La herencia de los años 90 y la experiencia de Dios – Antonio Jiménez Ortiz (2001)

Escrito por admin el . Posteado en Exposiciones


BOLETIN OSAR
Año 7 – N° 15

 

Análisis de la situación
La herencia de los años 90 y la experiencia de Dios

Encuentro Nacional de Formadores

Antonio Jiménez Ortiz

 

Aquí estoy de nuevo con vosotros intentando reflexionar sobre la situación humana y religiosa de los seminaristas para lograr una formación sacerdotal integral, sólida, con garantías de futuro. Y en este encuentro nuestras preocupaciones se concentran en su formación religiosa. Dicho de forma más concreta: nos preocupan la calidad de sus experiencias de fe, esperanza y caridad como estilo teologal de vida que debe surgir coherentemente de una personal y profunda experiencia de Dios. En mi opinión, estamos tocando el meollo, el núcleo de la formación presbiteral.

Los problemas más acuciantes en la formación

Pienso que la década de los noventa, desde mi larga experiencia como formador en España, nos ha dejado una visión clara de los principales problemas que se dan en la formación.

El primer problema es la falta de una identidad personal suficientemente estructurada. Parece ser que gran parte de los jóvenes candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa carecen de un núcleo sólido que articule su personalidad. Esto puede explicar su fragilidad y falta de consistencia psicológica, la baja autoestima, que con frecuencia observamos, y la falta de confianza en sí mismos. Se sienten muy necesitados de afecto y de apoyo personal. El segundo problema es un cierto narcisismo psicológico y espiritual. Creo que este narcisismo está basado en un individualismo, que ha situado en el centro de la opción vocacional las propias necesidades, e incluso conflictos internos, sobre todo de carácter afectivo. Este narcisismo tiene una de sus expresiones más claras en el afán de protagonismo, sobre todo en el ámbito pastoral. La oración corre el peligro de ser evaluada desde la experiencia de gratificación emocional: deja de ser encuentro en la fe con el Misterio de Dios, para convertirse en una vivencia psicológica de encuentro consigo mismo. Ese narcisismo puede bloquear la capacidad de autocrítica y dificulta en gran medida la corrección fraterna, porque crea inmediatamente inseguridad personal.

El tercer punto conflictivo es el escaso sentido de fidelidad. Los jóvenes tienen hoy serias dificultades para asumir decisiones y compromisos para siempre. El pragmatismo les hace relativizar la fidelidad: si quieren ser felices, si lo decisivo es el presente, si se busca la gratificación inmediata, si hay dificultad para vivir la soledad y soportar las renuncias, si además tienen falta de confianza en sí mismos… entonces resulta difícil plantear un proyecto de cara al futuro que comprometa a toda la persona de forma definitiva. Otro problema consiste en una significativa pérdida del sentido del deber. El subjetivismo que impregna sus vidas va acompañado de un apacible hedonismo. La tendencia es a «pasarlo bien». Hay dificultad en establecer una jerarquía de compromisos en la vida cotidiana. Se relativiza el deber, ya que con frecuencia sólo se da adhesión verbal a ciertos valores, y no interiorización de los mismos.

Y por último la debilidad de la opción creyente. Su fe parece ser poco consistente. De ordinario no son las razones las que sustentan su opción, sino las emociones. Su religiosidad tiene matices muy afectivos y emocionales. Tienen sensibilidad para lo estético y simbólico. En cuanto a los contenidos de la fe se suelen detectar contradicciones y lagunas graves, porque algo es valioso para ellos, si es útil, si se puede aplicar inmediatamente a los problemas de su vida diaria. Y si los dogmas no son utilizables inmediatamente en sus problemas existenciales, entonces se convierten inconscientemente en superfluos. Relativizan con facilidad las normas y orientaciones de la Iglesia, y su sentido de pertenencia está claro, mientras se sientan a gusto.

