El Discernimiento Eclesial en la pastoral de la cultura – R.P. Ignacio Pérez del Viso, S.J. (2001)

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BOLETIN OSAR
Año 7 – N° 14

 

2° Panel: Discernimiento teológico-pastoral de los signos de los tiempos

El Discernimiento Eclesial en la pastoral de la cultura 1

VI Encuentro de Teología Pastoral

R.P. Ignacio Pérez del Viso, S.J. 2

 


 

El Evangelio según Lucas nos dice que «María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón» (2,19). No sólo las «conservaba», lo que es propio de la Tradición, sino también las «meditaba», para saber responder a los desafíos que se le presentarán en la vida. Y la Iglesia, a ejemplo de María, no sólo «conserva» lo que recibió de Jesús, en los orígenes, sino también lo «medita en su corazón», llevada por el Espíritu, para saber responder a los desafíos de cada época y de cada región, lo que es propio de la Evangelización. Esto supone vivir en actitud de discernimiento para escuchar el llamado del Señor y reconocer la Palabra entre la multitud de voces.

Para afrontar los desafíos que nuestra realidad argentina nos presenta hoy y realizar los discernimientos que el Señor nos pide, puede ayudarnos el análisis de alguno de los grandes discernimientos hechos por la Iglesia en épocas de cambios conflictivos. Me referiré a la opción que debió afrontar en el terreno de la pastoral de la cultura, ante el fenómeno del Renacimiento y el Humanismo, en los siglos XV y XVI.

1. Las tres dimensiones

Antes de la parte histórica deseo hacer una observación en relación a la Pastoral de la Cultura. Las Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización (LPNE), de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), nos hablan de dos ejes en nuestra pastoral, el de la Fe y el de la Justicia largamente esperada. Ahora bien, creo que sería conveniente considerar un tercer eje, como puente entre ambos, el de la Cultura. Tendríamos así esta secuencia:

Fe –> Cultura –> Justicia

Por un lado, la Fe es el corazón de la Cultura. Por otro lado, las pautas culturales influyen para que la sociedad sea más justa o injusta. En LPNE aparece el tema de la Cultura, pero creo que convendría darle un relieve mayor y sobre todo mostrar la conexión que guarda con la Fe y la Justicia.

Muchas de las actuales injusticias, si no todas, poseen una raíz cultural. La alta proporción de mujeres golpeadas, por ejemplo, constituye una terrible injusticia. Podemos dictar leyes severas, con castigos para los golpeadores. Muchos de ellos irán a la cárcel, pero las mujeres seguirán siendo golpeadas, porque hay una raíz cultural, el machismo latinoamericano, que considera a la mujer como propiedad del hombre. Hasta que no logremos, entonces, una nueva cultura en la relación hombre/mujer, no podremos superar esa injusticia, o al menos reducirla en forma significativa.

Veamos otro ejemplo referido a la discriminación de la mujer, pero con una actitud contraria, no golpeándola sino tratándola con amabilidad. En general, por igual trabajo, se le paga menos a la mujer que al hombre. Esa es la injusticia. La pauta cultural subyacente es que la mujer es menos capaz o eficiente que el hombre.

Errábamos con frecuencia el camino cuando, para alcanzar la Justicia, nos dedicábamos a denunciar y perseguir a los «malos», a los injustos y explotadores, sean empresarios, gobiernos u organismos internacionales. Porque el problema radica en que también los «buenos», los de buena voluntad, los practicantes, están cometiendo injusticias, sin advertirlo, por influencia de pautas culturales. No habrá pecado en el orden subjetivo pero hay un grave desorden en el orden objetivo.

Pagarle menos a la mujer que al hombre no lo hacen sólo los «malos» o gente que no tiene sentimientos. Lo hacemos también los «buenos», convencidos de la justicia de nuestra medida. Consideramos que son buenas para el cargo de secretarias pero no para directivas. Participan y trabajan en comisiones, pero la presidencia con frecuencia la ocupa un hombre. En la Iglesia, la posición inferior de la mujer obedece a ciertas pautas culturales y éstas, a su vez, están influidas por prejuicios religiosos, a partir de textos bíblicos que colocarían a la mujer en situación de dependencia respecto del varón.

Podemos considerar entonces como tres ejes o dimensiones en la vida de la Iglesia: espiritual, cultural y social. Los discernimientos en la primera dimensión, en la vida de la Fe, influyen y condicionan los realizados en la segunda dimensión, en la Pastoral de la Cultura, y éstos últimos hacen sentir su orientación en los de la tercera dimensión, en la Pastoral Social. Al mismo tiempo hay como una circularidad, de modo que cada discernimiento repercute en todos los demás.

