La identidad y el papel del formador – Antonio Jiménez Ortiz (1997)

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BOLETIN OSAR
Año 3 – N° 6

 

La identidad y el papel del formador
Entre el deseo y la realidad

Antonio Jiménez Ortiz

 

Introducción

Hoy trataremos sobre el formador. Por tanto la primera pregunta que nos hacemos es: Ser formador, pero ¿para qué formación? Porque en realidad, de la idea que tengamos de formación, depende la idea que tenemos de formador. En segundo lugar el problema es: ¿podemos cumplir el ideal de formador que muchas veces se nos propone? Y yo creo que el realismo nos hace ver que estamos a bastante distancia de ese ideal. Por tanto, en el tercer punto me refiero a los elementos que son imprescindibles hoy en la identidad del formador y en su tarea, y explicaré el por qué. Después viene el tema urgente de la formación permanente del formador. Sobre todo, para mí, lo más importante es ¿cómo hay que entender la formación permanente?, ¿cuál es su concepto?

El punto quinto es un poco especial. Nosotros en España tenemos casi en todas las comunidades formativas un sacerdote de edad, nosotros decimos de la «tercera edad». Al pensar en este punto y mirarlos a ustedes, digo: ¿Para quién leo yo esto? La mayoría de ustedes son jóvenes. Yo no sé si en vuestras comunidades formativas, en vuestros seminarios, han quedado personas de más edad. Pero el problema es muy interesante, porque si nosotros nos sentimos desconcertados, ¡cuánto más estas personas de edad! Yo hice el esfuerzo de reflexionar este tema y publiqué dos artículos. En el ámbito de la vida religiosa, un religioso de edad, sea sacerdote o no, tiene un papel muy importante hoy. Porque si ese sacerdote anciano, como ser humano y como creyente, es consciente de su situación personal, puede ser un magnífico ejemplo para nuestros jóvenes posmodernos. Eso lo leeré al final.

1. Ser formador: ¿para qué formación?

Hago unas breves consideraciones. En realidad son cosas que todos conocemos pero las digo para recordarlas. Formar hoy es sobre todo acompañar, y acompañar pacientemente, perseverantemente, en un proceso de crecimiento y de maduración de jóvenes que, sintiéndose insertados en la cultura de su tiempo, quieren ser capaces de vivir con gozo y coherencia el Evangelio y anunciarlo de forma inteligible y convincente. Acompañar paciente y perseverantemente, vivir el Evangelio, anunciarlo, sería la meta última de nuestro trabajo formativo para nuestros jóvenes. La formación, por tanto, es un proceso en realidad inacabado e inacabable, como el hombre mismo, por eso hablamos hoy de formación permanente.

En la formación debemos partir de la convicción de que todos somos, en distinta medida, formadores y formandos. Por tanto el formador debe estar abierto a los estímulos formativos que vienen de los jóvenes en la formación inicial, y hoy esta sensibilidad debe ser mayor porque estos jóvenes tienen mensajes muy precisos para nosotros.

Hay que tener claro un principio en la formación y es que cada uno es el primer y principal responsable de su formación. El formando debe asumir su responsabilidad siendo dócil a las iniciativas del Espíritu que se hace presente en su vida. Hoy la formación sólo es posible en una comunidad formativa. En ella los jóvenes deben insertarse con confianza y deben colaborar con responsabilidad. Por su parte, el formador hoy debe tener conciencia real y consecuente de que pertenece a un equipo formativo. No podemos ser francotiradores. Un equipo de personas diversas, por carácter, temperamento, psicología, perfil espiritual, etc., pero personas que deben estar profundamente unidas en los criterios básicos de animación y de discernimiento.

2. ¿El perfil ideal del formador?

Más tarde van a tener entre sus manos un documento que posiblemente ya conocen y que está muy bien hecho: «Directrices sobre la preparación de los formadores en los seminarios». Allí se ve cómo el ideal se propone con la conciencia de que no puede ser realizado tal cual, de que la vida tiene limitaciones, pero que nosotros debemos tender a ese ideal aunque no se cumpla de modo acabado.

