La sensibilidad posmoderna y sus desafíos a la fe cristiana – Antonio Jiménez Ortiz (1997)

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BOLETIN OSAR
Año 3 – N° 6

 

La sensibilidad posmoderna y sus desafíos a la fe cristiana

Antonio Jiménez Ortiz

 

Introducción

El tema que vamos a abordar en este encuentro es: «posmodernidad, jóvenes y formación sacerdotal». Es un tema que me toca muy de cerca pues trabajo en la formación desde que soy sacerdote, hace veinte años, y estoy metido en el tema de la posmodernidad desde el año 1987, en el que presenté una conferencia sobre esta cuestión en un congreso. Creo que es un problema que nos plantea serios interrogantes a la hora de formar a los futuros sacerdotes. Yo pienso que nuestra actitud ante este fenómeno debe ser abierta y crítica pero que debemos tener conocimientos bien cimentados para poder discernir la situación en la que nos encontramos.

He dividido el tema en cuatro partes:

  1. Consideramos que la posmodernidad es en el fondo uno de los condicionantes del marco cultural en el que vivimos, y en este marco se encuentran el formador y los formandos; entonces el primer tema es el siguiente: ¿Cómo nos afecta la posmodernidad como creyentes y como cristianos? ¿Qué es, en síntesis, la posmodernidad y cuáles son sus preguntas a la fe cristiana?. Ese será el tema de hoy, así planteamos el marco general.

  2. Ahora bien, en el seno de esta posmodernidad: ¿Cómo afecta esa sensibilidad posmoderna al formando?, ¿cuál es el perfil del joven candidato «posmoderno» que vive en esa sociedad?. Ése es el segundo tema: el formando.

  3. Dentro de esta situación: ¿Cómo afecta la posmodernidad a mi papel como formador? Y otra pregunta muy importante: ¿qué condiciones debemos poseer como personas y como creyentes para poder formar a estos jóvenes que tienen una determinada sensibilidad? Aquí se juega la persona del formador.

  4. La cuarta exposición se refiere a la pregunta principal: Dentro de la posmodernidad, ¿cómo debe ser la formación?, ¿cómo debe ser la actuación formativa y en qué cosas tenemos que hacer hincapié y subrayar?, ¿cuáles son las realidades imprescindibles en orden a la dificultad en la formación?. Veremos entonces la formación en el contexto de la posmodernidad.

Por tanto el primer tema es el marco general: ¿Qué es eso de la posmodernidad y cuál es su desafío a la fe cristiana? ¿Cómo nos afecta como cristianos y como profesores de Teología?

1. ¿Qué entendemos por posmodernidad?

En primer lugar hay que decir que no tenemos una definición clara de la posmodernidad. Por eso, cuando se habla de este fenómeno cultural, se suele hablar de…; «tendencia», de «talante», de «sensibilidad», de «atmósfera»…; sobre todo se dice: «es la condición posmoderna», es decir, es algo que nos abarca y en el seno del cual nosotros somos y pensamos. De hecho la posmodernidad no es una línea determinada de pensamiento filosófico contemporáneo, más bien es como una «macrocategoría» que engloba líneas de pensamientos diversas; por ejemplo: Vattimo (italiano) que proviene de la Hermenéutica, Richard Rorty (autor norteamericano) que proviene de la Filosofía Analítica, y Lyotard (francés) que proviene del Marxismo. Es decir, en el fondo creo que nos encontramos con algo que no se había dado antes en la Historia de la Filosofía. Posiblemente, en nuestro caso, se dio primero la atmósfera posmoderna y después la reflexión filosófica posmoderna.

¿A qué se debe que este término sea una cosa tan indefinida? A que en el fondo la realidad de la modernidad ilustrada a la cual se contrapone, es una realidad muy compleja; por tanto la posmodernidad es compleja. Y por otro lado, la indefinición de la posmodernidad se debe también a ese «post». ¿Qué significa ese «post»? Para Vattimo el «post» significa la despedida total y radical de la modernidad: se acabó la modernidad. Pero para Lyotard, el «post» significa una relectura crítica de la modernidad, una reelaboración de la modernidad ilustrada, intentando recuperar valores que esta modernidad perdió por el camino.

