El joven de hoy bajo el influjo de la posmodernidad – Antonio Jiménez Ortiz (1997)

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BOLETIN OSAR
Año 3 – N° 6

 

El joven de hoy bajo el influjo de la posmodernidad
REALIDADES POSITIVAS Y PUNTOS CONFLICTIVOS PARA LA FORMACIÓN SACERDOTAL

Antonio Jiménez Ortiz

 

Introducción

Esta mañana vamos a desarrollar tres puntos. En el primero presento el perfil psicológico de la posmodernidad. Ayer vimos la crítica de la posmodernidad a la modernidad y hoy nos haremos esta pregunta: ¿cómo reacciona la persona que se encuentra bajo el influjo de esta tendencia cultural? Cuando veamos las seis características del talante posmoderno, será importante verificar que también se pueden aplicar a los adultos. Yo haré hincapié en los jóvenes a partir de los estudios que he hecho sobre los jóvenes españoles. Ustedes dirán si les sirven mis reflexiones. El segundo punto es un breve análisis sobre lo positivo y lo negativo de los valores asumidos por los jóvenes. El tercero es el más interesante para nosotros como formadores: las realidades positivas y los puntos conflictivos en la formación. Les adelanto que el punto 3.1. no lo voy a explicar; simplemente voy a leer la lista que tenemos delante: son los valores positivos que encontramos. Yo más bien haré una reflexión sobre los puntos que nos plantean dificultad a la hora de la formación; ese es el punto 3.2. Comencemos entonces.

1. Los rasgos más decisivos del talante posmoderno y su influjo sobre los jóvenes1

En primer lugar tengo que decir que lo que vamos a hacer ahora no es un retrato sino un «perfil» a grandes rasgos; de todos modos, pienso que nos puede ayudar a discernir cuál es hoy la condición juvenil y a conocer sus posibilidades y sus límites. Por otra parte, pienso que este análisis es imprescindible si queremos plantear una intervención educativa o una intervención en la pastoral juvenil o en la formación sacerdotal. Intentaré mostrar el talante vital de los jóvenes que se mueven y respiran en la atmósfera de la posmodernidad.

1.1. Aceptación del pluralismo social y actitud de sospecha frente a las instituciones

Yo creo que el pluralismo social que se da en nuestra sociedad democrática no tiene marcha atrás porque la marcha atrás sería el fundamentalismo o el integrismo islámico. Si nosotros queremos que funcione una democracia, necesitamos ese pluralismo social. Pero tenemos que reconocer que la posmodernidad ha exagerado, ha exacerbado ese pluralismo pues, según veíamos ayer, en la posmodernidad se piensa que no es posible lograr criterios globales y que no es posible una convergencia de criterios sociales. Por tanto, según ellos es imposible, por ejemplo, una ética civil aceptada por todos porque no habría valores compartidos en este pluralismo exagerado que plantean. Nosotros, como adultos cristianos, aceptamos la legitimidad de este pluralismo social, valoramos sus desafíos a la fe, pero también tenemos que reconocer que vivimos con incomodidad la confusión que produce la falta de una moral pública, aunque fuera de mínima. Y tenemos que reconocer que con frecuencia nos sentimos perdidos en esta confusión ambiental.

¿Cuál es la actitud de nuestros jóvenes en ese pluralismo?, ¿cuál es su actitud ante las instituciones que están presentes en nuestra sociedad pluralista? Les leo mis reflexiones: «Los jóvenes de hoy viven dentro de este pluralismo donde han ido creciendo como peces en el agua. Sin olvidar ciertos fenómenos minoritarios de xenofobia e intolerancia, podemos decir que los jóvenes de los noventa aceptan con facilidad las diferencias. Están abiertos a lo original y distinto, son sensibles a la legitimidad y riquezas de las diversas culturas, se sienten cómodos en su deambular por mundos muy heterogéneos, no se escandalizan ante las diferentes escalas de valores, y aceptan con naturalidad la discrepancia. Se ven a sí mismos más libres, con más capacidad de elección y menos condicionados por la presión social que otras generaciones anteriores».

¿Qué actitud asumen frente a las instituciones sociales? En realidad ellos aceptan de buena gana aquellas instituciones de carácter personal, las que están basadas en las relaciones personales, como el entorno familiar y, sobre todo, el grupo de amigos. Las que tienen un componente autoritario y jerárquico son las que tienen menor confianza entre los jóvenes. En cambio, la aceptación de una determinada institución va creciendo según aumente su dimensión democrática y su cercanía a la vida cotidiana: así, la familia (el hogar de origen) es una de las instituciones más ampliamente aceptadas. La familia se acepta como un lugar de encuentro con personas de las que uno se puede fiar. Y la otra institución que ellos aceptan es el grupo de amigos. Es en el grupo de amigos donde buscan la orientación para elaborar sus ideas y sus interpretaciones del mundo. Es decir que la gente joven no se socializa hoy tanto en la escuela y en la parroquia; se socializa en la calle, con su grupo de amigos. En esos dos contextos personalizantes encuentran, según sus respuestas, los marcos de referencia que dan significado a sus conductas en la vida cotidiana. Su moral esta basada en el diálogo con sus compañeros.