2. El desafío del Renacimiento

Consideremos el caso del discernimiento hecho por la Iglesia hacia el 1500, en la Pastoral de la Cultura, analizando qué posición adoptó ante el Renacimiento y el Humanismo. No fue una opción fácil y clara. Fue, más bien zigzagueante, durante el medio siglo anterior al 1500. Un papa se inclinaba por la aceptación, y el siguiente por el rechazo. El péndulo se movía, no con pequeñas oscilaciones sino saltando de un extremo al otro.

Aunque no debemos confundir Renacimiento y Humanismo, aquí podemos considerarlos conjuntamente, como elementos principales y estrechamente vinculados, de la cultura emergente en el ocaso de la Edad Media, y en parte como fruto de la misma más que como antítesis. En cierta forma, el Medio Evo es una sucesión de Renacimientos, desde el carolingio, en el año 800. Re-nació el clasicismo greco-latino porque en realidad no había muerto del todo. Y tampoco fue una re-petición de lo antiguo, porque la Edad Media venía abriendo nuevos horizontes culturales, como en el caso de las lenguas romances, derivadas del latín, con sus correspondientes literaturas.

El Renacimiento se dio más en el Sur de Europa, básicamente en Italia, de donde se extendió al resto, impulsado por artistas geniales. El Humanismo tuvo su cuna en el Norte, en los Países Bajos, desarrollado por escritores, como Erasmo, príncipe de los humanistas. A los primeros les atraían las obras de arte, a los segundos los pergaminos. Algunos, como Miguel Ángel, fueron artistas y escritores, pero muchos otros no abarcaron la doble veta de las artes plásticas y de la literatura.

Tomemos como punto de partida al papa Nicolás V (1447-1455). Era un hombre culto, a quien le gustaban los libros bien encuadernados. Fue el fundador de la Biblioteca Vaticana, un verdadero hombre del Renacimiento. La toma de Constantinopla, por los turcos, ocasionó un flujo de hombres cultos y de pergaminos hacia Occidente. El péndulo era atraído por la cultura.

A este papa le sucedió Calixto III (1455-1458), Alonso de Borja, que hizo cardenal a su depravado sobrino Rodrigo de Borja, el futuro Alejandro VI. No comprendió el Humanismo. Estaba dispuesto a vender las obras de arte del Vaticano para armar una cruzada y liberar a Constantinopla. Cuando vio los libros preciosos acumulados por su antecesor, dijo: «En esto se ha desperdiciado el tesoro de la Iglesia». Y empezó a tirar los libros griegos. El péndulo saltó al otro extremo.

Al papa Borja le sucedió Pío II (1458-1464), Enea Silvio Piccolomini, uno de los humanistas más brillantes de su tiempo, con quien colaboró el cardenal alemán Nicolás de Cusa. El péndulo se aproximó de nuevo al Humanismo, pero no por mucho tiempo.

El siguiente, Pablo II (1464-1471), prohibió la Academia romana y se atrajo la enemistad de los humanistas. Fue presentado como enemigo del arte, de la ciencia y de la cultura en general.

Los estudios eruditos para él eran heréticos. Fue recordado como un bárbaro inculto. Como vemos, no se trataba de diferencia de matices sino de posiciones extremas que alternaban sorpresivamente.

El franciscano Sixto IV (1471-1484) fue un gran promotor del arte y de la ciencia; transformó la Roma medieval en una ciudad renacentista. Los dos papas siguientes, Inocencio VIII (1484-1492) y Alejandro VI (1492-1503), no modificaron esta línea en el terreno cultural, aunque dejaron mucho que desear en el espiritual. Con Julio II Roma se convirtió en el centro del Renacimiento italiano. León X fue un enamorado de las artes y las ciencia. Los papas serán, durante el siglo XVI, los grandes mecenas de los artistas.

3. La circularidad de las opciones

Como vemos, se llegó al «matrimonio de conveniencia» entre el papado y el Renacimiento después de un tormentoso noviazgo de medio siglo. Aclaremos, de paso, que no siguió el mismo ritmo el discernimiento efectuado por el papado que el del conjunto de la Iglesia, según las regiones. Alejandro VI y el predicador dominico Savonarola, por ejemplo, respondían a enfoques violentamente opuestos. Con todo, a lo largo del siglo XVI la opción de los papas va arrastrando al conjunto de la Iglesia, y el barroco se convierte en la bandera cultural de la llamada «Contrarreforma».

Este discernimiento papal, en la pastoral de la Cultura, estuvo condicionado por otros discernimientos en el orden de la Fe, e influyó a su vez en otros, en la pastoral Social, en una circularidad opcional. Los que vivían los acontecimientos no eran por lo general conscientes de estas mutuas influencias. León X fomentó las artes porque le agradaba ese ambiente culto y sabía disfrutar del teatro, los banquetes y la cacería, pero no porque hubiera hecho una opción particular desde la dimensión religiosa. San Ignacio de Loyola, en cambio, captó la importancia de lo intelectual y cultural para la vida de la Fe, y los jesuitas estructurarán el modelo pedagógico basado en la «Ratio studiorum».