2. Crítica de la posmodernidad a la mentalidad ilustrada

En realidad, en síntesis, podríamos decir que el «post» de posmodernidad lo que indica es la crítica que hace la posmodernidad a la modernidad ilustrada. En el fondo, la posmodernidad lo que hace es presentarnos las contradicciones y las aporías del pensamiento moderno ilustrado.

La Ilustración del siglo XVIII tenía una meta que era la emancipación del ser humano, la liberación del ser humano por el poder de la razón en un progreso indefinido. Pues bien, la posmodernidad no cree en nada de eso. La posmodernidad intenta subrayar la desconfianza que la gente tiene hoy en la razón y en el progreso indefinido. La posmodernidad es la crítica a los proyectos de la Ilustración. Dicho de otra forma más cercana a nosotros, la posmodernidad es una situación de desencanto, de desengaño frente a los ideales de la modernidad que no se han realizado.

Quisiera hacer un intento de síntesis sobre lo que es la posmodernidad mediante símbolos de la mitología griega y lo digo con estas palabras: en la posmodernidad la sospecha se instala por doquier, se abandona la heroica resistencia de Prometeo y se vive en la frustración irónica de Sísifo, en el hedonismo de un Dionisio individualista o en la ilusión seductora de Narciso. Se respira una atmósfera de desencanto y de melancolía y se difunde un agnosticismo vital frente a todas las situaciones. Prometeo era el símbolo de la modernidad. Luchó contra los dioses para conseguir el fuego para transformar este mundo. Hoy nadie quiere morir como Prometeo y ser martirizado como él para el bien de la humanidad. Hoy se intenta vivir como Sísifo que, en su suplicio absurdo de llevar esa piedra a la cumbre del monte para que después caiga por su propio peso, ese Sísifo absurdo intenta sonreír irónicamente. Hoy se intenta vivir el hedonismo de Dionisio, el de Baco, el dios de la fiesta o, también, seduciendo como Narciso, ese personaje mitológico que se enamora de su imagen reflejada en el agua, cae sobre ella y se ahoga.

2.1. El desencanto de la razón

En el fondo la posmodernidad sería como la mirada triste, melancólica, crítica, que mira hacia el pasado y vive simplemente. Posiblemente estamos en un callejón sin salida. ¿Cuáles serían los puntos críticos contra la modernidad? En primer lugar, el desencanto de la razón. Rorty afirma que: «no creemos ya que la razón sea un espejo que pueda reflejar la realidad tal cual es. Se acabó el poder de la razón».

Nosotros tenemos la impresión de que la razón ha perdido su halo sagrado. En la Revolución Francesa unos revolucionarios quitaron la estatua de la Virgen de la Catedral de París y colocaron a una prostituta a la que adoraron como la «diosa razón». Hoy, ninguno de nosotros piensa que la razón sea divina; al contrario, sentimos como si la razón humana se hubiera empequeñecido y limitado, porque cuando miramos a este siglo nos damos cuenta que esa razón encarnada en las ciencias y en la técnica, sobre todo en el ansia de poder, lo que ha hecho es crear destrucción, guerra, crisis económica y una terrible pobreza e injusticia. Los sueños de la razón se han convertido en pesadillas.

Los posmodernos piensan que la razón no puede decirnos ya qué es la realidad, ni puede ofrecernos unos principios firmes que hagan posible una metafísica o una moral o una religión o una vida o -para nosotros- una opción; y entonces surge una pregunta inquietante: ¿existe la posibilidad de fundamentar unos principios de acción normativa a partir de la razón?; ¿puede la razón orientarnos en la vida? Dice la posmodernidad: ¡no!, porque la razón humana no puede desentrañar lo que es la realidad.

2.2. La pérdida del fundamento

Para los pensadores posmodernos se han ido disipando los fundamentos que durante siglos ha sostenido a la realidad de Occidente. Piensan que se disipó Dios como fundamento, la Verdad como fundamento, la idea, el hombre. A modo de imagen podemos decir que todo lo sólido se disuelve en el aire. Tenemos la impresión de vivir entre fragmentos; fragmentos de utopías, fragmentos de sueños, fragmentos de filosofías.

La posmodernidad dice que no hay una base sólida que sostenga las ideologías políticas, ni las opciones religiosas; la consecuencia es que tenemos la impresión de estar vagando, perdidos, porque no tenemos un horizonte hacia el cual podamos caminar; no existe una estrella polar, no hay norte; no hace falta la brújula porque no tiene a dónde señalar; en cambio, sí nos conviene tener un radar para que en esa confusión procuremos evitar los choques entre nosotros.