En mi opinión, el problema clave de la mayoría de los jóvenes formandos es la falta de un núcleo personal que sea el cimiento sólido para una opción definitiva. No es posible una identidad personal auténtica sin una experiencia fundante que la estructure, una experiencia global, totalizante, en nuestro caso, de carácter religioso. ¿Qué es una experiencia fundante? Es la experiencia personal de un valor de tal consistencia, que, hecho convicción, enraizada en los estratos más profundos de la afectividad, posibilita una nueva visión de la realidad, un nuevo modo de pensar, sentir y vivir que estructura la existencia en la vida cotidiana1.

La experiencia de Dios en los jóvenes seminaristas ¿va adquiriendo de forma progresiva la solidez y la calidad de una experiencia fundante? ¿se va convirtiendo en el corazón de su corazón? Esa es la cuestión decisiva de la formación y la preocupación prioritaria de muchos formadores.

Algunos datos sobre los jóvenes en formación

 

Ya a principios de los 90 se comprobaba en los jóvenes de los seminarios de Argentina dificultades para ubicarse frente a la realidad de sí mismos, de los demás y de Dios, para pensar y explorar la propia historia y los acontecimientos sociales desde la fe, para integrar lo sobrenatural en la vida cotidiana 2. En 1993 la Confederación Latinoamericana de Religiosos, tras un análisis de la formación en América Latina, hace como primera sugerencia en la formación espiritual el propiciar, ante todo, en el joven una fuerte experiencia de Dios, como corazón de la vida consagrada3.

La cuestión es que una sólida y consecuente experiencia de Dios necesita unos presupuestos humanos que con frecuencia escasean, ya que los jóvenes en formación presentan ciertos síntomas preocupantes4:

  • Personalidad débil y baja autoestima, urgente necesidad de afecto y de aprobación social.

  • Adhesión verbal a ciertos valores con escasa internalización de los mismos.

  • Falta de confianza en sí mismos que les dificulta asumir decisiones y compromisos de forma estable.

  • Inconsistencia psicológica: a nivel consciente se proclaman ciertos valores y a nivel inconsciente se vive el conflicto entre esos valores y las necesidades del sujeto

  • Inestabilidad y fragilidad, tendencia al inmediatismo y a la relativización de todo.

En 1998 en un estudio sobre las grandes tendencias de la situación de los jóvenes latinoamericanos se habla de la onda espiritual tipo «New Age» que ejerce fuerte influjo sobre los jóvenes: «Existe la búsqueda de una experiencia religiosa que dé significado a la vida y devuelva la alegría de vivir. Muchos jóvenes están en crisis porque les falta una fe concreta que sea de vida y no sólo de palabras»5.

Del ambiente de la formación en España se pueden aportar los resultados de la Encuesta FORE’97, en la que los formadores españoles trazan el perfil de los jóvenes religiosos y en la que destacan algunos datos sobre el tema que nos ocupa. El 66% de los formadores detectan en la gran parte de ellos falta de peso real de la oración y de su fe en la vida concreta, y el 75% de los formadores tienen dificultades para lograr que en la mayoría la oración lleve a compromisos reales en lo cotidiano. El 86% de los formadores opinan que uno de los cuatro criterios fundamentales para la formación consiste en trabajar el fundamento del joven como creyente y como religioso6.

Intento de diagnóstico: ¿Por qué se ve dificultada la experiencia personal de Dios?

 

¿Vivimos en un momento de crisis cultural? Demostrar una hipótesis de tal calibre de forma irrefutable no parece posible por la multiplicidad de factores, elementos, datos que entrarían en juego. Pero sí es algo aceptado en el pensamiento occidental actual que hay numerosos síntomas de una ruptura radical de los órdenes culturales, sociales, políticos y económicos que habían dado sentido a la historia de los últimos 250 años. Todo se resiente ante esta aceleración del devenir histórico o ante este cambio de paradigma cultural, como le llaman algunos. Y creo que esta situación de ruptura, confusión, búsqueda afecta indudablemente a la esfera religiosa, planteando graves dificultades y también nuevas posibilidades.