Desde la dimensión de la Fe, ante todo, provenían serios reparos contra el Renacimiento. Muchos veían en él un retorno al paganismo. De hecho, el nuevo modelo era el clasicismo greco-latino. De una Edad Media, centrada en Dios, se pasaba a una Edad Moderna, centrada en el hombre. La fidelidad al Evangelio parecía exigir el rechazo de un movimiento cultural no cristiano.

El Renacimiento, además de ser un retorno a la antigüedad pagana, era un retorno a la naturaleza, olvidando la dimensión cristiana de lo sobrenatural. El desnudo se imponía en el arte, aún en las pinturas de Jesús, lo que motivó un rechazo como ofensa al pudor. En el Juicio Final hubo que repintar un lienzo que flotaba estratégicamente. Pero más importante que el desnudo era el olvido del pecado y de la concupiscencia. El ideal parecía consistir en seguir los impulsos naturales. En este ambiente de «bondad natural», la penitencia perdía el peso que había tenido en siglos anteriores.

En cuanto a la opción por el Humanismo, la Reforma luterana jugó también un papel importante. Al comienzo, Lutero creyó que podría ganarse a Erasmo, por las críticas de éste a la Iglesia romana. Pero pronto vio que los separaba un abismo, el de la libertad humana, de la cual los humanistas eran los firmes defensores. Santo Tomás Moro, otro gran humanista y amigo de Erasmo, fue un mártir de la libertad de conciencia.

El papa Adriano VI (1522-1523), de los Países Bajos, fue un humanista, aunque no comprendió a los renacentistas italianos y terminó víctima del sarcasmo romano. Invitó a Erasmo a que viniera a Roma, para organizar la reforma de la Iglesia, pero el ilustre escritor declinó el ofrecimiento, prefiriendo mantener la distancia, o la equi-distancia entre romanos y luteranos. Conviene aclarar que los sectores enfrentados no parecían todavía dos Iglesias, católica y luterana, sino dos posiciones en conflicto al interior de la misma Iglesia.

El protestantismo, por su parte, tuvo que realizar una opción frente al Humanismo tan difícil o más que la de la Iglesia católica. Por un lado, rechazaban una Filosofía basada en la razón, no en la Biblia. Por otro lado, hombres como Melanchthon, sucesor de Lutero, eran grandes humanistas que buscaron una esquiva síntesis, procurando que el movimiento de la Reforma no cayera en un fundamentalismo fideísta.

La opción hecha finalmente por los papas en favor del Renacimiento y del Humanismo, tuvo sus repercusiones en el terreno de la Pastoral Social. El papado quedó muy enganchado con la Roma del Renacimiento y dejó su legado al posterior Estado Vaticano, en un ambiente de palacios, museos, obras de arte y monumentos. El papa no reflejaba la figura de Simón Pedro, el pescador de Galilea.

Ese lastre se percibe aún en nuestros días. Es el de las riquezas artísticas del Vaticano, un patrimonio de la humanidad, que no tiene que ser administrado necesariamente por los obispos de Roma. Esto sería tema para un nuevo discernimiento, ya entrados en el Tercer Milenio, pero no en base a fáciles «denuncias» sobre las riquezas de la Iglesia sino a propuestas viables que garanticen incluso la mejor conservación de las obras de arte.

La circularidad, antes mencionada, hacía que las opciones en la Pastoral de la Cultura repercutieran también en el terreno de la Fe, en la dimensión espiritual. Para construir la basílica de San Pedro, Julio II promulgó una Indulgencia, en 1507, renovada por León X. La reacción de Lutero (1517) fue en defensa de la Fe, contra una Pastoral organizada para recaudar fondos, en un plazo de ocho años, destinados no sólo a la construcción de San Pedro sino también a solventar los gastos del ambicioso arzobispo Alberto de Brandenburgo.

La Iglesia asumió el Renacimiento y éste se transformó, en plena lucha de la Contrarreforma, en el Barroco, que ya no es un arte pagano sino cristiano, del que se valieron, en particular los jesuitas en todo el mundo. Lo natural era espiritualizado, la Iglesia triunfaba sobre el demonio, el catolicismo derrotaba al protestantismo. Hoy no participamos de esa mística combativa, no haríamos ese discernimiento histórico, pero reconocemos la gran fe que los movía, a católicos y protestantes.

Otro discernimiento similar al del Renacimiento, debió hacer la Iglesia en el siglo XVIII, ante el Iluminismo y una serie de fenómenos conexos, como la Revolución francesa, los Derechos del Hombre, los ideales de libertad, igualdad, fraternidad, y la masonería, todos «modelos culturales emergentes». Hoy distinguimos, por ejemplo, entre una primera Revolución Francesa, la de los Derechos del Hombre, y una segunda, la del terrorismo y el genocidio; entre la masonería de un humanismo solidario y la masonería en polémica con la jerarquía. Pero en aquella época se vendía todo como un solo paquete, lo que no facilitó los discernimientos requeridos.

