La experiencia fundante de la fe como tarea prioritaria de la formación – Antonio Jiménez Ortiz (2001)

Escrito por admin el . Posteado en Exposiciones


BOLETIN OSAR
Año 7 – N° 15

 

La experiencia fundante de la fe
como tarea prioritaria de la formación

Encuentro Nacional de Formadores

Antonio Jiménez Ortiz

 

En la formación presbiteral la tarea de acompañar en el proceso de consolidación de la experiencia fundante de la fe ha debido ser siempre la decisiva. Pero hoy tiene una relevancia mayor. ¿Por qué? El gran problema de los jóvenes en los últimos 10 ó 15 años es la falta de un núcleo personal, de un cimiento sólido. Y no es posible una identidad personal estructurada sin una experiencia fundante. ¿Qué es una experiencia fundante? Como ya hemos dicho, es una experiencia personal que tiene la capacidad de convertirse en convicción, enraizada en los estratos más profundos de la afectividad, que posibilita un nuevo modo de sentir, de pensar, de vivir, y que vertebra la existencia y la vida cotidiana.

La experiencia fundante de la fé

 

Hay experiencias humanas de tal intensidad que se pueden convertir en experiencias fundantes: por ej., una experiencia de carácter humanista (la lucha por la justicia o por la paz) que da solidez definitiva a una persona y a su compromiso en la vida, o una experiencia estética (la poesía, la pintura…) que supone tal apasionamiento en el individuo que estructura su interioridad y da sentido a su existencia…

En nuestro caso pienso que la experiencia fundante debe ser de carácter religioso. Es la única que tiene la pretensión de dar un sentido global no sólo al individuo como tal, sino a todo lo que le rodea: personas, mundo, historia, universo, pasado, presente, futuro… La experiencia fundante religiosa es, en nuestro caso, la experiencia de Dios como amor incondicional, revelado en Jesús el Señor por la fuerza del Espíritu.

Como dice Javier Garrido, la experiencia fundante de la fe es el quicio de la existencia. Por eso no se tiene fe. Se es desde la fe. Ella se convierte en fuente originaria de sentido, fundamenta la persona, ilumina su ser y su mundo, desata definitivamente su libertad y le da una esperanza que va más allá de los límites de su finitud.

La experiencia fundante es formalmente teologal: tiene lugar en el encuentro entre Dios y el hombre. Dios toma la iniciativa y ofrece el amor fundante, que hace de la vida una gracia y conduce al hombre a la entrega confiada y absoluta en las manos de Dios1.

La realidad compleja de la fe cristiana: acto del hombre y don de Dios

 

Los cristianos somos creyentes, que afirmamos que Dios se ha revelado definitivamente en la persona de Jesucristo, en su vida, en su muerte y en su resurrección. En el marco de la tradición religiosa judía en la que trascurre la existencia de Jesús de Nazaret, nosotros reconocemos al Dios de Israel como el Dios en el que él cree y anuncia como creador del universo, como señor de la historia, como Padre de infinita ternura. En Jesús de Nazaret se ha realizado, como en ninguna otra figura de la historia de las religiones, lo que significa la fe y lo que implica como fundamento de la existencia en Dios, como confianza, como entrega total, como luz que ilumina todos los caminos de la vida, incluso aquellos que, desde el punto de vista humano, conducen a la oscuridad, a la soledad, a la ausencia y el silencio de Dios.

Pero Jesús no es para nosotros solamente un creyente radical o simplemente un enviado de Dios. Él es la revelación definitiva e insuperable del Misterio de Dios, porque decimos que pertenece de forma única y esencial a ese Misterio: él es el Hijo de Dios. Por eso lo específico de la fe cristiana no consiste en creer con Jesús y como Jesús, sino creer en Jesús, el Cristo, y fundamentar la propia existencia en su persona y en su seguimiento. El centro del cristianismo es Dios Padre, revelado en Jesucristo, su Hijo, por el amor del Espíritu Santo.

Por tanto, la fe tiene ciertamente un contenido, que no puede ser ni olvidado ni mutilado. En la experiencia cristiana el acto personal de fe y la aceptación vital de su contenido deben estar unidos de forma indisoluble. Ningún elemento puede prescindir del otro. La fe consiste en entregarse confiadamente al Tú de Dios. Es un encuentro personal que compromete a todo nuestro ser, y en el que aceptamos la palabra que Dios nos dirige.