La posmodernidad ha dicho adiós al ideal moderno de buscar fundamentos sólidos, principios fijos, definitivos, absolutos. Lo que dice es que sólo nos queda la indeterminación, la discontinuidad, el pluralismo. Por eso nos sentimos un poco a la deriva, porque este pluralismo en nuestras sociedades democráticas (el pluralismo de ofertas, de visiones, de propuestas, de lógicas) realmente nos confunde y nos abruma. Hay una frase que expresa muy bien esta imagen y es que «en la posmodernidad tenemos la impresión de estar vagando por el desierto».

Según el pensamiento posmoderno hoy está condenado al fracaso todo intento de dar coherencia y sentido totalizantes a la vida. Está condenado al fracaso todo intento de dar fundamento y finalidad última a la realidad. En la posmodernidad se dice: «nosotros asistimos al desfondamiento, derrumbe, ‘deconstrucción’ de todos los principios y valores supremos».

2.3. El rechazo de los grandes relatos

¿Qué es un gran relato? Les pongo primero un ejemplo: un gran relato es el Cristianismo; un gran relato es el Marxismo; un gran relato es el Liberalismo o el pensamiento freudiano o la Ilustración.

¿Cómo podríamos definir o describir un gran relato? Sería como una narración que ofrece una visión coherente e integrada de toda la realidad. Y en esa visión se intenta cohesionar al grupo social y también legitimar los sacrificios que tienen que hacer los individuos para que este grupo consiga sus fines. Pues bien, en la posmodernidad se dice «se acabaron los grandes relatos». Nadie cree en los grandes relatos. Lyotard dice: «hoy en realidad el único ‘metarelato’ sería el gran relato de los declives de los grandes relatos». Se acabaron las utopías y las visiones integradoras de toda la realidad. En el fondo el problema es: ¿dónde pueden encontrar un gran relato el Marxismo o el Cristianismo o el Liberalismo?, ¿dónde pueden encontrar el fundamento último, el suelo firme que jamás se conmueva?, si eso -según dicen los posmodernos- no existe. Lo que nos quedan son muchos pequeños relatos, y estos pequeños relatos han sobrevivido a la crisis porque no pretendieron nunca dar una respuesta universal ni legitimar nuestra visión totalizante.

¿Y cuáles son esos pequeños relatos?: mi familia, mi amigo, mi gozo de cada día, mis aficiones, mis gustos; con eso la gente puede vivir, ya no cree en ideales que abarquen toda la realidad y toda la historia.

Además, los posmodernos hacen una última reflexión diciendo: «no tengamos nostalgia de los grandes relatos, porque en el fondo son dañinos y peligrosos, porque en nombre de los grandes relatos y de las grandes palabras: ‘Dios’, ‘Patria’, ‘Rey’, se ha oprimido, se ha torturado y se ha matado; por tanto, olvidemos los universalismos». La posmodernidad valora sobre todo los contextos locales, lo pequeño, lo cercano, lo original, lo distinto.

2.4. La pérdida del sentido de la historia

No sé si aquí en la Argentina sea así, pero cuando yo era pequeño, tenía una asignatura que era la «Historia Universal». La posmodernidad dice que eso es un signo, que hoy día no hay marcos de referencia, no hay un progreso que nos conduzca al futuro, porque no es posible -dicen ellos- descubrir un sentido que se dirija hacia una meta final. Por eso dicen que nos encontramos en la confusión de muchos acontecimientos que no podemos asimilar. ¿Cómo podemos hablar de una «Historia universal» si hay tantos centros de historia? ¿Qué tiene que ver lo que ocurre en Sudáfrica con lo que ocurre en Nueva Zelanda…, lo que ocurre en Nicaragua con lo que pasa en Camboya? ¿Hay un hilo que una esos acontecimientos y nos muestre su sentido? ¿Tenemos una meta común? No es posible un sentido de la historia porque no es posible aplicar a nuestra realidad compleja el concepto de historia universal.

3. ¿Qué desafíos plantea la posmodernidad a la fe cristiana?