1.2. Desestructuración personal y fragmentación interior

¿Cuál es nuestra situación social? En el fondo, nosotros estamos sometidos a una tremenda aceleración de tipo histórico, social y cultural. El suelo que tenemos bajo nuestros pies corre más de prisa que nosotros. Alvin Toffler ha escrito tres libros donde se interroga cómo hacer posible que el cataclismo en el que nos encontramos no sea destructivo, sino que, creativamente, podamos encontrar en él algunas posibilidades humanizantes.

La aceleración histórica es impresionante hoy día y, por otro lado, esta aceleración de la vida cotidiana la sentimos muy presente en el bombardeo continuo de informaciones e imágenes. ¿Quién puede asimilar las informaciones de tantos canales de televisión? ¿Quién puede asimilar toda esa avalancha de informaciones que está cayendo sobre nosotros?

Para que se produzca un diamante hace falta carbono puro, una presión constante, una temperatura constante y muchísimo tiempo; así cristaliza un diamante. Hoy los jóvenes no tienen las condiciones adecuadas para «cristalizar», no tienen las condiciones sociales para estructurarse interiormente, por eso aparecen como «fragmentados». No tienen un esqueleto, no tienen una columna vertebral que les dé solidez interior. Y muchos pueden pensar que así es la forma de adaptarse a un mundo acelerado; pero el problema es que ellos quisieran ser de plastilina, esa sustancia que usan los niños para hacer figuritas, o ser de corcho, porque el ideal del joven y el de muchos adultos es simplemente poder flotar en un mundo totalmente cambiante. Pero se flota como un barquito de papel sobre un charco que es movido por el viento sin ninguna capacidad de dirigir el propio rumbo.

El problema que se nos plantea es que la «flexibilidad» que tienen nuestros jóvenes para vivir en un mundo cambiante no está sostenida por solidez y coherencia; y la tolerancia, de la cual hacen gala, que es real, no va unida a convicciones propias, profundas y asumidas para siempre. ¿Por qué? Porque lo que se intenta es vivir en una situación inestable, cambiante; por tanto, la primera tarea es «soltar lastre». Y los principios filosóficos, religiosos, morales, se pueden considerar como «lastre» que puede hundirnos en la situación histórica actual; hay que ser ligeros para poder flotar, hay que ser ligeros y tirar las cosas por la borda para poder vivir.

En concreto, ¿cómo afecta eso a nuestros jóvenes? El déficit de identidad personal es enormemente grave en el mundo juvenil dando lugar, en no pocos casos, a la búsqueda de una identidad prestada en grupos de tiempo libre o de carácter religioso, en tribus urbanas, en grupos violentos de ideologías extremistas, en sectas que acogen a jóvenes sin una identidad lograda dándoles un apoyo colectivo que llene el vacío psicológico. Esta falta de identidad posiblemente explique la obsesión que tienen por la imagen: una fachada atractiva camufla la escasez de cimientos y debilidad de la estructura. Chicas y chicos invierten cantidades muy notables de dinero en ropa y calzado, seducidos por el fetichismo de la marca bien exhibida en sus atuendos. El examen de sus deseos y necesidades enseña que los jóvenes interpretan su realización en términos de tener, mucho más que en términos de ser. La clave está en comprar un nido afectivo que sirva de cobijo a una personalidad altamente fragmentada. Lo decisivo es la atmósfera de acogida y de calor humano.

La desestructuración interna genera inseguridad personal y con frecuencia una baja autoestima que son alimentadas también por la incertidumbre social y laboral, pues la desocupación es para nuestros jóvenes el mayor de los problemas sociales. Así se explica su búsqueda incesante de espacios de seguridad y de apoyos emocionales.

1.3. Actitud relativista y sentido de provisionalidad

Decimos que en la posmodernidad no hay coordenadas orientadoras ni un sentido histórico que apunte hacia una meta. Si esto es así, ¿qué es lo que hay que hacer? La clave está en vivir en el presente, en el instante. Vivir en el presente sin el peso del pasado, sin la angustia del futuro. Pero vivir en el presente también sin criterios absolutos, sin opciones definitivas; por tanto, con un contrato temporal en todo: contratos temporales en la economía, desgraciadamente en la política, pero también en la vida afectiva y en la vida religiosa. La frase que expresa esto sería: «Hoy te querré para siempre, mañana no lo sé». Y tenemos casos en los que se hacen votos por tres años y a las tres semanas se está pidiendo la dispensa. O bien, un joven se ordena de diácono y a los seis meses está pidiendo la dispensa. Lo que se lleva en la vida es el contrato temporal.