La dimensión personal de la fe se ve claramente en la historia de Abrahán. En su vida y en su destino se pone de manifiesto de una manera ejemplar lo que significa creer: un entregarse incondicionalmente a Dios, un ponerse en sus manos. Abrahán obedece fielmente a pesar de que la prudencia y los cálculos humanos están en contra. Pero la palabra de Dios tiene para él más fuerza que todo lo demás. Ella es la luz tras la que camina y que le proyecta hacia el futuro, hacia lo desconocido. Creer significa fundarse en Dios y entregarse a su misterio.

La experiencia religiosa de Abrahán pone de manifiesto que creer supone, al mismo tiempo, la escucha atenta de palabras y de exigencias. Pero la aceptación de esos contenidos concretos se basa en la entrega total y sin reservas del creyente a Dios, que le sale al encuentro. El acto de fe, como abandono del ser humano en manos del Tú absoluto, muestra su seriedad cuando se da el compromiso personal con la palabra, con la promesa, que parece muchas veces en contradicción con los planes y expectativas del hombre.

Si se pregunta dónde radica lo decisivo de la experiencia cristiana, habrá que responder: en la fe en cuanto que fundamenta la existencia en la persona de Jesucristo. Quien vive eso con coherencia, tiene la fuerza necesaria para prestar también su asentimiento al contenido de la fe y a su expresión concreta. El cristiano no cree en una trascendencia anónima, sino en el Dios que anuncia Jesús como salvación y misericordia infinita. La expresión «seguimiento de Jesús» manifiesta el sentido último de la fe cristiana. Pero ese seguimiento no es una mera actitud existencial, ni un simple compromiso de vida. Es seguimiento de Alguien. La fe como contenido es, en su esencia, la historia de Jesús el Cristo, como punto culminante de la Historia de la Salvación, transmitida, reflexionada e interpretada por la Iglesia a lo largo de los siglos.

Cuando alguien da el paso a la fe, pone en juego su libertad y se abre a la gracia de Dios. Por eso decimos que la fe es acto del hombre y don de Dios. En las relaciones humanas hacemos no pocas veces la experiencia de que el amor que sentimos o expresamos es respuesta a un amor, a una confianza que se nos ha otorgado primero. No siempre es así, pero esta experiencia es real. En el Antiguo y Nuevo Testamento, comprobamos cómo la fe del hombre es siempre respuesta al amor, a la misericordia, a la gracia de Dios, revelada de forma definitiva en Jesucristo. Desde la experiencia de la presencia de Dios en la vida del creyente, éste abre los ojos a la realidad de un amor, que lo amó primero y desde siempre. El cristiano se siente inmerso en un plan eterno de salvación, que, sin bloquear su libertad y responsabilidad, le precede desde siempre. La gracia de Dios, su amor infinito, le ilumina y lo acompaña en el camino hacia la opción de fe, como decisión humana libre y razonable (Cf. Jn 6, 44; 6, 65; 17, 24; Gál 4, 9; Rom 8, 29-30; Flp 1, 29; 2, 13; Ef 1,8). Esta ha sido siempre la conciencia de la Iglesia, a partir de la reflexión sobre la Palabra de Dios, y lo expresa solemnemente en los concilios Vaticano I (Cf. Denz. 3010) y Vaticano II en su constitución sobre la revelación de Dios (n. 5):

«Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios que previene y ayuda, y los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da «a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad».

Los cristianos pensamos que el hombre encuentra a Dios, si Dios se deja encontrar por el hombre: el misterio de Dios es inaccesible a nuestras posibilidades humanas, si la gracia de Dios no nos abre el camino hacia el encuentro con él. Sin embargo, esto no significa que nuestra libertad sea pisoteada. El sí o el no dependen de nuestra voluntad, pero serán siempre la respuesta a un amor que desde siempre nos amó2.

Hacia la experiencia fundante de la fe en la formación

 

En la Pastores dabo vobis n. 45, se afirma que la formación espiritual debe ser el corazón que unifica y vivifica el ser y el actuar del presbítero. Cómo ir unificando la persona del formando a partir de una vital y sólida experiencia de Dios que tenga presente desde el principio la especificidad de la vocación sacerdotal, no es una tarea fácil. Aquí apuntamos cuatro etapas que hay que entenderlas no como simples pasos cronológicos sucesivos, sino como una trama de elementos decisivos que se van desarrollando en la vida cotidiana sin perder de vista nunca la meta final: conformar el corazón del joven seminarista al corazón de Jesús con el protagonismo del Espíritu Santo.