1. La crisis de la familia

El santuario tradicional de la familia se siente fuertemente sacudido en los últimos 50 años. El control de la sexualidad y las nuevas técnicas de reproducción, la permisividad ambiental, el nuevo papel de la mujer en la sociedad, la secularización de las costumbres, el pluralismo social y religioso, la llamada sociedad del bienestar que reemplaza con éxito funciones que durante siglos ha venido ejerciendo la familia, la pluriformidad de los modelos familiares… han supuesto graves tensiones para la familia tradicional y para su papel socializador. Esto no supone el fin de la familia. Al contrario, se percibe en occidente una revaloración del núcleo familiar como lugar de encuentro y aceptación en medio de una sociedad confusa y conflictiva.

El refugio familiar tiene, sobre todo, un carácter emocional y afectivo, y también económico. Porque desde el punto de vista ideológico y religioso la familia ha dejado de desempeñar el papel de otros tiempos: sobre temas políticos y religiosos ya no se discute. Hay como un pacto de no agresión en estos temas, porque en realidad esas cuestiones se han desplazado a la periferia de las preocupaciones e intereses de padres e hijos, quizás también porque hay más conciencia de lo que significan el respeto, la tolerancia, la libertad de opinión. Pero también porque se da en los padres una actitud de dejación frente a sus deberes educativos, motivada por la impotencia ante la complejidad de las situaciones y la cantidad de desafíos que sobrepasan sus capacidades, por el cansancio, por el deseo de tener, al menos, un rincón de paz donde poder respirar y descansar de las tensiones y conflictos de la vida cotidiana.

Así la familia ha dejado de ser un agente de socialización religiosa: los niños crecen, en la mayoría de las familias, sin la experiencia del valor religioso como referencia existencial, salvo en familias convencionalmente cristianas, en las que los hijos ya adolescentes rechazan sin discusiones ni conflictos la fe y la práctica religiosa de sus padres por considerarlas poco significativas o poco coherentes. El ansia de autenticidad juvenil rechaza como moralizantes o legalistas las actitudes religiosas de sus entornos familiares. Y los conflictos de roles paterno y materno pueden originar en los hijos problemas afectivos en relación con el padre, que haga difícil el acceso a la experiencia de Dios, proyectando sobre él conflictos de carácter afectivo.

Y estos adolescentes y jóvenes son los destinatarios de nuestra pastoral vocacional y de nuestro esfuerzo formativo.

2. La confusión axiológica de una sociedad compleja

Secularización y libertad religiosa, pluralismo y tolerancia, individualismo y solidaridad, filosofía de mercado y política social, ambiente empirista y tendencias espiritualistas, participación democrática y poderes anónimos, ciencia y esoterismo, violencia y movimientos pacifistas, sensibilidad ecológica y contaminación ambiental, política y corrupción… son algunos de los binomios que describen la complejidad inabarcable de nuestras sociedades occidentales.

Ya no están vigentes los sistemas de referencias globales de carácter ideológico y religioso que nos han orientado en las últimas décadas: sólo quedan subsistemas o fragmentos de ideologías que no tienen la capacidad para abrir un camino en la jungla de la sociedad contemporánea. Así el pluralismo ideológico se hace ilimitado e inabarcable y reina la confusión: son muchas y muy dispares las jerarquías de valores en circulación.

Adultos y jóvenes están obsesionados por la inseguridad y por la vulnerabilidad de las relaciones afectivas y sociales. Así se puede entender esa búsqueda continua de espacios privados, y el tribalismo de muchos jóvenes necesitados de apoyos emocionales y de grupos cerrados. Y desde ellos hacen una selección a la carta de las diversas ofertas de todo tipo que se dan en la sociedad, guiados por el inmediatismo, el hedonismo, el afán de vivencias y sensaciones, el cultivo de la imagen…

Ya no se cree en los grandes mitos, grandes palabras o en las utopías políticas y religiosas. Se confía en el amigo, en la familia, en el entorno cercano, mientras se toma distancia de las instituciones sociales y se rechazan las iglesias. Se siente la necesidad de sentido, de orientación, de luz en un mundo complejo y conflictivo, pero resulta difícil fiarse de alguien porque no hay certezas absolutas.