Curiosamente, la misma Iglesia que supo bautizar el Renacimiento y el Humanismo, se dedicó con todas sus fuerzas a condenar y exhorcizar el Siglo de las Luces. Fueron raros los que intentaron un diálogo con este nuevo Humanismo. Indudablemente influyó el que la mayoría de los referentes del Iluminismo eran «poco católicos», o poco cristianos, o poco creyentes. Y faltaron también en la Iglesia hombres geniales como los del siglo XVI.

En el siglo XIX vemos otra opción de rechazo ante la ciencia. El evolucionismo de Darwin y la Biblia parecían incompatibles. La tecnología y el progreso no iban con la espiritualidad cristiana. De modo similar, durante el siglo XIX la Iglesia rechazó todo lo que llevara el nombre de libertad: de culto, de pensamiento, de expresión, de asociación, de elección de autoridades, etc. Como la Iglesia no podía concederlas en sus Estados, no percibía tampoco su conveniencia para los demás Estados.

Hubo que adentrarse bien en el siglo XX para encontrar nuevas opciones de la Iglesia, abiertas a la ciencia y la cultura. Teilhard de Chardin fue un precursor incomprendido. Hay que llegar al Concilio Vaticano II para encontrar un nuevo «matrimonio» entre la Fe y la Cultura, aunque el peligro de «divorcio» esté siempre latente.

4. Reflexiones sobre el discernimiento

No toda opción por la Cultura implica automáticamente una opción por la Fe. Como en los movimientos culturales conviven valores y antivalores, se impone un discernimiento para ver si es posible y cómo contrapesar los segundos con los primeros. La comunicación social, en nuestra sociedad actual, es un gran valor, pero la utilización de los medios resulta con frecuencia lamentable. Ahora bien, ¿qué reflexiones nos despierta aquel discernimiento en la Pastoral de la Cultura, que tuvo lugar en los siglos XV y XVI?

1. Entre dos bienes. Se supone, ante todo, que la opción es entre dos bienes, tratando de ver cuál de ambos es mejor o superior al otro. Entre un bien y un mal hay libertad moral, pero no discernimiento eclesial. Sin embargo, ocurre con frecuencia que, en la opción entre dos bienes, los partidarios de cada posición presentan la línea contraria como un mal, eliminando así el discernimiento. Pablo II consideró heréticos los estudios eruditos, con lo cual descalificó a priori a los humanistas. En el siglo XX los que intentaron rescatar elementos del marxismo o del freudismo fueron, con frecuencia, descalificados a priori.

2. Fe y Cultura. Llama la atención el hecho de que muchos papas del Renacimiento, anteriores al Concilio de Trento, se destacaran en el campo de las ciencias y de las artes, al mismo tiempo que mostraban una incapacidad notable para abordar los problemas de la Fe. Uno se pregunta si lo cultural no habrá actuado como un polo de evasión. Papas que son admirados en la historia del arte no merecen ser recordados como obispos de Roma. Sin embargo, llegó un momento en que hombres del Renacimiento, como Pablo III, que había tenido hijos y nietos, se conviritieron en hombres de la Reforma católica. Pablo III aprobó la Compañía de Jesús en 1540 e inauguró el Concilio de Trento en 1545. Esto nos muestra que los divorcios entre la Fe y la Cultura no son irremediables y que la convergencia siempre es posible.

3. Pluralismo eclesial. Existe una diversidad de posiciones legítimas, un verdadero pluralismo eclesial en el terreno de la Pastoral de la Cultura. La opción no consiste en jugarse por el sí o por el no, después de escuchar un oráculo, sino en preferir una posición, rescatando lo mejor de la otra. La diversidad no debe ser convertida en contrariedad. La multiplicidad de carismas, otorgados por el Espíritu, nos lleva a buscar la unidad de la Iglesia en la riqueza del pluralismo cultural. Uno de los grandes valores del Concilio de Trento fue haber integrado posiciones sin pretender zanjar diferencias legítimas entre católicos. Lamentablemente, después de aquel Concilio, se impuso una visión orientada a la confrontación más que al diálogo.

4. De lo ideal a lo real. No existen soluciones claras y perfectas, no hay un matrimonio ideal entre la Fe y la Cultura, no es posible eliminar toda ambigüedad. Los discernimientos no tienen lugar en el terreno ideal sino en el real. No son opciones para todo tiempo y lugar sino para responder a desafíos muy particulares. Por eso, habrá sectores que seguirán criticando la línea adoptada, y sus observaciones serán siempre útiles para no anquilosarnos en el discernimiento efectuado. En el antiguo Paraguay, los franciscanos hicieron una opción por los indios que vivían cerca, mezclados con los españoles, buscando la integración cultural y la convivencia pacífica. Los jesuitas, en cambio, hicieron una opción por la segregación, no permitiendo que los españoles se instalaran en las Reducciones. Cada opción tuvo sus ventajas y sus limitaciones. Tal vez el Espíritu despertó opciones diferentes para poder atender a poblaciones en situaciones muy diversas. Que la atención hoy de las universidades católicas no deje en el olvido la pastoral en las estatales.