¿Cómo se percibe y vive esa situación entre los jóvenes? El futuro es vivenciado por ellos como una auténtica amenaza. En su lenguaje cotidiano se puede rastrear la perplejidad, la inseguridad que provoca ese futuro incierto y complejo. Dicen: «no sé», «ya veremos», «depende». La dolorosa discrepancia entre el deseo de independencia y los límites reales de la misma han sido en la opinión de algunos una de las razones más poderosas por la que esta generación de jóvenes ha instituido, ha sacralizado su radicación casi exclusiva en el presente.

En esta nueva temporalidad, el deseo de vivir al día ha sustituido a la planificación del proyecto a largo plazo. Y respecto a la relación personal, se comprueban dos tendencias aparentemente contradictorias: por un lado se buscan relaciones que no generen compromisos serios, o bien, exigencias que no generen sacrificios, y por otro, hay un deseo profundo de fidelidad que es valorada como el factor más importante para el éxito de una relación de pareja. ¿Se trataría en el fondo de dos consecuencias lógicas sólo aparentemente contradictorias provocadas por la inseguridad personal y la vulnerabilidad psicológica de nuestros jóvenes? Es decir: «quiero que me quieras para siempre, pero yo no me fío de mí; sueño con la fidelidad; vivo sólo el momento presente».

El sentido de la provisionalidad es fruto de una actitud relativista propia de un tiempo en que no hay referencias estables, no hay horizontes probables, no hay modelos, no hay padres. En lo profundo ellos sienten que todo vale, pero no conviene fiarse de nada ni de nadie totalmente. ¿Por qué? Porque todo cambia, no hay realidades absolutas. Así el joven de la posmodernidad no se aferra a nada, no tiene principios definitivos. Nada le comprende y está dispuesto siempre a modificaciones rápidas porque en el fondo todo da lo mismo. De hecho se da una indiferencia profunda a pesar de las opciones explícitamente asumidas, supuestamente asumidas.

Si el relativismo es una característica de nuestra sociedad, ellos y ellas, nuestros jóvenes, deben aprender a moverse en él con soltura. Esto provoca la formación de identidades giratorias que sepan adaptarse al relativismo imperante obligándoles a descubrir dónde están los demás y por dónde pueden ir ellos. Su pretensión es saber resituarse cuantas veces sea necesario en un escenario social siempre cambiante en el que predomina lo provisional sobre lo estable. La pauta de conducta que se sigue es el «por aquí» y el «por ahora». Eso es realista y eficaz.

Hay que procurar no quedarse descolgado de las oportunidades de cualquier tipo que puedan surgir. Esto genera en los jóvenes de hoy un acusado pragmatismo orientado constantemente hacia lo útil en cada instante que, incluso, les lleva a la construcción individualista de sus propios universos interiores. Dotados de una gran labilidad y de escasa consistencia, atentos siempre a acomodarse a las necesidades del momento, la transformación del realismo en pragmatismo supone hoy uno de los eclipses mayores que afectan a la intervención educativa.

Una cosa es que el joven descubra que «hay lo que hay», y otra bien distinta es que se resigne a creer que «sólo hay lo que hay», a que sólo hay lo que se ve, lo que se palpa. Por eso en el fondo, el problema con la fe -a pesar de las actitudes a veces espiritualistas- es un problema muy grave, ya que sólo hay lo que se ve.

Todo esto conduce a la creación de personalidades sin convicciones sólidas, sin certezas asimiladas vitalmente, que no se sienten capaces de opciones definitivas, que comprometan al individuo para siempre.

1.4. Individualismo, hedonismo, narcisismo

Lipovetsky, un sociólogo francés, define a la posmodernidad como una segunda revolución individualista2. El individuo posmoderno es el individuo centrado sobre sí mismo, sobre sus necesidades, sobre su cuerpo, sobre su autorealización, sobre sus sensaciones e intereses. La modernidad del siglo XVIII tenía un proyecto común, se apartaba de la moral cristiana pero exigía una ética humana porque había que hacer sacrificios si queríamos encontrar la meta del progreso humano. Hoy no es así, la clave de la moral no es un proyecto ni una meta de la sociedad, la clave de la moral es el propio yo; pero un yo movido por sentimientos, por gustos, por preferencias emotivas. Oímos la frase: «me agrada, me gusta, me place». «El domingo no fui a misa porque no lo sentía, no sentía nada, y ¿para qué voy a ir a misa? Pero el jueves pasé por delante de una Iglesia y sentí una cosa y entré en la iglesia y allí estuve una hora. ¡Qué rato tan bonito, qué cosa sentí!».