Leo ahora dos o tres párrafos de este documento. Dice: «Las cualidades esenciales exigidas de las que hablan los documentos citados han sido especificadas en la ‘Pastores dabo vobis’, en la ‘Ratio Fundamentalis’ y luego en las ‘Ratios nacionales’, en un modo más explícito y amplio. Entre otras señalan: la necesidad de poseer un fuerte espíritu de fe, una viva consciencia sacerdotal y pastoral especialmente, solidez en la propia vocación, un claro sentido eclesial, la facilidad para relacionarse, la capacidad de liderazgo, un maduro equilibrio psicológico, emocional y afectivo, inteligencia unida a prudencia y cordura, una verdadera cultura de la mente y del corazón, capacidad para colaborar, profundo conocimiento del alma juvenil y espíritu comunitario». Y dice más abajo: «Definir los criterios para la elección de los formadores supone siempre un ideal que refleja las cualidades arriba indicadas. Aquí se intentará presentar una rica relación de ellas, sin pretender por ello, que todas esas dotes y facultades se encuentres en grado perfecto en cada persona. Aún teniendo presentes los límites impuestos por las situaciones concretas y las posibilidades humanas, no se ha considerado inútil poner el ideal un poco por encima de tales presumibles limitaciones a fin de que constituya un constante reclamo y estímulo a la superación». Después se enuncian siete cualidades: «espíritu de fe, sentido pastoral, espíritu de comunión, madurez humana y equilibrio psíquico, límpida y madura capacidad de amar, capacidad para la escucha, el diálogo y la comunicación, atención positiva y crítica a la cultura moderna».

Frente a eso yo me hago la siguiente pregunta: ¿cómo presentar en forma jerarquizada estas cualidades que se piden?. Y también: ¿cuáles son las imprescindibles hoy? ¿Cuáles son los elementos imprescindibles hoy en el formador desde mi punto de vista? Y ¿por qué hablo yo de elementos imprescindibles? Porque en realidad somos formadores para unos jóvenes en un contexto determinado y tenemos que responder a sus necesidades. Por tanto hay en nosotros cualidades que no pueden faltar si queremos ayudar a estos jóvenes concretos.

Habíamos dicho que el principal problema de nuestros jóvenes es la falta de identidad personal, su fragmentación interna y la ausencia de un núcleo personal que estructure su persona. Por tanto el formador de hoy, si quiere ayudar a los jóvenes, debe ser una persona que, en medio de sus dificultades, viva internamente estructurado desde un núcleo personal sólido, sin graves deficiencias con su personalidad. Frente a jóvenes desestructurados se necesitan formadores con solidez interna.

3. Elementos imprescindibles hoy para el formador

3.1. En su identidad

3.1.1. Aceptación sincera de sí mismo, de sus límites y de sus posibilidades. Sólo a partir de esta actitud sincera es posible una auténtica libertad como seres humanos. Es posible que nosotros tengamos un realismo esperanzado, es decir, realistas pero con esperanzas. Si esto es así, se dan dos consecuencias muy importantes en nuestra vida de cara a la formación. El formador sabe aceptar su propia pobreza y al mismo tiempo tiene que poseer confianza en sí mismo, seguridad vital; eso le da, de cara a los muchachos, una actitud de autenticidad humana y de sencillez. En segundo lugar una persona que se acepta a sí mismo no vive preocupado por la imagen que hoy es un problema grande en nuestras culturas posmodernas. Es una persona capaz de soportar sin demasiada ansiedad el fracaso y es capaz de vivir el éxito con serenidad. La aceptación sincera de sí mismo es imprescindible para saber comprender a otros, para saber aceptar a los jóvenes y para saber discernir sobre sus vidas. Un formador que no se acepta, un formador que no tiene una normal autoestima, no podría comprender ni escuchar, no podría discernir sobre sus jóvenes.

3.1.2. Madurez afectiva: Esto supone en el formador una integración positiva de su sexualidad, de sus deseos y de sus frustraciones reales. Y en segundo lugar una capacidad auténtica de amar y de ser amado, sabiendo vivir el binomio libertad-compromiso. Por tanto, el formador, si quiere ser maduro afectivamente, no debe ser dependiente afectivamente de nadie, ni tampoco debe ser una persona que cree dependencias afectivas, no puede instrumentalizar afectivamente a nadie y menos a sus jóvenes. Esto sería tremendamente perturbador para el crecimiento de esas personalidades frágiles.