1. Ciertos presupuestos antropológicos

En realidad son objetivos de la formación humana que ya conocemos y que con cierta frecuencia echamos de menos en los jóvenes de los últimos años. Sin esas premisas resulta muy difícil abrir la interioridad del joven a una experiencia religiosa que le compromete de forma tan radical.

Frente a la indiferencia ambiental de cara a ciertos valores humanos, en los jóvenes seminaristas debemos potenciar la capacidad para saber comprender, evaluar, discernir situaciones humanas complejas; capacidad de apertura y de atracción hacia valores postmaterialistas; suficiente conocimiento y posesión de la propia interioridad para que sea posible la libre, crítica y madura aceptación de propuestas y de ideales; sentido altruista de la vida; disponibilidad y constancia; capacidad de fidelidad real que acepta la renuncia y el sacrificio; una voluntad capaz de decidir según los principios asumidos en la vida; riqueza y equilibrio afectivo adecuado a la edad…

Ya conocemos estos presupuestos y en los últimos años se ha trabajado bastante en su consecución en la pastoral vocacional y en los primeros años de la formación.

2. Sensibilidad ante el Misterio

Ya dijimos cómo en la sociedad contemporánea hay una morbosa curiosidad por todo lo misterioso y esotérico, pero una escasa sensibilidad para el Misterio trascendente. Con cierta frecuencia nos encontramos con jóvenes seminaristas anclados en un cientifismo ya trasnochado, con una actitud empirista que les impide ir más allá de lo que captan sus sentidos. Hablan de la fe o del Misterio de Dios como objetos de su entorno familiar que no va más allá de la superficie de lo que les rodea.

Por otra parte sí descubrimos en los jóvenes una mayor sensibilidad por la belleza de la naturaleza, que podría convertirse en una experiencia puente hacia el Misterio, si no desemboca en una especie de panteísmo estético y psicológico influído también por la larga sombra de la religiosidad de la New Age.

¿Cómo sensibilizar al Misterio?

  • Ayudándoles a crear actitudes críticas en el uso de los medios audiovisuales,

  • educándolos en la sensibilidad frente a los símbolos estéticos y religiosos,

  • introduciéndolos en la comprensión del lenguaje religioso,

  • formándolos en el silencio, en la reflexión, en la escucha, en el sentido de lo gratuito,

  • sensibilizándolos a la belleza de la naturaleza y del cosmos, desarrollando su capacidad de admiración y de asombro,

  • despertando en ellos el deseo de su dinamismo afectivo frente al Misterio que subyace a toda la realidad,

  • sensibilizándolos a la experiencia de lo humano, a la compasión, a la solidaridad, pues el hombre es lugar privilegiado para el encuentro con Dios,

  • ayudándoles a reflexionar sobre el misterio de la vida y del ser humano, sobre las experiencias de contraste (sufrimiento, enfermedad, muerte…) que les ayudan a abrir los ojos sobre lo indisponible de la realidad, sobre la finitud humana, sobre lo sagrado de la conciencia, sobre lo insondable del corazón humano,

  • descubriendo el papel decisivo de la Iglesia para la fe.

Sin sentido de veneración frente al Misterio la oración corre el riesgo de diluirse en una palabrería vana o en una búsqueda incesante de gratificación psicológica. Y la opción vocacional se irá asimilando como una cuestión profesional o contemplándose como un simple trampolín hacia tareas de carácter humanitario.

3. Formar en el seguimiento de Jesús

Es la gran aventura de nuestra vida. Esta experiencia única abarca toda nuestra persona: inteligencia, voluntad, afectividad, vida concreta. Los jóvenes han de ir aprendiendo que el seguimiento de Jesús implica también rupturas con su pasado, replanteamientos de intereses, renuncias, superaciones… Pero lo decisivo no es lo que se abandona, sino lo que se encuentra: una persona concreta, presente misteriosamente en nuestro vivir cotidiano, con una oferta de existencia que rompe los esquemas preestablecidos en la sociedad del bienestar y que abre a un mundo nuevo y a una esperanza definitiva.