Éste es el problema que tenemos hoy. ¿Qué influjo tiene esto sobre nuestros jóvenes? Su relación con lo social es paradójica y contradictoria. Nuestros jóvenes hoy son muy gregarios por necesidad afectiva, buscan el nido cálido del grupo; pero por otro lado son muy individualistas en sus decisiones y planteamientos, huyen del compromiso social, del compromiso público, del compromiso político. Nuestros jóvenes han ido creciendo sin la referencia y el apoyo de horizontes globales éticos o ideológicos. No tienen un sentido total sobre la existencia, pero tampoco lo viven con un sentimiento trágico. Ya no hablan de revolución, se consideran como reformistas y su realismo los lleva a acomodarse a lo que hay, y a procurarse un hueco en el ámbito económico-social.

Frente a lo público y colectivo reaccionan con actitud individualista, pragmática, desapasionada. Se identifican con la idea de libertad y la prefieren a la idea de justicia social. No cuestionan la democracia que realmente le satisface y rechazan las formas violentas de reivindicación política y valoran la idea de orden. El interés por la política ha descendido en forma espectacular en los últimos años; los temas políticos no toman parte de las conversaciones habituales de la mayoría de los jóvenes y su actitud ante la participación política es desfavorable. Gran parte de los jóvenes han renunciado a la utopía de transformar el mundo.

Este escepticismo se concreta en un reformismo muy sensato, prestan escasa atención a los programas políticos, sean de derecha o de izquierda, que aboguen por soluciones revolucionarias por los problemas sociales. Canalizan las energías reivindicativas propias de la edad hacia objetivos muy concretos y personales del pequeño grupo o de su pequeño barrio.

Ni ellas ni ellos desean sacrificar un gozo seguro en el presente por un destino incierto y ésa es la clave de muchas situaciones que nosotros tenemos. La causa de esto es que en la educación que han tenido en su familia, en la mayoría de los casos y sobre todo en los ambientes urbanos, los ha acostumbrado a la gratificación inmediata. Cuando yo era pequeño en mi casa mi padre decía: «Si sacas bien el curso, te compraré una pelota de goma». Tenía yo que estar trabajando nueve meses para conseguir esa pelota al final del curso. Hoy el chico tiene el balón de cuero y de una marca en los primeros días del curso.

Yo no sé cómo se llama aquí el alimento que se da a los niños que se vende en las farmacias. En España le llaman «el copito», y yo digo que la generación de mis jóvenes salesianos del posnoviciado son la generación del «copito». Ese alimento para niños es magnífico porque tiene ternera, pollo, arroz, lo que sea, pero todo sabe igual; además no hay que masticar, solamente tragar, con lo cual quiero decir que si todo es gratificación inmediata, la persona pierde capacidad de consistencia. Por eso, el individualismo en la posmodernidad se orienta a obtener dosis de placer, a buscar la satisfacción de los propios deseos, a sentir la realización emocional. Y ese hedonismo está unido a un narcisismo: los demás son un espejo donde yo me miro, hay una instrumentalización de los demás, el centro de todo es mi yo, mis necesidades. Hablo de Cristo, de la Iglesia, de la pastoral, de la misión, pero debajo está mi yo buscando realizarse.

La preocupación es la propia imagen; de hecho, en la comunicación se busca más la atmósfera que los contenidos. En España, cuando se pregunta a un grupo de jóvenes: «¿De qué estáis hablando?» ellos responden: «Lo estamos haciendo magníficamente», «¿de qué temas habláis?», «estamos muy bien». Es decir, lo importante es el clima cálido, los contenidos pueden ser cualesquiera.

1.5. Sensación de vacío y vulnerabilidad psicológica

En la posmodernidad es posible vivir sin ideal y sin un objetivo trascendente, pero naturalmente hay que pagar un precio: el precio es la incertidumbre, la duda, el vacío, porque en el fondo en la posmodernidad el querer tener ha sustituido al querer ser. Uno no se preocupa tanto de los sujetos cuanto de los objetos que satisfacen las propias necesidades. ¿Y qué pasa con estos jóvenes? Habiendo crecido con el hábito de la gratificación inmediata (al menos en la sociedad urbana), ellos han de digerir grandes dosis de frustración y de ansiedad pues han vivido muy protegidos en la infancia y en la adolescencia y sienten que la incertidumbre ante el futuro oscurece su horizonte. Tienen poca capacidad para soportar el sufrimiento y la renuncia.

