para actuar).

  3. El camino pastoral

    Hoy tenemos más conciencia de que «toda vocación es para la misión» y la Iglesia existe para «servir al Mundo». Toda la Iglesia es para la misión. Los carismas, ministerios, movimientos, etc., están ordenados a la tarea evangelizadora de la Iglesia.

    En nuestra Patria se han recorrido caminos muy válidos en esta dirección. (pensemos en los grupos bíblicos, la catequesis, la adaptación litúrgica, el diaconado permanente, la multiplicidad de ministerios). Si bien queda todavía mucho por hacer y no todas las zonas de nuestra Patria han asumido esta renovación con la misma fuerza, pero ha habido un crecimiento notable (esto debemos conversarlo y reflexionarlo mucho a partir de las diferentes zonas de las que ustedes proceden y ver las experiencias particulares en esta dirección). Se nota ciertamente una Iglesia más misionera, con una clara actitud de servicio y más abierta a los problemas de nuestra gente. Se comienza a valorar e implementar «una auténtica pastoral orgánica». Se comienza a vislumbrar con mayor fuerza una Iglesia donde todos son protagonistas (pensemos en los grupos misioneros, en los encuentros regionales a todo nivel, etc)

II.- Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización

Después de toda la consulta al Pueblo de Dios, se elaboraron estas líneas pastorales con estas características:

  1. Conciencia Cristológica fundamental

    Jesús aparece en ella como el contenido fundamental de la Evangelización.

  2. Una conciencia fuertemente eclesiológica (una pertenencia «cordial» a la Iglesia)

    Lentamente va desapareciendo el individualismo. Lo advierto en encuentros con sacerdotes, religiosas y religiosos, laicos, seminaristas, en varias partes de país. Es una Iglesia cada vez más comunión y participación.

  3. Mayor preocupación por la gente, los problemas humanos

    Va entrando cada vez más una visión integral de la acción evangelizadora y su repercusión en el orden personal y social. Hoy sabemos y tenemos más conciencia de que la evangelización debe crear una auténtica alternativa de vida para todo el hombre y para todos los hombres (pensemos aquí en la aceptación de la religiosidad popular y de la doctrina social de la Iglesia, el crecimiento de los equipos de pastoral social, implementados desde el mismo episcopado, la labor de Cáritas, etc., etc.). Falta mucho, es cierto, pero estamos caminando. Existen en varias partes del país, sacerdotes que trabajan en esta dirección, que intentan insertarse mejor en la realidad, laicos, laicas, consagrados y consagradas.

    En el orden civil, se está afianzando la democracia, la gente está madurando en su conciencia cívica. Es cierto que no existe un desarrollo consecuente en la justicia social, (desocupación – inseguridad en todos los campos, faltas en la salud, educación, igualdad de oportunidades, etc.). Ha crecido la pobreza en toda la República. Todo esto es un auténtico desafío para la Iglesia en todos sus carismas. Es el desafío de «una justicia largamente esperada…(LPNE).

    La tarea es enorme, pero apasionante…Es un momento importante para la Iglesia, la que está realizando enormes esfuerzos en el orden universal, (pensemos en el Perdón del Papa, su viaje a Egipto y a Medio Oriente, el diálogo con las religiones, etc. , etc).

III.- El perfil del sacerdote en la Argentina2

Es importante reflexionarlo y pensarlo en este lugar donde el Cura Brochero supo encarnar en su tiempo y en su cultura, el Evangelio de Jesús.

Ofrecemos solamente algunas pautas generales en orden a la imagen que debe asumir el sacerdote que está en la Iglesia de Argentina. No es una tarea sencilla ni mucho menos; parto para esto de mi propia experiencia, que como toda realidad personal, es limitada. Cada uno desde su propio lugar de origen deberá ver sus propias responsabilidades y posibilidades, ya que hay zonas muy diversas en nuestro país. Hoy tenemos que hablar en la Argentina, de culturas diversas y esto es importante a la hora de pensar el ejercicio del ministerio sacerdotal y la tarea evangelizadora, ya que afectan a la vida concreta e incluso a la formación del sacerdote.

Hombre de Dios

En la Iglesia

En cualquier circunstancia, cultura o situación, esta afirmación es fundamental. El sacerdote es primordialmente y esencialmente un hombre de Dios (Heb. 5,1). Lo es en su origen (llamado del Espíritu) lo es en su propia esencia3.