El formador con madurez afectiva debe saber soportar la soledad, integrándola serenamente en su vida como algo que en el fondo es positivo. Y esa madurez afectiva a través de las experiencias de la vida le da sabiduría y prudencia para una relación fecunda con los demás, una relación que a veces será difícil porque no tiene gratificaciones sensibles, pero será siempre una relación fecunda para el otro que puede crecer a nivel humano y religioso.

3.1.3. Profunda opción de fe: En mi opinión ésa es la clave de estructuración de la persona. La experiencia de fe debe constituirse en el núcleo sólido de la personalidad del formador. Una fe en Dios que se nos revela en Jesús, el Señor, como Amor, como Misericordia, como Ternura infinitas.

Y ¿cómo sabemos que esa experiencia de fe ya es nuestro más profundo núcleo personal? Pues habría que hacer una pequeña prueba y responderse con total sinceridad a estas preguntas que yo no respondo: ¿Quién es Dios para mí?, ¿qué imagen tengo de Dios? ¿Dios es alguien en mi vida o es simplemente una cosa? ¿Dios es el sujeto con el que me encuentro? ¿Qué significa el seguimiento de Jesús en forma concreta para mi persona en los límites de mi realidad, en los límites de mis situaciones?, ¿Cómo intento yo vivir ese seguimiento de Jesús? Y finalmente esta gran pregunta: ¿Qué papel juega la presencia del Espíritu de Dios en mi vida, estoy a la escucha de sus palabras?

Dios será alguien para mí si la oración ya no aparece como una tarea. Dios es alguien para mí si la oración es la «atmósfera» que necesito para respirar. Ésta es una clave para interpretar la densidad de nuestra opción de fe. Sólo si el formador es un profundo creyente sabe leer la realidad desde la fe, posee la necesaria serenidad ante el futuro y ante el misterio de las personas, sobre todo de sus jóvenes. Sólo si es profundo creyente puede ser coherente en su vida, a pesar de sus propias limitaciones. Sólo si es profundo creyente tendrá una actitud permanente de conversión.

3.2. En su tarea

Ahora sólo enumero los temas, mañana lo voy a explicar más.

3.2.1. Saber acompañar: Yo pienso que siempre ha sido necesario acompañar, pero creo que hoy lo es más que nunca. Este «saber acompañar» supone aceptación incondicional del joven y actitud de escucha serena y solícita, capacidad de empatía, acompañamiento desde la libertad despertando en el formando el sentido de responsabilidad, capacidad de discernimiento para ayudar al joven a descubrir la voluntad de Dios en su vida.

3.2.2. Saber motivar: Sicológicamente supone despertar el interés del joven para una formación integral, que lo conduzca a una opción libre y definitiva por Jesucristo, despertar el interés. Pero motivar implica también sostener y orientar ese interés de forma adecuada y constante y el ambiente ha de estar animado con cercanía, libertad y creatividad. Y las dos tareas inmediatas que surgen de este esfuerzo de motivar serían, en primer lugar ayudar a purificar las motivaciones vocacionales de nuestros formandos; en segundo lugar, facilitar la internalización convincente de los valores humanos y religiosos más importantes.

3.2.3. Saber comunicar la experiencia de Dios: Ésta es nuestra gran tarea, el núcleo de nuestra vida. Intentamos ofrecerlo a nuestros jóvenes. La verdad es que esa experiencia de Dios se comunica más por lo que se vive que por lo que se dice. Y es que nosotros podemos enviar mensajes ambiguos a nuestros formandos; les decimos cosas preciosas, magníficas, con nuestras palabras, pero con nuestras actitudes podemos enturbiar esas palabras, y ellos reciben un mensaje confuso. Ese formador tiene clara las ideas, pero no sabe dónde tiene puesto el corazón.

¿Qué debemos lograr en esa comunicación de la experiencia de Dios? Que el joven sienta que el Dios de Jesucristo es el valor central y absoluto del formador. Que el joven descubra en su vida la misericordia infinita de Dios y la acepte incondicionalmente. Que el joven asuma como un valor imprescindible para su vida el seguimiento de Jesús bajo la guía del Espíritu, y que perciba la oración como diálogo constante y silencioso, desde la vida diaria, con alguien a quien se ama.