Su escasa consistencia psicológica los hace enormemente vulnerables. La ascética y la disciplina no están de moda. Todo lo que supone renuncia o austeridad se ha desvalorizado en beneficio del deseo y la gratificación inmediata. Así van emergiendo individuos vacilantes, frágiles, propensos a hundirse ante cualquier adversidad. Las relaciones personales están sometidas a una gran inestabilidad. Es que tienen miedo de la propia vulnerabilidad y de la inconsistencia del otro. La búsqueda de la gratificación inmediata condiciona la solidez de todo compromiso. Sólo se mantiene si resulta agradable para el sujeto porque se vive la creencia de que un compromiso importante en la vida debe ser en todo momento gratificante; no es comprensible una opción que se deba obtener con esfuerzo, sacrificio o ascética.

Para la actual generación de jóvenes, la noche se ha convertido en su símbolo, es el tiempo sin tiempo, sin horario, sin reloj; es el espacio de la libertad, sin disciplina, sin exigencias externas; es el lugar de la ambigüedad y de la seducción, de las emociones y la facilidad, de los sueños y de las frustraciones; es el tiempo de la falta de identidad y de las huidas posibles, del placer y de la vulnerabilidad.

1.6. Humor y sentido lúdico

El humor posmoderno busca crear sobre todo una atmósfera lúdica. Es un humor que no pretende dar mensajes, es la risa por la risa. El humor posmoderno busca evadirse de la situación, olvidar la dureza de la existencia, lo que pretende es quitarle seriedad a los compromisos, a los valores fundamentales, a la vida. A través del humor se busca el trato humano porque ya no se adhiere a creencias sólidas, no se cree en los principios inconmovibles.

Es un humor que hace parodia pero no crítica actual; es un humor que no quiere herir a nadie, sino sólo hacer sonreír. Y esto también ha entrado en nuestro ambiente juvenil.

La cultura joven podría ser básicamente descripta como la cultura del ocio, del tiempo libre, del humor. Para el joven el tiempo cronológico se ha fracturado totalmente del tiempo del trabajo y del estudio que es vivido como rutinario y dependiente de otros. Frente a los tiempos de la fiesta, que son vividos como un tiempo libre de toda norma, el tiempo de trabajo o estudio sería un tiempo por el que hay que pasar lo más rápidamente posible para disfrutar del tiempo de la fiesta que se convierte así por antonomasia en el único tiempo que realmente cuenta para su vida.

2. La ambigüedad de los valores posmodernos asumidos por los jóvenes

Después de este análisis haremos una reflexión rápida, haciendo hincapié o subrayando lo positivo y también los aspectos negativos de estos valores. En los jóvenes de hoy se da:

2.1. Valoración del presente y una ausencia de proyecto

Fíjense: esto es muy importante para los adultos. Nosotros hemos sido formados en una vivencia continua del futuro. A nosotros se nos decía: «tienes que estudiar para ser hombre del mañana», y en mis tiempos, he vivido en nuestra educación el «uso» del pasado como algo que culpabiliza y que paraliza y por eso se dejaba que desaparezca el presente. Siempre entramos en tensión respecto al futuro y al pasado; por ejemplo recuerden los momentos en los cuales nos distraemos en la oración, en la eucaristía, siempre proyectando o recordando, y el momento presente desaparece. Por lo tanto, aquel mensaje de los jóvenes es muy importante para nosotros, es un mensaje realista: «vivir aquí y ahora»; pero naturalmente la parte negativa es que no podemos vivir el presente sin proyectos, porque si vivimos sin proyectos y sin ideales, no es posible tener conciencia de la fidelidad y del compromiso.

2.2. Valoración de la subjetividad y del sentimiento

Los adultos hemos sido educados en la voluntad, en una espiritualidad voluntarista; siempre nuestra idea era salir adelante y posiblemente los mayores que estamos aquí nos hemos olvidado cosas tan importantes como la compasión, la ternura, la flexibilidad, la comunicación. Y ése es el mensaje que recibimos de nuestros jóvenes. Pero ¿cuál es el peligro de nuestros jóvenes? Que lo emotivo y el sentimiento puedan prevalecer sobre lo reflexivo y que los criterios de acción pueden quedar en lo subjetivo y emocional: ¡ése es el problema! Por eso olvidan el papel de la voluntad. Para ellos amar es igual que sentimientos. Nosotros tenemos un mensaje claro: «amor es sobre todo voluntad»; pero tenemos que recibir un mensaje de ellos: «amor es voluntad, pero no puede faltar el sentimiento, la emoción, la emotividad, la compasión, la ternura».

2.3. Valoración de la vida y de la fiesta

¿Qué hemos hecho de nuestra vida los adultos? Nos han educado en el sentido del deber y, automáticamente, cuando comenzamos un día, la semana o un curso, hacemos nuestra lista de prioridades y las cosas funcionan. Sin embargo, los jóvenes no. Valoran la vida, ¿Cuál es su problema? Yo pienso que su mensaje de valorar lo humano, lo pequeño, la fiesta, es auténtico, pero también debemos educarlos en el sentido del deber. Es interesante el planteo que hace el sociólogo francés Lipovetsky sobre este tema en su último libro «El crepúsculo del deber».