Como todos nosotros, los jóvenes seminaristas han de ir comprendiendo que el seguimiento de Jesús se va haciendo realidad a través de los diversos encuentros con Él en la celebración de los sacramentos, especialmente de la eucaristía y de la reconciliación, en los acontecimientos diarios, en la oración personal y comunitaria, en los compromisos concretos por la bondad, la justicia, la comprensión, el perdón… Estas experiencias de encuentros han de ser alimentadas por una reflexión guiada del Antiguo y Nuevo Testamento, por un estudio serio de la teología, por las orientaciones e indicaciones de unos formadores que, en su fragilidad, ya han recorrido ese camino evitando autoengaños y siendo conscientes de que el guía y la brújula en esa gran aventura es el Espíritu de Dios.

El joven ha de comprender que seguir a Jesús supone asumirlo como norma y como modelo de vida, dejándose transformar el corazón por su Espíritu. Aceptar su misión, el anuncio del Reino, implica necesariamente el reconocer a Dios como valor supremo de la propia existencia y establecer como proyecto prioritario la búsqueda continua de su voluntad, que le llevará por caminos insospechados, que le obligará a abandonar sus seguridades y a dejarse guiar por el amor compasivo de Jesús, que hizo de su vida un permanente servicio, en la obediencia, en la pobreza, en el celibato.

4. Conducir al compromiso leal con los consejos evangélicos

La experiencia original y única que Jesús tuvo de Dios, su compromiso total por el anuncio del Reino, su amor compasivo y misericordioso que transformaba los corazones y las realidades dolorosas e injustas de su entorno acontecen en una forma de vida con unos perfiles existenciales bien definidos: la obediencia, la pobreza, el celibato.

«Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús, el cual, a pesar de su condición divina… se vació de sí mismo… y se hizo obediente hasta la muerte, una muerte en cruz» (Fil 2, 5-8). Esta es la obediencia que vive Jesús: despojamiento radical. No se reserva nada, se entrega totalmente. La obediencia, en su misma raíz latina, es «escucha atenta». La obediencia evangélica es , por tanto, escucha atenta de la voluntad de Dios, que lleva consigo el compromiso de la libertad, la renuncia a mis intereses y planes, la disponibilidad radical para seguir esa voluntad que me va marcando el camino, a través de mediaciones humanas y eclesiales.

Si la caridad pastoral no está basada en esta obediencia religiosa al Misterio de Dios, el servicio presbiteral pueda quedar reducido a una simple cuestión de profesionalidad. Los jóvenes seminaristas deben tener claro que el objetivo de su vida no es acabar siendo funcionarios de una multinacional de lo sagrado. Su opción se basa en la escucha continua, confiada, fiel de la voluntad de Dios en sus vidas, que toma cuerpo en discernimientos honestos, acompañados y sostenidos por los responsables eclesiales y por sus acompañantes en la fe.

Tendríamos que preguntarnos si formamos a los seminaristas en esta obediencia que escucha sinceramente la Palabra de Dios, que discierne su voluntad en la vida de cada día a través de las mediaciones, que sabe atender las insinuaciones del Espíritu en la oración y que sabe ver los «signos de los tiempos» como sugerencias de Dios para nuestra libertad en la historia. Y tendríamos que pensar si creamos las condiciones comunitarias y ambientales para que el joven vaya asimilando el valor evangélico de la disponibilidad, sabiendo lo que significa renunciar, aceptando la ascesis imprescindible para saber escuchar a los demás, atender sus necesidades y responder a las llamadas continuas de Dios a través de los gritos de los pobres, desheredados, abandonados.

Y para tener esa compasión hay también que saber vivir la pobreza evangélica. Jesús vivió y murió pobremente. Y son datos históricos irrefutables su actitud frente a la riqueza y a las posesiones, frente al poder económico, social y religioso. La pobreza en Jesús no es una mera actitud de indiferencia interior: supone renuncia efectiva y también espíritu de desprendimiento. Pero el corazón de la pobreza evangélica es el reconocimiento de Dios como valor central enraizado en las entrañas de nuestra persona: la clave es «buscar primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6, 33). El afán de poseer, la codicia, la vinculación excesiva con cosas, comodidades, situaciones ventajosas, la falta de generosidad, la incapacidad para compartir, la búsqueda inquieta de poder, de influjo, de prestigio, de relaciones privilegiadas, la poca sensibilidad ante la pobreza social, el sentido escaso de solidaridad… son signos de una falta de compromiso con las exigencias de la pobreza evangélica.