Dios está presente en este mundo al que ama y al que ofrece la salvación. Pero la experiencia de Dios resulta más difícil y menos plausible.

3. Escasa sensibilidad ante el Misterio

Descubrimos en la sociedad actual síntomas de una curiosidad morbosa por todo lo esotérico y paranormal, por lo misterioso. Pero la nostalgia del Misterio, como realidad sagrada, se ve dificultada por el consumismo, el utilitarismo, el pragmatismo. No se tienen grandes aspiraciones ni se buscan ideales por los que vivir, y menos por los que morir. Los demás son bienvenidos si no traen problemas: no hay ningún deseo de asomarse a su misterio personal ni de profundizar en el propio. Es mejor vivir al día y con relaciones gratificantes y superficiales. Se huye del dolor y se margina socialmente la realidad de la muerte, experiencias ambas que durante siglos abrían a los hombres y mujeres a la pregunta del más allá y del Misterio trascendente.

Los jóvenes, en su gran mayoría, no rechazan a Dios y creen en él: pero lo desean familiar, cercano, domesticado, gratificante emocionalmente. Es preferible una imagen de Dios como fuerza cósmica manipulable, que no como un Tú en un diálogo responsable y exigente. A los adolescentes y jóvenes les resulta muy difícil comprender que la fe tiene que ver también con desierto, sed, abismo, noche oscura, con el «Mysterium tremendum et fascinosum» de la búsqueda religiosa del ser humano durante milenios.

4. Las cadenas del narcisismo

¿Cómo puede un joven abrirse de forma consecuente y definitiva, desde el narcisismo hedonista ambiental, a la experiencia de un Dios que responde a Moisés: «Cuando pase mi gloria te meteré en una hendidura de la roca y te cubriré con mi palma hasta que haya pasado, y cuando retire la mano podrás ver mi espalda, pero mi rostro no lo verás» (Ex 33, 22-23)?

¿Cómo aceptar a un Dios que desbarata mis planes tan pragmáticamente elaborados, que guarda silencio ante mi yo angustiado, que me «saca de mis casillas»?

El Dios de Jesús es un Dios sorprendente y desconcertante, que rompe nuestros esquemas y planteamientos. Jesús lo sintió en su propia carne en la soledad terrible de Getsemaní, cuando vio cómo se acercaba la muerte: «Se adelantó un poco, se postró en tierra y oraba que, si era posible, se alejase de él aquella hora. Decía: Abba, Padre, tú lo puedes todo; aparta de mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Mc 14, 35-36). El Dios de la salvación y de la misericordia sigue siendo un Misterio: «Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos -oráculo del Señor-. Como el cielo está por encima de la tierra, mis caminos están por encima de los vuestros y mis planes de vuestros planes» (Is 55, 8-9).

El narcisista, encadenado a su yo y a sus necesidades, tiene graves dificultades para abrirse gratuitamente a Alguien que no puede manejar para ponerlo al servicio de sus intereses. El narcisista, eternamente enamorado de sí, no es capaz de discernir la alteridad, no la siente como una posibilidad de maduración y de salvación. Tiende a manipular la realidad del otro (y por tanto también el Misterio de Dios) para adecuarlo a sus deseos, para convertirlo en herramienta útil de su egocentrismo. Abrirse a la auténtica experiencia de Dios supone la destrucción radical de los muros y defensas de un joven obsesionado por su yo.