2.4. Valoración de lo personal frente a lo social y político

Nuestros jóvenes tienen instinto de supervivencia. En un mundo tan complejo hay que centrarse en lo concreto, en la persona, por tanto: la ecología, el pacifismo, la comunicación. ¿Pero cuál es el problema? El problema es que se alejan de los compromisos sociales, políticos, religiosos. Los partidos, los sindicatos y también la Iglesia están sintiendo esta huida de los jóvenes del compromiso público.

2.5. Valoración de la tolerancia y el pluralismo

Los jóvenes de hoy son más tolerantes que nosotros. Ellos dicen: «todo el mundo tiene derecho a su verdad». No son racistas, en su mayoría aceptan las diferencias, lo que es original, lo que es distinto. ¿Pero cuál es el problema que tienen? Les faltan convicciones firmes, principios, perfiles propios. La tolerancia sin convicciones propias no es tolerancia, desemboca en el relativismo.

2.6. Valoración del «microgrupo» (grupo pequeño)

Ellos tienen sentido de pertenencia, tienen capacidad de comunicación, son sociables; pero corren el peligro de instrumentalizar el grupo porque buscan en él sobre todo un apoyo emocional. Por lo tanto, las relaciones personales pueden ser instrumentalizadas en función de las propias necesidades.

3. Realidades positivas y puntos conflictivos para la formación sacerdotal

Teniendo en cuenta esto que hemos señalado: ¿Cuál es el panorama para la formación sacerdotal?

3.1. Realidades positivas para la formación

Veamos en primer lugar los valores positivos. Ustedes los tienen en la lista, no voy a detenerme demasiado en ellos.

Nuestros jóvenes son acogedores y espontáneos, generalmente sinceros y honestos, generosos y dispuestos a compartir sus cosas y su tiempo, disponibles a la participación en la pequeña comunidad, sensibles a lo espiritual y simbólico, tienen un marcado sentido de la autonomía, actitud de flexibilidad y capacidad de adaptación, en general tolerantes, con sentido del humor y actitud lúdica, quieren ser felices y eso es muy importante, más comunicativos y directos, más liberados de prejuicios, más capacitados para las relaciones personales que nosotros los adultos.

¿Cuáles son los problemas? Veamos.

3.2. Puntos conflictivos para el trabajo formativo

El primer problema para la formación sacerdotal es la falta de una identidad personal. En nuestros jóvenes formandos se puede dar (no digo que en todos) una aguda fragmentación interior: no tienen un núcleo personal sólido que articule su personalidad; se sienten frágiles; predominan ciertos conflictos y necesidades como la falta de afecto, la necesidad de aprobación social del grupo, la inseguridad, la falta de confianza en sí mismos, la baja autoestima; aparecen como muy seguros pero en el fondo las pobres creaturas tienen un concepto muy negativo de sí mismos, aunque explícitamente esto sólo salga en momentos de confianza.

El problema acuciante es el afectivo. Necesitan acogida: personas acogedoras que las quieran, las sostengan, pero, al mismo tiempo, tienen una curiosa actitud de relativismo frente a normas y principios, tradiciones y experiencias, orientaciones y correcciones. Dicen: «¿por qué tengo que hacer esto?», «¿por qué este mandato?», «¿por qué no?». Padecen una gran inconsistencia psicológica y éste es un fenómeno muy importante. ¿Qué significa la «inconsistencia psicológica»? Es una desarmonía, una contradicción entre lo que se dice y lo que se vive. Verbalmente expresan los valores que creen tener asumidos, pero en lo profundo esos valores se viven en forma conflictiva a nivel inconsciente. Se comprueba un rechazo instintivo y una sorprendente agresividad contra instituciones y autoridades (por ejemplo, con los formadores, la Iglesia, la Diócesis, el Obispo). Sobre todo cuando los chicos vienen de familias con graves conflictos, ellos proyectan sobre el formador o sobre la autoridad el conflicto que tienen con sus padres y a penas parece que el formador deja de ser el amigo que los acaricia, se convierte en el padre que les exige, la reacción es de rechazo.

Todo esto plantea tres preguntas: a) su vocación, ¿no será una simple salida psicológica a una necesidad o conflicto interno?; b) ¿no será la vocación sacerdotal una especie de identidad prestada para superar su déficit, su falta de identidad personal?; c) ¿no podría ser una búsqueda de «status clerical» para encontrar seguridad personal?

El segundo problema es el narcisismo psicológico y espiritual. Este narcisismo está basado en un individualismo que ha situado en el centro de la opción, aunque sea a nivel inconsciente, el «yo» y sus necesidades. Así, la vocación podría funcionar como un proceso terapéutico para los propios conflictos, como un instrumento para la realización afectiva del individuo.