Antes de ver esos desafíos quisiera hacer una pregunta previa: ¿cuál debe ser nuestra actitud ante la sensibilidad posmoderna? ¿Puede ser una actitud de rechazo intransigente?, ¿puede ser una actitud de adecuación acrítica, de aceptación sin criterios?, o acaso, ¿se puede ignorar la posmodernidad? Yo pienso que no. Como creyentes, nuestra actitud ante este fenómeno tan complejo debería ser una actitud de discernimiento, tenemos que sopesar lo que dice la posmodernidad, tenemos que tener una actitud de diálogo para encontrarnos con los protagonistas de esta tendencia cultural; pero también tenemos que tener una actitud crítica, de denuncia profética, sobre todo aquello que en la posmodernidad atente contra el ser humano o contra la fe. Yo creo que en realidad, lo que nosotros tenemos que hacer ante la posmodernidad es tener una actitud como de alguien creyente que se encuentra ante un «signo de los tiempos». Y esto -pienso yo- supone un esfuerzo por ponerse a escuchar las palabras y ponerse a ver y analizar los hechos que nos rodean.

Debemos tener además una actitud de acoger con serenidad la crítica justa que nos venga desde la posmodernidad, pero también descubrir los retos que nos plantea, los interrogantes a los que tenemos que responder desde la fe.

3.1. La reflexión sobre Dios y la sensibilidad posmoderna

Éste es el primer desafío que nos presenta la posmodernidad. Yo pienso que desde la fe cristiana nosotros no podemos aceptar la desconfianza radical en la razón; no podemos asumir la actitud antimetafísica que se da en la posmodernidad, porque si no, no podríamos pensar la fe. Pero pienso que la posmodernidad sí nos puede abrir los ojos sobre la debilidad de alguna de nuestras teorías y reflexiones sobre Dios. La posmodernidad sí nos puede indicar que nuestras concepciones teológicas tienen límites y que son provisionales. La posmodernidad nos muestra que dentro de la fe necesitamos una pluralidad de teologías para que el misterio de Dios sea iluminado desde distintas perspectivas. Y sin embargo nosotros hemos tenido una actitud demasiado uniforme y monolítica dentro de la teología.

La posmodernidad puede ayudarnos a valorar mucho más el papel de la experiencia humana y de la experiencia religiosa frente a un intelectualismo seco y desolador, una experiencia que juega un papel importante dentro de la reflexión teológica, pero también dentro de la praxis cristiana y la espiritualidad cristiana. La posmodernidad puede también abrirnos los ojos sobre la necesidad de la mística en la vida del cristiano, pero siempre que tengamos cuidado de evitar los irracionalismos que son tan propios de este ambiente posmoderno.

La posmodernidad nos puede ayudar a no representarnos a Dios como un «objeto» entre objetos, sino intentar descubrir a Dios como un «Sujeto» que silenciosamente nos mira, que silenciosamente nos hace humanos. Les leo una cita de mi trabajo: «En la situación actual, pluralista y desconcertante, la teología debe tener especialmente presente su carácter peregrinante. Sin mediación cultural no es posible el anuncio de la fe, pero ésta no puede quedar aprisionada en las categorías de una época determinada. El mensaje evangélico, con su crítica constante de los ídolos y de las seguridades humanas, mantiene al creyente en una continua actitud de éxodo, que posibilita el diálogo con cualquier interlocutor, pero que al mismo tiempo no se deja paralizar ni por los mitos de la modernidad ni por los desencantos de la posmodernidad, aunque sí debe dejarse interpelar creativamente por sus desafíos e intuiciones. En solidaridad con los hombres, en especial con los marginados y oprimidos de toda la historia, la teología debe realizar responsablemente la tarea de interpretar, articular y comunicar la experiencia de la salvación del Dios de Jesucristo»1.

3.2. El cristianismo como «gran relato»

La posmodernidad somete indirectamente a la escatología cristiana a una crítica radical. Si la posmodernidad no cree en la propuesta de salvación que hace la Ilustración dentro de la historia, cuánto menos va a creer en una salvación trascendente. Por tanto, ante ese desafío, ¿qué tenemos que hacer como cristianos?

En primer lugar, nosotros tendríamos que criticar la absolutización del presente que hace el pensamiento posmoderno. Creo que nosotros como seres humanos y como cristianos pensamos que sin tener conciencia del pasado, sin tener un proyecto hacia el futuro, no es posible la vida humana. Quedándonos sólo con el presente no podemos madurar ni como seres humanos ni como cristianos.