5. Síntesis. Aunque no existen soluciones claras, debemos procurar lograr una síntesis de posiciones diversas. En el siglo XVI se aceptó el Renacimiento pero al mismo tiempo se tuvo en cuenta al sector que criticaba su paganismo y naturalismo. El barroco fue la síntesis entre la Fe y el Renacimiento, así como la Ratio studiorum representó la síntesis con el Humanismo. El Vaticano II logró igualmente una síntesis entre Tradición y Apertura, entre continuidad y renovación. Las síntesis, siempre imperfectas y revisables, son la garantía de la permanencia. Los grandes teólogos son los de síntesis. San Agustín la buscó entre la filosofía de inspiración platónica y el cristianismo, santo Tomás entre la filosofía aristotélica y la fe. Teólogos modernos, como Karl Rahner, la han intentado con la filosofía de Heidegger, aunque deberá transcurrir más tiempo para lograr una evaluación en perspectiva.

6. Tiempo de maduración. Al papado le llevó medio siglo, y al conjunto de la Iglesia aún más, adoptar una decisión ante el Renacimiento. Un discernimiento personal puede realizarse en un retiro espiritual, pero un discernimiento eclesial requiere un cierto tiempo. Los discernimientos del Concilio Vaticano II suponen una larga preparación, en gran medida desarrollada bajo Pío XII, y otra larga proyección, con Pablo VI y Juan Pablo II. Un medio siglo por lo menos. La eficiencia nos lleva a pensar que trabajando intensamente unos cuantos días, podremos redactar el plan pastoral requerido. Pero si el Espíritu mueve a toda la Iglesia, hay que permitir que maduren las semillas y llegue el tiempo de la cosecha. Por eso, todo plan pastoral, como LPNE, debe quedar abierto para recibir nuevas iniciativas, y las opciones preferenciales son eso, preferenciales, no excluyentes.

7. Toda la Iglesia. Los obispos tienen una responsabilidad particular, por su ministerio, pero el discernimiento eclesial no lo hace la Jerarquía sola. En la cuestión del Renacimiento intervinieron muchas personas y no sólo los papas. A la fuerza tradicional del medioevo, que eran las órdenes religiosas, se sumó entonces un laicado que opinaba y actuaba con independencia. La obra Utopía, de Tomás Moro, significaba la búsqueda de un nuevo Humanismo, mediante un género literario original. Fue un tiempo de un gran protagonismo laical, y eso quizás evitó que la Jerarquía rechazara la cultura emergente, tan distinta de la tradicional.

8. Los teólogos. Es importantre el papel de los teólogos en los discernimientos eclesiales. Los carismas del obispo y del teólogo son diferentes y se complementan mutuamente. De ahí la conveniencia de tener lugares de encuentro e intercambio entre los teólogos y entre éstos y los obispos, como ocurre en la SAT, Sociedad Argentina de Teología. Algunos teólogos han pesado individualmente, pero lo común es que influyan como Institución o centro teológico en el que trabajan, o bien como Escuela que agrupa a los de una misma corriente. Debe ser siemrpe un cuerpo que reflexiona y se autocritica. Para el diálogo teológico es importante que no se junten sólo los que piensan de un mismo modo, sino que haya diversidad de enfoques.

9. Los maestros. Junto a los teólogos podemos considerar a los maestros espirituales u orientadores. San Ignacio de Loyola no fue un teólogo de profesión (profesor y escritor) pero sí un maestro espiritual, sobre todo en el tema del discernimiento. Nuestros maestros, en la Argentina, suelen orientar sus carismas hacia el discernimiento personal, en el acompañamiento espiritual. A veces también en el discernimiento comunitario, que hace una comunidad religiosa, una parroquia u otra institución. Pero debemos animarlos a que se orienten también al discernimiento eclesial, en una diócesis, en una región, en todo el país.

10. Los fieles. El sensus fidelium, o el sentir de los fieles, expresado también como sensus fidei, o sentido de la fe, es otro elemento fundamental en los discernimientos eclesiales. No se basa en un mero espíritu democrático sino en la convicción de que el Espíritu mueve y anima a todo el Cuerpo místico, que es la Iglesia. En este sentido tiene un gran valor la religiosidad popular, que no es solo de los niveles «populares» o de menores recursos, sino de todo el pueblo de Dios. La devoción a la Virgen, manifestada a veces en forma simple o rústica, nos da la auténtica imagen de la Iglesia, como Madre, antes de ser Maestra, ya que su enseñanza no es académica sino maternal.