Este narcisismo tiene una de sus expresiones en el protagonismo de nuestros jóvenes. A nivel de grupo (grupo de formación, grupo de pastoral) buscan siempre el protagonismo, y en el campo pastoral hay que tener cuidado, pues la pastoral se convierte en un medio para la gratificación o de satisfacción de necesidades, sobre todo, de carácter afectivo. Pero esto no se dice, esto se vive; lo que se dice es lo que está escrito como proyecto magnífico para ese grupo de la parroquia; lo verbalizado no corresponde con lo vivido a niveles profundos. La oración corre peligro de ser un encuentro emocional y sentimental consigo mismo, porque si la oración es gratificante, es extraordinaria, pero si la oración es árida y con dificultades para encontrarme ante el misterio obscuro de Dios, la oración personal se derrumba totalmente y además sin complejos de culpabilidad.

Ese narcisismo origina escasa capacidad de autocrítica. ¡Claro!, si la persona tiene miedo a romperse, no va a ejercer autocrítica, por tanto, tiene también miedo a la corrección fraterna que le puede crear inseguridad. Hay que tener mucho tacto para decirle las cosas, porque si no, se viene abajo. Además hay una escasa capacidad de introspección personal. Viven fuera de sí. En el fondo no se conocen a sí mismos y, a veces, nos sorprende la incoherencia que hay, quizás no culpable, entre su vida de sensibilidad por los problemas sociales y, al mismo tiempo, su afán de comodidad y de consumismo. Grandes palabras pero, al mismo tiempo, pequeños burgueses en la vida ordinaria.

El tercer punto conflictivo es el escaso sentido de la fidelidad. Los jóvenes tienen serias dificultades para asumir decisiones y compromisos para siempre. Enuncio algunos «por qué» que se me ocurren:

  • por su inseguridad personal y falta de confianza en sí mismos; piensan: «¿cómo yo le voy a decir para siempre, si yo mismo estoy cambiando cada semana?».

  • por no saber con cierta frecuencia vivir los binomios «libertad y responsabilidad», «libertad y compromiso».

  • porque tienen incapacidad para soportar la soledad y el sufrimiento; mis jóvenes salesianos apenas entran en su habitación, lo primero que hacen es darle a la radio; el estudio tiene que ser siempre con música; el silencio y la soledad son insoportables; dan poco sentido a las mediaciones que necesitan cierta capacidad para aguantar y soportar.

  • el pragmatismo les hace relativizar la fidelidad al compromiso; propongo algunas preguntas que ellos se hacen: si lo decisivo es el presente «¿por qué voy a esperar y aguantar a este director, a este formador, a este obispo?»; si lo que se quiere es ser feliz, «¿para qué voy a soportar estas circunstancias difíciles?» ; si lo que ha marcado su vida es la gratificación inmediata, «¿para qué voy a seguir si hay una sola vida que se vive una sola vez?»; si se sienten frágiles, inestables, dicen: «¿quién tiene derecho a obligarme a mantenerme en este compromiso?».

El cuarto punto: una significativa pérdida del sentido del deber. El subjetivismo que impregna sus vidas va acompañado de un apacible hedonismo. No es una cosa revolucionaria, ni patológica, ni pecaminosa; la tendencia es a «pasarla bien». Y eso supone con cierta frecuencia una adhesión verbal a ciertos valores, adhesión verbal pero no interiorización de los mismos. Se da una relativización del deber. Por ejemplo, en la vida cotidiana se tiene mucha dificultad para establecer jerarquías de compromisos («¿qué es lo primero que tengo que hacer?»). Entonces habría que preguntarse: el estudio, ¿dónde queda en esa jerarquía? El compromiso de la oración, ¿dónde queda en esa jerarquía? Si la oración ya no es gratificante, esto conlleva una tendencia al inmediatismo y a la eficacia meramente aparente. Por ejemplo: no suelen estar motivados para el estudio serio en soledad. Desconfían de la razón, de la reflexión. Se preguntan: «¿Para qué sirven estas cosas?». «¿Para qué sirve tanta teoría?, lo que vale es la experiencia… , sobre todo la mía». Y una pregunta que brota de pronto: «¿Para qué estudiar tanto Teología, si todos se van a salvar?».