Estamos ante una gracia del Espíritu. No procede de una «invención» humana. Todas las vocaciones de la Iglesia son carismas del Espíritu.

  1. Relación profunda con Jesucristo (Maestro, Sacerdote y Pastor)

    El ministerio sacerdotal consiste en una «constante referencia». En primer lugar a Cristo. Él es el único Sacerdote del que nosotros participamos. Es importante asumir conscientemente esta realidad que debe penetrar todo nuestro ser. (psicología, afectividad, sensibilidad, estilo de vida, la cultura en que vivimos y que nos envuelve).

    Aquí es indispensable emplear todos los medios naturales y sobrenaturales que nos identifiquen con Cristo: «no soy yo quien vive, es Cristo quien viven en mí». Esta afirmación de Pablo, debemos hacerla nuestra cada día. (recuerden ustedes los medios que la formación les brinda en esta dirección) y debe asumirse desde todos los ángulos de la formación: espiritual – intelectual – humana – pastoral.

    Formar una personalidad cristiana sacerdotal. Es vivir injertados desde Jesús, en el Padre y el Espíritu. La identidad sacerdotal tiene siempre un horizonte Trinitario. (Es el Dios de Jesucristo a quién nos dedicamos, y desde Él, procuramos una transformación de nuestra vida. Todo «nuestro corazón» debe impregnarse de este misterio para ser testigos. (1 Jn. 1ss). Esto vale de todo carisma eclesial y particularmente del sacerdote (aquí debe tenerse en cuenta lo que dice el Card. Martini acerca de la formación «nocional» y de la formación «existencial», ambas son indispensables pero son distintas, a veces, entre nosotros prevalece la primera y no asumimos suficientemente la segunda y por eso en muchas ocasiones el sacerdocio es más una «profesión» que un «estilo de vida»). Y esto lo debemos asumir desde nuestra cultura concreta según el lugar donde vivimos y realizamos el ministerio apostólico (pensar aquí en la religiosidad de nuestro pueblo, en sus riquezas y limitaciones, la situación social, etc. Aquí deberá ayudar una formación permanente por regiones, Iglesias particulares, etc.).

    Pero debemos sentirnos sacerdotes cordialmente, esto implica que toda nuestra existencia es presbiteral, no somos sacerdotes por momentos (pose cultual, o de actos religiosos, etc. Cristo debe ser para nosotros una vida que nos ayude a asumir toda nuestra realidad humana. En este contexto cristológico adquiere toda su fuerza el celibato, la austeridad de vida, la ascesis y el gozo de la vida sacerdotal. Esto exigen una experiencia profunda de Cristo que fue lo que llenó la vida de nuestro cura Brochero y se lo advierte en todo su estilo pastoral).

  2. Una Iglesia Comunión y Participación

    El ministerio apostólico es un don del Espíritu desde la Iglesia y para la Iglesia (LG III; PDV).

    La eclesialidad de nuestro ministerio es el modo concreto de vivir nuestra inserción cristológica. Por eso es importante la «imagen de Iglesia» que tengamos en orden a la vivencia y ejercicio de nuestro ministerio sacerdotal (el cura Brochero lo hizo desde esta cultura serrana en su tiempo. Hoy tenemos que vivirlo desde el nuestro, que no es el mismo).

    Hay una metodología válida, pero con contenidos diferentes y aspectos nuevos que deben descubrirse. Aquí será importante descubrir el impacto que la cultura «post-moderna», ejerce en la particular juventud de ustedes, que son hijos, como tiene que ser, de ese tiempo (discernir lo permanente y transitorio del estilo sacerdotal y en el ejercicio del propio ministerio.

    Cada tiempo pertenece a la providencia y aquí deberá ejercerse una lectura atenta de los signos de los tiempos en nuestra Argentina de hoy). Esto es un verdadero desafío para la «formación inicial» y la «formación permanente».

    Sentirnos sumergidos en la Iglesia, toda ella Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo (Misterio, Comunión y Misión).

    Hoy debemos descartar toda actitud individualista que surge en el neo-liberalismo que nos invade como cultura (anti-valores de la cultura actual). Vivir en la comunidad, meternos en ella con toda nuestra fuerza, estrechar los vínculos eclesiales. Vivir una auténtica Iglesia «Comunión y Participación» en todos sus niveles. Ser profundamente «cristianos» en nuestro ministerio apostólico4(la identidad del Orden Sagrado tiene su base y su fuente, en el Bautismo).