En segundo lugar, nosotros tenemos que intentar mostrar que el planteamiento salvífico cristiano es razonable, porque en el fondo a nosotros, como seres humanos, creamos o no creamos, no nos basta el instante; es decir, nosotros sentimos que vale la pena la alegría, el amor, la compasión y la ternura, ¡si tienen garantizada una eternidad! Gabriel Marcel decía: «Decir ‘te quiero’ es decir: ‘tú no morirás jamás'» . En otras palabras, pienso que en lo más profundo del corazón humano aparece el grito de «para siempre»; el instante de la alegría quiere ser eterno, por tanto, la postura posmoderna de absolutizar el presente, tiene graves problemas humanos y no solamente creyentes.

Pero si somos honestos, tenemos que aceptar la crítica de la posmodernidad, porque nosotros no podemos anunciar la salvación cristiana si no la hacemos creíble en la vida concreta. Nuestro anuncio de la salvación de Jesucristo tiene sentido cuando está sostenido por experiencias concretas de salvación en nuestra vida diaria. El gran relato de la salvación cristiana será creíble y podremos anunciarlo con coherencia si se lo encarna en la vida en pequeños relatos de servicio, de solidaridad, de compasión, de ternura. Porque creíble es el amor que se palpa, no simplemente el amor que se anuncia.

3.3. El reto del pluralismo y de la diferencia

La posmodernidad nos ha hecho conscientes de las consecuencias del encuentro intercultural, algo que ustedes viven desde que nace la Argentina como una realidad inmediata del encuentro de culturas; eso ahora esta invadiendo el mundo. Las culturas entre sí no se pueden ignorar, deben encontrarse y enriquecerse. Y esto es lo que fomenta el pensamiento posmoderno.

Por tanto creo que este punto nos obliga a hacer una reflexión en el campo de la teología occidental, porque nuestra teología ha tendido a imponerse en una especie de imperialismo cultural a los demás grupos cristianos. Nuestra teología occidental tiene que abrirse a la riqueza de otras visiones culturales y de otras reflexiones cristianas. Nuestra teología debe someterse a su crítica y debe aceptar también su originalidad y sus diferencias. Y yo pienso que así la teología católica se hará realmente católica, universal, ecuménica. Sobre todo la teología europea tendrá que abrirse con sensibilidad a los problemas graves de las minorías sociales y, sobre todo, de esa inmensa minoría social que es el Tercer Mundo. Nosotros no podemos estar reflexionando tranquilamente nuestra teología mientras las sociedades modernas y posmodernas de nuestro mundo occidental empobrecen a esas naciones.

En este contexto, la sensibilidad posmoderna aparece totalmente incoherente, porque la posmodernidad tiene conciencia del pluralismo y la diferencia, pero el pensamiento posmoderno no responde a eso con el compromiso necesario para transformar las estructuras injustas. Frente al proyecto fracasado de la Ilustración, el desencanto posmoderno parece funcionar como una excusa inconsciente para encerrarse en el individualismo, en el hedonismo, en el narcisismo. Nosotros no podemos aceptar esto como cristianos.

3.4. La fe cristiana y la posmodernidad ante la cuestión ética

En el pensamiento posmoderno hay preocupaciones éticas, pero no hay un proyecto de moral civil. Ellos hablan solamente de «microéticas», de «éticas localistas», porque piensan que en moral no son posibles los consensos sociales globales, porque el pluralismo ideológico es tan inabarcable que no permite una convergencia de criterios.

Nosotros no podemos aceptar esto. Porque en realidad, si queremos trabajar con una sociedad más humana, tendrían que ser posibles juicios morales de carácter global dentro de la sociedad, para que podamos distinguir entre libertad y tiranía, entre justo e injusto, entre falso y verdadero. Si eso no es posible, los inocentes son los que lo sufrirán. La fe cristiana en el seno de la sociedad debe buscar consensos -aunque sean parciales- con otros grupos acerca de la justicia social, de la violencia, de los límites del poder, de las prioridades sociales, de la ecología, de la paz, del reparto justo de los recursos, de los problemas de las minorías.

3.5. Salvar la vida cotidiana

La vida cotidiana se ha convertido para la posmodernidad en el refugio de toda esperanza. Es en esa vida concreta de cada día donde dicen que es posible seguir creyendo en un sentido fragmentario, precario, provisional, pequeñito, en medio de la marea del rechazo de las utopías y de los grandes relatos.