5. Los Ejercicios Espirituales

San Ignacio de Loyola, siendo laico, vivió una aventura espiritual en la cueva de Manresa (1522) y pensó que podría aprovechar a otros esa experiencia. Comenzó entonces a escribir indicaciones para el que dirige o da a otro los Ejercicios Espirituales, como él los llamó, y que no serían de provecho si el que los lee no los hubiera hecho o vivido antes. Es el libro del «catequista», no del «catecúmeno». Por eso, la entrega del librito masivamente a los que van a hacer los Ejercicios, puede resultar contraproducente y su lectura desoladora. Pero es un hecho su difusión en librerías, por lo cual se han publicado no pocas obras comentando el texto ignaciano para hacerlo asequible al lector profano.

Se ha discutido no poco sobre la finalidad de los Ejercicios, considerando el provecho espiritual del ejercitante. Tal vez deberíamos prestar más atención al momento en que aparecen. Había grandes cambios en la Iglesia y en la sociedad. No era fácil saber por dónde pasaba el llamado del Espíritu. Hombres muy piadosos dudaban de que la voz del papa fuera profética, aún admitiendo su autoridad suprema y su magisterio, en principio, en cuestiones de fe. Los obispos españoles, por ejemplo, consideraban que no era posible la Reforma de la Iglesia mientras el papa continuara dispensando de las normas canónicas.

Algunos volvieron sus ojos hacia Erasmo, otros hacia Lutero en las regiones de lengua alemana, o hacia Calvino en las de lengua francesa. Había desconcierto y angustia en muchos. San Ignacio de Loyola recibe, en tal circunstancia, el carisma del discernimiento, y los Ejercicios preparan precisamente para recibir ese carisma, que es un don de Dios.

Conviene recordar que el discernimiento no comenzó con san Ignacio. Jesús mismo, en el Evangelio, les va enseñando a los apóstoles a hacer discernimientos y a escuchar la voz del Espíritu, como sucedió en Pentecostés. Ese día pasaron del temor a la santa audacia, de la desolación a la consolación. Y en el pre-Evangelio, María hace un discernimiento ante el anuncio del ángel. José, por su parte, hace como un doble discernimiento. Primero, llevado de la angustia y la desolación, resuelve abandonar a María. En un segundo momento, abandonado a Dios en el sueño, siente el llamado hacia la opción contraria, la de recibir a María, y eso lo llena de consolación.

San Ignacio vuelve a las fuentes del Evangelio y las enriquece con los aportes de los Padres del Desierto, verdaderos maestros de espiritualidad. La discreción benedictina aparece en su modo de gobernar. Incorpora lo mejor de la tradición medieval. Recién convertido, Ignacio se guía por algunas normas simples de discernimiento: si san Francisco hizo esto, si santo Domingo hizo aquello, ¿por qué no haré yo lo mismo? Después descubrirá que la santidad no consiste en copiar a otros, pero de momento vemos la atención que él presta a los criterios de discernimiento.

Tampoco fue Ignacio el único director espiritual privilegiado en el siglo XVI. Santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz y muchos santos más, algunos canonizados, otros no, tienen en común el ser maestros de discernimiento. Podríamos decir que el Espíritu despertó no sólo una ola de santos sino en particular de maestros, porque la Iglesia los necesitaba.

Curiosamente también en el movimiento protestante se sintió la necesidad de un discernimiento de espíritus. Cuando consultaron a Lutero sobre las visiones que tenían unos profetas vinculados a su movimiento, respondió éste preguntando si habían sentido terrores. En caso negativo, eran falsos profetas. Creo que los «terrorres» luteranos guardan un parentesco con las «desolaciones» ignacianas. Después del acuerdo católico-luterano sobre la Justificación, de hace un año, queda abierta la puerta para encontrar otras coincidencias, sin excluir las que son propias de la espiritualidad. Es conocida la frase de san Clemente María Hofbauer: «La Reforma surgió porque los alemanes tenían necesidad de ser piadosos».

6. Consolaciones y desolaciones

Cuando debemos tomar una decisión hacemos estudios y los encargamos a expertos, porque algo hemos aprendido de las mejores empresas. Ahora bien, todos los estudios son provechosos -si están bien hechos- pero constituyen un paso previo al discernimiento. Dios nos puede pedir algo que no parezca lógico, de acuerdo a los informes de los sociólogos y de los economistas, porque no contamos con las personas ni los medios para realizarlo. Pero si Dios nos llama, llamará también a otros, y con las personas vendrán los recursos.

Cuando hay que adoptar una decisión se aportan razones, a favor y en contra. Pero lo que pesa finalmente es una cierta intuición, que en las empresas denominan «olfato». Cuando un obispo o un superior provincial debe decidir sobre conceder o no la ordenación sacerdotal a un seminarista, estudia todos los informes. Pero necesita conocer al sujeto personalmente, porque la decisión es, en gran medida, un acto de confianza en el futuro sacerdote.