    Toda vocación tiene una dimensión cristológica, eclesiológica y antropológica. Por eso toda vivencia ministerial debe hacerse desde la vivencia concreta de una «pastoral orgánica» (allí descubrimos que toda vocación en el seno del Pueblo de Dios, es complementaria. Es un «recibirse» en un «darse» constante. Es el misterio concreto de la Comunión de los santos. Como dice el Card. Congar «somos mediadores los unos para los otros…» Y en PDV, «el lugar primero de la formación permanente del sacerdote es la comunidad donde ejerce su ministerio apostólico…»).

    De esta manera se enriquece la vocación ministerial en el ejercicio concreto de la CARIDAD PASTORAL, que se hace precisamente en la vivencia de una auténtia eclesialidad.

    Nosotros tenemos en la Iglesia Argentina, posibilidades enormes en esta dirección. Los valores comunitarios, la familia, los grupos, la fiesta, los encuentros, son fuertes y comunes. (existen sin lugar a dudas influencias, a través de los medios de comunicación negativos, pero si comparamos con otros lugares, todavía tenemos valores interesantes en este sentido que debemos profundizarlos y aprovecharlos. Como simple ejemplo, basta ver la reacción positiva de la gente, al menos en muchos lugares del interior y barriales, cuando el cura sale a saludar a la gente en la puerta del templo después de haber presidido la Eucaristía. En este sentido, es que las LPNE, insisten en la celebración festiva y todavía común en nuestra Iglesia, del Bautismo y en muchos casos del Matrimonio, las Ordenaciones sacerdotes, las peregrinaciones, la convocatoria que tiene en nuestro pueblo la Virgen María, los santuarios. Es importante valorar todo esto en la formación inicial como en la permanente).

    Debemos amar y meternos profundamente en nuestras comunidades concretas para vivir estos valores eclesiales donde los hay, y crearlos o recrearlos donde no están o están en vías de desaparición. Es importante conversar juntos todo esto.

  3. El sacerdote en su relación con los otros carismas, ministerios y funciones (Iglesia Una y Pluriforme)

    Un sacerdocio en constante relación con todos los carismas, ministerios y servicios existentes en la Iglesia, como con los movimientos y asociaciones eclesiales.

    El sacerdote es un ser en relación. Es un ministerio en el seno de una comunidad y para una comunidad.

    Se deben evitar dos extremos: absolutizar la propia vocación ministerial (el cura lo es todo), como perder la identidad de la propia vocación. La vivencia sacerdotal en el seno de una «comunidad pluriforme» exige un constante discernimiento, y una conciencia fuerte de «discipulado». Toda vocación debe estar constantemente creciendo y recibiendo la «complementariedad de las otras vocaciones». La Iglesia posee una gama riquísima de carismas. Por eso el sacerdote debe ser DISCÍPULO, debe aprender de los mensajes que le brindan la vivencia y el contacto con los otros carismas (esto significa ser hombres de fraternidad y comunión en el seno de la comunión eclesial). Esto exige una «sana relativización» de nuestra propia vocación. No somos toda la Iglesia. Debemos evitar una cierta clericalización de la comunidad eclesial. Valorar lo nuestro implica apreciar lo de los otros (de lo contrario nuestra vocación se transforma en «ideología», la parte es valorada como si fuera el todo). Sólo Jesús resucitado constituye la plenitud de la nueva humanidad. Nosotros participamos desde nuestro pequeño don a la riqueza del todo. Como dice el P. R. Cantalamesa: «Los sacramentos son gracias para toda la Iglesia, los carismas lo recibe cada uno, pero para la santificación de toda la Comunidad eclesial…»

    Esta relación la hacemos con:

    1. Con los otros presbíteros

      Entramos en una comunidad presbiteral en el seno de la comunidad eclesial (fraternidad sacramental que debe convertirse en una fraternidad «afectiva y efectiva». Sentirnos colegio, saber que nuestros hermanos tienen carismas propios que nos enriquecen y así crecemos los unos y los otros. Es vivir auténticamente la Eucaristía Una, que todos celebramos).

      Dice Segundo Galilea, que no puede haber una auténtica caridad pastoral que no sea fruto de la caridad entre los sacerdotes del Presbiterio.