4. La formación permanente del formador

4.1. ¿Cómo se ha de entender la formación permanente?

Yo describo la formación permanente como un encuentro con uno mismo y con la propia historia, en el ambiente comunitario de oración, de reflexión y de estudio sobre los aspectos esenciales de nuestra vida: dimensión humana, dimensión profesional, dimensión religiosa, a fin de renovar la propia acción y el compromiso que ella implica.

La formación permanente no es simplemente una cuestión de estudio, sino una experiencia completa: es un encuentro con uno mismo y con la propia historia, para descubrir la fidelidad a nuestra propia opción. Esta formación permanente nos ha de llevar a reciclar nuestra situación en el nivel humano, profesional y religioso. Y para eso hace falta también el estudio. Además, para que la formación permanente sea adecuada deberá hacerse en un ambiente comunitario y de oración.

4.2. ¿Cuáles serían los objetivos específicos para una formación permanente para formadores de seminarios?

A mi entender esta formación debería conseguir lo siguiente:

  1. Que los formadores asimilen su identidad como formadores con todo lo que ello implica.

  2. Que desarrollen las capacidades y actitudes para su labor.

  3. Que descubran la identidad del presbítero que debe ser formado hoy, porque sino no, no cumplen su misión.

  4. Que se capaciten: a) para el acompañamiento personal y comunitario de los candidatos en su proceso de crecimiento y maduración personal; b) para la transmisión de los rasgos fundamentales en la espiritualidad especifica del sacerdote diocesano; c) para conocer los condicionamientos del candidato en su proceso de maduración y las posibles inconsistencias; d) para establecer criterios de discernimiento vocacional y seleccionar los medios más idóneos para lo mismo; e) para elaborar el proyecto educativo según las etapas; f) para seguir a cada joven en su proyecto personal.

4.3. Núcleos formativos que no pueden faltar

En un programa de formación permanente para formadores de seminarios deberían estar presentes, al menos cuatro núcleos: 1) el formador y el equipo, su identidad y misión; 2) el conocimiento de la realidad de los jóvenes candidatos; 3) la formación presbiteral del pastor: identidad, espiritualidad, praxis; 4) los medios e instrumentos, sobre todo, cómo realizar el proyecto formativo.

Yo creo que también los formadores de seminarios, como todo sacerdote, deben tener una formación permanente y sistemática en el plano teológico y en el plano espiritual.

5. Reflexión final: El sacerdote anciano en una comunidad formativa de jóvenes «posmodernos»

Como último punto les propongo una reflexión sobre los sacerdotes de edad, el sacerdote anciano en una comunidad formativa.

El desafío más difícil que nos plantean nuestros jóvenes formandos es la presencia fraterna y cercana de testigos auténticos. En un momento de desconcierto y confusión, son imprescindibles sacerdotes profundamente creyentes que sean testigos vivos de la salvación de Cristo. Personas cercanas y exigentes, esculpidas por la vida y la experiencia, que sepan transmitir su coherencia interna y su pasión por el Reino y por los hombres. Que sepan mostrar cómo viven en conformidad la propia pobreza aceptada desde la fe.

En este contexto nos planteamos la pregunta sobre el papel de un sacerdote de la tercera edad entre jóvenes seminaristas. Su presencia en una comunidad formativa puede, en primer lugar, facilitar el encuentro de nuestros jóvenes con la vejez, con la ancianidad, sobre todo, en una época en que la vejez es apartada sistemáticamente de circulación por necesidades sociales, por razones de eficacia y de regulación económica, por la concepción de una vida en la que se exalta lo juvenil y en la que se identifica vejez con: enfermedad, deterioro, incapacidad, dependencia, improductividad, conservadurismo.

En realidad esa aportación es posible si el sacerdote de edad, en la experiencia de los propios límites y ante el cansancio de la vida, sabe evitar las tentaciones del egocentrismo, del desencanto amargo, del escepticismo negativo, si se abre con benevolencia al porvenir de los más jóvenes, si no se presenta como enemigo sistemático de toda novedad, como crítico implacable, o como profeta de infortunios, si alimenta una actitud de búsqueda y cercanía. Y para esto es imprescindible desmontar los mecanismos del narcisismo y aceptar la propia edad con sus condicionamientos. Sólo así podrá vivir esta etapa de su existencia desde la serenidad y la paz, como un servicio realizado a partir del ser humano creyente y no tanto del hacer que va declinando con los imperativos de la vida.