San Ignacio, en los Ejercicios, presenta meditaciones, en las que reflexionamos, con el entendimiento, sobre un tema o verdad de nuestra fe. Pero a éstas siguen las contemplaciones, en las que el sentimiento y la imaginación tienen un papel relevante, como en la «contemplación para alcanzar amor». Ahora bien, en las contemplaciones vamos siguiendo a Jesús en sus misterios, que culminan en la Pasión, donde experimentamos la desolación, y en la Resurrección, que nos aporta la consolación.

Las consolaciones y desolaciones son una forma de discernimiento que San Ignacio desarrolla en los Ejercicios, recogiendo toda una tradición eclesial al respecto. No todo sentimiento de solidaridad con personas o instituciones religiosas proviene del Espíritu. Con facilidad reaccionamos por sentimientos heridos, porque una persona dice, por ejemplo, que el Papa es un cerdo. Y sacamos declaraciones de reparación o hacemos actos de desagravio. Pero ese sentimiento del honor herido merecería una reflexión desde la fe.

Tenemos que ver siempre lo que una persona ha sufrido. Los familiares y amigos de una víctima pueden ser llamados a declarar como testigos, pero sus opiniones sobre el castigo que merecen los culpables no suelen ser muy objetivas. No tomamos en consideración los juicios de un agonizante, agobiado por el sufrimiento, ni los insultos de un chiquito enojado por algo. Y creo que no podemos considerar como normales los comentarios de quien ha perdido a seres queridos en los años de plomo de la guerrilla y la represión. A palabras de dolor, no podemos responder con actos de desagravio sino con silencio, oración y afecto.

Nuestros obispos han sido muy sensibles, en el documento Jesús, Señor de la Historia, a la desolación de los aborígenes, los inmigrantes y los presos. Todos estarán de acuerdo con lo primero (aborígenes) muchos con lo segundo (inmigrantes), aunque algunos pensarán que les quitan trabajo a los argentinos. Y no sé cuántos estarán de acuerdo con reducciones de penas o con atender mejor a los presos. El sentimiento predominante hoy es el de la inseguridad. Muchos piden mano dura con los delincuentes. Si los eliminan, no cae una lágrima. Pero los obispos no se dejaron dominar por ese sentimiento de pánico sino por el de misericordia, que no excluye los esfuerzos por mejorar la seguridad en la ciudad.

La educación de los sentimientos es quizás más difícil o compleja que la del entendimiento, por el estudio, y que la formación de la voluntad, por hábitos de trabajo. Diversos pedidos de perdón del Papa conmovieron a mucha gente, a favor y en contra, según los casos. Esos gestos del papa sacudieron los sentimientos de los católicos y de los no católicos.

Cuando hace poco un obispo tuvo un serio desliz verbal, deseándole a un periodista un cáncer de pulmón, eso hirió los sentimientos de todos. No importa el cargo que tenga, pero el corazón rechaza esa expresión. Lo que tal vez no todos advirtieron fue la continuación del proceso. El obispo pidió perdón de todo corazón. Pero pocos prestaron atención a ese gesto. Yo desearía tener la misma humildad del obispo para pedir perdón cuando cometa un error. Los obispos y los sacerdotes somos hombres, con errores y faltas. Lo que se nos pide no es ser ángeles sin pecado sino saber pedir perdón y enmendarnos cuando pecamos.

Así como hacemos una lectura de los signos de los tiempos, que vemos como fuera de nosotros (lo que acaece en la historia, en la sociedad, en la cultura), también debemos aprender a realizar una lectura o interpretación de los sentimientos. Quizás más importante que la doctrina de Jesús fueron sus sentimientos. O mejor: su doctrina era una expresión de sus sentimientos. Su tierna compasión por la mujer adúltera lo llevó a decir: el que esté sin pecado que tire la primera piedra.

La devoción al Sagrado Corazón es, en el fondo, la sintonía con los sentimientos de Jesús. Ocurrió que, en muchos casos, la devoción se limitó a unos pocos sentimientos, como el del Corazón herido por los pecados de los hombres, que motiva la reparación, dejando en un segundo plano los sentimientos de Jesús por los pobres, los enfermos, los extranjeros. En la Francia de hace un siglo y medio, esta devoción estuvo muy ligada a los sentimientos de reparación por los pecados de la Revolución Francesa. «Reparación» sonaba casi a «Restauración», a rechazo de la República y la democracia para volver a la unión del Trono y el Altar. Como vemos, se impone un discernimiento antes de volcarnos generosamente a un sentimiento de reparación.

La pastoral con los jóvenes podría ganar mayor profundidad si se los pusiera ante los sentimientos de Jesús y de María. Las emociones en Belén, la angustia de María y de José cuando el niño de quedó en el Templo, la alegría en las bodas de Caná, la intimidad del diálogo con la samaritana, la amistad en la Ultima Cena, la peregrinación con los discípulos de Emaús… Las tristezas y las alegrías, las desolaciones y consolaciones nos van uniendo a Jesús y disponiendo a cualquier sacrificio para seguirlo.