    2. Con los consagrados y consagradas

      La vida consagrada es un bien para toda la Iglesia. Ella nos recuerda el fin escatológico y los valores del Reino en nuestra vida. Pone en una crisis a toda la Iglesia. Nos enseña que la Iglesia camina hacia la Patria futura (ver LG VII). La vida consagrada es esencial a la vida de la Iglesia y nos ayuda a descubrir la dimensión exacta de nuestro ministerio, la inserción histórica y, el horizonte escatológico (recordemos que el cristianismo todo transita desde la «protología» hacia la «escatología» y esto constituye precisamente a la historia. Aquí descubrimos que nuestra vocación es relativa y parcial y que necesita el complemento de la vida consagrada).

    3. Con los laicos y laicas

      Todos formamos parte del único Pueblo de Dios. Ellos nos enseñan el valor pleno y rico del mundo creado por Dios y redimido por Cristo. Ellos viven como dice hermosamente Puebla: «Ellos son el corazón del Mundo en la Iglesia, y el corazón de la Iglesia en el Mundo». Recibimos una auténtica complementación de nuestro ministerio (ver LG 10 y GS IV, donde se nos dice que la Iglesia aprende del Mundo, y el Mundo aprende de la Iglesia). Complementariedad fecunda que nos enseña a valorar que Dios Padre en Jesucristo por el Espíritu Santo tiene un único plan para la Iglesia y el Mundo. Esto nos exigen tener permanentemente un corazón de discípulos y no exclusivamente de maestros. ¡Cuanto recibe un sacerdote de los laicos de la comunidad cristiana (y en esto nuestra gente aprecia a los sacerdotes y los acompaña en la medida que nosotros dejamos que lo hagan, nos dejamos querer por ellos).

      Nos ayuda a valorar permanentemente nuestro Bautismo y a descubrir que somos «cristianos entre los cristianos», nos ayuda a ser humildes y realizar las prácticas cristianas que ellos realizan. (Segundo Galilea, planteándose la espiritualidad del sacerdote y los medios para obtenerla dice que son los medios comunes de todo cristiano además de los propios que son los menos…).

      Cómo nos ayuda vivir en una comunidad que valora el discipulado cristiano y nos hace sentir «más hermanos de los hombres que padres…». Esto nos ayuda mucho a enfrentar las crisis que nos vienen siempre, porque somos humildes y nos dejamos ayudar. No nos sentimos «Doctores de Israel» (sirve para vencer nuestros clericalismos que son siempre peligrosos como lo es en el fondo toda ideología). Y lo curioso es que sólo así descubrimos nuestra más profunda identidad como sacerdotes. «Nunca me he sentido más sacerdote que entre mis matrimonios amigos», me decía un sacerdote una vez. Y cuántos matrimonios han «salvado» una vida sacerdotal.

El sacerdote en el corazón del Mundo

Toda la Iglesia es simultáneamente «centrípeto» y «centrífuga». Ella es «Sacramento para el Mundo» (LG 1). Vivimos en el mundo de los hombres, en una cultura, en una sociedad, en unas estructuras concretas.

En ella el sacerdote debe ser:

  1. Evangelizador

    Debe ofrecer constantemente los criterios evangélicos para que el Mundo asuma su propio ser. En el fondo la vocación del Mundo es ser Iglesia (en el sentido de Comunión Trinitaria).

    Y ambos, la Iglesia y el Mundo deben vivir en el horizonte del Reino, que es el único absoluto. En el proyecto de Dios, esta siempre en primer lugar el Reino (y desde allí la Iglesia y el Mundo). Y en Cristo se realiza el Reino, que comenzó en la Encarnación y terminará en la Parusía (hoy lo vivimos en la fe, la Palabra, los Sacramentos, las virtudes y la presencia del Espíritu en todos los valores humanos). El Espíritu es el que realiza el Reino en el Mundo, y el Espíritu está suelto en el Mundo. La Iglesia constituye el Sacramento del Reino por el Espíritu, pero no lo agota en su propia existencia histórica5.

  2. Signo de los tiempos (GS 4)

    Esta conciencia nos lleva a descubrir el signo de los tiempos.

    El sacerdote debe tener una profunda conciencia histórica, pues el Espíritu en su Providencia transita todos los tiempos y lugares (en él nos movemos, somos y existimos…y Él no está lejos de ninguno de nosotros).