5. Ausencia de pasión

El siglo XX ha sido un siglo de grandes pasiones: ni el progreso de la ciencia y de la técnica, ni las ideologías políticas que han recorrido el siglo con utopías y revoluciones, ni las guerras mundiales y regionales que lo han sembrado de violencia y terror, ni los miles de mártires que han dado testimonio de su Dios o de su esperanza terrena, ni la literatura, ni las vanguardias de la pintura, ni la historia del cine, ni el inicio de la conquista del espacio… pueden entenderse sin mujeres y hombres apasionados por una idea, por un proyecto, por una causa, por la búsqueda incesante de la belleza, de la libertad, del amor…

Y ahora vivimos el reflujo de la pasión: salvo los hinchas de los clubs de fútbol o los fans de ciertos cantantes, nadie se entusiasma por nada, nadie se apasiona por nadie… salvo en pocas historias todavía ocultas de grandes amores humanos y divinos, que nunca faltarán sobre la tierra.

Nuestros adolescentes y jóvenes van creciendo pensando que las cosas… y también desgraciadamente las personas funcionan y actúan por simple presión de botones. Y en la informática podemos borrar una palabra fuera de sitio, una página brillante, una historia o una imagen, o toda una biblioteca… con sólo tocar una tecla, sin ningún tipo de dramatismo. Se pasa por la vida intentando que los acontecimientos, vivencias y experiencias no dejen huellas, siempre ligeros de equipaje para no perder las múltiples ocasiones que se presentan, provisionales y pasajeras como hojas de otoño. Lo más acertado es no hacer renuncias ni grandes sacrificios, no comprometerse para siempre: patinar, flotar, volar… no atarse ni dejarse entusiasmar por la pasión.

¿Serían comprensibles hoy las aventuras religiosas de Moisés, de Isaías, de Jeremías… los desafíos inquietantes de Job o la pasión de Jesús por Dios, su abba?

En la formación se echa de menos esa búsqueda religiosa que enciende el corazón y que compromete a la persona ante Dios como amor y como misterio, como pasión que devora las entrañas e ilumina toda una existencia.

¿Sólo hay dificultades para la experiencia de Dios hoy?

 

No, también existen nuevas posibilidades y recuperación de experiencias que facilitan el acceso a la experiencia de Dios.

Hay que reconocer que desde principios de los años 90 se perciben tendencias que indican un cambio significativo en las sociedades occidentales: están ascendiendo de forma notable los valores posmaterialistas. Se desea y se busca más humanización y personalización, más participación en la vida pública y más libertad de expresión, un entorno humano y natural más bello y ecológico.

Y las prioridades que más suben en los últimos años y que van a marcar posiblemente el futuro inmediato responden a un esquema de valores posmaterialistas: la vida sencilla y natural, la vida familiar, la realización personal del individuo… Se confía menos en el desarrollo científico y tecnológico, y se da menos importancia al dinero como tal. En España hay datos para afirmar que asistimos a cierto declive del materialismo craso. Y según estos análisis, los intereses prioritarios se sitúan en el estadio superior de la jerarquía de necesidades del individuo: en el área de lo espiritual, de lo simbólico y de lo estético7. El sociólogo Rafael Díaz Salazar pone en este punto una nota crítica que conviene tener en cuenta: «En España hay una emergencia significativa de estos valores como aspiraciones vitales, aunque todavía dichos valores están más presentes en el universo simbólico de nuestros ciudadanos que en las realizaciones prácticas»8.

Hay datos que confirman esta aspiración hacia valores más espirituales en la actual generación juvenil española. Se detecta la existencia de experiencias humanas significativas (entre ellas, su fascinación ante la «grandeza y belleza de la naturaleza y del mundo») que rompen la rutina cotidiana, apuntando hacia la dimensión religiosa. Quizás sea más sorprendente la importancia que tiene para los jóvenes la cuestión del «más allá» como apertura al infinito y como rechazo de la finitud. Por otro lado, se ha descubierto, por primera vez en una encuesta masiva, algo muy significativo: casi 6 de cada 10 jóvenes afirman tener experiencias de oración, fuera del ámbito de la misa, frente a un 42% que dicen que no rezan nunca o casi nunca9.