Yo pienso que el mensaje de «salvar nuestra vida de cada día» es un mensaje que tenemos que escuchar todos. Porque, si prestamos atención a lo que nos rodea, nos damos cuenta que todos vivimos bajo la amenaza de perder nuestra vida diaria por la invasión de lo que se llaman «los poderes anónimos»: los poderes anónimos de la política, de la economía, de la tecnología. Y sin embargo, nosotros, como cristianos, sabemos que es en esa vida cotidiana donde se juega el destino del ser humano, es en esa vida de cada día donde nosotros maduramos y amamos, donde encontramos a Dios, donde descubrimos el rostro de Jesús en el rostro doliente del que tiene sed, del que tiene hambre, del que sufre.

Por tanto, como creyentes, somos sensibles a esa llamada de la posmodernidad a salvar la vida cotidiana. Pero no estamos de acuerdo con la posmodernidad en las soluciones del individualismo, del narcisismo o del hedonismo. Y ¡cuidado! que nosotros tenemos ese peligro como sacerdotes y como adultos. Si nosotros nos encerramos en «lo mío», en «lo privado», en «mis intereses», en «lo local», abandonamos a millones de seres humanos a las leyes ciegas de la economía del mercado. Y eso es lo que estamos palpando en todas partes.

Jesús de Nazareth, el Señor, es la mediación definitiva del misterio de Dios para el hombre; pero la teología debe descubrir de nuevo, ante la provocación de la posmodernidad, que la vida en lo diario es nuestra «pequeña mediación» que nos sumerge en la mediación fundamental de Cristo. La vida cotidiana es un acontecimiento único, una trama tejida de experiencias en las que manifestamos qué somos y qué queremos; y es ahí donde Dios se hace presente al hombre; y es en esa vida cotidiana donde vivimos, en el Espíritu, la salvación, caminado con fatiga y esfuerzo hacia su plenitud, pero marcados ya por su radical novedad. Dios y su salvación ya están en nuestro corazón, pero caminamos hacia su plenitud.

Quizás tengamos que aprender de la posmodernidad que hoy sólo desde las minúsculas se puede abrir el camino hacia Dios. Quizá la posmodernidad nos recuerde que el Dios cristiano en Jesucristo se despojó de sus mayúsculas, para asumir y compartir las minúsculas de nuestra vida humana.

3.6. La recuperación del gozo, del humor, del deseo

A la teología cristiana no le son extrañas las realidades de lo lúdico e imaginativo, de la alegría, del gozo, del deseo. Pero hay que reconocer que en ciertas tradiciones de la espiritualidad cristiana aún permanecen resabios platónicos y maniqueos que alimentan la sospecha e incluso el rechazo de los aspectos fruitivos y alegres de la existencia.

Posiblemente el encuentro con la sensibilidad posmoderna nos ofrezca la oportunidad para recuperar con fuerza la dimensión festiva y gozosa del Evangelio y de figuras cristianas como san Francisco de Asís o santa Teresa de Ávila, subrayando la importancia decisiva de la experiencia estética y mística como acceso al misterio insondable de Dios.

No obstante, la teología, en nombre de la complejidad y riqueza del ser humano, no puede admitir proyectos de felicidad que se basen en el consumismo, en el hedonismo, en el individualismo narcisista, como tampoco puede olvidar nuestra fe la realidad insoslayable de la Cruz, como símbolo del dolor humano y como oferta definitiva de salvación. La Cruz de Jesús es el testimonio del amor a la vida llevado hasta las últimas consecuencias. Por eso nos hace redescubrir y reconquistar la vida en la verdad.

El sí a la vida cotidiana se ha de celebrar como un don y se ha de asumir responsablemente como un compromiso. El amor a la vida no es el juego egoísta de quien se encierra en el refugio placentero de su privacidad. La vida se posee en la medida que se corre el riesgo de entregarla. La Cruz no oscurece nuestra alegría de vivir, pero coloca el gozo, el humor, el deseo, la fiesta, en su justo sitio y, sobre todo, nos sostiene en la entrega a los demás para que los demás encuentren la salvación.

PARA LA LECTURA PERSONAL:

L. GARCÍA ORSO, ¿Cómo ser cristiano en un mundo posmoderno?, Noticias Obreras, n. 1122 (1994) 19-26.