    Es importante aprender a leer el signo de los tiempos para nuestras tareas ministeriales (todavía nos falta mucho en esto, me doy cuenta que todavía vivimos una pastoral demasiado eclesiástica, y es importante descubrir la acción de Dios en la historia). La búsqueda de los derechos humanos, la solidaridad, la sensibilidad social, la lucha por la justicia, el valor de la vida, la unificación del mundo, la aproximación de las culturas, la valoración de realidades que no son las nuestras, etc. (es cierto que a estos corresponden también anti-valores, pero siempre es así. El trigo está siempre mezclado con la cizaña como lo vemos en las parábolas del Reino).

    Y en este camino debemos utilizar el método sugerido por Juan Pablo II. El misterio de la Encarnación, que nos ayuda a asumir los valores, el de la Pascua, que nos ayuda a ver el paso de la muerte a la vida, nos ayuda a descubrir y frenar los anti-valores, y Pentecostés que nos ayuda a potenciar los valores con la fuerza del Espíritu (ver Redemptoris Missio).

  3. Identidad y diferencia

    Juan nos habla de que estamos en el mundo pero no somos del mundo. Es cierto, Juan toma aquí un sentido «peyorativo» de mundo. Los criterios evangélicos nos hacen ver esta diferencia. Las bienaventuranzas son la síntesis de los criterios del Reino. Mantener nuestra identidad cristiana- sacerdotal, será siempre para nosotros un desafío constante. Una cosa es «encarnarse» y otra «diluirse» es la «sal» que se torna «insípida» y la «luz» que no alumbra. Será la tensión constante del cristiano sacerdote. Porque si perdemos nuestra identidad ¿que podremos dar al mundo? (el Papa decía hace unos años a un grupo de sacerdotes: «Ustedes son distintos y deben alegrarse de serlo porque así podrán servir a la Iglesia y al Mundo…»). Es el extremo de una cultura «laigth», que se da en considerables franjas de nuestro mundo contemporáneo (ver Veritatis Splendor y Fides et Ratio).

    El misterio de la Encarnación puede ayudarnos en este camino. Es Verbo Eterno del Padre, no dejó su divinidad al hacerse hombre («…siendo por naturaleza eterno se hizo historia…», nos dice hermosamente Juan Pablo II en TMA).

    En esto tenemos que aferrarnos mucho a Jesús, que estuvo metido en el mundo viviendo intensamente su Filiación Eterna (como dice un teólogo contemporáneo: «Vivió intrahistóricamente lo que vive en el seno del Padre desde toda la eternidad…»).

Hombre para los hombres

Madurez humana

El sacerdote debe ser lo más «integralmente hombre» posible.

  1. Unidad de la personalidad

    Se dice del cura Brochero que era enteramente sacerdote. Tiene que haber en el sacerdote una relación estrecha entre fe y vida.

    El ministerio «debe atrapar toda nuestra persona». Repito este es el sentido más profundo de nuestro celibato (es una opción por el Reino, total y radical)6.

    El sacerdocio debe asumir, la psicología, la afectividad, la sensibilidad del sacerdote. El sacerdocio abarca las 24 horas de nuestra vida, sea el trabajo o el descanso, la diversión, el estudio, la lectura, las amistades con hombres y mujeres, en una palabra: TODA LA VIDA. Como se decía del cura Brochero: «por sobre todas las cosas, era cura».

    El sacerdocio católico no es una profesión sino un «estado de vida» y por eso se lo recibe «de por vida», y no por tiempos. No podemos ni siquiera pensar que los Apóstoles lo hubieran sido sólo por un tiempo. La fidelidad a un estado de vida cristiano abarca hasta la muerte (sea el Bautismo, como el Matrimonio, el Orden Sagrado, la Consagración, etc.). Así lo vivió y entendió siempre la Iglesia; y así lo vivió y entendió el cura Brochero. Fue siempre y en todas partes CURA. Y a esto debe tender la formación inicial y la permanente (en medio de los relativismos y actualismos que atraviesa la cultura post-moderna, debemos ser profetas de la «permanencia» y debemos exorcizar toda clase de relativismos).

    El sacerdocio debe formar toda nuestra personalidad lo más conscientemente posible. Decisiones maduras, valores permanentes, una opción auténticamente fundamental, debe configurar nuestra elección del sacerdocio ministerial. Y esto supone y crea una verdadera madurez humana (debemos formarnos en esto pues no es algo espontáneo).