El quinto: dificultad emocional y dificultades con los contenidos de la fe. La fe de nuestros jóvenes parece ser poco consistente. No son las razones las que sostienen su acción, sino las emociones despertadas por un testimonio de vida directo; esto les impresiona mucho. Le preguntan al formador: «¿por qué te has hecho sacerdote? . . , ¿cuáles son los motivos?». Y esto realmente a ellos les hace reflexionar, les da motivos, les aporta razones. Su religiosidad tiene matices muy afectivos y emocionales. Le dan mucha importancia a la oración comunitaria, al simbolismo, a lo estético, pero el problema es que encontramos incoherencia y contradicciones en los contenidos doctrinales de su fe (y esto yo pienso que se da en los estudiantes de Teología). Porque existe un problema: para que algo sea valioso y verdadero, el joven de hoy tiene que poder traducirlo o aplicarlo a su vida diaria. Por tanto, si los contenidos de la fe y los dogmas no son traducidos inmediatamente a sus problemas cotidianos y existenciales, no son útiles, y si no son útiles se convierten en superfluos y, con frecuencia, prescinden de ellos. No tienen problema de prescindir de ciertos dogmas que según ellos no servirían de mucho. En esto se parecen a la mayoría de sus colegas jóvenes que le dan poca importancia a lo que es la verdad.

Leo una cita del trabajo que tengo sobre esto: «No importa cuáles sean los presupuestos y respuestas teóricas de un grupo (piensen por ejemplo en un seminario o en una secta), no importa el problema de la verdad si hay afecto y calor humano, si hay seguridad y protección. De esta forma las iglesias o comunidades religiosas no son juzgadas por su contenido de verdad. La pregunta por la verdad queda arrinconada. La elección de un grupo religioso se decide, en bastante casos, por su capacidad de reacción frente a las necesidades individuales, en gran medida de tipo psicológico, por la utilidad que este grupo tiene para responder a mi necesidad de acogida, de seguridad. Nos encontramos ante una religiosidad cada vez más desvinculada de un código dogmático fijo y conectada a razones de tipo vital y de tradición cultural». Por tanto pienso que en la formación, desde el primer año hasta un día antes del presbiterado y por toda la vida, habría que hacerse una pregunta decisiva: «¿qué lugar ocupa la experiencia de Dios en mi vida?». Es decisivo plantearse qué experiencia de Dios se tiene y cuál es esa imagen de Dios.

La pastoral se puede convertir en un auténtico ídolo porque crea contactos personales, fomenta el protagonismo, les hace sentirse útiles; pero tienen dificultades a la hora de comunicar los contenidos de la fe, es decir, que se puede confundir pastoral con dinámica de grupo. Se crea el ambiente pero el mensaje queda ausente porque, en el fondo, el mensaje, a mí que lo debo anunciar, me crea problemas porque no lo he elaborado existencialmente. Éste es un gran desafío para los profesores de Teología y de Filosofía que dan la consistencia a la mente del chico y plantea un esfuerzo enorme a los profesores de Teología a la hora de explicar e interpretar el mensaje cristiano.

Por último podemos detectar entre los jóvenes un curioso distanciamiento frente a la Iglesia como institución. Ellos relativizan sus normas y orientaciones; se da sentido de pertenencia mientras se sienta uno a gusto. Pero posiblemente ustedes y yo nos encontremos en nuestros jóvenes con ciertos fenómenos de integrismo eclesiástico y, así lo llamaría yo, de fundamentalismo religioso, como consecuencia de una afanosa búsqueda de seguridad personal, de seguridad psicológica.

Yo siento que esta exposición acabe con los puntos conflictivos y que no haya subrayado tanto los puntos positivos. Espero que ustedes tengan en cuenta los aspectos positivos que son muy importantes. Sobre todo quisiera como final de esto decirles que los jóvenes tienen hoy un mensaje para nosotros. Nosotros les damos a ellos solidez y consistencia. Pero nosotros, con nuestra educación humana y religiosa muchas veces hemos mutilado valores muy importantes en el nivel humano y en el nivel religioso, hemos mutilado lo decisivo: la experiencia personal. Y eso lo podemos aprender de nuestros jóvenes. Pero de nosotros necesitan aprender lo que es un núcleo sólido, lo que es un esqueleto, una columna vertebral con consistencia, para que sean capaces de asumir un compromiso para siempre.

PARA LA LECTURA PERSONAL:

Por la mañana:

A. JIMÉNEZ ORTIZ, Ante el desafío de la increencia, Ed. CCS, Madrid 1994, 63-73

L. LÓPEZ-YARTO, Hombres con psicología de diocesillos, Sal Terrae 80 (1992) 91-101.

Por la tarde:

JAVIER CERDA, La juventud actual y la formación afectiva, Testimonio, n. 114 (1989) 66-85.

LOLA ARRIETA, Convivir con la afectividad, Ed. Eset, Victoria 1992, 53-59.

E. LÓPEZ AZPITARTE, Maduración y equilibrio afectivo en el celibato, Proyección 39 ( 1992) 303-319

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Notas:

 

1.- Para ampliar esta síntesis se puede consultar mi trabajo Jóvenes de hoy: trazos para un perfil. Revista MisiónJoven, 236, set. 1996. regresar

2.- Cf. G. Lipovetsky, La era del vacío y El crepúsculo del deber. Ed. Anagrama. regresar