7. Conclusión

El discernimiento es personal. La responsabilidad es de las personas, lo cual no significa que cada uno resuelva por sí y para sí. Juan Pablo II ha llamado la atención respecto de los pecados «sociales», que presuponen una serie de pecados personales. Cuando hablamos en forma impersonal, sobre el curso que sigue la Iglesia o la estrategia de los planes pastorales o la metodología para adoptar decisiones, corremos el riesgo de evadirnos de la vida real de las personas, que es donde sopla el Espíritu, y refugiarnos en nuestro gabinete de ideas.

El discernimiento es tan personal como comunitario. La familia es la escuela del discernimiento, donde los papás van enseñando a los hijos a escoger; los acompañan, pero son los chicos los que disciernen; y al mismo tiempo los jóvenes pueden ayudar a sus padres en las opciones que se les presentan. Vamos así aprendiendo a confiar en los discernimientos que otros realizan, en particular nuestros familiares y maestros, nuestros amigos y conocidos. Este es también el más valioso de los discernimientos, saber en quiénes podemos confiar por su capacidad para discernir.

El discernimiento es eclesial porque hemos nacido en la Familia de Dios y allí la Madre Iglesia nos ha enseñado a hablar y caminar, es decir a orar y peregrinar. Y siendo ya adultos, no dejamos de ser niños en la escuela de Dios. Todos nuestros discernimientos realizados a la luz de la fe son eclesiales porque es la fe de la Iglesia la que nos inspira y atrae.

El discernimiento es social, con raíces en la sociedad en la que vivimos. Aunque se trate de algo interno de la Iglesia, como su liturgia o su catequesis, éstas interesan también y afectan a los otros miembros de la sociedad, sean creyentes o no.

Así como debemos saber dar razón de nuestra esperanza delante de cualquiera (1 Ped 3,15), de modo similar debemos prepararnos para dar cuenta de nuestros discernimientos.

El discernimiento se da en el contexto de una Iglesia peregrina, que avanza hacia la Jerusalén celestial. Las opciones son abiertas, para que nuevos discernimientos nos ayuden en el peregrinar hacia la Tierra Prometida. Nuestras decisiones se ordenan al «anuncio» del Evangelio, que presupone una «denuncia» del pecado y de la injusticia.

Hay discernimientos fundantes que despiertan y canalizan otros discernimientos. La opción por el Cristo doliente nos lleva a la opción por el Cuerpo místico de Cristo doliente, por todo el que sufre. Y de esta opción original se desprende la opción preferencial por los pobres, porque su sufrimiento es inmenso. No sólo se enferman sino que no tienen cobertura social ni medicamentos ni apoyo.

Una opción fundacional de nuestra Iglesia en la América colonial fue la atención y defensa de los indios. En realidad, no se podía optar entre el bien y el mal, entre apoyar al indio o dejarlo abandonado. Pero la defensa del indio supuso una serie de discernimientos particulares, en los que no siempre estuvieron de acuerdo todos en la Iglesia. Las Ordenanzas de Alfaro, en favor de los indios (1611), fueron criticadas por no pocos frailes que las consideraban «idealistas» y en consecuencia no aptas para ayudar a los aborígenes.

En la Argentina del último medio siglo encontramos una línea de opciones que configuran una modalidad eclesial. La celebración del Vaticano II (1962-1965) fue como un despertar o una primavera de nuestra Iglesia. La adhesión en San Miguel (1969) al Documento de Medellín marcó un rumbo. Después vinieron discernimientos no muy felices, sea de apoyo a gobiernos militares, sea de silencio ante las violaciones a los Derechos Humanos. En 1981, con Iglesia y Comunidad Nacional, se retoma el rumbo, optando por la democracia y el Estado de Derecho. Diez años después, con LPNE, se profundiza y planifica la acción pastoral, buscando la participación de todos. Transcurrida otra década, se está preparando la actualización de las Líneas Pastorales.

El discernimiento eclesial presupone una lectura de los signos de los tiempos, que debe ser habitual, casi como un hábito, no simplemente ocasional. El P. Carlos Galli sintetizó esta relación diciendo que la lectura de los signos de los tiempos debe ser profética y el discernimiento sapiencial. Los pobres no poseen ciencia pero sí sabiduría. En este sentido, la opción preferencial por los pobres no mira sólo a lo que podemos hacer por ellos sino también a lo que ellos, desde su sabiduría popular, pueden hacer por nosotros.¨

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Notas:

1.- Una síntesis de este trabajo fue presentada en el VI Encuentro de Teología Pastoral, en Buenos Aires, el 21/8/2000. regresar

2.- El autor es profesor de Historia de la Iglesia en la Facultad de Teología de San Miguel y Director de la Revista del CIAS, en Buenos Aires. Es miembro del Secretariado Nacional para las Relaciones con el Judaísmo, de la CEA. regresar