  2. Estilo de vida sacerdotal

    Más allá de las condiciones culturales y las necesarias adaptaciones concretas que debe analizarse en cada cultura, existen valores permanentes que configuran la vida ministerial. El vivir la ministerialidad como Maestros, Sacerdotes y Pastores, la dedicación exclusiva al ministerio o al menos preponderante en sus diferentes posibilidades, la vivencia de la existencia de Cristo Pobre, Obediente y Casto, no son negociables. Hay una necesaria permanencia. Un estilo de vida sacerdotal deberá reflejar siempre en el seno de la comunidad cristiana estos valores (sea en el trabajo, en el descanso, amistades, diversiones). No debe haber vacaciones del ministerio en estas pautas fundamentales. Y esto exige la «permanencia» ministerial». No se es sacerdote ministerialmente hablando por tiempos y por momentos, sino siempre. Muchas crisis sacerdotales se basan en no asumir estos valores fundamentales y permanentes. Entregamos la vida y toda la vida. Somos sacerdotes desde que somos elegidos y comenzamos nuestra formación en perspectiva, y lo somos concretamente desde nuestra ordenación hasta nuestra muerte. En esto no puede haber cambios (es la sustancia del llamado al sacerdocio) (parecido a lo que Pablo se plantea en torno al Pueblo elegido en los cap. 9 al 11 de la Carta a los Romanos).

  3. Actitud de Servidor

    Una personalidad sacerdotal madurada humanamente en el ministerio, lo asume a éste como un servicio. No es algo para sí mismo en primer lugar, sino para toda la comunidad eclesial. Se recibe algo que es para todos. El cura Brochero se gastó en este ministerio. Tenía una personalidad muy madura humana y sacerdotalmente y lo fue en cada instante y en toda su vida. La gente aún hoy habla no de Brochero a secas, sino del Cura Brochero. El sacerdocio había forjado incluso su personalidad humana y había penetrado «cordialmente» en su vida. Tuvo un corazón «entrañablemente sacerdotal». Y eso lo proyectaba en todos los gestos de su vida. No fue un profesional sino un sacerdote en todo sentido.

    Esto ayuda al sacerdote a mantener siempre una mentalidad de discípulo. Servir es una tarea hermosa pero exigente. Y cuando intentamos hacerlo descubrimos inmediatamente nuestros límites y la necesidad de ser ayudados; el que tiene conciencia de ser servidor, es humilde, magnánimo, amable, respetuoso, dialogante, sabe que siempre puede aprender de todos. Se entrega generosamente, es trabajador, se coloca en el lugar de los otros, busca los caminos del Espíritu, se siente fraterno y solidario de los otros, vive de verdad la Caridad Pastoral en su más profunda dimensión. Busca estar con los más pequeños y humildes, sabe recibirlos y escucharlos, se deja evangelizar por ellos. Evita toda forma de clericalismo, de suficiencia, experimenta a fondo su fragilidad, es decir, es profundamente humano.

  4. Conocer la cultura de nuestro tiempo, particularmente de nuestro pueblo

    Brochero se identificó profundamente con la cultura del lugar donde vivió y desde allí evangelizó a su gente. Se hizo uno de ellos sin dejar de ser el Cura. Síntesis admirable que plenamente lograron sólo los santos y santas7.

    ¿Qué implica esto?

    1. Asumir los valores de nuestra cultura, los valores populares

      Conocer bien nuestra comunidad, su estilo de vida, sus angustias y esperanzas, sus anhelos (dice Pablo VI que el cristiano tiene que conocer: los movimientos históricos, las ideologías y las aspiraciones humanas).

      Esto exige una actitud humilde de aprendizaje, evitando toda «tentación ilustrada» que puede surgir durante nuestra formación inicial, aquí deberán estar atentos todos los intentos de la formación permanente. Conocer, valorar y servir a nuestro pueblo, deberá ser la consigna fundamental.

    2. Conocer los anti-valores (ambigüedades)

      Es importante en esto ser hombres de «discernimiento». En una cultura donde existe un amplio sector de «permisividad» donde todo vale, es necesario por amor a la verdad que nos hace libres, saber descubrir las ambigüedades en nosotros y en la convivencia humana. Sabemos que todo espíritu no es necesariamente el Espíritu de Dios. El hombre esta abierto a la Verdad, al Bien y a la Belleza y, ahí encontraremos nuestra fuerza en el trabajo concreto ministerial. La comprensión, la misericordia, la paciencia, no deberán nunca confundirse con la permisividad. Como dice Juan Pablo II: «la verdad, el bien, la caridad y la libertad, están indisolublemente unidas». (San Agustín hablaba del bien útil, deleitable y honesto, este último mira a toda la persona, los anteriores son siempre bienes parciales).