Y en mi opinión, el celibato es una forma extrema de pobreza al renunciar a la experiencia única del amor conyugal con sus consecuencias inevitables de soledad y despojamiento afectivo. Jesús es célibe. Pero la raíz de su opción de vida provocativa y nada plausible en la sociedad judía de su tiempo no es el ascetismo, o el desprecio de la mujer o del matrimonio. Su raíz es la pasión por Dios y la urgencia existencial de anunciarlo como salvación definitiva. La motivación de su celibato es exclusivamente religiosa. Éste es signo del Reino no en su aspecto de renuncia, ruptura y esterilidad, que son consecuencias inevitables. Es signo del Reino porque el celibato evangélico es fuente de entrega, donación y acogida. La razón del celibato es el amor, la ternura, el servicio incondicional, vividos con conciencia de los propios límites, sabiendo que como célibes nuestra expresividad está condicionada, que no debemos ni crear dependencias ni manipular las conciencias o los afectos de las personas, que no es posible el celibato sin ascesis, sin oración personal y sin la fuerza del Espíritu de Dios. El celibato asumido con autenticidad es fuente de fraternidad, de solidaridad, de solicitud por los demás3.

¿Están preparados afectiva y espiritualmente los jóvenes seminaristas para aceptar este compromiso del celibato que condiciona tan profundamente la maduración personal al renunciar a recursos y experiencias personales que afectan tan decisivamente el núcleo íntimo de la persona?

La experiencia fundante de la fe tiene una especificidad propia en el ámbito de la vocación sacerdotal. Y la formación ha de tenerlo presente desde el principio, y crear las condiciones para su consolidación, sabiendo discernir los signos de su proceso de maduración.

Signos que avalan la progresiva consistencia de la experiencia fundante

 

La presencia de Dios en el corazón humano genera una fuerza misteriosa y única de transformación interior, de dinamismo personal, de conversión, de maduración humana. Pero Dios no es un instrumento, ni una herramienta, ni un catalizador que frena o acelera los procesos psicológicos del individuo. Dios interviene en nuestra historia desde el amor entrañable y desde el respeto a la libertad humana. Pero Dios no es un objeto entre otros objetos, ni una causa más en el entramado de este mundo empírico. Dios es el Misterio trascendente, y, al mismo tiempo, el Misterio cercano que, en el corazón de la realidad creada, lo sostiene todo con su Espíritu de Vida. Lo sostiene todo, respetando sus procesos y dinámicas que Él ha desatado con su palabra creadora.

La acción providencial de Dios se ejerce especialmente en lo profundo del ser humano, por la presencia real y misteriosa de su Espíritu, que sin anular la libertad humana, sino más bien potenciándola, transforma su corazón, si no se resiste mediante una elección consciente y libre por el mal, para la búsqueda de la verdad y para la realización del bien en esta historia.

Por eso, en esa interrelación original y única de la libertad humana y del amor de Dios como fuerza transformante, que respeta, sostiene, orienta… dicha libertad y sus decisiones, podemos afirmar que una experiencia de Dios que se va consolidando en la historia de un joven deja traslucir y evidenciar signos de esa presencia transformadora. Sin querer ser exhaustivo y sabiendo que mi elección puede ser limitada por la propia perspectiva, ofrezco algunos indicios que pueden avalar la solidez creciente de la experiencia fundante de la fé4.

1. Se va abriendo paso la sencillez

Según se va estructurando la personalidad desde el núcleo sólido de la fe asumida existencialmente el joven puede ganar en trasparencia y autenticidad: deja de camuflarse, no tiende a presumir de sus cualidades y de su vocación como si fuera una conquista suya, va aprendiendo a no tomarse demasiado en serio. Puede ir entendiendo con serenidad que la vida, su vida, puede ser ambivalente, que su fe es frágil, que su vocación puede esconder motivaciones ambiguas…

Por tanto, se pueden discernir signos de inmadurez creyente en los que se toman demasiado en serio y ansían constantemente ser el centro de todo, en los que viven la vida con duro dramatismo y no descubren con sencillez el lado humorístico de los acontecimientos, en los que ostentan una seguridad aplastante, en los que no saben lo que es la humildad, como actitud realista de aceptación serena de sus personas.