Y en los ambientes de jóvenes de perfil comprometido, como por ej. en el marco de la vida religiosa, en movimientos eclesiales, en organizaciones juveniles, en los seminarios, se descubre en los jóvenes un deseo de radicalidad evangélica y carismática, una búsqueda de simplicidad y claridad, un deseo de vivir en comunidades fraternas y acogedoras, una inclinación hacia la espiritualidad, aunque sea imprecisa y a veces confusa por sus connotaciones psicológicas… Y también comprobamos actitudes de compasión y solidaridad, sensibilidad para la experiencia estética y simbólica, y apertura a los mensajes que provienen de los responsables y formadores, normalmente sin actitudes de rechazo visceral ni prejuicios ideológicos.

Este momento de la historia tiene sus más y sus menos. Y se nos ofrece como un desafío a nuestra inteligencia e imaginación, a nuestra esperanza, a nuestro compromiso de anunciar a los jóvenes la experiencia iluminadora de Dios como núcleo y cimiento de sus personas y de su opción vocacional.

Concluyendo

 

La piedra angular de la formación presbiteral es la experiencia de Dios, revelado en Jesús el Señor, la vida teologal como fruto de la presencia del Espíritu y como compromiso de la libertad humana. Y la raíz de las crisis que vivimos en la opción sacerdotal está en la debilidad de esta dimensión teologal, en la fragilidad y vulnerabilidad de nuestra de fe, que no llega a afectar la estructura nuclear de la personalidad. Todos los elementos de la vocación, de la formación sacerdotal, del servicio pastoral se quedan sin fundamento y sin aliento si se intentan vivir sin la referencia absoluta de Dios como cimiento afectivo de nuestras personas y de nuestras vidas.

——————————————————-

1.- Cf. A. JIMÉNEZ ORTIZ, Identidad y tarea del formador hoy. Del desconcierto al compromiso, en «Proyección» 45(1998) 65-66. 70.regresar

2.- Cf. Informe 2. Características personales de los jóvenes formandos, en «Boletín OSAR» 1(1995) 17.regresar

3.- Cf. CLAR, La formación y sus desafíos hoy en Latinoamérica, en «Seminarios» 42(1996) 212-213.regresar

4.- Presento algunas de las conclusiones de la experiencia de una formadora latinoamericana, especializada en psicología, cf. C. PEÑA Y LILLO, Panorama que presentan los jóvenes que ingresan a la vida consagrada, en «Testimonio» 151(1995) 60.regresar

5.- Cf. J. BORAN, Las grandes tendencias de la situación juvenil. El futuro de la juventud en el contexto del Tercer Milenio, en «Medellín» 24(1998) 203-204.regresar

6.- Cf. CONFER, FORMADORES Y FORMADORAS ante los Jóvenes Religiosos y Religiosas. Resultados de las encuesta FORE, en «Confer» 36(1997) 601. 642. 687.regresar

7.- Cf. F. ANDRÉS ORIZO, Los nuevos valores de los españoles. España en la Encuesta Europea de Valores, Fundación Santa María, Madrid 1991, 43-55. 56-61. 226-228; J. L. VILLALAÍN – A. BASTERRA – J. M. DEL VALLE, La Sociedad española de los 90 y sus Nuevos Valores, Fundación Santa María, Madrid 1992, 29-30; C. A. ZALDÍVAR – M. CASTELLS, España, fin de siglo, Alianza Editorial, Madrid 1992, 41-42.regresar

8.- R. DÍAZ-SALAZAR, La cultura de la solidaridad internacional en España, Ed. Cristianisme i Justícia, Barcelona 1995, 16.regresar

9.- Cf. J. ELZO, La religiosidad de los jóvenes españoles, en Jóvenes españoles 94, Fundación Santa María, Madrid 1994, 143-145. 157-161. 177-178.regresar