      El cura Brochero, fue claro en esto y supo educar a su gente en la Verdad y en el Bien del Evangelio.

    3. Evangelización de la cultura (Encarnación)

      Una personalidad madura, asume conscientemente su función y la integra en su personalidad. Sólo ministros maduros que intenten conocer y vivir el Evangelio y al mismo tiempo su cultura, estarán habilitados para evangelizar la cultura, que no es otra cosa que promoverla y hacerla más profunda en sus propios valores (recordemos aquí como el perdón del Papa toca a las imposiciones no siempre caritativas y prudentes que se hicieron en la misión evangelizadora de la Iglesia). Los valores de una cultura siempre deben ser asumidos y respetados por la tarea evangelizadora. Como se dice en Puebla: «Se evangeliza desde la cultura a la cultura, nunca fuera o al margen de ella» La libertad del hombre a la que se dirige últimamente la evangelización, está situada en un ámbito cultural. (todo esto debe ser necesariamente conversado y reflexionado, pues constituye el aspecto más delicado de la tarea evangelizadora y donde se juega a fondo la Caridad Pastoral).

    4. Proponer la cosmovisión cristiana del Mundo

      Una personalidad sacerdotal, que ha asumido su ser y ministerio hasta que le penetre el corazón y la sensibilidad, no puede sino advertir las posibilidades humanas que están presentes en el cristianismo. Y la propone consciente de que evangelizar es humanizar. Hay una relación muy profunda entre «cristianismo y humanismo».

      Hoy, ante tantas cosmovisiones, dualistas o monistas, el sacerdote tiene que proponer en su tarea evangelizadora y como formando parte esencial de la misma, una visión de Dios, del Mundo y del Hombre desde la verdad de Jesucristo8.

      Tenemos que hacer «creíble» el mensaje cristiano a partir de sus consecuencias y perspectivas humanistas. Como se dice hoy: Evangelizar es «humanizar». Las LPNE dicen que la fe en Cristo promueve y afianza la dignidad de la persona humana. Hoy se nos exige una intensa imaginación creadora en orden a la Evangelización, decía Pablo VI: «La Iglesia de hoy, quiere hablar del hombre, hablarle al hombre, con lenguaje del hombre, allí donde el hombre está»9. No se podría haber dicho mejor la capacidad humanista que tiene el Evangelio.

      De esta forma el cristianismo se presenta y so ofrece al mundo como una «alternativa integral de vida». Cristo nos vino a traer la verdad integral sobre el hombre, creado a imagen de Dios, redimido por Cristo y encaminado hacia su único fin, el encuentro con Dios. Aquí vale lo de San Ireneo: «La gloria de Dios consiste en la salvación del hombre y la salvación del hombre consiste en la Visión de Dios».

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Notas:

2.- Sugerencias en PDV para el orden universal nros. 5al 10, particularmente este último punto donde se nos dan algunas pautas evangélicas para el discernimiento. regresar

3.- PDV cap. II. Naturaleza y Misión del sacerdocio ministerial. Todo el capítulo es interesante en esta dirección. regresar

4.- Ver el interesante libro de A.Vanhoye y C. Martini, La vocación en la Biblia. regresar

5.- Ver Lg 4 y 5; GS IV; y Jn. 16 y los sinópticos, donde Jesús predica el Reino y al final termina identificándose con él, que es la «autobasileia» de Orígenes. regresar

6.- Ver el interesante libro de C. Martini, Radicalidad de la Fe; y en PDV: La radicalidad evangélica. regresar

7.- Ver el libro de Segundo Galilea, Cuando los santos son amigos. Y el libro de J. F. Six, Itinerario espiritual del hermano Carlos de Foucauld. regresar

8.- Aquí es interesante tener en cuenta la afirmación de K. Rhaner: «…la Antropología es un esbozo de la Cristología, así como la Cristología es la plenitud de la Antropología». En otras palabras es lo que expresa el Concilio en GS 22 y 45, donde habla de Cristo como la plenitud de la historia. regresar

9.- Ver el discurso de clausura del Concilio Vaticano II. regresar