2. Crece la actitud de gratitud

La vocación nace de la gratitud, porque es respuesta a una iniciativa de Dios, que nos elige porque nos ama incondicionalmente. Una fe que va madurando hace descubrir al joven los misteriosos vericuetos de su historia por los que Dios le ha conducido con infinita ternura, y abre su corazón agradecido a Dios. Y contempla su vida, a pesar de sus más y de sus menos, como una historia de amor, con la que él se siente profundamente agraciado.

Hoy la gratitud no está de moda: los niños y adolescentes han crecido en la sociedad «de los derechos y no de las obligaciones». Se sienten con derecho a todo, y a lo más actúan con respeto en la exigencia obsesiva «de lo que se les debe». Crecer en la gratitud es un signo de maduración en la fe.

3. Se descubre el sentido de la gratuidad

La experiencia de Dios ayuda a descubrir que la gratitud, como reacción a lo que se ha recibido como don, conlleva el sentido de la gratuidad, como respuesta del que se ofrece oblativamente a los demás. La gratuidad es un fruto natural de la gratitud, que intenta discretamente devolver a los otros, a Dios lo que se ha recibido.

El joven va concibiendo la vocación como tarea que se realiza en la gratuidad generosa, como don libre, sin buscar la colocación estratégica de precisas inversiones de tiempo y de trabajo de las que se esperan los correspondientes intereses y ganancias. La fe, como experiencia fundante, le lleva a reconciliarse consigo y con su historia, porque se contempla a sí mismo como sujeto agraciado por un amor personal que desde siempre le amó.

4. Crece la identidad personal y el sentido de pertenencia

Encontrarse con Dios tiene también como consecuencia un encuentro consigo mismo, porque se descubre a Dios como la verdad, como la luz que ilumina mi interioridad, mi corazón y mi misterio. Una consciente experiencia religiosa es fuente de identificación personal, de clarificación psicológica, de honda estructuración afectiva. Y por otro lado en la experiencia fundante de la fe el joven adquiere ese núcleo íntimo, ese cimiento sólido, ese fundamento definitivo que vertebra su personalidad y su deseo según una escala de valores inspirada en el evangelio.

Y quien comienza a poseerse pierde el miedo a entregarse, a confiar, a abrirse, a sentirse miembro de un grupo, que supone limitaciones y posibilidades, dependencia y autonomía generosa, saber convivir, aprender a respetar, ser capaz de acoger y de ser acogido.

5. Aumenta la capacidad de alteridad y el respeto a la diversidad

El narcisismo ambiental hace que los adolescentes y jóvenes de hoy no sólo vivan muy centrados en sus personas e intereses, sino que les lleva a instrumentalizar y manipular sutilmente a los demás. El yo se sitúa en el centro de todo y todo es analizado y juzgado desde las posibles ventajas que le pueden proporcionar.

Cuando la fe es auténtica, tiene una enorme fuerza de descentramiento: me obliga a salir de mi escondrijo y a abrirme al Misterio, al completamente Otro. Un joven que vaya madurando en su experiencia de Dios va aumentando su capacidad de empatía, de comprensión, de encuentro, de diálogo. Y el camino hacia la alteridad conduce hacia el respeto y aceptación de la diversidad, del pluralismo, de la riqueza de los demás, de su originalidad. Este proceso es incompatible con cualquier forma de fundamentalismo, integrismo o xenofobia.

6. Crece el sentido de responsabilidad

La experiencia cristiana es la experiencia de un encuentro con Dios, que no es simple consecuencia de mi búsqueda y de mi esfuerzo, sino el descubrimiento iluminador de Alguien, que ya me había encontrado, antes de que yo me hubiera decidido a buscarlo. El amor de Dios es amor fundante, incondicional. Pero en sí mismo es exigente: en mi vida se debe reflejar ese amor, que me pide ser responsable, saber responder a las necesidades, a las carencias, a los gritos de los que buscan un sentido, una esperanza, un trabajo, un pan.