5.1. Testigo de la vida y de la fe

En nuestra situación histórica y cultural de búsqueda e incertidumbre necesitamos hombres que con su experiencia de vida amasada con éxitos y fracasos, con aciertos y equivocaciones, vividas desde la fe, nos iluminen el camino con sabiduría y discreción. A esas alturas de la vida es posible cierta objetividad comprensiva que, sin desconocer la complejidad de los problemas, facilita un discernimiento imprescindible hoy.

Si el sacerdote de edad no se pierde en la amargura de su falta de protagonismo y no se encierra en una ironía negativa, puede convertirse en un auténtico testigo de la vida y de la fe para nuestros jóvenes y al mismo tiempo es valorado en su realidad de anciano de forma vital y cercana por los responsables de la comunidad formativa.

5.1.1. Encuentro con la vida, con el dolor, con la muerte: En una época en que los jóvenes parecen vivir en la superficie lisa y sin profundidad de un presente estrepitante resulta necesario el encuentro con el hombre viejo y gastado, símbolo real de amabilidad y de la vulnerabilidad radical de la vida, símbolo del misterio del ser humano.

El sacerdote de edad en una comunidad formativa puede ofrecer con sencillez la realidad de su biografía como un marco de experiencia, donde el joven seminarista pueda contrastar sus ilusiones y esperanzas, sus prisas y agobios, donde pueda asimilar la pesada y clarificadora ley del tiempo. Y este servicio quizá sólo pueda ser realizado desde la discreción, desde el silencio, desde la bondad que sabe superar el estoicismo frío de la edad madura. Así es posible experimentar la vida como un don y como un gozo, como una promesa en íntima relación con la muerte, que sin perder la obscuridad de su misterio, queda iluminada por la luz consoladora de la Pascua del Señor. De esta forma, el joven, va siendo educado en la belleza y también en la fugacidad del destino humano y en la esperanza luminosa del creyente.

5.1.2. Símbolo de fidelidad y de compromiso definitivo: Para nuestros jóvenes, instalados en la provisionalidad y en frágiles certidumbres, a los que les resulta muy difícil compaginar compromiso y libertad, compromiso y futuro, el sacerdote cargado de años puede convertirse en un símbolo cercano y realista de fidelidad.

Frente a la «insoportable o ansiada levedad del ser» que sienten nuestros jóvenes formandos, influidos por la sensibilidad posmoderna, la historia del sacerdote de edad es una confesión viva de que existe la densidad en la existencia, de que hay valores por los cuales es posible comprometerse para siempre.

La libertad humana no se realiza simplemente a partir de la espontaneidad, como piensan nuestros jóvenes formandos, sino desde el compromiso de un amor concreto y realista que limita esa libertad pero que la hace creativa y fecunda.

Si la fidelidad del sacerdote anciano no se confunde con anquilosamiento o con fijación en el pasado, su perseverancia a lo largo de los años, puede ser un auténtico gesto profético que haga descubrir a nuestros jóvenes que, en la fragilidad y fugacidad de la vida, la divinidad de Dios, puede sostener nuestro compromiso definitivo a pesar de nuestra debilidad.

5.1.3. Entre el realismo y la utopía: Ante el naufragio actual de las utopías los jóvenes corren el peligro de refugiarse en el individualismo, en el hedonismo, en el consumismo, en el espiritualismo, en una desesperanza nihilista, en la violencia, en grupos sectarios. ¿En qué sentido puede un sacerdote de edad ayudar en este punto a nuestros jóvenes en formación? El sacerdote anciano que ha ido asimilando las principales experiencias, goza de un realismo prudente y sabio; ha ido aprendiendo a adecuar los medios a los fines; ha descubierto muchas veces el fracaso de la renuncia a ciertas metas. El sacerdote anciano ha sentido lo que significa reducir el nivel de aspiraciones sin renunciar a la búsqueda constante.