En el seno del grupo formativo se ha de ir percibiendo cómo el joven seminarista va respondiendo a las exigencias del día a día, a los compromisos del estudio, de la pastoral, del servicio concreto a los demás.

7. Va madurando la libertad

Frente al Misterio de Dios ante el cual se siente sujeto, sostenido por un amor incondicional que lo va liberando interiormente y que lo hace responsable, el joven madura en su libertad, reconociéndola como facultad de elegir, de decidir para el bien. Va pasando poco a poco de su pequeño mundo de necesidades, dominado por una ética de las normas que le dan seguridad, pero que no le dejan crecer en autonomía y libertad, a una ética de los valores que le plantea la necesidad de aprender a trascenderse, a discernir, a sopesar sus decisiones en un mundo complejo.

La asunción plena y madura de la libertad es una tarea para toda la vida. Pero pensamos que una auténtica experiencia religiosa es signo ya de cierto grado de libertad interior, y al mismo tiempo se convierte en camino hacia su maduración en la entrega personal de quien sabe admirar e imitar en su vida la libertad solidaria y compasiva de Jesús. Ese proceso es largo y difícil, pero en los adolescentes y jóvenes en formación se pueden comprobar signos de esa libertad incipiente cuando se va liberando de sus dependencias afectivas y van asimilando lo que significa la soledad en toda existencia humana.

8. Se va reconociendo a Dios, como Misterio, como Tú, en el amor y en la exigencia

La experiencia fundante de la fe en su etapa inicial muestra su autenticidad cuando Dios, en la vivencia religiosa del joven, va pasando de ser objeto de necesidad, instrumento de deseos infantiles a un Dios Misterio que se escapa de las manos, que rompe sus esquemas, que le abre caminos inesperados. Ya no es el Dios «solución para todo», sino el sentido último de la realidad.

No basta el conocimiento intelectual, sino que la confianza inquebrantable, que va surgiendo en el corazón del joven, en Dios como Misterio de luz y de ternura, crea profundos vínculos afectivos, anclando esa experiencia religiosa en los estratos más hondos de la persona, haciendo que Dios sea, como ya he dicho anteriormente, el corazón de su corazón. Poco a poco se va aceptando que hacer la voluntad de Dios es mucho más decisivo y acertado que la obsesiva preocupación por sacar adelante los propios deseos y planes.

Concluyendo

 

No hay opción vocacional que sea sólida y definitiva, capaz de enfrentarse al fracaso personal y a las crisis de la vida, si no está anclada en una auténtica experiencia fundante de la fe: «La formación, si no alcanza y compromete lo afectivo, no llega al núcleo de la vida de una persona, en donde se acuñan las convicciones, esto es, al corazón. En las convicciones se unen la verdad y el amor: ellas están hechas de ideas que iluminan afectos, tanto como de afectos que dan raíces vitales y generan un compromiso de toda la persona en pro de determinadas verdades y valores»5.

En la formación presbiteral debemos acompañar a los jóvenes en un proceso específico de personalización de esta experiencia. Esto nos obliga a un conocimiento real de sus personas, a un discernimiento constante de los signos que van apareciendo en su vidas. Y sobre todo nos obliga a dar testimonio de lo que significa en nuestras existencias la experiencia de Dios como gracia que transforma el corazón y nos lleva a vivir según un estilo de vida teologal.

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1.- Cf. J. GARRIDO, Proceso humano y Gracia de Dios. Apuntes de espiritualidad cristiana, Sal Terrae, Maliaño 1996, 284-285.regresar

2.- Cf. A. JIMÉNEZ ORTIZ, La aventura de la fe, en «Proyección» 46(1999) 116-118.regresar

3.- Sobre los consejos evangélicos en la espiritualidad sacerdotal, cf. G. GRESHAKE, Ser sacerdote. Teología y espiritualidad del ministerio sacerdotal, Sígueme, Salamanca 41998, 139-166.regresar

4.- Para algunos de los siguientes puntos me inspiro en las reflexiones que hace AMEDEO CENCINI en un contexto totalmente diferente, cf. ¿Qué vocaciones para una vida consagrada renovada? ¿Qué tipo de vida consagrada para vocaciones «nuevas»?, en «Seminarios» 45(1999) 279-288.regresar

5.- J. M. RECONDO, El desafío de esta hora es formar el corazón, en «Seminarios» 46(2000) 301.regresar