Si a su edad sabe superar la posible fijación en el pasado, la tendencia al movimiento, su realismo lo conduce a una sabiduría vital que sabe discernir lúcidamente entre lo importante y lo secundario, construyendo así la base para un impulso creativo y utópico. Por eso los actuales religiosos o sacerdotes de edad que han mantenido un espíritu despierto y sensible tras la experiencia de estos últimos treinta años de historia acelerada y compleja pueden convertirse para nuestros jóvenes formandos en un rico testimonio de sabiduría, como actitud humana y creyente, frente a la vida y a la muerte hecha de distanciamiento y cercanía, de relativismo y de entrega, de seguridad y fragilidad, de realismo y de esperanza.

5.1.4. Modelo de creyente en la pobreza y en la confianza: Cuando se acerca la vejez el creyente va entrando en un proceso de desasimiento y desnudamiento radical. La realidad terrena y la propia persona aparecen en todo su relativismo y pobreza. Surge una nueva realidad interior porque se percibe la vanidad de ciertos encantos que lleva a un desencanto que libera y da transparencia, que crea distanciamiento interior pero no rechazo amargo o cínico si la persona anciana se enfrenta a esta última crisis de fe con una profunda confianza en el Dios de la misericordia que lo sostiene, incluso, en una posible «noche oscura del alma» cuando la fe se mantiene desnuda sin ilusiones, sin consuelos sensibles.

En ese momento el sacerdote de edad puede convertirse para el joven formando en modelo de oración que le haga descubrir y apreciar más el valor del silencio, de la concentración, de la oración sencilla de alabanza, de la gratuidad y de la entrega, frente al frenesí y al agobio de las tareas de la vida cotidiana. El joven puede asimilar vitalmente qué significa una soledad que no es vacío ni huida sino el espacio denso donde se revela la presencia de un misterio luminoso que no se deja atrapar ni manipular nunca.

5.2. La actitud del sacerdote anciano ante el joven en formación

En primer lugar pienso que el sacerdote de edad debe tener frente a los jóvenes una actitud de auténtica acogida que le sirve a él mismo para superar su tendencia al egocentrismo y a la inseguridad y que permite a los jóvenes un encuentro sereno y distendido con su experiencia de anciano. Pero la acogida debe desembocar en confianza. El sacerdote de edad, evitando el miedo instintivo a nuevas relaciones personales, puede manifestar una ternura madura y coherente que guíe, que afirme, que sostenga al joven en una comunicación sencilla y directa hecha de verdad y de humor.

Esto posibilita su papel de consejero. Si no se deja atrapar por el anquilosamiento espiritual puede realizar su servicio precioso. La vida, a través de experiencias positivas y negativas, ha ido enriqueciendo su persona que ahora, desde una amplia perspectiva de tiempo y espacio, puede ofrecer sus consejos sabios y prudentes que ayuden al joven en su discernimiento personal. Pero ha de evitar tanto el rigorismo, severo y frío, como la dejadez irresponsable. De este modo ejercerá una función de moderación y estímulo en el seno de la comunidad formativa, ya que puede convertirse en confidente privilegiado, precisamente porque se le ve al margen de la responsabilidad de autoridad y en cambio, afectivamente, muy próximo.

Conclusión

Si el sacerdote en la tercera edad logra superar las posibles sensaciones del resentimiento y de la amargura, del inmovilismo y de la huida, si se abre desde su fragilidad a la acción transformante del Espíritu, si se siente sostenido y querido por sus hermanos sacerdotes puede ser un auténtico testigo de la vida y de la fe para los jóvenes seminaristas a los que puede transmitir el sentido profundo de la misteriosa parábola de la existencia como un don y como una tarea, como un camino que conduce a la luz, paradójicamente cuando la noche está cayendo. Y podrá decirles, desde su pobreza asumida, pero con paz y con gozo, lo que leemos en 2Tm. 4, 7-8: «He combatido el buen combate, he concluido mi carrera, he conservado la fe, ahora ya me aguarda la merecida corona con la que el Señor, Juez Justo, me premiará el último día, y no sólo a mí, sino también a todos los que anhelan su venida».

PARA LA LECTURA PERSONAL:

L. RUBIO PARRADO, Claves para una lectura de las «Directrices sobre la preparación de los formadores en los seminarios», Seminarios 40 (1994), 211-219.

CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Directrices sobre la preparación de los formadores de seminarios, Seminarios 40 (1994), 221-254 (leer especialmente, 231-238; 242-246).